Edi Clavo: “Actualmente veo el rock un poco muerto, quizás sea un buen momento para que surja alguien interesante y arrase”


Por: Javier González. 

Foto: Edi Clavo. 

Edi Clavo es un hombre cortés, elegante y certero. Sigue siendo el mismo tipo que robaba todas las miradas en aquellas fotos en blanco y negro de la primera etapa de Gabinete Caligari. Allí nos interpelaba con chulería, descaro y altivez, mostrándose como el batería más macarra del foro, un título que nadie ha tenido bemoles a arrebatarle todavía. Créanme, basta con escuchar la forma con que remata cada frase para darse cuenta que lo suyo tiene la impronta madrileñísima y castiza de orgulloso hijo del foro, puro descaro lleno de soltura y sin atisbo de impostura, capaz de cautivar a cada fraseo por  rotundidad estética. 

Vive apartado del ruido desde hace demasiados años. Disfruta retirado en sus cuarteles de invierno de la calidad de vida que ofrece la sierra madrileña, abandonando el refugio en contadas ocasiones, casi siempre con alguna excusa musical. Algo que ha vuelto a ocurrir por partida doble, puesto que acaba de entregarnos un nuevo nuevo libro, “Suite Nueva Ola”, donde enmarca con exactitud fotográfica el período cultural de finales de los setenta en nuestro país, presentando en primera persona el desembarco de un nuevo paradigma que removería los cimientos de una sociedad que todavía luchaba por escapar del blanco y negro político, y también con la reedición de “Al Calor del Amor en un Bar” (Warner), una de las grandes obras firmadas por Gabinete Caligari, que lleva circulando unas cuantas semanas en una nueva presentación en formato vinilo que no hace sino elevar la belleza de un disco que siempre fue mucho más que una simple colección de canciones. 

Sin duda dos buenas excusas para descolgar el teléfono y mantener una nueva e interesante charla con un mito de nuestro rock and roll. Quien nos lea habitualmente ya lo sabrá, pero en esta casa somos profundamente admiradores de Edi Clavo. Y más si cabe en estos tiempos convulsos, de aires impostados e ídolos de tercera categoría aptos para el niño y la niña criados a golpe de algoritmo, donde cada vez más a menudo el cuerpo pide a los más viejos del lugar un chispazo de autenticidad rockera, con toque cultureta y aires mesetarios. Eso sí, se sobrentiende, siempre con un fino toque de elegancia y decoro como el que aporta el batería de ña mejor banda de rock que jamás habrá en lo que queda de este país.

¿Qué tal, Edi? ¿Cómo va la vida desde tu privilegiado retiro en la sierra madrileña? 

Edi: Sigo dedicado a mis elucubraciones mentales y literarias. Estoy tranquilo pasando mucho tiempo en mi casa, donde lo veo todo desde la distancia, aunque de vez en cuando bajo a Madrid y me meto en la verdadera selva. 

Vuelves a la actualidad gracias a un nuevo libro, “Suite nueva ola”, donde nos hablas en primerísima persona del cambio de paradigma que supuso el final del “Rollo” y el paso progresivo a la “Nueva Ola”. ¿En qué momento y de qué forma comienzas a pensar en la posibilidad de hablar de este libro? 

Edi: Al acabar el libro anterior, “Viva el Rrollo!”, centrado en la época de mitad de los años setenta, me di cuenta que había una agujero temático sobre “Nueva ola madrileña”, ya que no está muy estudiada ni comentada, cosa que no ocurre con “La Movida” de los años ochenta, que sí está documentada con cientos de artículos y libros. Era ese período anterior, centrado en los años 79-80, el que me interesaba estudiar y clarificar. Fui protagonista en aquel tiempo por lo que aprovechando mis conocimientos me parecía una buena idea investigar sobre aquel período de la historia del rock en nuestro país. 

“El negocio actualmente es más visual que musical” 

Tengo que felicitarte porque en la lectura se percibe que hay un gran labor documental y de investigación, donde se nota tu vena de historiador. 

Edi: Pretendía hacer un libro desde la experiencia personal, pero utilizando las herramientas del historiador. Todo lo que aporto está contrastado con datos y fechas, pero también aporto mi trayecto personal, relacionado con la música que escuchaba en el 77-78, mientras muestro como fui variando mis gustos y preferencias en el 79, con el cambio de paradigma que vino tras el punk y el asentamiento de la nueva ola, así como su traslación a España, algo que fue muy importante porque fue el cimiento que dio paso a “La Movida”. 

“Ver a Ramones y Blondie te invitaba a rescatar tu perfil de músico de rock” 

La obra comienza con tu viaje a Wuppertal, una visita al extranjero en el que tú percibes ese cambio de tendencia que estaba asomando. ¿Qué supuso aquel viaje para ti? 

Edi: Tenía la idea de que el rock se cimentaba en Rolling Stones, Beatles, Led Zeppelin y Deep Purple, sin embargo, a través de una serie de acontecimientos de aquel período me di cuenta de que todo estaba cambiando. Al principio era un poco refractaria a tal cambio, pero todo cambió después de ver en unos cuantos programas de televisión a Ramones y Blondie. Me di cuenta de que el cambio de paradigma no solamente era válido, sino que también me daba la posibilidad de tocar en un grupo. No podía tratar de tocar como Genesis y Mahavishnu Orchestra, ya que eran músicos con unas capacidades que estaban a mil años luz de nosotros. Al ver a Ramones y Blondie te dabas cuenta de que eso sí podías hacerlo de alguna manera, lo que te invitaba a rescatar tu perfil de músico de rock. 

“El concierto homenaje a Canito fue el acto fundacional de La Movida” 

El libro continúa con tu vuelta a Madrid donde hablas del concierto homenaje a “Canito”, el momento iniciático de lo que posteriormente sería llamado “Movida Madrileña”. ¿Cuál era el sentir que te invadía aquella noche tan especial? 

Edi: Estaba oyendo la radio en mi casa, inicialmente daba la sensación de que se trataba de uno más de los conciertos que había en ese momento en la ciudad. Era un concierto benéfico, no había entradas ni nada por el estilo, pero me pareció importante acercarme para ver qué era lo que se cocía allí. Cogí la moto y me acerqué. Al llegar me sorprendió la gran cantidad de gente que había, piensa que el aforo normal de las actuaciones solía ser de unas cien personas. De pronto había como ochocientas o mil personas lo que era muy sorprendente. La gente que nos juntamos allí éramos los que escuchábamos la radio y en cierta manera creíamos que estaba surgiendo una nueva escena. Aquella noche nos juntamos los mil del inicio, fue el acto fundacional de lo que luego se llamó “La Movida”, pero por entonces era la nueva ola. Era una escena que superaba al “Rollo”, al rock catalán y al sinfónico que ya estaban muertos. Aquella noche del concierto de Canito ha quedado como un hito histórico porque fue la primera noche donde nos juntamos todos. 

“Éramos gente joven con carencias técnicas evidentes, pero con mucho descaro” 

Y a partir de ahí comienzan a aparecer una serie de nombres y lugares que hicieron posible otro Madrid y otra España. ¿Qué fue lo que hicieron posible? 

Edi: Fueron las que posibilitaron el cambio del paradigma. Terminaron con todo lo anterior y fueron los pioneros de la nueva ola madrileña, porque todos eran grupos de Madrid. La radio fue muy importante para este cambio, pero Onda2, que era la única que conectaba con lo que pasaba en Londres y Nueva York, solamente se escuchaba en Madrid, todavía no existía Radio3. Era una escena muy localizada que nadie pensaba que llegaría a ser lo que fue más tarde. Éramos gente joven y con carencias técnicas evidentes, pero con mucho descaro. Esa es un poco la historia.

“Jesús Ordovás siempre ha tenido la capacidad de ver por dónde irían los tiros de la siguiente hornada” 

Hablas de la radio, donde sobresale con luz propia el nombre del gran Jesús Ordovás. 

Edi: Jesús Ordovás fue un personaje fundamental. Siempre ha tenido la capacidad de ver por dónde irían los tiros de la siguiente hornada. En los años setenta era un visionario del “Rollo” y más tarde, hacia finales de la década, lo fue de lo que ocurría en cualquier esquina de Madrid. De hecho, fue al primero al que escuché decir la palabra “movida” en su programa de radio relacionada con conciertos de rock. 

“Alaska y Radio Futura eran una marcianada, no tenían nada que ver con lo que había en España en aquel momento” 

Hay mucho cariño y respeto en tus palabras hacia Alaska y Radio Futura, parte de los primeros grupos de la nueva hornada en fichar por multinacionales. 

Edi: Sí, fueron los primeros junto a Zombies, Los Secretos y Nacha Pop, pero Alaska y Radio Futura a mí me parecían muy novedosos, más diferentes que los demás. Nacha Pop y Los Secretos seguían una cierta tradición de pop-rock, pero Alaska y Los Pegamoides y Radio Futura eran una marcianada, no tenían nada que ver con lo que había en España en aquel momento. 

“Vivíamos un período con mucha efervescencia, estábamos todos absorbidos por el rock” 

Grupos míticos todos ellos que convivían con otros “wannabes”, bandas y solistas que buscaban alcanzar su quince minutos de fama efímeros como Ella y Los Neumáticos, banda que formaste como intento de alcanzar la cima, dejando clara la efervescencia de un período único en nuestra historia. 

Edi: Al ver que Alaska y Los Pegamoides, Zombies y Los Elegantes salían adelante, hice lo posible por tener mi grupo. De hecho, antes de eso, ya había tocado en Rigor Mortis con Jaime Urrutia y Ferni Presas en 1977, pero aquel era un grupo del “Rollo”, no tenía nada que ver con lo que se cocía en el 79. En el 79, Jaime y Ferni tocaban en Los Drugos que tenían más que ver con el punk. En el 79 busqué a gente, encontré a Lars Mertanen y formamos Ella y Los Neumáticos, donde posteriormente cantó Christina Rosenvinge. Era un período con mucha efervescencia, estábamos todos absorbidos por el rock, siempre nos ha gustado y ha sido una pasión para la gente de mi entorno. El tema “wannabes” hace referencia a gente que quería ser estrella del rock. Es un término que viene de Inglaterra, se usa bastante, viene a decir “querer ser”. Alaska quería ser, llegó a ser y es. O Santiago Auserón. En ese momento era gente que luchaba desde la nada, desde el underground. Nosotros luchábamos por llegar a ser con Ella y Los Neumáticos, en ese momento no pudo ser, así es la vida. Ocurrió en la siguiente hornada con Gabinete Caligari. 

“Robert Gordon e Ian Dury te hablaban el lenguaje del rock, la gente quería canciones de tres minutos”

Hay una doble contraposición que utilizas con toque magistral para hablar de las características del período. Me refiero al enfoque que muestras del concierto de Lou Reed en Usera frente al de Los Ramones en Vista Alegre; y también al enfoque que otorgas a la muerte de Lennon frente al concierto de Ian Dury and the Blockheads, un bolo que mucha gente cita como mítico. 

Edi: Es la contraposición que me interesaba. Lou Reed parecía un artista acabado en aquel momento, nunca lo ha estado, porque siempre ha sido un creador con mucha categoría, pero es lo que tienen las modas. Su momento culmen ya había pasado y venía a España a hacer caja. Además, se equivocaron de lugar con el evento y el concierto fue un desastre. Sin embargo, Los Ramones dieron un concierto espectacular y vinieron en su mejor momento. Son dos maneras de ver la historia del rock. Ian Dury fue uno de los primeros conciertos grandes de la nueva ola, su repertorio se basaba en canciones cortas y te hacían bailar. Y sin embargo, Frank Zappa en aquella época era un coñazo, no entendías nada. Otro que también te hacía sentir muy bien era Robert Gordon que como Ian Dury te hablaba el lenguaje del rock and roll. La gente quería las canciones de tres minutos y no solos de batería de diez minutos. 

Todo ello expresado con un lenguaje que me gusta mucho, Edi. Cada frase es un directo al mentón, no exento de verdad y ciertos quiebros líricos de gran calidad. 

Edi: Me gusta cómo defines mi estilo. Hay quiebros líricos, acidez y un cierto sentido del humor. Estoy de acuerdo. 

“Grasa y otros materiales nobles”, “Electricidad Revisitada”, “Camino Soria” y “Viva el Rollo! Una crónica de rock y rollo en la España de 1975”, complementados ahora con “Suite Nueva Ola”. ¿Podemos hablar ya una más que asentada carrera como escritor, sobre todo en lo que al rock en nuestro país y sus circunstancias se refiere? 

Edi: Me siento cómodo escribiendo, me divierte y me gusta. Además, sin falsa modestia, es un tema que manejo y controlo. Lo conozco en profundidad. Me siento cómodo escribiendo sobre rock. 

¿Queda alguna aventura literaria más que contar en una posible próxima obra? 

Edi: No lo sé, tengo algunas ideas. Nunca se sabe si van a fructificar. Ya te digo, estoy cómodo. Me parece una actividad que puedo hacer en mi casa, a mi ritmo, sin tener que ir a ningún lado para desarrollarla. 

También en estos días ha visto la luz la reedición de “Al Calor del Amor en un Bar”, trabajo de cuya edición se cumplen 40 años. Una obra que es palabras mayores de nuestro rock, pero que, sin embargo, siempre he pensado que es el menor entre todos vuestros discos mayores. ¿Lo ves así? 

Edi: Sí, es un trabajo que iconográficamente es muy potente y contiene una canción que es buenísima. Eso hace que el disco brille, pero, tienes razón, el resto de canciones no lo hacen tanto. Quizás sea por la producción, el sonido y el propio momento; o porque no hay ninguna que destaque como “El Calor del Amor en un Bar”. Quizás todas ellas se quedan oscurecidas por el brillo del tema estrella del álbum. 

“La portada de “Al Calor del Amor en un Bar” refleje lo que era el Madrid de la noche, las fiestas, las copas y los baretos” 

Es uno de los discos de nuestra historia que bien merece pararse en su portada, trabajo de otro buen amigo, un camarada querido y añorado como es tu íntimo Pepe “El Hortelano”. ¿Qué puedes decirnos que no se haya dicho de la misma? 

Edi: La portada refleja perfectamente lo que era Gabinete Caligari. También lo que era el Madrid de la noche, de las fiestas, las copas y los baretos. En definitiva, de “La Movida”. Por eso pusimos esta portada, una portada fallera. Pepe era un personaje fallero, era en sí mismo como una falla de Valencia. A nosotros, que éramos más adustos, nos sirvió para darnos un impulso de color que está muy bien. También representa muy bien el espíritu de la canción “El Calor del Amor en un Bar”, música e imagen encajan perfectamente. 

Cerrado por una contraportada obras de otro mito y amigo como el gran Alberto García-Alix. De la misma siempre me ha llamado la atención la máquina de disco del fondo y su particular colección de singles. 

Edi: Era el jukebox que había en un bareto de Malasaña, una especie de puticlub que abría por la tarde. Tenía esas canciones de Rocío Jurado, Sotelo y Manzanita, lo que escuchaban en ese tipo de antros. No era un sitio fino ni chic. Era un lugar muy muy cutre. Te ponían cubatas de Pepsi-cola con ron. 

Como hemos comentado, para mí es un trabajo colosal, con un single muy potente, claro y directo, parte del imaginario colectivo estatal que ensombreció el resto de la colección. Sin embargo, contiene gemas como “El Último Tranvía” y “Malditos Refranes”, que también son temazos. 

Edi: “Malditos Refranes” es tras “El Calor del Amor en un Bar” la que tuvo más éxito. Y también la otra que comentas, “El Último Tranvía”. Son las tres que más destacan del disco, pero no tuvieron mucho recorrido. Realmente son temas que tocamos poco, son canciones que en el repertorio nunca llegaron a asentarse. 

¿A qué crees que se debió? 

Edi: Es verdad, son buenas canciones, pero no tuvieron su momento. Piensa que el siguiente disco fue “Camino Soria”, que se llevó todos los reconocimientos y premios habidos y por haber, por lo que las canciones del disco anterior quedaron opacadas. Las que tocábamos en directo eran una mezcla de los grandes éxitos anteriores, eso provocó que de “Al Calor del Amor en un Bar” solamente se tocara el single, nada más. Es curioso porque creo que es un trabajo que posibilitó otras cosas. 

Siempre he pensado que la melancolía emocional de “Rey o Vasallo” anticipa “Camino Soria”, y los aires nocturnos de “Las dos Caras del Mar” bien podría reflejarse en “Privado”, mi segundo álbum favorito de Gabinete. 

Edi: Sí, esta última que comentas se parece un poco a “Mi Buena Estrella”, es el estilo de las baladas de Gabinete Caligari. 

Esta reedición me ha servido para volver a acercarme a este disco que me sabía de memoria, pero ha sido ahora cuando he reparado en la cantidad de arreglos circenses que contiene. 

Edi: Es un trabajo donde Jesús N. Gómez utilizó muchos teclados. Dirigió la producción casi con “manu militari”, nosotros apenas intervenimos. Hay detalles y tonos que tienen un aire circense, por los teclados, que eran casi colchones, y los arreglos de metal que tienen ese sonido. Hay un aire festivo y circense. Es verdad todo lo que comentas. 

“Tras “Al Calor del Amor en un Bar” comenzaron los cantos de sirena de las multinacionales” 

Es un trabajo que en sí mismo encierra un montón de detalles. Entre ellos que es el último disco grabado con DRO-Tres Cipreses. ¿Supuso el fin de la ingenuidad del rock de nuestro país? 

Edi: Sí, claro. Nosotros sabíamos que en cada disco íbamos evolucionando. Era un disco de DRO, que promocionó DRO y que nos hizo tener más de ochenta actuaciones. Éramos conscientes de que teníamos un potencial superior que DRO no podía ofrecernos. Al acabar la gira, aunque el siguiente disco era para DRO en un principio, puesto que lo teníamos firmado, Pito, nuestro mánager, nos comenzó a hablar de que había llamadas de grandes discográficas: EMI, Warner, Polygram y Virgin, etc. Estaban los cantos de sirena de fondo, como ahora con Julián Álvarez, que se lo quieren llevar Barcelona y Arsenal. Nos pasó lo mismo. Empezaron los cantos de sirena de las multinacionales y nosotros lo sabíamos.

“Ulises Montero nos hacía ser mucho mejor grupo” 

También es el último en el que por desgracia colabora el que para mí siempre ha sido y será el cuarto Gabinete, hablo del enorme Santiago Ulises Montero. ¿Cómo era Uli? ¿Crees que la trayectoria de Gabinete hubiera sido distinta de no haber fallecido? 

Edi: Santiago Ulises Montero, famoso en el mundo entero. Ulises ya había tocado con otros grupos anteriormente, Los Amantes de Teruel y Los Coyotes, pero con nosotros hubo una comunicación y compenetración bastante potente. En el escenario nosotros éramos bastante secos y él nos hacía ser mucho mejor grupo. Tras su muerte, Francis aportó mucho, pero Ulises era mucho Ulises sobre el escenario. No creo que hubiéramos tirado por otros derroteros, sinceramente. Nosotros tres teníamos todo muy claro. Ulises era un complemento perfecto, pero también un tío muy serio, nunca se entrometió en lo musical. Se compenetraba con nosotros, pero nunca quiso meter baza en lo musical ni en la dirección del grupo. Era un compañero muy adecuado para potenciar al grupo en directo. 

Posteriormente vino “Camino Soria”, ya con EMI, lo que supuso el mayor cénit creativo no solo de la banda, sino, en mi opinión, de todo nuestro rock, donde incluisteis “Tócala, Uli”. 

Edi: Esa canción, “Tócala, Uli”, es de las mejores de Gabinete.

Ahora que se utiliza tan a la ligera el término independiente, sabedor como eres de que la verdadera independencia en este país arranco con Tres Cipreses, DRO y GASA. ¿Cuánta gracia te produce la utilización de dicha etiqueta de forma gratuita y partidaria? 

Edi: No sé mucho al respecto, la verdad. Cuando nosotros empezamos, arrancaron los grupos independientes, luego a finales de los ochenta se hacían llamar “indies”, pero quizás la generación siguiente, como suele ocurrir siempre pasaba de la anterior. Puede que la actual tampoco tenga ni idea de que hace treinta o cuarenta años existían compañías independientes y que fue algo que volvió a ocurrir con la explosión del grunge. Son períodos que se repiten y no hay que darlo más importancia. Actualmente veo el rock un poco muerto, quizás sea un buen momento para que surja alguien interesante y que arrase. Hay otros movimientos y géneros más en auge que llaman la atención de las masas. Es el momento idóneo para que salga un gran grupo de rock.

“El envoltorio de Rosalía y Bad Bunny es alucinante, pero luego abres el paquete y la música es bastante floja” 

Vosotros erais populares, culturetas y chuletas sin impostura. Dotados de calle y una identidad propia. ¿Qué opinas de la negación de la cultura musical como herramienta de reivindicación? ¿Qué te parece la actual idolatría de ídolos de barro? 

Edi: El negocio actualmente es más visual que musical. Lo importante es el envoltorio y no el fondo. Si te fijas detenidamente el fondo es bastante malo. El envoltorio de Bad Bunny y Rosalía es alucinante, de auténtico lujo, pero luego abres el paquete y la música es bastante floja comparada con la de otras épocas. 

Tú eres historiador del arte. ¿Crees que hace falta un Caravaggio que reivindique el rock and roll? 

Edi: Claro. Los momentos de decadencia son perfectos para que haya un buen grupo de rock en español o internacional que reivindique la fuerza del género.

¿Qué pasó con aquel proyecto sobre iconografía de las portadas musicales en que anduviste trabajando? 

Edi: Era una tesis doctoral, pero quedó en stand-by. Básicamente porque era mucho trabajo y realmente tenía un enfoque académico. Podría haber tenido repercusión académica, pero no creo que hubiera interesado al gran público. Es más interesante hacer algo divulgativo que algo semiótico. Lo dejé porque no me merecía la pena hacer tanto trabajo. 

De ti tenemos noticias de cuando en cuando, pero de tu hermano del alma sabemos poco. ¿Qué tal está Ferni? 

Edi: Vive entre Madrid y Santander, cerca de la playa. Está bien y muy tranquilo, dedicado a sus libros y a su cine. Es un poco como John Deacon de Queen, que además también es bajista. 

¿Qué le queda por hacer al gran Edi Clavo? 

Edi: Tengo un par de ideas en la cabeza. Cuando acabe esta temporada de calor haremos una presentación del libro en otoño. Quizás al terminar los vapores de esta edición puede que me enfoque en preparar otro tipo de libro. Tengo en mente escribir algo relacionado con el mundo de las motos, toca cambiar de temática. Esperaremos con impaciencia el siguiente capítulo, amigo. 

Ha sido un placer como siempre. 

Edi: Seguiremos impartiendo doctrina y contando nuestra historia, básicamente para que nos la pise nadie.

Gatoperro: “Al norte del norte”


Por: Kepa Arbizu. 

La música, como toda disciplina artística, tiene algo -o mucho- de voyerismo emocional, tanto para quien la interpreta como para quien la escucha. Descorrer la cortina donde se apilan fantasmas, a veces en peregrinación dolosa y otras bajo una celebración desvergonzada, es un impúdico ejercicio de desnudez para quien lo realiza pero igualmente para quien no puede, ni quiere, apartar la vista de ese escenario, sabedor de que, de manera más o menos consciente, probablemente encuentre allí también sus propias verdades. Ya que no siempre es fácil, ni en muchos casos sabemos, enunciar aquello que palpita pero no se ve, las figuras de esos nuevos juglares enfundados en sus chupas de cuero asumen, al mismo tiempo que dialogan consigo mismos, la portavocía de emociones ajenas, porque al fin y al cabo, a todos nos embiste el mismo relámpago existencial, ya sea conjugado de una u otra manera. Esa sinergia, necesaria aunque difícil de hallar, se ha producido constantemente en la carrera de David Llosa, Gatoperro, quien ha sabido convertir la exposición de su lírico y fascinante relato personal en una narración de la que sentirnos partícipes, o dicho de otra manera, su paseo noctámbulo carga con el sonido de nuestras pisadas. 

Acompañar la biografía discográfica del vallisoletano es igualmente perseguir un itinerario nómada rimado con el mejor sonido de raíces, un periplo que nos ha mostrado un Madrid habitado por reyes vagabundos, nos ha convidado a cruzar la Península para ver ponerse el sol en Málaga e incluso, previo paso de un perturbador pasaje postpandémico, nos instala en Oviedo, actual residencia del compositor y punto cardinal sobre el que se asienta en la actualidad su peregrinaje. Y es que su nuevo disco, “Al norte del norte”, parece surgir primero como reubicación geográfica-emocional, tras haber morado “al sur del sur” , título de una de sus canciones pertenecientes al trabajo “Ríen los Dioses” (Calvario música, 2018), y no menos importante como recuperación, tras el perturbador y recargado precedente, “Instrucciones para cortarse un brazo”, de ese territorio hecho de ritmos tradicionales del "americanismo". Faceta presentada en su expresión más pura y talentosa a través de unas canciones que invierten climas pretéritos para desplegar una presente cartografía sobre la que ladra y maúlla este bardo de metafísica afiliación roquera. 

No es la naturaleza creativa del autor castellano elogiable en su plano exclusivamente musical, entendiendo este término en lo que compete únicamente al ámbito sonoro, porque tan importante, o por momentos incluso más, lo es un aporte lírico que se transforma en pieza fundacional de su identificativo estilo. Una escritura que esquiva, aun haciéndose pasar por receptora de los clichés de esa canallesca roquera, alimentarse de lugares comunes para brotar bajo un lenguaje poético de consistente y particular imaginario. Porque si bien es cierto que no hay por qué renegar del – por otro lado bastante menos conocido en profundidad de lo que es citado habitualmente - suelo empedrado de Bukowski por el que transita, no sería justo ni completo en su valoración no advertir de la agilidad metafórica de Lorca, la concisa detonación impulsada por Carver o la furia irónica que delata a Ginsberg. Vértices para configurar relatos que, encarnados por diferentes personalidades, debaten con íntimo desgarro acerca de una incertidumbre humana que en este episodio rotan alrededor de ese eje septentrional.

Ese cambio de coordenadas geográficas ilustradas en el título del disco representan, por encima de todo, un replanteamiento, o al menos la incorporación de un matiz diferenciador, respecto a la postura tomada frente a ese ciclón al que llamamos vida. La otrora vertiginosa claudicación ante las fauces del abismo, han mutado para la ocasión, no sin duras sesiones de aprendizaje, en una aceptación más reposada, aunque no inmune a las heridas, de la escarpada condición innata del camino. Un espíritu reclamado, incluyendo el agradecimiento a “las hermosas mentiras que caben en tres acordes” en una “Gracias” que destila la bucólica melancolía de The Band, por la campestre “Fantasma de la primavera”, una de las dos excepciones al casi exclusivo binomio instrumental conformado junto a Miguel Herrero. Es en este caso a la banda de acompañamiento presente en unas sesiones previas a la que hay que agradecer la construcción de un delicado paisaje que atrae al unísono las huellas de Willie Nelson y Calamaro. Bello y evocador soporte con el que intentar desoír los cantos que le incitan constantemente a seguir ejerciendo el papel de ángel caído. 

Pero más allá de un álbum de resistencia hacia el eco producido por las sombras, este repertorio es un glosario de perdedores que, a su manera, reniegan de ser derrotados, tanto incluso como para reclamar sus méritos anónimos en “Nuestras medallas”, composición desnuda donde se presiente con mayor nitidez la efigie de Dylan. Destellos de folk tradicional que, asumiendo esa dupla formado por Iñigo Coppel y Phil Ochs, adopta su faceta trovadoresca en “La hora más oscura” y que para “Tranqui, chaval” adopta un formato más fronterizo, banda sonora de unas postales que parecen fotogramas extraídas de una película de Eloy de la Iglesia. Precariedad conjugada también con la vibrante y crepuscular “Las manos del diablo”, habitáculo para que Nick Cave engendre en algún bar ubicado entre carreteras secundarias de la América profunda este sonido. Establecimiento de tan dudosa catadura moral que nunca sería frecuentado por ese Dios “robado” al igualmente recomendable poeta Oscar Aguado, creador inspiracional de los versos de “Yo soy el negro que escribió la Biblia”, un tenso rock elegantemente nostálgico que llama a las puertas del cielo reclamando explicaciones. Una solicitud que dada su escasa probabilidad de obtener éxito, se transforma en un cierre del disco, con “Vulgar”, la otra pieza interpretada con una banda que deja su impronta en una cosmopolita y noctámbula escenografía funk, que renuncia a cualquier arrepentimiento por haber incendiado, o seguir haciéndolo, la tierra que pisamos. 

Es posible que el futuro, o el propio destino, de David Llosa, o Gatoperro, si es que existen diferencias entre ambos, sea el de mantener activo el baile de la brújula para partir hacia otras latitudes. Lo único seguro es que de momento, la aguja está instalada en este “Al norte del norte”, probablemente el mejor trabajo firmado por el autor hasta la fecha, consecuencia de haber hallado una simbiosis perfecta entre el clasicismo y una expresión personal; un doble escenario que del mismo modo se puede aplicar a un contexto sonoro que reproduce un muy particular clima de desgarrador relajo. Un idioma musical que oficia como mimético reflejo de una lírica que escucha, pero se niega a abrir la puerta, al constante requerimiento por seguir actuando bajo el mandato de la siempre sugerente -pero fatídica- curiosidad por conocer la profundidad del abismo. Si como se suele decir, la parte más gratificante no es la meta, sino el camino emprendido hasta ella, de igual manera, convendría asumir que, antes de ese “democrático” telón negro que a todos nos espera, estamos condenados a interpretar ensayos para esa tragedia definitiva.

Blockparty 2026: Frente a las adversidades.... Música de calidad


Sala Mon, Madrid. Sábado, 6 de junio del 2026. 

Texto: Begoña Serralvo. 
Fotografías: BlockParty.

La edición 2026 del Blockparty se recordará, siguiendo términos casi bíblicos, por ser un auténtico camino de espinas, en cuestiones que van más allá de la calidad del mismo, y que superó con creces cualquier obstáculo. Tras el traslado forzoso a la sala Mon y la cancelación de última hora de Die Spitz, principal reclamo de cartel, se alteraron las expectativas de una cita que prometía ser de las más estimulantes de la temporada, gracias a su principal atractivo, el formato al aire libre. Sin embargo, lejos de venirse abajo, el festival encontró argumentos suficientes para sobreponerse al desencanto inicial y reivindicar una propuesta que conservó su esencia en todo momento.

Case Oats se encargó de abrir la tarde con una propuesta de delicada melancolía y refinamiento melódico. No fue fácil, pero los estadounidenses desplegaron las canciones de "Last Missouri Exit" con una serenidad casi hipnótica, apoyados en la voz sedosa y envolvente de Casey Gomez. Temas como “Nora” y “Bitter Root Lake” flotaron por la sala con una belleza discreta y una sensibilidad que remitía por momentos al mejor cancionero norteamericano contemporáneo. Fue un inicio contenido, sin estridencias, pensado más para seducir que para conquistar de inmediato. 

La tormenta ya llegaría después con Sandré. El cuarteto catalán irrumpió con una descarga de electricidad, nervio y urgencia que transformó la placidez inicial en agitación colectiva. “Perro”, “Presión” y “Bullying” desataron los primeros pogos de la jornada, mientras Rosa Pagès se movía por el escenario como una fuerza imposible de contener. En uno de los momentos más encendidos del concierto terminó desplomándose sobre las tablas, entregada a una interpretación feroz y catártica que resumió el espíritu de una actuación tan física como emocional. Frente a esa vertiente más abrasiva, canciones como “El Pou” y “Pijama de Fusta” revelaron una faceta más ambiciosa y aventurera, confirmando que el grupo atraviesa uno de los momentos más fértiles de su evolución artística.

La gran revelación de la noche fue sin duda Fast Kids. Si en disco sus canciones ya apuntan maneras, fue sobre el escenario donde terminaron de desplegar todo su potencial. “My Advice” y “Walk Out The Door” funcionaron como perfectos artefactos de power pop: inmediatos, vibrantes y dotados de una contagiosa sensación de euforia. La banda sonó compacta y precisa, con la naturalidad de quien lleva mucho más tiempo compartiendo carretera del que su todavía breve trayectoria permite suponer. Buena parte de la culpa la tuvo Mike Brandon, dueño de una presencia escénica tan magnética como despreocupada, moviéndose entre el descaro y el encanto de los viejos frontmen del rock de guitarras. La recuperación de “Too Many Girls”, procedente de su otra aventura musical, terminó de redondear una actuación que pocos esperaban tan convincente y que acabó convirtiéndose en una de las imágenes más luminosas de la jornada.

Uni Boys compareció después con una propuesta tan luminosa como perjudicada por un sonido irregular. Una mezcla excesivamente cargada en las frecuencias graves restó claridad a unas canciones que, sobre el papel, contienen suficientes virtudes para brillar por sí mismas. Aun así, “Maybe I’m Wrong”, “Look On The Brightside” y “Victim Of Myself” consiguieron abrirse paso entre las dificultades técnicas gracias a su innegable instinto melódico y a ese aroma sesentero que atraviesa toda su propuesta. No fue el concierto que probablemente podían ofrecer, pero sí dejó destellos suficientes para comprender el atractivo de la formación californiana.

El cierre quedó en manos de Mujeres, convertidos por las circunstancias en protagonistas absolutos de la jornada. Y lo asumieron con la naturalidad de quien lleva años construyendo una de las trayectorias más sólidas y fiables del rock estatal. “Caen Imperios” y “Besos” sirvieron para abrir un concierto que fue creciendo sin necesidad de golpes de efecto, sostenido por la fortaleza de un repertorio que parece haber encontrado un equilibrio ideal entre inmediatez melódica, sensibilidad pop y espíritu guitarrero.

Con una sección rítmica impecable y una compenetración que sólo concede el tiempo, la banda fue encadenando canciones con una fluidez admirable. “Un Sentimiento Importante”, “Un Gesto Brillante”, “Tú y Yo” o “Cae La Noche” fueron recibidas como pequeños himnos generacionales por un público que, a esas alturas, ya había olvidado buena parte de los sobresaltos previos. Entre las composiciones más recientes, “Cristales” confirmó que el nuevo material posee la misma capacidad para permanecer en la memoria que algunas de las piezas más celebradas de su catálogo.

Así concluyó un Blockparty que parecía destinado al naufragio y que, sin embargo, terminó encontrando puerto. Entre contratiempos, cambios de planes y ausencias difíciles de suplir, la música volvió a demostrar su capacidad para imponerse a las circunstancias. Lo que comenzó marcado por la incertidumbre acabó transformándose en una celebración modesta pero genuina, una de esas jornadas que recuerdan que, más allá de los grandes nombres y de los carteles perfectos, los festivales siguen dependiendo de algo mucho más sencillo: buenas canciones, intérpretes inspirados y un público dispuesto a dejarse sorprender. Y así fue.

Querido: “¿Qué seré yo?”


Por: Javier Capapé. 

Debemos prescindir de lo inmediato. Dejar que nos lleve el corazón, pero sin olvidar la cabeza. Dejar espacio a la duda y no apresurarse. Hace tiempo que Querido son mucho más que la banda del hijo de Iván Ferreiro. Han trabajado, desde su salto a la palestra hace poco más de dos años, en conformar una sólida personalidad que representa a una generación que se expresa desde la reflexión y la calma, buscando la autenticidad desde la introspección y la emoción profunda más que desde la inmediatez y el estímulo instantáneo instalado en nuestras caóticas vidas de animales del siglo XXI. Si con estas palabras podemos definir al joven cuarteto vigués, su más reciente disco no va desencaminado. “¿Qué seré yo?” se apoya en la duda y no para de plantearnos preguntas abiertas, porque cada canción se escucha entre interrogantes y solo se entiende desde la paciencia de aquel que no pretende encontrar respuestas inmediatas. Querido provocan a sus oyentes pidiéndoles que se salgan del guión establecido y se entreguen al “algoritmo honesto”, por encima de las absurdas modas de fórmula fácil que abraza la mayoría de la juventud. Andrés Ferreiro, Antón Vigara, Roque Vázquez y Raúl López son jóvenes, pero no dan la espalda a la herencia recibida y se nutren de ella gracias, en parte, al buen hacer de Sergio Martínez Puga a los mandos. Junto a él permiten que el poso de esta experiencia deje huella en sus composiciones y las aleje de la vacía mecanización preestablecida de la que adolece gran parte de la música creada por los artistas de su generación.

“¿Qué seré yo?” plantea todas estas dudas desde su portada, dando unidad a todo el conjunto. Una portada desconcertante que muestra a una figura que no refleja su rostro en los espejos que le rodean. Una imagen que representa la dificultad de encontrar compresión en una sociedad cada vez más alejada de la juventud que no se deja arrastrar por lo convencional. Esta identidad no reconocida sobrevuela entre estas canciones y se nutre de una lírica valiente y decidida que, junto a un cuerpo sónico de lo más sugerente y nada convencional, nos arrastra para descubrirnos ante un grupo que solo se deja llevar por sus impulsos y se regocija de ello. No es el grupo al que todos querrán escuchar, ni aquel que estará en boca de cientos de instagramers. Es una banda tan creíble como única, que deja al lado las modas y abraza la duda como punto de partida desde el que trazar interesantes caminos.

Cuando les preguntábamos en nuestra primera entrevista con la banda tras presentar su debut nos aseguraban que ellos eran una banda de discos, que eso les motivaba más que el lanzamiento compulsivo de singles. Por eso mismo, este disco sigue en la línea que iniciaron con “Una Nueva Esperanza IV”. De entrada no es un álbum fácil. Requiere tiempo y atención por los detalles. Inquietud y búsqueda. Pero el trabajo compensa, y en “¿Qué seré yo?” conseguiremos encontrar más de una respuesta, aunque no lo creamos en un primer momento. Respuestas de cuatro jóvenes que siguen teniendo las cosas muy claras y que siguen defendiendo las canciones como su verdadero vehículo de expresión. Ellas contienen todo lo que necesitamos saber del momento en el que viven. Funcionan como un libro abierto a sus emociones e inquietudes, que aunque se muevan entre dudas, siguen buscando esa conexión sincera con sus oyentes, esa familia en crecimiento alrededor de Querido.

Para escribir esta reseña rescaté en profundidad su enigmático debut. En aquel se veían bien sus intenciones, las de una banda joven pero exigente, que no elegía el camino fácil, y ahora, en esta continuación se aprecia una mayor cohesión, un trabajo más pulido y que, sin perder su ideario y sonido, vira hacia terrenos más accesibles, aunque también autoexigentes. Tal vez esta sensación de cohesión resida en la forma en la que plantean las canciones. Todas bajo interrogantes, unidas por esa duda y recorridas por los tres capítulos a modo de interludios que son sucesivamente “¿Qué”, “Seré”, “Yo?”. Estas pausas presentan conversaciones de amigos y familiares de la banda o de ellos mismos que muestran algunas de sus trampas y devenires diarios y, entre ellas, los ocho temas que conforman el disco en sí mismo. Es en esos ocho temas donde está implícito ese viraje que comentábamos hacia terrenos más accesibles, pues la mitad de los mismos se nutren de colaboraciones con otros artistas de la escena, desde David Ruiz de La M.O.D.A. al inevitable mano a mano con el padre de Andrés, el propio Iván Ferreiro. En la entrevista ya comentada que hicimos con el grupo hace apenas dos años nos confesaban que su intención era hacer colaboraciones que sumaran al proyecto, no esas que suenan de lejos a estrategia de marketing. La verdad es que llama la atención, porque ahora son la mitad de las canciones las que se mueven en estas coordenadas y, salvo Merino, los artistas que les acompañan son de sobra conocidos. Pero no dudaremos de su criterio, pues es cierto que todos estos invitados suman.

Tras una confesional “¿Solo quiero estar?”, con frases tan definitorias como “Solo quiero estar en un mundo sin mentiras” o “Solo quiero estar dónde ya no estés lejos, dónde miro y me miras”, que se mueve entre sonidos repetitivos de juguetería y donde se olvidan del estribillo, llega una arrebatadora “¿El Corazón?” donde el piano la sostiene y su estructura se asienta en unas formas más pop con la emoción a flor de piel que desprende un estribillo redondo y el aporte vocal del citado David Ruiz.

Aunque para emocionante, casi consigue apretarnos más el pecho “¿Cómo no conocí a vuestra madre?” con Merino. Su estribillo dominado por las seis cuerdas y el arrojo de Andrés primero y de Sandra después (hasta unirse de forma magistral las dos voces en el último tramo) se complementa con el órgano que lleva las estrofas o el característico riff de piano, para hacer de esta una pieza imbatible, etérea y ligera a la vez. “¿Y si puedo soportarlo?” cuenta con Veintiuno para mecernos en un pop fresco y directo, de corta duración (algo a destacar en esta banda que gusta de desarrollos algo más largos y menos convencionales). La suave voz de Diego Arroyo contrasta con la más rasgada de Andrés, aunque sin perder su fuerza e intensidad. Eso sí, quizá hubiéramos agradecido algo más de espacio para soltarse ambos en el dúo.

Estas colaboraciones vienen todas en el primer tramo del álbum, salvo la sorpresa final, así que tras la mentada pausa en forma de conversaciones telefónicas quedan otras tres canciones de digestión lenta. Sugerentes y desafiantes. “¿Quizá es así?” sigue la línea de su disco debut con esos teclados envolventes y, sin duda, puede ser la más personal hasta el momento. Andrés sugiere que el dolor cicatriza finalmente, aunque sea de una forma un tanto extraña, como nos dicta su letra. En “¿Capacidad?” apelan a “la carencia de lo importante” y encontramos algún arreglo más de guitarra (siendo éste un grupo en el que no proliferan las seis cuerdas), aunque se impone lo electrónico de fondo junto a un piano elegante y una batería contundente que se descomponen en el puente en un bucle que podría recordarnos al “pater familias”.

La cadencia suave y la elegancia están presentes en “¿Ser un robot?”. Una canción con esos aires galácticos que nos hace retroceder hasta la épica de “Ultraligera”, porque Andrés Ferreiro no esconde sus costuras, más bien presume y saca pecho. En esta postal adictiva llega incluso a admitir que “a veces desearía ser Elton John”, para dejar claro que siguen persiguiendo los desarrollos pop. Sin embargo, algo que todos esperábamos en nuestro inconsciente, se hace realidad al pasar el tercer interludio, ese dúo padre e hijo que se convierte en lema o referencia. “¿Qué va a pasar?” es un regalo que llega antes de concluir el viaje. Un pasaje más que emotivo, pero que no pierde fuerza ni empalaga. Todo lo contrario. Los teclados lo sostienen todo y nos hacen viajar con el fabuloso empaste de esas voces tan personales y únicas de la familia Ferreiro. Pone los pelos de punta escucharlos juntos y nos hace quedarnos flotando entre las muchas preguntas que nos ha ido planteado el disco.

Tras esto solo queda escuchar de nuevo esos tres interludios en una única pista que lleva por título la misma pregunta que el disco global, “¿Qué seré yo?” ¿Qué somos nosotros, los que nos dejamos perder entre estos surcos, los que nos reconocemos en esos soliloquios planteados por los cuatro músicos de la formación y sus familias o amigos en esa pista sacada de la vida real? Difícil respuesta para una pregunta que es más un juego existencial con el que convivir que una meta a la que aspirar, pues nuestro yo está hecho de todos esos pedacitos y preguntas que se pierden como lágrimas en la lluvia mientras seguimos avanzando. ¿El misterio de una vida o la pregunta definitiva? Nos queda, como remedio infalible, sencillamente vivirla.

The Sideshows: "The Sideshows"


Por: Txema Mañeru. 

Al hablar de este nuevo grupo de rock’n’roll clásico hay quien menciona la palabra de súper-grupo. Esto es debido a que el trío internacional viajó desde Londres a Mallorca en principio para tocar algo juntos y hacer una especie de prueba, pero estuvieron tan a gusto que se sacaron este fresco disco casi del tirón. Un trabajo que, como ya hemos adelantado, contiene puro rock’n’roll, pero también detalles power-pop y con algunos ramalazos cercanos al glam y al hard-rock, todo ello con auténtico espíritu punk.

Y tenemos que decirlo ya. El grupo está formado por Sami Yaffa (Hanoi Rocks, Michael Monroe, Demolition 3), Rich Ragany (The Loyalties, Role Models, The Digressions) y el amigo de ambos a la batería, Simon Maxwell. Yaffa y Ragany se reencontraron en Birmingham en un concierto de Michael Monroe y tuvieron la idea de tocar algo conjuntamente. Ambos han producido el disco a su bola y entre los 3 han compuesto los 10 variados temas del disco que creemos tendrá continuidad, y esperamos que lo presenten pronto por estos lares y salten de la isla de Mallorca a este lado.

De hecho el disco se grabó en dicha isla y surgió, prácticamente, de manera espontánea en unas sesiones más que distendidas. Todo muy orgánico y con muchos temas marcadamente melódicos, algo que han querido mimar especialmente. Choca bastante que, a pesar de la espontaneidad y frescura, se han currado también las letras con temas habituales como el amor, la amistad o la supervivencia, pero tratados con buenos resultados y cariño evidente. 

El disco arranca con un primer single y videoclip realmente bien elegido. Te hablamos de "Brand New", ya con el primer de los muchos estribillos redondos y con algún detalle casi glam-rock a lo Alice Cooper o los New York Dolls y hablándonos de volver a empezar… que es lo que han querido hacer estos tres fenómenos con esta aventura. Los tres músicos aportan buenos coros y les ayuda en esta faceta su amigo Andy Brock. Eso se aprecia muy bien en "We’re Such A Shame", un tema con riffs muy poderosos y con aires al high-energy escandinavo y con algún arrebato a lo Black Keys. Guitarras saturadas y suciedad a lo Stooges se cita en "I Feel It". Incluso se acuerdan de amigos tristemente desaparecidos en un buen medio tiempo con aires a lo Hanoi Rocks y buenos punteos titulado "Say Goodbye On A Night Like This". Cierran la cara A con otro buen medio tiempo con otro nuevo estribillo repleto de garra.

La cara B comienza con una declaración de principios como "Rock And Roll Owes Me An Apology", un tema que hace honor a su título y en el que meten una garra hard-rock realmente rítmica. "The Start" es un tema relajado y melódico con otro pegadizo estribillo y más coros destacados. Los aires power-pop a lo Role Models se aprecian muy bien en "Smoke Show" o en la potente y pegadiza "Our Love In The Shadows", que sí, trata el eterno tema del amor. Se despiden con "Not Sorry", un homenaje al desaparecido músico y amigo Scott Sorry. Un tema con mucho gancho y que acaba muy arriba para redondear 10 temas en media hora que se pasan como una exhalación. Se habla también de bandas como The Wildhearts, The Hellacopters o Social Distortion y me aparecen acertadas referencias. ¡Ojalá facturen también directos a dicha altura y que podamos disfrutarlos dentro de poco! Ahí demostrarán si están para quedarse y son capaces de aumentar su ya conseguido eco mediático.

Ilustres Principiantes: Paul Rodie


Granada vuelve a ser el punto de partida de un recomendable proyecto musical. Aunque debutante, Paul Rodie, el alter ego del compositor, cantante y guitarrista Pablo Rodríguez (The Miskins Ronson, Los Chill) se confabula con Irene (Blanca Adelfa) al bajo y Ángel (Mea Culpa) a la batería para dar vida a una formación que inaugura su recorrido grupal con su primer álbum, "Algo súper especial", publicado por Discos de Menta/DAD Digital. 

Una andadura iniciada en el 2023 con el single homónimo, al que dieron continuidad otros adelantos como "Perro fiel", "Está bien, "Popkemón" o "1991", canciones todas ellas integradas en un trabajo que demuestra un sonido caracterizado por melodías pop y estribillos altamente pegadizos que se entrelazan en perfecta armonía con guitarras cargadas de Fuzz.  Un estilo ecléctico que bebe principalmente del glam y el power pop (Bowie, Teenage Fanclub, The Lemon Twigs, Big Star,..) pero que ostentan un acento propio con destino a no caducar. 

Ritmos, que en la mejor herencia del power-pop, que se llenan de unas letras que transmiten con honestidad y valentía emociones intensas, como la melancolía y esa rabia adolescente tan genuina. Ingredientes que han quedado plasmado en un álbum vitalista y sincero grabado en Granada, en los estudios de Carlos Díaz y Deshollinador Hot Studio, con mezclas y masterización a cargo de Jaime Beltrán.

Antonio Arias: "Mawlid - Mapa Del Trance”


Por: Txema Mañeru. 

La trayectoria musical de más de 40 años de Antonio Arias (con más de 25 discos) supone una aportación a la música alternativa de este país realmente trascendental. Comenzó en los 80 con 091 y pronto creó Lagartija Nick. En el nuevo milenio, a la par que seguir trabajando, tocando y grabando con su banda, inició una importante trayectoria en solitario con sus cuatro discos titulados “Multiverso”. Antes estuvo en el “Más De Cien Lobos”, de los 091 y con la producción de Joe Strummer. Otros discos clave de su larga trayectoria son el “Inercia” de los Lagartija o el “Omega” grabado por la banda junto a Enrique Morente. Disco tan trascendental que están girando con él celebrando su 30 Aniversario.

En 2018 comenzó con su proyecto “Mawlid” para explorar a fondo su devoción por la música Gnawa marroquí. Es una cultura de raíces subsaharianas originaria del blues y admirada en el pasado por artistas como Brian Jones (The Rolling Stones), Paul Bowles o William Burroughs. Lo ha grabado en varias ciudades de Marruecos con la especial presencia del instrumento autóctono Guembri. En el disco colaboran artistas de la talla de Arafa Chaara, Khalid Sansi, Bachir Attar (The Master Musicians of Jajouka), Tarwa N Tiniri y hasta el histórico Miguel Ríos. Una gran unión cultural entre Andalucía y Marruecos compuesta por una formación base integrada por Antonio, Moncho Rodríguez y Zeke Olmo

Precioso y mágico arranque del disco encontramos con "La Peregrina", cinco voces árabes de la Banda Tarwa N Tiniri y cuerdas africanas que emulan a Ry Cooder con Ali Farka Touré, por esos claros aires africanos, más concretamente del Magreb y claros detalles blues. Gran estribillo y estupenda melodía vocal con esas cuerdas que te mecen con los citados coros africanos. Sigue el estupendo tema titular con un espectacular viaje musical del que Antonio, ni nosotros, no queremos regresar. Voces y melodía con percusiones, realmente contagioso todo ello en un viaje desde Casablanca hasta Marrakech. "Boabdil El Chico" es un espectacular dueto más rockero con la gran voz de su paisano, Miguel Ríos. Más trance y ritmo acelerado en "Manos Que Me Guían", un tema realmente hipnótico, más aún cuando entra esas buenas voces africanas, el guembri y el krakeb de la Banda Khalid Sansi. Luego llega el último single, una espectacular "Bermasouyé", con más buenos coros y cuerdas magrebíes en otra melodía hipnótica hasta llegar al éxtasis. Buen cierre de la cara A en compañía de la Banda Arafa Chaara en la que destaca la voz del titular que también repite en otro par de temas.

La cara B se abre con una luminosa "Río De Luz" (de nuevo con la banda de Khalid Sansi) muy arábiga hasta con un punto a los DMBK, combinado con los Ketama de “Shongai”. Sonidos y ritmos más actuales se citan en "Matar Al Jaguar", con dicho rico ritmo que pude gustar a seguidores de Instituto Mexicano del Sonido (IMS). Una grata sorpresa, con sus cuerdas electrificadas, que aporta variedad a un conjunto rítmico ya muy rico. "Oh Amazigh" vuelve a cautivarnos con esas voces arábigas de Arafa Chaara que nos llevan de viaje. Eso es justo antes de acabar con los más de 7 minutos, otra vez hipnóticos sí, de una "Ciudad Sin Sueño" para soñar, pero sin dormir. Se trata del segundo y precioso adelanto del disco. Percusiones y una gaita magrebí y una flauta que son una delicia. Aquí tenemos a Bachir Attar, de los Master Musicians Of Jajouka, aportando su rico Luthar. Más trance para acabar arriba del todo con un recuerdo a Quâsar y a su hermano fallecido. 

Por si todo esto fuera poco el vinilo viene con un libreto del tamaño del vinilo de 24 páginas con fotos y amplios textos explicando la genésis de este proyecto así como hablándonos del instrumento Guembri o La Cultura Gnawa. Todo un libro explicativo y un diario de ruta con los repetidos viajes Marruecos. ¡Sería muy interesante que pudiera presentar este nuevo disco y proyecto en directo!