Merienda cena con Fetén Fetén
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El glorioso infierno de La Perra Blanco
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*Texto y fotografías: Àlex Guimerà. *
Uno de mis festivales musicales favorit...
El título del nuevo álbum de la madrileña está inspirado en
“Terminator 2”, y ella misma dice que el disco, en general, se mueve entre la
distopía y la ternura. Ambas cosas tenemos a lo largo de este, su mejor trabajo.
Disco que vino precedido por un espectacular primer single titulado "Delorean" y
grabado en Nashville de la mano del prestigioso
Álex Muñoz (Nikki Lane, Margo Price) y que contó en las mezclas con un
Jaquire King que ha trabajado con
Kings Of Leon, Tom Waits o Bruce Springsteen. En la batería además
tenemos a Fred Eltringham (Lucinda Williams, Sheryl Crow) mientras que en
la masterización cuenta con el prestigioso Pete Lyman, que ha trabajado
con Chris Stapleton, Brandi Carlile o Weezer. Un tema con ecos a Lou Reed y a
Aurora Beltrán. Buenos riffs y mejor estribillo y un videoclip con el look de
Nat emulando al de Sarah. Una canción que parece transportarte a momentos
felices en tu vida.
El segundo adelanto fue un "Llamas de Dragón" con chulos
teclados y buenos riffs a dos guitarras de tonos hard-rock. Es destacada la
colaboración en los coros de Marina Iñesta (Repion), quien repite en
varios temas más con sus coros. "Alain Delon", tercer adelanto, también trae
un cuidado videoclip. Aquí Nat tiene un lógico french look combinado con el de
la más bohemia Rickie Lee Jones. Guitarras a lo Keith Richards y toques glam a unos T.Rex que tienen su presencia hasta en la letra de un tema ideal para bailar con otro buen estribillo y un tórrido saxo de Paul Thacker, en
el más puro estilo Burning.
El disco tendrá su presentación oficial en el
Teatro Eslava de Madrid, por todo lo alto, el inminente 19 de marzo. Luego
tendrá lugar una extensa gira en la que, en varias fechas, le acompañará su
amiga Aurora Beltrán (Tahúres Zurdos), quien ya colaboró con ella en “Felinas”,
álbum en el que tan bien estuvo acompañada por otras mujeres como Cherie Currie,
Repion (otra que repite ahora), Anni B Sweet, Nina de Juan, Eva Ryjlen o Rebeca
Jiménez, entre otras. Juntas lo bordaron, por ejemplo, en el "La Noche Es’ que Aurora adaptó
del "Because The Night", de Patti Smith.
El cuarto y último single del disco actual ha
sido "Especie En Extinción", de nuevo con los coros de Repion en un grito
generacional sobre la crisis, la precariedad y el aplazamiento indefinido de los
sueños. Casualmente, o no, estos son los cuatro primeros temas de un precioso
vinilo en color azul, “Pregúntale a Sarah Connor” (Calaverita Records), con
cuidada funda interior y un encarte interior con todas las interesantes letras
del disco.
Esta cara A, por cierto, finaliza con una preciosa "Nieve En El
Desierto", en la que pone su voz Jairo Zavala (Depedro). Otro nombre más que
importante en el disco es el de José Ignacio Lapido (091) que ya colaboró
también en “Felinas”. La gran mayoría de los temas están firmados por la propia
Nat y por un destacado Ánchel Solana. Pero es que la cara B está abierta por "Efímero", en la que Lapido colabora con Nat en letra y música. Repion pone
también, como ya hemos dicho, sus cuidados coros en "Los Ojos Del Peligro". Un tema al que le sucede el destacado "Tan Extraño Para Mí", con letra y
música del gran Lapido y con el Hammond de Joe Pisapia como instrumento
destacado.
El disco se cierra con una preciosidad titulada "Más Que A Todo Lo
Demás" firmada en exclusividad por parte de Nat. Los arreglos de cuerda y los
violines de Billy Contreras son un guapo y cálido detalle a un tema tan
entrañable para un disco tan especial, gestado en la lejana Nashville, con la
fantástica producción de Álex Muñoz y una banda y equipo de primera fila
internacional. ¡Su mejor disco hasta la fecha, y uno de los discos del año, y
también su mejor gira por lo que habrá que ir al Kafe Antzokia el 5 de junio,
una de las citas en las que estará acompañada por Aurora Beltrán!
En la discografía de un músico de tan largo recorrido y prestaciones tan amplias como James Hunter hay hueco para diversos géneros, todos ellos afiliados a la misma causa, que no es otra que la de las canciones con sangre negra en las venas y borbotones de emoción en las estrofas. Cada uno de sus discos se torna un pequeño tratado de blues, soul e incluso jazz, pues apelaciones históricas a cada uno de dichos géneros hay de sobra esparcidas en cada nueva entrega, que no es sino otro regalo. En este estupendo “Off the fence”, además, recurre a la compañía de viejos maestros, más bien jefes del pasado, que le facilitan y amplían una labor en la que es un consumado experto. Van Morrison, para el que el propio Hunter trabajó como músico de sesión y de directo durante varios años, lleva la voz cantante en “Ain’t that a trip”, y es seguramente uno de los momentos álgidos de un conjunto lleno de ellos.
Ahora el cabecilla de esta banda de seis compinches perfectamente compenetrados se vincula a la música latina, más específicamente al mambo, en un tema sorprendente y riquísimo titulado “Two birds one stone”, sin ser esta la única ocasión en que los afluentes del género, léase el cha cha chá entre otros riachuelos de idéntica profundidad, inundan las composiciones recientes del británico. Puede que sea por su tendencia innata al romanticismo escéptico, el que emana de “Here and now”, o su maestría como retratista del desamor más puro, extraída de las líneas de “Let me out of this love”, sendos capítulos de melancolía en los que situar una de las claves de su estilo.
En los medios tiempos exquisitos parecen radicar algunos de sus secretos, más explícitos en el sonido añejo y las raíces rhythm and blues que planean el grueso de su producción. Así, nos topamos con la arquetípica “Gun shy”, de ritmo trepidante y avasallador, o con el reposo jazzístico de “Particular”, y descubrimos varios rincones no por conocidos menos acogedores. Si a todo ello le sumamos la inmersión en el northern soul que supone “A sure thing”, la infalible base de “Trouble comes calling” y la espléndida y sorprendente “Only a fool”, podemos cerrar una ecuación perfecta resuelta por la brillante producción de un Gabriel Roth fiel desde hace años. Todo cuadra.
Si en las primeras décadas del siglo XXI, una época incierta y oscura para todos –también para la producción musical y sus circunstancias-, tuviéramos que buscar a un nuevo Ray Charles o a otro Sam Cooke que nos puedan salvar la vida, el nombre de James Hunter estaría en los primeros puestos de la supuesta candidatura. El pequeño trono particular de muchos y muchas ya lo tiene ocupado desde hace tiempo.
El inquieto Manuel Cabezalí puso punto y final a su proyecto Havalina hace menos de dos años con una gira de despedida que recorrió trece ciudades españolas. En los meses siguientes le hemos visto embarcado en la gira de Zahara, con la que comparte escenario desde hace años, pero estaba claro que el músico no se iba a conformar con eso. Su labor como ingeniero y productor para bandas como Ginebras, Rufus T. Firefly, Second o Elem le ha dado grandes alegrías, pero su necesidad de expresión a través de composiciones propias tenía que explotar de alguna manera, y el resultado de esta inquietud se ha hecho realidad con su nuevo proyecto. Monstruo Laberinto es un dúo formado por el propio Cabezalí junto a su pareja Nieves Lázaro, conocida por su proyecto previo que lleva su propio apellido como emblema. Los dos han compartido los mandos de este monstruo de dos cabezas y han dado forma a once canciones que componen un debut tan arriesgado como inquietante: “Negro Fosforito”. Ya desde su título nos presentan un juego que se hace realidad a lo largo de todo su minutaje. La ambigüedad entre el color y la oscuridad y la mezcla de ambos ingredientes para abrir un camino nada convencional, pero repleto de aciertos.
Monstruo Laberinto se mueven en su debut entre la épica electrónica de los ochenta y el art-rock más experimental. En algunas canciones suenan penetrantes y oscuros, apoyados por esa electrónica muy marcada, y en otras parecen más orgánicos, aunque sin desviarse demasiado de las atmósferas densas que predominan a lo largo de sus once canciones. Entre ambos se reparten el protagonismo vocal, pues encaran algunas canciones en conjunto, pero en otras la balanza se inclina hacia uno de los dos opuestos, sumando en todo momento.
En apariencia, este “Negro Fosforito” es más duro y oscuro de lo que después encontramos cuando le dedicamos tiempo. Las distorsiones de las guitarras de Manuel se mezclan con los bajos sintéticos y los ritmos electrónicos para ofrecernos enigmáticas reflexiones a flor de piel. Tanto si se visten del pop electrónico de los primeros discos de Depeche Mode en temas como “Muerte por Arcoiris” (no podían presentar un título más distópico), como si lo hacen con un aire noisy violento en otros como “Grieta”, el resultado convence y suena creíble. Nieves y Manuel se atreven a casi a todo sin remilgos. Nos llevan al techno de la mano de “Humo Humano”, nos sumergen en riffs de sintes oscuros con “Gloom” o buscan aires minimalistas en “Interrupción”. No todo es velocidad como pueda parecernos al escuchar la acelerada “Alas con Membranas”, ya que hay momentos en los que se impone la calma y Monstruo Laberinto llegan a conmovernos, como en “Alquimia”, que camina lentamente mientras se reparten las voces principales, o en “Parte de mi”, en la que repiten ese atractivo juego vocal.
Si “KIK”, canción que abre el lote y primer single del mismo, puede suponer una carta de presentación a las claras del nervio y estilo de este experimentado dúo, “El Momento Culminante”, que lo cierra, sugiere desde su instrumentación más orgánica, que la delicadeza está presente en todos los surcos del mismo. Un disco que, a pesar de la apariencia, sabe tocar la fibra como si un leve susurro (en este caso representado por la voz de Manuel en ese “Momento Culminante”) nos recorriese y electrizase la piel, algo que ocurre especialmente en otra de sus canciones, en la más emocionante de todas. “Ven a verme” baja las revoluciones y nos sumerge en una atmósfera inquietante que deja abierto un universo por explorar que puede ser realmente rico, puesto que este dúo sabe muy bien lo que quiere y tiene entre manos. Su música se expande y puede llevarnos muy lejos, pero para esto habrá que dejar que nos seduzcan también con su directo, que se prevé muy estimulante. Juanma Padilla y Víctor Cabezuelo acompañarán próximamente a estos dos fieras que han soltado toda su garra en un álbum de reflejo oscuro, pero de luz desbordante.
Ante un pasado glorioso, repleto de grandes discos e inmensas canciones, cada nuevo trabajo de estudio se presenta como una encrucijada de difícil resolución. Los peligros son múltiples y la posibilidad de un traspiés es más que evidente, sobre todo si uno decide mirar exclusivamente atrás, cayendo apabullado ante una singladura donde la alta literatura y el rock se han fundido a la perfección durante décadas, rozando siempre cotas de máxima categoría.
Un problema mayúsculo que sería común para gran cantidad de bandas, pero que nuestros queridos 091 han sabido manejar a las mil maravillas, aprovechando el poso de los años y su sabiduría musical para facturar un álbum que mira de frente a sus grandes obras pasadas, en el que siguen fieles a sus eternas coordenadas sonoras, a las que sabiamente añaden un matiz contemporáneo con el que continuar haciendo de la duda un arte que se balancea entre la realidad y el sueño.
Y ahí, bajo el sol de justicia de su eterno duelo, aparecen los cero, rigurosamente vestidos de negro, demostrando sin jactancia lo fácil que les resulta juntar actitud y grandes canciones, presentándolas como si de un truco para impresionar niños se tratara, mientras el resto nos quedamos con la boca abierta pensando: “¿Cómo demonios lo han vuelto a hacer?”.
Os dejamos en compañía de la charla que mantuvimos con la que sigue siendo la mejor banda de rock de nuestro país.
Hace apenas unas semanas vio la luz “Espejismo Nº9”, el noveno álbum de estudio de vuestra discografía, para una banda en cuyas letras la duda es un arte. ¿En algún punto del camino se tuvo la certeza de poder llegar a este número de trabajos?
José Ignacio: Ya sabes que nuestra historia es un poco azarosa y tiene una característica especial, pasamos a mejor vida hace unos años y después resucitamos felizmente. Cuando pasamos a mejor vida, no pensamos que habría una segunda oportunidad veinte años después. Era impensable. De hecho, grabamos un disco llamado “Último concierto”, al titularlo así creíamos firmemente que sería el último. Los azares de la vida y también la intervención divina nos llevaron a resucitar en 2016, un momento donde tampoco teníamos claro seguir grabando. En principio íbamos a celebrar el vigésimo aniversario de nuestra separación con un año de gira, fue al acabar cuando decidimos volver como entidad creativa, componiendo canciones y grabando nuevo material. En 2017-2018 cuando decidimos volver a la vida creativa.
Desde vuestro anterior “La otra vida” han pasado más de seis años, un tiempo en el que habéis seguido girando y llevando a buen puerto otros de vuestros proyectos individuales, pero, aún así, es un trabajo que queda lejos. ¿A qué se ha debido tanto tiempo entre disco y disco? ¿Acaso las circunstancias que rodearon la salida de la otra vida con la epidemia de Covid-19 azotando supusieron un pequeño golpe para la línea de flotación de la banda?
Jacinto: Ha influido definitivamente. Date cuenta que la pandemia nos pilló con “La otra vida” recién salido. Andábamos arrancando la gira de presentación cuando llegó el confinamiento y hubo que suspender todo. La pandemia nos golpeó directamente, murió nuestro antiguo mánager y familiar de Tacho, el tío Paco. Y José Antonio estuvo muy mal. A todo el mundo nos supuso una parada, se comenta muchas veces como que no se cuentan esos años. En esa cuenta que tú haces, quizás pasa eso, hay dos años que fueron nulos. Además del tema de las carreras en solitario, la pandemia ha jugado un papel fundamental en la dilatación de tiempos.
¿En qué momento y de qué forma comenzaron a surgir las canciones que han dado vida a este “Espejismo”?
José Ignacio: Las canciones empiezan a surgir cuando terminamos de presentar “A primera sangre”, mi disco en solitario, donde también me acompañaba Jacinto, quien es parte de mi banda. En 2024 se cerró con un concierto del aniversario por la reedición de “Ladridos del Perro mágico”, al acabarlo nos pusimos manos a la obra. Quizás antes, ya que estábamos perfilando ideas en los ensayos y viendo temas. Básicamente, todo ocurrió entre octubre de 2024 y julio de 2025. Hemos seguido un sistema de grabación novedoso, puesto que conforme iban saliendo los temas en el local, nos íbamos al estudio y grabábamos, han sido varias sesiones a lo largo de los meses. Todos teníamos en mente que ya tocaba sacar nuevo material, pero hasta que no salen las canciones es un puro ejercicio de voluntarismo. Hay que esperar que hagan acto de aparición.
Entiendo entonces que lo que ha pasado a mejor vida es el mito de las letras que José Ignacio remataba en el mismo estudio de grabación.
José Ignacio: No es un mito. Es una realidad histórica. Tacho lo sabe. En los años ochenta solíamos grabar nuestros discos en estudios de Madrid y más de la mitad del repertorio de cada Lp se componía allí en el mismo estudio. Solía quedarme en la sala de fuera terminando letras. En este disco no ha ocurrido, he ido con las canciones acabadas. Creo que a todos se les ha dibujado una sonrisa de satisfacción al ver que los temas estaban terminados.
Tacho: Antes lo pasábamos un poco mal. Bueno, realmente no lo pasábamos tan mal, ya que nos dedicábamos a hacer otras cosas. Es verdad que José Ignacio estaba como quien se examinaba al día siguiente, se tenía que ir al hotel para encerrarse y rematar.
José Ignacio: Al que peor le venía era a José Antonio, cantar una canción con una letra recién escrita que no te ha dado tiempo a interiorizar es un problema. En este caso no hemos tenido ese problema, había letra y música.
Hay un cambio sustancial en la banda que tiene que ver con la partida de Víctor Lapido, cuya figura sustituirá en directo otro miembro de la familia como Víctor Sánchez, una figura de plenas garantías. ¿De qué forma ha modificado a vuestro juicio el sonido de la banda, ahora que todas las guitarras que suenan son fruto de la pericia del maestro José Ignacio?
José Ignacio: Efectivamente. En este lapsus de tiempo desde “La otra vida” hasta ahora ha supuesto la salida de la banda de mi hermano, Víctor. Eso quieras que no, ha retrasado todo el proceso. Son circunstancias que se dan en la vida de los grupos. Se entra en una inercia con una serie de movimientos que hacen que las cosas no marchen todo lo bien que deberían y se tienen que tomar decisiones. Fruto de esas decisiones, mi hermano deja el grupo y nos vemos reducidos a cuarteto. Hemos grabado el disco entre José Antonio, Jacinto, Tacho y yo, con la inestimable ayuda de Raúl Bernal, tocando teclas y a las labores de producción. En los directos el lugar del segundo guitarrista lo ocupa Víctor Sánchez, era la opción lógica, le teníamos a mano, es un grandísimo guitarrista al que conocemos desde hace años y en directo será el otro guitarrista de los cero. Es cierto que he grabado todas las guitarras, cosa que ocurría en los discos de los ochenta y los primeros de los noventa, así que eso no es una cosa tan novedosa.
Imagino que esa cuestión habrá hecho que el trabajo con las bases rítmicas haya sido distinto.
Jacinto: Hemos ido construyendo desde abajo. En esta ocasión hemos trabajado mucho con Raúl, que venía a los ensayos. En los ensayos se definían las bases desde el principio. De entrada, sabíamos que solo había una guitarra, para luego haber más en el estudio, pero el método tenía presente hacer un buen sustento para meter más capas a posteriori.
Tacho: Hay canciones que se nota que están hechas así, por ejemplo “Antes de que salga el sol”, Ese tipo de composiciones han quedado como muy sintéticas, se nota que hemos dejado espacio. Cuando había dos guitarras llenábamos todo, ahora hemos dejado que las canciones respiren bastante.
“El licor que sale de nuestras canciones es distinto al de hace veinte años”
Ya ha salido a relucir varias veces en la conversación, pero no podemos negar el trabajo realizado por Raúl Bernal, tanto en los teclados como en la producción, una suerte en la que cada vez va teniendo más renombre.
José Ignacio: La producción es una cosa muy delicada. Las canciones las aporta la banda y los arreglos principales también, pero, con buen tino, cualquier artista necesita una visión externa de alguien que actúe de director de orquesta. Que ponga las cosas en su sitio y que alargue y acorte los temas. Muchas veces el artista no se da cuenta de dichas necesidades porque ha repetidos doscientas veces la misma canción. Tiene que ser alguien con sabiduría musical y conocimiento quien te diga lo que es redundante, omisible o brillante. Para dicha labor puedes coger a alguien con gran currículum, pero que no conozcas, pudiendo surgir problemas en el estudio de convivencia. O decidirte por alguien en quien confías, que es amigo, compartes gustos musicales y con el que hemos trabajado en infinidad de veces y sabemos que no habrá problemas ni el trato personal ni en lo musical.
Tacho: Muchas veces te ofrecen un nombre gordo para que ayude a la promoción. Nosotros no lo necesitamos. Lo teníamos bastante claro. Raúl es perfecto por todo. Lo primero porque confiamos en él. Es un músico de la hostia. Y luego, como dice José Ignacio, tenemos gustos similares. Existe la opción de trabajar con él en el día a día. Si te traes a un productor americano cuatro semanas y la cosa va mal, va mal. Con Raúl hemos podido hablar infinidad de veces.
José Ignacio: En el tema de las canciones es importante hablar sobre ellas, no solamente tocarlas. Hay que llegar a una conclusión sobre dónde debe ir el tema.
Jacinto: Además, con Raúl teníamos un ejemplo muy reciente como fue “A primera sangre”, el disco de José Ignacio en solitario, donde estaba en la producción. No tiene una larga trayectoria, algo que poco a poco va haciendo, como tú bien dices.
“Desde que volvimos estamos luchando contra la nostalgia”
Espero que no suene peyorativo, porque nada más lejos de la realidad, pero a mí esta nueva colección de canciones suena de lo más familiar, mostrando lo mejor de las distintas caras de 091: su vena punk, los rocks de riffs poderosos y las canciones más confesionales tornadas en medio tiempos de bella factura. ¿Hasta qué punto es complicado no traicionar al pasado y seguir sonando convincentes y auténticos en el presente?
Tacho: Es complicadísimo. Nosotros desde que volvimos estamos luchando contra la nostalgia. La gente tiene unos recuerdos ligados a nosotros, los han idealizado. Tienen un recuerdo transformado contra el que hemos venido a luchar. Ha sido una labor monumental. Tanto en el disco en directo como también en el anterior de estudio estábamos en el buen camino sin conseguirlo, pero éste trabajo es incontestable. Demuestra que si hemos decidido quedarnos es porque teníamos cosas que decir. Sentimos que es así. “La otra vida” está muy bien, pero no teníamos el convencimiento. Ahora podemos presentarnos ante la gente y enfrentarnos a nuestra leyenda para vencer a la nostalgia.
José Ignacio: Hemos asumido con todas las consecuencias que no podíamos retomar la historia donde lo dejamos en el 96. Era un ejercicio absurdo. No somos los que lo dejamos en el 96. Han pasado muchos años físicamente y mentalmente, pero también musicalmente, que es lo importante. Querer retomar aquello, cosa que algún seguidor echa en falta, es imposible. Hay una evolución. No queríamos sonar a pasado, sí a presente. Las raíces, las patas en que se sustenta el edificio de 091, nuestras patas, siguen ahí. Nuestras influencias: el rock de los sesenta, el punk-rock, la new wave, el blues y el rock and roll, siguen aquí, destilados por el tiempo. El licor que sale ahora es distinto al de hace veinte años. Debe ser así.
Vamos a hablar un poco de canciones, si os parece. Vaya flipada pantanosa, bluesera y pesada os ha salido en “Dormir con un ojo abierto”.
José Ignacio: El mensaje flota en varias canciones. El hecho de que la fina línea que separa la realidad y la ficción en estos tiempos sea tan difusa hace que tengamos que estar alerta. Alerta a los mensajes del poder, en las mismas noticias del día a día… los ejercicios de librepensamiento son más necesarios hoy en día, más que nunca. Es el trasfondo está en “Dormir con un ojo abierto” pasado por una batidora de imágenes casi góticas: enterrador, Adán y Eva…
Y si no miramos a “Antes de que salga el sol”, toda una declaración a los parias de la tierra y a los sin nombre, que junto a “Algo parecido a un sueño” nos hacen pensar que se trata de vuestro disco más onírico que no sé si también el más surrealista…
José Ignacio: El surrealismo está presente. Para mí siempre ha sido una influencia, tanto la escritura como las artes plásticas, a la hora de hacer las letras de las canciones. El concepto que se difumina: espacio-temporal, realidad-ficción, vigilia-sueño, todas esas dualidades están muy presente en las canciones.
Tacho: Ha ocurrido una cosa. La realidad está superando a la ficción. Antes las letras de José Ignacio hablaban de un futuro distópico, aquel “futuro imperfecto”, se han convertido en realidad. El tema de la ensoñación-realidad ha estado en sus letras, pero ahora ya no sabemos qué es realidad y mentira. En sus letras en solitario como “Nada más por Hoy”, han aparecido. De pronto la realidad es indescifrable. Nos vemos en la obligación de ver qué es ficción y qué no. La realidad nos ha pillado con este disco, que no deja de ser lo de siempre convertido en actualidad.
Aunque debo confesar que desde el principio la que más me llamó la atención por su vena punk fue “Nadie quiere oír tu llanto”, un conjunto de imágenes potentes con sabor a sangre en la saliva.
José Ignacio: Del repertorio de este disco es la que tiene un toque más punk-rock. Acelerada y con las guitarras más punzantes. Originalmente la imaginé como una historia colectiva, protagonizada por varios personajes que conformaran un mosaico que hablara de una realidad concreta. Se suponía que iban a ir cuatro personajes en cuatro estrofas, finalmente, por las cuestiones que ocurren en las canciones, se ha quedado en tres. Los cuatro personajes iban a llamarse como los cuatro evangelistas, al quedar en tres, cambié los nombres. Tres historias distintas, resumidas en el estribillo. Me parecía una forma novedosa de escribir una letra de canción.
“Sufrimos la incompetencia de la industria española durante muchos años”
Me ha gustado mucho el arte de la portada, obra de Miguel Navia, está a mitad de camino entre el callejón de espejos deformados de “Luces de Bohemia” y “Metrópolis” de Georg Grosz, una referencia esta última que muestra la alienación del hombre y su camino de autodestrucción. ¿Qué queríais reflejar con la misma?
Jacinto: Cuando nosotros contactamos con Miguel Navia para la portada le pasamos los textos de las canciones y le dimos total libertad. Al enseñarnos el resultado nos gustó bastante. Creo que como tú dices refleja muy bien toda la parte onírica de José Ignacio y el surrealismo. Tuvo libertad total para su trabajo.
Tacho: Históricamente hemos tenido mala suerte con las portadas. Ahora, afortunadamente, se cuida todo mucho, pero nosotros nos hemos llevado auténticos sustos. Nos fabricaban discos con otras portadas. Ahora estamos tratando de cuidarlo más. El surrealismo ha sido una auténtica referencia para nosotros, figuras como Magritte, Dalí y Chagall. Recuerdo cuando en los años ochenta cuando íbamos los cuatro al museo Dalí de Figueras, flipábamos con el “Mae West”. El surrealismo siempre ha estado entre nuestros referentes gráficos. Nos hubiera gustado tener más portadas así, pero sufrimos la incompetencia de la industria española durante muchos años.
José Ignacio: A Miguel Navia le habíamos seguido como el importante artista gráfico que es en España. Nos gustaba su estilo, el uso del claroscuro. Su forma de retratar la noche urbana, los personajes que deambulan por las calles. En un momento dado pensé que casaba bien con la idea general que flota en nuestros textos. Fue una suerte que aceptara nuestra proposición. El resultado nos flipó a todos desde los primeros apuntes. Ha tenido total libertad, como ha comentado Jacinto, Él escuchó las canciones y leyó los textos, lo que le sugirió todo aquello aparece, hay también connotaciones mitológicas que aparecen. El Atlas llevando el mundo sobre sus hombres, las hespérides en forma de estatuas rotas a sus pies, es cosecha propia de lo que le sugería. Me parece magnífico que las artes interactúen entre sí. Es un ejercicio magnífico.
A cada disco vuestra enorme colección de gemas hechas canciones aumenta. ¿Cómo va el tema de ajustar el repertorio de la gira? ¿Hay mucho debate acerca de cuáles deben entrar y aquellas que no?
Jacinto: Siempre es difícil. Y cuanto más discos tiene una banda, más. Al final hay que quitar alguna que hemos tocado en los últimos años para meter las nuevas. Tocaremos bastantes del disco actual, pero también vamos a recuperar canciones del siglo pasado. Somos capaces de abrir hueco para temas conocidos de antes. Debate no ha habido. Hemos ido eligiendo. Ha habido poca duda.
Tacho: Hemos probado algunas que hacía tiempo que no tocábamos y nos hemos quedado con las que más no llenaban.
José Ignacio: Ha habido protestas, sobre todo por mi parte. Decir “esta es difícil de tocar”. No toco ahora como en los noventa. Ha habido que ponerse manos a la obra. Ha habido que echar horas a alguna de las que hemos recuperado.
Ahora que ya todo sois señores de madura edad, ¿cómo es un viaje de varias horas en la furgoneta de los 091?
Jacinto: Voy casi todo el rato dormido, que te cuenten ellos. (Risas)
José Ignacio: Es como un niño chico. (Más risas)
Tacho: Nos conocemos mucho. Conozco a José Ignacio y a Jacinto desde que teníamos seis años o menos.
José Ignacio: Íbamos al mismo colegio, Jacinto era menor. A José Antonio le conocimos más tarde. Llevamos una vida juntos.
Tacho: Sabemos nuestras manías y lo que tenemos cada uno. Nos reímos de nosotros mismos. Somos gente razonable. Sabemos lo que es ir en una furgoneta. Los viajes son agradables. Viajamos muy temprano, echamos una siesta y al espabilarnos hablamos de política, criticamos, amigos comunes. A veces paramos, nos tomamos una cervecilla y la cosa se anima un poco más.
Jacinto: Tenemos la suerte que el road-mánager es otro más de la familia que es Juan Carlos Alcalá, otro más de la familia.
Tacho, ¿no te da por criticar al cuñado en los viajes?
Tacho: Al cuñado… no. Antes de cuñados, éramos amigos.
“Vivimos con la esperanza de que surjan bandas con influencias como las nuestras”
Citaré a Ivá en palabras de su eterno Makinavaja, cuando dice aquello de “en este mundo podrido y si ética, a las personas sensibles solo nos queda la estética”. Y los cero siguen respetando la estética rockera, el riguroso negro, complementado ahora con el blanco de las canas, algo que últimamente se ha echado a perder.
José Ignacio: Quedan algunos románticos afortunadamente. La estética es importante, aunque el refranero español diga lo contrario: “el hábito no hace al monje”, pero no estoy de acuerdo. Nos tomamos en serio el tema estético. Ya no hacemos esas fantasías capilares que muestran la fotografías del año 82-83. En aquella época estaban de moda Stray Cats con aquellas construcciones capilares acojonantes de Brian Setzer.
Tacho: Me acuerdo el día que nos pusimos los tupes en un hotel en Madrid. José Ignacio tenía el pelo a lo afro. Llegó y dijo: “¿Por qué no nos hacemos un peinado a lo Robert Gordon?”. Se sacó un peinado del pelo afro.
José Ignacio: A finales de los setenta, principios de los ochenta, hubo un revival del rockabilly de donde surgió el punkabilly, juntándose la estética punk y la estética clásica de los cincuenta. Nos gustó mucho y tiramos por ahí. De aquello solo conservamos el negro. Vamos a ser “men in black” hasta el final.
Tacho: Tú dices que somos los últimos jinetes del apocalipsis, pero vivimos con la esperanza que surjan nuevas bandas con influencias como las nuestras. Jacinto y yo estuvimos viendo a los Sharp Pins que nos encantaron, me veía reflejado en ellos. Quizás sea una esperanza vana, pero me gustaría que vuelva todo al momento previo a la aparición al reggaetón. Sé que no va a pasar, pero vivimos con esa ilusión.
Otros que molan bastante y son insultantemente jóvenes son The Molotovs, una hermana y hermano de Londres.
Jacinto: Buenísimos.
Tacho: Tocaremos en el festival Murmura con ellos. Jacinto ya los ha visto, el resto estamos deseando ir a verlos allí.
Sala Luis Galve del Auditorio, Zaragoza. Domingo, 8 de marzo de 2026.
Texto y fotografías: Javier Capapé.
Con el Inverfest dando sus últimos coletazos en Zaragoza, Fetén Fetén arribó en la ciudad del cierzo para alumbrar la tarde del domingo con su atractiva propuesta instrumental, que mezcla como pocos cultura, fiesta e historia popular. El dúo castellano formado por Jorge Arribas y Diego Galaz nos brindó un repertorio cargado de instrumentales que desplegaron todo el atractivo de la tradición musical de este país haciendo un recorrido por nuestra música popular rodeados de curiosos instrumentos y un lenguaje cercano y cargado de buen humor.
Venían sin apoyo vocal, únicamente provistos de sus múltiples instrumentos y su buen hacer, por lo que más que lanzarse con sus “Cantables” lo hicieron con “Bailables”, regalándonos una buena dosis de pasodobles, valses, jotas, mudanzas y hasta algún chotis. Su maestría como grandes multiinstrumentistas se hizo notar desde los primeros pasos sobre el escenario interpretando un elegante foxtrot entre las cuerdas del violín de Galaz y el acordeón de Arribas. Esos fueron sus instrumentos de base, pero a partir de ahí nos mostraron todo un repertorio de “cacharros” sonoros de lo más variopinto. Desde una flauta de hueso de ala de buitre con la que interpretaron su “Pasodoble huesudo” a una combinación de botella de anís y pajita de plástico con la que nos brindaron su particular homenaje al Nuevo Mester de Juglaría.
Nos descubrieron que fue el acordeón el que trajo los bailes agarrados a España, y bajo su embrujo nos invitaron a su particular “Merienda cena”. El serrucho de origen americano vistió “Vals para Amelia”, que en su día Diego compuso para su madre, después de que dibujase el sonido de las gaviotas con su violín. También se dejó ver en varias ocasiones sobre el escenario una zanfona. Confieso que es un instrumento que me vuelve loco, y con la interpretación de una rogativa tradicional de los campesinos de Valladolid para pedir agua, el músico burgalés afincado en Atapuerca nos ofreció uno de los momentos más sentidos de todo el concierto. El sonido de la zanfona me estrechó el corazón, pero también lo hizo esa reflexión que nos dejó este dúo sobre cómo la gente del campo conectó con la esencia de la música desde la antigüedad componiendo melodías preciosas sin saber solfeo. Porque la música es algo que, ante todo, se siente. Por eso mismo, con ese mismo sentir y delicadeza, y teniendo a la zanfona como protagonista, afrontaron la marina “Miña terra no corazón”, que en su día publicaran en “Melodías de Ultramar” dedicada para los que buscaron y todavía buscan una mejor vida en el extranjero por su familia, aunque la pierdan en el intento.
Y es que en las canciones de este dúo hay mucha conciencia social y conocimiento de la historia de la que se nutren sus composiciones, aunque sin olvidar ese puntito de humor tan necesario, al que también ayudó el uso de sus instrumentos “accidentales” que fueron presentando uno a uno. Las cucharas y la silla de camping convertida en flauta con la que interpretaron una mudanza, la gaita fabricada con una bolsa de vino y boquillas de pruebas alcoholemia que sonó a las mil maravillas en su particular homenaje a Agapito Marazuela (folclorista segoviano al que recordaron como un cruce entre Mozart y Hendrix), o la escoba y el recogedor de supermercado que condujeron los vientos entre tonadas que recorrieron camino entre Burgos y Salamanca. Si con el violín o la zanfona es Diego Galaz quien nos sorprende, con todas estas flautas caseras, así como con el acordeón que da la base a la mayor parte de las canciones, es Jorge Arribas quien nos conquista. Un dúo particularmente inquieto que no pone límites a la música y al placer de encontrarla en todo lo que nos rodea. Por eso hacen de cada elemento arte y de cada momento de sus singulares conciertos un paseo por la mejor tradición convertida en melodías adictivas.
Para su actuación en la Sala Luis Galve tuvieron un invitado muy especial. Un músico que reivindicaron como uno de los grandes estudiosos de nuestro folclore y música popular. Con Fernando Pérez a la guitarra hawaiana interpretaron su “Jota del Wasabi”. La jota como parte de nuestro folclore y el wasabi como esa fusión tan necesaria entre culturas, a la que en este caso se le unieron los sonidos hawaianos de la guitarra comentada para redondear un tema que nos hizo caer en la cuenta que hacer folclore también es reivindicar la patria. “Las banderas no van a ningún sitio sin folclore, que es muy diverso, pero con más denominadores comunes que disputas”. Sabias palabras del que parecía en todo momento el maestro de ceremonias Diego Galaz, pues de su boca salieron la mayor parte de estos discursos que nos interpelaban, más allá de los sonidos convocados sobre el escenario del auditorio.
Los “Fetén” dijeron que amaban la cultura de este país y por eso nos invitaron a viajar de Galicia a Guipúzcoa pasando por la Ribera del Duero con “Fandangos y Txalupas”. Y viajando llegamos hasta Madrid con “Dame una cita”, un chotis que interpretaron entre el público con el famoso violín con gramófono inventado a principios del siglo pasado para amplificar el sonido de este instrumento en las actuaciones al aire libre. Nos llevaron también hasta Portugal pasando por León y casi al finalizar la actuación terminamos en Europa del Este con la zíngara “He visto un oso en los Cárpatos”.
No se olvidaron de agradecer a los organizadores del Inverfest por llegar a tanta gente con su música desde que les abrieron las puertas del Circo Price en Madrid, y con esta cita maña cerraron una larga gira que también han compartido con Fito Cabrales como las últimas incorporaciones de su banda en el “Aullidos Tour”. Dos músicos incansables, atrevidos y polifacéticos que demostraron saber llevar como nadie la mejor tradición de la música popular que despierta conciencias a todos los rincones.
Desde Texas regresan con punk-rock y power-pop radiante este cuarteto realmente radioactivo liderad por dos ex The Marked Men como son Jeff Burke, a la buena voz cantante y con sus composiciones, y Mark Ryan. El propio Burke y otros de sus miembros han militado en bandas como The Reds, Lost Balloons, Bad Sports o Mind Spiders.
Debutaron en 2013 con un elogiable disco homónimo que tuvo su continuación dos años después, con “Silent Kill”, ambos editados por Dirtnap Records. Tras todas estas aventuras en otras bandas cercanas al estilo han decidió retomar su trayectoria como Radioactivity, más de una década después. Los resultados han estado a la altura pues “Time Won’t Bring Me Down” (Wild Honey Records) es uno de los mejores discos en su estilo de los últimos tiempos. Es muy fácil acordarse de Superchunk, los Hüsker Dü del “Candy Apple Grey”, The Thermals, Cloud Nothings, pero también de Blondie o The Real Kids. De hecho arrancan con el destacado tema titular lleno de energía y sonando con plena velocidad, pero igualmente con melodías como las de los primeros singles de Blondie, aunque más power-pop y con guitarras realmente poderosas.
Temas como "Watch Me Bleed" delatan que tienen que sangrar en directo de todos sus dedos dados esos acerados riffs y esos redobles salvajes en poco más de minuto y medio. De hecho, hay un único tema que supera los cuatro y necesitan escasa media hora para entregarnos 11 nuevas composiciones con la firma principal de Burke aunque ayudada por la banda tejana al completo. La guapa melodía de "This One Time" es una mezcla entre los citados Superchunk, y bandas que comenzaron hace 50 años como The Knack o The Romantics. "Why" es otro tema urgente y a tope de velocidad en poco más de minuto y medio. Otro de los temas más destacados es "Ignorance Is Bliss", con sus crudos riffs llenos de fuzz sobre un bajo arrollador. La melodía se te va clavando hasta que al final se marcan unos buenos punteos por encima de los riffs del bajo y la guitarra rítmica. Cierran la cara A con la reflexiva "I Thought", un estupendo medio tiempo con la gran voz de Burke al frente, con un bajo como un cañón y unos teclados realmente mágicos que pueden llevarnos a pensar en los primeros Cars de Rick Ocasek.
Con estos mimbres y estas canciones no es extraño que se los haya agenciado el prestigios sello de rock’n’roll italiano Wild Honey Records. Hogar en el que tiene un montón de recomendables discos Deniz Tek (Radio Birdman) que está a punto de entregar nuevo LP. Junto a él, bandas y solistas como The Midnight Kings (que nos visitaron recientemente), John Paul Keith, The Peawees (otros asiduos por aquí), Miranda And The Beat, The New Christs o Roy Head que entregó un excelente LP póstumo para el Record Store Day del pasado año con ayuda, en las composiciones y tocando en varios temas, del capo de la casa, Deniz Tek. Por cierto, un trabajo presentado en llamativo vinilo rojo, siendo el de Radioactivity en color transparente, todavía más bonito y cuidado aún y siempre también con buenas fundas interiores.
La cara B recupera la urgencia del arranque con "One Day". Arrolladores como el mejor power-pop new wave de los Any Trouble y con destacados punteos, además de buenos coros de Orville Neeley. Luego llegarán los mejores y más trabajados temas con algo más de espacio para la, relativa, calma. Así aparece "Sleep", con una contagiosa melodía con la que nadie se puede dormir y un arrollador ritmo que mama de nuevo de la mejor new wave de ambos lados del continente. Y si ya hemos hablado de buenos punteos con anterioridad, tenemos que hablar también del citado Neeley que se encarga de los mismos en "Analog Ways", un excelente medio tiempo con melodía y estribillo estremecedor. Aquí también tenemos en las guitarras a Yusuke Okada, que luego añadirá algunos efectos en una "Shell" que supera los cuatro minutos y que tiene un delicioso arranque con guitarras acústicas que cuentan con la original ayuda de Ian Rose con las ricas percusiones. Luego aumenta de intensidad y las guitarras se electrifican para acabar de manera pletórica y con crudos punteos.
La despedida no deja lugar al dolor. Bueno sí, el dolor de que acabe tan pronto el disco con "Pain". Otro gran tema melódico con arrollador final lleno de emotividad en forma, de nuevo, de medio tiempo, pero rebosando fuerza. Una banda que estamos deseando ver por aquí en directo con algunos de los citados compañeros de escudería que ya suelen visitarnos.
Hablar de Morrissey en términos estrictamente musicales se ha convertido de un tiempo a esta parte en completa anomalía. Todo aquel que tenga en el radar al genio de Mánchester sabrá de su azarosa trayectoria en los últimos años, donde a las ya más que habituales cancelaciones de conciertos, constante habitualmente repetida a lo largo de su carrera, se han añadido varios oscuros capítulos dedicados a rupturas de contratos discográficos, declaraciones fuera de lugar, otro clásico en la singladura de Mozzer, y repetidos intentos fallidos de publicar álbumes que nunca vieron la luz como “Bonfires of teenagers”. Hechos todos ellos que le situaban como centro de la diana de una industria que por otra parte jamás le ha tenido como hijo predilecto, dejando tras de sí un cúmulo de situaciones casi constantes que invitaban más a la sátira y burla que a cualquier análisis serio que se preciara, algo especialmente doloroso cuando se trata de un mito capital de la cultura europea de los últimos cincuenta años, tal y como atestiguan las más de 25 millones de reproducciones mensuales de su música en plataformas de streaming, cifra demasiado seria como para tomarnos el legado eterno de Morrissey a la ligera.
Por suerte, el británico ha encontrado cierta calma entre tanta batalla ineficaz para por fin legarnos una nueva colección de canciones que finalmente lleva por título “Make-up is a lie”, bajo el paraguas de la mítica disquera Sire Records, donde vuelve a mostrar su particular visión del mundo actual, a mitad de camino entre la conspiración internacional y el escepticismo vital ante una realidad demasiado turbia, acompañadas por las más que habituales dosis de nostalgia y melancolía autorreferenciales que por momentos representan las cotas más altas de un trabajo que debemos calificar desgraciadamente como bastante irregular.
Sí, es capaz de funcionar a tirones, como decimos, básicamente porque esconde algún que otro fogonazo de brillante luz personificados en determinadas canciones y en la producción de Joe Chiccarelli, quien es capaz de sacar lo mejor de la faceta interpretativa de Morissey, quien probablemente cante aquí mejor que nunca. Ráfagas que sin embargo no son suficientes para que evitemos pensar que entre una más que probable ingente cantidad de material para grabar, recordemos que son seis los años que han pasado desde que viera la luz “I am not a dog on a chain”, deberían existir al menos cinco/seis canciones más potentes con las que haber redondeado una gloriosa vuelta, sobre todo cuando se piensa en composiciones ya de sobra conocidas como “Rebels without applause”, sencillo que vio la luz hace ya la friolera de cuatro años de forma un tanto absurdamente descontextualizada, referencia que sin ir más lejos hubiera elevado la categoría de esta nueva entrega por su regusto a pop amable de alta escuela dotado de una crítica saludable.
El disco se abre una forma más que sugerente con “You´re right, it´s time”, un elegante corte que no desentona en su trayectoria con el que parece encerrar una reflexión personal, invitando a dejar atrás una etapa marcada por el ruido mediático y mirar al frente, tras ella hay un cierto deje de oscuridad en “Make-up is a lie”, donde ataca la superficialidad de los tiempos modernos, entre una amalgama de sonoridades que juegan de forma saltarina a muchas cosas sin llegar a ser ninguna en concreto, algo similar ocurre, en esta ocasión para bien, con la polémica y sintetizada “Notre-Dame”, con cambio en la letra sobre la versión inicial del tema, en la que Mozzer deja claro su parecer sobre un supuesto plan siniestro tras el incendio que casi acaba con la joya de la corona del Gótico francés, una composición que a buen seguro polarizará las opiniones entre los que declaren al cantante como un peligroso vendedor de “bulos” y otros que observando cómo funcionan las élites que nos gobiernan apostarán por buscar respuestas alternativas a la versión oficial, a la que sigue una omisible revisión de “Amazona”, el trallazo glam de los siempre reivindicables Roxy Music que en su día fuera escrito por el bueno de Phil Manzanera, pero que aquí tampoco acaba de funcionar.
Deja claro su talento en la reivindicable “Headhache”, un medio tiempo juguetón, repleto de matices, que llega a romper como la gran canción que opositaba a ser, algo a lo que no llega ni de lejos “Boulevard”, pretenciosamente dramática y artificial; mucho más divertida y sarcástica se presenta “Zoom zoom the little boy”, jugando con un ritmo sencillo que se ve aderezado con sonoridades guitarreras casi orientalizantes, manteniendo el tipo y pidiendo protagonismo, y las veleidades funk que se marca en “The night pop dropped” en un brillante acercamiento que invita al baile decididamente; lástima que a “Kerching kerching” le falte más ímpetu, algo que se intuye hacia al final del tema, mostrando que podría haber sido un auténtico temazo que vuelve a quedarse en un mero acercamiento sin concreción.
Quizás parte de lo más rescatable de este “Make-up is a lie” venga hacia al final de su minutaje, gracias al guiño repleto de nostalgia que supone “Lester Bangs”, sentida referencia al mítico crítico norteamericano, donde Morrissey vuelve a las tardes en su habitación, aquel lugar donde forjó su indómito carácter, entre menciones a Roxy Music, New York Dolls y Allen Ginsberg, rozando los corazones como solamente él sabe hacer, “Many icebergs ago”, en la que con una oscuridad potente vuelve a mirar atrás desde una perspectiva relativamente minimalista, pero que en esta ocasión sí consigue encontrar acomodo, tanto sonoro como lírico, antes de cerrar con la que probablemente sea la mejor canción de toda la colección, evidentemente nos referimos a “The monsters of Pig Alley”, un temazo con hechuras de himno moderno y atemporal coescrito con un sospechoso habitual como Alain Whyte, asentado sobre una apertura de guitarra acústica que dará paso a cristalinas eléctricas, las que de siempre mejor han sentado a la lírica de Steven, quien no duda en referenciar la que se supone que fue la primera película de gánsteres de la historia llamada “The musketeers of Pig Alley”, dirigida allá por 1912 por D.W.Griffith, una temática muy de su agrado como ya demostrara tiempo atrás en temas como “The last of the famous international playboys” o “First of the gang to die”, cerrando de manera mayúscula un trabajo capaz de subir a las más altas cumbres y convivir con pasajes tan anodinos como un páramo.
Tras varias escuchas a “Make-up is a lie” queda en el paladar una sensación agridulce, básicamente porque hay instantes donde la emoción parece querer desbordarse, rebajando el suflé la inclusión de composiciones que casi podríamos calificar de anodinas. Tocará quedarse con los brotes verdes y pensar que tras tanta polémica sigue habiendo al menos una parte de Morrissey que tiene cosas interesantes que contarnos, una grata noticia para todos aquellos que somos fans declarados del músico inglés, quienes viviremos las próximas semanas con inquietud, puesto que en apenas unos días arrancará una mini gira por nuestro país con paradas en Zaragoza, Valencia y Sevilla, que esperaremos con el corazón en un puño ante sus recurrentes espantadas. Peajes que pagamos con sumo gusto, pues somos conscientes que estamos ante uno de los últimos mitos del rock europeo a la antigua usanza con su dandismo y divismo intactos, dotado de un talento descomunal y una apuesta radical por su labor creativo, ajena a pleitesías propias de los artistas prefabricados que hoy adoran las sumisas masas. Puro genio del extrarradio industrial mancuniano, azote del thatcherismo, gloria que nunca podremos negarle, y personaje sin par, que de no existir seríamos incapaces de inventar. Que a nadie se le olvide, Morrissey juega en otra liga, es mito y leyenda en vida. Un francotirador sin ataduras, viperino y mordaz, en demasiadas ocasiones errático, a veces equivocado en sus opiniones y siempre molesto, pero un francotirador al fin y al cabo, justo lo que odian muchos analistas de altos ideales y mejores tragaderas, pagados por oscuros intereses que nunca conoceremos, salvo que rastreemos la pista de un dinero que a Bigmouth le sigue llegando procedente de sus canciones y talento. Ya sabéis, pequeños matices o lo que es lo mismo, el diablo está en los detalles. Y para algunos, acierte o no, si nos dan a elegir, estaremos del lado de Morrissey. Nobleza obliga.