La energía punk del FIZ


Sala Multiusos del Auditorio. Zaragoza, Sábado 26 de septiembre de 2026. 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Veinticuatro años de FIZ y nunca nos cansamos. Fieles a su ceremonia de acólitos "indies" (aunque a estas alturas ya podríamos cambiar este calificativo sin miedo alguno) en la última edición del festival hemos presenciado, sin lugar a dudas, su cara más punk y acelerada de su larga trayectoria. Las guitarras ásperas se impusieron de forma unánime para afirmar que esta actitud sin pelos en la lengua es la que más necesitamos en este momento. Marina Domínguez algo más ligeras, pero pegadas a sus seis cuerdas rugosas, La Paloma con su noise rock al que no le importa buscar su lado más pop, Repion con su garra tan melódica como contundente y Carolina Durante y su desdén provocador. Tan solo La Casa Azul, habituales de este escenario, se desmarcaron de esta actitud, pero su vitalismo electropop nos hizo mucho bien para terminar ese tour de force directo a la yugular marcado por el resto de bandas.

La tarde empezó con las locales Marina Domínguez. Siempre cuesta arrancar en estos eventos, pero tenían al público de su parte para acoger su pop desprejuiciado que nos puede recordar a Ginebras, con su particular dosis de irreverencia y carga festiva. Sin un largo todavía en la calle esperamos que estas mañas puedan ofrecer más pronto que tarde una alternativa al punk desde la capital del cierzo. En esa misma línea continuista, pero con una carrera que ya se va asentando, le tocó el turno a La Paloma, grupo afincado en el barrio madrileño de Tetúan. Sonaron compactos y muy contundentes, aunque al principio algo emborronados por las características mejorables de la Sala Multisusos del Auditorio, pero enseguida se hicieron con el público que coreó la directa "Sale el sol", la más emotiva "Las cosas que me gustan" o la generacional "La edad que tengo". Un trío joven (quinteto en el escenario) con mucho que decir todavía, que dejan claro que lo suyo son las guitarras potentes y la actitud cercana. Presentaron su recién salido single "Después de darlo todo", con el que nos llevaron muy arriba, y se acordaron agradecidos de que Zaragoza fue la primera ciudad en la que tocaron fuera de Madrid, con lo que consiguieron una calurosa ovación mientras se despedían con "Palos" y su mantra repetido "quiero que me vuelvas a explicar lo que ha pasado", como si su concierto fuera algo que se queda flotando y al que podemos volver para entender la magia de su conexión sin impostura.

La Paloma me gustaron y convencieron con creces, pero el torbellino que venía a continuación, de sobras conocido por el que esto suscribe, realmente prometía subir la temperatura. ¡Y vaya si subió! Repion llenaron el escenario de la Sala Multisusos de armonías y rabia. Marina Iñesta subió los decibelios con la potencia de su voz mientras su hermana Teresa golpeaba la batería con un pulso arrollador. La disposición de la batería en primer plano permitió disfrutar más si cabe de la actuación de las hermanas (acompañadas al bajo por Iris Banegas), ya que pudimos ver en primer plano la entrega de Teresa entre precisos breaks y potentes redobles. Una auténtica apisonadora en escena. Hay que decir que la magnitud de ese bombo de gran tamaño junto a su manejo del tempo saliéndose de lo evidente hacen de esta baterista una de las mejor dotadas de nuestro panorama. Por momentos me recuerda a Julia Martín-Maestro, y es que su manera de tocar este instrumento es ejemplar en ambos casos. Imbatibles. Marina tampoco se queda atrás en la forma de agarrar la guitarra y sacarle esa sonoridad tan particular. Tan desgarrada y doliente como afianzada y firme. En su breve actuación nos mostraron bien todas sus cartas, con un reparto equilibrado de su repertorio entre sus dos álbumes y su fantástico EP "Entre todas lo arreglamos". Comenzaron con la furia de "Otro día será" y "Pronto" para no bajar las revoluciones en ningún momento. Sirvan como ejemplo la intensa "El sueño dura una semana" o la casi grunge "X" de su más reciente álbum. También hubo espacio para que subiéramos al cielo con "El día no me da", uno de sus temas más logrados, y nos hicieron recalar en la intención de "¿Qué hay de ti?", dedicada a esas personas que se van perdiendo por el camino, en muchas ocasiones sin ningún motivo más allá del tiempo, que unas veces une y otras separa.

Agradecieron que este festival apostara por bandas formadas por mujeres como la suya y se despidieron con esa canción que nos lleva a nuestra infancia y nuestros pueblos, "Barrio Somavilla". Su concierto volvió a calar en nuestros huesos, por su carisma, por su presencia, por su potencia. Como dicen en "Brillante", "algunas cosas nunca se arreglan, se quedan clavadas", aunque en este caso habría que decir que su concierto se nos quedó clavado, pero consiguiendo arreglarnos la noche. Ojalá Repion sigan en ascenso. De talento van sobradas, solo necesitan un poco más de visibilidad, porque sus canciones y directos son demoledores y nos lo dan todo. Una vez te enganchan (y espero que tras este FIZ inyectaran su veneno en más de uno de los presentes) ya no consigues soltarte de su mano. 

Lo que muchos habían estado esperando era la aparición de Carolina Durante. La sala se llenó de un público más joven dispuesto a saltar al ritmo del grupo madrileño que en tan solo diez años de carrera han conseguido llegar mucho más lejos de lo que parecía cuando algunos entonábamos la canción de "Cayetano". Su actitud pasada de vueltas seguía la línea planteada desde el principio en el festival, solo que en su caso nos sonó impostada en más de una ocasión. Desde luego que la pose es imprescindible para hacerse notar y de eso Diego Ibáñez parece saber bastante. Todo el concierto se lo pasó de un lado para el otro del escenario agitando al personal con esa actitud punk y esa voz que más bien es un grito, pero que les define como banda. Como frontman desbocado está en su sitio, pero el contraste con el resto de la banda es evidente. Porque los demás (encorsetados dentro de un escenario que simula una oficina) están más bien comedidos. Tan solo Mario del Valle con la guitarra se sale de su sitio en algún momento, pero a pesar de ello, es evidente que dominan la escena. El público no paró de corear todos sus éxitos y para un grupo con solo tres álbumes (más un buen puñado de singles) es muy reseñable que casi todas sus canciones se reciban como auténticos hits. Desde que inauguraron su actuación con "Joderse la vida" hasta que la acabaron con uno de sus éxitos más jugosos y costumbristas, como es "Hamburguesas", la máquina se mantuvo perfectamente engrasada. Parecía que tenían todo controlado: Las subidas y bajadas de intensidad, las incitaciones a los pogos generales, la grasa correosa que impregna algunas de sus canciones más garajeras, como "Granja escuela", e incluso la épica que manejan con bastante solvencia al apoyarse en escena por un grupo de cuerdas y un trompetista de lo más acertado (sin duda uno de los mejores cambios de guión del espectáculo). Esa épica que convirtió en sublime el final de "Probablemente tengas razón", así como la segunda parte de "Elige tu propia aventura", con esa trompeta que tanto recordó a Andy Diagram de James. En temas como "San Juan", también adornado por las cuerdas, buscaron trascender y podrían llevarnos hasta Blur (también hay mucho de los británicos en "Tempo 2"), dejando claro que su último disco es el que más redondo les quedó, saliéndose de la épica de rastrillo que podían tener en "Aaaaaa#$!&", de su anterior trabajo, y ganando cuerpo. Se agradece cuando bajan el tono, aunque sea mínimamente, como ocurre con "La noche de los muertos vivientes", en la que podrían haber encontrado inspiración los Alcalá Norte, o en "El perro de tu señorío", en la que también supieron aprovechar los arreglos de cuerda. 

Cierto es que a pesar de lo bien recibidos que son estos "cuatro chavales" entre el público me parece que son mejores instrumentistas que letristas, por no decir que Diego grita en lugar de cantar (por momentos luce mejor cuando se escuda detrás del megáfono). Si el desvarío está en su adn he de decir que, en mi caso particular, me cautivaron más cuando sacaron su lado más costumbrista y delicado, como en "Ya no hay verano", o cuando nos increparon con frases tan contundentes como ese "qué nos ha pasado si no ha pasado nada" o su acertada imagen sobre el asombro (¿o sería mejor decir hastío?) reflejada en su “quiero que me mires como miras los desastres”. A pesar de los confetis de "Las canciones de Juanita" o el descaro incisivo de "Cayetano", prefiero su mirada hacia el shoegaze en "Probablemente tengas razón" (fue de las más logradas de la noche), el riff lo-fi de "Verdes, césped" o el leve reflejo hacia Joy Division gracias al bajo de Martín Vallhonrat en "Hamburguesas". Beben de muchos y buenos caldos (aunque "En Verano" destile ese ramalazo a Hombres G que tanto nos sobra) y, definitivamente, los hacen suyos para vestirlos con su toque característico. Su frase "mis amigos suman más que mis demonios" podría sugerir esa querencia suya para nutrirse de todas esas referencias. Algo fantástico, aunque lo sería más si su multitud de seguidores también abrazasen las mismas para entender de verdad su discurso, aunque yo por momentos no termine de creérmelos. Aún con todo, reconozco que el concierto fue un bombazo. Me quedo con esa parte central que sobresalió gracias a esos arreglos más allá de las seis cuerdas, que les sacaron de su zona de confort, y espero seguir viendo crecer a este fenómeno, que mantiene a los menores de treinta cerca del inconformismo punk y la tan necesaria irreverencia en estos tiempos, que de eso sí que van sobrados los reyes de la "mala hostia". 

Dejamos los sonidos más crudos y garageros para acoger en la recta final del festival el buen rollo electro universal de La Casa Azul. Las guitarras quedaron opacadas por los sintes, las programaciones y la percusión electrónica, pero en la actitud de Guille Milkyway y su banda había mucho de reivindicación también. Este fue el turno de los más entrados en años del evento, pues La Casa Azul hizo que los más talluditos bailaran sin descanso. Tanto la banda como el público estuvieron todo el concierto muy arriba. Confetis por doquier (los cañones no dejaron de soltar cada poco una buena ración de papeles de colores), explosividad visual y sonora y, sobre todo, buen rollo. Guille se mostró en muy buena forma, cambiando guitarra por sintes o simplemente moviéndose cómodamente por el escenario como parte de una coreografía visual muy bien estudiada. Sonaron desde "La fiesta Universal" hasta "El final del amor eterno", "Podría ser peor" o la tan necesaria "Revolución Sexual". Brillaron y consiguieron que el público que no había abandonado la sala tuviese una buena dosis de energía positiva regada con electrónica y efectismo marca de la casa. Un gran acierto volver a tener una edición más a esta banda que siempre deja tan buen sabor de boca, aunque no nos ofrezcan nada que no sepamos. Para Milkyway y los suyos no hubo preocupación por el timing (de hecho fueron ellos los que se llevaron más cuota de escenario), ya que lo que seguía era más fiesta detrás de los platos con el dj set de Chelis. Por lo que la madrugada electrónica recogió el testigo de la explosión de rock anterior, pero todo acompañado de una contagiosa energía, esa que siempre respiramos en el mejor festival de esta tierra. El más abierto a gustos y colores. El más rico en matices, desprejuiciado y valiente. Nuestro FIZ. ¡A por los veinticinco!

The Afghan Whigs: "Soft Control"


Por: J.J. Caballero. 

Hablar de rock independiente (¿o tal vez deberíamos decir simplemente pop?) se ha convertido en arma de doble filo para cualquier crítico, escriba o mero aficionado a poner en palabras sus propios debates internos cada vez que escucha un disco que merezca tal afiliación. Todo es subjetivo y nada es aleatorio cuando nos topamos con un nuevo trabajo de la banda de Cincinatti The Afghan Whigs, unos veteranísimos músicos bragados en mil batallas emocionales y trajinados en la entrada y salida de miembros que aportan fe, compromiso y sentimiento en cada uno de sus episodios. Cuarenta años después, Greg Dulli, alma mater y autor único de la mayoría de canciones, regresa por donde lo dejó hace catorce años, justo antes de un parón que ya los ha resucitado sobradamente. Sólo hay que escuchar cualquiera de los trabajos editados desde entonces para saludar a este “Soft control” con la confianza y amabilidad que merece una banda tan respetable.

Vicisitudes y desventuras varias aparte –la triste desaparición del guitarrista Dave Rosser marcó varios de los pasos a seguir en su momento-, lo normal es que a estas alturas se recreen en otras decoraciones igual de válidas, e incluso pertinentes, para una música que poco más puede aportar a un catálogo lleno de hitos subterráneos pero rotundos. Las conexiones con una de sus piezas maestras, el colosal “Gentlemen” grabado en 1993, son varias y evidentes, desde el gusto perenne por las melodías cimbreantes, aquí presente en “My lover”, un tema en el que abren paisajes country y los inundan con aires glam, hasta los arreglos mesiánicos anclados en los vientos de la impresionante “The deepesta part of the darkest shadow” o las orquestaciones y trombones de “Mariah Luster” y el piano y las cuerdas delicadas de la crepuscular “A simulation”, siete minutos de puro escalofrío. 

La introspección es necesaria para contar las cosas que quieren contar, jugando con los sentimientos oscuros y las pérdidas que conllevan, pero no debe alejarnos de la idea de que fudamentalmente The Afghan Whigs siempre fueron una banda de clara querencia eléctrica. “House of I”, en la onda de unos Stones al borde del abismo, sería uno de los buques insignia de un disco que perpetúa el latido soul que siempre los acompañó, y no sólo en dicho tema, sino también en la juguetona “Jungle roux” y otra muy efectiva, aunque trillada en su base, “77”, un ángulo en el que se refugian de nuevo para no acercarse demasiado a la tensión de contemporáneos como Tindersticks y elevar la cuota reservada para el rock. Las guitarras suenan potentes, los teclados ajustan decibelios y la serenidad, un término poco apto para un tiempo en el que escuchar un disco de pe a pa supone poco menos que un esfuerzo sobrehumano, fluye en claroscuros que basculan entre lo tenue y lo brillante. Ambos adjetivos son aplicables a una enorme canción como “Duvateen”, probablemente desde ya uno de los mejores temas escritos por Dulli en la última década, y en menor medida a otra ráfaga certera de las características de “Loose talk”. Autoconfesiones resueltas, conciencia revuelta e ilusiones remontadas.

Así, rememorando un pasado glorioso al que nunca quisieron realmente volver, y atisbando un futuro menos halagüeño de lo que parece, se mantiene en el camino una banda fundamental para entender que el rock independiente, ese concepto difuso del que hablábamos al principio, es algo más que la suma del significado de ambos términos. Redefinirlo, ampliarlo y darle algún que otro revolcón es tarea reservada a gente que entiende todo eso a la perfección. The Afghan Whigs son sin duda unos de ellos.

Brigitte Calls Me Baby, romanticismo, grandes canciones y hechuras de banda importante


Sala Galileo Galilei, Madrid, viernes 25 de septiembre de 2026. 

Texto y fotos: Javier González. 

Muchas de las personas que en la tarde del pasado viernes nos acercamos hasta las inmediaciones de la calle Galileo Galilei teníamos la fecha del 25 de septiembre señalada en rojo en nuestro calendario de hace demasiado tiempo. Llevábamos esperando este momento más de dos años, cuando desde el otro lado del charco comenzaron a llegarnos noticias de la existencia de una banda afincada en Chicago que respondía al nombre de Brigitte Calls me Baby. 

Una de esas formaciones con nombre evocador, dotada de un discurso lírico arrollador y presencia escénica que retrotrae a parte de las formaciones más icónicas del pasado, cuyo principal valor reside en un conjunto de canciones potentes y redondas, capaces de poner un pie en el rock elegante de más alta gama y en el pop de la mejor tradición anglo, algo que mostraron a la perfección en su llamativo debut en formato largo, “The Future is Our Way Out”, y en su más reciente continuación, “Irreversible”, álbum que andan presentando en las últimas semanas en el marco una extensa gira europea en la que con muy buen criterio han decidido hacer parada parada en nuestro país con sendos llenos en Madrid y Barcelona, en lo que representa su primera visita a España. 

Una breve estancia que se esperaba con impaciencia, tal y como atestiguaba una nutrida cola espera desde horas antes del comienzo del show, donde los y las más incondicionales aguardaban la apertura de puertas con la intención de poder conseguir un preciado lugar en las primeras filas, algo que aconteció pasadas las 20:30 horas de la noche, momento en que la Galileo comenzó a coger color y temperatura hasta acabar por presentar uno de los mejores llenos que recordamos en dicho recinto capitalino, en él ganaban por mayoría los rostros de mediana edad, pero debemos destacar que también pudimos observar representación de gente muy joven que nos invita a pensar que no todo está perdido y que el relevo generacional viene en camino.

A las 21:00 abrió fuego Laura Katze, bailando con la más fea por partida doble. De un lado, tocaría remar ante una audiencia que desconocía sus canciones y que a tenor de los gestos y camisetas que portaban en su mayoría, deseaban tener al artista principal sobre las tablas lo antes posible. De otro, su propuesta minimalista y sustentada en profundos medios tiempos, que contaba para la ocasión solamente con el acompañamiento de un par de teclados, contrastaba en exceso con la descarga expansiva que tendría logar poco después. 

Luchando contra los elementos, dotada de gran profesionalidad y orgullo, sacó adelante parte de las canciones que dan vida a su único EP hasta la fecha, “Un Año Dormida”, sonando “Joan”, “Flores Muertas” y “El Pueblo”, así como el corte titular, composiciones que intercalaron con otras no registradas como “Irregular”, “Ritual”,y una bonita adaptación del “Waterloo Sunset” de The Kinks, bastante celebrada por los asistentes que finalmente despidieron sus evoluciones con aplausos. 

Poco tiempo después arrancaría el plato fuerte de la noche y lo haría con una sucesión de aciertos. Desde la acertada selección de canciones que sonaron amenizando los últimos instantes de espera hasta la propia aparición en el escenario de Brigitte Calls me Baby, algo que hicieron al son de los compases de la fenomenal “Let´s Stick Together”, interpretada colosalmente por Bryan Ferry. 

Abrieron fuego con los sintetizadores que dan paso a “These Act of Which We´re Designed”, pisando fuerte sin guardarse nada, dejando claro desde el primer momento que venían con intención de darlo todo. Vaya si lo hicieron a lo largo de una noche de emociones fuertes, donde no se guardaron ni un solo truco. Con “Truth is Stranger tan Fiction” mostraron parte de su faceta guitarrera, la que quizás los emparenta de una forma más directa con las grandes bandas del rock de Nueva York como Television, mientras mostraban lo que es el decálogo del rock, sustentado en la pegada de la batería que mueve a su antojo Jeremy Benshish, dinámico y ajustado cual metrónomo, perfectamente empastado al bajo de Devin Wessels, quien no solo dio sustento sino que también tuvo sus momentos de protagonismo durante la velada en los instantes más funk, sirviendo de acomodo para las evoluciones de Trevor Lynch, guitarra y teclados, y Jack Fluegel, guitarrista de hechuras estéticas cercanas al primer y marciano Brian Eno con ramalazos a Mick Ronson, que sin ser dos virtuosos, saben jugar a favor de obra y cobrar importancia cuando la canción lo requiere, demostrando valía y carácter, sirviendo todos ellos la coartada musical perfecta sobre el escenario al que sin duda es el gran valor de esta banda, Wes Leavins. 

Y es que los adjetivos positivos para el bueno de Wes se nos podrían acabar directamente. Quizás, lo más ajustado para no extendernos, sería hablar de él en los términos de “frontman de la vieja escuela”. De aquellos capaces de respetar el ritual y caminar con paso firme sobre el escenario. Regalando un sinfín de poses y quiebros plagados de dramatismo, mirando a la cámara con gesto altivo y pleno de elegancia y magnetismo, interpelando al público en cada fraseo y  buscando intercambiar miradas, señalando y disfrutando de la interpretación en su totalidad, donde demostró estar provisto de un impresionante chorro de voz que en ocasiones le llevó del susurro al dramatismo y a convertirse en un “crooner” moderno, mirando a los ojos a las enseñanzas de mitos como Nick Cave, Morrissey o David Bowie, en cuya época “Let´s Dance” parecía reflejarse su atuendo, incluyendo en sus maneras referencias casi cinematográficas cercanas a James Dean, Alain Delon y Marlon Brando, cuyo rostro en “Salvaje” lleva tatuado en el brazo derecho. Un líder, sabedor de su papel, el cual cumple y ejecuta a la perfección, consciente de que el escenario es un espacio místico. En definitiva, una rock star.

Aprovecharon para rodar en directo nuevas composiciones como “How to Ignore a Feeling”, antes de volver la vista a su primer trabajo con “Fine Dining”, regando de romanticismo una pista de baile que se balanceó con entusiasmo, algo que también ocurrió con la sentida interpretación con “The Future is Our Way Out”, una clásico con aromas retro lleno de atemporalidad, donde la banda demostró su tacto y buen gusto a la hora de afrontar los temidos medios tiempos en directo, esos que a tantas bandas se les caen por los cuatro costados y que a BCMB sientan como anillo al dedo, mientras los quiebros vocales de Wes se elevaban al cielo, clavándose bien dentro de todos los que andábamos en las primeras filas. 

Una de las mejores tandas de la velada vino representada por la oscuridad que desprende “The Pit”, de las favoritas de su segundo trabajo, que interpretación con toda la intensidad y emoción que requiere una composición de éste calado, contrapuesta con las guitarra cristalinas y épicas que encierra “There Always”, cerrando la terna con las sirenas que anteceden “I Danced with another Love in my Dream”, un bombazo en toda regla, celebradísima por el público capitalino, que puso patas arriba a las 500 personas que llenaban una Galileo que se quedó pequeña para lo que en todo momento pareció ser la consagración de un grupo que en próximas visitas abarrotará recintos de mayor capacidad en nuestro país. 

Tras ella, un socarrón Wes cuestionó al público sobre qué canción les gustaría escuchar a continuación. Una voz femenina de entre las primeras filas pidió “The Early Days of Love”, a lo que Wes contestó: “acertaste”. Tras su interpretación llegó el turno de “Pink Palace”, cuyas hechuras rockabilly pasadas por el tamiz pop nos llevaron directamente a recordar a las mejores guitarras de Johnny Marr. 

Y ahora sí, los Brigitte Calls me Baby decidieron pisar a fondo el acelerador, si es que en algún momento de la noche no había dado dicha sensación, enlazando “I Can Take the Sun Out of the Sky”, una de las más coreadas de la parroquia capitalina que convirtió su interpretación en un karaoke colectivo, aprovechando el ritmo luminoso y saltarín que propone, antes de vestirse de románticos empedernidos con “I Wanna Die in the Suburbs”, tomando nuestras manos para llevarnos directamente a los años cincuenta con una interpretación vocal que nos puso frente a Elvis y Roy Orbison; enlazada con la potente “We Were Never Alive”, otra de las joyas de la corona, dotada de una intensidad difícilmente igualable por ninguna de las bandas actuales, en la que Jeremy Benshish y Devin Wessels llevaron la voz cantante con su batería y bajo, respectivamente, aportando el toque negroide funk que por momentos traía al escenario a los mejores Carlos Alomar y Gustavo Cerati, mientras el bueno de Wes nos ponía a sus pies, una vez más. 

No bajaron el pistón puesto que justo después rescataron “Too Easy”, otro baladón pop marca de la casa, donde el señor Leavins dejó claro, como venía haciendo durante toda la noche, que se trata de uno de los grandes vocalistas de su generación, demostrando que su voz, potente y curtida en decenas de musicales, es capaz de mostrarse en plenas facultades durante todo un concierto sin escatimar el más mínimo esfuerzo, volviendo a mostrar su faceta más cañera con “Slumber Party”, acelerada al extremo y recibida entre vítores por los madrileños y madrileñas, tras ella se tomaron un breve receso antes de acometer los bises. 

Los mismos arrancaron con la última perla de su factoría, estrenada semanas atrás, “Geordie”, amalgama de sonoridades que aúna guitarras distorsionadas y bases electrónicas, las cuales enfocan a la banda en una senda de mayor experimentación donde también tienen pinta de sentirse de lo más cómodos, volviendo a una vereda más clásica con la inclusión de las notables “Eddie My Love” y “You Are Only made of Dreams”, cerrando una noche en la que confirmaron su clase y grandeza mediante el pulso nervioso con el que impregnaron “Impressively Average”, antes de recibir el aplauso de un público capitalino que quedó encantado con las evoluciones de los de Chicago en vivo por su conjunción de tres factores: ética, estética y canciones.

A la salida caras de satisfacción, gestos de aprobación y felicidad pura entre muchos de los asistentes, además de una cola de infarto para comprar material en el puesto de merchandising. Fue en ese momento donde tuvo lugar el último bonito detalle por parte de la banda, quienes apenas cinco minutos después de haber terminado un concierto de lo más exigente, se pusieron tras la mesa para saludar y firmar a sus fans cuanto fuera necesario, dejando claro que su actitud es la picar piedra antes, durante y después de cada bolo, elemento con el que estamos seguros que harán que su base de acólitos ensanche más aún. 

Brigitte Calls me Baby reúne en sus propuesta un conjunto de factores positivos que deberían servirles para catapultarse muy arriba entre la próxima hornada de grandes bandas del pop-rock internacional. Tienen la actitud correcta para llevarse de calle a las salas de mediano aforo y las canciones necesarias para hacerlo. También manejan el decálogo de tics y amaneramientos firmado por los más grandes décadas atrás, sin por ello renunciar a una esencia y voz propia. En directo son un cañón y saben ser una banda capaz de ir en la misma sola dirección para mejorar las composiciones en directo. Y por encima de todo, tienen un vocalista con poses y maneras de estrella, dotado de aura mítica y una voz muy por encima de la media actual del circuito. El tiempo dará o quitará razones, pero las sensaciones dejadas anoche en Madrid tardarán un tiempo en borrarse de nuestra memoria, algo que no sucede todos los días en el caso de los que llevamos cerca de treinta años viendo a grupos en directo. Volverán a visitarnos, pero apostaría a que los veremos bastante más de lejos y en un aforo mucho mayor. Cuando eso ocurra, recuerden, aquí los entrevistamos primero. Dicho queda.

The Speedways: Nada nuevo, ni falta que hace


Sala Hangar, Córdoba. Martes, 22 de septiembre del 2026. 

Texto y fotografías: J.J. Caballero. 

Puede que al power pop le sobren padrinos y le falten nuevos ahijados. A un género fundamental para entender la evolución de la música popular, en su más amplia definición, se le unen cada temporada nombres que basan su estilo y su forma de entender el sonido en fórmulas anteriores, en ocasiones sobreexplotadas y en otros casos poco comprendidas. El caso de The Speedways, londinenses de nacimiento y vocación, es uno más entre los muchos que se empeñan en eternizar unas normas de ejecución, fundamentadas en la energía de unas melodías diseñadas al milímetro, que no por consabidas o previsibles dejan de emocionar y de hacernos celebrar el viejo dicho de que el rock and roll son tres acordes y varios kilos de imaginación. Ellos son cuatro jóvenes guerreros de la causa y se presentan en una gira española que les ocupa más de diez fechas por salas de cierto prestigio en la escena con las mejores credenciales posibles: Representan la nueva y más preparada generación.

En un martes de calima y falso fin del suplicio estival arribaron a la sala Hangar por obra y gracia, una vez más, de los amigos de El Colectivo, empeñados una y otra vez en concienciar a la capital cordobesa (tarea harto complicada) de que existen otras formas, otros caminos y otras herramientas para que la música apartada de los márgenes del mainstream suene con los altavoces debidos y en el momento que sea oportuno. La apuesta sigue siendo arriesgada y los números cuadran a duras penas, pero qué sería de nosotros sin gente como ellos, gente con los oídos bien abiertos y preocupados por abrir otros habitualmente perezosos.

Por eso en el escenario se presentó la banda liderada por Matt Julian, que recientemente ha incorporado a la segunda guitarra al estadounidense Dan Spagnolo, encantadísimo de introducir “Luna”, el primer tema grabado con sus nuevos compinches, saludar al público andaluz y de paso degustar algunas de las joyas gastronómicas de las que nos enorgullecemos por aquí. Su recopilatorio irónicamente titulado “Triple platinum” no está lleno de grandes éxitos precisamente ni aparecerá en los rankings de discos más vendidos en resúmenes anuales, pero contiene brillantes regrabaciones de sus primeros temas, a los que les dan nuevo lustre y pegada, por si aún necesitaban más. Se han metido en el estudio a propósito de la ocasión con el tótem Paul Collins para grabar la potente “Angela sincerely”, uno de los temas nuevos junto a “Missed oportunities”, y los intercalan con otras de raíz punk como “Dont’ tell me”, frescas en su esqueleto melódico como “Number 7” o la casi perfecta “In a world without love it’s hard to stay young”. Desempacan el tarro de sus muchas esencias, le dan otra vuelta a las líneas de guitarra, versionan a Nick Lowe en una ajustadísima “Heart of the city” y completan la hora que suelen durar sus bolos con “Tonight you’ll find love” para que el subidón y las buenas sensaciones sean el colofón de una noche inesperadamente provechosa.

Lo dicho, abogados de una causa tan loable como la suya musicalmente hablando hay a patadas en los despachos de las discográficas presentes y futuras. Encontrar un caso en el que lucir tus conocimientos y rebajar las falsas acusaciones hasta el punto de hacer desaparecer el derecho a réplica no está al alcance de cualquiera. Ahí, en ese lugar de privilegio y sin necesidad de recomendaciones, habita la música de The Speedways. Bueno es que todos lo sepan.

Weezer: “Weezer (Gold Album)”


Por: Àlex Guimerà. 

¡Qué tíos! Son únicos en su especie, no sólo porque hacen lo que quieren y son imprevisibles, sino por la gran capacidad de publicar música. Y es que Weezer acaban de publicar el disco de estudio que hace el número veinte de su carrera -para los puritanos, dieciséis más los cuatro SZNZ o mejor conocidos como los discos de las cuatro estaciones- , lo que para una banda fundada en 1992, y por lo tanto con apenas 33 o 34 años de carrera, nos da a un promedio de un disco cada año y medio más o menos, lo que resulta una barbaridad. ¿Y que encontramos entre tantos discos? Pues indiscutibles obras maestras del power pop y del indie noventero como son sus tres primeros -"Blue Album", "Pinkerton" y "Green Album"- , pero también auténticos bodrios de pop pastiche ("Ratitude"), ejercicios erráticos de pop electrónico ("Pacific Daydream") o paquetes aburridos e intrascendentes salvando un single de éxito ("Make Believe"). Entre medio hay algunos álbumes notables como son mis favoritos "Everything Will Be Right In The End" donde recuperaron el tono inicial de su carrera o "OK Human" con el que acertaron al arriesgarse con el pop de cámara junto a una orquesta. Pero entre esta montaña rusa discográfica, además, los californianos han publicado hasta seis discos homónimos con una portada de color y en los que han intentado mantener su espíritu power pop. Interesantes (además de los archifamosos verde y azul) son el "White Album", "el Black Album" e incluso el "Teal Album", este último con versiones de pop de radiofórmula ochentera. Para este año, han pintado el homónimo de dorado, color que visto el resultado les ha sentado de maravilla ya que el cuarteto ha ofrecido su mejor versión.

Fue entre octubre y enero pasados cuando la banda grabó las nuevas canciones a la vieja usanza (en directo) en los estudios Putnam Hill en Los Ángeles (California), unas pistas que acabó de dar forma el productor Kenny Beats (Idles, Geese,..), quien quiso obtener un sonido crudo pero que con la participación de Klas Ahlund (Weekend, Iggy Pop,..) pretendían mantener el espíritu pop "marca de la casa". El resultado es un álbum que, si bien no alcanza las cimas de los noventa, se presenta potente y clásico para el deleite de los fans de la banda. El propio Rivers Cuomo en "CEO" reflexiona sobre el éxito y lo que esperan los otros de uno en un plagio intencionado de "Undone" con el que acaban recordando a los mismísimos Pavement. Es precisamente la formación de Stephen Malkmus la que me viene a la cabeza en muchos de los pasajes de este "disco dorado", y es que en sus poco más de treinta minutos de duración o a lo largo de sus diez cortes, que es lo mismo, se percibe cierto lo-fi o manera de hacer y espontaneidad típica de los de Stockton, que a decir verdad les queda de fábula.

La enérgica "Say Yes" abre el fuego de forma melódica y guitarrera en el que seguramente será un hit presente en sus conciertos en adelante. Otra que tiene números para ello es esa oda a la resurrección "Shine Again" con toda su épica o el maravilloso medio tiempo "Up In The Clouds", que tiene uno de sus mejores estribillos. Mención aparte para la presencia de una de las bandas emergentes favoritas de esta casa como son los Wednesday en "We Might As Well Be Strangers", con quienes cantan sobre una pareja que termina por distanciarse. Con "Nowhere" nos cuelan una balada de guitarrazos en la que ironizan sobre alguien que está perdido emocionalmente, mientras que con "The Show Must Go On" nos invitan a superar las adversidades, a base de power pop. Para terminar, la creciente "The LA Sound" en la que homenajean la escena musical de Los Ángeles.

Si sois fans de Weezer, el disco hará vuestras mejores delicias. Si en cambio lo habéis sido en el pasado pero les habéis perdido la pista adrede tras alguna decepción, os invito a que os acerquéis a ellos de nuevo ya que os volverán a convencer. Y si simplemente os gusta el rock americano y las guitarras potentes, el disco os enganchará y será responsable de que queráis adentraros en el universo de una de las bandas más fascinantes e icónicas de las últimas cuatro décadas. Oro de muchos quilates.

Corizonas: “Órdago”


Por: Javier González. 

Define la R.A.E. “Órdago” como “envite en el que se apuesta un juego en su totalidad”, un término que resuena a declaración de intenciones por parte de una súper-banda curtida en miles de noches de rock como son Corizonas. Y la realidad es que cuando se acciona el “play” para enfrentarse a estas diez nuevas composiciones, solamente hacen falta unos pocos acordes y un puñado de frases para darnos cuenta de que no hay impostura, ni asomo de brindis al sol por parte de unos de nuestros forajidos favoritos de la escena estatal al escoger dicha palabra para titular su cuarto disco. Seamos directos, Corizonas han facturado el mejor álbum de su trayectoria, tanto en el apartado lírico como en lo tocante a la paleta musical escogida para darlo forma, que ahora se nos presenta no solamente acertada, sino amplia, heterodoxa y en la que sobresale con mayúsculo entusiasmo un rock de sangre caliente de clara raigambre hispánica, perfecto complemento a una canciones en las que muestran coraje y corazón, además de un más que notable acierto.

Hay un latido existencial en esta colección, propio de aquel que sufre las consecuencias del seísmo descontrolado que vive el mundo, pero también una actitud combativa y rebelde, propia de quien se resiste a dejar de alzar la voz en mitad de la tormenta, elementos que asoman muy bien en las vigorosas y guitarreras “Una y Otra Vez”, en la que cantan: “nunca fuimos millonarios con una causa que apoyar”, un tortazo sin mano que resuena bien fuerte en la cara de las élites, y “Futuro Ahora”, donde la sombra del mejor rock americano y del maestro Tom Petty asoman con certeza, siempre desde el particular prisma y regusto de David Krahe y Rubén Marrón, excepcionales en su afilada labor, y la genial base rítmica de otros dos colosos llamados Javi Vacas y Roberto Lozano “Loza”, mientras Javier Vielba nos lo canta con la destreza y la solvencia habitual; manteniendo su presencia al otro lado del charco con “Caramelo Envenado”, pero desde una vertiente más fronteriza y latinizada que por momentos nos retrotraen también al imaginario de Javier Corcobado y del tristemente desaparecido recientemente Víctor Coyote, atacando una letra plena de dramatismo y toque canalla que podrían haber firmado los mejores Gabinete Caligari, abrazando el amor, la luminosidad y el optimismo desde una vertiente más pop con “Nuevo Mundo”, entre guitarras cristalinas y una batería disfrutona, antes de lanzarse en brazos del “Swining London” que asoma en “Karma”, otra de esas canciones llenas de experiencia vital y un toque de ajustada psicodelia, donde condimentan todo con enormes dosis de elegancia, y en “Principio y Final”. 

La segunda cara se abre con una vacilada en toda regla con su adaptación del “Tú me Dejaste de Querer”, original del C. Tangana, dejando atrás las referencias a sonido “Caño Roto” que presenta en “El Madrileño”, transformándola en una composición que se mueve a caballo entre el rock fronterizo y que a su vez bebe directamente de la herencia de los grupos de pop españoles de los sesenta como Los Brincos, una querencia que no sorprenderá a los seguidores de la banda que ya ha adaptado anteriormente temas como “Piangi con Me”, popularizada por The Rokes, o “Malditos Refranes”, de los ya referidos Gabinete Caligari, bordean el sentimiento coplero en la maravillosa y poética “Espejito, Espejito”, donde el espíritu de Corcobado asoma de nuevo en una de la composiciones más rotundas del minutaje. 

Hacia el final nos sorprenden con la muy americaniza “Tren de Largo Recorrido”, una reflexión sobre el bagaje, la experiencia, sobre la vida y quién sabe si también acerca de esta carrera hacia adelante y sin descanso llamada rock and roll que estos veteranos de la escena conocen a la perfección, una temática que también se roza en la coda final, “Sangre en el Cuchillo”, pero con un mensaje mucho más beligerante para despedir este mundo en ruinas con valentía, mucho twang y una nada velada amenaza, porque tras una vida en la carretera y décadas de música a su espalda, Corizonas no solo conocen el valor de la experiencia, sino que tienen el poder y la fuerza necesaria para apretar los puños y facturar uno de los grandes discos del año en nuestro idioma.

Mateo Ortega: "Grabar este disco era una cuestión de necesidad"


Por: Kepa Arbizu.

En las cuevas del Sacromonte no hay pintados viejos mamuts, ni escenas cotidianas de vivencias ancestrales, sin embargo entre sus surcos, como si de los de un disco de pizarra se tratase, habita un universo de historias en forma de canciones. Un ritual sonoro de comunicación entre generaciones que si tuvo al flamenco como “idioma oficial”, el paso de los años ha convertido a Granada en uno de los exportadores más prolíficos y talentosos de figuras que han jugado también con las guitarras eléctricas para entonar su propio relato. Habitante de ese inacabable mapa artístico, Mateo Ortega, hasta este momento en compañía de su banda The Sugar Daddies con la que añadir a la multicultural tierra andaluza el acerbo afroamericano más puro, se presenta ahora en solitario (o al menos así aparece en el título de su primer álbum, “Things Left To Say”) para convocar una mayor amplitud de registros ligados, eso sí, a esa tierra fértil que es el ecosistema norteamericano: “Disfruto mucho tocando blues y dejándome imbuir por las dinámicas que se generan, es un lenguaje que me apasiona, pero empecé a escribir un montón de canciones y necesitaba darles salida, y en mi cabeza sonaba otro tipo de paisaje sonoro más cercano a géneros como el country, el rock o la americana”. Un paso acometido desde su propia intimidad pero que pronto se iba a vincular decisivamente al destino de otros nombres.

Porque si es su efigie, retratado en la portada con la serena profundidad que todo songwriter adopta frente a su entorno, la que luce huérfana en la presentación de su álbum, muy al contrario la gestación, y desarrollo definitivo, de este trabajo no puede ser entendida sin la presencia de Javi Puertas (Ramblin’ J. Gates), al que no cuesta bautizarle, dado su alto porcentaje de responsabilidad en buena parte del resultado, como mitad del proyecto: “Javi y yo somos amigos desde hace muchos años, y hace ya unos cuantos decidimos juntarnos y tocar a dúo. En este disco tenemos varias canciones firmadas por los dos y el resto las hemos arreglado conjuntamente”. Un proceso decidido a cincelar unas composiciones que adoptan un encomiable embellecimiento surgido tras el cristal donde se dirime el arte entre regletas, botones y pistas, un espacio dominado por el bajista de la más que recomendable banda The Fixed Trio, acreditado como productor pero sobre todo último eslabón para lograr una condición orgánica pero acicalada con esa sutilidad y tacto que hace a los pequeños frascos de aroma convertirse en un suculento deleite olfativo: “De casualidad, Sergio escuchó un fragmento de una de las canciones que ha terminado en este disco, y me preguntó que si era mía, porque le flipaba y quería saber si me gustaría grabarla con él; cosa que por supuesto me apetecía. Así que lo que comenzó siendo únicamente quedar para registrar una canción, terminó siendo el álbum al completo y el resultado final que ahora se puede escuchar”. Cruces de caminos, a veces casuales, otros consensuados, que terminan tomando una ruta común, en este caso dictada por las coordenadas donde la tradición se expresa pura y sin aditivos. Quizás por eso, precisamente, en sus manos, y sin la necesidad de artificios que las transformen en un ejercicio de consumo más, reluce con la identidad de quien es sabedor de estar hablando su propia lengua.

Vocablos, grafías e historias que han pasado de garganta en garganta; de Dylan a Townes Van Zandt; de Willie Nelson a JustinTownes Earle. Todo un continuo histórico al que rinde pleitesía el granadino pero al que se adscribe no disimulado entre réplicas o clichés, sino blandiendo la única herramienta con la que se conquista o se naufraga: las canciones. Y aquí las hay de muchos tipos, desde rastreadoras del verdín de los más ortodoxos ritmos campestres, como asumiendo la ocupación de trovador folk, hasta envites que buscan su fuerza en los pedales y la distorsión. Escenarios por los que nunca está de más cruzar abrazados bien fuerte el santoral que cada uno lleva bajo el brazo, por eso la personal, y roquera, adaptación de “Dublin Blues”, firmada por Guy Clark, es una luz hacia uno de sus inspiraciones pero también la necesidad de patentar su legado bajo un ADN particular: “Queríamos hacer una versión de alguna de nuestras referencias, pero también queríamos aportar algo nuevo sobre esa interpretación original”. Un recorrido perfectamente compensado y equilibrado en su clásica ascendencia que incluso se da algún capricho a la hora de hacer despuntar su más que evidente variedad. Una curiosidad, oculta y ajena a cualquier desvarío estilístico, que hace de “Blue”, gracias a unas bases rítmicas que laten con la sensual protuberancia del funky, una sábana de satén tendida sobre el agreste campo estadounidense: “Es uno de los temas a los que más cariño le tenemos, además durante la grabación acabó convirtiéndose en algo totalmente diferente a lo que teníamos en la cabeza”. Las sinergias y las miradas cómplices siempre han sido un perfecto salvoconducto para abandonar el camino trazado y llegar a un paraíso del que no se había oído hablar. 

Casi a modo de hilo argumental común, cada pieza del álbum se comporta como un lamento afligido por la pérdida de ese suspiro romántico que, aunque extinto, sigue generando una onda expansiva llena de recuerdos y agujas sentimentales. Traslación de una herida universal que sin embargo en su enunciación transita un verbo de sincera congoja que delata los tintes biográficos que se esconden tras él: “Tanto Javi como yo escribimos de nuestras experiencias personales”. Un desconsuelo por esas fotografías que ya solo pueden ser contempladas en la memoria que, a modo de excepción, encuentra en el intenso y eléctrico “The Devil Walkin´ by My Side”, un espacio para la redención y la progresiva construcción de un horizonte despejado de nubarrones en forma de ramalazo enérgico: “De alguna manera es el punto de inflexión de la temática, nosotros teníamos en mente cuando la escribimos artistas como Marcus King o Chris Stapleton y ese sonido de country-rock pesado”. Nombres referenciales en la interpretación presente de la tradición del rock de raíces, incluido su característica e identificativa aptitud para que sus voces ejerzan como narradoras de historias, una virtud asumida igualmente por Mateo, que incluso en “Cigarettes in the Car (Close to Me, Pt.2)” observa, dando continuidad a un tema aparecido en su anterior trabajo grupal, una mismo instante desde ópticas divergentes: “Nos pareció divertida la idea de que surgieran dos sentimientos diferentes sobre una misma canción. Quizás en especial en ese tema nos centramos más en el aspecto narrativa del mismo, aunque se podría decir que se trata de un aspecto que impregna todo el disco”. Cantar y contar en un mismo verbo, esa cualidad a la que tienen acceso aquellos privilegiados que, guitarra en mano, ponen sentido o descifran sus propias experiencias.

Presencias ausentes que no solo competen a esa esfera romántica, tan dada a deshilacharse y transformarse en canciones, porque como indica el explícito título de “Grandadd.s Song”, algunas de las ramas del árbol genealógico del autor desaparecidas han tenido cabida en este excepcional repertorio: “Sin duda mi abuelo Manuel ha sido una referencia para mí y para toda mi familia como ejemplo de libertad individual y de pensamiento, una persona curiosa y llena de energía hasta el último momento de su vida, quería que hubiera un hueco para él”. Cantos de emocionante nostalgia que nunca acaban su recorrido, cuando son tratados con la excelencia aquí presente, en las pistas de un disco, alargando su existencia también en el contacto más cercano con el público, un sentido alojado habitualmente sobre los escenarios pero que en esta ocasión tiene una introducción a esa confraternización a través de la presentación de unas piezas audiovisuales, bajo el nombre de “Live Sessions”, que anticipan ese calor de los pequeños recintos: “Queríamos llevar a directo el disco y ver cómo podía funcionar, y la verdad es que estamos muy contentos con el resultado”. Un prólogo a la salida en carretera que nunca ha sido fácil, si la baremamos en términos cuantitativos, para una escena hecha de diminutos pero satisfactorios puntos de encuentro: “El circuito que circunda este género en España no es de masas, pero sí de muchos pequeños festivales y salas en los que nuestra música puede ser tratada con cariño, sabemos a lo que hemos venido y nuestra expectativa es gozar tocando nuestras canciones”. Calor y acogida que debería desbordarse para recibir a un disco de grandes dimensiones artísticas, aunque la realidad hace tiempo que decidió circular ajena al talento: “A día de hoy, si lo que quieres es hacer dinero con algo parecido a lo que hacemos nosotros, dedícate a tocar versiones de rock”.

“Things Left to Say” discurre con naturalidad, como el reflejo de quien interpreta una banda sonora íntimamente ligada a su persona. En este sobresaliente trabajo no hay imposturas, es una relación pura y talentosa con ese lenguaje de raigambre americana que atraviesa las décadas en una constante regeneración de su poder de atracción. Mateo Ortega y Javi Puertas hacen de esos ritmos que han escrito la historia del rock el vocabulario necesario para contar su historia, una propia que al mismo tiempo es universal. Como alude el título de este trabajo, siempre hay cosas imprescindibles dignas de ser dichas que, si no fuera por álbumes como éste, acabarían por disolverse entre el infinito: “Grabar el disco era una cuestión de necesidad, tanto para Javi como para mí, necesitábamos redimirnos de nuestras experiencias y convertir en belleza aquello que te ocurre en la vida”.