Rafael Amador, ya es, para siempre, libre como el viento


Por: Guillermo García Domingo. 

Lo primero que hice al conocer la triste noticia del fallecimiento de Rafael Amador hace dos días fue ir a buscar las cintas de casete de Pata Negra que pusieron mi vida del revés a principios de los noventa. Me topé con la música extraterrestre de los hermanos Amador cuando se habían separado o estaban a punto de hacerlo, y el talento de Raimundo en solitario empezó a llamar la atención de todos por culpa de su compadre Kiko Veneno. Su fama de guitarrista tan extraordinario como poco convencional llegó a los oídos incluso de B.B. King. Por desgracia solamente he encontrado la cinta de “Inspiración y locura”, el penúltimo disco que firmaron juntos. En la carátula aparece Rafael como un orgulloso patriarca gitano. Ahora que cada vez más gente aspira a vivir en una nación homogénea de una sola identidad en la que no tiene cabida la diversidad, conviene recordar que el nuestro ha sido siempre un país mestizo culturalmente. El mito de la pureza eterna además de ser insidioso, no tiene ningún aval histórico. Pata Negra es el antídoto contra la ponzoña de la pureza.

Lamentablemente los prejuicios que contra los gitanos sembró hace no tanto el franquismo siguen enraizados en la sociedad española. Por eso es de recibo recordar que Rafael Amador, que en paz descanse, pertenece a un pueblo (hay aproximadamente 750.000 ciudadanos gitanos en España) que ha contribuido de una manera fundamental al desarrollo social, artístico y cultural de nuestro país, y también del continente europeo. Suscribo lo que afirmó el escritor alemán Günther Grass en su “Discurso de la pérdida”: “Dejad ya de una vez, como hacéis siempre, de arrojar a los gitanos al camino. Podrían ayudarnos mucho, irritando un poco nuestro acrisolado orden”.

Le debo a Rafael (y a otros/as artistas de su pueblo) la gloriosa alegría y el exultante gozo que Pata Negra propició en mi vida juvenil. Ellos supieron no solo sobreponerse a la marginalidad, sino que se enorgullecieron de ella, porque gracias a su vida suburbial podían disfrutar de una libertad que para sí quisieran los demás. Hicieron brillar el barro del barrio (de las 3000 Viviendas en Sevilla). Porque del barro nos hizo la divinidad, según el Génesis. Entre el barro viven las “Ratitas divinas”, así es como se titula una de sus inolvidables canciones.

La identidad quinqui cuestiona la legitimidad que el Estado se arroga a la hora de burocratizar y controlar nuestras vidas hasta límites insospechados, y que no han dejado de ampliarse utilizando toda clase de pretextos. Y los gitanos han dado muestras de su pertinaz negativa a someterse. “Libres como el viento”, rezaba la canción del Lebrijano, sobre la trágica historia del pueblo romaní. Precisamente Rafael Amador destacaba por su rebeldía musical, que causaba la incomprensión de los más puristas entre los suyos, y desconcertaba a los extraños, que no sabían de dónde había salido el disco “Veneno”, que Kiko y los hermanos Amador realizaron en 1977. En el mundo anglosajón aterrizó una nave llamada “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”, conducida por un marciano. En Sevilla aterrizó, en plena Transición, otro ovni llamado “Veneno”. Rafael también fue invitado a participar en “La leyenda del tiempo” de Camarón de la Isla, ¿os suena? 

Las cintas que he echado en falta son, la de “Guitarras Callejeras”, un “festín guitarrero”, como lo describe con acierto Fermín Lobatón, y que no puede ser clasificado de ninguna manera. Hay que escucharlo, cantarlo y bailarlo en trance, y nada más. La segunda es, por supuesto, el “Blues de las fronteras”, uno de los mejores discos de la música popular española. Y por último, no sé las veces que escuché la cinta del concierto que grabaron en la sala Zeleste de Barcelona. Uno de esos directos que pueden hacer que la vida de un chaval cambie para siempre. Todos ellos fueron publicados bajo el sello de Nuevos Medios y Ricardo Pachón, quienes se dieron cuenta de que no podían dejar escapar a unas figuras como Rafael y Raimundo. Mercury/Polydor, por el contrario, no les entendieron. Y uno puede llegar a comprenderlo. Los hermanos tenían su amor propio, según me cuenta una fuente que no puedo desvelar, y solían exigir persuasivamente sus “royalties” insinuando la “cheira” que asomaba por encima de sus pantalones de campana. Con las discográficas extractivas había que actuar así. Tuvieron menos éxito que los Ketama, con permiso del malogrado y genial Ray Heredia, con quien Rafael se ha reunido, pero su idiosincrasia suburbial los llevó por otros derroteros menos comerciales y más estimulantes.

Yo no soy creyente, pero supongo que Rafael adoptaría esa religiosidad gozosa de la que hacen gala los gitanos, así que espero que el dios de los suburbios te tenga en la gloria, Rafael. Seguro que Camarón intercederá para que así sea.

MIKA: “Hyperlove”


Por: Nuria Pastor Navarro. 

“Vístete para el mundo que quieres ver y sé la persona que quieres ser, por dentro y por fuera”, declara el locutor de MIKA FM, la emisora de radio ficticia que vertebra el nuevo trabajo de, valga la redundancia, MIKA. Esa simple frase encierra la esencia, el sentido y el deseo del artista, que lleva plantando esa potencia personal desde sus comienzos hace ya veinte años. El amor, la rebeldía, la autoexpresión, el color: todo se condensa en “Hyperlove”.

Nacido en Beirut de padres americano-libaneses, Michael Holbrook sobrepasa por poco los cuarenta años, pero ha hecho de (casi) todo. Apariciones en las televisiones italiana y francesa, presentación de Eurovisión, bandas sonoras de cine, colaboraciones con la Ópera Real de Versalles y hasta coach del programa español de “La Voz”. Ha ganado varios World Music Awards, fue nominado a un Grammy y galardonado con la Orden Nacional del Mérito del Líbano. Y además… ¡Hace música! Su complicada infancia y convulsa adolescencia fueron el punto de origen para sus dos primeros álbumes: “Life In Cartoon Motion” (2007) y “The Boy Who Knew Too Much” (2009). Con una estética imaginativa y colorida, ambientada en un mundo animado, MIKA lanzaba sus ingeniosas posiciones sobre los temas sociales que le preocupaban. Ya desde entonces dejaba clara su personalidad y la fuerza con la que defiende la música como un lugar seguro en el que poder ser uno mismo.

Desde esos álbumes que suenan a adolescencia de los tempranos 2000, sus trabajos han ido ganando en madurez sin dejar de lado su marca personal. Tras “The Origin of Love” (2012) y “No Place Like Heaven” (2015), MIKA regresaba en 2019 con un guiño a su verdadero nombre. “My Name Is Michael Holbrook” recogía su trayectoria anterior con una elegancia nueva, y cuatro años después consolidaba su acogida internacional con el álbum en francés, y homenaje a su madre, “Que ta tête fleurisse toujours” (2023). Queda claro que MIKA es una persona activa que no permite que los años le resten ganas de crear arte, y por ello recién iniciado este 2026 nos trae “Hyperlove”.

Un total de doce canciones, junto a tres interludios que presentan a un locutor parloteando animadamente en una fantasiosa emisora de radio sobre la sociedad actual, conforman el álbum. Si bien no llega a ser innovador, resulta igualmente agradable: MIKA sigue su línea habitual, esta vez con un toque más discotequero que se deja oír en temas como “Modern Times” o “All The Same”.

En general, todas las canciones gozan de ritmos animados y bailables, dejando como excepción el lirismo de “Hyperlove”, que abre el disco planteando el amor como un enigma en si mismo. El pausado piano y los ya míticos agudos del cantante dejan paso al aire fiestero y rebeldillo de las siguientes pistas, todo cohesionado a través de la línea temática centrada en el afecto de mil formas diferentes: la dificultad del amor moderno, el consecuente refugio en la música, el amor oculto, las roturas de corazón…

La estructura es también muy sólida: cuatro canciones, un interludio, y así se repite hasta dejar huérfana la última pista del álbum. No se perciben ni bajadas ni subidas, sino que una vez que MIKA te ha introducido en su pequeño mundo te mantienes en un agradable viaje a velocidad de crucero, sobresaltándote de curiosidad cada vez que escuchas la profunda voz de los interludios y volviendo a bailar unos segundos más tarde.

Entre los doce temas, cautivan especialmente algunos como “Nicotine” y su pegadizo estribillo, “Eleven” —que tanto recuerda a las canciones de Modern Talking— o “Inmortal Love”, que cierra el ciclo con un mensaje directo: el amor nos transforma una y mil veces.

Como en sus trabajos anteriores, MIKA nos tiende la mano y nos invita a reflexionar a través de su reconocible voz sobre nosotros mismos y todo aquello que nos rodea. Nos insta a cuestionarlo todo, a defender a capa y espada a nuestro verdadero ser y, ante todo, a no escondernos nunca. Quizá suene simple, pero para este ecléctico artista el amor es la respuesta a todo, e “Hyperlove” es el manifiesto que lo prueba. Como declara en “Excuses For Love”, a él ya no lo quedan excusas para pasar del amor… quizá deberíamos intentarlo nosotros también.

Carlos H. Vázquez: “Creo que “Avalancha” es el mejor trabajo de Héroes del Silencio”


Por: Javier González. 

En los últimos tiempos es complicado seguir el ritmo de trabajo al bueno de Carlos H. Vázquez. A su habitual y siempre lúcida labor periodística, anda uniendo en un modo de trabajo estajanovista la publicación de una ingente cantidad de obras firmadas de su puño y letra en el último año, entre las que se encuentra los variados títulos de “Paco Clavel: vida y milagros”, “Cómo perdimos Madrid: Gabinete Caligari” y más recientemente “Avalancha: los demonios de la memoria de Héroes del Silencio”, donde aborda desde una perspectiva técnica el tortuoso camino de gestación y presentación en vivo del que fuera el colofón a la carrera musical de la banda zaragozana. 

Sobre este último pivotó gran parte de la amena conversación que mantuvimos con él semanas atrás, donde también repasamos de refilón otros temas de triste actualidad, como los fallecimientos de Robe Iniesta y Jorge Martínez, un duro golpe que al autor madrileño, como a tantos otros, le está costando asimilar bastantes, dada su especial vinculación con el mito asturiano a cuya vida y milagros dedicó el más que interesante “Jorge Martínez: Conversaciones Ilegales”. 

Hace tiempo que no hablamos contigo. ¿Qué tal va todo, Carlos? ¿Cómo llevas los últimos tiempos que parecen seguir demostrando que el mundo está loco? 

Carlos: Pues todo va muy bien, de momento. He pasado estas vacaciones encerrado en casa escribiendo, preparando un próximo lanzamiento, respondiendo correos electrónicos, terminando reportajes, transcripciones, la continuación del rodaje de una docu-serie, comiendo con amigos... He estado entretenido en “modo avión”, que es un ejercicio que suelo hacer con bastante frecuencia: silenciar el móvil, alejarlo, y mirarlo un par de veces al día (si me acuerdo). Todo esto para decirte que el mundo y su locura me importa entre poco o nada. 

Llevas unos meses/años con una actividad frenética, puesto que a tu habitual labor en prensa has añadido la publicación de varios libros: “Paco Clavel: vida y milagros”, “Cómo perdimos Madrid: Gabinete Caligari” y recientemente “Avalancha: los demonios de la memoria de Héroes del Silencio”. ¿De dónde sacas tanta energía y tanta capacidad de trabajo? 

Carlos: Vivo muy tranquilo desde que me mudé hace unos cinco años. Y mantengo una disciplina y unos horarios que me permiten hacer todo lo que quiero hacer. También es cierto que duermo muy poco y que me he hecho a ello, incluso cuando tengo rodajes y he de estar en el hall del hotel a las seis de la mañana. Pero me da tiempo a todo. El libro de Paquito Clavel lo empecé en 2021 y lo terminé a últimos del 2024. “Cómo perdimos Madrid” lo envié a la editorial en septiembre de 2024, un día antes de irme a Grecia de vacaciones. Y “Avalancha” empezó a fraguarse a finales del 2024 y lo terminé en el verano de 2025. Suelo escribir libros de manera simultánea para no aburrirme. Me pasa con los reportajes, que tengo varios abiertos para no empacharme; si me embarro con un tema, voy a otro para despejarme. Utilizo trabajo para despejarme del trabajo. 

En esta tanda de preguntas, nos centraremos principalmente en los dos últimos si te parece, pues se trata de trabajos y bandas más cercanas a nuestro ideario. Arrancaremos por el último, el libro dedicado al último álbum de estudio de Héroes del Silencio, básicamente porque se ve un componente emocional bastante potente en el mismo, donde es evidente tu vinculación sentimental con el disco. ¿A qué se debió la elección de “Avalancha” y todo lo que rodeó a su proceso de gestación, posterior presentación y abrupto final de la aventura de la banda? 

Carlos: Principalmente porque “Avalancha” (el disco) cumplía treinta años en 2025 y porque es mi disco preferido de Héroes del Silencio. Y porque siempre que se hablaba de la historia de Héroes, nunca se trataba “Avalancha” desde el punto de vista técnico, sino desde la perspectiva personal de cada miembro con respecto a los conflictos internos que había en la banda. Aunque en mi libro toco ese asunto, claro está, también quise abarcar las maquetas de Benasque como germen hasta el resultado final. Por ejemplo, explicar cómo de una canción salieron dos, como es el caso de “Babel” y “La chispa adecuada”. O que Pedro Andreu me contara cómo tocó la batería en 'Iberia sumergida' o de dónde salió “Derivas”, la introducción del álbum. Me gusta mucho el estudio y las labores de producción, y la verdad es que disfruté muchísimo escribiendo esta biografía oral cuando me sumergía en el sonido, hablando con Bunbury, Juan Valdivia o Andrew Jackson, por ejemplo. 


Estamos ante un trabajo de creación complicada, donde la banda comienza a notar el roce de los años de convivencia, el peso de las giras internacionales y la falta de una estructura más “profesional” y organizada alrededor de la banda, algo que reflejas muy bien. ¿Crees que la ausencia de visión internacional en nuestro rock por aquellos días, donde los zaragozanos eran una excepción pasó demasiada factura a la banda? 

Carlos: No creo. Héroes del Silencio tenían (como grupo) una visión bastante amplia con respecto a este asunto. Es posible que otras bandas españolas no tuvieran esa ambición o sus prioridades podían ser distintas a las que había entre los miembros de Héroes del Silencio. Tu visión de las cosas es muy diferente dependiendo de la edad que tengas y lo que estés viviendo en ese momento concreto (hablé de esto con Bunbury hace unas semanas durante una conversación informal). Por otra parte, hubo factores que también ayudaron a esa erosión entre los componentes del grupo, como la agotadora gira de “El espíritu del vino”, la muerte de Martín Druille, grabación en Los Ángeles con un productor como Bob Ezrin, un nuevo contrato discográfico, otras inquietudes... Y si además las relaciones no estaban en su mejor momento, pues aguanta tú una gira tan extensa, sobre todo si tenemos en cuenta que después de la famosa reunión de México tuvieron que hacer unos ochenta conciertos más. Eso es durísimo.

Hagamos una más directa. ¿Te parece “Avalancha” el mejor trabajo de Héroes? ¿O por el contrario hay otro/s de su trayectoria que te llegue/n más profundamente? 

Carlos: Sin duda, para mí “Avalancha” es el mejor trabajo de Héroes por varias razones: sonido más “americano”, madurez compositiva, actitud, giras... Tuve épocas, cuando era más joven, en las que me enganché a “El espíritu del vino” o a “Senderos de traición”, pero eran más bien canciones sueltas las que me llamaban, como “La sirena varada”, “Bendecida”, “Tumbas de sal”, “Culpable”, “Malas intenciones”, “Senda”, “Maldito duende”... En cambio, soy capaz de escuchar entero el disco “Avalancha” y después las maquetas de Benasque (“Virus”, “Babel”...). Pero, como te digo, es mi gusto. 

Si te soy sincero, siendo un gran trabajo como es, “Avalancha” nunca ha sido mi trabajo favorito de Héroes del Silencio, creo que contiene grandes canciones, pero la producción de Bob Ezrin, muy apoyada en Andrew Jackson, y el tipo de rock más duro que llevan a cabo hace perder los matices de esos arpegios tan bonitos e imaginativo que hacía Juan Valdivia, algo que Enrique Bunbury resumió en alguna ocasión diciendo que “se les veía más el plumero”. ¿Compartes mi percepción? 

Carlos: Bueno, puede ser porque habían grabado dos discos anteriores con Phil Manzanera (“Senderos de traición' y 'El espíritu del vino”), que les dejaba “meter mano”, no así Bob Ezrin aunque Andrew Jackson era más flexible. Supongo que irían por ahí los tiros. Phil, a lo mejor, permitía un tipo de sonidos o punteos que Bob desechaba o matizaba. Pero es algo que sucede siempre que un grupo cambia de productor. En el caso de Héroes del Silencio, y como venimos hablando, tenían una ambición mayor en comparación con otros grupos españoles, y eso hace que te pongas el listón muy alto, como se cuenta en el capítulo “To play”, donde Alan y Juan son más protagonistas. Mientras que Alan disfrutaba, Juan sufría porque, claro, estaba ante el productor de Pink Floyd. 

¿Cuál es tu canción/canciones favoritas de toda la colección y por qué? 

Carlos: De “Avalancha”, si tengo que seleccionar varias (una me resulta imposible), me quedo con “Iberia sumergida”, “Avalancha”, “En brazos de la fiebre” y sobre todo “La espuma de Venus”, que me parece una canción preciosa y muy poderosa. 

¿Crees que Héroes merecían haber tenido un primer cierre más amistoso y menos convulso a nivel interno? 

Carlos: Si lo merecían o no, es algo que se me escapa, porque son temas personales de cada uno y ahí no entro. Lo que sí te puedo decir es que merecían una gira por Japón, como así estaba previsto. 

Cierras el libro con la eterna “pregunta” sobre si habrá un último capítulo de Héroes juntos, ya sea en una última gira, retomando la de 2007, o con la posibilidad de un nuevo trabajo, posibilidad de la que hablaron Juan Valdivia y Pedro Andreu. ¿Piensas que es algo factible, posible o solamente producto de un sueño para fans? 

Carlos: Para que Héroes del Silencio vuelvan, tienen que estar todos, incluido Alan. Y si falta alguno de los cuatro miembros originales y hay disco nuevo, para mí ya no serían Héroes del Silencio. Si es factible o posible... Solo ellos lo sabrán. De momento creo que es un sueño para fans. Ya veremos qué pasa en el futuro, pero a día de hoy no lo veo muy claro, la verdad. ¡Ojalá se reúnan, ojo! Pero, ya te digo, me parece que ahora mismo es un sueño. 

Hablando de fans. ¿Crees que los fans de Héroes son los más fieles e irreductibles que ha habido y habrá? 

Carlos:
Son muy apasionados y algunos hacen y dicen cosas que no comparto, como rechazar sistemáticamente lo que hace Enrique porque “eso no es Héroes”. Pues claro que no es Héroes, porque Enrique tiene una carrera cuyos discos, en número, superan a los de Héroes del Silencio. También creo que en España estamos poco acostumbrados a que el cantante o el guitarrista de una banda haga una carrera paralela en solitario. No sé... Nos tomamos a la tremenda demasiadas cosas. Solo es arte, música... Si te gusta, bien. Y si no, pues también. 

Pensando en esos fans que ya saben todo o casi todo sobre Héroes del Silencio. ¿Qué crees que les gustará más saber y que quizás no sepan al leer el libro? 

Carlos: El fan instruido de Héroes del Silencio sabe más que los propios músicos. Cuando empecé a hacer las entrevistas del libro, pensé que poco iba a aportar a lo que ya sabía el fan, así que lo llevé también por ese lado técnico del que te hablaba antes, que es un tanto desconocido. También quise homenajear a los seguidores, hablando con los que estuvieron en las giras del 95 y del 96, porque sus vivencias eran clave para entender cómo eran Héroes del Silencio en directo, algo que detalla muy bien José Luis de Las Líneas del Kaos.

“Nunca habrá una banda como Gabinete Caligari”

Vamos cambiar de tercio, nunca mejor dicho, para hablar de “Cómo Perdimos Madrid: Gabinete Caligari”. Ya sabes que son mi banda favorita del rock and roll español, así que seré franco. ¿Crees que algún día habrá una banda con tanto estilo, personalidad y unas letras tan brillantes como ellos? 

Carlos: No, jamás. Pero básicamente porque no habrá nadie como tú, como yo o como cualquiera. Somos diferentes, tenemos personalidades distintas, y eso nos hace únicos. Respecto a Gabinete Caligari, ya dentro de los términos musicales, puede haber bandas que se parezcan, pero no habrá nunca una como Gabinete, posiblemente porque su actitud y sus letras en la actualidad no estarían bien vistas, por muy brillantes que sean. Esto es algo que hablé con el Loco (Loquillo) hace poco, por cierto. 

¿Crees que hoy en día su música ha dejado estela rastreable en otras bandas jóvenes que estén teniendo éxito? 

Carlos: Indudablemente. Salvando las distancias, pienso en Alcalá Norte, Corizonas, Triángulo de Amor Bizarro... Aunque la música no es la misma, la actitud es muy similar en ciertos momentos. 

Tampoco queremos dejar de lado la posibilidad de que nos hables un poco sobre la vida y milagros de Paco Clavel. Confieso que me sorprendió verte vinculado a su nombre, no por nada en concreto, pero no lo vi venir. ¿Cómo surgió la oportunidad? ¿Qué has descubierto al lanzarte a conocer su trayectoria vital?

Carlos: Había entrevistado a Paquito Clavel varias veces y nos llevamos muy bien. Creo que fue en 2021 o así, cuando después de otra entrevista, surgió la posibilidad de escribir el libro. Fue medio en broma, pero me puse a ello. Lo que he descubierto es la persona y el basto conocimiento que tiene de la música, sobre todo folclore y rarezas. Mientras escribía el libro, me sumergí en sus programas de radio y podcast y me quedaba muy sorprendido de todo lo que él conocía. ¡Y no hablemos ya de cine! Aquí es importante destacar la figura de Juan Sánchez, con quien ha grabado estos programas o ciclos sobre cine. 

“De Jorge Martínez y Robe quedan sus obras, que es lo que nadie nos podrá arrebatar” 

No podemos continuar la entrevista sin hablar de las pérdidas recientes que hemos sufrido en nuestro rock, evidentemente me refiero a las muertes de Robe Iniesta y en especial de Jorge Martínez, a quien sabemos te unía una especial relación, toda vez que uno de tus anteriores libros, “Conversaciones Ilegales”, giraba en torno a las aventuras de Jorge al frente de la banda. ¿Cómo has conseguido mitigar el dolor de su pérdida? ¿Qué hemos perdido con ambas muertes? 

Carlos: Todavía estoy asimilándolo. Sabía más o menos cuál era su estado de salud y amigos comunes me mantuvieron informado, más cuando su muerte era inminente, algo que me pilló en Andalucía rodando. De hecho, escribí su obituario para El Confidencial en la furgoneta de producción, de camino al aeropuerto de Sevilla. Rematé el texto esperando mi vuelo. Estaba en shock, como aislado mentalmente. No podía ser, Jorge no podía morir, era imposible, como el fallecimiento de Robe, que me pilló en Madrid. Eran las tres y media de la mañana cuando lo supe. Me llegó un correo electrónico de su oficina y para confirmarlo escribí un WhatsApp a su equipo. Y en efecto, Robe había muerto. ¿¿Cómo?? ¿¿En serio?? Pues sí, sucedió. Hemos perdido mucha actitud, pero quedan sus obras, que es lo que nadie nos podrá arrebatar. 

“De Jorge me quedo con su generosidad, actitud y humor” 

Y, sobre todo, ¿cuál es el principal valor que observas en el inmenso legado que nos ha dejado nuestro macarra favorito? 

Carlos: La generosidad. Jorge era un tipo muy generoso y una grandísima persona que se preocupaba por los que estaban a su alrededor. Además de su humor y la manera que tenía de encarar la vida. Generosidad, actitud y humor. Es lo que observo en el inmenso legado que nos ha dejado Jorjón. 

“Arde Bogotá son unos tipos con mucha coherencia” 

¿Qué bandas del panorama actual crees que estás haciendo la cosas con la suficiente coherencia como para ser en el futuro objeto de algún libro que recoja sus andas y el repaso de sus discos con la perspectiva que da el tiempo? 

Carlos: Arde Bogotá. Por cuestiones laborales he pasado unos pocos días con ellos y me han encantado como personas (musicalmente ya los conocía). Me parecen unos tipos con mucha coherencia, con las cosas muy claras, que saben lo que no quieren. Espero con muchas ganas el siguiente álbum que están grabando en Los Ángeles. No obstante, es un poco pronto para escribir un libro que recoja sus andanzas. Pero me encantaría escribirlo. 

Eres periodista, escritor y amante de la música, tres sectores complicados que no están pasando por su mejor momento, pese a que el consumo de noticias y escuchas es amplio. ¿Crees que la profesión sigue teniendo sentido? ¿Eres un romántico o un loco que ha conseguido ir viviendo de esto a base de trabajo y buena reputación? 

Carlos: Sí, creo que la profesión sigue teniendo sentido. Otra cosa es que ahora sea mucho más complicado que cuando empecé hace veinte años. Pero sí, para mí al menos sigue teniendo sentido. Y supongo que para los chavales que quieren dedicarse a esto. Hay que trabajar muchísimo y perseverar, pero tampoco es garantía de nada, porque no solo el trabajo es el factor principal, sino la suerte, los contactos y todo eso que se nos escapa y que no dependen de nosotros. Nadie dijo que fuera fácil. Entre romántico y loco, si tengo que elegir, me considero un romántico por cómo veo el oficio, pero a ratos pienso que estoy loco por seguir con ello. Pero me encanta, vivo de ello, y no pienso tirar por tierra dos décadas de trabajo. Ya veremos cómo avanzan las cosas... 

Hablamos del presente literario que tienes entre manos, pero ya sabes que es inevitable empezar a pensar en la siguiente página. ¿Qué estás tramando? ¿Qué próximas aventuras tienes entre manos? 

Carlos: Afortunadamente tengo varias cosas entre manos, entre ellas una segunda entrega de “A un gancho de la gloria” (boxeo), la emisión de una docu-serie, más entrevistas y reportajes y otros libros que estoy preparando. La salida de uno de ellos es inminente. Stay tunned!!

Los Nikis de la Pradera: "Llorica"


Por: Txema Mañeru. 

Eran unos putos cracks y la clavaban cuando hacían letras para su espíritu punk con Los Nikis, y lo siguen siendo ahora como Los Nikis De La Pradera, por un lado más country-hillbilly, aunque con inevitables destellos punk, sobre todo en sus poderosas letras. Otros músicos participantes en el proyecto provienen de Los Vegetales, Ataque de Caspa y, ahora, hasta de Los Ronaldos. Mauro Canut sigue en la voz principal y es quien más colabora en las divertidas composiciones con Joaquín Rodríguez (Los Nikis).

Magnífico arranque con el primer single de adelanto con"'Llorica" y su precioso videoclip. Chulas voces doo-wop y guitarras con ecos surf a lo Chris Isaak y hasta tonos countrybilly en la cuidada melodía. ¡Y vaya letra, de nuevo! Además, el single tiene portada propia que es un divertido homenaje a uno de los más famosos de los Beatles que, por supuesto, son protagonistas, entre otros, de la divertida letra. Normal que sea también el tema que abre el disco. Pero la bomba y mucho más, ha sido con el segundo y brutal adelanto titulado "Anabolizantes, Tinder y Soledad", que ellos definen, con su agudeza habitual, como la trinidad moderna que resume la espiritualidad del individuo del siglo XXI. ¡Espiritualidad total, añado yo, qué espiritualidad! ("Crisis, What Crisis?"). Melodía country chulísima a lo George Jones o, incluso, Kenny Rogers, y una suma de sentadillas que es una gozada con un estribillo lleno de preciosos coros como tanto les gusta a los de Mauro Canut y Joaquín Rodríguez que son los que suelen compartir voces y cuidados coros ya citados. Por si fuera poco, ahora han sumado a la batería, para los directos y para el futuro, al gran Ricardo Moreno (Los Ronaldos), lo que les da más fuerza aún. El disco lo presentarán el día 13 de febrero en la Sala Villanos de Madrid y a ver si se deciden a girar porque sería una delicia oír esta mandanga y ver a estos locos sobre un escenario.

Pero es que son un total de 16 nuevos temas con mucho para gozar musicalmente y también con esas especiales letras con mucho humor. Siguen bien con "Poco a Poco Voy Sabiendo Más De Ti", con aires más serios que los de la desternillante "Alexa". Una "Alexa" con la letra más extensa del disco y de las más divertidas. Le pide que le ponga música de Los Nikis de la Pradera, pero también la acusan de celosa y acusica, porque parece que hasta cuenta infidelidades para acabar diciendo que su nombre no es Alexa, sino Lucifer. Se saben peligrosos y nos lo cantan en "El Peligro Soy Yo", aunque luego nos hacen saber que "La Situación Está Bajo Control" en la que nos avisan que los delitos financieros tardan mucho en prescribir. "El Peso De La Conversación" es la perfecta narración de una de esas citas a ciegas tan en boga en los últimos tiempos. En este tema cuentan con la voz de Sara Canut y los arreglos de Javi Peña. Se reconocen tristes y caducos en "Fade To Grey" ("Me He Vuelto Gris"). Sí, es la sorprendente, y única versión del LP, del temazo techno-pop de Visage en el que nos hablan de la MTV y de esos sintetizadores tan de la época. Es es justo antes de cerrar la cara A con otra divertida aventura en "Perdieron Mi Maleta".

La cara B la abren con su canto para "Rosalyn". Otro sano cachondeo para recordar la (falsa) afición country a Nashville, Tennessee y al Huercasa Festival. En su recado a la odiosa "La Directora de R.R.H.H" se acuerdan en su letra de su clásico "Ernesto", de cuando comenzaban con Los Nikis. Tras el ya comentado single, "Anabolizantes, Tinder y Soledad", llega otra explosión con "Armagedón", por la que pasan Miguel Bose, El Papa Clemente, Satán y (otra vez) Lucifer. No tienen reparos tampoco en criticar a los horteras de bolera en la canción del mismo nombre, en la que viajan hasta a Benidorm. La otra estupenda colaboración ajena es la de Adolfo Díaz (Airbag), quien pone su voz en la divertida historia de "Me Pregunto Qué Hago Aquí", hecha a su medida, y hablando sobre él y sobre su grupo super punki de Estepona. Un interludio antes de encaminarse al cine americano retratando a "‘Un Tipo Solitario En Un Bar". 

Como son optimistas y hasta tienen buena suerte acaban el disco con "Mi Maleta Apareció", para congratularse tras haberla perdido en el cierra de la cara A. Eso sí, nos dejan con la duda de saber lo qué hay dentro de ella ¡Siguen siendo unos putos cracks y ojalá se dejen ver por bastantes más escenarios!

091: “Espejismo nº 9”


Por: Kepa Arbizu.

El ejercicio de resurrección oficiado por 091 hace una década, al margen de significar revertir su defunción artística fechada en 1996, supuso para varias generaciones poder conjugar por primera vez en presente lo que hasta ese momento había sido uno de los episodios más glorioso del rock hecho en castellano. Un relato histórico, inevitablemente extendido a través del legado simbólico depositado en las carreras en solitario de José Ignacio Lapido y José Antonio García, que por fortuna ha tomado corporeidad en una segunda existencia que, lejos de resultar un forzado renacimiento mecido exclusivamente por los hilos de la nostalgia, oposita con claridad ha añadir más valía a su biografía musical. Un proceso de reaparición tomado con la calma que se merece ese esmero por hermanar su firma a un contenido de alta calidad, el que ya alimentó a sus dos trabajos predecesores (“Maniobra de resurrección” y “La otra vida”) y que ahora vuelve a ser convocado para un nuevo álbum, “Espejismo nº 9”, que ya desde su título, encargado de contabilizar el capítulo por el que transita su recorrido conjunto, es una celebración de la incertidumbre colectiva, pero también del domicilio fijo ocupado por la banda en ese oasis donde guitarras y palabras traducen con clarividencia el vértigo que produce eso a lo que llamamos vivir.

Como en toda familia, y la banda lo es en el sentido estricto y metafórico, el paso de los años acaba por transformar su morfología, y en este caso, el álbum de fotos con que se ilustra a los artífices del milagro carece de la figura de Víctor Lapido, lo que deriva en que todas las guitarras de este trabajo hayan sido registradas por su hermano, que en calidad de letrista y compositor primordial adopta un papel protagonista que, por otro lado, nunca ha ocultado. Pero más allá de ese fuerte influjo que no se puede obviar en el disco, la banda contiene los suficientes ingredientes identificativos, desde las bases rítmicas encomendadas a la destreza de Tacho González y Jacinto Ríos, a por supuesto la presencia de “Pitos”, quien encarna a la perfección el papel de cantante que por encima de todo es portavoz de un sentimiento grupal, como para ser conscientes de que su ADN particular está por encima, o al menos a salvo, de coyunturas específicas. Una salvaguarda del RH propio también en manos de otro fraternal aliado, Raúl Bernal, encargado no solo de la producción, sino de agitar sus dedos sobre los teclados para otorgarles el don del habla. Un diálogo entre lujosos elementos que propicia este nuevo retrato de un elegante paisaje en llamas. 

Alegorías visuales entonadas ya desde la propia portada, autoría de Miguel Navia. Una original ilustración, también para lo que significa el imaginario habitual del grupo, que absorbe la naturaleza del cómic crepuscular y la iconografía mitológica. Una superposición de planos que emergen durante el sueño de las ciudades, ese instante -representado por Baudelaire como un baño de tinieblas- donde se desintegran las fronteras dictadas por la luz y se pueden escuchar con más nitidez aquellos lamentos que el amanecer se encargará de convertir en mustios vocablos listos para la mueca rutinaria. Es en ese espacio simbólico, cuando los vigías bajan la guardia y se desvanecen las leyes de la lógica impuesta, donde moran estas canciones, atrayendo hacia sí como idioma troncal ese pensamiento difuso que sin embargo es capaz de desvelar con exactitud el epicentro de la tormenta.

Bajo el propósito de introducir las coordenadas habitadas por este disco, su comienzo (“Algo parecido a un sueño”) se sirve de un rock melancólico pero luminoso para sembrar un territorio sonoro, común a lo largo de la extensión del álbum, de orgánica y sobria condición, sucumbiendo así a cualquier posible fecha de caducidad para convertirse en materia atemporal. Una configuración, espoleada por la épica de su estribillo, en la que cada elemento es capaz de asumir una fuerte cota de protagonismo con el fin último de aglutinarse en un destino común. Horizonte, teñido de un resacoso insomnio en el que cuesta dilucidar la realidad de la ficción, que al mismo tiempo ejerce de esqueleto reflexivo universal y de lo que parece una intrahistoria respecto a la actitud asumida por la propia banda, representantes de ese “refugio entre el incendio”. Una guarida desde la que asoman absolutamente reconocibles bajo esa característica idiosincrasia de impetuoso dibujo melódico adoptado por “Una revelación”, una de esas composiciones impregnadas de la rúbrica forjada históricamente por 091, quienes nos ofrecen su singlar ración de panes y peces a cambio de bailar sobre el alambre.

No por (re)conocida la majestuosa lírica que adorna la escritura de Lapido, desplegada con un trazo existencialista no exento de irónico desgarro, deben de obviarse las alabanzas a una imperecedera floración que exhibe su faceta más crepuscularmente romántica, apoyada por una fisonomía musical que sustenta esa expresión, en “Ven vestida de nube”, otro dietario de dolores con marchamo de remedios. Tonalidades relajadas siempre habituales, y destacadas, en el repertorio de los granadinos que aquí tienen su emocionante cota de visibilidad en “Piezas de desguace”, diseñada bajo una preciosa introducción acústica para presentarse una vez más como narradores instalados en el “ojo del huracán”, o en el intenso medio tiempo, acompañados de los precisos y sutiles teclados, de “No tiene sentido escapar”. Demostraciones de que la tempestad es también un lenguaje que rima a la perfección con la sensibilidad.

Pero si hay un territorio propicio para encarnar ese estado borroso de duermevela, ese es el de la perturbación, que en el caso musical se manifiesta convenientemente al amparo del rugir eléctrico. Una condición consustancial también a la personalidad de la banda, dispuesta a no desprenderse de un afilado colmillo punk gracias a “Nadie quiere oír tu llanto”, un glosario de personajes golpeados por un abatimiento cotidiano que sin embargo es digna sustancia para ser contada. Impetuosas ráfagas de riffs que alumbran “Los cantes de la sinrazón” y que mutan en un crudo blues, entonado con voz rasgada y teclados humeantes, que hace de “Dormir con un ojo abierto” representación de la vigilia como herramienta de autodefensa. 

De “Espejismo nº 9” no se despierta, como demuestra que su colofón, “Puede que el tiempo”, suponga la pieza más explícitamente psicodélica, certificando que, como dejó ilustrado Calderón de la Barca en aquellas líneas que rezaban “todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende”, esta somnolencia no se trata de una fase circunstancial, sino una condición innata al ser humano. De este modo, 091 alarga, con un disco magnífico además de poseedor de unos rasgos distintivos muy especiales, una historia enunciada desde ese particular y distinguido oasis creativo. Un enclave desde el que imparten otra lección sobre cómo convertir la duda en arte y el lamento en una ofrenda lírica.

Los Lobos, cincuenta años aullando


Sala Wagon, Madrid. Viernes, 6 de febrero del 2026. 

Texto y fotografías: Begoña Serralvo. 

Salvajes, directos y con ganas de fiesta. Hacía eones que no venían a España, y Los Lobos lo compensaron con creces, como quien se reencuentra con un viejo amigo que hace tiempo que no ve: lo dieron todo. Lo de aquella noche no fue un simple concierto; fue una oportunidad para reencontrarse con una historia sonora compartida, con ritmos blues, norteños, rockeros, tradicionales... en definitiva , relatos que han acompañado a varias generaciones.

Los de L.A consiguieron extasiar a un público que, desde los primeros acordes de “La venganza de los pelados”, ya estaba cien por cien entregado. La audiencia era de lo más variopinta, desde el traje de ejecutivo hasta los casi inexistentes ya chalecos vaqueros. Con "Love Special Delivery", "Angel Dance" y "Chuco2s Cumbia" se notaba cómo cada guitarra, cada saxofón y cada percusión contaba historias de barrio, carretera y corazón y mismo da que fueras en mocasines o en botas de chúpame la punta. "Maricela", "Down in the Riverbed" y "Will the Wolf Survive" mantuvieron ese pulso íntimo y potente, mezclando nostalgia y fuerza, mientras "Native Sons", su trabajo más reciente, sobrevolaba el concierto como un guiño a Los Ángeles y a toda la música que los formó, mostrando que la banda sigue viva, curiosa y creativa.

Entre los momentos que quedaron grabados en la noche, la interpretación de “Carabina 30-30” se llevó todos los aplausos y vítores, con su "dedicatoria" irónica a Donald Trump. "Kiko And the Lavender Moon" y "Volver, volver" encendieron aún más a la sala, y "La Bamba" —llegada ya en los bises— reafirmó que lo colectivo y lo festivo son parte inseparable del ritual del directo.

Se echó de menos alguna balada de los años cincuenta como "What in the World", pero el repertorio de Los Lobos es tan amplio y diverso que nunca tocan el mismo setlist dos noches seguidas. También faltaron "Anselma" —Rosas dijo que no recordaba la letra— y "La Pistola y el Corazón", piezas más delicadas del cancionero clásico. 

Pero, quizá lo más relevante, no es qué canciones se tocan, sino cómo esas canciones se sitúan en la experiencia del oyente. Nada de artificios: todo directo, con oficio, respeto y emoción que traspasa generaciones. En un mundo donde todo parece moda fugaz, Los Lobos siguen siendo ese refugio sonoro que no necesita levantar la voz para hacerse escuchar. Cincuenta años después, el lobo sigue aullando y lo hace con más alma que nunca. Únicos en su especie.

Quique González reabre viejas y nuevas heridas en el Teatro Circo Price


Teatro Circo Price; Madrid. Sábado, 7 de febrero del 2026. 

Texto y fotografías: Guillermo García Domingo. 

Dedicado a Sandra y a Ángel; y a Elvis, fiel compañero. 

En Madrid, y en el resto de España, hace días que llueve sobre mojado. Quique González, sin embargo, nunca llueve sobre mojado, aunque actúe dos noches consecutivas en este teatro tan propicio a la música. Muy al contrario, sus conciertos han supuesto una de las citas álgidas del Inverfest, que todavía no ha concluido. El repertorio fue alterado por el cantante madrileño respecto al primer concierto. Lo que denota que, uno, tiene canciones de sobra entre las que elegir, dos, que estas canciones no caducan por mucho tiempo que haya transcurrido desde su composición; tres, que tiene una fe ciega en los músicos de los que se ha rodeado desde hace unos años, y que le acompañan en esta gira intensa y ambiciosa, casi dos fechas por semana, que va a ser decisiva en la carrera de este músico irrepetible.

Para averiguar la importancia de un concierto es necesario fijarse en lo que reflejan los ojos de los asistentes. A mi lado, a lo largo de toda la velada, permaneció conteniendo la respiración una pareja de personas, entradas en años. Parecíamos, yo también, feligreses que estábamos presenciando una ceremonia en una iglesia, en lugar de estar en un concierto de rock. En algunas canciones su mirada brilló especialmente. Quique ha sacralizado el oficio de hacer música de tal forma que despierta este sentimiento reverencial en los aficionados. No solamente se trata de la soberbia actitud de demuestra, es el resultado del empeño por ofrecer un sonido excelso a través de la relación de amor y admiración que ha establecido con sus músicos y estos, a su vez, con sus respectivos instrumentos. La convulsa grabación de “1973” así lo pone de manifiesto: Quique tuvo que elegir entre uno de los ingenieros y productores más reputados de Norteamérica y sus músicos, y eligió, sin dudarlo, a estos últimos.

La actitud de mis compañeros de asiento fue la tónica general que mantuvo el respetable en el concierto, salvo la desinhibida reacción que provocaron los últimos temas, me refiero a “Vidas cruzadas”, “Kamikazes enamorados” y “Pequeño Rock and Roll” y “Charo” (acompañado de María Ovelar, la madre de Nina de Juan, el cantante grabó la canción original). La propia María Ovelar, Araceli Lavado y Maisa Hens enaltecieron “Preguntas sencillas”, en la que Jacob Reguilón, cambió el bajo por el contrabajo y Quique se atrevió con la armónica. El mismo coro en versión gospel se adueñó de “Pequeño rock and roll”, con el permiso de Quique, que, sin la guitarra, se agarró al micrófono con una autenticidad inconmensurable, mientras los dedos de Bernal no daban abasto, y Toni Brunet sacaba partido al pedal wah-wah de su guitarra. Y para que no falte ninguno es de recibo reconocer el sempiterno buen hacer de Karlos Arancegui a la batería.

Quique González recibe este tipo de respuesta de parte de los aficionados porque es un músico verdadero, que es tomado muy en serio, habida cuenta del respeto que él mismo manifiesta por la música y los que la protagonizan, los músicos, por los que siente veneración, empezando por su veterana banda. En este concierto en particular dedicó “Santos” de “1973”, a otros santos de su devoción, Robe y Jorge Ilegal, por motivos que nadie ignora. Es imposible llevar la cuenta de las veces que Quique agradeció a su equipo lo que hacen, incluidos los técnicos y todas las personas que hacen posible que suceda un milagro cada noche sobre el escenario.

Justo antes de uno de los momentos más gloriosos del concierto, tal vez el mejor, la interpretación de “Oro líquido”, Quique nos aconsejó que tuviéramos cuidado con la cantante que tenía a bien presentarnos, Guada (de Buenos Aires) podía hacernos daño. No estábamos preparados para esa voz y “la luz impresionante” con la que Quique y Guada nos abrazaron a cada uno de los asistentes, “pura compasión en el aire” que atesoraremos como un tesoro “líquido” en nuestra memoria. Este concierto nos hizo aún más daño que otros, abrió las heridas con las que cada uno acudía a esta cita anual con el cantante. Quique, en realidad, ha sido peligroso desde la primera canción que compuso; canciones de hace dos décadas siguen siendo definitivas si te cogen con la guardia baja. “Salitre”, junto al cantautor jerezano Alberto Alcalá, “Miss camiseta mojada”, “Avería y redención” del álbum homónimo, o “Se estrechan en el corazón” (“Me matas si me necesitas”) son inagotables, el tiempo no las erosiona en absoluto. 

Con el paso de los años y las experiencias acumuladas, Quique ha llegado a ser un consumado maestro a la hora de detener el tiempo en sus canciones, de ahí que el público contuviera la respiración. El silencio entre las notas es decisivo, ocurren sucesos importantes entre las notas, controla a su antojo la “manivela” que hace que las canciones se demoren, si la canción lo necesita. Por esta razón, junto a “Oro líquido”, destacó otra canción de su último trabajo, “De verdad lo siento”, (que compartió, ante la ausencia de Gorka Urbizu, con el guitarrista Toni Brunet). Las canciones del nuevo disco se ganaron el respeto en directo desde el inicio del espectáculo gracias a los tres poderosos aldabonazos con los que nos despertó: “Terciopelo azul”, “La caja de herramientas” y “Flashes”. Sobre todo, la primera, que se caracteriza por esos truenos, que electrizan el paisaje de la canción, y que no son sino las sucesivas percusiones sobre el teclado de Raúl Bernal. En general, en todas las canciones del show el papel del murciano (afincado en Granada) resultó crucial, ya sea en su función de pianista, organista (por el hammond), o acordeonista, incluso. Ya conocemos de lo que es capaz Raúl Bernal, hace muy pocos días reseñamos su último disco, de modo que no nos sorprendió que con su voz siguiera el “hilo de cristales rotos” que aparece en “Descosiendo un milagro”. Si Raymond Chandler hubiera visitado Cabo de Gata y el bar de Joe, habría escrito una canción como ésta, y le habría gustado que su banda sonora fuera justamente la que nosotros tuvimos la suerte de escuchar. Pero no es Chandler sino un tal Enrique González su autor. La misma atmósfera turbia, como si el telón azul detrás del escenario, una perturbadora tela de “blue velvet”, nos envolviera a los 1.700 asistentes, se adueñó del escenario a propósito de “Clase media”, y se prolongó con la recreación de “La fábrica”, que contiene frases dignas del maestro de la novela negra.

Una sola nota de Raúl Bernal consigue cambiar la suerte de “Lo perdiste en casa”, de “Sur en el valle”, que Quique y su banda han remozado y, a mi juicio, fue una de las mejores sorpresas de la noche madrileña. También tocaron al galope, transformada, Coleccionistas, con notable éxito. “Avión en tierra” tampoco parecía la misma, tan vibrante con todas las guitarras de nuevo “galopando”. ¿Querrá el bardo madrileño emular al bardo de Minnesota y renovar como hace éste continuamente a sus “criaturas”? 

Ya se verá lo que ocurre en el futuro, el talento de Quique nos sorprenderá al girar en cualquier esquina. De momento, no vislumbramos ningún artista que haya interiorizado la herencia norteamericana como él lo ha hecho. González empieza a ser, no a parecerse, a los ídolos a los que tanto admira. Muchos pensamos que ya se ha convertido en uno de ellos. Consulta si este roquero pasa por tu ciudad, no pierdas la ocasión de verlo junto a su banda de forajidos.