Willy Vijande, mítico bajista de Ilegales: “El mejor legado de Ilegales es que fuimos un grupo bastante autónomo y auténtico, autogestionarios e indies, cuando no se llevaba”


Por: Javier González. 

El pasado viernes llegó a nuestras estanterías la reedición de “Todos Están Muertos”, el disco más crudo y directo de Ilegales. Fiel reflejo de un país en llamas donde la delincuencia, el abuso de sustancias y las consecuencias de la reconversión industrial que afectó al norte de nuestra tierra, dejó un panorama que la banda asturiana supo trasladar fielmente a un conjunto de canciones urgentes y vibrantes, escritas desde la privilegiada posición que tenían como espectadores de lujo los miembros de la banda, quienes en la cresta de la ola de su poder de convocatoria, vivían una existencia a mitad de camino entre la cruda realidad de muchos de sus conocidos y los excesos propios implícitos al rock del período, algo que supieron llevar adelante sin volver jamás la cara ni a la realidad más próxima ni al peligro más extremo. 

Una reedición llevada adelante por petición expresa de Jorge Martínez antes de su triste fallecimiento hace ahora casi un año, por lo que las labores de control del proceso final han recaído en la figura de Willy Vijande, quien se ha encargado de seleccionar las tomas en directo que acompañan al disco complementario, las cuales muestran la fiereza y el carácter espídico que tenía la banda sobre las tablas, como atestiguan añadidos como el “Medley Borracho” incluido entre el material finalmente elegido.

Aprovechamos esta magnífica oportunidad que nos brinda la reedición para volver a contactar con Willy, a quien guardamos especial cariño por las veladas compartidas años atrás en su etapa como técnico de sonido de la sala “El Sol”. 

Allí nos lo encontrábamos cada noche, siempre serio, sin esbozar la más mínima sonrisa y parco en palabras. Fiel al mito que hablaba de él como un tipo poco accesible, chulo y lleno de actitud punk, pero al que podías acudir siempre con la seguridad de poder mantener una agradable charla que versara sobre pequeños detalles relacionados con el sonido y debatir sobre música de calidad. Alguien que en las fechas de mayor aforo no se hacía el interesante, ni miraba para otro lado, y si era necesario te invitaba sin vacilar a subir junto a él, a la zona de la mesa de mezclas, para enseñarte con orgullo un par de trucos maestros sobre cómo debía sonar toda buena sala que se preciara. Lo suyo eran los hechos, no las palabras. 

Hemos utilizado la oportunidad para hablar de “Todos Están Muertos”, también de su entrada en la banda y de los dorados y locos años ochenta. A ratos la pena ha aparecido y creo que no miento si digo que ha habido algún momento de silencio tan incómodo como duro. El golpe todavía nos duele y dudo que deje de hacerlo. Aún así, hemos entrado de lleno en su complicada relación a lo largo de los años con Jorge, recogiendo con fidelidad las palabras que con orgullo y admiración dedica a su hermano de mil batallas, prometiéndonos que más pronto que tarde nos volveremos a ver para abrazarnos por los viejos tiempos. Ojalá sea con la excusa de volver a verlo sobre las tablas. Sintiendo cómo nos perdona la vida una vez más, protegido tras unas Ray-Ban aviador negras, mientras aporrea el bajo con descaro y su pose más macarra. 

Quiero agradecerte mucho que nos concedas esta entrevista porque intuimos que los últimos meses no han debido ser fáciles para ti. Lo primero que quiero saber es ¿cómo te encuentras? ¿A qué has dedicado los últimos meses más allá de la preparación de esta reedición? 

Willy: La verdad es que la preparación de la reedición tuvo lugar en 2021, desde entonces no he hecho mucho más al respecto. Y desde que murió Jorge lo que he hecho ha sido vivir la vida. Estoy ubicado en un sitio donde me contratan para hacer pequeñas producciones de música, además mi pareja tiene un restaurante donde hecho una mano. Vivo bastante bien, la verdad. 

“En Ilegales todo era una especie de película, no paraban de pasar cosas raras y exóticas” 

Me gustaría hablar de “Todos Están Muertos”, pero no solamente como reedición, sino desde su génesis, cuando Ilegales tocaba el cielo después de la gira de presentación del primer disco y la edición y posterior gira de “Agotados de Esperar el fin”. ¿Qué recuerdos tienes de los días de vino y gloria? ¿De qué forma viviste todo aquello con la insultante juventud a cuestas? 

Willy: La verdad que es cierto lo que dices. Era entre seis y siete años más joven que David y Jorge cuando me incorporé a Ilegales. Ellos llevaban más tiempo tocando a nivel profesional, yo lo hacía, pero de una forma mucho más amateur. Entré a finales del 1983 y el 84 fue un año de mucho trabajo. Recuerdo que al empezar todavía íbamos nosotros con el equipo, teníamos que llegar a los recintos, montar y desmontar antes de salir para otro lado. La verdad es que ganamos mucha pasta. Al año siguiente, 1985, con la gira de “Agotados”, ya éramos más señoritos y no hacíamos nada, ya íbamos en la furgoneta con road-mánager y chofer. El equipo viajaba en un camión Capitoné con un montón de gente, debíamos ser como catorce o quince de gira. Recuerdos tengo de cosas concretas, pero vete a saber si tienen algo que ver con la realidad o estar distorsionados por los años. Todo era una especie de película, cuando te están pasando cosas raras y exóticas habitualmente te parece que es algo normal, hasta que no pasa el tiempo y lo piensas no te das cuenta que vivíamos en una auténtica película. 

“En “Todos Están Muertos” el mensaje es más consistente y coherente con el tipo de banda que éramos” 

¿Cómo se gestó el cambio del tipo de producción del disco anterior, “Agotados de Esperar el Fin” a “Todos Están Muertos”? 

Willy:
Ilegales nunca entró en el estudio con la idea de sonar como en directo, Jorge huía de aquello. Nos metíamos para experimentar las locuras que a él se le ocurrían fundamental, luego salía lo que salía. En “Agotados de Esperar el Fin”, salió una producción un tanto esquelética. Por fortuna en “Todos Están Muertos” la cosa es mucho más consistente y coherente con el mensaje y el tipo de banda, pero no se parece mucho a cómo sonábamos en directo. 

En los documentales se suele retratar la convivencia con Jorge Martínez como un equilibrio complejo de disciplina casi militar y paternalismo. ¿Cómo recuerdas tu dinámica personal con él a la hora de armar la base rítmica de los discos? 

Willy: Nosotros lo que hacíamos era ensayar muchísimo, nos gustaba. “Todos están Muertos” se gestó en la gira de presentación del disco anterior, piensa que por aquel entonces no había móviles que pudieran hacer spóiler, las canciones se podían tocar en pruebas de sonido y directo, las tocábamos para ver cómo funcionaban ante la gente. Al llegar al estudio, todo estaba muy masticado. En todas las canciones de mi primera etapa con la banda hasta “Chicos Pálidos para la Máquina”, teníamos claro que íbamos a hacer cada uno. Otra cosa es que luego a Jorge le apeteciera probar cosas y lo hacía sin tenerlo pensado, sin que formara parte de la canción. De igual modo que había una sola guitarra en directo, pero siempre se metían más durante la grabación. Los discos de Ilegales encierran la presentación de las canciones bajo el prisma de Jorge en el momento concreto, nunca intentamos plasmar lo que hacíamos en directo. 

“Creo que en “Todos están Muertos” está mucho más cerca del mundo en que vivíamos, nos movíamos y el ambiente que nos rodeaba” 

Veníais del éxito masivo de “Agotados de esperar el Fin”, pero al entrar a grabar “Todos están Muertos”, el sonido se volvió mucho más afilado y frío. Como bajista, ¿cómo se planteó la base rítmica junto a David Alonso para sostener canciones tan desasosegantes como “El norte está lleno de Frío” o tan frenéticas como “Bestia, Bestia”? 

Willy: Precisamente en este disco tuve mucho que ver con la base rítmica. Me llevaba bien con David y Jorge delegaba bastante durante este período. David es un tío muy práctico y veía claro hacía donde había que llevar la canción. Nunca había problemas de egos ni tonterías de ningún tipo con él. 

¿Qué recuerdas de la edición del disco? ¿Qué ocurrió una vez que ya estaba en la calle? 

Willy: A la gente le gustó, se vendió bastante. Este trabajo coincidió con la aparición del formato CD. Personalmente, tengo un problema, todo aquello en que he participado en mi vida como productor y músico siempre me ha parecido una mierda que te cagas. Tardo unas cuantas escuchas en reconciliarme y verlo con objetividad. Y si procede, lo disfruto. Recuerdo que al salir me parecía una basura, aquello sonaba como el culo, comparado con los discos internacionales de la época que sí tenían masterización. En España no se masterizaba, si acaso te lo pasaban por un compresor, algo que no ocurría habitualmente en los ochenta. El disco se ha masterizado ahora de cara a la reedición. 

Muchas de las composiciones que han formado parte del repertorio histórico de la banda aparecen en este trabajo: “El Norte está Lleno de Frío”, “Enamorados de Varsovia”, “Eres una puta”, “Ella Saltó por la Ventana”, “Bestia, Bestia”, “¡Qué mal huelen los Muertos!”, “Hacer Mucho Ruido” y “Todo lo que Digáis que Somos”. ¿A qué crees que se debió? ¿Crees que el mejor disco de la banda? 

Willy: A mí me lo parece, personalmente. Tiene una dura lucha también con “Ilegales” y “Agotados”, puesto que hay mucha gente a la que le gustan ambos. Pienso que “Ilegales” y “Todos están Muertos” está mucho más cerca del mundo en que vivíamos, nos movíamos y el ambiente que nos rodeaba. “Agotados de Esperar el Fin”, aunque no lo parezca, tiene canciones más antiguas que el primero y otras compuestas para la ocasión, pero “Todos están Muertos” tiene una composición más cercana y directa, además de contar con la posibilidad de rodarlas en vivo. Creo que es un trabajo con un discurso muy coherente con la banda, por eso le gusta más a la gente. Y por eso se ha defendido este repertorio mucho en directo. 

“Sonábamos bien porque invertíamos mucho en ensayar y tocábamos todos los fines de semana”

Quienes os vieron en esa gira aseguran que el grupo sonaba como una apisonadora. Escuchando las grabaciones que has restaurado, ¿cuál era el secreto de Ilegales para mantener esa precisión milimétrica en directo en mitad del caos que rodeaba al día a día de la banda? 

Willy: Respecto a la primera pregunta decirte que las sustancias nunca ayudan ni a sonar ni a hacer nada mejor. Sonábamos bien porque invertíamos mucho en ensayar y tocábamos todos los fines de semana. Y luego pasábamos tres o cuatro horas de lunes a jueves, tocando el repertorio y canciones nuevas. En los ochenta también invertimos dinero y teníamos nuestro propio equipo. Llegamos a tener un equipo Martin Modular que compramos a Víctor Manuel y que había sido anteriormente de Pink Floyd, venía rotulado todavía con su nombre, inclusive. Claro, todo eso te obliga a llevar un mantenimiento y gente que sea capaz de sacarlo rendimiento. Había una obsesión por sonar lo mejor posible, nos gustaba ir a conciertos y ver que sonaban bien, lo valorábamos. 

“Al repasar las cintas del 84-85, escuché las cosas que decía Jorge en directo en aquellos tiempos, pienso que hoy día nos hubieran supuesto ir a la cárcel en el mismo momento” 

¿Qué recuerdos tienes de aquel periódico tan etílico, químico y sexual que os llevaba a dar más de 80 conciertos al año tanto dentro como fuera de nuestras fronteras? 

Willy: El tema de los recuerdos es una cuestión onírica. Al repasar las cintas que llevaba sin escucharlas décadas y décadas, el mismo tiempo que ha pasado desde que las grabamos básicamente. Pues bien, al oír alguna me puse malo físicamente del mal rollo que me dio recordar los momentos tan salvajes por un lado y tan… no sé cómo decirte. Era un desbarajuste bastante serio aquello. Valía todo y nadie se enfadaba con lo que pasaba. Al repasar las cintas del 84-85, escuché las cosas que decía Jorge en directo en aquellos tiempos, pienso que hoy día nos hubieran supuesto ir a la cárcel en el mismo momento. Eran unos tiempos tan extraños y peculiares que parecen un sueño. Sinceramente, me alegro de que eso no vuelva a estar en mi vida. Ilegales venían inmersos en una dinámica de reeditar parte de su histórico legado. 

Tras el triste fallecimiento de Jorge, te has encargado personalmente de la selección, digitalización y restauración de las tomas en directo de la gira 1985-86 para el segundo CD y de supervisar que todo saliera conforme a lo que dejo escrito Jorge. ¿De qué manera has llevado a cabo todo? 

Willy: Las grabaciones en vivo las elegí todas. Jorge me nombró encargado y ya te digo, tuve que dedicar un montón de horas y me dio hasta algún mareo por escuchar aquello. El resto de lo que se ha metido no ha tenido que ver ha sido cosa de Jorge y Warner.

“En aquellos tiempos nos decían: “sois una puta mierda”, “un grupo basto que no tiene la sensibilidad de La Mode”” 

Hay algún que otro añadido con respecto al álbum original. De las canciones que se han incluido ahora como novedades. ¿Cuáles te hacen más gracia? 

Willy: Me hacía mucha gracia “Western”, la toqué con un bajo Fender de seis cuerdas. Me gustaba el rollo en aquel momento, pero Jorge no la supo encontrar letra hasta principios de los dos mil. También escuché el otro día “Melmoth” que me moló mogollón el rollo. Son canciones que se grabaron y salieron hace unos años con alguna reedición. 

De entre todas las canciones de Ilegales. ¿Cuál o cuáles se encuentran entre tus favoritas y por qué? Personalmente, de este trabajo me sigue emocionando como el primer día escuchar “Enamorados de Varsovia” y “Ella Saltó por la Ventana”.

Willy: Hay dos tipos de favoritas. Las favoritas que representan algo, las que me llevan a otro sitio como “Tiempos Nuevos, Tiempos Salvajes”, creo que está muy bien hecha y la letra me gusta mucho, me encanta. Y luego tengo otras como “Cara al Peligro” y “En el Pasado”, más frikis y psicodélicas que por eso me gustan bastante. Si te digo la verdad, me gustan todas, salvo las más pop. Me costaba vernos y escucharnos tocando canciones como “Me Gusta como Hueles”, no me hacía mucha gracia. “Enamorados de Varsovia” también es una de mis favoritas. Es una canción que mejoró a base de quitar notas, vas dejando lo que de verdad suena y es mucho más interesante. 

“Ilegales durante nuestra época de máxima gloria despertamos muchos recelos” 

Durante tu larga estancia en Ilegales, coescribiste himnos imperecederos junto a Jorge como “Soy un macarra” o “Dextroanfetamina”. ¿Erais conscientes en el estudio de que estabais componiendo la banda sonora de la cara más oscura y real de la España de los 80? 

Willy: No, en absoluto. Ilegales durante nuestra época de máxima gloria, desde el 83 al 86, despertamos muchos recelos. Nadie se fiaba de nosotros, ni las discográficas, que no se la querían jugar con nosotros, ni las empresas de management, que no querían saber nada de nosotros. Siempre sentimos una gran aversión, algo muy palpable. Era una especie de cruzada tonta, por un lado, y por otro, era hacer el gamberro. Jamás pensé que aquello pudiera tener la más mínima repercusión y mucho menos cantando “soy un macarra/soy un hortera”. Manda cojones. En aquellos tiempos nos decían lo contrario: “sois una puta mierda”, “un grupo basto que no tiene la sensibilidad de La Mode”. 

“Íbamos adelante en movidas en las que casi siempre salimos bien, pero podríamos haber acabado mal” 

¿Era la cosa tan salvaje como se ha contado? 

Willy: La banda era muy cruda. Éramos muy impredecibles. Habíamos aceptado que podía pasar cualquier cosa. Éramos bastante temerarios, la verdad. Íbamos adelante en movidas en las que casi siempre salimos bien, pero podríamos haber acabado mal. 

“En el año 85 me partieron la cabeza con una tubería en Zaragoza” 

En la época en que coincidíamos a diario en la sala “El Sol” recuerdo que una noche me hablaste de un par de peleas potentes con la gente de Fuerza Nueva. 

Willy: Una fue muy gorda, tuvo lugar en Zaragoza. Me partieron la cabeza con una tubería. Fue después de un concierto de la gira del 85, donde la gente se puso borde a mitad de concierto y nosotros más. De hecho, nos fuimos a los tres cuartas partes del bolo. Se quedaron calientes y mosqueados. Por la noche salimos de copas y fuimos a una discoteca donde tocaba Divine, aquel transexual rubio y gordo. Llegamos muy borrachos y pasados, armamos una que te cagas. Se corrió el rumor de que estaban Ilegales y la gente que nos tenía ganas se presentó. Venía alguna escuadra de Fuerza Nueva, ya no existían, pero llevaban las insignias y emblemas. A mí me dieron con una tubería en la cabeza por detrás, no recuerdo nada. Aquella noche hubo hostias y fue la única vez que salió medio mal en mi época de Ilegales. 

“Cuando me presentaron a Jorge lo hicieron como “el loco””

Y luego me hablaste de otra historia donde encañonaron a Jorge con un arma y finalmente los agresores acabaron corriendo. 

Willy:
Eso fue cuando Jorge estaba estudiando en la universidad en la facultad de Derecho de Oviedo, todavía tocaba en Madson. No sé quién pegó carteles encima de quién. Si Jorge a Fuerza Nueva o al revés. Tuvo un lío. A Jorge le encañonaron y le quitó la pistola y los persiguió, aquello fue bastante sonado. El día que me presentaron a Jorge me lo presentaron como “Jorge el loco”, imagina. 

“Me lo he pasado mejor yendo de técnico en gira que como músico” 

Mucha gente te asocia exclusivamente al escenario, pero durante décadas has sido el cerebro del sonido directo en la icónica Sala El Sol de Madrid y técnico de bandas como Los Ronaldos o Lagartija Nick. ¿Qué te daba la mesa de mezclas durante aquellos años que no te daba el bajo?

Willy: Toda la vida he pensado que no soy músico. Soy un rockero que aprendió a tocar el bajo porque era lo máximo a lo que podía aspirar un chaval como yo en aquellos tiempos. A mí me gustaba el ambiente musical. Siempre me gustó mucho el sonido. En Ilegales traté de aprender sobre ello. Y al reincorporarme a mi vida civil, cuando fui a Madrid, después de Ilegales, tuve la oportunidad de buscar y encontrar trabajo y lo desarrollé. Eché cara, dije que sabía, cosa que no era así, pero me fui fijando y aprendí. Llegué a estar de moda. En los veranos de 2006-2007-2008 tenía que ir pasando trabajo a los colegas. Me lo pasé mucho mejor yendo de técnico en gira que siendo músico. Estas fuera del foco y a tu rollo. En la última etapa de Ilegales decía que lo echaba de menos. El escenario una vez que has estado muchas veces se convierte en tu oficina. 

“La música es actitud y poca vergüenza” 

Si una banda de chavales de 20 años entrase hoy a un estudio queriendo sonar con la crudeza de “Todos están muertos”, ¿qué consejo técnico les darías? ¿Es una cuestión de equipo analógico o de actitud al tocar? 

Willy: Fundamentalmente es actitud. Hay que llevar a la música a tu propio rollo, aunque, la potencia sin control no tiene sentido, como decía aquello. Nosotros tocábamos nuestras líneas con la idea de llevar la canción donde queríamos. Hay que tener un poco de escuela, cierto, pero fundamentalmente es actitud y poca vergüenza. 

Como productor y técnico, ¿qué virtudes crees que faltan a las producciones de rock actuales en comparación con el sonido directo y analógico de tu época? 

Willy: No estoy al corriente de lo que hay. De lo nuevo, me llama más la atención los que recrean cosas del pasado. Ahora parece que se lleva el trap, que no lo considero como música artística, que sea un vehículo de expresión digno y para bailar y pasarlo bien, no lo discuto. A nivel de rock no sé lo que hay por ahí. Me gustan unas chavalas que se llaman Nova Twins, son muy cañeras. Con las producciones actuales, con tantas herramientas, todo el mundo consigue unos niveles estratosféricos, pero todo suena muy parecido. Para mí gusto la mejor época se dio en los años setenta, cuando el estudio era un auténtico animal. Lo de ahora me suena muy alto, brillante y muy parecido, la verdad. “Los últimos tiempos con Jorge e Ilegales fueron maravillosos” 

Willy tu relación con Jorge siempre estuvo marcada por una tensión interna que de vez en cuando florecía. De hecho, hubo muchos años en que no os dirigíais la palabra. Sin embargo, al fallecer Jandro, fuiste tú quien volvió a la banda. ¿Cómo fueron los últimos años juntos? Y sobre todo. ¿Qué sientes ahora que sabes que nunca más volverás a cruzarte con él? 

Willy: No ha sido cosa de un día para otro. Creo que estoy terminando el proceso y ya va casi un año. Los últimos tiempos fueron maravillosos, pese a que ya éramos más mayores, no teníamos ni la misma energía ni frescura, pero Ilegales seguía manteniendo las mismas intenciones y actitud. Jorge, sobre todo él, se había tomado en serio que esto era un trabajo. La gente paga un ticket y no podemos salir borrachos un día detrás de otro, aquellos tiempos pasaron y ya no haría gracia aquella actitud. Una vez que toda la maquinaria se puso a funcionar en la misma dirección, estaba encantado de la vida. Era lo que siempre quise, pero en los ochenta era imposible. Antes, Jorge y yo, habíamos tenido muchas luces y sombras. En fin. Estos últimos tiempos, desde el primer día nos pusimos de acuerdo que nos íbamos a respetar, cosa que así fue. Estuvimos cómodos y bien hasta el final. Fue divertido. Estaba metido en eso y me sentía orgulloso. Ahora, que ha pasado más tiempo, escucho a Ilegales y me suena distinto. Pienso “¡coño eso lo he tocado yo!”, antes me sonaba más mediocre. Ahora que sé que Ilegales no van a volver entiendo el grado de afición de los fans. Me ha costado. Decía “si Ilegales sale a insultar y cagarse en todo”. Ahora entiendo mucho mejor la fidelidad y aprecio del público. 

“Tener que escuchar a Jorge darme su diagnóstico por teléfono fue bastante duro” 

¿Tuviste la oportunidad de tener una última charla con Jorge? 

Willy: Sí, claro. Jorge me llamó un día en septiembre del año pasado. Me dijo lo que creía que no sabía, pero yo lo sabía. Estaba en contacto con la persona que lo cuidaba y su mánager constantemente. Me dijo: “me han detectado un cáncer en el páncreas de grado cuatro con metástasis en el hígado y otros órganos, no me dan para pasar el año”. Tener que escuchar a Jorge decirme eso por teléfono fue bastante duro. Toda una vida de sal y pimienta, altibajos, luces y sombras. En ese momento, todo lo malo desaparece. Te quedas con que la persona con que has compartido tantas cosas es evidente que se va a ir, pese a que todavía estaba. Fue una cosa bastante compleja. 

“Me da una pena enorme saber que nunca más tendré a Jorge a mi izquierda” 

Sigo yendo a conciertos, pero cada ciertas semanas siento una punzada en el corazón al saber que nunca más veré a Ilegales en directo, nos pasa a toda mi familia. ¿Cuál crees que es el legado más rotundo de Jorge Martínez e Ilegales para la posteridad de nuestra historia cultural? 

Willy: Te entiendo. A mí saber que nunca más tocaré “Tiempos Nuevos, Tiempos Salvajes”, “Enamorados de Varsovia” o “Chicos Pálidos para la Máquina” con Jorge, aquí a mi izquierda, es una cosa que me da una pena enorme. Me parece el colmo del desperdicio del talento no poder volver a hacerlo. Por eso me he negado en redondo cuando han venido con las milongas típicas de los homenajes que no me gustan nada. A mí ahora me das a elegir entre cualquier guitarrista, vivo o muerto, para salir a tocar a un escenario dos canciones de Ilegales y te diría que tocaría con Jorge. No te escojo a ninguno de mis héroes: Jimmy Page, Jimi Hendrix, Ritchie Blackmore. El mejor legado de Ilegales es que fuimos un grupo bastante autónomo y auténtico, también autogestionarios, indies, cuando no se llevaba. El legado es muy particular por la forma de Jorge de entender y reproducir la música. Creo que tiene un lugar único porque no hay nada cerca ni parecido. No hay muchos artistas que gocen de la capacidad de ser inimitables. Se pueden tocar versiones, pero no igualar. Pasa también con Jimi Hendrix, ¿quién puede seguir esa corriente? ¿Cuántos grupos pueden imitar su rollo? 

¿Podremos volver a verte sobre un escenario en el futuro? 

Willy: No he decidido retirarme, lo ha decidido la vida. Después de tocar en Ilegales es difícil. ¿Dónde voy ahora? No por mí, estaría encantado de tocar con alguien que pague bien, me trate bien y me guste medianamente y entienda su música. Pasan varias cosas, la primera es que me he retirado a un pueblo de la costa asturiana, donde vivo como un general. Me jubilo el año que viene, ya que tengo cotizado un montón de años. He tocado con una de las bandas con las que mejor me he podido pavonear y chulear encima de un escenario, que era lo que más me gustaba. Se ha cumplido una cosa que en su día no fue ni un sueño. Me gustaría seguir tocando y sentir el rugido de la batería y los instrumentos. Ahora mismo, prefiero ser práctico, que no conformista, y adaptarme a la vida que tengo. Para ir a Oviedo tengo que hacer cien kilómetros, cerca de aquí no hay músicos. Mi retiro tuvo lugar el 2 de agosto de 2025 en San José del Valle, el último concierto que hicimos Ilegales. Voy a estar pendiente, por si acaso, no lo descarto del todo. Si estoy haciendo entrevistas y mantengo el Instagram es por la posibilidad de que alguien piense en mí para salir de gira. No por otra cosa. 

“Espero poder estrenar mi nuevo bajo con alguien”

Muchas gracias por todo, Willy. Y tú sabes por qué te las doy. No me olvido de las noches muchas noches en “El Sol”. No fueron pocos los conciertos de “sold out” en los que no cabía un alfiler, donde me dejaste acompañarte junto a la mesa de mezclas. Y también muchas las conversaciones sobre música y vida que me han marcado. 

Willy: Hay que dar lo que se recibe. Ya he dicho que no quiero hacer más entrevistas. Si alguna vez quieres hacer una entrevista conmigo, estaré encantado de responderte cuando quieras. Me están haciendo un bajo, me lo están rematando, así que tengo un bajo que estrenar, espero poderlo hacerlo con alguien sobre el escenario. 

Un abrazo grande, Willy. Te queremos. Larga vida a Ilegales, historia eterna de nuestro rock. 

Willy: Un abrazo grande.

Neil Young & The Chrome Hearts: “Second Song”


Por: Àlex Guimerà.

Decía Neil Young en una ocasión que no entendía por qué Bob Dylan no alternaba su versión acústica con su faceta eléctrica, algo cuya respuesta parece clara y evidente para todos pues sabemos que el genio de Duluth va por libre y se rige por otros parámetros creativos. Un consejo que para el propio canadiense le ha funcionado muy bien a lo largo de toda su carrera cuando ha ido alternando obras electrizadas galopando junto a sus Crazy Horse con obras mas íntimas desenchufadas. En este último bloque nos vienen a la mente los discos clásicos "After The Gold Rush" (1970), "Harvest" (1972) o "Comes A Time" (1978), pero también los ha seguido haciendo a lo largo de su carrera como el aclamado "Harvest Moon" (1992) o su reciente "Before And After", con el que hace tres años revisaba temas pasados con la acústica y la harmónica. Pero aquellos eran temas que ya conocíamos de su cancionero. 

No es que todas las canciones de este álbum las haya compuesto Neil expresamente para el nuevo trabajo, pues de las siete que encontramos cinco son nuevas y dos, aunque inéditas, son rescatadas de los años 1964-1965. Para grabarlo, el octogenario no quiso que le acompañaran sus Crazy Horse ni los Promise Of The Real y formó la banda The Chrome Hearts a base de algunos de sus habituales colaboradores como el hijo de Willie Nelson, Micah (guitarra), un peso pesado de los teclados como Spooner Oldham, Anthony LoGerfo (batería ) y Corey McCormick (bajo). Con ellos se metió en el estudio de Rick Rubin en Malibú ,Shangri-La, aunque la producción fue a cargo de Lou Adler y Niko Bolas junto al autor del disco. El resultado es un trabajo corto en cuanto a número de canciones pero no tanto en cuanto a desarrollo (42 minutos dura en total), complejidad instrumental y en el que el bardo reflexiona sobre la vejez y sobre el paso del tiempo, manteniendo su cuota para el amor y para el ecologismo. 

Sus lamentos se inician con "The Foggy Edge Of Time", que trata sobre la pérdida de la memoria, con un piano que marca el ritmo y esa estrofa "alcohol, alcohol...". Mas larga es "Day After Day" en la que acepta la monotonía de la vejez al son de unas guitarras que vienen de los mencionados discos clásicos de los setenta. La dulce intro de piano de "Earth Girl" nos mete de lleno a una balada de amor naif, dedicada seguramente a la que es su esposa: la actriz y activista Daryn Hanna. Más compleja es la que titula el disco ya que en sus más de once minutos de duración discurre a la deriva musicalmente que es precisamente lo que quiere expresar su letra: el dejarse llevar por su actual momento vital a diferencia de la juventud. Como si se tratar de una especie de rendición vital ante el destino en un momento en el que la muerte se le acerca.

En "Casting Me Away From You" adopta su versión country-rock en una de las reliquias de mediados de los sesenta, que es una canción de desamor adolescente cantada por un tipo que lo ha vivido casi todo. Lo mismo que "I'll Love You Forever" que compuso con apenas 18 años para su novia del instituto y que aparece publicada muchas décadas después tierna y frágil cantada por un tipo que ha hecho bandera a lo largo de su carrera del amor mas pasional. Un buen cierre para el paquete. No nos olvidamos de "Soon I Might Be Going" un corte incómodo de nueve minutos, para la que el autor de "Zuma" nos mete una guitarra eléctrica y nos expresa sus angustias vitales sobre la situación del planeta a la vez que acepta su mortalidad.

Un disco melancólico, angustioso a la vez que cálido, hecho desde la mirada que evoca la vejez de un tipo que ya lo ha dicho todo en su vida y poco o nada tiene que demostrar. Hay voces que dicen que Neil Young es demasiado prolífero en publicar discos nuevos de estudio, discos en directo o discos de rescates. Pero la verdad es que uno piensa que tipos como él a estas alturas de la película que hagan lo que les dé la gana, que sigan trabajando, componiendo, grabando y yéndose de gira hasta que el cuerpo les aguante, si es lo que desean. Por nuestra parte nos quedará gozar de un mundo en el que aún podemos ir a la tienda de discos y comprarnos su disco número cincuenta de su carrera. Un privilegio.

Richard Thompson: “Hippies, Thugs and Heroes”


Por: Kepa Arbizu. 

Cualquiera que haya habitado, aunque sea de manera esporádica, alguno de los múltiples senderos que componen el ámbito artístico, es conocedor en primera persona de la ingratitud, salvo para unos cuantos privilegiados, con que tiene la costumbre de comportarse dicho ecosistema, sobre todo si se pretende cuantificar el aspecto creativo en términos de resonancia popular. Un agujero negro de condición democrática a la hora de silenciar por igual a anónimos recién llegados como a luminarias encargadas de definir épocas y generaciones. Un segundo grupo sobre el que resulta más oneroso si cabe ese desplazamiento de los focos, coligiéndose de él un injusto olvido patrocinado por un paso del tiempo demasiado ocupado en mimar emergentes incorporaciones de chispeante, pero limitado, recorrido. Aceptando la media verdad que supone la inviolabilidad de los gustos personales, por el contrario existen los suficientes elementos objetivables como para dar fe de manera irrebatible sobre ciertas capacidades y talentos musicales, los cuales tienden a ser evaporados con demasiada facilidad por un ruido mediático fascinado por bonitos envoltorios -delimitados por un canon mercantil- sin sustancia.

Estas miserias, o por lo menos así visibilizadas en nuestro territorio, son las que lleva décadas padeciendo un nombre, el Richard Thompson, al que ni escribir algunas de las páginas más brillantes de la historia, ni por supuesto mantener una extensa y casi inmaculada carrera, le han servido para merecer ser catalogado como uno de los tesoros supervivientes de la época dorada del rock. El bajo palio con que son paseados, con total merecimiento, nombres de la talla de Bob Dylan o Neil Young, permanece restringido para Richard Thompson, y eso a pesar de que la media de su discografía reciente supera en cuanto a interés a la producida por los dos mencionados. Una consideración que con la publicación de su nuevo trabajo, el magistral, “Hippies, Thugs and Heroes”, se convierte en una abrumadora certeza.

Quien en su momento fuera pieza indispensable para entender el folk-rock británico de los años setenta, ya sea la través de la banda Fairport Convention o en dúo con su en aquel momento pareja, Linda Thompson, un vínculo tan turbador en lo emocional como productivo en lo artístico, su actual residencia en los Estados Unidos no ha supuesto limar, ni por supuesto extirpar, esa flema británica que se cuela ya sea en sus textos como incluso en la misma tarea musical, ambos aspectos en los que resplandece especialmente. Una labor, la instrumental, sostenida desde hace tiempo ya por una banda perfectamente acompasada en el reto de seguir, y comprender, sus virtudes compositivas, una formación en la que cabe destacar unas bases rítmicas, en manos de Taras Prodaniuk al bajo y Michael Jerome a la batería, que aportan un balanceo swing muy peculiar e identificativo a cualquiera que sea el ritmo o el tono escogido. Un bamboleo que se ha convertido en danza armónica para los refugios intimistas con la misma solvencia que oficiando de acompañante del bramido eléctrico.

Sin ánimo de caer en el panegírico, aunque sobran los motivos para hacerlo, no se puede obviar que una de las grandes virtudes del británico está representada por el idioma con el que ha enseñado a hablar a su guitarra, que pasa por ser uno de las más originales y admirables existentes, por mucho que la fascinación colectiva por las filigranas y el onanismo entre trastes haga rimar de nuevo esa misma historia que conduce a esconder su nombre cuando de alabar a los mesías de las seis cuerdas se trata. La falta de debilidades en ninguno de los ingredientes que confluyen en el hecho compositivo, hace que los resultados en la obra Richard Thompson, quedando fuera de toda duda ninguna supuesta infalibilidad ajena a la condición humana, aumenten sustancialmente las probabilidades de éxito. Contrastadas y reiteradas escenificaciones de sus virtudes que sin embargo no impiden, y sería una pena asumir como cotidiana su excelencia, caer rendidos ante la que probablemente sea una de las cimas, al menos en solitario, de su trayectoria.

La enumeración con que se titula este nuevo disco, resulta claramente orientativa de un contenido donde se agolpan personajes anónimos, fruto de las experiencias acumuladas a lo largo de los años por el autor, suspendidos por una incertidumbre que desdibuja las fronteras entre víctima y verdugo, porque todos ellos, a su manera, son únicamente culpables de ver cómo se desmoronan sus paraísos idealistas. Un retablo de personalidades que toman vida gracias a la excelente escritura de Richard Thompson, un particular estilo nutrido por igual de la melancolía, el romanticismo y un verbo de agria ironía que en no pocas ocasiones desemboca en una estremecedora amargura. Un trágico elemento especialmente visible en unos textos actuales que se regodean en su lamento, incluso cuando éste se manifiesta afilado contra aquellos gurús que tan bien conoció en sus experiencias espirituales y a los que desenmascara, a ellos y a cualquiera que ponga su libro sagrado bajo el mandato de sus egoístas pretensiones, a través del rock saltarín de "Sorcerer’s Apprentice" sellado por su inseparable deje folkie, al que suma las armonías vocales de su su mujer, Zara Phillips, una presencia repetida con trascendente asiduidad a lo largo del álbum. El carácter musicalmente más rugoso y eléctrico hará acto de aparición en "Cocaine Walking, Booze Talking", sustentada en poderosos riffs de ascendencia blues y una trémula entonación con la que desvestirá las fábulas sobre príncipes azules hasta conducirlas a los riscos que dibuja la realidad.

Pero si algo caracteriza a Richard Thomson es una condición de trovador que incluso mantiene cuando alude a los ágiles ritmos funk de "Unsung Hero", dando la sensación de que la música afroamericana se descubrió en verdes parajes boscosos para homenajear, como así hace en dicho tema, a esos héroes sin vitola mítica pero sin los que la historia, en mayúsculas, jamás podría haber sido escrita. Sin abandonar esa frondoso territorio, "She Burns It All" se transforma, apoyada en repetitivos arpegios de fuerza hipnótica, entre marmitas y pociones mágicas en un sortilegio entonado por una confabulación de brujos y chamanes. Un espíritu inquietante que late también sigiloso pero perceptible incluso en una intimista y delicada "Pauper’s Grave", que acoge entre su formulación sutil la desgarradora fuerza que proviene del trágico destino, el mismo que oficia de epitafio trasladado por sonido de violines y raíz celta en una "The Big Smoke" con morfología de canción de cuna que se despierta sobresaltada, al poner nombres y apellidos en "Stringer", alrededor de una tormenta eléctrica como membrete a una fábula de sanguinarios asesinos. Relatos novelados, o realistas, o quizás ambas cosas, que se cuelan en los huesos a través de una voz que no puede disimular haber vivido, y traducido, en primera persona los múltiples rostros, algunos dignos de terror, con que se expresa el ser humano. 

Que el compositor británico es un estilo en sí mismo, inimitable pero referencial para quien busque en la música la belleza de la melancolía, queda ratificado cuando escuchar "The Soul In Me" , y su folk de épica nostalgia, supone vincular este tema con toda una discografía repleta de análogas melodías tan características en sus manos, ya que pocos músicos son capaces de escribir lápidas sentimentales con la pureza dramática que describe su firma. Descenso a los infiernos emocionales que alterna bajo absoluta naturalidad con el evocador medio tiempo "Make Believe You Don’t Know Me", repleto de detalles instrumentales, algunos tan poco habituales que no se veían desde su ya lejano "I Want to See the Bright Lights Tonight", o el bucolismo campestre, digno del más estilizado Gram Parsons, que anida en "Pipe Dreams" o "Everybody’s Stealing". Placidez melódica que, sin embargo en este esta segundo título, rima con un agrio contenido donde sitúa al individuo como sujeto pasivo en ese constante latrocinio al que es sometido, una narrativa heredada de generación en generación protagonizada por la reiterada usurpación colectiva donde ladrones y gendarmes ofician el mismo trabajo.

Acudiendo a sus recuerdos y servidos como tesis universal, Richard Thompson da forma a una obra maestra que no es la primera, ni mucho menos, pero sí que sorprende al llegar en pleno crepúsculo de su carrera, por una cuestión meramente numérica. En este retablo, a modo de jardín de las delicias realista donde monstruos y trileros ocupan el mismo espacio que soñadores y amantes, se encuentra la esencia, lírica y musical, de un creador al que difícilmente puede equipararse nadie, una conclusión que puede sonar atrevida pero que se sustenta, sin ir más lejos, en este "Hippies, Thugs and Heroes". No hace falta volver a los años setenta, o a ninguna época autoproclamada dorada de la música, para recoger sus frutos más jugosos. Estas canciones se presentan como una cima creativa fechada en la actualidad y por las que respira esa herida existencial que nos postra reiteradamente ante los ruinas de nuestros sueños. Pero como canta en su canción final, la desnuda y emocionante "Siren", “hay miel en la trampa”, por lo que merecerá la pena acabar malogrados tantas veces como sean necesarias en el intento de degustar ese néctar que da sentido al camino.

Juanjo Ordás: “Bunbury: canciones desde El Puerto 2006-2011”


Por: Javier González. 

La relación de Juanjo Ordás y Enrique Bunbury va mucho más allá de lo que uno puede esperar a simple vista del binomio periodista-artista, algo que intuíamos a tenor de la publicación de los ensayos “Bunbury Experimental” y “Bunbury. El mundo sobre el trapecio”, firmados con dedicación y profundidad por el periodista madrileño, los cuales tenían ya al músico aragonés como protagonista. 

Sin embargo, gracias a “Bunbury: canciones desde El Puerto 2006-2011”, dicha percepción ha demostrado quedarse radicalmente empequeñecida, puesto que estamos ante una obra que solamente puede llevarse a cabo cuando entre las dos partes implicadas hay algo que va mucho más allá de una relación profesional. Y es que este nuevo volumen es un proyecto en el que se estuvo trabajando desde hace más de una década, hasta el punto de llegar a culminarse en un momento y forma que no convencieron del todo al propio Bunbury, quien, tras comunicárselo a Juanjo, prefirió dejar el texto guardado en un cajón que parecía destinado a un olvido del que sorpresivamente ha salido ahora con distinto envoltorio y totalmente reescrito. 

La obra gira principalmente en torno a un período vibrante de la trayectoria de Bunbury, donde grabó álbumes de estudio que se movía en torno a la amplia etiqueta del rock americano más heterodoxo y fronterizo, hablamos de trabajos como “Hellville de Luxe”, “Las Consecuencias” o “Licenciado Cantinas”; también directos del calado de “Gran Rex” y proyectos comunes como “El Tiempo de las Cerezas”, donde mantuvo un pulso firme de canciones con Nacho Vegas, encontrando hueco a lo largo de esta etapa para volver por última vez con Héroes del Silencio en su aclamado “Tour 2007”. 

Serán los citados trabajos los que ocupen el grueso de las preguntas y respuestas que nos acercarán al proceso compositivo y las vivencias del artista, pero también a los estudios de grabación y a las colaboraciones efectuadas a lo largo de los años; también a sus referencias y a la gestación de algunas canciones concretas, donde en ocasiones se afina hasta el punto de recordar cómo surgió un riff u otros arreglos, algo que hará las delicias de los fans más acérrimos, como seguro lo hará la presencia de pequeños “flashback” que nos harán volver a la Zaragoza de los años ochenta y a la ya citada gira de reunión de Héroes del Silencio, pasajes en los que salen a relucir confesiones y citas más que reveladoras que llenan la lectura de momentos muy emocionantes.

La importancia de ciudades como Zaragoza, Los Ángeles, Madrid y El Puerto de Santa María en la vida de Bunbury, las confesiones más íntimas sobre lo que debe ser una gira de conciertos, donde jamás se debe cometer el error de pasar más de dos meses fuera de casa o el buen tino y esforzada tarea de manejar un repertorio de casi sesenta canciones para evitar la monotonía sobre las tablas; la necesidad de contar con una banda que funcione como una santa hermandad o la trascendencia de controlar la integridad del proceso creativo sin que tu compañía de toda la vida se convierta en un manicomio y tu mánager en parte del problema. 

Un fantástico tira y afloja, literal por momentos, donde dos tipos que se conocen al milímetro “divagan” sobre la carrera de uno de los nombres fundamentales del rock en español de los últimos cuarenta años, haciéndolo con la suficiencia perspectiva y madurez como para legarnos un manual sobre lo que es el proceso creativo y la posterior puesta en escena del resultado final en formato canciones frente a un público que normalmente no suele tener las mismas necesidades expresivas, ni el mismo enfoque que el artista al que idolatra y acude a ver en directo. 

Cada página rezuma experiencia pura y dura, cada línea vale su peso en oro. De lo mejor que un servidor ha leído en los últimos tiempos. Palabra.

Sienna: “LINCE”


Por: Javier Capapé. 

Por si alguien todavía no lo sabe, Alejandro Ruiz es Sienna. Un artista valenciano que, tras casi diez años a bordo de este proyecto, nos presenta ahora su cuarto largo: “LINCE”. Detrás del nombre de Sienna se esconde un proyecto de música pop escorada hacia la electrónica y lo alternativo que se hizo valer tras el reconocimiento de su disco “Trance”, un trabajo experimental y temático que giraba alrededor del concepto de la enajenación. Ahora, con “LINCE”, en mayúsculas, como queriendo gritar cada título del mismo, se inspira en la figura de este animal como símbolo de instinto y de la capacidad de encontrar luz en la oscuridad. No sé si Alejandro Ruiz se identifica con estos animales, pero lo cierto es que en este disco ha conseguido obedecer ciegamente a su instinto para presentar una colección de canciones muy inspirada y llena de luz. Hay dolor en el mismo, y rabia también, pero se supera tras el “trance” por el que pasamos al escuchar estas doce canciones. 

Con estas composiciones, Sienna ha evolucionado hacia un sonido más contemporáneo, electrónico quizá, pero sin perder sus hechuras pop. Si con “Trance” había conseguido una mayor presencia en los escenarios y un reconocimiento más amplio (de hecho su canción “Esto no es el cielo” formó parte de la cabecera de una popular serie televisiva), con “LINCE” apuesta por ese salto definitivo gracias a contar con el respaldo de Universal Music y Pink House Management, pero sobre todo por saber que cuenta con una colección más que solvente de temas que no van a dejar indiferente a nadie.

Hay un nombre que me viene a la cabeza muchas veces cuando escucho estas canciones. Es el de Carlos Ares. Y no me viene de forma peyorativa, sino todo lo contrario. Las líneas de convergencia entre ambos hacen sumar enteros a las canciones del valenciano, sin lugar a dudas. Ha recogido algunos de los tics del gallego y los ha remozado con su particular estilo. Hay menos folk en Sienna, lo suyo es el pop, pero sabe empaparse de lo que le rodea para presentar un producto propio realmente sugerente.

Desde “Valor” ya notamos que este disco tiene un espíritu diferente. Que está hecho para acompañarnos por mucho tiempo. Una canción atemporal y de mensaje universal que va de la pureza acústica del principio a la potencia eléctrica desde el segundo estribillo. Hay quiebros directos y mensajes lanzados como dardos. Una buena muestra de lo que nos espera en este viaje que, inmediatamente, se va hacia un rock más acelerado e incisivo con “Afilado”. En ésta, la voz de Alejandro se clava, suena muy cortante e incisiva, y en su forma de modularla podría llevarnos hasta León Larregui, de Zoé.

Estas doce canciones, que se degustan en un suspiro, no dejan ese punto medio entre la electrónica y lo más acústico. Así nos encontramos con “Cemento”, que tiene un toque más experimental pero sin perder su suavidad. También arranca suave “Esto mata a cualquiera”, pero se torna hacia al pop más desgarrado desde su estribillo, recordándonos a las producciones del baezano Alis.

El equipo con el que ha contado Sienna para dar estos matices más contemporáneos a sus canciones está compuesto por Lagu, mano derecha del valenciano y responsable de guitarras, bajos y baterías en muchas canciones, además de Sean Marholm y Liam Garner. Los tres asumen tareas de producción además de programar los temas y tocar multitud de instrumentos para darles el necesario toque orgánico. Eso es algo que se percibe muy claramente en “X los siglos de los siglos”, muy sutil al principio para entrar con secuencias que acompañan a las acústicas desde la segunda mitad. Quizá al final quede algo saturada, pero el intento de sonar más cercano y real está presente, algo que encontramos con más acierto si cabe en “Loco”, una de las mejores de la colección. Aquí Sienna saca su vena de cantautor melódico sosteniéndose con lo justo. Hay que decir que desprovisto de efectos, que están muy presentes en muchas canciones, suena increíble, por lo que se constata que sobreproducir no siempre es lo que mejor puede sentar a las canciones, algo que le pasa a “Bendice” y que le hace perder atractivo. Ésta es más pesada y con un groove muy potente. Sienna canta con garra y claramente se sale de las formas del resto por su dureza, pero se queda en un experimento sobreproducido que ni encaja en los ochenta ni en la deriva de este siglo.

Todo suena mucho mejor cuando apuesta por compartir protagonismo con voces femeninas. Alba Morena le acompaña en “A.P.D.L.P.” (“A pesar de la pena”) y La María hace lo propio con “València”, una canción en la que desaparece la rabia, aunque instrumentalmente es muy intensa, y se podría percibir como un homenaje a su hogar. La María aporta su deje, emparentado con la mismísima Rosalía, en valenciano. Una canción con la que el disco cierra y en la que se mezcla lo heredado con lo nuevo.

Pero no pensemos que Sienna prefiere la contención, porque entre estas canciones se esconde también la fiera que llevamos dentro, como ocurre con la canción titular, donde nos atrapa un arpegio limpio de eléctrica mientras va sumando cuerpo con la rítmica, o “Garra”, más sucia y garagera y con una guitarra eléctrica muy en consonancia con el título. Se sale de la tónica pop predominante, aunque conserva formas contenidas a pesar de querer ser más dura, algo que también se percibe en “Te veo venir”, con un riff muy interesante, menos pop, aunque su fuerza sea ligera en el fondo, llevándonos a las formas mainstream de Dani Fernández. El despecho es la base, pero con cierto toque edulcorado.

A pesar de algunos pasajes mejorables, “LINCE” nos deja muchas más alegrías que sinsabores. Su autor tiene claro que éste es su momento y sabe aprovecharlo. Refresca el pop de raíz y lo envuelve con una pátina entre rock y vanguardia que le hace sumar. Estoy seguro de que con este disco tendremos cada vez más presente a Sienna. Su propuesta es fácil de abrazar, pero a la vez exige oídos bien abiertos y sin prejuicios. Esta vez ha cantado a esa capacidad de sobreponernos tras la dureza del camino que todos podemos encontrar en ese animal que llevamos dentro. Él desde luego que sabemos que lo ha encontrado en ese lince, único y enigmático, una fiera que, lejos de amilanarse, resplandece e incita a levantarse tras cada golpe.



Ilustres Principiantes: Declive



Declive son un grupo de dream pop y post-punk formado por cinco músicos valencianos de entre 21 y 24 años que responden a los nombres de Rafeta Mansanet en guitarras y sintetizador, Pablo Villegas en guitarras, segunda voz y piano, Pablo Gil en bajo y coros, Jordi Sendra en la percusión, e Irina Navarro en la voz principal y guitarra acústica. Su sonido combina guitarras distorsionadas, paisajes luminosos y atmósferas melancólicas, con influencias de The Chameleons, Slowdive, Fontaines D.C., Triángulo de Amor Bizarro o La Plata.

"El Final de Occidente" (Intacta music) se trata de primer larga duración que llega tras los adelantos "Deseo Fugaz", "Desaparecer (¿qué has soñado?)" y "Alguien juega a mirarnos"’. Un álbum de once canciones sobre el cambio y el devenir colectivo donde el grupo, al son de guitarras distorsionadas, explora espacios más oníricos y texturas más brillantes que en trabajos anteriores.

"El Final de Occidente" “es el momento cultural y político presente”, afirma la banda, que sostiene que “aunque no sabemos en qué realidad viviremos de aquí a su conclusión, sabemos que —en cierto grado— también formamos parte de su construcción”. Temas como "Creure" o "Brisa" recogen esta idea e ironizan sobre el realismo capitalista, mientras que otros, como "Música para los parques de la capital" o "Alguien juega a mirarnos", abordan la relación con el espectáculo.

Eso sí, la figura de la caída de Occidente es “una hipérbole para sugerir un gran cambio, rescatada de las garras de la retórica reaccionaria porque es una imagen divertida y esperanzadora”, resume el grupo. Así, y pese a que su título podría sugerir lo contrario, el disco rechaza la consigna explícita, prefiriendo indagar en las emociones que el cambio suscita. A nivel del individuo, esto se plasma en "No hablar de ti", que celebra el desprendimiento del pasado y su resignificación, o en "Estrella en el pecho", que se regocija en un idilio al vislumbrar su fin. También se refleja en un sentido de efervescencia colectiva en la apertura "A partir de hoy", un corte sobre la búsqueda de refugio en la conexión humana ante la vorágine del progreso tecnológico.



Salvador Sobral: “Tenía ganas de gritar y reivindicar”


Por: Javier Capapé. 

Un recomienzo. Una nueva oportunidad. Salvador Sobral ha regresado con un nuevo disco enteramente en portugués en el que dirige su mirada hacia Brasil. Un disco sin canciones propias, pero con toda la esencia de un país en el que se ve reflejado y que ha nutrido su aprendizaje musical desde niño. Ahora, asentado en Barcelona, vuelve su mirada hacia el gran país americano para conectar con su espíritu, que mezcla la alegría del carnaval y el ímpetu de la samba con la profundidad emotiva de sus piezas más introspectivas e igualmente definitorias de todo lo que nos llega desde la otra orilla del Atlántico. “A Flor do recomeço” es un disco grabado en su totalidad en São Paulo, con producción de Tó Brandileone y el empuje de su director artístico Marcus Preto, que fue quien animó a Salvador a lanzarse de lleno en este proyecto, que incluye canciones de Chico César, Arnaldo Antunes, Marcelo Camelo, Paulo César Pinheiro, Juliana Linhares o Tim Bernardes, entre otros, así como las colaboraciones de Dora Morelenbaum y Ney Matogrosso. 

En la charla que mantuvimos con un Salvador de lo más cercano, pudimos profundizar en el proceso de grabación del disco así como en el camino que le llevó hasta él. También hubo tiempo para hablar de su inminente gira internacional, así como de su boicot a Spotify y de la preocupante deriva política actual hacia la ultraderecha. Todo desde su prisma abierto al mundo y de una abrumadora sinceridad que nos descubrió a un músico tan grande como humilde.

“A Flor do Recomenço” es un disco maravilloso, lleno de matices y recovecos que nos acercan a la enormidad cultural de Brasil y a su corazón, que late sin perder su verbo incisivo ni su ritmo bailable. Tras discos más personales y atrevidos como “bpm” o “Timbre”, Sobral se lanza a uno más purista en las formas, pero increíblemente bien interpretado, con toda la pasión y entrega que requería y el personalísimo toque del artista portugués más grande en activo. Un auténtico placer para los sentidos al que tratamos de acercarnos en profundidad en estas líneas.

Antes de entrar en materia con tu nuevo disco, quería preguntarte, lo primero de todo, por este tiempo que has tenido de desconexión, alejado de las plataformas, después del disco con Silvia Pérez Cruz. ¿Cómo te estás encontrando con la vuelta a todo este meollo? 

Salvador Sobral: Me hablas de Spotify, ¿verdad? Bueno, yo me junté con un grupo de boicot a Spotify por todas las razones que ya conocerás: el financiamiento militar de guerra, la campaña del ICE, la música con inteligencia artificial y demás. Sentía que en Portugal tendría muchos colegas que se vendrían conmigo, que harían un boicot colectivo a esta plataforma tiránica, pero la verdad es que la gente la necesita, obviamente. Tuve un par de artistas que siguieron el boicot, pero unos meses después, como le pasó a Jonny Mitchell y a Taylor Swift, que también hicieron boicot, tuve que volver. A mí me sirvió para concienciar un poco a la gente, porque muchos no tenían ni idea de toda esta problemática. Y al final, con este boicot, mucho público y oyentes míos se sumaron con sus familias y eso es algo que me alegró, pero yo tenía que volver porque nadie estaba escuchando mi música. Y esto es porque la industria todavía sigue monopolizada por Spotify. Me pasó algo muy raro, porque el día que posteé el vídeo de regreso a Spotify gané dos mil seguidores en Instagram. Yo no soy conspiranoico, pero esto pasó como te digo. Parece que todo está interconectado y que tienes que jugar a este juego, pero bueno, yo espero un día poder hacer un boicot colectivo con más colegas y que podamos encontrar una plataforma más democrática. 

Hemos empezado por este tema algo controvertido, pero lo que nos interesa es tu nuevo disco, “A Flor do recomeço”. Hemos podido disfrutar de las canciones previamente para preparar la entrevista y lo primero que nos viene a la cabeza es que siempre has hecho discos muy diversos en idiomas, pero en este te centras en el portugués como única lengua. ¿Es quizá por esto el disco más personal que has hecho? 

Salvador Sobral: Es verdad que es mi primer disco enteramente en portugués. Yo no diría que es el más personal porque no tiene ninguna canción mía y cuando los discos son autorales, pues siempre hay temas más íntimos. En el disco anterior, “Timbre”, hablaba más de cuestiones de mi vida, pero para mí no hay demasiada diferencia. A mí me encanta cantar canciones de otros, pero no sé si es mi disco más personal. 

“Con este disco gané un poco de motivación e ilusión otra vez por este oficio” 

¿Y cómo surge la idea de hacer un disco nuevo, centrado en autores brasileños, pero sin ir a revisitar clásicos de la música popular brasileña? 

Salvador Sobral: Pues mira, yo llevaba un tiempo así medio desinspirado después de la gira con Silvia Pérez Cruz. Estaba muy cansado. Fue una gira muy exigente. Y también por la situación del mundo, de la sociedad, de todo lo que nos rodea. Desde la fascización de todo el mundo hasta el genocidio en Gaza. En fin, yo sentía que crear era superfluo, ¿sabes? Estaba en una crisis de inspiración y de creatividad. Así que me pasé un año con la familia. Solo dedicándome a mi hija y a jugar al fútbol, básicamente. Pero claro, llegó el final del año y no había hecho ni un euro y yo, como todos, tengo que hacer dinero para alimentar a la familia. Y lo único que sé hacer en mi vida es cantar. Entonces, curiosamente, fue mi compañera la que me recordó a un brasilero que había conocido en São Paulo, en un concierto mío, que me había propuesto hacer un disco con canciones inéditas, hechas solo para mí. Que no fuera un disco de versiones, pero que fuera un disco único, porque él sentía que mi voz casaba muy bien con esas melodías y esas letras. Él era Marcus Preto, un director artístico muy conocido. Fue el director artístico de Gal Costa, por ejemplo. Entonces le llamé, le pregunté si todavía estaba en pie esa invitación y me dijo que sí. Así que, por fin, gané un poco de motivación e ilusión otra vez por este oficio. 

¿Les pediste algo a los autores con los que has trabajado o les diste libertad total a la hora de escoger canciones? 

Salvador Sobral: Bueno, son gente bastante potente y a la que admiro mucho, así que me daba vergüenza pedirles algo. Les dije en todo momento que tuvieran libertad total, y siento que ellos me entendieron bien a mí y a mi forma de interpretar, porque todas las canciones la verdad es que me sientan bien. Tú sabes que en Brasil “ustedean” y en Portugal no, y no hay muchas canciones con usted. Es algo con lo que tuvieron cuidado, y creo que ellos, por sí mismos, compusieron canciones que van bien con mi voz y mi interpretación. 

Venías de la pureza más ligada a lo melódico con Silvia Pérez Cruz y aquí te vas un poco hacia ritmos más festivos, propios también del propio Brasil. ¿Necesitabas ese contraste? 

Salvador Sobral: No sé, necesitaba tal vez un poco de algo más salvaje. Buscar algo más salvaje en mi interpretación también, que pudiese gritar un poco. Es verdad que la gira con Silvia era más melódica, como dices tú, más tranquila, y yo quería también poder bailar y gritar. Hacer una cosa un poco más desde las entrañas. Y también por cómo está la sociedad hoy en día, tenía ganas de gritar y de reivindicar. 

“Quería hacer este disco lo más colectivo y humano posible” 

Sin embargo también veo que hay cierto contraste con tu experimentación de algunos de tus discos. Por ejemplo, en “Timbre” estaba esa experimentación y aquí te vas hacia un traje más cercano a la música popular brasileña, sin perder esa inspiración novedosa, pero yéndote a lo más purista. ¿Puede ser? 

Salvador Sobral: Sí, es un disco bastante analógico y humano porque hicimos los arreglos todos juntos entre los músicos. Pensamos la música y creamos los arreglos juntos. Grabamos todos en la misma sala a la vez. Fue una cosa muy humana, colectiva. También fue como una especie de movimiento de resistencia en relación a la música que se hace hoy en día. La mayoría de la música que se hace hoy es mucho pop desde las habitaciones y mucha música con la computadora. No hay mucha conexión. Y para mí la música es lo que hicimos en el disco, un diálogo, una cosa compartida. Por eso también quería hacer este disco lo más colectivo y humano posible. 

Te iba a preguntar precisamente por la grabación en São Paulo. Son todos músicos brasileños y también lo es el productor del álbum. ¿Qué es lo que aporta este productor a estas canciones para conseguir algo que se sale un poco de tu zona de confort y se va directamente a ese gran país que es Brasil? 

Salvador Sobral: Pues eso mismo que decía. En la primera reunión que tuvimos los tres, con el productor Tó Brandileone y el director artístico Marcus Preto, ellos querían conservar esa cosa mía de la espontaneidad, del directo, del repentismo y la improvisación. Ellos dijeron que había que hacer el disco todos a la vez dentro del estudio, como si fuera un concierto. Creo que esa idea la aportaron ellos también, la de conservar la energía de la inspiración del momento. Siento que eso está bastante presente en el disco. 

Sin embargo, a pesar de que es un disco muy brasileño, podrían verse, o al menos así lo percibo, como dos tipos de canciones. Algunas más populares, más brasileras, donde brillan ritmos de carnaval, como la que abre el disco “Homem Louco”, y otras más pop, como la canción titular, “A Flor do Recomenço”. ¿Hay una intencionalidad de salir de lo más convencional brasileño, con temas de este corte pop? 

Salvador Sobral: Sí. Nosotros no queríamos hacer una caricatura de la música brasilera. Queríamos encontrar, más bien, nuestra propia identidad como banda y yo como cantante, dentro de esas canciones tan brasileras, con esas letras tan brasileras, y esa banda tan brasilera. Quería encontrarme a mí y a mi portugalidad ahí dentro también. Entonces, curiosamente, buscando y explorando todos juntos, llegamos a una sonoridad que es más bien jazzística, porque yo estudié jazz, y ellos, obviamente, siendo músicos de música brasilera, también están muy vinculados al jazz. Así que creo que nos encontramos ahí, en un terreno más jazzista. Pero es curioso lo que dices de la canción escrita por Chico César, porque es jazz, sí, pero esa canción que da nombre al disco es muy Beatleiana. Los Beatles también fueron un terreno común que encontramos, porque los Beatles, la mejor banda de siempre, a los músicos también les gustaban, por lo que fuimos buscando un proceso de desbrasilificación de la música, intentando encontrar una nueva sonoridad que no fuera tan caricaturesca brasilera. 

“Para mí la música nació en Brasil” 

Aún así, a pesar de que no me parece caricaturesca, ni mucho menos, aparte de la relación con Marcus Preto que comentas, evidentemente, hay algo mucho más fuerte que te une a Brasil, que te lleva a hacer este disco. ¿Qué es eso que te une? 

Salvador Sobral: Creo que es la memoria musical que tengo de mi infancia, de cuando empecé a escuchar música. Fue la primera música que escuché en los coches de mi madre y de mi padre, yendo hacia el Algarve, cuando todavía eran cinco horas de carretera. Mi madre escuchaba a María Bethania en el coche, y mi padre escuchaba a Chico César, precisamente. Entonces, creo que también es un regreso a esos orígenes musicales, no solo míos, de mi infancia, sino creo que también del mundo, porque para mí la música nació ahí mismo, en Brasil. 

Vamos a hablar también de las colaboraciones que hay en el disco. Dora Morelenbaum canta en la más pausada “Estrela Cadente”, y Ney Matogrosso en la muy enérgica “Bam Bam”. ¿Dónde surge la idea de colaborar con estos dos artistas en concreto? 

Salvador Sobral: Yo quería tener dos generaciones muy distintas de cantantes, como tengo de compositores. En este disco tengo a la escena joven, vibrante, nueva brasilera, como es el caso de Tim Bernardes o de Juliana Linhares, pero también tengo antiguos compositores como Joyce Moreno y Paulo César Pinheiro, de la época dorada de la música brasilera. Y quería tener eso también en los duetos, alguien de la nueva generación y otra persona de la música más antigua. Por eso está Ney, que es un señor de ochenta y cinco años, pero con la energía increíble de un joven de treinta. Me gusta él, no solo su voz, que sigue intacta, como si estuviese cantando en los años ochenta, sino también su extravagancia y la importancia que tuvo, no solo en la música brasilera, sino también en la escena social y política. Fue un personaje muy importante y sigue siéndolo. Y Dora Morelenbaum, para mí, sigue el legado de Gal Costa. Es la voz más celestial de Brasil en esta música contemporánea. Es una voz que me lleva al cielo. Por eso elegí estas dos voces. 

“Cuando canto baladas siempre voy más directo al alma de la gente” 

Con Dora nos pones los pelos de punta, pero también Ney nos sorprende por lo potente que llega a sonar con esa edad. ¿En qué faceta te sientes más cómodo? ¿En esa explosión de energía o en la emotividad? 

Salvador Sobral: Creo que cuando canto baladas siempre voy más directo al alma de la gente. Desde Eurovisión creo que tengo ese gancho de las baladas. Es innegable. Aunque me divierto muchísimo cantando cosas más bailongas y me encanta, creo que a la gente le hablan más directamente las baladas. 

Precisamente te iba a preguntar por ese juego. En la canción con la que cierras, “Oração do ateu”, juegas también con cierta dualidad religiosa y te vas a ese tono más sereno para cerrar el disco. Quería saber si era más fácil para ti buscar lo emocional con esas tonadas más serenas o si el ritmo te permite también emocionarte y emocionar. 

Salvador Sobral: Como te digo, creo que para la gente son más directas las baladas, pero a mí me gusta explorar todo el espectro de emociones dentro de la música y todo el espectro rítmico. Desde las cosas más rápidas, tropicales y bailongas, hasta la balada más visceral. Creo que todo es necesario. 

Hay otra canción que me llama la atención que es “É de se estimar”. Me ha recordado mucho a tu disco “Alma Nuestra”, que estaba dedicado a Cuba. Sin embargo, noto una cercanía también con este nuevo trabajo. Son dos estilos diferentes, por un lado Cuba, por otro Brasil, pero me llevan a ese explorador que siempre has sido de músicas del mundo. ¿Cuánto hay de nexo musical en este gran continente latinoamericano entre lo que pueda ser Cuba y todo lo que nos aporta Brasil? 

Salvador Sobral: Creo que la música brasilera, la música cubana y el jazz comparten mucho. A mí me gusta mucho más la música latinoamericana por la riqueza de las letras, que el jazz no tiene absolutamente. Tanto los boleros como la música brasilera tienen mucha más riqueza poética que la música jazz, pero las armonías son ricas y las melodías también. Hay mucha complejidad, y a la vez en Brasil esa complejidad suena simple. Y en Cuba también. Creo que “É de se estimar” te hace pensar en ese disco de “Alma Nuestra” por la formación jazz que hay y las melodías de Latinoamérica y su música folclórica, que al final se parecen un poco. 

De hecho, he escuchado decir eso, que la música latinoamericana viene toda o nace toda en Brasil. Y este collage sonoro que hay en el disco podría llevarnos a refrendar esa afirmación. 

Salvador Sobral: Sí, bueno, todo nace en África. Pasa lo mismo con la música de Estados Unidos. La música la llevaron los africanos a Estados Unidos y a Latinoamérica, y ahí es donde empezaron a surgir los cambios, pero al final todo es africano. 

Bueno, de África podría saltar a Brasil y de Brasil al resto de América. 

Salvador Sobral: Eso es, puede ser. ¡Quién sabe! 

 “Yo no soy tan romántico como para pensar que la música puede ser un antídoto de algo” 

Has hablado, un poco de soslayo, de la deriva política. Precisamente cuando escuchaba este disco me acordaba un poco de la deriva hacia la ultraderecha que se está viviendo en Brasil. Sin embargo, tu disco respira alegría, respira todo ese color que brota en sus calles. Brasil es tierra de armonía, tierra de vida, de carnaval. ¿Puede ser esta música, siempre asociada a lo festivo, un antídoto contra esta deriva política desconcertante de la ultraderecha? 

Salvador Sobral: Yo no soy tan romántico como para pensar que la música puede ser un antídoto de algo. Creo que es algo que tenemos que vivir ahora, esta ultraderechización de la sociedad. Creo que los conciertos que hacemos sí pueden servir como un microcosmos durante una hora y media de felicidad, de democracia y de libertad. Por lo menos durante los conciertos, pero, infelizmente, lo que veo yo en Brasil, bueno más bien en toda Latinoamérica, es que se está Trumpificando. Y también está pasando aquí, en Alemania o en Francia. Es algo que me preocupa bastante. La música es lo que te digo, puede dar un alivio de una hora y media, pero los problemas seguirán ahí. La música no puede tener un impacto concreto en el problema que vivimos con la vivienda o la salud, algo que ocurre tanto en Portugal como en España. Pero eso sí, una hora y media de alivio, sí. Pueden contar con mis conciertos para eso. 

Quizá de ahí venga el nombre de “A Flor do Recomenço”. Una manera de volver a empezar o de intentar comenzar con otra visión o, por lo menos, con otro ánimo. 

Salvador Sobral: Eso es, supongo. Por lo menos en los conciertos, porque lo último que nos queda como músicos, a lo que todavía no ha llegado la inteligencia artificial, son los conciertos. Así que será un recomienzo en forma de gira y el recomienzo de alguna democracia, por lo menos en el escenario. 

¿Cómo van a ser las presentaciones del disco? ¿Tienes preparada una gira internacional? ¿Con qué músicos vas a contar? 

Salvador Sobral: Pues mira, tengo una gira internacional bastante buena, la verdad. Estoy muy agradecido, pero claro, los músicos que grabaron el disco están en Brasil y sería muy difícil traerlos tantos meses a Europa. Así que monté una banda, más o menos la que tenía del disco anterior, de “Timbre”, pero con algunos cambios. Es una banda de europeos: La pianista es bielorrusa, el guitarrista de Mallorca, la saxofonista catalana, y el batería y el contrabajista son portugueses. Esta banda es mucho más multicultural y vamos a explorar la memoria sonora que cada uno tiene, que es muy distinta. Esa es una cosa buena de mi banda, esa multiculturalidad y la manera que tienen ellos de encontrarse en esta música brasilera. Cada uno tiene una lectura distinta de la música brasilera. Creo que eso va a ser muy divertido de explorar y de buscar caminos. 

“La cultura es lo primero que cae cuando hay gobiernos autócratas” 

Imagino que también habrá más espacio para presentar el disco en Brasil esta vez, con más fechas. 

Salvador Sobral: Sí, siempre vamos, pero yo no estoy muy optimista en relación al futuro de Brasil. Ahora ni siquiera consigo visualizar una gira como las que he hecho antes allí si no se vive en democracia, porque la cultura es lo primero que cae cuando hay gobiernos autócratas. No sé cómo lo podremos plantear, pero supuestamente en abril vamos a tocar a Brasil. A ver qué pasa. 

En España también se te estima mucho. Eres quizá el músico más reconocido de Portugal aquí. ¿Sigues tan unido a España como lo estabas al principio de tu carrera o te sientes más un hombre no ligado a ninguna parte? 

Salvador Sobral: Bueno, yo vivo en Barcelona desde hace tres años, así que me siento muy conectado con Cataluña y con España siempre. Tú sabes que llevo años tocando aquí y que la gente me “encariña” mucho, pero es que además tengo una hija que habla catalán y es española, entonces ya estoy para siempre ligado a la península. 

Antes de despedirme, porque sé que vas a tope estos días con la promo, quisiera comentarte que ya hace mucho tiempo pude disfrutar de verte en festivales de jazz como los de Peñíscola o Zaragoza. Hablo de hace bastantes años. Pero esa fuerza que desprendías entonces me cautivó y me lleva a preguntarte si sigue siendo el jazz, que también ha salido a colación en la entrevista antes, el género que mejor te define después de todos estos años. 

Salvador Sobral: Esta es la pregunta del millón de dólares. Yo creo que el jazz, más como filosofía que como género musical, me representa. La filosofía del jazz de la comunicación entre los músicos, ese diálogo que hay, aquello de la pregunta-respuesta entre instrumentos, la improvisación, la libertad… eso sí me representa. En cuanto al género musical, no te puedo decir que lo escuche mucho. No me acuerdo de la última vez que escuché un disco de jazz, porque me gusta todo, me gusta toda la música del mundo, y el jazz, últimamente, no es que lo escuche mucho. Pero el jazz como filosofía sí que lo abrazo y en todos los conciertos vas a ver eso: improvisación, comunicación… La gente cuando me ve creo que sale con la sensación de que ha ido a un concierto de jazz, pero nunca escucho jazz en mi casa. Es curioso. 

Ojalá podamos verte en esta gira. Te deseo lo mejor con el disco. La verdad es que nos ha gustado mucho al equipo del Giradiscos. Ha sido un placer hablar contigo y sentirte cerca. 

Salvador Sobral: Muchas gracias a vosotros. Gracias por haber escuchado el disco.