Quique González reabre viejas y nuevas heridas en el Teatro Circo Price


Teatro Circo Price; Madrid. Sábado, 7 de febrero del 2026. 

Texto y fotografías: Guillermo García Domingo. 

Dedicado a Sandra y a Ángel; y a Elvis, fiel compañero. 

En Madrid, y en el resto de España, hace días que llueve sobre mojado. Quique González, sin embargo, nunca llueve sobre mojado, aunque actúe dos noches consecutivas en este teatro tan propicio a la música. Muy al contrario, sus conciertos han supuesto una de las citas álgidas del Inverfest, que todavía no ha concluido. El repertorio fue alterado por el cantante madrileño respecto al primer concierto. Lo que denota que, uno, tiene canciones de sobra entre las que elegir, dos, que estas canciones no caducan por mucho tiempo que haya transcurrido desde su composición; tres, que tiene una fe ciega en los músicos de los que se ha rodeado desde hace unos años, y que le acompañan en esta gira intensa y ambiciosa, casi dos fechas por semana, que va a ser decisiva en la carrera de este músico irrepetible.

Para averiguar la importancia de un concierto es necesario fijarse en lo que reflejan los ojos de los asistentes. A mi lado, a lo largo de toda la velada, permaneció conteniendo la respiración una pareja de personas, entradas en años. Parecíamos, yo también, feligreses que estábamos presenciando una ceremonia en una iglesia, en lugar de estar en un concierto de rock. En algunas canciones su mirada brilló especialmente. Quique ha sacralizado el oficio de hacer música de tal forma que despierta este sentimiento reverencial en los aficionados. No solamente se trata de la soberbia actitud de demuestra, es el resultado del empeño por ofrecer un sonido excelso a través de la relación de amor y admiración que ha establecido con sus músicos y estos, a su vez, con sus respectivos instrumentos. La convulsa grabación de “1973” así lo pone de manifiesto: Quique tuvo que elegir entre uno de los productores más reputados de Norteamérica y sus músicos, y eligió, sin dudarlo, a estos últimos.

La actitud de mis compañeros de asiento fue la tónica general que mantuvo el respetable en el concierto, salvo la desinhibida reacción que provocaron los últimos temas, me refiero a “Vidas cruzadas”, “Kamikazes enamorados” y “Pequeño Rock and Roll” y “Charo” (acompañado de María Ovelar, la madre de Nina de Juan, el cantante grabó la canción original). La propia María Ovelar, Araceli Lavado y Maisa Hens enaltecieron “Preguntas sencillas”, en la que Jacob Reguilón, cambió el bajo por el contrabajo y Quique se atrevió con la armónica. El mismo coro en versión gospel se adueñó de “Pequeño rock and roll”, con el permiso de Quique, que, sin la guitarra, se agarró al micrófono con una autenticidad inconmensurable, mientras los dedos de Bernal no daban abasto, y Toni Brunet sacaba partido al pedal wah-wah de su guitarra. Y para que no falte ninguno es de recibo reconocer el sempiterno buen hacer de Karlos Arancegui a la batería.

Quique González recibe este tipo de respuesta de parte de los aficionados porque es un músico verdadero, que es tomado muy en serio, habida cuenta del respeto que él mismo manifiesta por la música y los que la protagonizan, los músicos, por los que siente veneración, empezando por su veterana banda. En este concierto en particular dedicó “Santos” de “1973”, a otros santos de su devoción, Robe y Jorge Ilegal, por motivos que nadie ignora. Es imposible llevar la cuenta de las veces que Quique agradeció a su equipo lo que hacen, incluidos los técnicos y todas las personas que hacen posible que suceda un milagro cada noche sobre el escenario.

Justo antes de uno de los momentos más gloriosos del concierto, tal vez el mejor, la interpretación de “Oro líquido”, Quique nos aconsejó que tuviéramos cuidado con la cantante que tenía a bien presentarnos, Guada (de Buenos Aires) podía hacernos daño. No estábamos preparados para esa voz y “la luz impresionante” con la que Quique y Guada nos abrazaron a cada uno de los asistentes, “pura compasión en el aire” que atesoraremos como un tesoro “líquido” en nuestra memoria. Este concierto nos hizo aún más daño que otros, abrió las heridas con las que cada uno acudía a esta cita anual con el cantante. Quique, en realidad, ha sido peligroso desde la primera canción que compuso; canciones de hace dos décadas siguen siendo definitivas si te cogen con la guardia baja. “Salitre”, junto al cantautor jerezano Alberto Alcalá, “Miss camiseta mojada”, “Avería y redención” del álbum homónimo, o “Se estrechan en el corazón” (“Me matas si me necesitas”) son inagotables, el tiempo no las erosiona en absoluto. 

Con el paso de los años y las experiencias acumuladas, Quique ha llegado a ser un consumado maestro a la hora de detener el tiempo en sus canciones, de ahí que el público contuviera la respiración. El silencio entre las notas es decisivo, ocurren sucesos importantes entre las notas, controla a su antojo la “manivela” que hace que las canciones se demoren, si la canción lo necesita. Por esta razón, junto a “Oro líquido”, destacó otra canción de su último trabajo, “De verdad lo siento”, (que compartió, ante la ausencia de Gorka Urbizu, con el guitarrista Toni Brunet). Las canciones del nuevo disco se ganaron el respeto en directo desde el inicio del espectáculo gracias a los tres poderosos aldabonazos con los que nos despertó: “Terciopelo azul”, “La caja de herramientas” y “Flashes”. Sobre todo, la primera, que se caracteriza por esos truenos, que electrizan el paisaje de la canción, y que no son sino las sucesivas percusiones sobre el teclado de Raúl Bernal. En general, en todas las canciones del show el papel del murciano (afincado en Granada) resultó crucial, ya sea en su función de pianista, organista (por el hammond), o acordeonista, incluso. Ya conocemos de lo que es capaz Raúl Bernal, hace muy pocos días reseñamos su último disco, de modo que no nos sorprendió que con su voz siguiera el “hilo de cristales rotos” que aparece en “Descosiendo un milagro”. Si Raymond Chandler hubiera visitado Cabo de Gata y el bar de Joe, habría escrito una canción como ésta, y le habría gustado que su banda sonora fuera justamente la que nosotros tuvimos la suerte de escuchar. Pero no es Chandler sino un tal Enrique González su autor. La misma atmósfera turbia, como si el telón azul detrás del escenario, una perturbadora tela de “blue velvet”, nos envolviera a los 1.700 asistentes, se adueñó del escenario a propósito de “Clase media”, y se prolongó con la recreación de “La fábrica”, que contiene frases dignas del maestro de la novela negra.

Una sola nota de Raúl Bernal consigue cambiar la suerte de “Lo perdiste en casa”, de “Sur en el valle”, que Quique y su banda han remozado y, a mi juicio, fue una de las mejores sorpresas de la noche madrileña. También tocaron al galope, transformada, Coleccionistas, con notable éxito. “Avión en tierra” tampoco parecía la misma, tan vibrante con todas las guitarras de nuevo “galopando”. ¿Querrá el bardo madrileño emular al bardo de Minnesota y renovar como hace éste continuamente a sus “criaturas”? 

Ya se verá lo que ocurre en el futuro, el talento de Quique nos sorprenderá al girar en cualquier esquina. De momento, no vislumbramos ningún artista que haya interiorizado la herencia norteamericana como él lo ha hecho. González empieza a ser, no a parecerse, a los ídolos a los que tanto admira. Muchos pensamos que ya se ha convertido en uno de ellos. Consulta si este roquero pasa por tu ciudad, no pierdas la ocasión de verlo junto a su banda de forajidos.

Pablo Und Destruktion, canciones para hermanos, camaradas y herejes


Por: Javier González. 
Fotografías: Estefanía Romero Quiñones. 

Sala Villanos, Madrid. Viernes 6 de febrero de 2026. 

A estas alturas de la película, a riesgo de caer en el reduccionismo más radical, podríamos calificar al bueno de Pablo Und Destruktion con tan solo tres adjetivos: uno, grande y libertario. Tres sencillas palabras que sin embargo ejemplifican a la perfección las sensaciones que te recorren al escuchar sus composiciones y letras, condiciones amplificadas en noches como las del pasado viernes, donde, sobre las tablas de la sala Villanos y en el marco del ciclo de conciertos organizado Mazo, su ya de por sí gran figura cobró una nueva dimensión capaz de transportar al más pintado a otros polos de existencia que por momentos resuenan tan combativos y críticos como idílicos y nostálgicos. 

No engañaremos a nadie si decimos que las expectativas sobre lo que podíamos ver eran altas. Conocemos su cancionero y ya hemos disfrutado en alguna ocasión de las bondades de un directo que no necesita de grandes escenarios ni de pirotecnias para clavarse en el corazón, tanto por la cercanía de su trato, amistoso y coloquial al dirigirse al respetable, como por los mensajes que destila, siempre a contracorriente del público sumiso, aquel capaz de repetir eslóganes buenistas a modo de mantras y de comprar packs de pensamientos únicos “no recomendados” para disidentes y librepensadores, categorías ambas en las que el asturiano ejerce un claro proselitismo. 

La divina providencia nos dejó a los pies del escenario con el tiempo justo de ver los últimos compases de un jovencísimo telonero llamado Pelayo, quien parapetado tras su guitarra acústica agradecía a modo de despedida la atención a los primeros valientes que dieron color al madrileño recinto; una audiencia que a medida que se acercaba la hora de arranque del artista principal completó hasta abarrotar el aforo de la antigua Caracol

Sin mayor dilación fueron apareciendo sobre las tablas Gala Pérez Iñesta, Álvaro Lacalle, Pablo Álvarez y Pablo González “Pìbli”, banda de acompañamiento de Pablo quien, mientras ajustaba los últimos detalles de su guitarra, buscaba con la mirada a Gala para arrancar la apertura de violín que dio paso a “Una proposición decente”, preciosa declaración de amor en un mundo que convive con guerras y ruina, acometiendo a continuación las crudas “Mis animales” y “Problemas”, recibidas ambas con entusiasmo por los acólitos del asturiano ante la sensación de que en solamente un par de temas había conseguido caldear un ambiente abrasivo que contrastaba con el frío de la noche madrileña. 

El balanceo en las primeras filas comenzó cuando sonaron los primeros acordes de “Soy una persona tóxica”, mientras Pablo fantaseaba con la guerra y la total destrucción del planeta y nos amenazaba burlonamente con apuntarse a “la Cruz Roja, al PSOE o a una logia”, por suerte somos sabedores de sus veleidades anarquistas, algo que no le permitiría tales desmanes, para seguir haciendo amigos dentro del gremio con “Artistas contra la cultura”, dedicada a todos aquellos creadores que enseñan el culo de forma remunerada para dejar de lado la revolución, cerrando la trilogía tomándonos de la mano para llevarnos a pasear por el viejo barrio de Cimadevilla con la fenomenal “Gijón” con las que la emoción se desbordó por completo mientras asesinábamos al progreso.

La atmósfera se tornó más brumosa en “Violácea” llevándonos a los alrededores del muro de Berlín, sonando a mitad de camino entre Bowie y Nick Cave and the Bad Seeds, rescatando a continuación “Powder” de su recomendable “Sangrín” y una violenta revisión de “Puro y ligero” que dio paso a los aires swing oscuros de la genial “El Presente”, donde Pablo, liberado de su guitarra gracias a la aparición sobre las tablas de su paisano Ángel Kaplan, pudo moverse por el escenario para regalarnos esta tonada que le emparentó directamente con los mejores Gabinete Caligari, a la que siguió una catártica “Busero español”, donde comenzó a caminar por mitad de la sala como poseído por la figura de un telepredicador dejando boquiabierto a más de uno, enlazada a posteriori con el subidón que nos regaló “Dementocracia”, evidentemente el momento cumbre llegó con aquella parte que dice: “muera el pueblo y vivan los apedreados”. 

Casi sin respiro nos invitó a volver a los ideales de la revolución, visitando la momia de Lenin, con “Limonov, desde Asturias” y nos robó el corazón arropado por Andrea Buenavista con “Sé lo que eres, camarada”, fiel reflejo del carácter del pueblo español y del barullo en que vivimos por culpa de intereses partidistas, ruido de fondo que es capaz de hacernos olvidar que es más lo que nos une de lo que nos separa. 

Enfilamos el final del set list con “La higuera”, donde Pablo, como si de una reunión de amigos se tratase, contó la curiosa historia de la que parte esta canción, segundos antes de combatir unidos el “Kaliyuga”, rebajando el pistón y tocándonos bien dentro con su reivindicación de un amor puro capaz de superar los rigores de la carne y el piloto automático del aburguesamiento en “La reacción sexual”, perfectamente acompañada de “La tormenta”, minúscula y delicada, arropadas en última instancia, aparentemente al menos, por “Gracias”, tras la cual en un amago de cierre toda la banda se acercó al borde del escenario mientras se abrazaban con sincera satisfacción unos a otros para recibir una cerrada ovación.

Si embargo, no sería el cierre pues Pablo les invitó a abandonar el escenario, momento que aprovechó para cantarse una “tonada” típica del folclore asturiano a capela, demostrando potencia vocal pese al gran esfuerzo que realizó durante toda la velada, atacando en última instancia arropado otra vez por los cuatro miembros de su grupo el cierre real que tuvo como protagonista a esa vacilada llamada “Mujer”, con la que, ahora sí, se daba colofón a una bonita noche de concierto. 

A la salida ni el intenso frío con sabor a sierra era capaz de borrarnos la sonrisa del rostro, básicamente porque el calor de la palabra de Pablo Und Destruktion es tan poderosa que a casi todo lo puede. Aunque tal vez, solo tal vez, dicha sensación tenga que ver con el discreto encanto de sentirse hermanos y camaradas de este asturiano que marca su propio camino desde la autogestión con la bondad de aquel que tiene como única certeza ser un paisano, enarbolando con orgullo la bandera roja y negra hecha con gotas de sangre y carbón. Ya nos lo avisaba hace años en su disco “Predación”: “vamos, seamos hermanos y herejes, tú y yo”. Y en esas seguimos, querido Pablo.

Bebe: celebrando que seguimos vivos


Teatro de las Esquinas, Zaragoza. Sábado 7 de febrero de 2026 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Con tanto desparpajo como contención. Con descaro, pero sin perder la suavidad. Así nos encontramos con la extremeña Bebe tras demasiado tiempo fuera de los focos. La cita de Inverfest quedaba dentro de esa celebración que está llevando al directo por los veinte años de su explosión con el imperecedero "Pafuera Telarañas". Aquel disco de debut le cambió la vida a ella, pero también a muchos de los que llenaban el Teatro de las Esquinas, mostrando fidelidad y entusiasmo por unas canciones por las que parecía que no hubieran pasado los años.

Se trataba de celebrar, sin limitaciones. De celebrar y agradecer, porque Bebe se pasó medio concierto dando las gracias a todos los presentes por esperarle durante todo este tiempo para celebrar la vida. Compartió con todos que le debe a su madre que estos conciertos se estén llevando a cabo, pues ella misma le invitó a celebrar esta efeméride porque se lo debía. Quizá en su momento no disfrutara de verdad de todo lo vivido, por eso ahora era la ocasión para celebrarlo y sentirlo de veras. Con una banda de impecable factura, entre los que se encontraba Javier Rojas al bajo, que acompaña a la extremeña casi desde el principio, Bebe afrontó un repertorio centrado en "Pafuera Telarañas" (no esperábamos menos), pero que a la vez se escoró hacia algunas canciones también brillantes del resto de su discografía que ocuparon la parte central del show.

La emoción condujo la noche encima y debajo del escenario. El público, que en algunos momentos pidió que Bebe elevase su tono de voz para poder escuchar mejor sus discursos, se entregó coreando todas y cada una de las canciones, incluso las menos evidentes, demostrando que la música de la autora de "Malo" sigue muy viva.

"El golpe" dio comienzo al espectáculo, pero a pesar de su energía dominaron los medios tiempos y el intimismo en el resto de la velada, que rápidamente nos regaló esas pequeñas joyas acústicas como "Revolvió" o "Siempre me quedará", en la que la guitarra eléctrica tomó protagonismo con un solo arrebatador. "Men señará", que en su versión original tenía esa personalidad electrónica que le confirió Carlos Jean con su producción, sonó muy actual y con sutiles aires funky. Además, su aura de carretera, en la que se detiene en esos viajes en los que siempre alguien nos espera, nos sedujo gracias a una Bebe que poco a poco se iba soltando haciendo suyo el escenario. Así nos llevó a temas menos esperados como "Mi Guapo", de su malogrado "Un pokito de Rocanrol", o "La Bicha", en la que, con la provocación por bandera, terminó en el suelo contoneándose con su sugerente sensualidad.

Una de las secciones más intensas del concierto vino de la mano de tres canciones casi perfectas, en las que vimos disfrutar de verdad a su compositora. "Me fui", en la que se mostró más que agradecida con su paciente público, "Respirar", en la que se acordó de tanta gente que nos ha dejado convertidos en estrellas que nos guían y que se transformó en la más acertada muestra de la celebración de la vida, que se nos escurre entre los dedos, y "Busco-me", donde jugó con las atmósferas y la búsqueda de aquello que nos mueve y que no debemos perder.

Las canciones que parecían más evidentes en esta celebración no se hicieron esperar y así llegaron "Malo", en la que nos hizo ver que en veinte años desde su composición apenas hemos aprendido nada, y "Ella", que sonó desde la calma y consciencia de quien sabe lo que tiene entre manos. Una canción soberbia, pero en la que se mostró mucho más serena que reivindicativa. A continuación se mostró juguetona en "Siete horas" y seductora en "Con mis manos", demostrando que en aquel disco tan alabado que venía a celebrar había mucho más de lo previsible. El público cantó a pleno pulmón "Con mis manos", casi con más fuerza que las anteriores, en una explosión colectiva que se remató en "Como los olivos", en la que se perdieron entre el swing en su parte central y Bebe volvió a agradecer a todos los presentes por "hacer mi música vuestra y cambiar mi vida".

Ya nos advirtió que no habría bises, que esto se cerraba con un derroche de oxitocina, que es lo que fue "Pa mi casa". Una canción perfecta para cerrar, pegada a su realidad. "Que las llanuras de mi tierra se juntan con el cielo". Así nos invitó, para concluir, a buscar la grandeza en lo pequeño, en lo terrenal. Porque Bebe es grande, por si alguien lo dudaba, pero se agarra a la esencia, a lo pequeño, y como bien demostró el pasado sábado, lo magnifica.

"Que nunca nos cansemos de amar y dar las gracias". Esas fueron las últimas palabras de agradecimiento de la extremeña que sin ninguna duda convirtió en su casa todo el teatro rendido a sus pies, emocionados por el derroche de energía que se llevaban a casa como regalo por estos veinte años en la brecha.

Luis Fercán: “Cerezos en flor”


Por: Javier Capapé. 

No es la primera vez que hago esta afirmación. Juraría que ya con “Postales Perdidas” dije que Luis Fercán nos entregaba su disco más elaborado y personal, pero es que ahora, con este “Cerezos en Flor” me brotan esas mismas palabras. Un disco que además nos llega directamente como continuación de aquel, sin darnos ni un respiro, enlazando sus giras de presentación, fiel muestra de la gran capacidad del gallego para dejar que brote libremente su creación.

Aunque las guitarras acústicas sin artificios (pero sí encaradas con mucho cuerpo) siguen siendo su principal medio de expresión, en estas canciones hay sitio para agradables sorpresas, mucho más allá de tener a una banda completa arropándole en algunas de las canciones. El verdadero elemento que da color y emociona, casi al mismo nivel que la desgarrada voz de Fercán, es la introducción del fliscorno. Un instrumento que aporta ese toque de sutileza que tan bien le sienta a estas canciones. Iban Urizar se encarga del mismo en la mitad de los temas de la colección, clara muestra de que Luis se ha dejado llevar por esa sonoridad tan característica que aporta y ha querido teñir sus canciones de la magia de este sentido instrumento de viento. Por su parte, Nacho Mur, mucho más que un aliado para Fercán, va más allá de aportar dobles guitarras o banjos y se lanza con el sintetizador o el pedal steel en varias ocasiones, complementando a la perfección al mentado fliscorno.

El papel de Mur vuelve a ser clave. No solo porque ha ejercido nuevamente de productor del disco (además de arreglista y de encargarse de la mezcla y la masterización), sino porque se convierte en el complemento perfecto para dotar de la sensibilidad que requieren las enérgicas canciones del gallego. Podría decirse que Nacho y Luis forman un auténtico tándem complementario, que los discos de Fercán no son los mismos sin las manos de Mur. Y esto es algo que se ha ido forjando desde la inestimable asociación que emprendieron con el personalísimo “Canciones completas desde una casa vacía” y que se materializó a las claras (si es que alguien todavía dudaba de ello) con el directo publicado hace menos de un año grabado en el madrileño Teatro Lara. Definitivamente, las canciones de Luis no son las mismas sin contar con Nacho cerca, convirtiéndolas en pequeñas obras de arte que adquieren todo el sentido a cuatro manos.

Por su parte, Karlos Arancegui, habitual en las grabaciones de los estudios Gárate, donde se han registrado la mayor parte de estas canciones, se hace cargo de las percusiones o de la potente batería del tema de cierre, junto a Sara Zozaya y Nacho García, que se ocupan de los coros repartidos por todo el disco. Estos son los nombres que forman el equipo de “Cerezos en Flor”, junto a Juan Regueira, que se encargó de la grabación adicional en El Nido Estudio, además de Izan Serrano y Pedro Ramírez, que registraron los múltiples sonidos de ambiente que aparecen en los tiempos de espera entre canción y canción, como queriendo dar cierta continuidad al lote en su conjunto. 

Esta es la familia de Luis Fercán, sus estrechos cómplices y aliados. Con todos ellos ha conseguido que este disco vaya todavía un paso más allá de lo que nos ha ofrecido hasta ahora y que estas canciones se nos presenten con la solidez del que está convencido de que su carrera no es para nada flor de un día. Luis sabe muy bien lo que quiere. Sabe cómo expresar todo lo que lleva dentro en forma de canción e interpelar a todo aquel que se acerca a su música, que queda plenamente herido o enganchado para siempre a su espíritu, tan sensible como decidido y, ante todo, libre.

Como viene siendo habitual en estos tiempos, el disco ha sido precedido de hasta cuatro singles, que han formado un EP previo. Las cuatro canciones que lo formaban se han ido dejando escuchar en los últimos conciertos de su más reciente gira (aún recuerdo con gran nitidez cuando nos presentó “Crtistales” en su última parada en la capital maña), hasta su puesta de largo en los primeros compases de este recién estrenado 2026 dando forma a un LP imprescindible. Ya no solo para los amantes de la música de autor, sino para todo aquel que busque la palabra precisa en un contexto desprovisto de todo lo innecesario. Fercán suena al cantautor de siempre tanto como al enamorado de la música de raíz americana o al buscador del alma del norte, pudiendo emparentarse con facilidad con compañeros de profesión de Escocia o Irlanda. Es inevitable que me vengan a la cabeza el Quique González más crudo así como el Glen Hansard más desnudo o el intenso Damien Rice. Luis Fercán tiene su propio carisma, pero no puede ocultar las raíces de las que bebe, lo cual es honorable. 

“Cerezos en Flor” transita desde esa comentada crudeza, presente en la visceral “Alguna noria”, hasta el clasicismo del artista únicamente necesitado de lo básico, mostrado a la perfección en “Cristales”. Pero como comentaba desde el principio, atreviéndose a llevarnos un paso más allá y, sin perder ese punto de delicadeza, introduciendo algún sintetizador o efectos, como los que aparecen en “La niebla”, así como adornando con los matices de un sugerente pedalsteel la pastoral “Frexulfe”, la acústica “Esta vez” o la emotiva “Fue como entender el mar”. Aunque es el mentado fliscorno y sus arreglos tan bien encajados entre los surcos de estas canciones lo que verdaderamente consigue reforzar ese nudo en la garganta que siempre nos dejan las canciones del gallego. En las citadas “La niebla” y “Frexulfe” aporta los matices justos para conmovernos casi sin que nos demos cuenta, pero también consigue vestir levemente la desnudez de “Casas de apuestas” o la crudeza de “El año que cambiaste el tiempo”, además de aportar ese toque orgánico que contrasta con la guitarra eléctrica de “Está gritando”. Iban Urizar ha conseguido dotar a este disco de una sutileza y sensibilidad que trasciende los moldes transitados por Fercán y eleva mucho más allá los arpegios de guitarra a los que sirve de complemento.

Hay otro atrevimiento que esperábamos hace algún tiempo sus seguidores, como es la primera canción en su lengua materna contenida en uno de sus discos. Me estoy refiriendo a la delicada “Meniña linda” que, sin embargo, se queda algo agazapada entre el resto, ya que no encontramos en ella algo que la haga destacar más allá de la lengua que abraza Fercán. Sin embargo sí que consigue captar nuestra atención con el gran trabajo coral que presentan canciones como “Me estoy contradiciendo” (ésta también con aportes de acordeón muy acertados) o la tremenda “El otro lado”, un derroche de intensidad que deja el disco en lo más alto gracias a la participación de la banda al completo aportando fuerza y dramatismo a la par que unas buenas dosis de camaradería. Una canción que demuestra que este disco es un proyecto coral, compartido y hecho realidad gracias a la magia de un gran equipo que ha remado en la misma dirección. 

Luis Fercán vuelve a ser sinónimo de pureza, de emoción bien canalizada y compartida. La esencia pura de la canción de autor. Sincero y siempre creíble. Con “Cerezos en Flor” ha conseguido plasmar en forma de canción un ejercicio de lucha entre la belleza y la violencia, una combinación de emociones que transitan desde el amor apasionado hasta la ansiedad tras la pérdida. Canciones que son el reflejo más puro de nuestra sensibilidad con las que Luis consigue que sigamos creyendo en el poder de la música y la palabra. ¿Su consagración? No sé si es la mejor forma de calificar a este disco, aunque encontraremos pocas canciones más certeras y apasionantes en este ejercicio que comienza, pero a buen seguro que “Cerezos en Flor” seguirá llenando nuestros días de ese cálido abrazo al que siempre volver.

Eskorbuto y sus crisis de los 40


Por: Juan Pardo. 

En septiembre de 1985 tuvo lugar el I Festival de Vídeo Musical de Vitoria Gasteiz, organizado por la productora Ikusager y el ayuntamiento de la capital alavesa. Los ganadores fueron Eskorbuto con su clip de la canción “Antes en las guerras”, realizado por Creativídeo. El certamen estuvo marcado por el contexto de eclosión del Rock Radical Vasco. La mayoría de propuestas iban de la mano de dicha escena. La Polla Records presentó una recreación animada del “Txus”, dirigida por Juan José Narbona; los Cicatriz se apuntaron al cine quinqui con la misma naturalidad que destilaba su “Esto saldrá bien”. Por allí también pasaron Kortatu, que se llevaron el galardón de la categoría de vídeos en euskera por el “Sarri Sarri” filmado por la gente de Tipula Beltza. Se da la circunstancia de que dichos premios a combos tan peleones fueron otorgados por un jurado en el que figuraban Paloma Chamorro, Diego Manrique o Poch, caras visibles de otra escena coetánea, la Movida madrileña, contra la que el RRV había nacido sulfuroso. Ya lo ven, juntos y revueltos en la revuelta. Lo decía el propio Iosu de Eskorbuto: “Madrid nos encanta. La ciudad que más nos gusta. Y no es broma”.

Cuarenta años después, muchos más de los que vivieron Iosu y su compinche Jualma, Munster Records ha colgado en su portal de youtube un “making of” del vídeo premiado. Es una pieza breve, poco más de diez minutos, pero con una calidad de imagen y sonido a la que no estamos acostumbrados la parroquia de eskorbutines. Más allá de las tomas falsas de rigor, búsqueda del escupitajo a cámara perfecto incluido, el cosquilleo lo aportan pintas y lugares de una época tan pretérita que la memoria suele dorarle el gris. Ana Murugarren y Joaquín Trincado, la pareja al frente de Creativídeo, vieron en el trío vizcaíno algo tan genuino de su tiempo que no dudaron en entrarles y retratarles cámara al hombro. Acercarse a Eskorbuto era arriesgado, tanto por lo intempestivo de su carácter como por la constante sensación de peligro. Un entorno jodido, personas y lugares, cuya menor preocupación era la salud, menos aún la ajena. La Margen Izquierda, depauperada ribera del Nervión donde asomaban Santurtzi, Barakaldo, Portugalete y Sestao. Y Trápaga, Ortuella o Gallarta, lindante zona minera depresiva y deprimida. Nidos de asalvajados y punks del Gran Bilbao a los que Eskorbuto ya intentó hacer desfilar en su día para un clip del tema “Soldados”, idea finalmente abortada.

“Antes en las guerras” casi quedó también en el limbo. Al menos la idea inicial: una ópera punk sobre su detención en Madrid un par de años antes, aquella con la Ley Antiterrorista de fondo que desató a posteriori toda su cólera contra las Gestoras Pro Amnistía. Era la excusa perfecta para que viesen la luz “Maldito país” y otros temas causantes del suceso. El corsé de lo presupuestario redujo finalmente el proyecto al videoclip que conocemos. Guionizado, producido, montado y dirigido por Ana y Joaquín, filmado en un par de tardes de mayo con la ayuda de un Enrique Urbizu que así se preparaba para su propio gran salto. Vemos el lúgubre túnel de Arangoiti, la esquina de las calles Autonomía y Pablo de Alzola, Altamira. Jualma es el músico callejero ciego que en vez de monedas recibe desprecio de curiosos, interpretados por Gato, Imanol y otros amigos de la banda. Con un trágico final parejo al de Mariví Bilbao, madre del Iosu que regresa a casa licenciado de la Marina, con el traje prestado por Ángel Alesanco, ilustrador de aquel cómic con que la banda se salía de la ortodoxia de la publicación sonora. Y tragedia es la que suponemos que aguarda a Paco al echarse al monte dejando atrás tristeza y familia en el caserío. Todo en escasos dos minutos, minutaje propio de ese debut anfetamínico en largo llamado “Eskizofrenia”. 

ANTI TODO: PUNK Y VIOLENCIA 

Es una etapa que se aprestaban a dejar atrás. En noviembre entrarían a grabar esa obra cumbre del punk hispano llamada “Anti todo”. Munster Records también la ha recuperado cuatro décadas después, remasterizada con mimo. Un cuidado en la labor arqueológica que nada tiene que ver con el saqueo vulgar que sufría el cofre de los tesoros del grupo hasta hace no tanto. Quizá tenga que ver con que Paco, único superviviente, recuperase los derechos sobre las grabaciones tras un larguísimo batallar. Y asimismo que todas las publicaciones a las que da permiso vayan de la mano de sellos que respetan el legado por encima de la morbidez necrófila. Sobre este álbum ya está todo dicho: lo que dieron de sí las 25 horas de grabación y mezcla, las negociaciones con Discos Suicidas y el pelotazo de ventas, los bocadillos como exiguo equipaje a Donosti o las cartulinas para esbozar la icónica portada de Pablo Cabeza. El resultado fue una postal descarnada, nihilismo de calle, de suela gastada y tedio enfrentado con puño o aguja.

Alguno buscará en el plástico algo de redención para esos errores cometidos por lo apresurado de la producción, pero acercarse a “Anti todo” hoy no va de eso. La crisis de los 40 se afronta no señalando arrugas, sino el significado. Este disco es necesario para entender muchas cosas: manual mayúsculo del punk dentro de la música popular española, ilustración de una época y un lugar. No sólo por las andanzas del trío que lo gestó, sino como un retrato global. Ahí siguen la garganta lija, la guitarra ronroneante, el bajo dibujando sobre el martillo de la percusión. Pero también la oscuridad, la lluvia, el asfalto, el vómito, la muerte. Es testimonio de una juventud tan violentada como violenta, desvalida en toda su rudeza. Cicatrices, callos en la mano y en el brazo por lanzar piedras y envenenarse. Hoy en día permite reflexionar sobre el enfermizo imán del malditismo. La fascinación que sentimos por el Max Estrella de turno, desde nuestros sofás, va paralela a nuestra incapacidad para ver que tras cada verso hay un día de hambre, frío, urgencia, miseria o locura. El malditismo mola, menos para el maldito. Legados que a menudo no sobreviven por nuestra empatía, sino porque nos puede el morbo por la ruina ajena.

Tendemos a idealizar a los Quijotes ochenteros, los perros callejeros que un día eran el espejo de tu rebeldía y al siguiente merecían garrote por haberle dado el palo a tu abuela. Justamente, los Eskorbuto que conocieron Murugarren y Trincado fueron los de la fechoría constante. Por libre o como unos Zipi y Zape chungos o al frente de su propia cohorte. Era la peor turba de la Margen Izquierda, lumpen trallero desestructurado que acogía algunos elementos que con el tiempo protagonizarían páginas de sucesos al hilo de atracos a mano armada o violaciones. Por entonces simplemente se limitaban a ser los más malos del lugar: reventar bares, festis, vehículos o cabezas, apropiarse de lo ajeno, retar a quien se les cruzase ya fuesen gente de bien o el más tirado de los pies negros. Sobre el papel y en el recuerdo quedan bien esos relatos de marginalidad, igual que lucir hoy una tote con la cara del Pirri o tatuarse un baldeo. Pero las cosas no siempre acababan bien para una gente que empezaba a creerse que vivía en una especie de salvaje oeste a la bilbaina.

Como aquella madrugada tras un festi en Alsasua que empezó apalizando entre varios a Klaus, bajista de Vómito, para robarle el instrumento y la chaqueta de cuero. La defendió tan a la desesperada que recibió in situ alabanzas a su testiculina por los agresores, Iosu entre ellos. Éstos acabaron perseguidos por todo el pueblo por la tropa del agredido, que hizo huir incluso a la Guardia Civil que intentaba personarse en el lugar. El final pudo ser dramático: los eskorbutines, rodeados, se libraron de un linchamiento a cadenazos por la aparición en el último momento de otra patrulla de la benemérita. El instrumento robado fue devuelto a cambio de un “rehén” bilbaino, al que un punk canarión amenazaba con abrirle las tripas a navajazos si no se resolvía satisfactoriamente el asunto. Y muchos aún recuerdan la estampida de punks y costras desde Santutxu hasta el casco viejo de Bilbao, perseguidos por toda la macarrada del citado barrio. Docenas de jichos locales tirando tuercas y piedras para espantar crestas de colores, cargando después a bulto con palos cadenas y navajas. Una caza del punk en toda regla, fuese colega de Eskorbuto o no, que se saldó con decenas de heridos y un fallecido por arma blanca. Demasiados enemigos. De palabra o por desahogo violento o por obligarse a dar la talla ante su gente.

REGRESO AL IMPUESTO REVOLUCIONARIO 

La relación entre Eskorbuto y Creativideo no quedó ahí. Aquella tarde del 18 de octubre de 1986 en el instituto de Santurtzi había una cámara presente. Un hecho desconocido hasta hace relativamente poco tiempo. Sí, el concierto que derivó en “Impuesto revolucionario”, el doble elepé publicado por DRO que supuso la cúspide de su carrera, está grabado en vídeo. Una hora de imágenes, el directo casi íntegro. Permanecen en una cuarentena obligada por las complicaciones legales que siempre acompañaron al legado del trío. Hace algunos años, tras alguna proyección ante públicos reducidos, se filtraron a las redes fragmentos de “Os engañan”, “El fin” o “Anti todo”. Pero para la edición integral de este tesoro arqueológico habrá que esperar a que los titulares de los derechos, el sello DRO vía Warner y Paco Galán, den su visto bueno a formas, medios y compensaciones. Hay rumores en positivo, ahora que se acerca también ese aniversario redondo que nos ocupa. El pasado mes de octubre incluso se anunció una proyección en una galería de arte bilbaina, finalmente cancelada. La agitada crisis de los 40.

Resulta curiosa la gran expectativa que genera el que posiblemente sea el peor concierto jamás grabado de la historia del rock and roll en España. Pero no mentiría si dijese que soy uno de esos que espera el alumbramiento del vídeo como agua de mayo. Del sonido y las circunstancias de “Impuesto revolucionario” ya se ha contado todo: la guitarra chatarrera, los lapsus rítmicos, el frío ambiente, el subasteo del máster, el caos, los incidentes. Pero lo visto en las escasas muestras filtradas de la filmación merece la pena. Porque, al igual que con “Anti todo”, esto no va sólo de exabruptos sonoros, sudor y ojos turbios. La gente ha normalizado la cutrez de este directo de Eskorbuto. Hará lo mismo con una filmación a pie de tarima, sin espacio para abrir el plano a todo el grupo. Precisamente le dará valor a estar en primera línea, al plano corto al rostro, a las manos, a la saliva que impregna los micros y al temblor del parche golpeado. 

A esas alturas de su trayectoria el grupo comenzaba a dar muestras de cansancio. Mucha calle y correrías como para no acabar exhaustos. A ello obedece que el repertorio fuese alumbrado con una cadencia más lenta. Eskorbuto dejaba atrás el galope por el trote, influidos también por un ralentí de subsistencia. Un hábito devorador y una creciente soledad, pues era difícil mantener su ritmo. “Con nosotros quien pueda, contra nosotros quien quiera”, solían decir. “Impuesto revolucionario” fue la excusa para el rodaje de un segundo videoclip. La típica promoción con dinero de DRO, contenta con las ventas del doble elepé. Recrearon “Ratas en Bizkaia” en un vertedero. Una iluminación tétrica daba al vídeo un deje de pesadilla al clavarse los focos en los protagonistas. Pero esta es una historia aún lejana para las efemérides. Eso sí, ahí quedó esa frase que nadie consideró editar, ese “¡me cago en tu puta madre, Paco!” sin el que “Impuesto revolucionario” no sería lo mismo. La gresca eterna, Eskorbuto.

Lucinda Williams: “World's Gone Wrong”


Por: Kepa Arbizu. 

En una de sus más famosas frases, Woody Guthrie aplicaba a sus ojos la función de una cámara fotográfica con la que recoger lo acontecido a su alrededor. Unas lentes, y su labor simbólica, que han acompañado también la excelsa carrera de Lucinda Williams, quien las ha utilizado principalmente para radiografiar las cicatrices brotadas bajo la piel, pero que ahora, con su nuevo disco, “World's Gone Wrong”, enfocan hacia un contexto social que, desde la llegada -o más certero sería definirlo como una toma por la fuerza- de Donald Trump al gobierno de Estados Unidos, se presenta tan resquebrajado y afligido como el espíritu de muchos de esos personajes creados por la mítica compositora. Probablemente, esas almas errantes que han ocupado sus canciones mostrando heridas emocionales entre habitaciones de lúgubres moteles, desilusionadas sábanas blancas o largos tragos de escaso futuro, sean las mismas que habitan un actual repertorio que ya no observa por una rendija las historias brotadas entre alcobas, sino que abre sus ventanas para escuchar esas bombas mudas que delatan la guerra civil cotidiana declarada en su país. 

Un propósito que, como tantas veces sucede en un campo del arte manejado más por la pasión que la racionalidad, desbancó al planteamiento inicial asignado a un disco convertido a la postre, verbigracia de la presión ejercida por la realidad sobre la autora, en una soflama de humanista reivindicación. La catarata de noticias y los continuos, y cada vez más envalentonados, desmanes de esa firma presidencial que rubrica el caos, han sido los culpables de desalojar de la imaginación de Lucinda Williams ningún otro contenido que no supusiera un clamor contra ese paisaje tristemente convertido en costumbre diaria. Porque si alguien ha entendido a la perfección que la inevitable -y recomendable- parte lúdica que acompaña al rock puede rimar con un verbo de consistente trascendencia, es la encargada de realizar álbumes como “Essence” o “Car Wheels on a Gravel Road”. Un listado de producciones al que se suma una que, al margen de sus consideraciones estrictamente sonoras, reclama además su importancia y relevancia dada la condición de emergencia (inter)nacional adoptada.

Para formular este llamamiento contra la alargada sombra dictatorial, Lucinda Williams ha demostrado que no se necesitan estridencias, tampoco portar una edad escasa en dígitos, ni por supuesto rebuscar presencias alejadas de sus habituales colaboradores o abrir la puerta a registros musicales que no formasen ya parte de su hoja de servicios. Porque en verdad, el mensaje y la naturaleza de estas actuales canciones siempre ha sido el contexto donde se han reproducido sus historias; simplemente ahora, el foco ha decidido entregarle el protagonismo. Un zoom aplicado también a través de las manos especialmente cercanas de su acompañante sentimental, coescritor y productor, Tom Overby, y el resguardo de una habitual banda que tiene a Doug Pettibone como recurrente aliado en la guitarra, labores que comparte con Marc Ford, al que si no le bastara su currículum en The Black Crowes, parece no encontrar límite a la hora de convertir las seis cuerdas en parlanchines portavoces de sentimientos. Una troupe de veteranos, incluso heridos con el rastro depositado por el paso de tiempo, pero que se comportan como una vanguardia musical dispuesta a sujetar una pancarta, en forma de talentoso pentagrama, que se estremece ante la gula represiva.

Evidentemente si hay una población golpeada por el estrangulamiento de leyes dispuestas a engordar el ya de por sí robusto muro de las diferencias sociales, esa es la clase trabajadora, intérpretes principales del tema que da nombre, y abre, este disco. Bajo el diálogo emitido entre guitarras y teclados con el fin de esculpir un delicado y melancólico territorio sureño al que agradecerían la invitación desde Tom Petty a Steve Earle, la narración de Lucinda Williams podría pasar perfectamente por algún texto de Lorrie Moore, lo que le transfiera una capacidad empática tan palpable como un severo análisis de la situación. Primera grieta de ese mundo fallido que toma continuidad, ya sea en la repetida colaboración de la afroamericana Brittney Spencer o en un aspecto sonoro que recrudece su configuración, en "Something's Gotta Give", un reclamo más global todavía que, enunciado con esa veterana voz que traduce directamente las punzadas del alma, alerta de unas borrascas inquisitoriales dispuestas a derribar cualquier dique de contención. 

Pero “World's Gone Wrong” no es un lamento ni cínico ni por supuesto conjugado en singular, porque a las diversas participaciones externas que acoge, en una suerte de llamada para hacer comunidad, la música, y sus artífices, son también citados como banda sonora entorno a la que actúan las vivencias. Robert Jonhson, Miles Davis o Dr. John no son solo nombres que decoran estas letras, son sobre todo emisarios a veces de esperanza y otras ejerciendo como testigos de la realidad. Una tarea adjudicada a la versión del tema de Bob Marley, “So Much Trouble in the World”, que muta, gracias también a la dupla interpretativa junto a Mavis Staples, su serpenteante cadencia en un árido blues, género que, en su versión ligada a la escena surgida en Chicago, delimita una “Black Tears” que, pese a su formato arquetípico, en manos de la compositora estadounidense se convierte en una personal carta escrita con tinta nostálgica. Suspiros que en “Low Life”, pieza coescrita con los integrantes de los siempre talentosos Big Thief, son exhalados a través de ese tipo de folk ligado al Neil Young más bucólico y campestre, una figura, la del canadiense, que retomará su protagonismo en "Sing Unburied Sing", basada en el libro de igual nombre firmado por Jesmyn Ward, para ensalzar una electrificada épica que ruge casi tanto como ese gemido ancestral reproducido en cada sollozo del presente.

Una congoja diversa y expansiva conjugada en un repertorio igualmente diverso en su enunciación rítmica. Porque la cartografía de ese desconsuelo global, con demasiados acentos distintivos, se merece quedar desplegada en una heterodoxa traslación musical que disponga de suficientes dialectos. Una pluralidad que encuentra su repunte más visceral, demostrado que todavía la sangre de su autora coagula con nervio punk, en una "How Much Did You Get for Your Soul" que con paso ágil, digno de rimar con los facturados entorno al Paisley Underground , arremete con virulencia contra los pactos luciferinos que intercambian dignidad por intereses particulares. Una beligerante locución que escoge para "Freedom Speaks" una dinámica funk, maceración propia de Susan Tedeschi, a la que transforma sus aristas más afiladas en vértices melódicos que, sin embargo, no la impiden declamar contra el silencio colectivo, paso previo necesario para la llegada de una barbarie imposible de subsanar. Una voz en pie de guerra que solo en posesión de Lucinda Williams es capaz de convertir un piano bar en escenario idóneo para entonar, con presencia de Norah Jones, un canto coral gospel, el mismo que tiene lugar en "We've Come Too Far to Turn Around" para recordarnos que ceder el futuro al voraz apetito destructivo significa encaminarlo hacia el desván más oscuro del pasado. 

Alabar el posicionamiento explícito asumido por Lucinda Williams en este disco, no debería ocultar unos méritos estrictamente musicales igualmente extraordinarios. Un trabajo hecho de adversidades, desde el clima social viscoso hasta un estado de salud errático consecuencia del ictus padecido recientemente del que todavía sigue convaleciente, que sin embargo son canalizadas para apuntalar esa fragilidad junto a un talento compositivo que sigue absolutamente intacto. Lejos de esas figuras del rock que entienden la música como una profesión con la que no mancharse las manos si no es por el conteo de los fajos de billetes, la compositora estadounidense vuelve a demostrar la naturaleza dolorosamente sensible con la que siempre ha dibujado su creación. En esta ocasión, el protagonismo de esa aflicción es anónimo pero universal, porque los desmanes autoritarios no son exclusividad de una bandera, responden a un clima extendido a lo largo del mundo, un fantasma que recorre el planeta dejando a su paso el estremecedor sonido de sus botas militares.

La Bien Querida, blanco y radiante pop


Sala La Riviera, Madrid. Domingo, 1 de febrero del 2026. 

Texto y fotografías: Begoña Serralvo. 

Ver en directo a La Bien Querida deja siempre la grata sensación de llevar los deberes bien hechos. En un directo sólido y preciso, pero muy capaz de transmitir la intimidad de sus canciones, la banda desplegó ante un público entregado un recorrido fluido de apenas hora y media, veintiún canciones, por su discografía, con temas nuevos y antiguos, acompañada por una banda precisa y con arreglos muy cuidados.

La atmósfera etérea de Ana, vestida de blanco y respaldada por un altar de boda sencillo, compartió protagonismo con las canciones. Entre los momentos más emotivos, que no fueron pocos, la genial interpretación de "Como mi perro", dedicada a su mascota, y "Una estrella", dedicada a su hija; en este caso, la dedicatoria llegó después de la canción, explicando entre risas y emoción que de haberlo hecho antes no habría podido cantarla sin llorar. También recordó su primer disco, "Romancero" (2009), un trabajo cuidado y comprometido que sorprendió a la crítica y marcó el inicio de su carrera.

Aunque el repertorio evitó sobresaltos, esa continuidad permitió mantener un halo cálido y reconocible, fiel al universo de la artista. Sin grandes artificios ni gestos grandilocuentes, el concierto confirmó la buena salud del proyecto de La Bien Querida y su profunda conexión con un público que aplaudió cada instante con complicidad y cercanía.

El cierre vino de la mano de una maravillosa versión de "Por qué te vas", de Jeanette, dejando ganas de más, aunque de momento cierran gira. Les esperaremos.