Fernando Alfaro: “Tejido de Felicidad tiene un sentido de autoafirmación”


Por: Javier González. 

El Record Store Day siempre nos prepara algún que otro caramelito repleto de sabor que llevarnos a la boca. En este caso una de las piezas suculentas que ha visto la luz y que podemos adquirir desde el pasado fin de semana es la reedición en vinilo de “Tejido de Felicidad”, el fenomenal trabajo de Chucho, la banda capitaneada por el siempre personal y brillante Fernando Alfaro, editado en una preciosa edición para buenos coleccionistas desde Warner

Un disco mítico dentro del undeground estatal de finales de los años noventa, impregnado por un aire fresco y un innegable foco resplandeciente, pleno de vitalidad, fruto de las circunstancias que rodeaban el día a día de Fernando en aquellas semanas de grabación, que sin embargo no logran ocultar del todo ciertas sombras, siempre presentes en la azarosa trayectoria del albaceteño, que asomaban amenazantes, dotando de un fenomenal contraste a un trabajo colosal, al que el paso del tiempo no ha hecho más que reafirmar su condición de álbum mítico. 

Descolgamos el teléfono para mantener una larga y agradable charla con el bueno de Fernando. Nos le encontramos como la última vez que tuvimos la fortuna de hablar con él. Locuaz y torrencial en el habla, rememora con precisión cada detalle y disfruta comentándonos anécdotas. Nos alegra encontrarlo en el mismo punto vital que le dejamos. Satisfecho y feliz, con una buena noticias paras sus fans: hay canciones grabadas. Las mismas verán la luz en un nuevo trabajo, firmado bajo su nombre, que se editará después del verano, algo que ya estamos deseando que suceda. 

Tras la intensidad y el final abrupto de Surfin' Bichos, arrancaste tu aventura como Chucho, primero con el Ep homónimo del año 98, más tarde con “78”, ambos bajo el sello Limbo Starr, al que sigue el trabajo que hoy nos ocupa. ¿Qué recuerdas del proceso de preparación de este cancionero? ¿Y de la grabación? 

Fernando: Habría que hacer dos puntualizaciones previas. Chucho es el grupo que formé con Juan Carlos Rodríguez y Daniel Fernández, algo que ha dado pie a muchas confusiones. En ciertas ocasiones, profesionalmente hablando, se han dirigido a mí personalmente como Chucho. Luego está el asunto de Limbo Starr, la marca que cree y que fue la encargada de editar el primer Ep. Después vio la luz “78”, que salió con Limbo Starr como subsello, pero en realidad era Virgin con todas las de la ley, ya que contábamos con sus AR y toda la gente de su equipo de promoción. Una relación que continúa en “Tejido de Felicidad” y “Los Diarios del Petróleo”, que estuvieron editados dentro del sello Chewaka, un subsello de Javier Liñán que estaba dentro de Virgin y cuyas oficinas, en un sótano de la calle Hortaleza, estaban dentro de la sede de Virgin España. Posteriormente entré en contacto con David López, que era amigo mío y unimos voluntades profesionales. Yo tenía la marca Limbo Starr, que era un mero nombre, pero empezamos a editar discos como los de Nacho Vegas. Como digo, el álbum “78” fue ya editado con Virgin y “Tejido de Felicidad” era su continuación, el segundo álbum, pero para entonces nosotros ya teníamos un montón de material y canciones, además de haber editado el Ep y “78”. Este último ha sido reeditado hace poco en vinilo, puesto que en esa época no se hacían vinilos, era algo del pasado. No era algo que buscara el ahorro, es que directamente Virgin ni se planteaba editar vinilos, sacaban casetes y cds. 

“Estábamos viviendo una auténtica fiebre creativa” 

Estamos ante un trabajo que demuestra el gran estado de forma que tenía la banda, ya que nos paráis de componer canciones. 

Fernando: Cuando grabamos las canciones del disco, ya habíamos producido una gran cantidad de canciones, recogidas ahora en la edición del álbum de rarezas “Prehistoria, demos y demonios”. Recuerdo que estábamos en plena fiebre creativa y queríamos grabar un nuevo álbum, empezamos a pensar en el disco, reunimos las canciones y completamos el total de las que aparecen. Cabe puntualizar que a raíz de “78”, hubo una canción, “El Detonador EMX-3”, que fue elegida por Alejando Amenábar para una de sus películas, “Abre los Ojos”, algo que es realmente importante, básicamente porque él compone sus películas junto a Mariano Marín habitualmente. 

“Algunas canciones fueron compuestas a partir de sampleados de la BSO de “Abre los Ojos”, compuesta por Amenabar” 

¿Qué ocurrió a raíz de aquello?

Fernando: Nacho Sáez de Tejada, que en paz descanse, que era nuestro AR de entonces junto a Quique Gallego, ambos pidieron que nos planteáramos componer algo utilizando sampleados de la banda sonora orquestal, compuesta por Amenábar. Lo que hice fue componer canciones a partir de samplers y cambios de tonalidad, a veces me plagaba más a las estructuras y otras menos. Finalmente acabaron saliendo dos canciones: “Mi vida con Fiebre” y “Aguacero al Infinito”. Teníamos otras ocho más para completar un álbum específico, pero finalmente no salió adelante el proyecto, sin embargo, esas dos las tocábamos en el repertorio, interpretando con nuestros instrumentos encima de las orquestaciones sampleadas, haciendo algo propio nuestro rollo. Decidimos que formaran parte del álbum, ya que estaban dentro del repertorio. Lo digo para poner en contexto porqué están esas dos canciones incluidas. Había más composiciones que veníamos tocando en directo desde el 95, “Alicia Rompecuellos”, “Erección del Alma” y “Perruzo”, cuya demo está incluida también en el álbum de rarezas. 

“Decir cosas profundas y complicadas con un lenguaje sencillo es un reto increíble” 

Pese a todo era un segundo álbum, que no sé hasta qué punto suponía una mayor presión para la banda. ¿Fue así? 

Fernando: Muchas veces es lo que pasa con los segundos discos de un grupo, son trabajos de autoformación. “Fotógrafo del Cielo” de Surfin´ Bichos es un caso similar que viene después del experimento de producción del primer disco, un trabajo más urgente y explosivo, pero el segundo refleja el sonido de la banda en ese momento, algo que va más allá de la suma de las partes. “Tejido de Felicidad” es un caso similar, pese a ser otro momento nuestro vital y otra banda, pero tiene ese sentido de autoafirmación. No me gusta decir madurez, pero sí serenidad que te lleva a ampliar un poco el campo para llegar hasta el final de las cosas. Decidimos utilizar más arreglos orquestales, contando para ello con una pequeña orquesta que participa en varias canciones como “Magic”, “Revolución”, “El Mundo en un Segundo” y “Una nueva vida”, con arreglos de cuerda y viento. Había que extender los tentáculos. 

“Cuando se graba un disco, uno siempre tiene la sensación de estar grabando el álbum más importante del mundo” 

Como decimos, venías de dos trabajos de distinta duración que bien pudieron ayudar a que el proyecto y el concepto fueran tomando forma. ¿Sentiste en aquel momento que “Tejido de Felicidad” fue el disco que finalmente te podía permitir asentar tu siempre particular discurso en un nuevo contexto.? ¿Había una sensación de estar grabando un álbum clave? 

Fernando: Voy a dejarte una frase lapidaria, pero uno cuando graba, siempre tiene la sensación de estar grabando el disco más importante del mundo. No es ninguna sobrada, es lo que sientes. Te metes tan dentro que parece que estás dentro de un país que ha cerrado, no te planteas la trascendencia que va a tener o no. Es lo más importante que has hecho en tu vida. Hay una fe ciega. Es algo que suele pasar en casi todos los discos. Luego, por una series de circunstancias que no están a tu alcance, el resultado final llega a más o menos gente. Claro que sentíamos que hacíamos algo importante, sí, pero es que es algo normal. 

Háblame del proceso de preparación de “Tejido de Felicidad” y de las sesiones de grabación, ¿dónde tuvieron lugar? 

Fernando: Ya te he comentado que habíamos trabajado mucho en la construcción de canciones y en la base orquestal, pero el resto fue el trabajo habitual de juntarnos con las composiciones que teníamos puesta. Así es como he funcionado con todos mis grupos, probando en el local de ensayo y haciendo demos, algo muy de andar por casa. Sobre las demos, construyes y das paso adelante. Lo que sí es remarcable es el estudio donde grabamos, el estudio de Ángel González Cantarain, cuyos apellidos sonarán a mucha gente. Un estudio genial, que estaba en lo alto de un caserío, en la parte más alta de la montaña en la sierra de Aralar, en Navarra, ya pegando a Guipúzcoa. Lo recuerdo con las montañas nevadas, como una cosa paradisiaca. El estudio era un caserío acondicionado, con una estructura que nunca había visto. Me parecía muy especial la forma que tenía: el control, la sala, los niveles… todo súper guay. Era un entorno que te llevaba en volandas. Cuando fui a conocer el estudio, me acerqué con nuestro entonces mánager, Paco López, el gran Paco Attraction, al que quiero mucho. Fuimos allí en mi coche a hablar con Kaki Arkarazo, el ahora productor, que no tenía su estudio propio aún, donde grabamos “Los Diarios del Petróleo”. Estaban allí mezclando La Buena Vida, que fue cuando los conocí. Aquel era un entorno un poco místico, todo muy luminoso. Me acuerdo de estar en el intermedio, porque paramos en Navidades. Interrumpimos la grabación para ver a nuestras familias. A la vuelta, venía con Isabel León, mi pareja de entonces, que había hecho coros en mis últimos discos, teníamos ya a Natalia, cuyo nombre artístico es hoy Lea Leone, que tenía cinco/seis meses. Fuimos allí en coche. Había caído una nevada brutal. Recuerdo que pasamos Somosierra con una nevada inmensa, escuchando el “Moon Safari” el primer discos de Air, el grupo francés. Había caído una gran nevada en Aralar, tremenda, no llevaba cadenas en el coche, pero llegamos al caserío, y finalmente nos quedamos aislados dentro del estudio, cosa que aprovechamos para grabar. Menos mal que había víveres. Nuestro cocinero era Mikel Abrego, el batería de Negu Gorriak. Me acuerdo estar con mi hija pequeña, gateando en el estudio y disponiendo de un apartamento adyacente. De hecho, en el último corte del disco se oye una voz de bebé. Esa es mi hija cuando tenía seis meses. 

“En Chucho hay canciones luminosas desde el primer disco” 

Este es un trabajo un tanto peculiar en toda tu andadura, Muchos fans ven este disco como la “luz” tras la “sombra” de tu etapa anterior, quizás fruto del nacimiento de tu hija y de otros factores tanto externos e internos, pese a que esto es algo que admite matizaciones, puesto que la segunda parte del disco tiene fantasmas que todavía te acechan. ¿Te sentías cómodo siendo, por primera vez, un autor predominantemente optimista y feliz? 

Fernando:
Si es que ya en Surfin´ hay canciones muy luminosas, también en Chucho, desde el primer disco. Y en este trabajo se incluyen canciones como “Perruzo” y “Aguacero hacia el Infinito”, porque uno nunca acaba de librarse de las sombras. Obviamente, hay un reflejo del momento vital, tanto mío como del grupo. Hay mucha gente involucrada y todo afecta al resultado final. En otros trabajos también convivíamos para grabar, pero no era este entorno que hemos comentado. Eso también se refleja. Mi momento vital también tiene aquí su reflejo. 

“En este trabajo se incluyen canciones como “Perruzo” y “Aguacero hacia el Infinito”, uno nunca acaba de librarse de las sombras” 

Aquí encontramos canciones míticas como “Magic”, “El Mundo en un segundo” y “Revolución”, que nos muestran a un autor que, aunque toque temáticas universales, sigue dando una vuelta de tuerca a las letras de lo más personal. 

Fernando: Sí, la vuelta que creo que tienen y que todos tenemos. Muchas veces tendemos a un acuerdo de mínimos para transmitir determinados conceptos. Decir cosas profundas y complicadas con un lenguaje sencillo es un reto increíble. El tema es que la perversión de todo eso es una repetición de tópicos y lugares comunes que abundan en el pop. Hay bandas como The Smiths que con muy poco, decían muchísimo. Personalmente, he dicho muchas cosas, pero siempre he aspirado a tratar de decirlas de una manera más sencilla con el paso de los años. 

“Me interesan los artistas que van de una forma un poco suicida, hay que ser un poco kamikaze para no quedarse en la superficie a la hora de componer” 

Cortes que conviven con temáticas obsesivas como “Alicia Rompecuellos” y “Mare Nostrum”, letras que hay que ser muy valiente para poner al alcance del público. 

Fernando: Creo que digo las mismas cosas que sentimos y pensamos, pero no todo el mundo se atreve a decirlas del mismo modo. Hay que ser un poco kamikaze para no quedarse en la superficie a la hora de componer. A mí también me interesan los artistas que van de una forma un poco suicida, que se atreven a comunicar como una conexión de huesos entre humanos. Por eso nos emocionan. Es una constante del arte. 

“En “Tejido de Felicidad” los rincones oscuros se destacan menos que las ventanas abiertas y la luz” 

Y otras donde las sombras que te acechaban son totalmente visibles como “Aguacero al Infinito” o “Mi vida con Fiebre”, dos temas que me parecen de los mejor de tu factoría musical a los que acudo con frecuencia. 

Fernando: Sí, por eso se incluyeron en el disco, no porque fueran de Amenábar. De hecho, no hubo acciones promocionales. Ni por la productora de Alejandro, ni por parte de nuestro propio sello hubo acciones de marketing. A pesar de que el origen era buscar una mayor repercusión, sea sinceros. El AR de Virgin era una gran persona y me propuso hacer canciones con la BSO. Además, Alejandro Amenábar era compañero de piso de un amigo nuestro, Agustín González, uno de los guionistas de cine. ¿Recuerdas la polémica con el libro de Carmen Mola? Una supuesta escritora tras las que estaban detrás tres hombres, pues uno era él. Así surgió todo. No hubo nada de marketing. Lo sabía. Estaba de acuerdo. Nosotros las incorporamos de forma honesta. Como decía, eran samplers distintos, tomando loops y variando el tempo. En los créditos de la SGAE dichas canciones aparecen compuestas a medias con Amenábar en el apartado musical, pero realmente son tan mías como cualquier otra. Es otro de los rincones oscuros junto a “Perruzo”, pero se destaca menos que las ventanas abiertas y la luz del disco. Ese ímpetu infantil de un bebé gateando que sale en el disco. Sin embargo, hay una zona oscura, que no se impone a las canciones más alegres. Tú sabes que la historia de “Magic” es para intentar poner feliz a un amigo que se moría de SIDA. Mi amigo Ricardo. Le hice la canción para animarle. Una especie de grito desesperado. Era feliz porque celebra los segundos que le quedaban por delante. 

“La canción “Magic” está hecha para intentar poner feliz a un amigo que se moría de SIDA” 

“Perruzo”, tremendo temazo también. 

Fernando: Totalmente. “Perruzo” es anterior a todas estas. Grabada en el año 95, aparece en versión maqueta en el disco de rarezas. Creo que está fechada en el 95. Es un momento más punki, habla de adicciones y de sexo, tardé muchos años de librarme de aquello. No creas que la sierra y el aire puro de Aralar me limpiaron para siempre. 

 “Conozco mis discos al milímetro” 

Esta nueva reedición de “Tejido de Felicidad” vio la luz con motivo del pasado Record Store Day. ¿Has tenido la oportunidad de redescubrir algún matiz del mismo que tuvieras olvidado? 

Fernando: No. Me sé de memoria todos mis discos. Cuando grabo mis discos, me meto de una forma obsesiva hasta el último detalle. Conozco todo al milímetro. Y para terminar de asumirlo, como cuando conoces a alguien que quieres mucho, conoces también íntimamente sus defectos. Veía los defectos de mis canciones y los escuchaba a saco. Luego ya nunca más lo hago. Rara vez. Hay una cosa que no aguanto y la gente que me conoce no la hace nunca que es entrar a un garito y que pongan una canción mía. Hay gente a la que le gusta. Me salen sarpullidos. No necesito escucharlas para redescubrir. Los conozco al dedillo. Y en privado, si los escucho es porque lo necesito cada cuatro o cinco años, básicamente para mirar alguna canción que pueda interpretar en directo. 

“Ahora mismo te diría que el mejor disco es el último, lo estoy terminando de mezclar” 

¿Crees que estamos ante la obra cumbre de toda tu discografía? 

Fernando: Me cuesta mucho verla así. No tengo un ranking, nunca lo he podido tener. Sí que estaría entre los cuatro/cinco mejores. Probablemente estaría el primero, pero no lo sé. Aparece en muchas clasificaciones, así que será verdad. Conozco mis discos como si fueran mis hermanos, padres e hijos, conozco sus defectos y virtudes, contexto e historia, pero no puedo establecer clasificaciones. A lo mejor hay gente que pierde de vista otros discos, quizás no tan señalados, que no están en esos relatos mediáticos, por estar fuera del radar, pero para mí pueden estar a una altura similar. No te puedo decir exactamente qué clasificación tiene. Ahora mismo te diría que el mejor es el último, lo estoy terminando de mezclar. Lo estoy escuchando obsesivamente. Saldrá bajo mi propio nombre. Ahora vivo solo, no tengo que molestar a nadie al ponerlo mil veces. Solo doy guerra a los vecinos a los que tendré hasta los huevos. 

¿Estás en Albacete viviendo ahora mismo? 

Fernando: Actualmente estoy en Madrid, pero he estado mes y medio en Córdoba, grabando con Fernando Vacas. El disco saldrá después del verano. 

“Me emociono escuchando las grabaciones de mis discos” 

¿Qué consejo le daría el Fernando Alfaro actual al que estaba grabando esta colosal colección de canciones? 

Fernando: No creo que le diera ninguno. Aquel Fernando no escuchaba a nadie. Además, de verdad, soy el de consejos vendo que para mí no tengo. Intentaría decirle lo mismo que me digo a mí mismo ahora: intenta no sufrir en el proceso. Me emociono mucho. Me lo tomo muy en serio. Los directos también, pero son otro entorno y mecanismo. Me emociono escuchando cosas y lloro, sobre todo si son otros músicos que amablemente participan en las grabaciones de mis canciones. Me hacen llorar. Y me mola un montón. 

“El nuevo álbum es una especie de orfebrería pop con recovecos de chanson oscura” 

Venga, vamos a poner los dientes largos al persona. ¿Qué aspecto tienen esas nuevas composiciones? 

Fernando: No sabría definirlo. Es una especie de orfebrería pop con recovecos de chanson oscura y llena de fogonazos. También hay canciones…que me cuesta clasificar. Tiene como rincones, muchas historias y ventanas que se abren. Canciones a lo Bowie y chanspn, algún swing, temas orquestales, pulso eléctrico y toques de rock de autor. Es difícil de definir. Estoy dentro de ese país de fronteras canceladas muy metido. Estoy muy metido dentro para definirlo. 

¿Con quién editarás el nuevo trabajo? 

Fernando: Estoy en ello, primero queríamos grabarlo. 

Por mi parte es todo. La verdad es que tengo ganas de verte y que podamos charlar un rato. 

Fernando: Es verdad. Siempre hacemos las entrevistas por teléfono. Menos mal que nos salen bien, pero siempre es mejor el contacto visual. Lo bueno que tengo es que no te dejo preguntar. Me pongo a hablar y hablar, seguro que piensas: “que se calle este hombre”. Para nada. 

Es un placer hablar contigo siempre. Además, me lo pones muy fácil, casi no tengo que preparar el cuestionario. 

Fernando: Gracias por todo. Un abrazo.

Ilustres Principiantes: Portosanto


Fotografía: Marta Alborés.

Portosanto presentan "Ten que haber un sitio para nós", su primer LP bajo este nombre. Editado por Ernie Records, el disco -formado por diez canciones- supone el punto de partida de una nueva etapa para una banda integrada por Anaís, Andrés, Nuno, Simón y Xoel, los mismos miembros que años atrás dieron vida a Oh! Ayatollah. Lejos de funcionar como una continuidad, el álbum plantea un comienzo consciente: una forma de recoger lo vivido y transformarlo en una propuesta más directa, emocional y afinada.

Los adelantos, el tema homónimo "Ten que haber un sitio para nós" y "Vinte de agosto", ya dejaban entrever las coordenadas del disco: por un lado, la necesidad de encontrar un lugar propio; por otro, el peso de la memoria y de las escenas que, sin saberlo, acaban definiendo quiénes somos. Dos líneas que atraviesan el álbum de principio a fin y que se desarrollan a lo largo de sus diez canciones desde distintas perspectivas, siempre con una mirada honesta y sin artificios.

Musicalmente, "Ten que haber un sitio para nós" se mueve en un pop rock de guitarras luminosas y afiladas, con nervio melódico y una intensidad que crece desde la contención. Las canciones se construyen sobre riffs reconocibles, bases rítmicas firmes y una clara vocación de banda, donde cada elemento ocupa su espacio sin perder el conjunto. Hay ecos evidentes -The Homens o Blur-, pero el disco no busca la referencia, sino la identidad: una forma propia de entender el formato canción desde la cercanía y la emoción.

Grabado en Casa Talisio bajo la producción de Jacobo Naya, el álbum apuesta por una sonoridad clara y directa, en la que las guitarras ocupan el primer plano y la voz se mueve entre la vulnerabilidad y la determinación. No hay exceso ni ornamento innecesario: el trabajo se centra en dejar que las canciones respiren y avancen, construyendo una tensión que se resuelve más por la insistencia que por el estallido.

En el plano lírico, el disco profundiza en una idea recurrente: la de crecer y asumir que las certezas prometidas no llegan. Frente a ello, Portosanto no proponen respuestas, sino preguntas compartidas. Sus canciones hablan de recuerdos que regresan, de momentos aparentemente menores que adquieren un nuevo significado con el paso del tiempo, y de esa necesidad persistente de encontrar un lugar -físico o simbólico- al que pertenecer.

Portosanto tienen ya confirmadas varias fechas en directo, con conciertos en Pontevedra, Ourense, Vigo y A Coruña, y las entradas ya están disponibles. Algunas de ellas de hecho, como las de Ourense, están ya agotadas. La banda anunciará próximamente nuevas fechas. 

"Ten que haber un sitio para nós" no ofrece soluciones cerradas ni respuestas definitivas. Lo que propone es un espacio común: un lugar donde la duda, la memoria y el deseo de avanzar conviven sin contradicción. Diez canciones que, más que explicar, acompañan. Porque, a veces, la única certeza posible es esa: seguir buscando.

Tiemersma, Reynaldo & Granota: "Trombos Factory"


Por: Txema Mañeru. 

Luis González (Caballero Reynaldo) cuenta con más de 80 discos bajo su nombre y tirando por lo bajo. Además de mucho material con mayoría de temas propios, siempre le ha gustado mucho jugar con los de otros artistas a los que admira y procedentes de palos bien distintos. En este aspecto se lleva la palma la gran multitud de discos que tiene con temas y discos de Frank Zappa. Pero es que si pasas por www.caballeroreynaldo.es, para conocerle y conseguir sus discos, comprobarás que tiene otros íntegros dedicados a Yes, King Crimson, The Beatles, Motörhead, Depeche Mode o Ringo Starr. ¡Toma eclecticismo… y valentía! No faltan tampoco otras bandas y otras versiones distintas a lo largo de su ingente discografía con predominio de material propio.

Hace 2 o 3 años cambiaron de nombre a su sello para pasar a llamarse Caballero Reynaldo Producciones Psicotrópicas. De los primeros discos que publicaron con ese logotipo fue el debut de Tiemersma, Reynaldo & Granota, “Le Grande Pastèque”. Se definieron como trío punk folk y unieron en él sus 4 comuniones. Canciones divertidas como "Ven", el punk siniestro de "Climaterio" o los aires Vainica Doble de "El Teatro de Manolita Chen".

Ahora se marcan otra genial y divertida vuelta de tuerca con este “Trombos Factory” (Caballero Reynaldo Producciones Psicotrópicas) con genial portada inspirada (con mucho humor) en el “Cosmo’s Factory” de la Creedence Clearwater Revival. Se picaron Tiemersma y Reynaldo para hacer un disco de la Creedence en modo electrónico y aquí está. Reynaldo aisló los esqueletos de estas legendarias canciones y les montó músculos y ligamentos nuevos, haciendo alarde de múltiples habilidades en el campo de estar zumbadísimo. Una locura que se disfruta de principio a fin y en la que se nota que ellos se lo pasaron en grande y nosotros también. 

Diez versiones extremas que arrancan con una "Intro" con "Proud Mary", un flipada hindú electrónica irreconocible. Transformación y experimentación total de nuevo con "Born On The Bayou" y su sonido ambiental casi acercándose a los Portishead, pero con algunas guitarras crispadas. Country galáctico es lo que nos encontraremos en "Looking Out My Back Door" mientras que el trance espiritual domina "Fortunate Son" para dar paso a la maravilla lenta, con más coros y ambientes envolventes, de "Bad Moon Rising". Al escuchar "Up Around The Bend" podemos acordarnos de Devo, The Silicon Teens o The B-52’s, mientras que nos harán bailar al ritmo de la mejor Donna Summer de mitades de los 70 en "Suzie Q". Una fiesta de baile pegadizo que persiste eb una "Down On The Corner" con Reynaldo como solista, pero con sonido de pajaritos en el ambiente. Atmosférica, pero respetando algo ese mágico estribillo. El "Outro" es para otra irreconocible y alocada "Lodi". Un álbum que ellos mismos dicen que lo han hecho con respeto, admiración, creatividad y retranca. Nosotros lo atestiguamos. ¿Qué locura será la próxima? Estaremos al tanto.

Carolina Otero & The Someone Elses: “Lilith lo sabe”


Por: Kepa Arbizu. 

El territorio delineado por los mitos y leyendas es también, como cualquier otro, un campo propicio para ejercer la lucha ideológica. Más allá del poder simbólico desplegado por el relato hegemónico portado por sus fábulas, su carácter alegórico acaba permeando en el imaginario colectivo y por extensión floreciendo en el hábitat cotidiano, de ahí que disputar la supremacía a esos textos significa en paralelo alterar, y en última y más importante instancia revertir, su naturaleza impositiva. Una batalla nunca desoída por Carolina Otero, sea en su faceta literaria o musical, ambas sustentadas por un gran talento, pero que en su más reciente álbum adopta un idioma especialmente combativo, respetando eso sí una particular e ingeniosa lírica. En consonancia con esa actitud retadora y tajante, el título de su trabajo, “Lilith lo sabe”, alude directamente a un nombre femenino que desde las ruinas mesopotámicas, encarnado en demonio por su persecución de los instintos, hasta la cultura judía, fustigado con los versos bíblicos por ser la pareja no sumisa de Adán, ha servido para maldecir la condición autónoma y empoderada de la mujer. Un continuo histórico, estirado hasta nuestros días a través de metáforas vampíricas y maneras de femme fatale, en el que irrumpe la autora valenciana, haciéndole protagonista inspiracional de un cancionero dispuesto a envestir contra unos muros dispuestos para proteger ese paraíso terrenal construido por el poder masculino.

Dado que cualquier disciplina artística tiene la posibilidad de tender un vínculo que comunique de manera natural la forma y el fondo, el airado concepto de este álbum requiere la presencia de una sonoridad eléctrica y contundente, que si no es en absoluto ajena al ideario de la compositora, su inmediato antecesor, “Popalina”, aludía a una tradición más melódica y delicada. Un cambio de paradigma que sin embargo mantiene -y que además parece definir a la idiosincrasia del proyecto- lo que podríamos calificar como la utilización de un juego de equívocos o falsas apariencias. Porque si en aquel trabajo pretérito su condición en principio romántica cargaba con una mancha trágica, sus presentes temas rastrean y encuentran un idioma donde la ironía, o la cáustica comicidad, se siente copartícipe de un disco que, aunque fiero, sabe escabullirse por momentos tras una sonrisa que, eso sí, muestra unos afilados colmillos.

Una misión que no asume la valenciana en solitario, tanto en lo que concierne a su expresión artística, donde mantiene su “apellido” grupal, que señala a su banda Someone Elses, como a un concepto que actúa de correa de transmisión de toda una reclamación previa que a lo largo de las décadas ha ido acumulando su propio ejército de voces femeninas disidentes, un ejercicio en el que toma mayor sentido la versión interpretada de “Wuthering Heights”, logrando aunar las figuras de Kate Bush y Emily Brontë. Si Karl Marx alertaba sobre ese fantasma que recorría Europa, este trabajo perfectamente puede ser una postal escrita en el presente pero que recoge un movimiento que se ha desplazado a lo largo de los siglos enfundado en camisetas moradas. Un testigo de esa insubordinación que arrebata, que no solicita, el altavoz para su reclamación, siempre dispuesta a ser minusvalorada por quienes pretenden mantener a resguardo su posición privilegiada. De ahí que esa “Llorona de Europa” con lo que empieza el disco sea falsamente introducida por una voz dulce y virginal que, a modo de ensamblaje con su anterior disco del que se desprende, casi instantáneamente busca alojamiento en una maraña eléctrica pronto convertida en columna vertebral sonora del álbum. El rugir de guitarras, y de bajos borboteantes, que bandas como Breeders, Veruca Salt o Pavement convirtieron en acompañantes de pegadizas melodías, son también aquí el atril sobre el que se suspende un alegato que pretende romper un impuesto cordón umbilical que lejos de alimentar, exclusivamente sojuzga. 

Un sometimiento encarnado en múltiples tentáculos, casi todos conjugados desde la cotidianidad, y que por supuesto también penetran en los contextos artísticos, y dado que la autora del disco convive en el literario y musical, ambos tienen en este repertorio su espacio y los dos son el espejo de ese mansplaining destinado a convertir a la mujer en un verso falto de cualquier trascendencia, realidad que en la muy noventera “Cara flan” dibuja la mirada jerárquica de los “grandes” de las letras, y “Bla Bla Man”, que se revuelve entre un paisaje casi post punk, redunda en esa condescendencia, sinónimo de minimizar los logros del otro género, que deja a su paso ese “charco de hombre” que actúa como un pantano denso y viscoso decidido a intentar borrar e invisibilizar las huellas femeninas.

Instantáneas de un paisaje costumbrista, ubicado geográficamente de forma local en un mapa de carreteras que en “Jesús Pobre” se transforma en un vigoroso desierto propio del stoner rock, que amplía su radar hacia un contexto más amplio y expansivo, demostrando que lo “micro” existe como pequeños, que no menos graves, vástagos de unas estructuras globales. Un salto desde el zoom pormenorizado a una fotografía colectiva donde, por supuesto, el amor romántico, tomado como imposición histórica y no como decisión particular, se expresa en “Sierva de amor”, de manera muy sagaz, a través de un medio tiempo abrazado sin embargo por un aguijón eléctrico que ejerce de sentido arácnido decidido a escapar de esa ensoñación en blanco y negro. Una huida de esa cárcel opresiva y alienante, anhelada en una recitativa -al estilo Lula- “Lilith” que sirve como enumeración de pioneras que van desde Madonna a Simone de Beauvoir pasando por Anaïs Nin, y a la que dedicará una rabiosa despedida con vestimenta punk en “Adiós, hermanito”. Furia que se vuelve cólera a través de la potente, extremadamente explicita y noctámbula “Corredora de fondo”, sepultura para esos jueces que dictan sentencias reproduciendo roles de dominación, los mismos a los que Rosalía de Castro condenaba en unos versos, hermandados con los de la valenciana, tintados de desamparo al expresar que “de mí se burlaron, me vendió la justicia”. Un terror ancestral, donde el verdugo y los magistrados comparten universo tiránico, exorcizado en una canción y un disco que, más allá de su valor artístico, ostenta una llamada de urgencia en clave de rock. 

El resultado de “Lilith lo sabe” sería digno de elogio simplemente por la naturaleza subversiva que plantea, pero además de eso, hay en su interior unas composiciones que, valiéndose de esa atractiva mezcla entre melodía y crudeza, ostentan un calado musical sobresaliente. Un repertorio que funciona como cartografía del agravio patriarcal al que es sometida, desde múltiples esferas, la población femenina. Parafraseando el conocido poema de Alejandra Pizarnik, donde describe su condición como “Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea”, Carolina Otero Y Someone Elses han construido su particular refugio de sororidad, uno en el que ofrece cobijo y ternura para esa mitad del planeta maniatada por la dictadura masculina, pero que principalmente emite un sonoro rugido con el que incorporarse a ese coro de voces que persiguen alterar la historia, dejando atrás el silencio y poniendo rumbo hacia un destino que despierte de esa pesadilla de testosterona y privilegios otorgados por una arbitrariedad en forma de cromosomas.

U2: “Easter Lily”


Por: Javier Capapé.

Cuarenta días después de “Days of Ash”, toda una travesía por el desierto, llegó hasta nosotros otra sorpresa en forma de EP de la banda irlandesa U2. De nuevo sin esperarlo y en pleno Viernes Santo se hizo realidad uno de mis sueños. Volver a escuchar a U2 en plena forma, con total credibilidad. Si para su anterior EP, mucho más combativo, eligieron el inicio de la Cuaresma lanzando en Miércoles de ceniza aquel EP que cuestionaba las formas de un mundo que se desmorona, el pasado Viernes Santo nos entregaron seis nuevas canciones en un tono mucho más reflexivo y confesional. Un manual introspectivo que intenta plasmar nuestros sentimientos ante este devenir social, pero desde un prisma interior, mirándonos a nosotros mismos y sirviendo como un exhaustivo análisis personal. Utilizando de nuevo la profunda religiosidad que ha impregnado sus grandes obras, estos dos EP’s conectan con tiempos fuertes de la cristiandad, comenzando por la reflexión general a comienzo de la Cuaresma con “Days of Ash” y terminando con el cuestionamiento interior y el afán de renovación en la Pascua con “Easter Lily”.

Bono anunció nuevo disco para este año, pero si juntamos ambos EP’s tenemos doce nuevas canciones que formarían el mismo. No sé si guardan más en la recámara, pero en estos tiempos de lanzamientos más comprimidos bien podrían ser estos los apropiados para devolver a la palestra a los irlandeses como merecen, con dos obras solapadas que están entre lo más acertado de su obra más reciente. Como he señalado antes, unos U2 en plena forma y realmente certeros. Actualizados en parte, pero sabiendo caminar también sobre aquellos pasos que tantas alegrías les dieron en el pasado. Porque si “Days of Ash” sonaba más actualizado o contemporáneo (dentro, eso sí, de sus patrones clásicos), “Easter Lily” nos lleva a su mesianismo de manual, remitiéndonos a obras tan clásicas e imperecederas como “The Unforgettable Fire”.

No encuentro nada que objetar a estas canciones, salvo quizá su cierre demasiado celestial o etéreo. Esa pieza que han cocinado a cuatro manos entre Bono y Brian Eno cuyo título aboga por la convivencia interreligiosa, con ese “COEXIST” como título que formaba parte de los emblemas de su “Vertigo Tour” (en forma de venda que tapaba los ojos de un inspirado Bono). Es el tema más místico de la colección, en el que su particular neo gospel no desentona en absoluto con el tono religioso del resto del EP, aunque lo verdaderamente conmovedor e inspirado se encuentra en el resto de bombazos. Cinco canciones sublimes, que no bajan en ningún momento el listón y que entroncan con los U2 mesiánicos, esos que tocaron el cielo con “The Joshua Tree”, precedido por el ya mencionado “The Unforgettable Fire”. A mí particularmente, me lleva más a este álbum que supuso el punto de madurez que la banda necesitaba para alejarse de su punk primigenio y abrazar el pop de masas.

La apertura con “Song for Hal” contiene el sonido más clásico del cuarteto. Un medio tiempo épico con esa “guitarra infinita” desde el principio que nos transporta directamente a mitad de los ochenta. The Edge lleva los mandos con su voz suave, que ya de por sí la convierte en algo muy especial. Imita a Bono, pero con formas algo más serenas y con mayor profundidad. Prima la emoción por encima del desgarro en un tema dedicado a su amigo y productor Hal Willner. Sólo esta canción, que algunos verán como rareza por su interpretación vocal, pero se equivocarán si se quedan solo en su superficie, ya está por encima de todas las demás de su anterior EP. Nos introduce de lleno en esta particular atmósfera de pureza que atrapa como no nos había ocurrido en mucho tiempo con los irlandeses. Nos pone la piel de gallina y nos arrastra hasta el brillo de “In a Life”. Otro medio tiempo que muestra que les salen más fácilmente y convincentes este tipo de canciones que las más duras en estos momentos. Tal vez sea por la edad, que les pide poner freno, pero eso no quita para que esta canción cuente con un redondo y muy certero estribillo gracias a esas guitarras tan personales de The Edge y a una armonía muy cuidada que le va como un guante a esa letra que pone el foco en la necesidad de estrechar la mano a los demás para conseguir llegar a algo. La amistad como fortaleza y base de esta vida que se nos escapa entre los dedos y en la que más vale que sepamos reconocer a quienes tenemos cerca.

Con “Scars” siguen en la segunda mitad de los ochenta, pero con más pegada. Adam Clayton manda con su bajo hasta que las guitarras se imponen en el estribillo, aunque son los teclados los que aportan la atmósfera que impregna el tema y lo eleva. Una canción que nos motiva al cambio, que nos hace protagonistas y responsables de nuestra sanación, que mira hacia adelante sin ocultar nuestras cicatrices, esas a las que alude su título. Aquí es el toque de Daniel Lanois y Brian Eno el que evoca esa granada dupla de álbumes que encumbraron al grupo justo mientras tomaban la inspiración en los Estados Unidos y les hizo convertirse en los más grandes a la sombra del árbol de Joshué. En esa misma línea sigue “Resurrection song”, mantenida sobre colchones de sintes y, una vez más, sus incombustibles guitarras infinitas (los armónicos de esa intro descomunal nos hacen creer que estamos escuchando “Bad” en directo). La pegada de Larry Mullen destaca especialmente en ésta y va en crescendo hacia otro estribillo de estadio. Aquí nos plantean más preguntas, la eterna búsqueda del amor presente en todos nosotros, en todas nuestras rutas y kilómetros por recorrer. Su particular canción de carretera, que en el caso de un grupo tan marcado por sus creencias, podría ser también una de sus nuevas canciones de autodescubrimiento. En la reseña de “Days of Ash” hacíamos referencia puntualmente a “Vertigo”, entroncando directamente ese EP con algunos momentos de “How to Dismantle an Atomic Bomb”. Si quisiéramos seguir comparando ahora este nuevo EP con ese largo de los primeros años dos mil nos iríamos hasta “City of Blinding Lights”, la canción más épica y brillante de aquel disco y a la que más podrían transportarnos estas últimas canciones del cuarteto. Grandilocuentes y vibrantes. Llenas de color y perfectas para ser interpretadas en vivo junto a una multitud de enfervorecidos fans que les seguirán hasta donde Bono esté dispuesto a llevarles.

Antes de la mencionada “COEXIST” llega “Easter Parade”, algo más electrónica que el resto, con unos potentes sintes que lo llenan todo hasta que la voz de Bono nos conduce por parajes más limpios, como en la pureza de sus primeros años. De hecho, me atrevería a decir que aquí su estrofa nos lleva hasta “War” o al “Gloria” de “October”, pero esta vez recitando el “Kyrie Eleison”, en un nuevo amanecer o resurrección figurada, como ese renacimiento intrínseco al tiempo de Pascua que, en definitiva, es la base de este trabajo. Es la que más pesa por su largo desarrollo, pero no difiere en nada del espíritu reflexivo que emana del resto de canciones que conforman este singular “Lirio de Pascua”, tan místico como directo y lanzado al centro de la diana. Porque con él U2 han vuelto a reconocerse pecadores. Llenos de defectos y errantes en un mundo que, aún desmoronándose, da permiso a la esperanza e invita a hacer nuestra esa visión tan personal ligada a que el cambio empieza en uno mismo y la redención va unida a esa resurrección como individuos nuevos. En nuestros fallos y reveses está el primer paso a esa salvación de la Pascua.

Incidiendo en su mesianismo y en sus creencias, implícitas más que nunca en estas letras, nos queda ese “quédate con nosotros” que los discípulos de Emaús dijeron a ese compañero de camino que no alcanzaban a ver como Cristo resucitado, antes de caer en la cuenta de ello tras partir el pan poco después. Aún con todo este sentir religioso de base, ellos no llegan a definirse como acólitos en el más estricto de sus significados, pues nos plantean la pregunta de si la religión está destrozándonos o aún podemos encontrar respuestas en sus recovecos. Por lo tanto, tengamos o no esa fe de la que parecen aquí hacer gala, estas canciones son como ese aliento, ese “quédate con nosotros”, esa segunda oportunidad ante los sinsabores y las decepciones de nuestra vida. Son ese retorno seguro, la convicción de saber lo que merece de verdad la pena, con lo que te quedas después de todo, aunque no plantean nada de lo plasmado como dogma, más bien como preguntas a las que seguir intentando dar respuesta. Definitivamente son los U2 con los que nos quedamos al caer la tarde, con los que nos rendimos a ciegas ante su propuesta. “Easter Lily” no pretende ser un manual de referencia para estos tiempos, pero con él podemos aprender que hay que saber renunciar y decir que no para avanzar. Hay que saber dar la espalda a aquello que no nos deja ver más allá. Hay que creer para poder resucitar.

Enrique Bunbury: “Me toca aventurarme a otros nuevos territorios por explorar”


Por: Javier González. 
Inspiración: Javier Capapé y Jorge Bravo Crespo “El Gurú”. 
Fotografía portada: Jose Girl.

El viaje de Enrique Bunbury parece no tener fin. Siempre en la búsqueda de esa Ítaca infinita que es su trayectoria musical, donde la sensación de haber transitado mil vidas distintas es más que patente; tal y como demuestra un extenso y rico cancionero, donde nunca ha titubeado a la hora de abordar géneros que fueran más allá de cualquier convencionalismo comercial. 

Buena muestra de ello son sus dos últimos trabajos, “Cuentas Pendientes” y el recientemente estrenado, “De un siglo anterior”, donde el aragonés se ha lanzado de lleno a investigar las posibilidades sonoras de la música de raíz hispanoamericana, firmando discos hermanados por una misma pulsión creativa, a los que diferencia el enfoque instrumental, pero que parecen seguir una línea común, gracias a unos textos que se mueven entre lo poético y una expresión profundamente llana y sincera, de las que se mete por dentro y que sienta a las mil maravillas a unas canciones que miran al pasado y al presente, sin dejar de lado el futuro y mostrando una conciencia social que nos habla de un mundo en tránsito hacia otro nuevo estado, al menos según la percepción de su autor. 

Nos recibe en un céntrico hotel capitalino, perfectamente ataviado para la ocasión, guardando los viejos cánones estéticos del rock and roll, hoy cada vez más en desuso, dejando claro que cada parte de este antiguo ceremonial tiene una clara importancia. Su mirada transmite viveza y la inquietud de un tipo listo, sus formas son exquisitas, le sentimos relajado y a gusto, percepción que nos confirma en la entrevista, donde no faltarán las bromas y alguna que otra confesión que va más allá de lo estrictamente promocional. Es Enrique Bunbury, el mayor exponente de nuestro rock, ahí es nada. Casi no nos damos cuenta, pero ya está inmerso en una nueva etapa, acercándose a otro polo, en pleno desplazamiento, nos lo confirma poco después. La misma arrancará con “Nuevas Mutaciones Tour”, gira en la que volverá a dejar constancia de que sobre las tablas muy pocos le hacen sombra. Las tablas son su palacio, allí se siente el rey, asegurando grandes shows plenos de teatralidad. Permítanme un consejo, yo de ustedes no me lo perdería. 

Vienes de un disco como “Cuentas Pendientes”, un claro acercamiento a la raíz hispanoamericana. ¿Cuánto hay de continuismo con este “De un siglo anterior”? ¿Pueden ambos discos formar un tándem indisoluble en tu esfuerzo por acercarte a los ritmos latinos más puristas? 

Bunbury: En esa pregunta veo dos respuestas. Una que estaría concentrándonos en que este disco efectivamente es pariente cercano del anterior por su cercanía en el tiempo, el hecho de estar enfocados claramente hacia el folclor y la música de raíz hispana y latinoamericana; y además el haber contado con los mismos músicos grabados en el mismo estudio… también hemos tenido las mismas cocineras haciéndonos la comida (risas). De alguna forma, pertenecen a un ciclo común que con “De un siglo Anterior” se cierra. El motivo de haberme quedado un rato más en esta etapa es precisamente por el gusto y la emoción que supuso para mí encontrar un equipo con estos músicos de distintos lugares y la premura que tenía por no irme a otro lugar. Me apetecía quedarme un rato más en este territorio antes de mi siguiente paso que evidentemente va en una dirección completamente distinta. Giraré 180 grados. Sabía que eso iba a ocurrir, pero pensaba que era un poco injusto abandonar este territorio tan rápidamente. Y creo que sí, estos dos discos forman un equipo. A lo largo de mi carrera ha habido momentos en los que ha habido un periodo en el que hay trabajos que están de alguna manera emparentados. Podría citar a los discos del Huracán Ambulante, “Pequeño” y “Flamingos”, “Hellville Deluxe” y “Las Consecuencias”, que también tienen un parentesco, como ocurre con “Posible” y “Curso de Levitación Intensivo”, y estos dos. Hay momentos en los que se puede decir, aquí hay un periodo en el que han pasado cosas que tienen que ver con el álbum anterior. 

“Lo más inmediato no va a ser estrictamente latino, va a tener un carácter más amplio” 

El disco se grabó en un breve lapso de tiempo con respecto a “Cuentas Pendientes”, según tenemos entendido. ¿Qué diferencias encuentras en el método entre ambos? ¿Quizá las diferencias las encontremos más en la forma de encarar las guitarras, que son aquí más fronterizas y donde las eléctricas se dejan notar más? 

Bunbury: Bueno, ha ocurrido y yo lo he abrazado de alguna manera. Las canciones pedían este sabor más fronterizo, este extra de guitarra eléctrica e incluso la aparición de sintetizadores, que no hay en el disco anterior, y de alguna manera apuntan a que lo que viene ahora: la gira. Lo más inmediato no va a ser estrictamente latino, va a tener un carácter más amplio, mucho más amplio que lo que habita en este álbum. 

“Con el título me apetecía hacer referencia a este tiempo bisagra que estamos viviendo” 

De lo que no queda duda es que ya desde su propio título el álbum resuena evocador y poético y sobre todo más si cogemos ese título y lo comparamos con estos vientos confusos que andamos viviendo. Me apetecía preguntarte, uno, ¿si ese título es una pequeña referencia a buscar en el pasado la pureza ya no sólo de estos estilos, sino quizá de un mundo que estamos viendo desvanecerse? Y también, en cierta manera, ¿si es una pequeña reivindicación de toda esa trayectoria y esos pasos que has ido recorriendo ya desde hace tiempo? 

Bunbury: Bueno, me gusta toda esa reflexión que has hecho. En realidad, para mí era un juego en el que me parecía evocador hacer referencia a este tiempo bisagra que estamos viviendo, en el que todavía recordamos cosas del siglo anterior que se están llevando definitivamente y que a lo mejor generaciones inmediatas no vivirán nunca más. Hablo de distintas formas de entender la vida y hasta qué punto los cambios tecnológicos pueden trastornar nuestra forma de asomarnos a la misma. Entonces, me parecía que musicalmente también hay una cantidad de géneros y de músicas que me han apasionado, que todas provienen del siglo anterior, y que pueden ser las bases de lo que viene ahora, pero también se pueden desvanecer y evolucionar hacia lugares que ya ni reconozcamos. 

“El motivo de haberme quedado un rato más en esta etapa es por el gusto y la emoción que supuso para mí encontrar un gran equipo de trabajo” 

A nivel de letras, vuelves a entroncar a esa etapa que comenzó con “Pequeño”, donde los mensajes son claros y concisos, circunstancia que aprovechas para dar tu mirada sobre la vida, hablar de experiencias y vivencias, sin dejar de lado la reivindicación y la crítica social, muy visible en “Peor que como Estamos”, una línea que musicalmente arranca en “Avalancha”, por cierto, todo desde un enfoque poético y bastante llano, que suena de lo más sincero. 

Bunbury: Bueno, te agradezco mucho tus palabras, la verdad. La verdad es que viviéndolo desde dentro tengo una forma de encarar los textos distinta en diferentes momentos de mi carrera, igual que ha ocurrido en “Pequeño”, “Flamingos” y “El viaje a ninguna parte”. En esos discos hubo una mirada hacia las canciones que no había aparecido nunca en Héroes del Silencio y luego en otros trabajos he tenido una mirada más social como en “Palosanto”. Has nombrado “Avalancha”, pero también creo que hay álbumes como “Levitación”, o incluso en “Expectativas”, donde aparecen esas canciones sociales. Creo que es una mirada que no he abandonado del todo, que sí aparece de vez en cuando, si sale una de esas canciones, no las cierro la puerta. No diría que este disco tenga un concepto, como puede haber en otras ocasiones en alguno de mis álbumes, pero sí creo que he sido muy libre a la hora de escribir y he dejado que hubiera canciones que hablaban de mí en el presente, pasado y el futuro; también de otras personas que no soy yo y de una mirada al exterior del mundo que nos ha tocado vivir. En ese aspecto estamos ante un trabajo muy abierto que tiene muchas temáticas, pero que no tienen por qué estar entroncadas entre sí. Has citado “Peor que como Estamos”, una canción que obviamente no tiene nada que ver con “La Voz”, por ejemplo, o con “Un par de acordes, una mentira y la redención”, pienso que son composiciones que tienen otros intereses, cada una totalmente distinta. En cuanto a mi forma de escribir, creo que tuve una etapa más de línea clara, que podría ser la de “Pequeño”, y desde “Hellville Deluxe” he ido más o menos alternando y utilizando una línea en la que hay un lenguaje poético y un lenguaje que entremezcla lo llano con lo literario. 

“En este disco hemos establecido una relación vital muy importante con los músicos” 

El primer lanzamiento de esta colección fue “La Voz”, una canción que ponía de frente el color vocal como motor de tu obra. ¿Tienes la misma sensación que nosotros al escucharla? ¿Cómo has llevado a cabo esta prioridad de estilo a la hora de afrontar la producción junto a Ramón Gacías?

Bunbury: No, la verdad es que no tengo la misma percepción (risas). Para mí “La Voz” es una canción muy importante, por eso la pusimos ahí en frente,  la lanzamos a los leones injustamente, despistando un poco al personal, en un momento en el que quizás otra canción podría haber abierto mejor el disco. Es un corte con el que tengo una vinculación personal especial, pero eso tiene que ver más con una cosa emocional que con lo que tú hablas, que está relacionado con la producción y con el enfoque de los arreglos. En este disco, junto con el anterior, e incluso con “Greta Garbo”, lo que he buscado en todo momento ha sido establecer una relación vital muy importante con los músicos, el que las cosas estuvieran ocurriendo de forma conjunta. De hecho, he evitado precisamente que la voz fuera una cosa independiente del contexto musical cuando estábamos grabando, al hacerlo estaba cantando en el mismo lugar que el guitarrista, el contrabajista y el pianista, todos haciendo un círculo, mirándonos y siguiendo la canción. Estamos ante unas composiciones en las que precisamente lo que hemos buscado es la conjunción musical y el estar tocando todos a la vez y siguiendo la dinámica. Es cierto que ellos me siguen a mí en la dinámica, sobre todo cuando levanto la canción y ellos tienen que venir conmigo, pero no me gustaría verlo como una canción en la que la voz está separada de la banda. 

“En el arcén” hay tango, donde no sé si me recuerdas a los clásicos argentinos del género e inclusive a nuestros enormes Malevaje, donde impartía magisterio Antonio Bartrina, te acercas a la chacarera en “La Cima”, al corrido en “Peor que como estamos”, e incluso a la zamba en “Zamba para olvidar”. Sabemos que el continente americano es muy rico musicalmente hablando, pero ¿qué crees que te queda por explorar de allí? ¿Qué otros estilos dentro de ese espectro te motivan para seguir explorando? 

Bunbury:
Para mí Bartrina y Malevaje han sido muy importantes. Primero porque creo que Antonio Bartrina es un gran cantor, para empezar, y segundo porque uno de los primeros tangos que canté, digamos públicamente, fue “Confesión”, que lo escuché por primera vez en mi vida en la versión de Malevaje. 

“Reconozco la impronta de Malevaje y Antonio Bartrina” 

Un grupazo en toda regla que reunía a gente de Los Coyotes, además de contar con un mito como Edi Clavo, buen amigo nuestro. 

Bunbury: Exacto, con Edi Clavo. Reconozco la impronta de Malevaje y de Antonio. Él abrió para mí la puerta del tango. He tenido la fortuna de encontrarme y cruzarme con él en alguna ocasión y cantar a altas horas de la madrugada juntos.

“Me toca aventurarme a otros nuevos territorios por explorar” 

Me he desviado un poco de la pregunta, pero todo sea por recordar a grupazos como Malevaje. Donde íbamos, ¿qué parte del cancionero latinoamericano te queda por explorar? ¿Qué espinita clavada tienes? 

Bunbury: Digamos que ya me voy de aquí, creo que he cumplido con mis cuentas pendientes. Me toca aventurarme a otros nuevos territorios por explorar y, ¿volveré a hacer un disco latino? Es probable que no, es probable que no. 

“Se podría hacer un recopilatorio con las canciones finales de los discos de Bunbury” 

Cierras el disco con “Un par de acordes, una mentira y la redención”, una canción epistolar, casi una constante para terminar tus álbumes, en un movimiento que bien podría decirse que arrancaste con “Y al Final” en “Flamingos”, pareciendo encerrar un significado a modo de firma final para tus álbumes. ¿Qué importancia le das a estas canciones de cierre como una forma de recapitular las intenciones de tus discos? 

Bunbury: Me gusta mucho buscar la narrativa interna del álbum. Hay veces que compongo una canción y veo claramente que tiene que abrir o cerrar un trabajo. En este caso, “Un par de acordes, una mentira y la redención”, sabía que era la que iba a cerrar. Tiene esta característica de cómo decirlo, es capaz de acabar a modo de resumen, o como moraleja o epílogo. Llevas razón en que lo he utilizado en varias ocasiones y te diría que incluso hay una serie de… bueno, pienso que se podría hacer un recopilatorio con las canciones finales de los discos de Bunbury. Creo que tendrían su propio carácter y que se podría hacer un recopilatorio en el que todas esas composiciones podrían ir juntas. Tendría un sentido no conceptual. 

“Nuevas Mutaciones Tour, no es el tour de este álbum, es otra cosa” 

Te estamos dando ideas (risas). Fíjate, yendo más allá, esta canción no sé si admite más lecturas. Tiene unos aires circenses capaz de conectar con el Huracán Ambulante, no sé si es un guiño, una casualidad o una manera inclusive de llevarnos directamente al sonido que a lo mejor va a impregnar este “Nuevas Mutaciones Tour”, que tienes por delante. 

Bunbury: No necesariamente porque el “Nuevas Mutaciones Tour”, cosa en la que estoy insistiendo, no es el tour del álbum. Es un tour que viene después de este trabajo, pero es otra cosa. Va a haber canciones de este trabajo, sí, pero también va a haber temas de “Expectativas” y de otros discos. Digamos que mi visión cara a este tour tiene más que ver con la banda que hemos creado y las posibilidades de esa banda, a partir de ahí, miramos a todo este repertorio, y creo que lo interesante es que vamos a rescatar temas que no hemos tocado nunca en directo. Canciones que hace muchos años que no tocamos y muchas de los últimos diez años, porque he sacado muchos discos últimamente. En definitiva, el sonido del tour no va a ser eso. La banda será una mezcla del Huracán Ambulante junto a parte de Los Santos Inocentes. 

Además, fichas a una nueva pieza, Josemi Sagaste, aragonés como tú, que ha sido habitual del equipo de trabajo de Joaquín Sabina. Entonces, como también en el equipo tenemos a Javier Capapé, que otro paisano tuyo, me decía, “hazle una pregunta con un toque nacionalista aragonés”. ¿Por qué entra en el equipo? ¿Qué aporta Josemi? 

Bunbury: Bueno, te podría decir que a Josemi le busco porque necesitaba un saxofonista. No sabía que era de Ejea de los Caballeros. Me comentan que podría cuadrar muy bien para la banda, que hablará con él, y cuando le llamo, claro, él está todavía con el tour de Sabina y me da un poco de cosa decir: “oye, supongo que esto te pilla fatal, ¿no?”. Finalmente, le llamé, no sé dónde estaba, creo que andaba en Latinoamérica y claro, luego cuando nos conocemos es cuando empiezo a descubrir que primero, es de Ejea, segundo, que la gira de Sabina termina en noviembre, y que él, después de 20 años, se queda sin banda… además de que le viene perfecto decir: “bueno, termino con Sabina, entro en Bunbury”. Luego me comenzó a comentar: “que yo estuve en Ixo Rai!”, y digo: “joder, Ixo Rai!”. Hay muchas conexiones, cercanía y bueno, él es un multiinstrumentista. Quiero decir, no entra solo como saxofonista, toca acordeón, clarinete, flauta, etc. 

Hay una cosa que, nosotros que somos de otra, generación hemos vivido. Hablo de aquel período en que la crítica negaba tu talento y decía, eso sí, que eras muy trabajador. Afortunadamente hace ya tiempo que lo del talento también lo tienen claro, ya que a todo el mundo le quitarse el sombrero y reconocerlo hasta a los que no eran partidarios de tu música… 

Bunbury: ¿Ahora qué hacen? ¿Me niegan lo de trabajador? (Muchas risas). 

Al revés, porque tu ritmo de trabajo sigue sin decaer. Inclusive cuando tuviste los problemas de salud con el directo, seguiste ampliando tu legado por otros senderos y menos ahora que los conciertos vuelven, con giras un poquito más controladas, con menos fechas, pero con más intensidad si cabe. Pero bueno, a lo que iba. Estás anunciando que tienes otro proyecto en la cabeza, del que entiendo que todavía no habrá ni maquetas ni nada al respecto. Así que vamos a hacer una cosa que a lo mejor no se debía hacer. ¿Qué pinta tienen las nuevas canciones? 

Bunbury: Buena pinta. (Más risas)

“Lo que tengo delante es la gira y un próximo disco” 

¿Tienes pensado publicar algún otro libro de poemas, con el que ampliar tus referencias bibliográficas? ¿O te has planteando si ha llegado el momento de que en vez de que los demás se dediquen a contar la vida, obra y milagros de Enrique Bunbury seas tú quien tome la palabra? Se me viene a la cabeza Javier Corcobado con su “La música Prohibida” que está brutal. 

Bunbury: El de Corcobado me lo regalaron. Me gustaría seguir publicando, pero para eso debería de escribir. Veremos si me sale algo. Por ahora el tema que tengo delante es la gira y un próximo disco que ya veremos para cuándo entro a grabarlo. 

“Ya tocará pensar en el trabajo de despedida, pero no ahora” 

Aquí tocaremos madera porque no es cuestión de incitar a la parca, pero la realidad es que todos vamos cumpliendo. Sabiendo que nos adentramos en el último acto, viendo como Neil Young, Van Morrison o Dylan, siguen firmando grandes obras, pero a la vez todos tenemos el corazón encogido por las pérdidas de Robe y sobre todo del grandioso Jorge Martínez. No sé si tienes la sensación de que los discos que hay que ir entregando no permiten pasos en falso.

Bunbury: No estoy pensando en esos términos. Lo que sí que estoy pensando es que te puedes permitir hacer un disco que sea considerado por otros como un traspiés, o que no sea un trabajo tan interesante. Hago los discos por intereses míos particulares, entonces lo que sí que pienso es que precisamente porque muy probablemente me quedan menos álbumes por delante que por detrás, necesito que los discos que haga nazcan de una pasión y un interés verdadero, y que el contexto exterior de lo que esté ocurriendo musicalmente en el mundo me la traiga el pairo. Sigo mi camino, estos son mis intereses, ojalá coincidan con alguien más y haya alguien ahí detrás que coincida conmigo y que comparta estas pasiones. Ahora mismo estoy con esta visión de discos que musicalmente habiten un territorio concreto, ya hice discos mucho más heterodoxos como “Flamingos”, en los que cabía un poco de todo musicalmente. Cabía el rock and roll, el vals, música árabe, electrónica y muchas más cosas. Ahora intento que un disco tenga una coherencia interna y eso es en lo que estoy, pero ya me tocará el trabajo de resumen y de despedida, pero no es ahora. 

“Me gustan Alcalá Norte y Depresión Sonora. El disco de Løse, el grupo de Diego Vasallo, es brutal” 

Vamos a echar mucho de menos a Robe y Jorge, pero tú que eres un ávido oyente, todo un apasionado. ¿Qué grupos actuales te están llamando la atención y cuáles crees que pueden ser los que cojan el testigo de todo lo que habéis hecho, los grandes de nuestra música? 

Bunbury: Bueno, es que depende de cómo lo veas. Quiero decir, puedo disfrutar mucho de un artista, pero que ese artista luego no tenga una carrera importante. Una cosa es que a mí me transmita algo y otra cosa es que luego tenga una exposición y una amplificación. A mí me gusta Alcalá Norte, por ejemplo, o Depresión Sonora, y no sé si van a ser luego tan importantes como Extremoduro, o se van a quedar en grupos underground. Eso, ni lo sé, ni es mi interés cuando escucho la música. El último del grupo de Diego Vasallo, Løse, me encanta. Es brutal, me encanta ese disco.

The Delines: "The Set Up"


Por: Juanjo Frontera. 

Sin duda, el término “prolífico” se inventó para gente como Willy Vlautin. Tras su imponente trayectoria como líder de los añorados Richmond Fontaine se convirtió en un importante novelista (algunas de sus obras, como "The Motel Life" o "The Night Always Comes" han sido incluso llevadas al cine), pero a pesar de ello decidió no dar carpetazo a su faceta musical y dar forma a un proyecto centrado en la extraordinaria voz de Amy Boone, vocalista a la cual conoció cuando giraba como voz de apoyo durante la gira de presentación del álbum "Post To Wire". 

Desde entonces, The Delines ha sido un vehículo más para que Vlautin escriba su particular retrato de la clase trabajadora americana. Al igual que en sus novelas, su “post-western” o “realismo sucio” es descarnado pero, en el caso de su faceta musical, además juega con las texturas que logra con su súper banda (a Boone y él se suma gente tan prominente como Cory Gray, Freddy Trujillo o Sean Oldham) para favorecer su narrativa. De esta forma sus discos se convierten en películas para tus orejas. Y casi todas, dignas de Oscar. 

Su anterior trabajo, el celebrado "Mr. Luck & Ms. Doom", aparecía justo un año antes del que nos ocupa y nació de un ruego que Amy le hizo a Willy, respecto a si podría escribir una canción de amor en la que no muriera nadie al final y la pareja pudiera seguir viviendo su amor en paz al final del tema. Por eso les salió un disco en el que, aunque los personajes vuelven a ser perdedores, gente prácticamente desahuciada, encuentran a través del amor y la compañía un halo de esperanza que nunca habían tenido en anteriores álbumes del grupo.

En ese sentido, The Set Up funciona como una especie de “reverso tenebroso” del anterior. Para empezar, su sonido no es tan amable. El country soul canónico deja paso a un lado más experimental, centrado en unas trompetas ocasionales que proporcionan un halo de jazz que lo cubre todo de bruma. Boone, además, recita pasajes en clave spoken word con esa voz que es igual de profunda cuando habla que cuando canta. Todo está dirigido a producir esa sensación de nocturnidad, de inquietante vigilia, que uno tiene en cuanto suena la primera parte de la canción titular, que abre el álbum. 

“The set up” se divide en tres partes distribuidas a lo largo del disco y es, por tanto, el hilo que enlaza la trama. Un argumento que está centrado en el abrumador uso de opiáceos por la clase trabajadora americana. Se administran para tratar cualquier dolencia y son un síntoma de anestesia social que Vlautin entiende promovida por las autoridades para mantener a la gente atada y adormecida. Aquí retrata como siempre vidas vacías que se ven metidas debajo de la alfombra para que no molesten al retrato de una América ideal que -está demostradísimo- ni existió ni existirá jamás. 

Además de la canción titular, la que dio el pistoletazo de salida al proyecto fue la desoladora “Walking with his sleeves down”, una canción que Vlautin presentó a la banda mientras grababan su anterior disco y que quedó fuera, pese a la genial interpretación que de ella hizo Amy al piano y voz, por no responder al concepto que regía en "Mr. Luck & Ms. Doom". Eso hizo que la idea de un nuevo proyecto casi coetáneo germinara y que un año después tengamos este nuevo trabajo que, por supuesto, ha mantenido en esa mencionada canción la estremecedora interpretación de la vocalista.

Pero no todo es desolador en un disco cinemático que juega con diferentes texturas para contar su relato: por ejemplo, “The meter keeps ticking” resulta hasta alegre, pese a la oscuridad de esa letra sobre la angustia económica; como también resulta relajada y pastoral, en su onda gospel, “Dilaudid Diane”, un efecto similar al que el deep soul de “The reckless life” produce. Todas ellas pugnan con piezas más arriesgadas e instrumentales, como “Jumping on Madras”, “Getting out of the ward” o la final “The last time I saw her”, que son las que dan a este trabajo esa bruma jazz y cinematográfica tan adecuada para ilustrar las historias noir que en él se cuentan. 

Un disco, nadie lo niega, más complejo de escuchar que el anterior u otros de la banda como "The Imperial" o "The Sea Drift", pero profundamente interesante y representativo del enorme talento de una banda que empieza a ser uno de los secretos mejor guardados del panorama internacional. Si nunca los han escuchado o visto en directo (toda una experiencia), quizá ésta no sea la puerta más accesible a su universo, pero eso no quita para que estemos ante uno de esos discos que cualquier persona con “sentido y sensibilidad” -que diría Austen- no debería dejar pasar este año. Absolutamente magistrales, como siempre.