Ilustres Principiantes: Construimos Escaleras


Fotografía: Marta Pozas. 

Primero nos gritaron “Fuerte”, luego dijeron "Basta" y por último pusieron banda sonora a una tienda de su barrio de Fuente Olletas con "Cortinahogar". Han sido tres temas como tres soles pero ahora, por fin, los malagueños Construimos Escaleras se presentan en formato largo. Lo hacen con un disco que se llama "Construimos escaleras" y para cuya portada han dibujado (¡ja!) una escalera. Jugando al despiste, pero siempre al pie, este LP contiene 8 temas gestados sin pensar de más, que hablan de ellos y de lo que pasa a su alrededor. Un album ecléctico, se diría, que evoluciona con tacto para que no te agobies.

Ojo porque va de más a más: de más baile a más gamberro. La base la pilota Ivan, a ella se une el bajo marrano de Samu y luego dan lustre el sintetizador y el saxo tenor (de una calidad abrumadora) de Paul, mientras Dr Fausto acompaña en la selección de instrumentos y Nilsson, autoproclamado compositor, aporta voces y guitarras en segundo plano.

Construimos Escaleras han confeccionado un altar donde se reza a bandas como Gang of Four, Talking Heads, ESG, Lizzy Mercier Descloux, Ciudad Jardín o El Último Sueño; toda una declaración de intenciones. Y como vienen de lo manual y lo inmediato, hacen canciones por repetición e intuición. En su fórmula: movimiento, energía y vacile. 

Los malagueños son el nuevo y flamente fichaje de Caries Records, casa desde la que opera el gran CARLANGAS y que se ha convertido en uno de los sellos que mejor rastrea el talento joven de la escena. Tenemos ejemplos bien lustrosos en el afilado dúo madrileño Dear Joanne y la jovencísima artista sevillana julia de arco.

El festival Vive Latino se consolida en su quinta edición a orillas del Ebro


El festival Vive Latino del este del Atlántico, celebrado cada año en la explanada de la Expo de Zaragoza, está más que consolidado y enfila ya su quinta edición durante el primer fin de semana del próximo mes de septiembre. Este año, más que nunca, el eclecticismo en su cartel está más que asegurado, con artistas de ambos lados del Océano y propuestas de lo más diversas que van desde el rap al punk, pasando por la tradición latina, el rock clásico o el pop edulcorado.

Con el cartel por días ya definido, podemos optar por la acertada transformación de Niña Polaca, el refinado pop de Amaia, la transgresión de Sanguijuelas del Guadiana, el clasicismo de Loquillo y M Clan o la provocación de Rigoberta Bandini durante la noche del viernes 4 de septiembre. 

En cambio, si nos dejamos caer por la orilla del Ebro el sábado 5 tendremos desde la delicadeza del pop local en manos de Begut a la revelación más intensa de la canción de autor actualizada con Guitarricadelafuente, la crudeza de Biznaga, la impulsividad folk de La M.O.D.A, la singularidad incansable del rock de Ultraligera, el mesianismo de Siloé, el "subnopop" de Ojete Calor o la intensidad indie de Veintiuno.

Un cartel que se completa con Pignoise, Julieta Venegas, Ed Maverick, Multipla, Rawayana, El Verbo Odiado... y así hasta un total de treinta y dos artistas repartidos en los tres escenarios del recinto, que una vez más se completará con una gran oferta gastronómica así como con espectáculos que unan estas dos orillas hermanadas con la lengua y la tradición musical más interesante del globo.

The Rolling Stones: “Foreign Tongues”


Por: Javier Capapé. 

Lanzar un disco cuando se han sobrepasado ampliamente los ochenta años está claro que no obedece a ninguna estrategia comercial. Los Rolling Stones han aprovechado el impulso que les dio el grandioso “Hackney Diamonds” para seguir esa estela y vencer al tedio mientras nos dan una lección de lo que es el verdadero compromiso por la música. Todos pensábamos que su anterior disco sería el de su despedida, pero afortunadamente nos equivocábamos. Tal vez ya no es momento de estirar el chicle con giras maratonianas (sabemos además que las manos de Keith Richards ya no las soportan), pero este “Foreign Tongues” es la mejor manera de seguir teniendo presente a la banda de rock más grande del planeta. No hay límite para los Stones ni planes de retiro. A estas alturas lo importante para ellos parece ser querer estar presentes, sin importar estereotipos ni edades. El tándem Jagger/Richards sigue vivo y se antoja realmente provechoso a juzgar por sus nuevas composiciones, esas que han conformado el vigésimo quinto disco de estudio de su carrera. Quizá quede algo más inconexo que el anterior debido en parte a su excesiva duración, pero hay poco que sobre de entre estos nuevos catorce cortes.

El joven Andrew Watt ha asumido de nuevo los mandos de la producción, en esa especie de cruzada personal por actualizar los clásicos del rock, pero he de decir que, una vez más, le ha salido bien la jugada. Los Stones suenan potentes, con una producción ampulosa, pero sin perder la esencia que les une a ese blues grasiento tan bien representado en su tema de apertura, uno de los mejores del conjunto, el brumoso “Rough and Twisted”. Fue la canción con la que anunciaron su regreso, y lo hicieron como en los setenta, bajo el pseudónimo The Cockroachers, que usaban en algunos de sus conciertos secretos. Una manera de advertirnos que volvían a la esencia del blues, al garito y la aspereza de esas guitarras que desde el primer rasgueo nos llevan al Mississippi. Suenan a los eternos Stones, esos que nunca han desaparecido, en parte gracias a esa mezcla entre las seis cuerdas y la armónica tensando el ambiente, los mismos que ya tocaron el cielo con las versiones que contenía “Blue and Lonesome”. ¿Es la mejor canción del lote? Diría que sí. Sin rodeos. Es magnífica y está cargada de ese espíritu canalla que les ha trascendido. Pero tampoco es que el listón baje mucho después de esta apertura. Le sigue un single de libro, su enésima reinterpretación de “Start Me Up”. Me estoy refiriendo a la también conocida “In the Stars”, con esos riffs tan reconocibles y contundentes y la voz de Mick en plena forma. Es absolutamente increíble encontrarle a este nivel vocal con su edad. ¡Bendito pacto con el diablo!

La banda base que ha puesto el alma a estas canciones, cocinadas entre los tres Stones supervivientes en los últimos cuatro años, está compuesta por sus ya habituales Darryl Jones, Steve Jordan, Matt Clifford (que también se ocupa de las tareas de preproducción) y, como gran invitado en la mayor parte de las mismas, el que fuera teclista de Traffic y alma de los Blind Faith, Steve Windwood. Su aportación con múltiples teclados no es una colaboración puntual, pues está presente casi todo el tiempo, aunque sus labores se ven complementadas por el productor Andrew Watt junto al mentado Clifford o el pianista Ben Waters. Mick, Keith y Ronnie aprovecharon unas fructíferas sesiones de poco más de un mes en los estudios londinenses Metrópolis, que completaron con fragmentos y descartes de anteriores grabaciones, principalmente de su disco predecesor, pero también de una antigua sesión dirigida por Don Was de la que han podido rescatar la última grabación de Charlie Watts, que data de 2019 y que ha dado como resultado la acelerada “Hit me in the Head”, una de las más acertadas de la colección, que sólo necesita a los cuatro Stones juntos para hacer magia.

Algunas de las sorpresas que nos trae este disco son las versiones que afrontan en él. Está “Beautiful Delilah”, de Chuck Berry, cerrando el disco, en la que Mick y Keith se hacen cargo, con la única compañía de Chad Smith, de un blues de raza, arrastrado y certero. Pero además de ésta, también encontramos una versión de lo más inesperada, aunque a decir verdad les sienta como anillo al dedo. Me estoy refiriendo a “You Know I’m No Good”, de Amy Winehouse. En la voz de Mick parece que él mismo la hubiera compuesto, pero además del pulso y la entrega de los Stones originales, le deben parte de sus aciertos a los vientos de James King y Ron Blake, que hacen de las suyas en otras de las canciones del disco, aportándoles color, pero que aquí son más que decisivos. No sé si el hecho de recurrir a la dama de Candem ha sido fruto de su trabajo en los estudios del oeste de Londres donde han centrado su grabación, pero seguro que algo ha tenido que ver, y ¡vaya lo que han logrado! Han hecho crecer un tema que ya de por sí era excelso.

Pero no todo podían ser logros. Entre estas “lenguas extranjeras” también tenemos algún leve patinazo. “Jealous Lover” tiene ese falsete de Jagger tan característico, pero a pesar de su potente estribillo no llega a terminar de redondear un tema que se queda en una copia algo vacía de “Waiting on a Friend”. Por su parte, “Never wanna lose you” contiene una destacada colaboración a los coros de Robert Smith (de lo más inesperado en un disco de “Sus Satánicas Majestades”), pero a pesar de su bajo con aroma al disco de los setenta y la pegada de Steve Jordan, puede quedar opacada por el resto. Sobresaldría en un disco en solitario de Jagger, pero aquí le pierden sus formas pop, a pesar de esforzarse por sonar cruda. “Side Effects”, con aportes en la composición de Andrew Watt, comienza con un aroma indie con su riff más ligero, pero adolece de un aroma inconsistente entre sus estrofas más ásperas y sus estribillos pop. De todas formas éstas, que pueden ser las menos acertadas del conjunto, para nada lo desmerecen, porque el resultado global queda muy equilibrado, de nuevo en el notable con el que ya nos atrevíamos a calificar a su predecesor. Y es que podríamos entender estos dos discos como complementarios. Unos nuevos Stones que saben actualizarse pero sin perderse por derroteros innecesarios. Por eso volvemos a aplaudirles cuando regresan al country con “Ringing Hollow”, con ese piano tan honky de Steve Windwood, el pedal steel de Ronnie Wood y los coros que arañan, siempre infalibles, de Richards. Ésta me lleva a “Some of us”. El tema que canta Keith es uno de los más emotivos, una balada donde el órgano de Benmont Tench destaca casi tanto como ese leve aporte vocal de Mick en el tercio final. Pero no es la única balada épica, “Back in your Life” tiene esos aires R&B que le aportan los coros de Porcha Clay y Naarai Jacobs junto a los potentes vientos y el tremendo solo marca Ronnie Wood al final. Si en el rock hay poesía, ésta es una buena muestra de ello.

En el esfuerzo por actualizar la cosecha Jagger/Richards he sido consciente de que esta sonoridad del siglo XXI de la que hace gala la moderna producción de Watt (asistido por una lista de ingenieros interminable) no dista mucho de aquel “Steel Wheels” que les devolvió a la vida cuando la banda parecía casi extinta. Fue entonces cuando comenzaron a sacar partido a unas giras mastodónticas y cuando algunos empezaron a decir que a sus discos les faltaba alma. Sin embargo, aquel “Steel Wheels” no era para nada un disco del montón (como tampoco lo fue el atrevido “Voodoo Lounge”) y canciones como “Mixed Emotions” me vienen inevitablemente a la cabeza cuando escucho “Divine Intervention”, cargada de luz, como la citada, y con una nueva colaboración de Robert Smith (esta vez a la guitarra), aunque lo que más le hace crecer es el desarrollo de los vientos al final. James King y Ron Blake están correctos y aunque no sean Bobby Keys ni Jim Price, convencen con suficiente solvencia. En definitiva, el sonido más actual de los Rolling Stones no lo es tanto, ellos mismos lo inventaron en el ocaso del siglo pasado.

No quiero olvidarme de dos trallazos que equilibran claramente la balanza del disco hacia los grandes hallazgos, como queriendo advertirnos de que esta banda sigue viva (si es que alguien aún lo dudaba). No importan tanto sus tours ni su presencia en medios. Con lo que siempre nos quedaremos será con su música. Los Rolling Stones son imbatibles. Eternos. Y así nos lo demuestran con la acelerada “Mr. Charm” o con la grasienta y garajera “Covered in you”, que cuenta con Paul McCartney al bajo, como ya ocurriera con “Bite my Head off” anteriormente, aunque con algo menos de punch esta vez. En “Covered in you” muestran un evidente descaro en las estrofas, con Mick casi hablando más que cantando, como si lanzase dardos envenenados. Otra de las características que le hace destacar es la gran compenetración entre las guitarras de Ronnie y Keith. Esto no es algo único de esta canción porque en realidad es lo que siempre les ha hecho sobresalir del resto, pero en ésta se luce más. Y por último, y para rematar, tiene ese solo de armónica que pone los pelos de punta. Siempre me ocurre lo mismo cuando escucho a Jagger en esta faceta, pero es que en este disco en particular se sale, porque no nos olvidemos de que Mick no sólo canta. Podemos decir sin temor a equivocarnos que es uno de los mejores armonicistas del rock.

Parece que estas “lenguas extranjeras” las dominamos a la perfección, las comprendemos perfectamente y nos sentimos en sintonía con ellas. Son los Stones, en definitiva, y no tienen por qué demostrarnos nada nuevo. Nos ofrecen su mejor baza cuando algunos los veían ya en el descuento, pero es evidente que les queda mucha fuerza. Así que amigos, olvídense de buscar porqués, “Foreign Tongues” es una fantástica realidad y sólo tenemos que disfrutarla sin medida.

Jack White: “Frozen Charlotte”


Por: Kepa Arbizu.

La cultura popular, a su manera, funciona bajo una dialéctica parasitaria, alimentándose y procreándose gracias a un proceso de absorción dirigido a todo aquello que le rodea y le puede servir para su abastecimiento. Consecuencia de esa condición, su morfología se presenta en una continua transformación y supervivencia, tomando prestado, y casi siempre logrando monetizar, por igual los relatos más ilustres como tortuosas historias amasadas por la tradición oral. Vasos comunicantes que ahora han convertido a la figura de Frozen Charlotte, leyenda contenida en el poema "A Corpse Going to a Ball", de Elizabeth Oakes Smith, en título y leitmotiv conceptual del nuevo álbum firmado por Jack White. Mientras que el músico estadounidense ha trasladado los riffs de su icónico tema “Seven Nation Army” al imaginario colectivo, en ocasiones por medio de una correa de transmisión consistente en un inane y beodo grito de masas, la parábola sobre una joven capaz de morir helada por negarse a cubrir y ocultar en pleno invierno su bello traje nuevo, fue la inspiración para la realización de una muñeca especialmente popular durante la época victoriana. Un vínculo que ahora, astutamente dilatado y abierto a muchas connotaciones por el otrora parte del dúo The White Stripes, transforma a ese inofensivo juguete, tras custumizarlo con una calavera azul, una creación perteneciente a su exposición “These Thoughts May Disappear", en heredera de ese color que identifica, en oposición al rojiblanco asumido por su iniciático proyecto grupal, su carrera en solitario y que por si fuera poco es también el indicado para retratar el frío. Demasiadas casualidades para no ser pergeñadas por este genio que con este álbum escribe una propia y desclasada parábola al ritmo de furiosos riffs de guitarra. 

Acostumbrados como estamos a la renuncia de cualquier masaje promocional previo a sus lanzamientos, primero porque no lo necesita pero también como un encomiable ejercicio de, quien pudiendo servirse de ella, priorizar su entrega creativa a los innumerables tentáculos con que se expresa el marketing, tampoco su séptimo paso por los estudios de grabación ha inundado meses antes las múltiples herramientas de difusión. Al contrario que el personaje -una clara metáfora sobre la vanidad- que parece haber alentado la imaginación de este actual episodio compositivo, Jack White no necesita ser invadido por el frío artístico en busca de lucir alhajas, más todavía cuando su más reciente repertorio asume la continuidad, en cuanto a esencia rítmica, del orgánico y virulento trabajo predecesor, “No Name”, interrumpiendo una discografía individual previa rastreadora de innovaciones y experimentaciones. Asentado por lo tanto en ese regreso al lugar primigenio donde el envite directo, y certero, obra como ley básica, sin embargo no se pueden obviar algunos matices diferenciadores -que no esenciales- en un disco especialmente diestro en exhibir músculo por encima de rapidez (aunque la haya, y mucha), generando un episodio más de aplastamiento que de embestida.

La furibunda naturaleza sonora del disco, diseñada en compañía de la banda actual que custodia sus visitas a los escenarios, significa el vestido escogido para ensalzar el talle de un concepto retorcido y casi existencialista sobre el que se sostiene el álbum. Sus textos, al igual que su manifestación rítmica, se revuelven airados pero sobre todo incómodos con el contexto temporal que les ha tocado en suerte habitar, no siendo pocos los esfuerzos desplegados para desalojar dicha esclavitud cronológica, un proceso asumido igualmente por la propia naturaleza musical del disco, empeñada en retornar, bajo aprendizajes contemporáneos, en busca del fuego primigenio. Una suerte de desubicación -artística y existencial- trasladada a una muy particular y desconsolada fábula que ejerce como libre adaptación de esa aspiración anárquica, o por lo menos de algunas pequeñas pero lacerantes partículas de ella, esgrimida por Henry David Thoreau o Walt Whitman. Una utopía que, aunque desprendida de su bonhomía original con el fin de adoptar un ánimo más irascible y cínico, en su esencia late la común urgencia por reconfigurar unas rutas y destinos dictados por trazo ajeno.

Si como asegura la Biblia, el inicio era el verbo, en el decálogo de este apóstol eléctrico, el principio siempre nos dirige hacia unos hercúleos riffs que en el tema "G.O.D. And The Broken Ribs" flirtean con una sonoridad casi industrial para edificar otro comienzo, en este caso el que situó a Adán y Eva entre llamadas al pecado y renuncias a la inmortalidad. Un Jardín del Edén cubierto de escarcha y reinterpretado como un nuevo punto de arranque salvaje, sin ataduras morales y con un ajuar musical listo para sonar a gran volumen y que incluye desde los Stones hasta Urban Dance Squad. Dos referencias de recorrido tan dispar que verlos reunidos en un mismo enunciado solo es posible cuando hace hablar a sus seis cuerdas Jack White, emitiendo un armazón por el que resbalar locuciones casi rapeadas en "Neighbors Blues" o recitar, previa conferencia con los más actuales proyectos de Jon Spencer, una petición de insolencia versiculada por esa identificativa y anacrónica narrativa “bluesera” en “Derecho Demonico”. Un regreso a los orígenes emprendido a través de un volcán de lava que emana de la apocalíptica "Raising The Grain", una búsqueda -a la que somos invitados a través de sus gritos inaugurales y cogidos de la mano por Gun Club- del paraje donde a más grados pueda hervir la sangre. Sinfonías de controlada estridencia que le permiten, gracias a "Making Contact", erigirse como rey de Escandinavia, o al menos de sus salvajes vástagos roqueros, un cetro que sin embargo no le impide ser víctima de la ácida metáfora recogida en dicha canción, un desaire a quienes hablan de sanar los pecados ajenos pero que en realidad solo pretenden expandir su única verdad.

En el cauce arrebatado y tumultuoso por el que se mueve el disco, las continuas marejadas en dirección hacia décadas pretéritas se conjugan con el oleaje característico del músico estadounidense, malabarista capaz de hacer que sus ritmos abstractos asuman una presencia especialmente pegadiza, milagro obrado por ejemplo en "Thick As Thieves". El diálogo con los riffs “hendrixianos” de "There’s Nobody There", o la elaboración onomatopéyica asignada a los disfuncionales Bonnie and Clyde que protagonizan "I Can’t Believe What I’m Hearing", son inquietantes expresiones rítmicas que se condensan literariamente en "Nobody Knows", santificación de la incertidumbre como piedra filosofal. Vacilaciones reflexivas que conducen a un destino estilístico hecho de costuras múltiples y variadas conjugadas para engendrar sus propias entidades en forma de piezas de mestiza ascendencia. La ruta hacia el ancestral Mississippi con que se anuncia "Dollar Bill", acaba reconducido hacia una localización cercana al radio de acción de la psicodelia setentera, mientras que el funk sureño de "All Alone Again" transporta el bochorno climático a una ígnea moraleja que nos aconseja quemar el pajar entero como forma resolutiva de hallar la codiciada aguja. Catastrofismo epicúreo, donde el siempre sobrevenible fallo no puede eximirnos del denodado intento, alentado en "You’ll Never Fix Me" por ese hard rock impetuoso y melódico de -unos especialmente asilvestrados- Cheap Trick que también visita "She’s In A Frenzy", radiografía social de un tiempo donde la mentira deja de serlo cuando es respaldada por una propaganda lo suficientemente bien vendida. Embustes, apariencias y falsas verdades alejadas de un disco, y un autor, que conoce de cerca lo que significa el éxito desmedido y sus monstruos, terroríficas figuras que combate con un imponente repertorio decidido a desvelar esa verdad que no siempre queremos conocer.

Muy probablemente, "Frozen Charlotte” no habría podido surgir sin la existencia de "No Name", y no solo como lógico antecesor temporal, sino principalmente por lo que significó en cuanto a reverdecer ese instinto más primitivo y desgarrado que, hasta ese momento sustituido por el no menos encomiable coraje para ensanchar sus vías expresivas, parecía en hibernación. En consonancia con ese registro más áspero, su actual disco construye en paralelo una fábula apócrifa sobre esa truculenta historia decimonónica atraída hasta el presente, un traslado al que también acompaña una propia interpretación de lo que significan esos vetustos sonidos. Quizás este repertorio no se presente tanto como un ejercicio de golpeo directo, pero sus afilados y nada homogéneos vértices se perciben como un fascinante y demoledor cubo de Rubik que resulta imposible de resolver; y ese es su principal y gran talento. Jack White ha entonado, encomendándose a su visceral azul eléctrico, una propia asimilación de aquella lejana balada lúgubre, señalando la puerta de entrada a esa realidad donde pretenden hacer pasar por un vestido de gala lo que no es sino una indumentaria hecha jirones.

Festival Cruïlla: Himnos intergeneracionales


Parc del Fòrum, Barcelona. 9, 10 y 11 de julio del 2026. 

Texto: Àlex Guimerà. 
Fotografías: Desi Estévez. 

La edición número 16 del Festival Cruïlla ha confirmado a un evento que nació en Mataró y que se ha consolidado a lo largo de los años como uno de los grandes festivales del Estado, pero que ha sabido diferenciarse con una identidad definida por huir de las etiquetas y cruzar estilos, propuestas y sensibilidades musicales. No en vano, a lo largo de los cuatro días que ha durado la presente edición han desfilado mas de 72.000 asistentes, la mayoría locales, lo que contrasta con el Primavera Sound, festival que atrae a muchos extranjeros. 

Para la ocasión, la jornada inaugural del miércoles ofreció un cartel más destinado al público joven en contraste a la segunda jornada del jueves que estuvo mas enfocada al indie de los noventa, por lo que se llenó de un público más maduro que disfrutó ante unos escenarios del recinto del Forum a los que lleva acudiendo desde hace más de veinte años, ya sea en el Primavera Sound, en el extinto Summer Case o en el propio Cruïlla que ha terminado por ser su festival favorito. Para las jornadas el viernes y el sábado el Cruïlla nos tenía reservados nombres legendarios como David Byrne o Black Crowes que se mezclaron con propuestas como Jovanotti, Two Door Cinema Club, The Hives o los locales Els Pets, La Ludwig Band o Rigoberta Bandini. Por algo los propios organizadores han reconocido a la actual edición como la que ha reunido un mejor cartel. Pero volvamos al jueves, una jornada marcada por las altas temperaturas y por las malditas coincidencias en la programación. 

STANDSTILL (Escenario Estrella)

Apenas abierto el recinto, los primeros asistentes se fueron acumulando ante la banda barcelonesa Standstill que venía a ofrecer las canciones de “Viva la guerra” (2006), un disco que acaba de cumplir los veinte años. Ataviados de negro la formación demostró sus capacidades instrumentales y su cohesión encima del escenario en piezas como “1 2 3 sombra” o “Por qué me llamas a estas horas?”. Guitarras, teclados, redobles de batería, coros y la imponente voz de Enric Montefusco al frente para celebrar la vuelta de una de nuestras grandes bandas de indie rock. Muy aclamada fue “Cuando”, sobre la que Enric comentó que había tenido un gran e inesperado éxito en México, antesala de ese verso “me voy a inventar un plan” de su gran éxito, “Adelante Bonaparte (I)” de su homónimo disco conceptual que cerró deliciosamente un directo que fue programado demasiado pronto pero del que la banda no esperaba tantos asistentes. Por si fuera poco nos anunciaron que tienen un disco grabado que saldrá este otoño y que se titulará “La fábrica” con novela gráfica incluida. 

MISHIMA (Escenario Occident)

La primera aparición en el festival de los también locales Mishima hizo que tuviéramos que renunciar a la potente Maika Makovski, pero la elección mereció la pena. Ya de inicio con la banda tocando una pieza instrumental y el carismático David Caravén abordando los teclados demostró cómo el rodaje de esta banda les ha llevado a tener un sonido compacto y bien definido en esa propuesta tan indie que les diferencia del resto del panorama del pop cantado en catalán. El segundo de a bordo, un Dani Vega poderoso a la guitarra y hábil a la mandolina, remó para que fluyeran clásicos como “Tornaràs a tremolar”, “Guspira, estel o carícia” o “Un lloc que no recordi”, con los fraseos de la grave voz de un simpático Caravén que reconoció entre el público a muchos de los fans que les han seguido desde sus inicios allá por 2003. Fantástica la oda al alcohólico “L´última ressaca” con su desarrollo final y sobre todo la que cerró el set “Tot torna a començar” con ese ritmo tan “Be My Baby” de las Ronnettes. Mishima son unos clásicos del pop catalán y por fin se les hizo justicia con su participación en el festival. 

GARBAGE (Escenario Estrella)

Repitiendo participación, la formación norteamericana sigue atrayendo a sus conciertos gracias a sus dos primeros álbumes, los potentes “Garbage” (1995) y “Version 2.0” (1998), aunque lo primero que escuchamos fue la banda sonora de Twin Peaks con la que los músicos se fueron colocando a sus puestos para comenzar con su último trabajo “Let All That We Imagine Be Light” del año pasado con el pulpo asomando por las pantallas. Sin embargo la cosa arrancó de lleno cuando sonaron las marchosas “I Think I’ m Paranoid” y “Stupid Girl” con una Shirley Manson liderando el cotarro. Guitarras poderosas, ambientes siniestros y pinceladas de electrónica para una banda que también interpetó “Cherry Lips (Go Baby Go)” o una versión de “Lovesong” de The Cure que bordaron bastante, y para la recta final los trallazos de “When I Grow Up”, “Push It” o la memorable “Only Happy When It Rains”. Poderosos y dinámicos. 

SUEDE (Escenario Occident)

Con apenas aliento, y teniendo que renunciar a unos de nuestros favoritos como son Sidonie (mala programación de bandas), acudimos al pie del escenario de unos Suede que repetían su presencia en la ciudad tras su paso en marzo por la sala Razz. Con sus dos formidables últimos álbumes como excusa el show dio comienzo con el post punk de “Disitengrate”, con la letra de la canción transcrita en las pantallas. Astuto truco para intentar que la audiencia conecte con las recientes canciones, cosa que tuvo lugar con la potente “Personality Disorder”, la bailonga “Dancing With The Europeans”o la canción que Brett Anderson dedicó a su madre “She Stills Lead On Me”. 

Pero la hora y cuarto programada se centró sobre todo en el repertorio clásico de la banda, hablamos de sus discos de los noventa “Suede” (1994), “Dog Man Star” (1995), “Comming Up” (1997) y aunque menor “ Head Music” (1999). Fue de este modo como enloquecimos saltando con unas tempranas “Trash” (ojo en poco tiempo pasamos de garbage a trash) , “Animal Nitrate”o “The Drowners”, movimos el esqueleto con “Filmstar” y “ Can't Get Enought” o nos emocionamos con “Everything Will Flow”, aunque quizás sobró la versión acústica de “She’ s In Fashion”. De nuevo Brett Anderson demostró que es una bestia escénica, agitando a la multitud, saltando, bajando entre el público o lanzando el micrófono, si bien, los límites horarios hicieron que no se pudiera regodear bien. Los momentos para las baladas fueron para “Two Of Us” (desgraciadamente la única del “Dog Man Star” que sonó) y la reciente “June Rain” con Brett tumbado en el suelo y lanzando todo el dramatismo ante nuestros ojos. La recta final no dejó tregua con “So Young”, la punk “Metal Mickey” y los lalalás de “Beautiful Ones”. Los reyes del pop británico de los noventa volvieron a reinar. 

PIXIES (Escenario Estrella)

Qué maravillosa es la banda de Boston. Cierto es que sus mejores días han pasado ya, y que sus cuatro primeros discos no han sido superados por sus trabajos tras la reunificación (con Kim Deal fuera). Pero lo cierto es que siguen manufacturando grandes canciones y ofreciendo sensacionales conciertos como el que cerró el jueves. 

El cuarteto formado por Black Francis (o Frank Black según prefieran), Joey Santiago, David Lovering y la reciente incorporación Emma Richardson no necesitan mas que sus instrumentos y su destreza para catapultar un cancionero inalcanzable por la inmensa mayoría de bandas del indie rock. Impertérritos encima del escenario y concentrados en sus labores, la banda encendió a lo largo de una hora y media a un público nostálgico del rock alternativo de los noventa, en los que mandaban las guitarras, las baterías y los gritos. Y qué decir de esas estructuras de las canciones que tanto marcaron a las bandas alternativas de los noventa y sin las cuales no sé si habrían podido alcanzar el éxito los Nirvana de Kurt Cobain. Hablo de esas alternancias de acústicas y eléctricas, de zonas bajas con estruendos y subidas desgarradoras, que combinan melodía y furia con pocos acordes de diferencia. Y eso es lo que pudimos gozar de lleno, desde los ritmos de acústica de “Nimrod’ s Son" con ese fraseo “you are the son of a motherfucker”, a la melodía pop de la reciente (es de 2013 o sea que eso es relativo) “Greens & Blue”, el himno saltarín “Here Comes Your Man” , los divertimentos en castellano “Vamos” o “Isla de la Encantá”, el bajo hipnótico de “Gouge Away”, dos versiones de “Wave Of Mutilation” (la descafeinada para el final), gemas ocultas del “Doolittle” (“Crackity Jones”, “Mr. Grieves”, “Hey”) o los riffs desgarradores de “Bone Machine”. También hubo tiempo para las versiones con la maravillosa “Winterlong” de Neil Young o la aguerrida “Head On” de los Jesus & Mary Chain. 

El cuarteto impasible, sin mediar palabra, canción a canción, no les hacía falta decir nada. Frank tocando la acústica con la técnica del ventilador y demostrando que tiene el vozarrón intacto, Joey tras la gorra demostrando que es un auténtico guitar hero, David aporreando la batería en ocasiones agarrando las baquetas en modo jazz, pero siempre contundente. Y Emma clavando las notas desde el bajo y aportando su voz, cumpliendo el papel que primero hizo la líder de los Breeders y hasta hace poco hizo Paz Lenchantin. Y, cómo no, todos engrasados acabaron regalando auténticos trallazos con “Debaser” y “Where Is My Mind”, auténticos himnos de esa generación que no quiso perderse a la legendaria banda de Boston esa noche calurosa de julio. 

Tormentas eléctricas y elegancia de alta escuela en la última noche de Mad Cool


Recinto Mad Cool, Madrid. Sábado 11 de julio de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotos: Estefanía Romero. 

Un calor asfixiante saludaba a los asistentes más madrugadores de lo que sería la última jornada del décimo aniversario de Mad Cool, una sesión que muchos esperábamos con ansías por la prestancia y categoría de los artistas propuestos para la última tanda que daría por finiquitada esta edición tan especial del festival madrileño. 

Y desde el principio de la misma quedó claro que el sufrimiento y el riesgo de sufrir un parraque iban a merecer la pena, sobre todo cuando casi a cuarenta grados de temperatura comenzaron a sonar en el escenario “Region of Madrid” los primeros acordes de la actuación de Jalen N´Gonda. Magnético y atrayente, retrotrayendo a los clásicos del género y a lo mejor del siempre reivindicable catálogo de la factoría Motown, despachó un show con parada obligatoria en lo que hasta a la fecha son sus dos únicos álbumes en el mercado, “Doctrine of Love” y “Come Around and Love Me”, ganándose el favor de un sufrido respetable que no encontró mejor modo de refugiarse de la que andaba cayendo que con el cálido acompañamiento de la voz del artista de Maryland, quien sin estridencias ni aspavientos demostró ser uno de los nombres más reivindicables de la escena negra actual. 

Tras su actuación, con la obligatoria pausa para acomodar todo el material técnico de rigor, llegaría el turno sobre las mismas tablas de uno de los platos fuerte de la jornada. Evidentemente estamos hablando de la aparición sobre el escenario de los siempre reivindicables The Black Crowes, que no defraudaron al demostrar que la categoría de la acertada mezcla de rock sureño, blues-rock y hard-rock que proponen sigue sonando absolutamente colosal. 

Más si cabe, toda vez que los hermanos Robinson, Chris y Rich, decidieron apostar por un set-list en el que no olvidaron incluir clasicazos como “Remedy”, con la que desataron las hostilidades, “She Talks to Angels”, “Thorn in my Pride”, revisiones como “Oh! Sweet Nuthin´”, original de la Velvet Underground, y la habitual “Hard to Handle”, popularizada por Otis Redding, dejando para el cierre una pesada y estupenda adaptación de su “Twice as Hard” con la que se ganaron a un público madrileño que supo valorar no solamente su calidad e importancia histórica, sino también la buena disposición que mostraron en un horario donde todavía el sol se mostraba esplendoroso, mermando de paso la calidad de un espectáculo que con un potente juego de luces hubiera crecido todavía más. 

Y lo que vino después, lo que vino después fue simple y llanamente la mejor actuación de todo el festival en esta edición. Una de esas epifanías para las que no se está nunca preparado y que días después del concierto sigue rondándote, traspasándote y revelándote tu simple condición de mortal. 

Porque da igual cuál sea el número de veces que hayas estado al otro lado del foso cuando tocan Nick Cave and The Bad Seeds. Acercarte a sus abismos, al centro de la tempestad, ser engullido y escupido fuera. Sentir el suelo temblar a tus pies, abrirse la tierra y ver a un palmo de tus narices los infiernos del señor Cave, para después coger el sendero que lleva al cielo por el camino de la redención es un aventura sonora para la que ningún humano está preparado, menos aún cuando todo ello sucede en tan solo dos horas. 

Avisaron desde el principio con una impetuosa y violenta “Get Ready for Love” antes de que la oscuridad y la tensión dramática de “From her to Eternity” y “Train Long Suffering”, se abrieran paso, mientras Nick volvía a ejercer de predicador, arengando a las masas, acercándose a ellas hasta fundirse en un solo cuerpo, rompiendo la cuarta pared camino del éxtasis colectivo, ante las caras de alucinación de los miembros de su iglesia, para a continuación dejar un momento de calma en la tormenta, mientras asomaba un rayo de luz divina personificado en la belleza de “Wild God”, elevada al cielo por la potencia vocal de sus coristas, y “O Children”, una de las favoritas del público. 

Ejerciendo de chamán una vez más mientras el bajo atronaba en su particular homenaje a Elvis Presley, “Tupelo”, rebajando a continuación el tono con las atmósferas quebradas de “Carnage” y una cautivador interpretación de “Joy”, donde la emoción brotaba en los propios ojos de Nick traspasada a decenas de personas que no podían escapar del embrujo del australiano, a la que siguió “Rings of Saturn” del “Skeleton Tree”. 

Entonces Janet Ramus adelantó su posición hasta justo situarse frente al piano de cola negra que para entonces ocupaba Cave, arrancando una sobrecogedora “Henry Lee”, arropada a una sola voz por gran parte de la audiencia en uno de los pasajes más emocionantes de la noche, que a su conclusión dio paso a la interpretación de una tacada de la colosal “The Mercy Seat”, la sorprendente “Papa Won´t Leave you Henry” y “Red Right Hand”, un corte que no necesita de presentación alguna, pero que en esta ocasión disfruté personalmente menos que en otras ocasiones en directo, cosa que no ocurrió con la fenomenal “The Weeping Song”, donde a su habitual dramatismo y lirismo se unió una sobrecogedora interpretación perfectamente arropada por un espasmódico Warren Ellis.

A continuación, llegó el turno de interpretar una canción de una mujer que “vivía y trabajaba” en “Jubilee Street”, preciosa en su crescendo, casi tanto como en su crítica a la doble moral y a la capacidad de redención y la búsqueda de la iluminación trascendental, y “Hollywood”, en una ejecución que se fue por encima de los catorce minutos de reloj, tras la cual The Bad Seeds abandonaron el escenario, recibiendo una calurosa ovación que antecedía al consabido final de fiesta. 

Allí de nuevo, nuestro hombre del piano, parapetado tras el mismo y un micrófono se disponía a dar por finiquitada la ceremonia, ante un silencio de los que impresionan de veras, atacó los primeros pasajes de esa alegoría al amor plena en belleza llamada “Into my Arms”, mientras el público capitalino acompañaba la letanía en el estribillo, en muchos casos aguantando las lágrimas, en otros directamente sin hacerlo, antes de que después del último acorde despidiéramos a Nick Cave con la categoría y el merecimiento que se debe a quien es un auténtico mito, sabedores de que nos había regalado, una vez más, otro de los conciertos más memorables de nuestra vida. 

Heridos, que no muertos tras semejante derroche emocional, nos acercamos hasta el escenario “Orange” donde apenas unos minutos más tarde comenzó la actuación de David Byrne. Otros de esos mitos que no necesitan carta de presentación, puesto que su andadura al frente de Talking Heads y la grandeza de su carrera como solista son de sobra reconocidas. Lo suyo fue otro concierto de categoría, de los que deberían ilustrar en el diccionario de la R.A.E. la palabra “elegancia”, donde no faltaron canciones de las que relucen sin necesidad de artificios y que hicieron las delicias de sus fans, sobre todo atendiendo a la gran cantidad de material rescatado procedente de la banda con que se hizo famoso, de quienes sonaron hasta un total de nueve canciones entre las que se encontraron “And She Was”, “Houses in Motion”, “(Nothing But) Flowers”, “This Must be the Place” o “Psycho Killer”, composición que muchos asistentes no pudieron disfrutar por una de las grandes rémoras del festival, extensible a otros eventos con similar planteamiento. Sí, me refiero al problemilla de solapar conciertos potentes. 

Y es que es una pena estar disfrutando del concierto de David Byrne, sabedor que se acerca la hora en que Pulp irrumpirán en el escenario “Region of Madrid” a tan solo a unos cuantos cientos de metros más allá. Esta forma de transmitir pildorazos, al estilo “Tik Tok”, afean la experiencia y no dotan a un concierto del valor de ceremonia real que deberían tener. Este tipo de cuestiones merecerían una vuelta de tuerca para todos los implicados en el asunto. 

Aún así nos acercamos a ver a la banda capitaneada por Jarvis Cocker desde el arranque de su concierto. Sabedores de que saldrían con la difícil papeleta de no quedar eclipsados por lo acontecido minutos antes sobre el mismo escenario y teniendo que remontar a un David Byrne que estaba dejando el listón bastante alto en ese preciso momento.

Los de Sheffield pisaron fuerte desde el minuto uno, dispuestos a hacer lo que mejor saben hacer, plantearon un set-list donde dieron fuste a lo más granado de su repertorio, lanzando órdagos desde el comienzo. Apabullaron con “Sorted for E´s & Wizz” a la que siguió esa bombazo llamado “Disco 2000”, la bailable “Spike Island” y una muy celebrada “Razzmatazz”, marcadas todas bajo el influjo del realismo costumbrista y la ironía del fenomenal Jarvis, quien se pavoneaba orgulloso y repleto de flema británica de un lado a otro del escenario, cosa bastante sencilla de hacer cuando luces galones en forma de temazos como “This is Hardcore”, “Do you remember the First Time?”, “Mis Shapes”, “Babies” y te dejas para el cierre una sobrada llena de cinismo al estilo de “Common People”. 

Tras el final de su actuación dimos por finalizada nuestra visita a Mad Cool, dejando atrás una tarde-noche de emociones fuertes. Deseando al festival que siga cumpliendo años y que en su propuesta siga imperando el buen gusto del que vienen haciendo gala a lo largo de toda su andadura. Brindamos por muchos años más.

Muse: “The Wow! Signal”


Por: Javier Capapé. 

Un misterio. Una conexión extraterrestre. ¡Wow! La anomalía de secuencia “6EQUJ5” procedente de una ráfaga de radio detectada en 1977 en la constelación de Sagitario sirve de base al décimo disco de estudio de los británicos Muse. Siempre interesados por los fenómenos paranormales mezclados con la tradición del power metal, el trío liderado por Matt Bellamy se inclina en esta ocasión por aproximarse a esa inquietud que impregnó la cultura popular y científica desde el mencionado hallazgo dando título al conjunto de estas nuevas diez canciones. “The Wow! Signal” pretende “mezclar el misterio cósmico, la esperanza existencial y la emocionante posibilidad de contactar con algo mucho más grande que nosotros mismos”. Con estas palabras definió Bellamy el disco en su presentación, que vino de la mano de la épica “Be With You”. Una canción sobresaliente, con las formas reconocibles del trío, desde su serena intro a su base sostenida sobre un solemne órgano y su explosión final con toda la fuerza desbocada. Esto es lo que define al tema central del disco y lo que realmente nos gusta de los de Devon. Y ellos lo saben, por eso decidieron que “Be With You” fuera el emblema de esta nueva andadura, que pretende devolverles por enésima vez a las cotas alcanzadas en la primera década del siglo XXI. Devolverles a ese rock industrial metalero, tan urgente como medido, con dejes orquestales y aires de leyenda. Aunque eso es algo que deberíamos de haber dejado de buscar hace tiempo. Los últimos discos del trío se han acercado en algún momento puntual a esas cotas, pero no podemos pretender que esos tiempos pretéritos vuelvan a la palestra. “Be With You” puede ser esa muestra de conexión con su pasado glorioso, pero en general “The Wow! Signal” adolece en su intento de aunar antiguos clichés de la banda que en este momento suenan ya algo impostados.

Los Muse de 2026 se mueven más cómodamente en las coordenadas electrónicas que nos pueden recordar a Daft Punk en “Nightshift Superstar” o a los tintes de “The 2nd Law” en “Unravelling”, pero el metal está forjado con menor dureza y, aunque no pierden contundencia (una vez más se potencia con gran acierto el trabajo de Dominic Howard y Chris Wolstenholme), sí pierden algo de empaque. La voz de Matt Bellamy sigue abarcando varias octavas y suena tan potente como en sus inicios (aunque le guste tratarla con procesadores en temas como “Cryogen”), pero su épica ha perdido enteros. Los arreglos orquestales, que eran tan protagonistas en algunos de sus trabajos más sustanciales, son mayormente sustituidos aquí por los sintes, algo que ocurre con la más espacial “Hexagons”, que a buen seguro hubiera ganado muchos enteros con cuerdas reales. No hay duda que en las guitarras han vuelto a centrar el foco, algo que se ve en el riff abrasivo, casi heavy, de la ya comentada “Cryogen”, pero se echan en falta más desarrollos al piano, algo que también dominaba Bellamy, pero que aquí quedan mucho más tapados (tan solo realmente acertados en “Shimmering Scars”).

El trabajo de estos últimos años se ha visto influenciado por la producción de Dan Lancaster, músico relacionado con el heavy inglés contemporáneo (en su haber tiene tres nominaciones a los Grammy por su trabajo con Bring me the Horizon y Blink-182) que también se encarga de las programaciones y ayuda en momentos puntuales a la composición. Por su parte, Aleks Von Korff, ha colaborado como ingeniero de grabación en este disco, como ya hiciera en “Simulation Theory” o en “Will of the People”, pero también ha destacado junto a U2, Coldplay o Dua Lipa. Quizá al leer estos nombres entendamos también el giro que llevan experimentando los autores de “Starlight” o “Time is Running Out” en los últimos tiempos, algo que se constata directamente en su colaboración con Ellie Goulding, que hace que al hard-rock contenido de “Hush” le sobre alguna vuelta pop que la suaviza hacia convencionalismos que no arañan y recuerdan dolorosamente a la falta de alma de Evanescence.

Que el disco se abra con una canción como “The Dark Forest”, que más bien parece un soundtrack del oeste remozado con toques espaciales, descoloca en cierta medida. Hay cuerdas épicas (en esta ocasión sí que son reales) y un tono ligero en su apertura, como de clásico de los años cincuenta, que no va mucho con ellos, y desde la mitad del corte las guitarras comienzan a coger el pulso cabalgando cual amazonas entre la bruma orquestal y coral, que desconcierta todavía más. Ecos a “Lawrence de Arabia” vacíos y sencillamente fuera de lugar, pero no hay que dejarse seducir por la tentación de darle al stop, pues después se recomponen y retoman el vuelo con la balada de corte más convencional que es “Shimmering Scars”. Con estructuras más familiares consiguen convencer, aunque para que el balance resulte finalmente favorable tengan que recurrir al magnetismo glam-rock de “The Sickness in You & I” o a la sutileza de “Space Debris”, tema que cierra el álbum con elegancia y estilo, demostrando que no hace falta abusar de distorsiones ni grandilocuencia para conseguir el objetivo. Pero sí, podemos decir que “The Wow! Signal” es irregular. Contiene alguna canción que consigue mantenernos como fieles acólitos del trío, pero otras que desearíamos no haber conocido.

Definitivamente, estas canciones están más inconexas de lo que parece. El concepto no lo es todo si faltan pilares que lo sostengan. “Be With You” permite alcanzar -casi- la gloria, el clímax. En ella no distorsionan sus programaciones sintéticas ni sus órganos de iglesia que le dan empaque. Sus guitarras nos agarran como en sus mejores momentos y su pulso va acorde a su particular forma de entender la épica grandilocuente. Todo encaja. No sabría afirmar si es su mejor canción en más de quince años (demasiado tiempo), pero desde luego que han dado forma a un clásico. Aunque claro, alrededor de esta gran obra faltan piezas, y eso es lo que la deja huérfana. Nos falta, y a la vez nos sobra, algo. Quizá tengamos que buscarlo en esa señal, en esa anomalía de radio extraterrestre que ha intentado dar forma a todo este embrollo musical. Una señal que nos haga seguir buscando, pero sin perder el enfoque y sin olvidarnos de la esencia que una vez, entre la simetría y los agujeros negros, encontraron estos tres portentosos músicos británicos. La inspiración no es eterna, aunque a veces, tras la señal, encontremos chispazos.