Eskorbuto y sus crisis de los 40


Por: Juan Pardo. 

En septiembre de 1985 tuvo lugar el I Festival de Vídeo Musical de Vitoria Gasteiz, organizado por la productora Ikusager y el ayuntamiento de la capital alavesa. Los ganadores fueron Eskorbuto con su clip de la canción “Antes en las guerras”, realizado por Creativídeo. El certamen estuvo marcado por el contexto de eclosión del Rock Radical Vasco. La mayoría de propuestas iban de la mano de dicha escena. La Polla Records presentó una recreación animada del “Txus”, dirigida por Juan José Narbona; los Cicatriz se apuntaron al cine quinqui con la misma naturalidad que destilaba su “Esto saldrá bien”. Por allí también pasaron Kortatu, que se llevaron el galardón de la categoría de vídeos en euskera por el “Sarri Sarri” filmado por la gente de Tipula Beltza. Se da la circunstancia de que dichos premios a combos tan peleones fueron otorgados por un jurado en el que figuraban Paloma Chamorro, Diego Manrique o Poch, caras visibles de otra escena coetánea, la Movida madrileña, contra la que el RRV había nacido sulfuroso. Ya lo ven, juntos y revueltos en la revuelta. Lo decía el propio Iosu de Eskorbuto: “Madrid nos encanta. La ciudad que más nos gusta. Y no es broma”.

Cuarenta años después, muchos más de los que vivieron Iosu y su compinche Jualma, Munster Records ha colgado en su portal de youtube un “making of” del vídeo premiado. Es una pieza breve, poco más de diez minutos, pero con una calidad de imagen y sonido a la que no estamos acostumbrados la parroquia de eskorbutines. Más allá de las tomas falsas de rigor, búsqueda del escupitajo a cámara perfecto incluido, el cosquilleo lo aportan pintas y lugares de una época tan pretérita que la memoria suele dorarle el gris. Ana Murugarren y Joaquín Trincado, la pareja al frente de Creativídeo, vieron en el trío vizcaíno algo tan genuino de su tiempo que no dudaron en entrarles y retratarles cámara al hombro. Acercarse a Eskorbuto era arriesgado, tanto por lo intempestivo de su carácter como por la constante sensación de peligro. Un entorno jodido, personas y lugares, cuya menor preocupación era la salud, menos aún la ajena. La Margen Izquierda, depauperada ribera del Nervión donde asomaban Santurtzi, Barakaldo, Portugalete y Sestao. Y Trápaga, Ortuella o Gallarta, lindante zona minera depresiva y deprimida. Nidos de asalvajados y punks del Gran Bilbao a los que Eskorbuto ya intentó hacer desfilar en su día para un clip del tema “Soldados”, idea finalmente abortada.

“Antes en las guerras” casi quedó también en el limbo. Al menos la idea inicial: una ópera punk sobre su detención en Madrid un par de años antes, aquella con la Ley Antiterrorista de fondo que desató a posteriori toda su cólera contra las Gestoras Pro Amnistía. Era la excusa perfecta para que viesen la luz “Maldito país” y otros temas causantes del suceso. El corsé de lo presupuestario redujo finalmente el proyecto al videoclip que conocemos. Guionizado, producido, montado y dirigido por Ana y Joaquín, filmado en un par de tardes de mayo con la ayuda de un Enrique Urbizu que así se preparaba para su propio gran salto. Vemos el lúgubre túnel de Arangoiti, la esquina de las calles Autonomía y Pablo de Alzola, Altamira. Jualma es el músico callejero ciego que en vez de monedas recibe desprecio de curiosos, interpretados por Gato, Imanol y otros amigos de la banda. Con un trágico final parejo al de Mariví Bilbao, madre del Iosu que regresa a casa licenciado de la Marina, con el traje prestado por Ángel Alesanco, ilustrador de aquel cómic con que la banda se salía de la ortodoxia de la publicación sonora. Y tragedia es la que suponemos que aguarda a Paco al echarse al monte dejando atrás tristeza y familia en el caserío. Todo en escasos dos minutos, minutaje propio de ese debut anfetamínico en largo llamado “Eskizofrenia”. 

ANTI TODO: PUNK Y VIOLENCIA 

Es una etapa que se aprestaban a dejar atrás. En noviembre entrarían a grabar esa obra cumbre del punk hispano llamada “Anti todo”. Munster Records también la ha recuperado cuatro décadas después, remasterizada con mimo. Un cuidado en la labor arqueológica que nada tiene que ver con el saqueo vulgar que sufría el cofre de los tesoros del grupo hasta hace no tanto. Quizá tenga que ver con que Paco, único superviviente, recuperase los derechos sobre las grabaciones tras un larguísimo batallar. Y asimismo que todas las publicaciones a las que da permiso vayan de la mano de sellos que respetan el legado por encima de la morbidez necrófila. Sobre este álbum ya está todo dicho: lo que dieron de sí las 25 horas de grabación y mezcla, las negociaciones con Discos Suicidas y el pelotazo de ventas, los bocadillos como exiguo equipaje a Donosti o las cartulinas para esbozar la icónica portada de Pablo Cabeza. El resultado fue una postal descarnada, nihilismo de calle, de suela gastada y tedio enfrentado con puño o aguja.

Alguno buscará en el plástico algo de redención para esos errores cometidos por lo apresurado de la producción, pero acercarse a “Anti todo” hoy no va de eso. La crisis de los 40 se afronta no señalando arrugas, sino el significado. Este disco es necesario para entender muchas cosas: manual mayúsculo del punk dentro de la música popular española, ilustración de una época y un lugar. No sólo por las andanzas del trío que lo gestó, sino como un retrato global. Ahí siguen la garganta lija, la guitarra ronroneante, el bajo dibujando sobre el martillo de la percusión. Pero también la oscuridad, la lluvia, el asfalto, el vómito, la muerte. Es testimonio de una juventud tan violentada como violenta, desvalida en toda su rudeza. Cicatrices, callos en la mano y en el brazo por lanzar piedras y envenenarse. Hoy en día permite reflexionar sobre el enfermizo imán del malditismo. La fascinación que sentimos por el Max Estrella de turno, desde nuestros sofás, va paralela a nuestra incapacidad para ver que tras cada verso hay un día de hambre, frío, urgencia, miseria o locura. El malditismo mola, menos para el maldito. Legados que a menudo no sobreviven por nuestra empatía, sino porque nos puede el morbo por la ruina ajena.

Tendemos a idealizar a los Quijotes ochenteros, los perros callejeros que un día eran el espejo de tu rebeldía y al siguiente merecían garrote por haberle dado el palo a tu abuela. Justamente, los Eskorbuto que conocieron Murugarren y Trincado fueron los de la fechoría constante. Por libre o como unos Zipi y Zape chungos o al frente de su propia cohorte. Era la peor turba de la Margen Izquierda, lumpen trallero desestructurado que acogía algunos elementos que con el tiempo protagonizarían páginas de sucesos al hilo de atracos a mano armada o violaciones. Por entonces simplemente se limitaban a ser los más malos del lugar: reventar bares, festis, vehículos o cabezas, apropiarse de lo ajeno, retar a quien se les cruzase ya fuesen gente de bien o el más tirado de los pies negros. Sobre el papel y en el recuerdo quedan bien esos relatos de marginalidad, igual que lucir hoy una tote con la cara del Pirri o tatuarse un baldeo. Pero las cosas no siempre acababan bien para una gente que empezaba a creerse que vivía en una especie de salvaje oeste a la bilbaina.

Como aquella madrugada tras un festi en Alsasua que empezó apalizando entre varios a Klaus, bajista de Vómito, para robarle el instrumento y la chaqueta de cuero. La defendió tan a la desesperada que recibió in situ alabanzas a su testiculina por los agresores, Iosu entre ellos. Éstos acabaron perseguidos por todo el pueblo por la tropa del agredido, que hizo huir incluso a la Guardia Civil que intentaba personarse en el lugar. El final pudo ser dramático: los eskorbutines, rodeados, se libraron de un linchamiento a cadenazos por la aparición en el último momento de otra patrulla de la benemérita. El instrumento robado fue devuelto a cambio de un “rehén” bilbaino, al que un punk canarión amenazaba con abrirle las tripas a navajazos si no se resolvía satisfactoriamente el asunto. Y muchos aún recuerdan la estampida de punks y costras desde Santutxu hasta el casco viejo de Bilbao, perseguidos por toda la macarrada del citado barrio. Docenas de jichos locales tirando tuercas y piedras para espantar crestas de colores, cargando después a bulto con palos cadenas y navajas. Una caza del punk en toda regla, fuese colega de Eskorbuto o no, que se saldó con decenas de heridos y un fallecido por arma blanca. Demasiados enemigos. De palabra o por desahogo violento o por obligarse a dar la talla ante su gente.

REGRESO AL IMPUESTO REVOLUCIONARIO 

La relación entre Eskorbuto y Creativideo no quedó ahí. Aquella tarde del 18 de octubre de 1986 en el instituto de Santurtzi había una cámara presente. Un hecho desconocido hasta hace relativamente poco tiempo. Sí, el concierto que derivó en “Impuesto revolucionario”, el doble elepé publicado por DRO que supuso la cúspide de su carrera, está grabado en vídeo. Una hora de imágenes, el directo casi íntegro. Permanecen en una cuarentena obligada por las complicaciones legales que siempre acompañaron al legado del trío. Hace algunos años, tras alguna proyección ante públicos reducidos, se filtraron a las redes fragmentos de “Os engañan”, “El fin” o “Anti todo”. Pero para la edición integral de este tesoro arqueológico habrá que esperar a que los titulares de los derechos, el sello DRO vía Warner y Paco Galán, den su visto bueno a formas, medios y compensaciones. Hay rumores en positivo, ahora que se acerca también ese aniversario redondo que nos ocupa. El pasado mes de octubre incluso se anunció una proyección en una galería de arte bilbaina, finalmente cancelada. La agitada crisis de los 40.

Resulta curiosa la gran expectativa que genera el que posiblemente sea el peor concierto jamás grabado de la historia del rock and roll en España. Pero no mentiría si dijese que soy uno de esos que espera el alumbramiento del vídeo como agua de mayo. Del sonido y las circunstancias de “Impuesto revolucionario” ya se ha contado todo: la guitarra chatarrera, los lapsus rítmicos, el frío ambiente, el subasteo del máster, el caos, los incidentes. Pero lo visto en las escasas muestras filtradas de la filmación merece la pena. Porque, al igual que con “Anti todo”, esto no va sólo de exabruptos sonoros, sudor y ojos turbios. La gente ha normalizado la cutrez de este directo de Eskorbuto. Hará lo mismo con una filmación a pie de tarima, sin espacio para abrir el plano a todo el grupo. Precisamente le dará valor a estar en primera línea, al plano corto al rostro, a las manos, a la saliva que impregna los micros y al temblor del parche golpeado. 

A esas alturas de su trayectoria el grupo comenzaba a dar muestras de cansancio. Mucha calle y correrías como para no acabar exhaustos. A ello obedece que el repertorio fuese alumbrado con una cadencia más lenta. Eskorbuto dejaba atrás el galope por el trote, influidos también por un ralentí de subsistencia. Un hábito devorador y una creciente soledad, pues era difícil mantener su ritmo. “Con nosotros quien pueda, contra nosotros quien quiera”, solían decir. “Impuesto revolucionario” fue la excusa para el rodaje de un segundo videoclip. La típica promoción con dinero de DRO, contenta con las ventas del doble elepé. Recrearon “Ratas en Bizkaia” en un vertedero. Una iluminación tétrica daba al vídeo un deje de pesadilla al clavarse los focos en los protagonistas. Pero esta es una historia aún lejana para las efemérides. Eso sí, ahí quedó esa frase que nadie consideró editar, ese “¡me cago en tu puta madre, Paco!” sin el que “Impuesto revolucionario” no sería lo mismo. La gresca eterna, Eskorbuto.

Lucinda Williams: “World's Gone Wrong”


Por: Kepa Arbizu. 

En una de sus más famosas frases, Woody Guthrie aplicaba a sus ojos la función de una cámara fotográfica con la que recoger lo acontecido a su alrededor. Unas lentes, y su labor simbólica, que han acompañado también la excelsa carrera de Lucinda Williams, quien las ha utilizado principalmente para radiografiar las cicatrices brotadas bajo la piel, pero que ahora, con su nuevo disco, “World's Gone Wrong”, enfocan hacia un contexto social que, desde la llegada -o más certero sería definirlo como una toma por la fuerza- de Donald Trump al gobierno de Estados Unidos, se presenta tan resquebrajado y afligido como el espíritu de muchos de esos personajes creados por la mítica compositora. Probablemente, esas almas errantes que han ocupado sus canciones mostrando heridas emocionales entre habitaciones de lúgubres moteles, desilusionadas sábanas blancas o largos tragos de escaso futuro, sean las mismas que habitan un actual repertorio que ya no observa por una rendija las historias brotadas entre alcobas, sino que abre sus ventanas para escuchar esas bombas mudas que delatan la guerra civil cotidiana declarada en su país. 

Un propósito que, como tantas veces sucede en un campo del arte manejado más por la pasión que la racionalidad, desbancó al planteamiento inicial asignado a un disco convertido a la postre, verbigracia de la presión ejercida por la realidad sobre la autora, en una soflama de humanista reivindicación. La catarata de noticias y los continuos, y cada vez más envalentonados, desmanes de esa firma presidencial que rubrica el caos, han sido los culpables de desalojar de la imaginación de Lucinda Williams ningún otro contenido que no supusiera un clamor contra ese paisaje tristemente convertido en costumbre diaria. Porque si alguien ha entendido a la perfección que la inevitable -y recomendable- parte lúdica que acompaña al rock puede rimar con un verbo de consistente trascendencia, es la encargada de realizar álbumes como “Essence” o “Car Wheels on a Gravel Road”. Un listado de producciones al que se suma una que, al margen de sus consideraciones estrictamente sonoras, reclama además su importancia y relevancia dada la condición de emergencia (inter)nacional adoptada.

Para formular este llamamiento contra la alargada sombra dictatorial, Lucinda Williams ha demostrado que no se necesitan estridencias, tampoco portar una edad escasa en dígitos, ni por supuesto rebuscar presencias alejadas de sus habituales colaboradores o abrir la puerta a registros musicales que no formasen ya parte de su hoja de servicios. Porque en verdad, el mensaje y la naturaleza de estas actuales canciones siempre ha sido el contexto donde se han reproducido sus historias; simplemente ahora, el foco ha decidido entregarle el protagonismo. Un zoom aplicado también a través de las manos especialmente cercanas de su acompañante sentimental, coescritor y productor, Tom Overby, y el resguardo de una habitual banda que tiene a Doug Pettibone como recurrente aliado en la guitarra, labores que comparte con Marc Ford, al que si no le bastara su currículum en The Black Crowes, parece no encontrar límite a la hora de convertir las seis cuerdas en parlanchines portavoces de sentimientos. Una troupe de veteranos, incluso heridos con el rastro depositado por el paso de tiempo, pero que se comportan como una vanguardia musical dispuesta a sujetar una pancarta, en forma de talentoso pentagrama, que se estremece ante la gula represiva.

Evidentemente si hay una población golpeada por el estrangulamiento de leyes dispuestas a engordar el ya de por sí robusto muro de las diferencias sociales, esa es la clase trabajadora, intérpretes principales del tema que da nombre, y abre, este disco. Bajo el diálogo emitido entre guitarras y teclados con el fin de esculpir un delicado y melancólico territorio sureño al que agradecerían la invitación desde Tom Petty a Steve Earle, la narración de Lucinda Williams podría pasar perfectamente por algún texto de Lorrie Moore, lo que le transfiera una capacidad empática tan palpable como un severo análisis de la situación. Primera grieta de ese mundo fallido que toma continuidad, ya sea en la repetida colaboración de la afroamericana Brittney Spencer o en un aspecto sonoro que recrudece su configuración, en "Something's Gotta Give", un reclamo más global todavía que, enunciado con esa veterana voz que traduce directamente las punzadas del alma, alerta de unas borrascas inquisitoriales dispuestas a derribar cualquier dique de contención. 

Pero “World's Gone Wrong” no es un lamento ni cínico ni por supuesto conjugado en singular, porque a las diversas participaciones externas que acoge, en una suerte de llamada para hacer comunidad, la música, y sus artífices, son también citados como banda sonora entorno a la que actúan las vivencias. Robert Jonhson, Miles Davis o Dr. John no son solo nombres que decoran estas letras, son sobre todo emisarios a veces de esperanza y otras ejerciendo como testigos de la realidad. Una tarea adjudicada a la versión del tema de Bob Marley, “So Much Trouble in the World”, que muta, gracias también a la dupla interpretativa junto a Mavis Staples, su serpenteante cadencia en un árido blues, género que, en su versión ligada a la escena surgida en Chicago, delimita una “Black Tears” que, pese a su formato arquetípico, en manos de la compositora estadounidense se convierte en una personal carta escrita con tinta nostálgica. Suspiros que en “Low Life”, pieza coescrita con los integrantes de los siempre talentosos Big Thief, son exhalados a través de ese tipo de folk ligado al Neil Young más bucólico y campestre, una figura, la del canadiense, que retomará su protagonismo en "Sing Unburied Sing", basada en el libro de igual nombre firmado por Jesmyn Ward, para ensalzar una electrificada épica que ruge casi tanto como ese gemido ancestral reproducido en cada sollozo del presente.

Una congoja diversa y expansiva conjugada en un repertorio igualmente diverso en su enunciación rítmica. Porque la cartografía de ese desconsuelo global, con demasiados acentos distintivos, se merece quedar desplegada en una heterodoxa traslación musical que disponga de suficientes dialectos. Una pluralidad que encuentra su repunte más visceral, demostrado que todavía la sangre de su autora coagula con nervio punk, en una "How Much Did You Get for Your Soul" que con paso ágil, digno de rimar con los facturados entorno al Paisley Underground , arremete con virulencia contra los pactos luciferinos que intercambian dignidad por intereses particulares. Una beligerante locución que escoge para "Freedom Speaks" una dinámica funk, maceración propia de Susan Tedeschi, a la que transforma sus aristas más afiladas en vértices melódicos que, sin embargo, no la impiden declamar contra el silencio colectivo, paso previo necesario para la llegada de una barbarie imposible de subsanar. Una voz en pie de guerra que solo en posesión de Lucinda Williams es capaz de convertir un piano bar en escenario idóneo para entonar, con presencia de Norah Jones, un canto coral gospel, el mismo que tiene lugar en "We've Come Too Far to Turn Around" para recordarnos que ceder el futuro al voraz apetito destructivo significa encaminarlo hacia el desván más oscuro del pasado. 

Alabar el posicionamiento explícito asumido por Lucinda Williams en este disco, no debería ocultar unos méritos estrictamente musicales igualmente extraordinarios. Un trabajo hecho de adversidades, desde el clima social viscoso hasta un estado de salud errático consecuencia del ictus padecido recientemente del que todavía sigue convaleciente, que sin embargo son canalizadas para apuntalar esa fragilidad junto a un talento compositivo que sigue absolutamente intacto. Lejos de esas figuras del rock que entienden la música como una profesión con la que no mancharse las manos si no es por el conteo de los fajos de billetes, la compositora estadounidense vuelve a demostrar la naturaleza dolorosamente sensible con la que siempre ha dibujado su creación. En esta ocasión, el protagonismo de esa aflicción es anónimo pero universal, porque los desmanes autoritarios no son exclusividad de una bandera, responden a un clima extendido a lo largo del mundo, un fantasma que recorre el planeta dejando a su paso el estremecedor sonido de sus botas militares.

La Bien Querida, blanco y radiante pop


Sala La Riviera, Madrid. Domingo, 1 de febrero del 2026. 

Texto y fotografías: Begoña Serralvo. 

Ver en directo a La Bien Querida deja siempre la grata sensación de llevar los deberes bien hechos. En un directo sólido y preciso, pero muy capaz de transmitir la intimidad de sus canciones, la banda desplegó ante un público entregado un recorrido fluido de apenas hora y media, veintiún canciones, por su discografía, con temas nuevos y antiguos, acompañada por una banda precisa y con arreglos muy cuidados.

La atmósfera etérea de Ana, vestida de blanco y respaldada por un altar de boda sencillo, compartió protagonismo con las canciones. Entre los momentos más emotivos, que no fueron pocos, la genial interpretación de "Como mi perro", dedicada a su mascota, y "Una estrella", dedicada a su hija; en este caso, la dedicatoria llegó después de la canción, explicando entre risas y emoción que de haberlo hecho antes no habría podido cantarla sin llorar. También recordó su primer disco, "Romancero" (2009), un trabajo cuidado y comprometido que sorprendió a la crítica y marcó el inicio de su carrera.

Aunque el repertorio evitó sobresaltos, esa continuidad permitió mantener un halo cálido y reconocible, fiel al universo de la artista. Sin grandes artificios ni gestos grandilocuentes, el concierto confirmó la buena salud del proyecto de La Bien Querida y su profunda conexión con un público que aplaudió cada instante con complicidad y cercanía.

El cierre vino de la mano de una maravillosa versión de "Por qué te vas", de Jeanette, dejando ganas de más, aunque de momento cierran gira. Les esperaremos.

Anna Dukke: “Reborn Wild”


Por: Àlex Guimerà. 

A mediados de la década de los cincuenta, cuando surgió el rock and roll, parecía que era un coto reservado a los hombres, salvo alguna excepción como Patsy Cline, Brenda Lee, y sobre todo Wanda Jackson. Afortunadamente los tiempos han cambiado mucho y no dejan de surgir mujeres en el panorama musical de todo el mundo y en todos los géneros. Así, en nuestro país, y en el terreno del rock and roll primario, han emergido talentos femeninos como La Perra Blanco o Jodie Cash, aunque esta última en su magnífico último álbum haya virado hacia sonoridades country. A ellas se ha añadido la cantante y músico manchega Anna Dukke, quien debuta con un larga duración, "Reborn Wild", que hará las delicias de los amantes del mejor rockabilly.

Si bien debutó en 2022 con el EP "Broken Chains", al que le siguieron los cuatro cortes de "Black Honey" de 2024, es ahora cuando pone toda la carne en el asador con unas nuevas diez canciones que apenas alcanzan los 24 minutos de duración. ¡Pero menudos 24 minutos! Y es que el rock and roll es justo eso: inmediatez, energía fugaz e impaciencia. 

Nacida en A Coruña, Anna se crió en la Mancha lugar en el que comenzó a cantar y a tocar la guitarra formando parte de distintas bandas a la vez que se interesaba por la música americana de raíces (country, rythm' n blues, delta, ...). Con largas estancias en EEUU, absorbe lo mejor de la música añeja para acabar montando una banda con su nombre que pudiera interpretar sus propias composiciones. Así es como nos llega este "Reborn Wild" que fue grabado en Primitiv Studios de la Ciudad de México y producido por Crunchy (de la banda Lost Acapulco).

Las puertas del álbum se abren con la frenética “I Belong To Me”, una declaración de intenciones de este disco tan apasionado como gamberro. Las baterías y las guitarras aceleradas se repiten en las irresistibles "Burn" y "New Roll", piezas ideales para el baile mas rockanrollero. Pero hay más en el disco, desgarradores blues ("My Honey One"), rock' n roll de carretera ("Honky Tonk Gal"), medios tiempos ("Wait For Me") o una pieza instrumental surf ("Nasty Pox").

Pero de toda la escucha del fabuloso paquete nos quedan, sobre todo, las sensaciones de esa voz prodigiosa que se eleva ante una instrumentación compacta que suena como si la estuviésemos escuchando en directo. Es "Reborn Wild", el esperado y maravilloso debut que encumbra a Anna Dukke como una de las grandes voces de la escena rockabilly, de momento nacional, y veremos si también internacional. Tiene méritos para lograrlo.



Courtney Marie Andrews: "Valentine"


Por: Juanjo Frontera.

Sin duda, la evolución de la canción de raíz norteamericana no hubiera sido la misma sin el papel preponderante de la mujer. Desde Patsy Cline o Loretta Lynn, pasando por Dolly Parton, Emmylou Harris, Lucinda Williams o Gillian Welch, el pulso firme en femenino de fabulosas escritoras de canciones ha determinado el rumbo de un género, el ahora conocido como “Americana”, que hubiera derivado en algo muy diferente de no ser por ellas. 

Por supuesto, toda esa tradición no se halla exenta de una nueva hornada de artistas que están dejando su impronta. Tenemos a Margo Price, Erin Rae, Waxahatchee, Brandi Carlisle o, claro, Courtney Marie Andrews, que es quien nos ocupa. La de Phoenix lleva ya una trayectoria de más de 20 años a sus espaldas. Empezó bien pequeña, cantando en karaokes con su madre y de adolescente, influida por el punk, desaparecía de casa para actuar por ahí. Sus inicios profesionales tuvieron lugar como guitarra y corista de la banda Jimmy Eat World, pero desde 2008 ha ido desarrollando una carrera en solitario que fue con los discos "Honest Life" (2016) y, sobre todo, "Old Flowers" (2020, Grammy al mejor álbum de Americana) cuando despegó de verdad y la situó en la posición preeminente que ocupa ahora. 

De hecho, su nuevo álbum, "Valentine", es un poco la “cara b” de "Old Flowers". Si aquél fue un disco marcado por la ruptura amorosa, "Valentine" es justo lo contrario, aunque no en una vertiente demasiado luminosa: es un disco marcado por la dicotomía entre el dolor por la muerte de un ser querido y el inicio de una relación sentimental. Esa contradicción entre dolor y felicidad que es, por otro lado, tan humana, es la que ha traído línea argumental a unas canciones en las que, además, la autora ha buscado un nuevo sonido. 

Courtney ha introducido aquí en su paleta de influencias referencias mucho más pop de lo habitual. Aunque no “pop” en un sentido convencional. Según ha contado, los discos clásicos del “canalla” Lee Hazlewood, el "Tusk" de Fleetwood Mac o incluso esa anomalía oscura que fue el "Third/Sister Lovers" de Big Star han estado en su cabeza a la hora de construir unas canciones y una grabación que decidió emprender de una forma más orgánica que en ocasiones anteriores, usando cintas vintage que permitieran sentir los profusos arreglos como algo más visceral. 

Es así, precisamente, como esa sinceridad descarnada que ha caracterizado siempre la carrera de la cantautora cobra un relieve especial. La apertura con “Pendulum swing” ya deja claro todo esto: un crescendo apabullante que no requiere de grandes orquestaciones para sonar, amplio, casi monumental. Los arreglos están estratégicamente colocados para lograr un pretendido efecto melodramático (pero sin pasarse) y que la increíble voz de Courtney haga el resto. Es una melodía llena de anhelo, de deseo, que nos embarca de lleno en esta especie de tarjeta de San Valentín triste (que diría Tom Waits) hecha disco. 00 En otra esfera diferente, pero guardando total coherencia, se encuentra “Keeper”, una canción liviana y pop que sirve de gancho amable para lo que está por llegar, que descansa en el ámbito más reflexivo de la autora. “Cons and clowns”, otro de los singles extraídos del disco, juega de una forma realmente hermosa a intentar sortear los obstáculos que un mundo ingrato pone en frente del arte. El tono general del álbum ahonda bastante en esas cavilaciones. Una búsqueda de empoderamiento ante la ingratitud de un contexto cada vez más angustiante y que el amor y la música ayudan, quizá no a vencer, pero sí a esquivar. 

Más esperanzadora, en ese sentido, resulta “Magic touch”, aunque “Little picture of a butterfly” se encarga de revertir ese efecto hacia un pirotécnico dramatismo que es profundamente cautivador. Es, sin duda, una de las mejores canciones de un lote que guarda poca fisura. De esas que uno podría encontrar entre lo mejor del cancionero de autoras o autores clásicos y que aquí resuena con poder cerrando la primera cara de un disco que aún guarda cinco ases en su manga. 

La segunda cara repite, con acierto, la misma fórmula: del inicio solemne e in crescendo de la de nuevo enorme “Outsider”, “Everyone wants to feel like you”, con esos coros tan deudores de Stevie Nicks-Christine McVie, nos da un acento pop que mantiene “Only the best for baby”, para volver de nuevo al dramatismo profundo con “Best friend” y rematar la faena con “Hangman”, una especie de himno pastoral que cierra por todo lo alto un disco que podemos calificar, sin temor a equivocarnos, como de lo mejor -y más sanador- que puede escucharse a principios de este 2026 tan necesitado de música monumentalmente bella para ayudarnos a sobrellevar todo lo demás.

Rufus T. Firefly a la velocidad del Trueno Azul


Sala Oasis, Zaragoza. Viernes 30 de enero de 2026.

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Empiezo a perder la cuenta de las veces que he visto a la banda de Aranjuez en directo, pero siempre me sorprenden. Su naturaleza está hecha para el directo porque en cada uno de ellos se crecen. La del viernes fue la segunda cita de la gira "Todas las cosas buenas" en Zaragoza y anunciaron que iban a volver más pronto de lo que creíamos. En el pasado concierto del mes de mayo su nuevo disco estaba muy reciente y se centraron en presentar esas canciones con mimo, otorgándoles todo el protagonismo y en un tono más sosegado, como queriendo detenerse en todos los detalles con ahínco. Sin embargo, tras estos meses de rodaje, el show ha ido mutando y, aunque el grueso del repertorio sigue ocupándolo su más reciente creación, dejan espacio para un setlist menos encorsetado y, por encima de todo, mucho más potente. Las canciones con más garra de sus anteriores discos roban parte del protagonismo a las nuevas y la guitarra de Víctor está mucho más presente, mostrando su cara más afilada.

Tras arrancar con el tema que da título a disco y gira, anunciaron que éste iba a ser un concierto para viajar por todas las etapas de la banda, y así lo corroboramos al detenerse en los primeros compases de la noche en la inspiradísima "Tsukamori" (una de mis debilidades) o en la lisérgica e hipnótica "Pompeya".

El comienzo no pudo ser más fuerte, con toda la banda explotando frente a un público más que entregado, por eso "Camina a través del fuego" y su tono más relajado, aunque sin perder esos fantásticos toques funk, nos sentaron de maravilla para tomar aire y seguir con "El Coro del Amanecer" y sus precisos arreglos vocales sobre una base tecno-pop favorecida por los bajos sintéticos a cargo de Miguel de Lucas. Pura catarsis que terminó con los coros sostenidos de Manola en su recta final tras habernos seducido previamente con los sintes. 

El protagonismo de Julia Martín-Maestro sabemos que lo tiene ganado al mando de la contundente pegada de su batería, pero esta vez también pudimos verle tomar las riendas al frente de la banda con "Ceci N'est Pas Une Pipe". Su voz sonó discreta, pero se lanzó sin pudor al frente del escenario. Una parte de las tablas que apenas pisaron más que en algunos momentos puntuales, ya que la banda se presenta compacta, tocando todos muy cerca los unos de los otros, como al fondo, para contemplarlos como si estuvieran en un ensayo en su propio local, pero con un público privilegiado observando por una rendija.

La vuelta al pasado y la distorsión tras la suavidad desprendida por Julia llegó con "El problemático Winston Smith", y ¡menuda sorpresa! Además vino acompañada de un desatado solo de eléctrica por parte de Víctor en su tercer acto, donde flotamos juntos. Él mismo dijo que era una canción para "súper fans", pero es que se les vio disfrutarla como si fuera su mayor éxito. Todo un acierto que, en referencia directa a su letra, supo "cómo acortar todas las distancias" con su público.

Todos sabemos que el disco que más alegrías les trajo en un momento en el que pensaban que Rufus T. Firefly no iba a dar más de sí es "Magnolia" y, cual homenaje, se marcaron su canción titular con su desarrollo lisérgico que nos lleva al infinito, para doblar seguidamente la apuesta con la intensa "Lafayette", con Julia redoblando como nunca y el resto de la banda más acelerados que en anteriores ocasiones con esta interpretación, que sonó casi rozando el hard rock en lugar del soul setentero que se respiraba en su versión original.

En esta segunda parte de la gira se atreven con algo que nunca les había visto hacer antes. Tocar alguna de sus canciones como se crearon, solo con la guitarra. Víctor agarró la acústica y entonó "Lumbre" en una versión básica que la alejó de la enorme joya con la que cierran su más reciente disco. Quiso hacerla así porque, a pesar de reducirse a la esencia, nos confesó que sigue resumiendo a la perfección el espíritu del disco, ese que invita a aferrarse a las cosas buenas, que suelen ser sencillas. El público la escuchó con un respeto sobrecogedor (¡bienvenido el silencio!) y Víctor no pudo mostrarse más agradecido. Cierto es que me quedo con su versión más elaborada, ya que ésta casi se sintió demasiado en el límite, pero es un gesto valiente cuando lo habitual en Rufus es presentar las canciones con todos sus arreglos de frente. A ésta le siguió una de las favoritas de su creador, "Trueno azul", en la que nos dijo que le gustan las cosas y la gente que resiste, como su viejo Hyundai que da nombre a la canción, que se aceleró también en su desarrollo instrumental dándole cierto aire a Daft Punk. Enlazada llegó "Dron sobrevolando Castilla-La Mancha", que sonó a rave desbocada con el grupo en trance, casi tanto como el público de la sala Oasis, que se dejaba llevar sin frenos al ritmo de su electrónica ochentera. 

La irreemplazable "Nebulosa Jade" sugería que el final estaba cerca, pero tanto en ésta como en la colorista "La Plaza" Víctor estuvo más "disfrutón" que nunca. Acercándose al filo del escenario, tumbándose en el mismo o dando la mano al personal mientras se dejaba la piel con uno de sus temas más explosivos y desprejuiciados como es ese particular homenaje a los Smiths y su admirado Morrisey. "El principio de todo" fue en este caso el final, pero un falso final como todos sabemos, porque quedaba aún una buena dosis de éxtasis compartido. "Canción de paz" sirvió de agradecimiento a la sala Oasis, a la que querían volver cuanto antes después de su última parada, que coincidió con la quiebra de su ticketera. 

"Sé dónde van los patos cuando se congela el lago" y la imprescindible "Río Wolf" conformaron el apoteosis con el que se despidieron por todo lo alto. Dos de sus canciones que se han convertido en emblemas, cargadas de rotundos versos y no menos afilados fraseos a las guitarras apoyados en la contundencia rítmica que define a esta formación encabezada por Víctor Cabezuelo y Julia Martín-Maestro, que una vez más se fundieron en un abrazo eléctrico para terminar ese himno que lleva el nombre en el que se perdió el rastro del gran Jeff Buckley. Lo que tienen entre manos Rufus T. Firefly sigue siendo un diamante en bruto que van puliendo en cada alto de su gira interminable. Dentro de poco podremos escucharles en la mítica Riviera madrileña, pero mientras tanto los de Aranjuez seguirán dejando huella en cada escenario que pisen, haciéndolo suyo y consiguiendo que cada espectador saboree esas "cosas buenas", sencillas y aferradas a la esencia, pero que pueden hacerse algo muy grande y llevarnos al más allá.

Javier Corcobado, 40 años repartiendo besos de cianuro


Por: Javier González. 
Fotografías: Jorge Bravo Crespo “El Gurú”.

Teatro Eslava, Madrid. Viernes, 30 de enero de 2026. 

La desapacible tarde-noche madrileña del pasado viernes quedó convertida en mero espejismo para un nutrido número de selectos paladares, gourmets de la poética oscura y vibrante que se mostraban entusiasmado por celebrar los cuarenta años de trayectoria de Javier Corcobado, un artista sin par en nuestra escena musical que escogió el céntrico recinto capitalino para presentar su último trabajo, el fenomenal “Solitud y Soledad”, cuyo epílogo tendría lugar al día siguiente con otra presentación, en este caso de una obra tan esperada como especial llamada “Canción de Amor de un Día”, algo que tendría lugar en la única librería estrictamente musical de nuestra ciudad, “Perros de Lluvia”, situada en el barrio de Lavapiés, proyecto que tendrá cabida en esta web en próximas semanas en el marco de una entrevista de lo más especial. 

El ambiente era más que expectante dentro del remozado escenario en el que abundaba gente de mediana edad entre la que se encontraba un nutrido grupo de reconocidos personajes del mundillo, destacaba la presencia de críticos y escritores de postín como Bruno Galindo y Kike Babas, y también de músicos afamados como el bueno de Fino Oyonarte a quien pudimos saludar brevemente durante la velada. 

Con cierto retraso sobre la hora prevista y casi sin darnos cuenta las luces se desvanecieron, señal inequívoca de que el espectáculo iba a comenzar. Poco a poco los componentes de la banda comenzaron a situarse frente a sus instrumentos instantes antes de que Javier Corcobado se acercara al pie de micro para arrancar por todo lo alto con “Carta al Cielo”, una declaración de intenciones de lo que sería un concierto donde lo poético y dramático se fundieron en una oda constante a la intensidad, emoción y por momentos al ruidismo de sangre caliente que también representa este vallecano nacido en Fráncfort para deleite de unos fans entregados que disfrutaban de lo que acontecía sobre las tablas sabedores de que la ocasión era realmente especial no solo por la efeméride que se conmemoraba sino también por la de tiempo que hacía que el maestro no tocaba en la capital. 

Continuó con “La Libertad” (es la cárcel más grande de todas las cárceles), original de Corcobado y Los Chatarreros de Sangre y Cielo, que resonó majestuosa, dejando claro que el trabajo a las seis cuerdas de Juan Pérez de Marina, Jesús Alonso, a la batería, Gustavo Villamor, bajo, y Aintzane con G de Gloria, theremín, coros, pandereta y bailes, es capaz de moverse a la perfección entre varias pieles sonoras con el denominador común del acierto, manejando con soltura el balanceo suicida que viste “Desde tu Herida” y la cadenciosa “Solitud y Soledad”, una novedad absolutamente disfrutable que creció y creció en toda su ejecución, algo que también ocurrió con “Qué maravilla sería”. 

Corco
nos puso a bailar en “No tengo remedio”, donde distorsionó su guitarra en un acercamiento de lo más peculiar al sonido “Caño Roto”, y en la fenomenal “Secuestraré al Amor”, dejando claro que el traje de crooner excesivo y dramático le sienta como anillo al dedo. Tras ella se acercó al micrófono para presentar a Alaska, una amiga muy especial con quien compartió casa y mil aventuras, quien les acompañó en dos auténticos bombazos rescatados de “Corcobator”, el disco escrito desde la vertiente femenina de Javier. Sonaron a coro en una sola voz con todo el respetable en modo celebración trallazos absolutos del calado de “Coches de Choque” y “Dame un beso de Cianuro”, cerrando esta última con puro ruido mientras Aintzane y Olvido se movían de forma hipnóticamente robótica. 

Del álbum que le unió a Manta Ray rescató “Cine de Verano” tras la que sonó “El Mar es mi corazón” e “Inundaciones de amor”; antes de pasar a rescatar “A Nadie”, mostrando que su prosa y capacidad de evocación está a la altura de pocos autores en nuestro rock, enlazada con gritos de pura ansiedad que anunciaron la endiablada “La navaja automática de tu voz” y la no menos magistral “Cruz de Respiración”. 

Para el final dejó una industrial y acelerada “En la sombra de una copa”, escrita en primera persona sobre el final de su relación con el alcohol, y la mántrica “Ying Yang Jung Venus”, donde invitó a parte del público a subirse al escenario para bailar su coreografía, con la que cerraron en falso el show para regresar poco después, donde, según las propias palabras de Corcobado, no tendría más remedio que “traicionarse” al llevarnos de la mano a la vertiente más folclórica y lúdica de nuestro querido Javier rescatando, ante el regocijo y disfrute del público asistente, una muy celebrada “Caballitos de Anís” para que sin copas brindáramos al grito de “muerte, muerte, muerte, muerte”, antes de despedirnos del maravilloso combo y su extraordinario capitán al abrigo de una calurosa ovación que nuestro más grande outsider y su troupe recibieron con rostros de sincera satisfacción, un rotundo aplauso solo digno de aquellos que llevan respetando la música y a la palabra durante cuatro décadas, entrando por derecho propio dentro del Olimpo al que ingresan apenas unos pocos elegidos que mantienen firme su pulso en este país de estribillos coreables y letras sonrojantes. ¡Larga vida a Corcobado!