Por: J.J. Caballero.
La verdadera religión de Tito Ramírez al frente de Sus Reales es la misma a la que deberíamos encomendarnos, oración correcta mediante, muchos de los que pensamos que géneros como el mambo, el cha cha cha, la descarga, el swing, el boogaloo, el latin soul o incluso el folclore hispano más conectado con los sones de ida y vuelta son el principal motivo de renovación de fe en la música más viva e interplanetaria.
El andaluz ha vuelto a implicar a sus músicos en una grabación, la tercera de su trayectoria, realizada en riguroso directo y a pleno engrase bajo la dirección de Oscar Martos y una amplitud de medios y logística más ajustada a sus propósitos. Si en las dos entregas anteriores ya se asentaban las bases de un sonido orgánico y expansivo, anclado fielmente en una latinidad aprendida y trabajada durante largo tiempo y diversos escenarios, ahora el líder decide centrarse en ritmos tropicales para acercarlos a la tradición autóctona marcada por la rumba y la copla como referentes básicos.
Son los metales –saxofones y trompetas como motores de un sonido exuberante- los que marcan el ritmo y el sabor a especias bailables en la apertura de “A man wizz a plan”, una declaración de ideario instruido en la herencia afrocubana y cultivado en las cuitas del desamor, más patente aún en “Qué será, qué será”, avisando sin condicionamientos de las características de un disco que seduciría sin remedio a los jóvenes habituales de los sonideros mexicanos o los clubs colombianos en los que la modernidad se fusiona con la tradición.
Tito Ramírez y su orquesta moderniza el mambo de las viejas orquestas de Cuba, cuando los órganos y teclados diabólicos marcaban el compás, en “Santitos y diablitos”, suda sangre de pop latino a lo Víctor Coyote en la arrebatadora “Cachito de cachopo” y rastrea vínculos insospechados, como los arrebatos de blues primitivo en el piano de “Mi devilidad”, bajo el auspicio de Héctor Lavoe y otros maestros avezados en la historiografía sonora del rock mestizo. Sin ir más lejos, Willie Colón y el reverso socio-político de su música, presente en “Ave Lucifer” o “Príncipe de las tinieblas”, para que no se piense que su propuesta es puramente lúdica. Una erudición sintomática en las congas, los coros y la electrificación de las guitarras soneras en “Mentiras” y en la colorida guajira que es “Verdadero o real” demuestran que no estamos asistiendo a un mero ejercicio de estilo, sino a una labor paciente y concienzuda de fricción entre sonidos que son primos hermanos sin que nos estemos dando cuenta hasta ahora. Hasta el psicobilly, de base tan ajena a las corrientes transoceánicas, es elevado a una supuesta pista de baile multicultural en plena ebullición.
“Sonido conquistador” es un disco que suena justamente a eso, a (re)conquista artística, a reválida definitiva de un territorio sonoro que, sin estar ni mucho menos huérfano de opciones apetecibles, sigue representando una especie de tabú para quienes se empecinan en delimitar el campo abonado de la música latina y reducirla a algo que en verdad es mucho más grandioso que cualquier ritmo de procedencia anglosajona. La sustancia es la clave.
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