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*Palau Sant Jordi, Barcelona. Domingo, 10 de Mayo de 2026.*
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¿Estamos en continua lucha? ¿Nuestra vida es una batalla inconclusa? ¿Necesitamos el enfrentamiento para encontrar la paz? Alrededor de estos términos se mueve el nuevo disco del inclasificable Xoel López. El coruñés presenta su sexto trabajo bajo su propio nombre y apellido con el sugerente título de “Oniria Popular” y, pese a que lo onírico está muy presente en todas sus composiciones, es quizá “la batalla” lo que más sale a relucir en estas sugerentes canciones pop. Un disco en el que se respira tensión entremezclada con esos matices tan brillantes en lo instrumental. Vuelve a expresarse desde lo profundo pero sin perder sus característicos tonos luminosos. Estas once canciones consiguen que volvamos a reconocer en Xoel al artista incansable que nos reta a cada paso, que pone las cosas más difíciles de lo que pueda parecer en un primer momento a sus oyentes, pero que a la vez consigue que todo eso fluya y penetre en nosotros de una manera ligera. Su música está cada vez más cerca de lo popular y universal, pero no por eso es menos exigente. Porque en lo aparentemente sencillo hay mucho más trabajo que en lo que pueda parecer más experimental. Conseguir que su música entre con facilidad en nuestras vidas no es una tarea nada sencilla. Es más bien una labor de orfebre que conoce muy bien a su público y que no se conforma con dar únicamente lo que se espera de él, aunque, ¿qué esperamos en realidad de Xoel López? Porque no hay un disco suyo que no plantee nuevos retos, que no arriesgue y construya un maravilloso universo en expansión del que siempre nos queda algo por explorar. Nos lleva por todo tipo de recovecos y, aunque nos resistamos, nos seduce y atrapa. No es que domine los trucos de magia, es que su música ha adquirido el calificativo de mágica por sí misma.
El trabajo de “Oniria Popular” vuelve a dejarnos boquiabiertos. Puede que nos despiste en un primer momento (sus singles de adelanto quizá hayan barajado en exceso la mano que nos quería presentar), pero una vez entramos todo empieza a cobrar sentido. Puede que sea su disco más cohesionado, al menos en lo que a temática se refiere, pero de lo que no hay duda es que vuelve a incidir en la experimentación instrumental como el ingrediente principal de su nuevo “caldo”, sin separarse de su acertada mano con el pop al que ya hemos hecho referencia, ese que ha gestado entre los sueños que le sugieren y le susurran al oído el germen de sus canciones. Y en esa temática que lo une todo está esa lucha que planteábamos al principio. El ser humano en constante estado de alerta, librando sus múltiples batallas.
Esta colección de canciones abre y cierra en bucle, con esos “Campos de Castilla para siempre”, en la que mezcla de “Camino Soria” a “Strawberry Fields” con ese brillo que aportan sus guitarras cristalinas y las cuerdas como argamasa de base. Un tema cargado de referencias literarias en el que “el amor valiente” del propio coruñés se entrelaza con los versos machadianos de “Cantares”. Desde Castilla “se hace camino al andar” con la coletilla de ese “para siempre” que nos indica a dónde regresar, en qué lugar encontrar el sentido a nuestros sueños. Por eso mismo, la canción funciona como alfa y omega, y precisamente con este subtítulo, “Omega”, se apaga el disco en un perfil más pastoral. Del brillo pop del principio a la esencia acústica del final, pero ambas canciones unidas por esa tradición de lo popular como derecho inapelable del ser humano en búsqueda.
Las relaciones humanas copan parte del grueso lírico de las nuevas composiciones del gallego, así “Cupido (muerte al amor romántico)” no se hace esperar. Xoel dobla su voz en esta canción durante todo su desarrollo consiguiendo un efecto vocal más que interesante. Parece que estemos ante un coro nutrido de voces, cuando en realidad es Xoel en bucle. Los aires a los ochenta conducen el tema entre la percusión electrónica y la orquesta de fondo, mostrando una forma directa y a la vez respetuosa de decir adiós. ¿Existe ese amor romántico que nos sugiere su título? A decir verdad, y una vez escuchada su letra, parece más bien que es una quimera, llegando así al concepto del conflicto sobre el que gira el álbum, a esa batalla que se hace presente en el tema que la lleva por título. En “La Batalla” mandan las teclas, ya sean sintes, órganos o pianos. Crean una atmósfera asfixiante con esos patrones rítmicos sincopados que parecen trastocar cada verso, manteniéndonos en alerta. Una producción que adelanta la percusión y la voz por encima de la orquesta y que en algunos fragmentos recuerda a Aute por cómo entona y da énfasis a ese enfrentamiento omnipresente. La belleza de Aute se transforma aquí en la batalla, pero el efecto que nos deja es similar. Valiente y convincente.
No nos olvidamos de que el universo del gallego se escribe con las cuerdas de una guitarra y cierto es que entre estas canciones tampoco faltan. “Mundo flotante” es la primera apuesta fuerte por las guitarras acústicas (y también españolas) que además se adorna con un toque de melódica muy interesante, otro de los instrumentos que destaca en varios temas del conjunto. Este “Mundo flotante” nos lleva hasta el ya mítico “Atlántico” por sus formas más limpias, derrochando espontaneidad y ligereza. Sin embargo, su letra no es precisamente amable y nos recuerda que este mundo en el que vivimos no es exactamente “el mundo que te abraza”, aunque en contraposición a esta crudeza está el abrazo que sentimos con “Sombras Chinas”. El que fuera primer adelanto del disco es un híbrido entre el pop limpio y la música coral gracias a la aportación del magnífico coro de Las Veredas que marca toda la canción. Compuesta junto a uno de sus habituales, David Quinzán, cuenta con referencias a clásicos como Janis Joplin, David Bowie, Bob Dylan, Violeta Parra o Joan Manuel Serrat. Una paleta cromática de lo más ecléctica que define a nuestro protagonista perfectamente. Sin importar estereotipos ni modas, solo la música como vehículo en un atrevido experimento sonoro tan sólo al alcance de unos pocos por esa forma tan desprejuiciada al asumir riesgos.
La segunda parte del disco comienza con “Tronco y raíz”. La guitarra sostiene la canción más cercana a la música de autor del lote, aunque en su desarrollo va cargándose con más fuerza, pero sin perder esa cierta ingenuidad que la recorre. En esa línea continúa “Enséñame”, de apariencia sencilla pero con muchos matices y de nuevo con la orquesta de base, una seña de identidad de este conjunto, que además presume de dirigirla el propio Xoel, junto con su mano derecha Adrián Seijas, con el que se reparte todo el resto de la instrumentación. Los dos encaran con gran solvencia guitarras, bajos, pianos, sintes y todo tipo de percusiones como si del disco de un dúo se tratase, pero en realidad escuchamos a toda una banda. Un trabajo fantástico rematado por la excelente mezcla de David Greenbaum.
“Crujidos y fantasmas” vuelve a contar con más melódica (¡hay que ver lo que se puede hacer con este instrumento de tan sencilla apariencia!). Una canción con mucha potencia pero a la vez con una instrumentación accesible y una guitarra española que le da ese carácter cercano. Aunque, a decir verdad, a mí me recuerda sin poder evitarlo, a algunos pasajes de aquel “Both Sides” de Phil Collins con el que el británico se enfrentó a la crisis de los cuarenta. El coruñés está en la de los cincuenta más bien, pero esa sensación de desasosiego e incluso miedo al enfrentamiento (aunque también liberación a la par) se respira tanto en este disco como en aquel de las “dos caras”, salvando las distancias. Esta comparación me lleva, casi sin querer, a relacionarlo con “Caldo Espírito”, donde las comparaciones nos llevaban hasta Peter Gabriel (especialmente en temas como “Glaciar”), curiosamente compañero de Collins en Genesis y con el que compartió tanto. Es solo una conexión curiosa, pero me encantaría pensar que no son simples coincidencias.
El “Monstruo final” que nos está llevando a los últimos compases del álbum es brillante, con una guitarra rítmica emparentada con los mejores Talking Heads, volviéndose adictiva gracias a su pulso y fuerza expansiva. Xoel se desgañita en el fantástico estribillo, sin duda de lo mejor y más contundente del disco, donde vuelve a aflorar ese choque frontal tan presente, esa “única y gran batalla que perdemos para poder ganar”, ecos que vienen desde el que fuera el certero adelanto de todo este universo, “Sombras Chinas”, y que aquí vuelven a hacerse muy presentes. Todo para llevarnos a nuestros sueños más profundos (y también más oscuros). “Oniria” tiene toda la ensoñación que sugiere su título y son los pianos los que la sostienen y le dan ese toque más solemne u oscuro, diferenciada de todas las demás, en las que son las seis cuerdas las que nos permiten elevar el vuelo. Quizá con la que más tiene que ver es con “La Batalla” (¿he dicho ya que engancha hasta convertirse en una obsesión?), también dominada por los sintes, pero es que en realidad todo el disco puede entenderse y seguirse gracias a sus conexiones, tanto estilísticas como líricas. Un cierre intenso y espectral que deja las miguitas de pan en el camino para despertar con esa reinterpretación de la canción que abría el lote, como ya hemos señalado. Un disco bucle, conectado desde todas sus aristas. Es a la vez un juego de emociones y autoafirmación. Unas canciones que pueden convertirse en tótem para nuestros momentos de duda e incertidumbre, esos en los que pedimos no huir y dejar de escapar, a pesar de enfrentarnos a nuestras múltiples batallas, entendidas más como superación que como lucha. En definitiva, once canciones para acompañarnos en nuestros numerosos conflictos, esos que, aunque no queramos, nos definen y están presentes en cada rincón de nuestro inabarcable lienzo vital.
Séptimo disco de estudio del navarro Gussy, que nos trae un estupendo, y muy bien traído, título, como es "Somos más felices de lo que nos pensamos” (El Gringo Autoediciones). Actitud positiva y optimista ante los avatares personales de la vida y la situación de absoluto caos político y social a nivel mundial. De nuevo bajo su propia producción y en su estudio de Iruña, se trata de once canciones que forman un equipo para hablarnos del amor y de la guerra, de la muerte y de la amistad, pero siempre con un mensaje de optimismo bien plasmado en el título del mismo.
Y eso que han pasado menos de dos años, aún, desde su anterior trabajo. Un “Inercia” (El Gringo Autoediciones) a nombre de Gussy & Los Tripulantes con momentos tan destacados como esos guapos aires country folk con piano y acústicas en "Netflix". También destacó en dicho trabajo el dueto con Kutxi en la chula y cruda historia de "Mala vida buena Gente’. Buenas eléctricas de Carlos Lorente encontrábamos en la destacada "El cantante" y también brillaba la voz de María Mateo en "Infinito" y la presencia de Raúl Elizalde en el destacado tema country, "El movimiento". Canciones que sigue tocando en sus buenos y cálidos directos.
Pero regresando al nuevo disco, decir que comienza con el segundo single del disco, "Desencanto", y su clásico rock americano de raíces y ecos en guitarras eléctricas y armónicas, bien arropadas por el excelente órgano, a Neil Young, Quique González, Mikel Rentería & The WOP Band o el mismísimo Bob Dylan. Todo entorno a un estribillo trufado de buenos y sentidos punteos. Cuenta con un vistoso vídeo, por cierto. Sigue el primer single "¿Qué hacemos aquí?’ con destacados coros y guitarras y pausas al estilo del mejor J.J. Cale, pero también con aires más cercanos en el tiempo al mejor indie rock. Continúa "Kiev", en la que nos habla, sí, sobre la guerra y acaba atacando, lógicamente, a los políticos que nos meten en estas historias. En este caso aupada por acústicas en una buena balada con aromas a Joaquín Sabina.
Los aires country-folk, habituales en todos sus discos, toman presencia en una estupenda "No nos enteramos’ que finaliza con la frase que titula el disco y que gustará a fans de Los Secretos en su onda campestre o a The Wild Horses. Gussy canta, produce, compone y toca un montón de instrumentos. Entre los acompañantes vuelve a destacar el gran trabajo en los teclados de Carlos Colina que toca también junto a su destacado paisano, Edu Errea, pero también con su propio y recomendable proyecto como Carlos Colina Y Los Otros, además de Ciento Volando. Y sí, es sobrino del gran contrabajista de flamenco y jazz, Javier Colina. Siguen los aires a Dylan y la buena armónica y el Hammond en la lenta y melódica "No sé cuánto te quiero’. Aires pop-rock y otro buen estribillo en una "Sigue soñando" de igual título e historia a la de un tema de Mikel Rentería & The WOP Band. "Canción de despedida" es una bonita y pausada canción de amor, aunque sea de amor ya roto. Más cálidos efluvios country-folk viajan en "Los aviones". La amistad es bien tratada en una"Cada vez menos" con guitarras más agresivas. Tras asirse a la realidad cotidiana en "Cerca del suelo’, no podía acabar este nuevo disco más que de la manera más desnuda con la acústica "Pasan los días", tan sólo con su guitarra, al armónica y su, siempre, cálida voz. Tiene una parte narrada realmente emocionante.
Estupenda presentación en triple y cuidado digipack con un amplio libreto a todo color, con las siempre interesantes (en esta ocasión casi más que nunca) letras. Puedes conseguir sus discos y saber más de él en la web gussycanciones.bandcamp.com o escribiendo a gussy@elgringo.es. ¡A ver si alguien se anima a traerle por aquí a oír estas buenas historias en forma de pegadizas canciones!
Escrita allá por 1980, pero publicada recientemente, “Lo que dura una Canción” es la novela iniciática de Quico Rivas, crítico de arte, comisario de exposiciones y escritor, entre otras mil pieles más. Algo que muestra bien a las claras su archivo personal, custodiado con celo entre la Biblioteca del Museo Nacional y el Centro de Arte Reina Sofía, a la espera de la visita indiscreta de investigadores y fisgones que busquen información y detalles acerca de versos sueltos de nuestra cultura más desconocida, aquella que no goza de eco mediático, ni con el favoritismo partidista, ni tan con luces de neón costeadas con dinero público.
Aunque referirse a “Lo que dura una Canción” como un libro es jugar al reduccionismo más hiriente. En su favor podríamos hablar de esta narración como una suerte de espejismo, e inclusive del eco de una voz lejana que rumorea sobre la existencia de un oasis situado en mitad del páramo tardofranquista, donde una serie de circunstancias político-sociales hicieron germinar un sueño imposible cuyo epicentro tuvo lugar en Sevilla, ciudad que tras los Pactos de Madrid, firmados en 1953 entre las autoridades de nuestro país y Estados Unidos, se aprovechó de su cercanía respecto a las bases americanas, disfrutando de un intercambio cultural que removería los cimientos de la capital andaluza, dando paso a un terremoto underground cuyas consecuencias todavía podemos sentir en la música que actualmente se factura en la ciudad del Guadalquivir.
Una sacudida ibérica, exótica, utópica y de corta vida que apareció en un lugar insospechado como reverberación del año 68, al más puro estilo de una supernova fugaz, cuya realidad resulta dudosa, pero que sin embargo existió, siendo tan certeras las pruebas del suceso como lo son las páginas de esta novela tan altamente disfrutable que pasea por los recuerdos, divagaciones, vivencias y emociones del propio Quico Rivas, pero en la que también cobran especial protagonismo las andanzas de su amigo del alma, el viajero Fali, y la presencia ficcionada de su frontman favorito, Carlos Pinball, vocalista y líder de Los Flippers, principal trasunto de tandas y tantas bandas que llegaron a rozar el éxito con la yema de los dedos, para a renglón pasar a engrosar el más glorioso de los olvidos en la memoria de nadie.
Sobre esta potente e interesante base, que el bueno de Quico cose con total acierto, se cimenta la obra, pues aquí hay un relato que se desarrolla entre lo cierto y la ficción, las situaciones y ubicaciones presentadas se muestran reales, aunque ciertos nombres jueguen al despiste, tomando retazos de historias que entremezclan a distintos personajes, bandas y vivencias, cuyas andanzas tendrán reposo por el barrio de Triana y Santa Cruz, la discoteca Dom Gonzalo, los jardines de Murillo y el Parque de María Luisa, inmortalizado por Smash, presentes en el relato, en su gloriosa “Glorieta de los Lotos”, escenarios donde la juventud, melenuda, hippie y grifota, sueña, ama y hace el amor libremente, bebiéndose el espejismo de acracia en largos y lisérgicos tragos mientras dura una fiesta, que como se muestra hacia el final de “Lo que dura una Canción”, no tuvo continuidad real en el tiempo, desvaneciéndose como el alba de la mañana, pero perviviendo en el espíritu y en el alma interna de una ciudad que hoy en lo musical sigue teniendo ecos de dicha pulsión creativa psicodélica.
Como apunte curioso debemos comentar que “Lo que dura una Canción”, tiene parada y fonda en otro de los grandes mitos que comienza a asomar su patita en este período sesentero; evidentemente nos referimos a la presencia de Silvio Fernández Melgarejo, el que fuera integrante de Gong y Smash como batería, antes de comenzar su particular y peculiar singladura bajo su propio nombre. Algunas de sus historias aparecen, noveladas o no, a lo largo de estas páginas, complementadas en una preciosa y precisa introducción por la firma de Fran G. Matute, conocedor de las andanzas de esta etapa y de la vida y obra de Quico Rivas, quien ya estampara su sapiencia en el fenomenal “Esta vez Venimos a Golpear”, que gira también sobre este período, al que se sigue dotando con brillantez de una literatura que bien merece un momento único de nuestro rock más libertino y que ahora ve engrosar sus filas con una novela escrita en primera persona, valiente y vital, que nos recuerda que los sueños de juventud merecen ser vividos con entusiasmo y sin medida, porque aunque la terca realidad acabe por imponerse, no hay nada más bello que dejar por escrito que lo que una vez ocurrió fue real y caló profundamente, legando para siempre una huella eterna de la que nuestra escena actual sigue bebiendo con ansia.
Vienen una y otra vez a mi cabeza estas siglas: EUBDDYE. Reconectan mi cerebro con Delirio y Equilibrio, los personajes protagonistas del último disco de Veintiuno, publicado hace poco más de un año. Por eso mismo me vuelvo a encontrar con Diego Arroyo, principal compositor y alma de la banda toledana, que en los últimos meses ha publicado varios singles en la misma línea del ideario que se respiraba en su particular “Balada” y que han concluido con la publicación de “Troya” y su presentación el pasado 22 de abril en el Planetario de Madrid. “El Último Baile de Delirio y Equilibrio”, eso podrían sugerirme esas siglas, a la par que los singles que nos han desgranado esa continuación de su obra más lograda hasta la fecha.
“Pide un deseo por mí” llegó el pasado septiembre, para después llevarnos hasta la nueva versión de “Puñalada” y, ya en este 2026, el díptico de “Vidas Pasadas” y “Troya”. Cuatro canciones que conformarían la versión completa de la “Balada de Delirio y Equilibrio” y que nos sirvieron como excusa para esta charla que nos llevó también a ahondar en el imaginario del universo en el que se mueve la banda, así como en los estímulos que conducen el trabajo de su creador o la gira que todavía les mantiene ocupados.
La letra de este último single de los toledanos, que cierra un ciclo y nos concede un último baile, dice: “Tal vez hacer todo al revés al final sale bien”. Una invitación a atreverse a decir que sí, afirmando que merece la pena seguir e intentarlo. Diego Arroyo y su banda son un ejemplo precisamente de esto. De un grupo que no se rinde y que apuesta hasta el final por su obra, esa que cada vez está más cerca de coronarles y hacerles tocar el cielo con sus propias manos.
Encantado de hablar otra vez contigo, Diego. Hace un año estuvimos charlando sobre “Balada de Delirio y Equilibrio”, por eso, antes de empezar a hablar de “Troya” quería preguntarte cómo habéis llevado este tiempo, este año tan intenso con el disco. ¿Con qué sensaciones nos lo podrías resumir?
Diego Arroyo: Hay una muy gratificante, que además está vehiculando un poco algunas de las entrevistas que nos están haciendo, porque algunas de vuestras preguntas nos hacen pensar sobre ello, y es que en la propuesta del último disco había una cosa que hemos empezado a hacer, que era trabajar a fondo un imaginario propio y esperar, desear y ambicionar que la gente conectase con ese imaginario. Y ha pasado. Nuestra comunidad, la gente que nos sigue, de pronto ha conectado con ello. Entran a los juegos, a las cosas con las que hemos construido ese imaginario y nos devuelven muchísimo. O sea, que ha sido un flipe.
De hecho, ya que hablas de este imaginario, es algo que se ve en lo que habéis hecho con estos lanzamientos. Así que vamos a hablar directamente de la sorpresa del otro día, el pasado miércoles 22 de abril. Ese día presentasteis “Troya”, un lanzamiento rodeado de seguidores que habían estado muy atentos a vuestras redes, a las señales que habíais ido dando. ¿Cómo fue la experiencia del Planetario?
Diego: Pues muy guay, porque no habíamos indicado el sitio en el que sería. Solo estábamos jugando con decir un día y una hora y luego teníamos que esperar a quien estuviese atento, sobre todo a las píldoras que habíamos dejado de la canción, que ya hacían referencia al Planetario, pero de manera elíptica, claro. Ahora es muy evidente porque hemos estado allí, pero podía haber sido cualquier sitio. También podía haber sido una figura abstracta o cualquiera de las estrofas. Pero al final fue genial porque de pronto se plantaron como quinientas personas allí. Vamos, ¡una locura! Ha sido muy bonito, la verdad.
¿Y por qué presentar esta especie de capítulo final o de cierre en el contexto del Planetario? ¿Es por la letra de la canción o había algo más de juego?
Diego: Es por la letra de la canción, sí. Cien por cien. Porque pocas veces tienes la excusa metanarrativa de poder presentar una canción en el sitio en el que la has escrito. Es la segunda vez que lo hacemos, porque “Pide un deseo por mí” es una canción que hace referencia a un lugar que fue muy importante para su escritura, que es la Playa de Aguilar, en Muros. Y ahora dijimos, pues ya que tenemos esta referencia al Planetario en “Troya”, ¿por qué no hacemos algo en Madrid? Y así ha sido.
A pesar de que me comentas que estuvieron como 500 personas viendoos, ¿también hubo algún sustillo con la policía por ahí cerca?
Diego: Ahí estuvieron, sí (risas). Era presumible que hubiera policía porque hay un cuartel en frente del Planetario, pero fueron muy educados. Pararon un poco el coche, miraron lo que había y les debimos parecer inofensivos. Desconozco qué pensaron, pero el caso es que no nos multaron.
“Hemos empezado a trabajar a fondo un imaginario propio y esperar, desear y ambicionar que la gente conectase con él”
Dices que Troya nace del impulso de “comenzar a decir que sí”. Y nos recuerda que merece la pena seguir e intentarlo. ¿Por qué es ahora momento de decir que sí?
Diego: En nuestro caso porque este ha sido un año magnífico, pero también complicado, y “Troya” se escribe en un momento, que además puedo datar exactamente en mayo del año pasado, en el que nos enfrentábamos a afrontar una serie de conciertos con una deuda por parte del impago de una ticketera que nos dejó un agujero muy grande, además de otros problemas personales que tampoco voy a citar. Fue un momento en el que notas que todo el mundo te está diciendo que pares, que no te metas en líos, que no te compliques, que aguantes… y sin embargo pensar: “es que a lo mejor no quiero hacer esto, a lo mejor lo que quiero es tirar adelante y exponerme a lo que pueda pasar”.
Por eso la letra dice “tal vez hacer todo al revés al final sale bien”.
Diego: Efectivamente, exactamente por eso lo dice.
Es darle la vuelta, de alguna manera, a los reveses que nos pueden pasar.
Diego: Sí, un poco. Desde luego nace de ahí.
No sé si me equivoco al plantear “Troya” como el capítulo final de la etapa de “Balada de Delirio y Equilibrio”. ¿Es cierto esto?
Diego: En lo narrativo yo creo que es cierto, sí.
¿Y a nivel de sensaciones o de pensar y sentir que vosotros cerráis una etapa o capítulo y empezáis algo nuevo?
Diego: No sé si empezarlo, porque aún estamos inmersos en esto, pero sí que queríamos que incluso visualmente, el díptico que forman “Vidas Pasadas” y “Troya”, fuese, no diría tanto un cierre, como un broche. Queríamos darnos ciertos placeres que nos hemos dado. Como enseñar el final visual de una historia y establecerlo de una forma onírica y algo poética. Y también poder hacerlo, por ejemplo, en Toledo, que es algo que nos ha encantado, porque hacía mucho tiempo que queríamos rodar algo en casa. Teníamos la oportunidad de acceder a ciertos espacios muy peculiares, y hacer de eso parte de nuestro imaginario nos apetecía muchísimo.
Desde el pasado septiembre lanzáis tres singles y con “Troya” ya serían cuatro, que no estaban dentro del disco, salvo la versión de “Puñalada”, que siguen esa línea, ese toque confesional. A mí lo que me ha llamado la atención, me imagino que muchos también os lo estarán preguntando, es el subtítulo que aparece en las portadas de estos singles. Esas siglas EUBDDYE que tienen relación con “Balada de Delirio y Equilibrio” y que yo no sé si interpretar correctamente como “El último Baile de Delirio y Equilibrio. ¿Es algo así? ¿De dónde vienen esas siglas?
Diego: Desde luego encaja. Lo que acabas de decir coincide con las siglas correctas y tiene mucho sentido desde mi punto de vista, pero no sabría decírtelo con certeza. Tendremos que esperar un poco.
“Con la “Balada” nos hemos encontrado con un traje que nos gusta y nos hace sentir cómodos y en el que creíamos que podíamos explorar más todavía”
Así que estáis como dando ese último baile, pero todavía esperando ver qué es lo que os puede dar.
Diego: Efectivamente. Al menos estamos desgranándolo y enseñando cosas, sí. Hemos estado todo este año trabajando. De ahí sale “Pide un deseo por mí”, “Vidas pasadas”, “Troya”, esa versión distinta de “Puñalada”, y salen otras cosas también. A veces hemos sentido en el pasado que nos hemos apresurado mucho en correr y cerrar una etapa en algún momento bueno de la banda. Cerrarla y pasar a la siguiente. Y digamos que con la “Balada” nos hemos encontrado con un traje que nos gusta y nos hace sentir cómodos y en el que creíamos que podíamos explorar más todavía. Nos hemos dedicado todo este año a explorarlo. Hay cosas que se han visto, como lo de “Puñalada”, que además es muy bonito porque poder involucrar a otros artistas creo que trae nuevas dimensiones a las canciones, que es lo que nosotros queríamos, sacarlas de donde estaban y llegar a lugares nuevos, además de tener también canciones inéditas. Así que estamos haciendo un ejercicio muy estimulante que para nosotros es nuevo.
No sé si se puede decir, pero ¿habrá alguna otra canción inédita todavía en la recámara pensada para este baile o no?
Diego: Te puedo decir que no se puede decir (risas).
Bueno, entonces seguiremos a la espera. Seguiremos ahí como los fans en las redes mirando a ver por dónde salís y nos avisáis.
Diego: Claro, así es.
¿Qué conexión concreta tendrían estas canciones con el disco que lanzasteis? Porque también variáis un poco la tonalidad. Pasabais de ese rojo y negro que teníamos en “Balada” a este azul que, de alguna manera, puede representar esa interiorización o reflexión. ¿Cómo encajáis todo esto?
Diego: Bueno, de hecho eso incluso está intencionado en el díptico de “Vidas Pasadas” y “Troya” porque la tonalidad de la que venimos, los rojos y negros, están en el vídeo de “Vidas Pasadas” y dan paso a los azules, que es donde está “Troya”. Digamos que estamos jugando con ese lenguaje. Al final, el imaginario artístico, narrativo y plástico se construye de una forma que para mí no es lineal y son una serie de fuentes alimentándose unas a otras. Igual que, por ejemplo, ya en la portada de la “Balada” había referencias a “Vidas Pasadas”, como una de las muchas que tenía el álbum, ahora vamos recogiendo parte de esa siembra que habíamos dejado en el disco, reordenándolo y reconstruyéndolo hacia el último baile, que es lo que tú has dicho.
“Sentíamos que había otras vías a explorar y otros caminos que podíamos coger más adelante”
Por lo tanto, si esas referencias ya estaban incluso en la portada, en realidad, estas canciones vais presentándolas ahora, pero estaban ahí detrás, desde el principio, como quien dice.
Diego: Sí, aunque todo no. Hay como una ambición de “master mind” de querer decir que todo estaba cerrado, pero no es todo así. Había muchas cosas cerradas, cosas que llevábamos trabajando dos años. Algunas más o menos atadas y otras que te vas encontrando por el camino y se van puliendo y cerrando hasta acabar convirtiéndose en lo que son. Cuando salió la “Balada” hubo cosas que nos gustaban mucho y pensábamos: “¿esto lo sacamos ya o esperamos un poco?”. Vamos a esperar un poco porque tenemos tiempo, tenemos una gira que probablemente va a durar dos años o más. Podemos explorar esto con calma. Vamos a darle a cada cosa el peso ponderado y el espacio que merece. Y estamos trabajando en esa dirección. Sí que intentamos que el disco tuviese una entidad propia, completa y cerrada, o sea, no dejarlo cojo, pero sí sentíamos que había otras vías a explorar y otros caminos que podíamos coger más adelante.
“Balada de Delirio y Equilibrio” tenía en sí una línea argumental todo el disco, que se podía leer incluso en pequeños capítulos, y claro, ahora, al introducir estas canciones, ¿habría un nuevo orden para el disco? ¿Quizá ese nuevo orden nos pueda llevar a una nueva edición completa de la “Balada” metiendo estas canciones?
Diego: Yo creo que eso sería increíble, la verdad.
Claro, porque la cuestión no es dejarlas para el final como quien hace una edición con bonus tracks, sino introducirlas en el contexto, que es lo bonito.
Diego: Eso es, ya que lo abres, vamos a ver cómo puede hacerse. “Vidas Pasadas” nace de la idea de explorar todos los caminos posibles. Por ese motivo casi que existe la canción y desde esa premisa hemos trabajado, por ejemplo, como con lo que hicimos con Yarea. Hicimos “Puñalada”, pero es “Puñalada” reimaginada en su producción, en su enfoque y también en su letra. Cuando entró Yarea, ella conocía el disco, había manifestado públicamente el cariño que le tenía al álbum. Y por eso mismo pensamos “¡vamos a jugar!”. Y si entras, entra con lo tuyo, cuéntanos cómo lo ves y cuéntanos cómo choca e interseca esto en nuestro lenguaje con el tuyo para ver hasta dónde podemos llevarlo.
Estás hablando mucho de “Vidas Pasadas”, más que de “Troya” incluso, pero yo quería preguntarte, porque cuando lo vi me llamó mucho la atención, de dónde venía ese juego de antifaces y máscaras que trabajasteis en “Vidas Pasadas” y de dónde viene ahora la corona de cartón que repartís entre los asistentes y que forma parte de la imagen de este último single.
Diego: Las máscaras eran una metáfora visual muy sencilla y muy bonita de todos los que podríamos ser que no somos. De esa idea de que quienes somos podría cambiar a lo largo del tiempo. Y la corona es una referencia muy directa, muy gráfica y muy bonita de Basquiat. Si me preguntas de dónde viene su inspiración inicial es algo muy claro. Yo saco la corona del dibujo un poco abocetado y caótico que tiene la “Balada”. Lo dibujé mucho pensando en Basquiat. O sea, no tiene nada que ver mi dibujo con el de Basquiat, pero sí que hay algunos de los imagogramas que utilizaba Basquiat, como por ejemplo la corona, que a mí me gustan muchísimo, y de ahí empecé a jugar con la corona llevándome a sitios. Al final, cuando planteamos la imagen de “Troya”, de su vídeo y del díptico que conforma con el vídeo de “Vidas Pasadas”, ocurre el hecho de que cuando vienen a buscarme lo que me traen es una corona, un elemento muy poderoso y que gráficamente es muy descriptivo. Da como un foco, un vector de protagonismo que me encantaba como quedaba. De ahí viene trabajar con la corona.
“Este álbum nos ha dado una coartada para poder jugar visualmente y hacer una puesta en escena muy especial”
Hemos hablado de poner fin a esta etapa, pero es verdad que tenéis una larga gira todavía. Seguís con festivales todo el verano. ¿Qué tenéis preparado para dar importancia a estas nuevas canciones, que creo que se están convirtiendo, por la acogida, en nuevos clásicos del repertorio?
Diego: Es verdad que proporcionalmente al tiempo que llevan esas canciones publicadas, probablemente éste sea el disco que más éxito en volumen de canciones en el repertorio ha tenido en lo que llevamos de banda. Quizá junto con “El Arte de Perder”, que tiene como dos o tres canciones que son absolutamente fijas en el repertorio. Este álbum nos ha dado una coartada para poder jugar visualmente y hacer una puesta en escena muy especial, tanto el año pasado como llevarla un paso más adelante este año, que es bastante más guay lo que llevamos.
Estos días atrás rescaté un poco la “Balada” cuando sabía que iba a hablar contigo de nuevo, y veía que había muchas canciones que eran como si ya fueran clásicos. Un disco que solo tiene un año y que sin embargo ya está tan presente entre vuestros seguidores y entre la imagen popular de Veintiuno.
Diego: Sí, efectivamente eso ha pasado.
¿Hay planteados más conciertos o una gira más larga cuando acaben los festivales de verano?
Diego: Probablemente hagamos más, pero reconozco que el deadline lo tenemos planteado en noviembre de este año.
Por lo tanto, ahora sí que la historia de esta “Balada” terminaría cuando llegue el otoño.
Diego: Eso es.
Y si esta etapa se acaba, tú que eres una persona tan inquieta, ¿cómo rellenas el vacío que os deja tras tantos meses con un ritmo tan intenso? ¿Cómo volvéis a retomar el vuelo?
Diego: Con muchas ganas, la verdad. Lo peor es parar. Para nosotros lo más difícil es cuando la gira para y todo lo que te llenaba las horas de pronto es un vacío. Intentamos que dure poco, aún sabiendo que hay que dejar reposar las cosas, y que necesitamos tiempo para poder articularnos, poder trabajar y poder desarrollar nuevas ideas.
Es verdad entonces que ese tiempo de espera, que para nosotros puede ser un año o más, para vosotros es prácticamente nada. Un respiro y a seguir trabajando.
Diego: No hemos tenido más de un mes libre en el último año. Mejor dicho, quince días.
“Intento seguir una rutina de trabajo diaria y pasar toda la frustración que necesito hasta llegar a la obra”
En la anterior entrevista me contabas que se necesita el aburrimiento para crear. Se necesita parar y empezar de cero. Sin embargo, ahora parece que me estés diciendo más bien que no, pero te quería preguntar si no te asusta que ese parar o intentar buscar las ideas desde cero te pueda dejar atascado, y si sigues algún método de trabajo organizado para que no te arrastre esa pereza.
Diego: Sigo pensando que hace falta parar y aburrirse. En eso estoy completamente de acuerdo con mi yo del pasado. Las semanas tienen muchos días y creo que hay tiempo para aburrirse y divagar. Y sí, en respuesta a tu pregunta, intento seguir una rutina de trabajo diaria y pasar toda la frustración que necesito hasta llegar a la obra.
Es decir, tiempo quieto poco, más bien buscando.
Diego: Probando, equivocándome… todo el rato.
No sé si hay alguna idea ahora que esto va concluyendo de por dónde os gustaría tirar o qué es lo que tenéis entre manos. Me imagino que habrá incluso alguna composición por ahí preparada.
Diego: Sí, eso siempre está pasando, pero ahora mismo, si te soy sincero, en lo que estamos no solo es esta etapa de la banda, sino que además lo que hay por delante son exploraciones de caminos que pueden no ser. Una cosa que yo necesito y que estoy explorando es qué cosas podría llegar a ser la banda en el futuro, sin la prisa y la inmediatez de que tengan que serlo. Entonces, hay muchas cosas que estoy probando que probablemente no se hagan realidad casi ninguna de ellas, y sin embargo, una de ellas, en algún momento, acabará siendo la siguiente.
Vuestro eclecticismo es un hecho. Es verdad que en vuestro aire se impone el pop, pero hay rock, hay funk, hay experimentación, que en este último disco había mucha. Además, tenéis cada vez unas armonías vocales más trabajadas. ¿Qué es lo que más te llama la atención de lo que estás escuchando, de lo que hay alrededor tuyo, para sumergirte en ello? No digo que tenga que materializarse eso en Veintiuno, pero ¿qué es lo que te gusta o te atrapa últimamente de lo que escuchas?
Diego: Mi trabajo más grande, mi descubrimiento, mi inquietud satisfecha de los últimos dos años, mi exploración, tiene que ver mucho con el jazz. Nunca pensé que iba a abrir ese camino y esa vía, pero estoy disfrutando muchísimo de estudiar, de aprender y de escuchar muchísimo jazz. De coger el real book y entender las diferentes etapas que ha tenido y sus tendencias. Además, como tengo en la banda a un profe muy bueno, que es Xas, nuestro saxo y teclista, siempre tengo a quien recurrir cuando me pierdo, cuando no sé cómo tirar o cuando no entiendo algo. No sé ni si yo tengo el conocimiento ni si eso llegará a ocupar un espacio en Veintiuno, pero reconozco que he descubierto cosas que me están alucinando y que me está encantando escuchar y tocar.
De hecho el saxo cobra cada vez más importancia dentro de la banda.
Diego: Sí, y tanto. Sobre todo Xas, como persona y como músico, cobra mucha importancia porque nos nutre de muchísimas ideas y porque es una persona increíble, la verdad. Ojalá le conocieras.
Con toda la gente que tenéis alrededor vuestro, con todas las colaboraciones de las que os rodeáis y con todo lo que parece que os empapáis de alrededor, ¿hay alguna novedad que os haya sorprendido últimamente que os haga pensar que es eso lo que os llama de verdad en este momento?
Diego: Hay muchas, pero una de las últimas obsesiones de la banda que nos ha gustado mucho es Mk.gee. Es un artista que nos ha atravesado a todos y que algunas de sus cosas las hemos incorporado a la paleta de la banda. Diría que el último artista que más nos ha impactado ha sido él.
Yendo a la esencia de cómo compones y trabajas, ¿en qué momento sientes que tu idea, tan hilada como vemos a nivel artístico, a nivel compositivo, a nivel imagen o concepto… en qué momento esa idea se convierte en canciones o incluso en una manera de plantear el concepto de un futuro álbum? ¿Cuándo ves esa luz?
Diego: Cuando va tomando peso en mi cabeza y en mi ideario no consigo deshacerme de ello y al final siento que está suficientemente robusto y armado como para enseñárselo a los chicos. Es ahí.
Me imagino que cuando estás inmerso en una cosa como una gira, con todo alrededor, es difícil salir para buscar ese nuevo concepto.
Diego: No te creas, porque en la gira hay muchos tiempos muertos. La gira, siendo algo vertiginoso en su rutina, a veces tiene muchos espacios en blanco, más que en ningún otro momento, porque estás a menudo en una furgoneta y en un hotel en el que hay pocas cosas más que hacer que estar en lo que estás.
“Una obra terminada significa que tú ya has dado ese capítulo por cerrado y que estás con la cabeza, inevitablemente, en lo siguiente”
Hace poco, hablando con Bunbury, nos decía precisamente eso, que cuando él presenta un disco ya está totalmente en otra historia. Entonces no sé si te pasará exactamente a ti eso, pero es algo que me llama la atención, porque presentáis una cosa al mundo, pero vuestra cabeza ya está como en otro lado.
Diego: Sí, claro, porque tú presentas una obra terminada. ¡Y más si lo dice Bunbury! (risas). Una obra terminada significa que tú ya has dado ese capítulo por cerrado y que estás con la cabeza, inevitablemente, en lo siguiente. Lo mejor que te puede pasar es que tengas otro siguiente.
La verdad es que, de alguna manera, aunque me plantees que la historia se termina, es muy agradable ver que sigue habiendo capítulos en forma de canciones, en forma de singles.
Diego: Sí, de momento los hay.
Después de todos los artistas que están apareciendo como colaboradores en vuestras canciones, algunos que, como Yarea, le dan la vuelta a los temas, y otros que nos descubrís, porque yo he conocido a algunos artistas por colaborar con vosotros…
Diego: ¡Ay, qué guay!
Sí, bueno, mismamente a Yarea. Pero no solo atendiendo a los más punteros como Love of Lesbian o Iván Ferreiro, que han colaborado con vosotros, sino con estos otros que también sorprenden, ¿con qué otros artistas de la escena os gustaría compartir vuestras canciones?
Diego: Hay artistas con los que tenemos una deuda de hace mucho tiempo porque nos identificamos mucho con ellos, como Rufus T. Firefly, o artistas de nuevo cuño que nos gustan muchísimo como Puño Dragón, o colegas o amigas con las que sobrevuela una relación, pero no todavía algo creativo, con los que yo quiero que acabe pasando algo y creo que acabará pasando.
Ojalá, porque es verdad que sentimos que con vuestras canciones, más que una colaboración, es algo compartido, de alguna manera.
Diego: Gracias.
Antes de terminar, ya que esta entrevista tiene el origen en “Troya”, me gustaría filosofar un poco y preguntarte cuál podría ser vuestro “caballo de Troya”. ¿Cómo queréis seguir entrando en el universo de vuestra gente o de todos aquellos que aún no se hayan acercado a vuestra propuesta?
Diego: Bueno, justo con eso. Construyendo un imaginario que, no por complejo, pero sí por rico, tenga algo que ofrecer a la gente que sigue a la banda y a la gente que quiere sumarse y tener la oportunidad de enseñarlo y que conecte. Esa es la debilidad que yo tengo. No tanto enseñar más, como ahondar en lo que ya tenemos. Buscar esa profundidad.
uizá ahora, en el verano, que llega la época de festivales, eso es un poco más complicado, pero también hablamos en su día de que eso abre un poco la puerta a otros muchos que se puedan acercar a vosotros.
Diego: Claro, pero por eso mismo empezamos a construirlo en otoño, desde que sacamos “Pide un deseo por mí”. Desde entonces estamos haciendo ese viaje para tener tiempo de hacerlo bien y llegar a todos.
Ojalá sea un verano para vestir de largo estas canciones que de verdad entroncan perfectamente con la “Balada”. Canciones que sugieren mucho y en las que también me encanta su cambio de tonalidad al azul. Y ojalá poder ver y que se haga realidad esa edición con estas canciones formando parte de la “Balada” de forma completa.
Diego: Muchísimas gracias, Javier.
Que siga rodando la cosa y continuéis tan bien. Ya sabes que aquí en el Giradiscos os tenemos mucho aprecio.
Diego: Lo sé, muchísimas gracias. Es recíproco.
¡Nos vemos en los conciertos!
Diego: Te mando un abrazo y espero que volvamos a hablar pronto.
¿No es excitante descubrir un grupo musical que, además, se disolvió hace 44 años después de publicar un solo disco largo? Quien me puso tras la pista de su existencia fue Iñigo López de Palacios, y también tiene la culpa de este descubrimiento mi perseverante manía de guardar y revisar los periódicos viejos. Una de las funciones más destacadas de la crítica musical es la de propiciar esta suerte de alumbramientos imprevistos.
The Necessaries publicó, en efecto, un solo disco, al menos que la banda reconociera: “Event Horizon“ (1982), cuando en nuestro país estábamos intentando comprender quién era y qué representaba exactamente “Naranjito” y nos disponíamos a despojarnos, tímidamente, tampoco vamos a exagerar, del traje gris, tirando a oscuro, del franquismo. Nueva York era otra cosa, después de que el punk tirara la puerta abajo desde esta inconmensurable urbe, surgieron obras musicales que nadie, ningún oído, había escuchado antes, porque nadie las había hecho ejecutado hasta ese momento salvo, quizá, The Velvet Underground. De hecho, sin el apoyo de John Cale, miembro de aquella banda, no habría nacido este grupo. Fue él quien produjo su primer single, “You Can Borrow My Car” (1979), que, defiende López Palacios es “puro punk de CBGB”, el desastrado, y sin embargo, imprescindible “garito” que acogió prácticamente a todas las bandas y artistas más disruptivos de los setenta. Por alguna razón desconocida no está en esta recopilación. Sin embargo, qué misterioso, sí está la cara B de aquel vinilo de 7 pulgadas, “Runaway Child (Minors Beware)“.
Después de aquello, Sire Records “pirateó“ a su propio grupo, publicando a sus espaldas “Big Sky“. Un disco sin terminar según declaró la banda. Aunque probablemente no hay que descartar el perfeccionismo irrefrenable de los músicos como el motivo principal del desencuentro con la discográfica. Es una conjetura plausible, teniendo en cuenta la idiosincrasia de sus miembros, entre ellos el propio Arthur Russell.
Para nombrar esta compilación retrospectiva, en lugar de adoptar uno de esos títulos elusivos y poéticos que nadie entiende, han elegido un título descriptivo: “Completely Necessary“, que hace justicia a esta colección de canciones que pivotan sobre el único disco al que nos hemos referido antes. Aunque el periodista de El País sobreestima el papel de Arthur Russell, personalidad complejísima con rasgos verdaderamente geniales, en realidad el chelista, por citar el instrumento más emblemático de los muchos que tocaba, sin olvidar su voz que se puede escuchar en muchos temas, es solamente uno de los cuatro miembros del grupo. El grupo existía antes de que apareciera Russell. Sus compañeros no eran desconocidos en la vigorosa escena musical de la ciudad norteamericana. Ernie Brooks, bajista de los Modern Lovers, el grupo de Jonathan Richman, Jessie Chamberlain y Ed Tomney, quien componía, hacía de cantante solista y productor. En fin, no era el grupo de Arthur Russell, prueba de ello es que el músico de Iowa siguió por su cuenta, por otros derroteros muy distintos, como lo atestigua la publicación de “World of Echo”(1986). Bien es verdad que después de que Russell se bajara de la furgoneta de la banda, literalmente, de camino a un concierto, el grupo no tardó en disolverse.
El primer disco del recopilatorio es “Event Horizon” (producido por el reconocido Bob Blank), y los dos restantes (en formato vinilo) son cortes previos a este disco (grabadas entre 1978 a 1981) y las grabadas por las mismas fechas, y poco después (81 y 82), respectivamente. No son canciones menores, ni mucho menos, las que han añadido, alguna reiterativa en todo caso, como las versiones alternativas de las canciones ya incluidas en “Event Horizon”, en las que es difícil encontrar las “siete diferencias” por mucho empeño que pongas. De hecho, los recopiladores (el sello discográfico es Omnivore Recordings) han obtenido dos discos relevantes con sorpresas sensacionales e inesperadas. Por poner un ejemplo, “First Idea” era una canción desconocida, que no alcanza ni siquiera las 2.000 reproducciones en Spot***. Resulta difícil creerlo, tratándose de un tema asombroso, poseedor de una melodía insuperable. Y en ella, por cierto, no consta que Russell tuviera papel alguno.
Es una tarea muy difícil presentir por qué senderos se van a internar las canciones, la libertad de estos músicos es absoluta, el amateurismo instrumental que se ha atribuido, por otro lado, de forma injusta al punk, ha desaparecido, si alguna vez fue así, en 1982. La impronta de Talking Heads es indiscutible, aunque no es suficiente a la hora de explicar la singularidad de estas canciones. Hay demasiadas digresiones, imposibles de ignorar, provenientes del rock industrial, de la distorsión británica, el funk, el minimalismo electrónico, y del punk, por supuesto, que complican la catalogación de estas extrañas canciones, que no dejan de tener un fascinante sentido melódico como se puede comprobar en “Aeiou”, Tachito…” o la maravillosa “Detroit Tonight”. Que hayan sido adscritos al power pop, debido a “Law And Order”, “I Feel Tension” y “I Do”, las canciones iniciales del segundo disco de la antología (“Pilots Facing North”), no impide que, cuando les place, emprendan largos viajes instrumentales, tal y como ocurre en “Sahara”, “On The Run” y “Big Sky”, lo que indica que los trances irresistibles de Joy Division no quedan tan lejos.
En definitiva, este recopilatorio deja muchas preguntas sin responder sobre esta banda extraordinaria, y su tan imprevisible como breve trayectoria, pero responde de forma irrefutable al interrogante primordial: ¿qué música realizaron? La respuesta está en este excepcional recopilatorio, que, bajo nuestro punto de vista, es uno de los hitos musicales de 2026.
Palau Sant Jordi, Barcelona. Domingo, 10 de Mayo de 2026.
Texto y fotografías: Àlex Guimerà.
No era fácil competir contra el Clásico del fútbol español y un nuevo título de Liga para el Barça en Barcelona. Pero, de hecho, las entradas se habían vendido a un ritmo bastante rápido desde hacía meses, a un precio medio de 120 euros, y la expectación de ver el regreso a la ciudad de “Mano Lenta” después de más de 22 años era máxima. Aunque la llegada del rockero vino precedida por su “accidentado” paso por Madrid en el que por culpa de un insensato que le lanzó un vinilo desde el público el concierto terminó sin bises.
Como preámbulo del evento, el galés Andy Fairweather-Low & The Lowriders, que incluía un contrabajo y una sección de viento, nos ofreció una espera amenizada por un breve set blues soul que incluyó algunas versiones como “Peter Gunn” de Henry Manchini junto a temas propios del músico, como la fabulosa “Hymn 4 My Soul”.
Y pocos segundos antes de tocar las 21 h en los relojes, salió humildemente al escenario el guitar hero acompañado de una súper banda formada por Doyle Bramhall (guitarra), Nathan East (bajo), Sonny Emory (batería), Chris Stainton (teclados), Tim Carmon (órgano Hammond) y Sharon White y Katie Kisson (coros). Con tal formación la cosa no podía ir mal, lo que comprobamos pronto al escuchar la entrada con una pieza de Cream, “Badge”, que no es para mí la mas representativa de la época de la súper banda – sí lo serían otras como “Sunshine Of Your Love”, “Strange Brew” o “I Feel Free”- , pero que fue escrita por el propio Clapton junto a su amigo George Harrison.
Acto seguido “Slowhand” abordó los tremendos acordes Blues de “Key To The Highway”, a la que la siguió la majestuosa “I’ m Your Hochie Coochie Man”, del gran Willie Dixon, transportándonos a un garito cualquiera de Chicago. Y es que el concierto, en momentos, logró crear el clima de los bolos íntimos en sala, haciéndonos olvidar que nos encontrábamos en un Palau Sant Jordi junto a miles de personas. El set eléctrico lo acabó a modo de reggae con esa “I Shot The Sheriff” de Bob Marley que el inglés gravó en 1974 en Miami para su disco “461 Ocean Boulevard”.
La parte acústica arrancó del mejor modo imposible, con Clapton sentado solo con la guitarra y sin acompañamiento de la banda para demostrarnos que el Blues no necesita de grandes parafernalias y con una guitarra, la habilidad del fingerpicking y el espíritu adecuado, se puede llegar a su esencia. Cómo no, la pieza elegida fue del mito Robert Johnson, “Kind Hearted Woman Blues”. La siguió, esta vez junto a la banda, con otra versión clásica (en este caso de Jimi Coxy popularizada por Bessie Smith) como es “Nobody Knows You When You're Down and Out” y que se incluyó en “Layla and Other Assorted Love Songs”, de Dereck and The Dominos. La canción que titula ese álbum también apareció en este set, muy romántica, etérea y algo lánguida, pero bonita y melancólica a la vez. Fue uno de los momentos mas aclamados por el público, pues “Layla” es una de sus piezas más icónicas. Recordemos que Eric la compuso en 1970 pensando en la esposa de su íntimo amigo George Harrison, Patti Boyd, de quien estaba perdidamente enamorado.
La pincelada country llegó con la balada “Golden Ring”, del álbum “Recless” de 1978, con los teclados haciendo las veces de acordeón. Y el momento esperado llegó con el fervor del público con una de las más bellas canciones jamás compuestas, aunque surgida del dolor y la desgracia. Hablamos de “Tears In Heaven”, publicada como BSO pero popularizada con el álbum “Unplugged”. Aunque a decir verdad llegó algo descafeinada debido a las limitaciones vocales del músico, quien en los tonos altos y potentes lució bastante bien pero en los bajos y cálidos no acabó de funcionar.
Para la recta final, de nuevo Clapton abordando su Stratocaster para lucirse a lo máximo con el Blues. Fue en esta fase cuando pudimos gozar de su destreza a las seis cuerdas y el porqué a principios de los sesenta apareció esa pintada en Londres de “Clapton is God”. En esa fase sus músicos también se lucieron de lo lindo en largos solos de teclados, guitarra, batería e incluso bajo. Era la fiesta Blues que habíamos venido a disfrutar, con el fondo de muro de ladrillos, con un aroma musical humeante y nocturno, al son de otras piezas de Mr. Johnson (“Cross Road Blues” y “Little Queen Of Spades”) pintadas por uno de los reyes del blues blanco. Finalmente “Cocaine” de su amigo JJ Cale puso el colofón con todo el público ya del todo entregado a la causa.
Afortunadamente la banda pudo marcharse sin ningún percance por lo que volvió de nuevo con fuerza con “Before You Acuse Me” de Bo Diddley, cerrando un directo que apenas alcanzó la hora y media de duración pero que nos dejó un gran sabor de boca por haber gozado de uno de los grandes rockeros de todos los tiempos, quien a pesar de no tener que demostrar nada a sus 81 años, sigue dando muestras de grandeza y elegancia.
El coqueto condado de Norfolk, situado en la zona este del Reino Unido, dio cobijo como ocasional retiro vacacional a una Agatha Christie, condición curiosamente compartida con Arthur Conan Doyle, que durante mediados del siglo pasado estaba trazando lo que iba a ser la historia más ilustre de la novela detectivesca. Alojada en la mansión propiedad de unos jóvenes amigos médicos, y bajo su docta instrucción respecto a venenos y otras pócimas nocivas, el bucólico contexto de playas edénicas y vetustas calles ejercían como impasibles observadores en el nacimiento de truculentos argumentos. Muchas décadas después, el mismo paraje oficia también de hierático figurante respecto a la existencia de una banda, Brown Horse, “culpable” de haber firmado un estremecedor álbum, “Total Dive”, alimentado de un turbio espíritu delineado, y pese a su procedencia inglesa, por el rock americano. De nuevo, aquellos parajes que arrullaron a la “dama del misterio”, hoy vuelven a ser el escenario para una colección de cadáveres anímicos.
Ser conscientes -y estar decididos a exprimirlo- del buen momento por el que transita una banda deriva de forma natural en la fecundidad creativa, un hecho avalado por la trayectoria de este cuarteto, que ha transformado sus tres años de biografía discográfica en la publicación del mismo número de trabajos, cifras que representan, sin ningún riesgo de equívoco en el diagnóstico, una evidente ebullición artística. Estajanovismo compositivo que, pese a la poca distancia temporal entre sus alumbramientos, es capaz de delatar una evolución que concierne, sobre todo, a este recién editado material, que hace de su manto crepuscular y herido un rasgo por un lado distintivo y por otro el matiz protagonista que parecía estar demandando su obra para alcanzar la excelencia. A pesar de que sus ritmos, enclavados en un imaginario clásico fortificado entre rasgos eléctricos, siempre se han enfrentado a ese suspiro trágico, al que lograban extirpar alguna media aparición luminosa, su producción más reciente capitula frente a cualquier escape optimista para dejarse embriagar por las sombras. Haciendo alusión a su título, más que una total inmersión, estamos ante un absoluto descenso hacia el ocaso, derrumbe que paradójicamente se yergue monumental en su aspiración musical.
Lejos de ese déficit colectivo que define la condición de muchas bandas, convertidas en una reunión de músicos entorno a la batuta rectora empuñada por un líder, Brown Horse encarna la opción opuesta y más ligada a la esencia de un concepto comunitario, siendo la rúbrica de los temas prácticamente un ejercicio desarrollado de forma alícuota por sus integrantes, del mismo modo que su estructura vocal no se puede entender sin el juego de tonalidades que representan Patrick Turner y el contrapunto femenino asumido por la colaboración de Neve Cariad. Ambos, desde diferentes coordenadas pero confluyentes en su ánimo, enuncian un repertorio que oficia de hogar para zorros muertos en la cuneta, solitarias máquinas expendedoras de alivio rápido o áreas de descanso que más bien parecen paradas de corazones vacíos. Presencias observadas por los focos de un automóvil que, en su ruta noctámbula, orienta sus pupilas metálicas hacia una pasarela de almas errantes. Un contexto, por supuesto enhebrado principalmente por el ámbito musical, pero que significa también la “internacionalización” del gótico sureño, convirtiendo el bucólico paisaje originario de la banda en tierra fecunda para la narrativa de Carson McCullers o Donald Ray Pollock. Escritura que recoge a su manera igualmente los fogonazos en blanco y negro emitidos por las instantáneas de Walker Evans o Dorothea Lange. Una demostración palmaria de que hay una población de espectros vivientes que se comunica con los diversos dialectos pertenecientes a un mismo lenguaje estepario.
“Total Dive” funciona como un dolorido relato en clave de rock dividido en capítulos transmisores de diversas temperaturas dramáticas. Tonalidades de incertidumbre inauguradas por la explosión de violencia contenida en “Sorrow Reigns”, que comparte su interpretación de afligida delicadeza con el quebrado llanto de unas rudas guitarras custodiadas por Jason Molina -uno de los puntales sobre los que se inspira el álbum- pero también por la virulencia de Come. Agitación eléctrica que implora clemencia, servida por otro de los estandartes de este repertorio como es Neil Young o el remanso desgarrador que caracteriza a Silver Jews, en “Comeback Loading”, una polaroid enmohecida por un paso del tiempo del que es imposible borrar la sombra del dolor. Un tejido de incomodidad emocional que se transforma en la funeraria nostalgia recitada en "Heart Of The Country", donde esos poemas guardados en una bandeja de galletas a los que se alude han fermentado hasta el punto de presentarse como un fantasma de andares tan inquietantes como majestuosos.
Teniendo a las guitarras, y sus amplificadores en forma de eco crepuscular, como prioritaria tutela instrumental, hay detalles que completan y aumentan la cavernosa profundidad de este paisaje, una labor adjudicada a unos teclados que, desde su aparente papel secundario, en “Wreck” o “Heavy” se desplazan bajo una insinuante fatalidad. Detalles que se suman a los momentos donde esa raíz country, que brota eludiendo la tierra más yerma y árida, aflora en “Twisters”, bajo el amparo tendido por bandas que van de Uncle Tupelo a Drive-By Truckers, o en un tema homónimo, donde se puede sumar a la ecuación incluso a Lucero, que ejerce como panorámica de una fotografía de desheredados y vagabundos no necesariamente carentes de domicilio fijo. Una desdichado corte que invoca como única fuerza motriz la asepsia emocional, asumiendo la derrotista sentencia de donde no hay sentimientos es más difícil que crezca el dolor.
Brown Horse, con este disco, se sitúa en ese paraíso de exiliados que ponen sus artes creativas al servicio del lamento más profundo. La banda británica ha convertido la notable expresividad demostrada en pretéritas grabaciones en un monumento tallado sobre negro, un homenaje a los caídos cotidianos, a esos antihéroes que, paradójicamente, han alimentado infinidad de composiciones en la historia del rock, pero de las que solo unas pocas, como las integradas en este álbum, son capaces de bautizar al oyente como protagonista de esta legión de caminantes al filo del derrumbe, porque probablemente, cada cual a su manera, todos pertenecemos a ella.