091, embrujo granadino en la noche madrileña


Explanada multiusos de Arganzuela, Madrid, sábado 10 de octubre de 2026. 

Texto y fotos: Javier González. 

Rock de altura el que pudimos disfrutar el pasado sábado dentro de las celebraciones de la Hispanidad 2026. Un evento para el que realmente se han programado pocos conciertos interesantes pensados para los amantes de la buena música, por suerte entre los escogidos se encontraba el de 091, una de las bandas favoritas de muchas de las personas que hacemos posible El Giradiscos, por lo que no dudamos en acercarnos hasta la vieja ribera del río Manzanares para ver una vez más cómo se lo montaban en vivo los miembros de uno de los proyectos míticos de la escena estatal.

La realidad es que por cuestiones que no vienen a cuento llegamos al recinto con el tiempo justo para colocarnos y presenciar el espectáculo de los granadinos, lamentando amargamente habernos perdido las evoluciones en directo de Los Nikis de la Pradera, el proyecto country que capitanean parte de los miembros activos de Los Nikis, el grupo más gamberro, punk y divertido de nuestra música, cuyo último trabajo, “Llorica”, recomendamos escuchar encarecidamente. 

A las 21:00 en un alarde de puntualidad las luces se desvanecieron, dando paso a los cinco forajidos más elegantes del rock patrio. Escrupulosamente vestidos de negro asomaron Tacho González, Jacinto Ríos, Víctor Sánchez, José Ignacio Lapido y José Antonio García, saludando espartanamente al respetable, antes de que el bueno de Tacho comenzara a aporrear sus timbales invocando a los “2.000 Locos”, dejando claro desde el primer instante que su maquinaria sigue perfectamente engrasada; sin solución de continuidad apelaron a los sin nombre, a los dueños de sus propios sueños y de una ilusión a prueba de bombas, a los llamados a luchar para sobrevivir, reclamando su orgullo en “Zapatos de Piel de Caimán”.

Tomaron nuestras manos para traernos a su presente más reciente, el que representa su fenomenal último trabajo “Espejismo Nº9”, sacando a relucir joyas como “No Tiene sentido Escapar”, la cañera “Nadie quiere oír tu Llanto” y la muy bluesera e inquietante “Dormir con ojo Abierto”, momento en el que ya teníamos más que claro que la dupla Lapido-Sánchez estaba tocada por la gracia de los dioses en la noche de autos, proponiendo afilados riff que tenían efectiva contrarréplica en las manos de Tacho y Jacinto, haciéndonos olvidar que nuestra querida “Comunidad de Madrid” había decidido rebajar el presupuesto de contratación apostando por menos vatios de potencia de los recomendados -¡puro PP, vaya!-, haciendo que por momentos no se pudiera identificar a la perfección la voz de un José Antonio que en lucha contra los elementos, cantó sin fallar ni una nota, regalando las habituales dosis de carisma y chulería innata a las que acostumbra en cada uno de sus pasos sobre el escenario. 

Nos invitaron a “El Baile de la Desesperación”, celebrada por el respetable capitalino, quizás viéndose reflejados en frases como “Si en el cruce de caminos/ falla tu orientación/ Luis Candelas es mi amigo/ pregúntale la dirección”, rotunda y cañera en contraposición por la belleza cadenciosa de “Ven Vestida de Nube”, otra de sus joyas más recientes, y “Algo Parecido a un Sueño”, con la que cerraron el intercambio de clásicos por novedades, sabedores que el tiempo apremiaba, para comenzar a centrarse en parte de las glorias más mayúsculas con las que han jalonado su brillante trayectoria a lo largo de décadas de esforzado desempeño. 

Aceleraron de una forma magistral con “Este es Nuestro Tiempo”, donde cantan aquello que ahora suena tan premonitorio de “presiento un futuro imperfecto”, “Huellas”, con Lapido sacando prácticamente fuego a las cuerdas de su guitarra; antes de bajar un poquito la pulsión con el tono crepuscular de otra de las favoritas de la casa como es “Esta Noche” y su extensión en el marco existencial poético de “Otros como Yo”, perfectos anticipos del subidón que supusieron “La Calle del Viento”, con ese particular tono burlón y socarrón, pura mala follá granadina “made in Lapido”, con el que cantan a la derrota, y el punk-rock a modo de collage vanguardista que encierra “Qué fue del siglo XX”, un tema que solamente podría escribir un amante de la historia como José Ignacio. Tras la misma abandonaron el escenario Tacho, Jacinto y Víctor, dejando solos en el escenario a los dos frontman principales de la banda para hacerse cargo del momento más emotivo de la noche. 

Ahí estaban los dos, mano a mano, Lapido parapetado tras su guitarra acústica y José Antonio tirando de armónica para atacar con emoción “La Canción del Espantapájaros”, recordándonos a todos que se pueden “fingir sonrisas en la desolación”. 

Sabíamos que el final estaba cerca, sobre todo cuando José Ignacio arrancó a su guitarra la fenomenal introducción de “La Torre de la Vela”, donde todos los amantes de la serie b, la gente con los corazones destrozados, los desheredados y los soñadores en general, nos cobijamos para encontrar al calor de los 091 parte de nuestras almas extraviadas, seguida de otros guitarrazos inconfundibles plagados de wah-wah, aquellos que marcan el comienzo de “La Vida que Mala es”, desatando una fiesta entre el personal mientras los cero disfrutaban al interpretar uno de sus mayores hits, sobre todo José Antonio golpeando con suma destreza su ya habitual cencerro, mientras danzaba como poseído de un lado del escenario antes de lanzarnos al viento un salmo que jamás debemos olvidar: “Dios aprieta pero no ahoga/ sé que esa es la verdad/ nos ponen suave el nudo en la soga/ nos dejan abierta la puerta de atrás/ me lo dijo la mujer del dueño donde iba a trabajar/ tú, como tu padre, nunca fuiste bueno/ mal trigo, mala harina, mala harina, mal pan”, antes de recoger una cerrada ovación por parte de los fieles de una banda que, una vez más, y ya van demasiadas, volvió a sembrar de embrujo granadino la noche madrileña.

A la salida, sin apenas tiempo para pasar por el camerino ni recomponerse, los miembros de la banda saludaban a un nutrido grupo de fans que buscaban recuerdos en forma de fotos y firmas en algunos Lps. Sin duda un pequeño-grande detalle que muestra a las claras la grandeza de los andaluces, pero que sobre todo nos habla del grado de idolatría y fervor popular que han recogido los 091 a lo largo de los años. Grandes entre los grandes. Y no somos pocos los que lo corroboramos.

Mercury Rev celebra los 25 años de “All is Dream”


Sala Moon, Valencia. Jueves, 8 de octubre del 2026.
 
Fotos y texto: Eva M. Martínez Ribes 

El pasado jueves 8 de Octubre tuve el placer de acudir al concierto de la banda americana de rock y psicodelia Mercury Rev dentro de su gira “Celebrating 25 Years of "All is Dream” en la Sala Moon de Valencia. Un concierto enmarcado dentro de su tour de cinco citas por nuestro país contando con una fascinante Sandy Bell como telonera de lujo. 

Sandy Bell, cantautora estadounidense tocada de un halo de teatralidad y espiritualidad pasmosa, salió acompañada de un sólo músico al escenario, Jeff Lipstein, un virtuoso a los teclados con cascabeles y demás objetos. Comenzaron su concierto con unos pocos oyentes en la sala. Lo que hizo Sandy fue un alarde de fuerza vocal y sensibilidad defendiendo cada uno de sus temas, junto a un elegante Jeff que tocaba todo lo que quería y tenía a mano. En un momento dado Sandy se quedó enfrente de nosotros, de pie con su larga blusa blanca y su melena despeinada, y teniéndola ahí delante totalmente imbuida por su música, me vino a la mente mi venerada PJ Harvey, por ese magnetismo y fuerza interpretativa que transmiten ambas. Magnífica su versión de “Bird on the Wire”, del gran Leonard Cohen con la que cerró y nos dejó a todos, ya algunos oyentes más en la sala, en estado de shock. 

Eran casi las nueve cuando asomaron por el escenario un tímido Jonathan Donahue primero, revisando luces y escenario, y después su compañero Sean Mackowiak, también conocido como "Grasshopper" , dos de los miembros fundadores de los primeros Mercury Rev. Tras unos minutos cuidando cada detalle desaparecieron para volver a aparecer, 15 minutos pasada la hora prevista, junto a los otros tres miembros de la actual formación, la austríaca y maravillosa Marion Jensen, su compañero Jesse Chandler a los teclados y trompeta, y el enérgico batería Joe Magistro, con una sala ya llena para entonces. 

“All Is Dream” se publicó el mismo día que las torres gemelas colapsaron en Nueva York, y ese álbum que ya de por sí lo tenía complicado después de su exitoso “Deserter’s Songs” fue tomando forma y fue recibido con los brazos abiertos en un momento vital muy difícil para muchos americanos y por un mundo que miraba con escepticismo y miedo todo lo que ocurría aquellos días. En esta gira han revisado sus canciones realizando arreglos en las mismas y creando unas atmósferas envolventes que, con esos teclados, trompetas y luces, la expresividad de Jonathan, la maestría en la guitarra y la fuerza de la batería, crean un ambiente entre enigmático y psicodélico, una actuación que te deja pasmada e incluso a punto de soltar una lágrima. 

“The Funny Bird” , con el que Jonathan se identifica, como un pájaro que despliega sus alas, fue la primera canción con la que nos deleitaron, para seguir con “Hercules ” y “There's Always Been a Bird in Me”. De negro con sus botines azules del mismo azul que sus ojos, con esos ojos abiertos y expresivos que no paran de decirnos cosas, con una teatralidad extrema, con un cuerpo que no para de doblarse y de hacer poses, subiendo a la batería, apoyándose en los amplis, haciéndonos partícipes de todo su mundo, con unos teclados que lo envuelven todo, atreviéndose a tocar instrumentos que parecieran de otro mundo… maravilloso. 

Todos los temas sonaron orquestales , contundentes y preciosos, no bajaron el ritmo y se les veía contentos, Jonathan se atrevió decir que la noche acompañaba, y cuando llegó el turno de “Ancient Love” ya nos tenían en el bolsillo. “Tides of the Moon” o “Goddess on a Hiway”, su maravillosa “Holes” y “The Dark is Rising” para terminar, nos dejaron jaleando y dando gritos, aplaudiendo tan fuerte como podíamos, quietos aún cuando se encendieron las luces, pensando y deseando que no se nos haga tan larga la espera para tenerlos de nuevo así de cerca. 

Para una benicense de adopción como yo, volver a ver en directo a Mercury Rev después de tantos años, cuando les conocí allá por el año 1999, tras un apabullante concierto en el Festival Internacional de Benicàssim presentando su aclamado álbum “Deserter’s Songs “ ha sido todo un lujo, y tengo que cerrar agradeciéndole a Houston Party que lo haya hecho posible. ¡A sus pies!

Ilustres Principiantes: La Amenaza Constante



La Amenaza Constante es un grupo donostiarra fundado a comienzos de 2023, formado por Carlos del Valle (voz y guitarra), Iñaki Benito (batería), Martín Diestre (bajo) y Mikel Elorza (guitarra y voces). Su sonido combina melodías pop con muros de guitarra intensos y envolventes, navegando entre el noise pop y el shoegaze.

"Un desierto de amapolas" es el primer LP de La Amenaza Constante. Producido por Eñaut Gaztañaga, el álbum reúne 11 canciones que transitan entre guitarras distorsionadas, pasajes de guitarras limpias, teclados analógicos y voces que se entrelazan en una búsqueda constante de armonía.

Entre sus cortes se encuentran "El Verano", "Un desierto de amapolas", la canción que da título al álbum, y «Una cruz en los ojos», último single del grupo. El disco incluye también tres piezas instrumentales, entre ellas "Ya no te rondan los zagales", un particular himno antibelicista cuyo título procede de la jota que quedó grabada a fuego en la iglesia de Belchite.

En lo sonoro, el álbum bebe de la tradición del shoegaze y del pop independiente, con referencias que van desde My Bloody Valentine hasta Los Planetas. A lo largo del disco aparecen también guiños más concretos: "Dame estrellas o limones" mira hacia Family, mientras que "Radio Benito" se acerca al universo instrumental de Mogwai.

Pero "Un desierto de amapolas" no es únicamente un ejercicio de referencias. El álbum gira alrededor de una idea: la búsqueda constante de algo que quizá no existe y el desgaste que provoca perseguirlo. Una búsqueda que se convierte en bucle, igual que una sociedad atrapada en sus propios mecanismos, frente a la que solo queda la lucha —o el intento de escapar— de ese opio cotidiano que nos mantiene dando vueltas sobre lo mismo.

Silvio Rodríguez, el último trovador cubano, no se rinde y concluye la gira española en Madrid


Movistar Arena, Madrid. Domingo, 4 de octubre del 2026. 

Texto: Guillermo García Domingo. 
Fotografías: Marián Bujanda Bravo. 

Antes de que actuara Silvio Rodríguez en su último concierto de la gira española (el décimo de la gira) el pasado domingo, lo precedió Pedro Pastor, que interpretó varias canciones militantes (sirva de ejemplo “Los olvidados”) con la intención de iluminar la oscuridad política que nos asedia por todas partes. El joven cantautor es el hijo de Lourdes Guerra y Luis Pastor, que ya contradijo hace unos años la idea de que los cantautores estaban desapareciendo con la ayuda de su canción recitada “¿Qué fue de los cantautores?”. Las hermosas canciones de Pedro Pastor inciden en la misma idea: la canción de autor ofrece el mejor cauce sentimental y musical para expresar el compromiso y la esperanza en épocas de transformaciones sociales y políticas como la actual. Los vientos revolucionarios de Cuba llevaron a Silvio en volandas hasta España al mismo tiempo que otros cantautores coetáneos en los años setenta del siglo pasado se hacían eco de lo que estaba pasando en las postrimerías del franquismo. Desde el principio Silvio gozó de una popularidad extensa e intensa en nuestro país que no ha decaído en ningún momento, aunque la trayectoria musical de Silvio haya tenido altibajos. 

La voz de Silvio, lo comprobamos en los primeros compases de “Historia de las sillas”, no ha envejecido; su timbre singularísimo es el complemento perfecto para los delicados arreglos que extrae de su guitarra. Ambos instrumentos conforman un órgano indisoluble. El concierto, no obstante, alternó entre los pasajes musicales acústicos en los que los asistentes que llenaban el recinto cubierto más grande que hay en Madrid se animaban a cantar, y los pasajes orquestales que rezumaban el arte y la tradición de la nueva trova cubana que enardeció a Centroamérica en los años 70, período que coincidió con la consolidación la revolución cubana y la sandinista más adelante. 

Los momentos orquestales prevalecieron, lo que definió el destino del concierto y evitó que éste se convirtiera en un homenaje más a Silvio y a sus canciones eternas. No lo necesitan, ellas se defienden por sí solas, aunque adquieran un estilo diferente. Algún tema de siempre como “Escaramujo” (“Rodríguez”, 1994), revivió animada por el espíritu del son cubano en una versión memorable gracias a la orquesta que acompañaba al cantautor. La interpretación de esta canción dedicada a las niñas y niños “pregunteros”, y a los filósofos que se niegan a crecer al igual que Peter Pan, suscitó admiración. Como también lo hizo la “Pequeña serenata diurna” que adoptó la forma de una canción de “bossa nova”.

En la mayoría de las canciones destacaron las tonalidades ofrecidas por la flauta travesera de Niurka González, la aportación de Maykel Elizarde, tocando el tres cubano y sus cuerdas dobles, el fondo del contrabajo de Jorge Reyes, y el piano luminoso de Jorge Aragón. Qué diferente habría sido “Sueño con serpientes” y sus aires orientalizantes sin la contribución de todos ellos. Hicieron lo propio con canciones menos habituales y populares. Me refiero a “¿A dónde van?”, que resultó verdaderamente hermosa o “Virgen de Occidente”. A propósito de esta canción, la crítica imperialista ha sido, es y será un denominador común de todos las veladas a las que nos invita Silvio. Su país es uno de los que con mayor determinación se ha enfrentado al imperialismo yanqui que el presidente actual de USA ha recuperado. La semana pasada anunció en la sede de la impotente ONU que “Cuba caerá” con el tono de matón al que nos tiene acostumbrados. Otro pueblo que ha sufrido las peores consecuencias del imperialismo es el palestino. Cuando todavía estábamos sobrecogidos por culpa de “La canción del elegido”, Silvio leyó un poema de Luis Rogelio Nogueras titulado "Halt!", escrito bajo los efectos perturbadores de la visita que hizo a Polonia y a Auschwitz en 1979, y casi al mismo tiempo que declamaba los últimos versos que apelan directamente a las personas judías de Israel: “Pienso en ustedes/ y no acierto a comprender/cómo/ olvidaron tan pronto/ el vaho del infierno”, la hija del cantante (que forma parte del elenco) le puso una kufiya palestina sobre los hombros, que llevó mientras interpretaba “La era está pariendo un corazón”. 

Esta última canción mencionada sirve para apoyar la idea de que el concierto, pese al ambiente pesimista imperante, no pecó de derrotista ni mucho menos. Varias canciones del repertorio sembraron la esperanza en el público y nos animaron a no dejar de cebar la imaginación política, que es más imprescindible que nunca. Una de ellas fue “Más porvenir”, dedicada a Pepe Mujica, casi tan querido como Silvio por parte del público; también, “Venga la esperanza” y hacia el final el “Reparador de sueños”, protagonizada por esa “personita” que puede “enmendar lo roto”, “trocando lo sucio en oro”.

El momento íntimo de “La belleza” de Luis Eduardo Aute, que vivía por cierto a unos pasos de este lugar, en el encantador barrio de la Fuente del Berro, además de hacer honor a su nombre, no podía ser más pertinente en esta ciudad. Y nos hizo rememorar aquel inolvidable concierto en Las Ventas que se grabó y dio lugar al disco en vivo “Mano a mano” (1993) y a una exitosa gira posterior, que protagonizaron ambos cantautores a finales de los noventa. Este período coincidió con uno de los mejores momentos creativos de Silvio, que se plasmó en una trilogía extraordinaria: “Silvio”, “Rodríguez” y "Domínguez”, que cualquier aficionado del músico debería visitar a menudo. De esta trilogía incluyó en el repertorio el citado “Escaramujo”, “Ala de colibrí”, “Compañera”, “El necio” y “Quien fuera”, lo que remarca la importancia de estos álbumes.

El último trovador cubano, el que compuso “Ojalá” o “Óleo de mujer con sombrero”, que aparecieron cuando más se las esperaba, en los ansiados bises, no se despidió muy efusivamente del público debido a su timidez, o porque, lo que sería todavía mejor, tiene previsto regresar muy pronto.

Collision: "Rock Diet (Raquel Pascual - A Celebration)”


Por: Txema Mañeru. 

Cuando comencé a escribir (o juntar letras) sobre música a finales del siglo pasado era el momento en el que estallaba el hardcore punk, sobre todo, en Cataluña. Todo ello fue gracias a la inconmensurable labor del sello catalán BCore Disc. Entonces surgieron bandas como Aina, (posteriormente Nueva Vulcano), The Unfinished Sympathy, Hopeful o Like Peter At Home, entre bastantes más. Poco después, o al menos así fue hacia mis oídos, llegaron Standstill o Madee.

Unos de las protagonistas fueron Fromheadtotoe, banda liderada por ese terremoto escénico que era Raquel Pascual. Antes ya había militado en otra banda seminal como Childhood. Obtuvieron varios premios, entre ellos el primer premio en el prestigioso Villa de Bilbao del año 98 cuando llevaban menos de 3 años en marcha. De las cenizas de dicha banda surgieron Collision con otros dos componentes de la banda a las que se sumó Pol Font a la batería. Su aventura también fue efímera pero dejaron un disco tan potente como “Rock Diet” (Montgrí) que más de 20 años después sigue sonando plenamente vigente.

Un disco rabioso y crudo que sigue arañando a día de hoy y que era muy difícil de conseguir por lo que está cuidada reedición es una excelente noticia. Ningún tema llegaba a los 4 minutos ni falta que hacía. Ya el brutal arranque con "Rocket" los hacía sonar como un cohete a propulsión. Seguía la rabia al cantar en "Let Me Be" y hasta metían melodías a lo Descendents, primeros Green Day o Bad Religion y casi estribillos como los de la pegadiza "Thunder". "Belong" era su tema más largo y también el más “relajado”, por decirlo de alguna manera, acercándose a propuestas como las de las Breeders o incluso Liz Phair, y otra vez con un estribillo con toques casi épicos. Acercamientos casi al glam-punk de las Runaways encontramos en su particular "Queens" mientras es un estupendo riff de bajo quien destaca en la inquieta "Can’t Wait" con los buenos coros masculinos en el contundente estribillo y hasta aporreando el cencerro en la batería. 

Los riffs salvajes desencadenan una tormenta loca en "Crazy" y "Nobody Said It Was Easy" supone el otro momento para la relativa calma, al menos en parte de la canción. A mí, me sigue viniendo a la mente el nombre de las Babes In Toyland, entonces muy en boga y ardiendo. Los coros vuelven a sonar de miedo y las guitarras chirrían que da gusto. Más rabia hardcore punk en la acelerada "Hear Tcore", aunque el estribillo se toma más espacio. Aquí, además de las citadas Babes In Toyland, sigue siendo fácil acordarse de las más enfadadas Bikini Kill en sus comienzos. Ya casi al final hay más espacio para el glam-punk en "Glam Shock Therapy!", otra vez con riffs glam y batería aporreando metal en el estribillo. El final con un título como "D-Generation" habla por sí solo. Poco más de un minuto a toda velocidad, con estribillo para gritar, que te deja con ganas de volverte a pinchar tu dieta de punk-rock desde el comienzo.

Raquel nos dejó hace mucho tiempo y este disco es un homenaje para ella. Una animal escénica y fuerza de la naturaleza como la catalogó hasta el mismísimo Dave Grohl (en los tiempos de Nirvana). Ya que han decidido reeditar este disco han añadido hasta tres temas inéditos. Se trata de "Sink", que proviene de las sesiones del “Rock Diet” y de "Kate" y "November", fechadas en esta década y que iban a ser el arranque de un nuevo proyecto que se iba a llamar Damita Segura y en el que Raquel pretendía convertirse en una especie de Chavela Vargas con el paso del tiempo. No pudo suceder esto. Buena frase de despedida: “See you on Hell, Rachel! We love you forever”.

Pepe Ferrández (Blue Unicorn): "Me siento muy libre sin tener mayores pretensiones que explorar mis límites"


Por: Kepa Arbizu 

Si la pandemia, y su obligado enclaustramiento, significó para muchos músicos un paréntesis -más o menos estático según los casos- deshecho con la llegada de los hábitos comunes ya sin carga vírica, para Pepe Ferrández, líder de los siempre añorados Dixie Town, fue el inicio de un nuevo proyecto en solitario. Así se debe entender Blue Unicorn, que en el presente suma ya el quinto capítulo, bajo el título "Played by Humans, Sung by Animals", de un trayecto que se escribe desde el estudio casero del compositor convertida en guarida desde la que invoca, rodeado de instrumentos y "cachivaches", la herencia de los sonidos afroamericanos a través de una puesta en escena orgánica en su grado máximo, devolviendo  la experiencia musical a su naturaleza más pura e íntima. Canciones, que en esta ocasión, se traducen como un paseo cronológico y casi enciclopédico a través de unos ritmos que van desde el gospel hasta el hip hop pasando por Marvin Gaye, Funkadelic o Prince. Una cartografía sobre la que hablamos con su máximo inspirador, quien abre las puertas de su gruta para poner voz, siempre portentosa, a ese ser mitológico llamado Blue Unicorn. 

Lo primero que me ha llamado la atención de este disco es la imagen de la portada, me ha recordado al “Underground”, de Thelonious Monk, no sé si es una asociación mía o habías pensado en ello… 

Pepe Ferrández: No me puede gustar más esa´comparación. Es una portada que me fascina probablemente y de manera subconsciente haya algo de eso. Hay cierto romanticismo en verse en un bunker buscando belleza. 

En el plano musical, y sabiendo que tus influencias, o parte de ellas, se remontan a la tradición de los sonidos americanos, he notado un concepto sonoro más expansivo hacia ritmos afroamericanos ligados al funk-soul, ¿tenías esa idea de centralizar alrededor de ese ambiente el disco? 

Pepe Ferrández: Para alguien que viene del blues y las raíces de la música americana en general, casi cualquier cosa que haga trasgredir los limites (risas), y al final uno acaba sonando a lo que escucha día a día y en los últimos tiempos mis influencias se han ampliado y han crecido. Hay un vínculo común que ha servido de guía, como comento en el texto de presentación del álbum, y es que mi "dealer" de vinilos ha cambiado radicalmente y está fuera del algoritmo, y eso me encanta. Hago referencia ello en el texto que seguro has leído de presentación del disco.

Hace tiempo que me cansé de la escalada esnob del precio de los vinilos, pero eso no quiere decir que no compre música como un adicto, es que simplemente he cambiado de "dealer". En un almacén de muebles, un rastro con antigüedades y decoraciones rústicas perdido en una carretera de pueblo en el noroeste peninsular encontré el tesoro de sierra madre. En una zona cerrada al paso con cacharros dispuestos para su clasificación y etiquetado había enormes estanterías de vinilos llenos de polvo y humedad. Llevo 4 años escarbando en aquella extraña colección para sacar a la luz todos los placeres culpables y grooves inconfesables que me han volado la cabeza en los últimos tiempos. Aquella colección estaba llena música disco de finales de los 70, Instrumentales de librería de los mejores cócteles de los 60, gemas de pop sueco, Joyas de Pub Rock, new Wave…y lo mejor de todo en un noventa por ciento música absolutamente desconocida y perdida en el tiempo y sobre todo al margen de los algoritmos (que es lo más interesante). Divas y divos todos ellos olvidados y fastuosos. 

Estas canciones me conectan especialmente con tu anterior EP, “Beyond Sight”, hecho de “descartes”, ¿sientes que el proyecto va cogiendo una identidad sonora hacia ese camino o es simplemente el reflejo de una época musical propia? 

Pepe Ferrández:  Esos descartes de "Nobody Loses All the Time" que se llamó "Beyond Sight" iban, como dices, en otra dirección. Se veía algo nuevo que necesitaba domar, con el uso de los sintes, las percusiones, el contrabajo…los pianos acústicos se abrían un montón de opciones que ofrecían la oportunidad de ofrecer mi propia versión de músicas que me encantan. Decidí abrir la puerta a todas ellas, pero pasadas por el tamiz de mi viejo blues y sin olvidar que las letras deben hablar de cosas importantes para uno mismo y que el objetivo es transmitir de un modo genuino tratando de no replicar clichés.

Siguiendo con las asociaciones/influencias, que un tema se titule “What’s Going On!”, y que Marvin Gaye deje su rastro en canciones como “Air”, ¿es también una coincidencia? 

Pepe Ferrández:  Vaya, ese es mi disco favorito de Gaye y para mi sin duda en el top cinco de los mejores discos de la historia de la música así en general. Si bien en "Air" pesan más otras influencias de la música negra como Shuggie Otis o Timmy Thomas, sí que hay en general un tono muy "What’s going on" en el disco en el sentido más lirico del mismo. Este álbum es el trabajo más pegado al mundo al que vivo que he grabado nunca, con canciones que hablan de los grandes dramas de nuestra sociedad como "Jesus is lord", un tema antibelicista con un marcado acento contra las guerras con la excusa de una religión mal entendida. Es un disco que me representa en la sociedad en la que vivo como lo fue aquel. 

En cuanto a "Air" es una canción muy distinta a lo que había hecho antes. Hace dos años tuve una operación de garganta que me dejó mudo algo más de un mes y cuando recupere la voz me sentía eufórico y decidí cantar casi toda esta canción en falsete real ( no hay filtros ni autotunes ni nada) y bueno, el resultado está ahí…Una toma, no me dio para más. 

En ese mismo sentido, el disco parece un viaje a las diversas épocas y estilos que se han nutrido de esa herencia afroamericana, que van desde el gospel hasta el funky ochentero pasando por el blaxploitation o el hip hop, ¿hay ese intento de cronología y/o biografía respecto a ese tipo de ritmos? 

Pepe Ferrández:  Todo lo que has dicho está en el día a día de lo que escucho y me fascina, y sinceramente son géneros que no me atrevía ni a acercarme, es una crónica sin pretenderlo. En mi casa se puede escuchar la música afroamericana con la profundidad de Gil Scott Heron o con la frívola mirada del Sylvester de mediados de los ochenta. 

Remontándonos hasta los orígenes pandémicos de este proyecto, ¿hiciste de la necesidad (no poder reunirse) virtud o era un planteamiento que ya barajabas?

Pepe Ferrández: El origen estaba marcado por toda esa época, pero por el camino me he encontrado a mí mismo fruto de aquello y creo que, aunque me plantee proyectos colectivos, el camino de Blue Unicorn no tiene vuelta atrás y siempre será donde más yo mismo me sentiré. La necesidad me ha forzado a aprender a tocar multitud de instrumentos y herramientas que me han abierto la mente y a incorporar un montón de técnicas de grabación y producción que me mantienen muy vivo. 

En esos primeros discos, prácticamente te encargabas tú de todos los instrumentos, un aspecto al que has ido sumando colaboradores paulatinamente, ¿era una manera de buscar soluciones a posibles limitaciones? 

Pepe Ferrández: Sí, obviamente mis capacidades en determinados instrumentos son limitadas y definitivamente para evolucionar he tenido apoyo de otros músicos en teclas, baterías y bajos, aunque en gran parte sigo ejerciendo de hombre orquesta con algo más de ayuda, lo que amplía mi paleta de colores.

Incluso en este disco tocas junto a los miembros de Dixie Town, tu extinta antigua banda, ¿estamos ante un caso aislado o una aviso de posibles proyectos de nuevo conjuntos? 

Pepe Ferrández: En principio se trata de un caso aislado, no hay intenciones de hacer nada como Dixie Town, aunque sí que estoy determinado a que mis amigos sigan ayudándome con el Unicornio.

Es evidente la diferencia que existe a la hora de tocar en un grupo y en solitario, ¿pero a la hora de componer, escribir, esa soledad cambia mucho el proceso?,

Pepe Ferrández: Bueno, en realidad yo llevaba la mayor parte de la escritura también en Dixie Town, pero es cierto que el no tener que ser fiel a nada (a veces ni a ti mismo) abre mucho, me siento muy libre sin tener mayores pretensiones que explorar mis límites. 

 Y esa suerte de control absoluto que tienes sobre este proyecto, ¿también impulsa a ser más autobiográfico e intimista en el tipo de historias? 

Pepe Ferrández: Cada vez algo más, sí, aunque echando la mirada atrás las letras de Dixie Town siempre han tratado cosas que eran intimas e importantes para mi:  "Every Father Son", "Letter to my Daughter" o "Useless Dog" o "Up" son claros ejemplos de ello. En este disco sigo ese camino y hay mucha intimidad en canciones como "Cheap Lovers" o "Pony Boy". 

Tus discos se graban en tu propio estudio casero, y no solo eso, sino que haces de ese ecosistema un tipo de sonido característico, amateurista, en el mejor sentido de la palabra, y radicalmente analógico, ¿es un regreso a la condición más humana de la creación musical? 

Pepe Ferrández: Amo el proceso, por eso lo hago. ¿Cuál es el interés en entregar una canción grabada sin pasar por todo ello? Para mí al menos carece de motivación, es como el sexo sin amor, llámenme ingenuo. Desde la escritura de la letra en el papel, hasta el olor de las válvulas, el ruido de la cinta, los errores y los aciertos…Ahí está el tema. Hace que cuando escuche esa canción recuerde de dónde viene todo y tenga un sentido. 

A los músicos de rock os tenemos asociados con rastreadores de instrumentos, como guitarras, bajos…. ¿En esta nueva condición de habitante de ese estudio casero, eres igualmente un perseguidor de “cachivaches” que te seduzcan? 

Pepe Ferrández: ¡Buff! Estoy totalmente colgado con los cacharros que nadie quiere. Encuentro en ellos mucha inspiración y mucha falta de espacio también… Sonidos determinados me llevan a lugares nuevos y me encanta, es como abrir una puerta. En este disco hay muchos teclados de juguete como el Casio Rapman que es la base rítmica de "Power", órganos caseros de los 70 como en el riff de teclado de "Flea Market Tape" y multitud de sintes olvidados. Trato de buscar la originalidad en los artefactos más que las señas de identidad más obvias.

Hemos hablado de lo humano que hay en la música, en tus canciones a lo largo de este proyecto hay muchas menciones al error como aprendizaje. En ese sentido, herramientas como la IA, que parten de la idea de una perfecta ecuación, ¿tienen en ese aspecto precisamente su perdición, que no asume el error como base de la creación? 

Pepe Ferrández: No puedo estar más de acuerdo, quiero que mis artistas favoritos se comuniquen conmigo con sus canciones y yo con mis oyentes, es un acto de comunicación humana. Quiero oír, respirar, fallar y quebrarse a mis artistas de referencia y quiero mostrar, por esta misma razón, toda mi humanidad a la gente que se asome a este nuevo disco. Error humano, aprendizaje y comunicación. 

Respecto a la IA, ¿estás en contra en toda su extensión, también como herramienta puntual de acompañamiento para un recorrido creativo, o lo preocupante es otorgarle el dominio total del proceso? 

Pepe Ferrández: No estoy en contra de ninguna herramienta creativa en sí misma, estoy en contra de su aplicación como un todo alienante. Cualquier herramienta que mejore o fomente la comunicación de los mensajes y el arte humano es bienvenida, pero ojo, una herramienta, no un fin en sí misma. 

Alguna vez te he oído declarar que también intervino en la separación de Dixie Town que todo el esfuerzo, y la calidad, añado yo, no se veía recompensado con un apoyo en ventas ni entradas de conciertos, ¿Blue Unicorn te ha permitido en ese sentido de alguna manera sentirte menos presionado por ese tipo de cuestiones?

Pepe Ferrández: Sin duda, el no tener que confrontar lo que uno hace con ningún tipo de rendimiento “comercial” por pequeño que sea es liberador. Obviamente en el sentido de la comunicación que venimos hablando debe haber alguien al otro lado, pero en el contexto actual tener unos cuantos cientos de oyentes en el globo es accesible y eso ya me motiva a seguir escribiendo historias y formas. 

Vienes de una tierra donde se dice que las “meigas haberlas, haylas”, ¿podemos aplicar lo mismo algún día a este Blue Unicorn, o nunca saldrá de su escondrijo y lo veremos sobre un escenario?

Pepe Ferrández: "Nunca" es una palabra muy grande, pero de momento el unicornio esta contento siendo lo que es: un oscuro animal mitológico difícil de ver en constante búsqueda de la belleza.

Chris Deville: “La música indie. Una historia cultural”


Por: Àlex Guimerà. 

Significativo que el título original de este libro sea "Such Great Heights", como la canción de Postal Service. Y es que tanto la banda de pop electrónico como la otra banda de su factótum, Ben Gibbard (Death Cab For Cutie), son, según el autor, uno de los claros referentes en la evolución de la música indie americana de los últimos 25-30 años. Pues esta obra que presentamos repasa de manera muy exhaustiva la trayectoria de lo que conocemos como "música indie" desde finales de los noventa hasta la actualidad, eso sí, desde el punto de vista norteamericano. Que nadie se espere grandes referencias a las bandas británicas -fundamentales para entender la etiqueta-, ya que aunque se mencionan algunas, únicamente se hace desde la perspectiva de su impacto en los EEUU. 

El libro resulta muy entretenido e interesante para quienes manejen los nombres de las formaciones citadas, ya que repasa su incidencia en el mundillo, en una línea argumental que pone mucho hincapié en determinados hitos. Así relata el papel de la serie "Orange County", con su personaje Seth Coen, que encarnaba a un friki que tenía una banda de música indie, y con esa B.S.O. por la que transitaron The Shins, Spoon o Eels, y cómo no, la banda favorita de Seth: Death Cab For Cutie. Ese es el punto de partida de la tesis del periodista musical Chris Deville (director de la prestigiosa publicación Stereogum) para quien la música independiente pasó de ser algo residual o "escondido" a ser absorbido por el capitalismo y por los circuitos comerciales. 

Un libro que es un buen tratado del contexto y la evolución cultural del periodo mencionado y en el que no faltan análisis del impacto que en su día tuvo la plataforma de descargas ilegales de música Napster con el auge del MP3; del poder de los blogs al dirigir los gustos musicales del público; de cómo Pitchfork llevó al éxito a determinadas bandas y al ostracismo a otras; del impacto de la primera red social, My Space; de la llegada de Spotify... En definitiva un estudio sobre la evolución de las costumbres del consumo de música de los jóvenes.

También aparecen referencias a bandas como Arcade Fire, los Strokes, Interpol, TV On The Radio, Radiohead (de las pocas british que da relevancia, ya que si bien también habla de unos Mumford & Sons a los que no valora positivamente), Iron & Wine, Sufjan Stevens o Bon Iver. Una sucesión de capítulos que se centran en el renacimiento del rock desde Nueva York (Strokes, Yeah Yeah Yeas, LCD Soundsystem); la explosión del indie folk; la apertura y el abrazo del indie al Hip Hop o a lo que denomina el "Poptimismo", con aparición de figuras como Lorde o Lana del Rey.

Un interesante monográfico que, si bien profundiza y sabe de lo que habla con datos y referencias precisas, parece demasiado encorsetado en la visión yankee del tema y en algunas páginas puede llegar a ser tedioso y en otras dejarnos a medias en cuanto a información; pero a la postre un libro gratificante para aquellos seguidores de la música ávidos de ampliar su conocimiento.