Marcus King Band: "Darling Blue"


Por: Àlex Guimerà. 

Qué decir que no sepamos de este joven guitarrista de Carolina del Sur nacido en el seno de una familia con gran tradición musical que va desde su bisabuelo violinista hasta su padre, el cual es un prestigioso guitarrista de soul y blues. Con tal entorno familiar normal que Marcus se introdujera a comenzar a tocar la guitarra con tres años de edad, hasta que años después el destino le llevara a grabarse y a difundir un video tocando "Driftin' Blues" que lo petó en las redes. A partir de entonces fundó The Marcus King Band con quienes publicó tres álbumes para acabar llamando la atención del siempre avispado Dan Auerbach con quien grabó ya en solitario "El Dorado" (2020) y "Young Blood" (2022). Dos años mas tarde se juntaría con otro coloso como Rick Rubin para editar su última referencia hasta la fecha "Mood Swings" (2024). Unos discos en los que ha transitado entre algunos de los denominados géneros de raíces como pueden ser el Blues, Soul o el rock sureño.

Para el disco de este año, Marcus King ha recuperado a su banda -el guitarrista Drew Smithers, el bajista Stephen Campbell y el batería Jack Ryan- con quienes se metió en los Capricorn Studios de Macon (Georgia) en donde atacó las catorce nuevas canciones que serían producidas por un viejo conocido como Eddie Spear (Lukas Nelson, Rival Sons, Chris Stapelton, Slash,...). Además en las sesiones de "Darling Blue" contaron con la participación de interesantes artistas como Noah Cyrus, Billy Strings o Jesse Welles

Una vez ponemos la aguja al vinilo nos damos cuenta cómo ha cambiado de tercio respecto al disco del año pasado "Mood Swings" cuyo fondo era soul de los años setenta con esa calidez y ese romanticismo edulcorado que tan bien supo plasmar en las ondas. Las nuevas canciones, en cambio, miran principalmente hacia el Country, y digo principalmente ya que una vez vas avanzando en la escucha te das cuenta que lo que parecía ser un disco de género acaba siendo un trabajo ecléctico. No obstante la mayoría de las canciones son Country-Rock, un estilo musical que parece que le sienta de maravilla. Como todo lo que toca este chaval que sin apenas haber alcanzado la treintena ya se ha labrado una carrera muy sólida con siete notables trabajos de estudio.

El álbum ofrece una rica mezcla de estilos partiendo de los sonidos campestres. Canciones como" On And On" nos recuerdan a un cruce entre los Jayhawks y Crosby, Stills & Nash, mientras que "Here Today" destaca por la presencia de las voces de Kaitlyn Butts y de un Jamey Johnson que evoca a Johnny Cash y Willie Nelson con su grave timbre. Por su parte "Heartlands", con sus violines, adopta un tono country comercial al estilo de Shania Twain o Billy Ray Cyrus en los años noventa, "Die Alone" explora el lado más íntimo del género con una balada serena acompañada del pedal steel, y "Dirt" se muestra pegadiza y trae las memorables guitarras de Billy Strings. "Somebody Else" remite a un aire desenfadado tipo "The Man In Me" de Dylan.

Pero en el disco conviven otros estilos lo que vemos con "Honky Tonk Hell" y "Levis & Goodbye", que se inclinan más hacia el Southern Rock, con guitarras eléctricas llevando el timón o con "Carolina Honey" con la que Marcus retoma donde lo dejó en su último disco y tira de influencias Blackxploitation con un falsete memorable, lo mismo que "The Shadows" donde luce el vozarrón de Noah Cyrus demostrando esos genes brutales que tiene.

El disco también abraza el soul más clásico como en "No Room For Blue" de guitarra lacrimosa y mucha emoción, o en "Blue Ridge Muntain Moon", que nos trae un cargamento de vientos, coros y órgano hammond. El cierre llega con "Carry Me Home", una balada que perfectamente podría etiquetarse como sonido Lauryl Canyon, rubricando este álbum con una sensación de introspección y delicadeza que es ejemplo de la diversidad y riqueza estilística de la obra y del músico al que pertenece.

Caballos Yonquis: "Sobredosis"


Por: Javier Capapé. 

Su nombre no es una provocación. El título de su debut tampoco. Aunque pueda parecer inapropiado, un grupo no se define por su nombre sino por sus canciones. Caballos Yonkis es el nuevo proyecto de Pedro Gracia Pérez de Viñaspre, un grupo que lanzó su debut discográfico el pasado mes de septiembre. Su inquieto líder, anteriormente en su proyecto Havoc, se reunió con el productor Iñaki de Lucas (también músico en La Buena Vida o UHF) para dar forma a unas canciones al margen de su anterior grupo, pero manteniendo la independencia creativa que le ha prestado hasta ahora Subterfuge. En el estudio de Iñaki comenzaron a dar forma a estas composiciones que se convirtieron en el germen de Caballos Yonkis, al que se unieron Ander Vildósola encargándose de la batería y Jaime Nieto con el bajo. Entre las once canciones de este debut hay muchas referencias que rastrear, aunque no sea una preferencia buscar todas ellas. Lo importante es dejarse llevar por estos temas densos que beben del pop, la electrónica o el post punk. Pedro afirma que ha intentado huir de las referencias, aunque inevitablemente están ahí y bebe de ellas, de esa memoria musical, como a él le gusta decir, que ha rastreado junto a su mano derecha en este momento, Iñaki de Lucas.

A pesar de lo que podamos pensar, las canciones que aquí se nos presentan partían todas de la sencillez de una guitarra y una voz, pero con la exigente producción con la que se visten han ido añadiendo capas intentando no ir a lo más obvio, para retarnos y exigirnos. Puede parecer difícil entrar en ellas, pero lo cierto es que si conseguimos conectar su magnetismo es intachable. Por encima de todo destacaría el tratamiento que le han dado a los sintes, que nos llevan desde los Depeche Mode de los ochenta en “Perfecto” a la electrónica actualizada de M83 que se deja ver en “Viuda”, ambas canciones además con sendas colaboraciones de Albaro y Raúl Arizaleta Urra de El Columpio Asesino, respectivamente. Se cuelan destellos de los Cure más hipnóticos (como puede verse en “El ciclo”) con las formas de León Benavente o la singularidad de Niños del Brasil. Basten “Mortal” o “Nubes” para visualizar estos ejemplos, la primera con un bajo más marcado y la segunda desde su riff electrónico que marca el inicio al que se va añadiendo una progresión instrumental de órdago, donde las guitarras van entrando poco a poco mientras la voz se hunde en esa oscuridad que nos arrastra.

Pero tampoco pensemos que solo se mueven como pez en el agua con los sonidos electrónicos, pues los más acústicos que nos pueden llevar hasta el fantástico “Automatic for the People” de R.E.M. se vislumbran en “Antro”, el rock más cristalino de los primeros Héroes del Silencio o incluso del inquieto Alis aparece en “El Deshielo”, y el pop más limpio se acaricia en “Acapulco”, aunque sin ceder a ningún convencionalismo lírico.

No quería ir por estos derroteros de la comparación al hablar de Caballos Yonkis porque el grupo en sí mismo podría ser un ente lo suficientemente original para sonar únicamente a ellos mismos, pero no puedo evitarlo, no tanto como ejercicio para hacer más liviana esta empresa, sino como reivindicación de unos sonidos cuya mística y reverencia han hecho que la emoción vuelva a brotar por remover unos sentimientos que solo la música puede despertarme. Estas referencias son más bien el punto fuerte en el discurso de Caballos Yonkis que su debilidad, convirtiendo estas composiciones de lo más adictivas en un regalo para el oído de cualquier melómano de pro. No, no serán fáciles de entrada para el oyente medio, pero con tiempo para una escucha activa puedo estar seguro de que se van a incrustar en nuestro particular imaginario. La densidad hipnótica, la lírica que cuestiona y el mimo por una producción que resalta lo que verdaderamente importa es lo que nos hace encumbrar este atípico debut. 

Entre todas estas canciones que forman parte de “Sobredosis” y que han ido saliendo a colación en las líneas previas hay dos que pueden servir de referencia para poner de manifiesto el verdadero sentido de esta banda. Estoy hablando de la apertura y el cierre del disco. Dos auténticas joyas. “No hay zarza que no arda”, el verso que conduce “Arde” y nos arrastra. El que fuera segundo adelanto del largo cuenta con Cristina Martínez en las voces consiguiendo complementar a la perfección la voz de Pedro en un estribillo muy melódico. Los sintetizadores son los que marcan la base, pero poco a poco las seis cuerdas van dándole cuerpo hasta que un potente solo de guitarra contrasta con la suavidad vocal que caracteriza al tema. En el extremo opuesto “Villanía”, una canción que lo tiene todo: guitarras distorsionadas, pulso electrónico, progresión adictiva, incluso guitarras rítmicas de fondo que nos llevan a la new wave. Van entrando todos los elementos tomándose su tiempo, casi como las estructuras de las intros de The Cure hasta que entra la estrofa. El crudo riff de factura americana que monta las estrofas complementa a su estribillo más luminoso de pop ochentero. Una canción que funciona como compendio de lo que significa el proyecto. Mezcla de estilos, hondura y garantía de buena ejecución y solvencia. Un proyecto atípico, pero adictivo, como las dos canciones recién descritas.

Y en el centro de todo, como articulando el disco, esta particular “Sobredosis” sonora, encontramos la “Salvación”. Fue el primer single lanzado el pasado junio y gira alrededor del concepto del eterno retorno, aquel que nos dice que todo lo que sucede una vez volverá a hacerlo. Es una de las más emocionales del lote debido principalmente al tratamiento de su voz, arropada por ese colchón de sintes casi orquestal, y presenta una cuidada forma de single, en la que tan solo el final se sale de la estructura levemente funcionando como si se tratase un puente quebrado. “Tú me salvarás de mi extinción total”. Con frases como ésta caemos en sus redes y nos identificamos con esa forma tan personal de hacer de los sentimientos arte, porque precisamente lo que no puede cuestionarse entre estas canciones es justamente su valor artístico. Pequeños pasajes de arquitectura sonora. Si estos caballos están enganchados a algo es, sin duda, al valor de la palabra y la expresión emocional convertida en canción, que deja atrás la estructura más esperada, que se sumerge en episodios más densos lejos de los tres minutos que marcan el rigor pop, y que, ante todo, exige pero entrega con creces una sobredosis de música celestial hecha desde el terruño y el fango, desde la experiencia vital diaria, la base desde la que solo podemos ascender.

Ilustres Principiantes: DELACUEVA


Fotografía: Vanilla Bloom.

El debut en solitario de DELACUEVA, “No Me Llames Artista”, llega cargado de intención. No solo inaugura una etapa creativa sólida y sin titubeos: también propone un debate necesario en el pop español. Para él, la etiqueta de “artista” ha perdido significado. Prefiere hablar de músicos, de personas que crean y comparten canciones, y del papel fundamental del público a la hora de convertir ese trabajo en algo que trasciende. De ahí nace el concepto que da título al disco, un mensaje que atraviesa sus diez temas y que funciona como columna vertebral de un proyecto que combina oficio, sensibilidad y una identidad muy marcada.

La esencia de DELACUEVA aparece nítida desde el primer corte: un pop de guitarras fresco y energético que pivota sobre melodías que se quedan a vivir en la cabeza, letras que construyen pequeños mundos paralelos y una personalidad que mezcla humor, vulnerabilidad y una insolencia amable que ya es marca propia. Canciones como “Así Bailaban Los Muertos”, “Partido en Dos” o “Soy Un Puto Criminal” dejan clara su intención: relatos que transitan entre lo luminoso y lo crudo, cuentos que se abren paso con imágenes muy visuales y una forma de observar el mundo que convierte cada historia en una pequeña escena cinematográfica.

El disco funciona también como un mapa de referencias que construyen la memoria emocional del autor. Desde Gabriel García Márquez a Woody Allen, de Digimon al imaginario “Art Attack”, pasando por guiños a Arctic Monkeys: todo aparece integrado con naturalidad en un universo estético coherente y profundamente personal. Ese imaginario se expande gracias a los videoclips y visualizers realizados por Vanilla Bloom, donde el músico baila coreografías tan imperfectas como magnéticas, comparte plano con gatitos surrealistas o “criminales” en pasamontañas, y transita lavacoches, cárceles o escenarios fantasmales con un humor que combina ternura y acidez.

Detrás de esta construcción —aunque él reniegue de la palabra “artista”— se intuye a un compositor que ha encontrado su voz. “No Me Llames Artista” consolida a DELACUEVA como una de las propuestas más prometedoras del pop emergente nacional: un debut lleno de criterio, pensamiento propio y canciones que funcionan como pequeños manifiestos melódicos. Todo ello arropado por una banda solvente —Jorge Portillo, Carlos Montull y Dani Katena— y una producción firmada por Noel Campillo.

“Yo solo escribo canciones; la magia la pone quien las escucha”, dice DELACUEVA. Y quizá ahí esté la clave de un proyecto que no busca explicar el mundo, sino devolverle un poco de asombro. En tiempos acelerados, este debut reivindica la emoción, la imaginación y el trabajo minucioso de un músico que entiende la música como un lugar habitable.

Maria Iskariot: "Wereldwaan"


Por: Txema Mañeru. 

Desde luego que el sello independiente y autogestionado Montgrí está consagrado a algunas de las mejores bandas del estado relacionadas con el punk y sonidos adyacentes, mayormente. Eso no quita para que publiquen artistas tan inclasificables como Lorena Álvarez o recuperen a veteranos como Manos de Topo. Pero ahora nos traen, con total lógica y buen criterio, a su segunda referencia internacional, tras los muy especiales Austin TV. Se trata de las neerlandesas, que creemos vienen de Bélgica, Maria Iskariot, porque, realmente, les han hipnotizado, cautivado y seducido.

No era difícil con su propuesta realmente punk y rebosante de auténtica rabia. Dicen que la explosión para esta idea les vino al ver un vídeo tocando su cruda "Leugenaar". Sí, cantan en neerlandés, pero es fácil interiorizar su importante mensaje tan solo si hacemos caso a su sonido y a la rabia que despliegan con él. Al frente de la propuesta está la polifacética Helena Cazaerck, una periodista, poeta y activista política que desborda carisma. A ella y su caos se sumó más gente y juntas han construido algo realmente especial y poderoso. Algo que demostrarán el próximo año entre nosotros, al tener anunciadas varias fechas ya en nuestro país para defender este especial disco que supone su debut en formato de disco grande. 

Un trabajo que contiene gritos y susurros, tensión moral y grandes dosis de contradicciones y colapso. Agresividad e intimidad, desorden y meticulosidad, juego y seriedad. "Leugenaar" tiene sus buenos aromas old school punk combinados con la rabia de las Sleater-Kinney mezclada con la violencia de la Nina Hagen Band. Aunque, en esto último, quizás influya también el idioma algo cercano al alemán. Tenemos otros buenos singles y videoclips como es el caso de "Waarondaarom", imponente tema que abre el disco a toda velocidad y que es puro punk con contundente estribillo y buenos riffs. "Dat Vind Ik Lekker" suena más tensa y muy Sonic Youth del “Goo” o del “Daydream Nation”. Buena melodía con gancho y buenas peleas entre guitarras para esta adaptación del tema de Luc De Vos. El potente bajo muy Joy Division marca el arranque de "Vele Mussen", también con su punto Hüsker Dü de los comienzos. "Rozemarijn" tiene la calma de sus casi paisanas de Bettie Serveert, aunque luego tenga explosiones cuasi grunge a lo Babes In Toyland. Cierran la cara A con la urgencia de "Tijm" en un estallido de rabia y gritos que te obliga casi a saltar con ellas cuando la escuchas y que tiene hasta su punto Hole y primeros Nirvana. Sí, lo has adivinado. Es una adaptación con traducción del "Tame" de los Pixies de Frank Black en su espléndido “Doolittle”. 

La cara B se abre también con la furia, pero más reposada, de "Toch Uitverkoren" y sus rabiosos riffs que contagian en la interpretación a dúo. "Zes Bekers" es su momento para la calma, aunque sus guitarras continúan arañando. Es el único tema que supera los 5 minutos y da para eso y para mucho más. Seguro que en directo araña aún más. ‘Wereldwaan’ es su locura más cacofónica y sus risas se combinan con sus crudos riffs. "Witte Rook" sigue su estado más contemplativo y nos recuerda a la PJ Harvey del “Dry”, entre otras locuras. "Suiker" sigue derroteros más calmados, tónica que sigue, prácticamente, toda la cara B del disco. Seguro que también flipan con ellas seguidores de Belako o alguna otra de sus aventuras paralelas. 

Finalizan con teclados y más calma en los sorprendentes casi 7 minutos de "Niets Gaat Verloren", en los que las acústicas marcan un ritmo casi de cabaret de Berlín de la 2ª Guerra Mundial y que nos pueden recordar hasta a otra bestia excéntrica como Lene Lovich. El artwork de Yves Decamps es también una gozada que gana enteros al tener su carpeta doble o gatefold en su edición en vinilo, lógicamente. ¡Hay que verlas este enero a su paso por estas tierras porque prometen!

Rubén Pozo: “Cuando abro la boca sale rock”


Por: Javier Capapé.

Tenemos entre manos diez canciones sinceras, con un toque cotidiano que nos fascina y un espíritu puramente rock que nos hace sentir como en casa. Estamos hablando de “50town”, el último trabajo de nuestro hermano Rubén Pozo. Desde El Giradiscos celebramos cada uno de sus pasos y nos consideramos unos privilegiados por sentir una entrevista promocional como una verdadera conversación entre colegas. “50town” fue la excusa para volver a plantarnos cara a cara con Rubén y,  entre alegrías,  como la entrada en listas de su disco, y confesiones a corazón abierto, fuimos desgranando cada una de estas canciones, que son un nuevo manual del valor del rock como fuente de inagotables experiencias y emociones.

Con los cincuenta por bandera, pero dejando claro que este disco no tiene edad, el pirata nos habló orgulloso de su banda, de la grabación de unos temas desprejuiciados que cubren todos sus palos y de todo lo que le mueve en una vida repleta de canciones. Es lo que mejor sabe hacer y, como bien nos dice, le gustan más cuando le salen “de corrido”. Así fluyó nuestra conversación. Del tirón y “pa ‘lante”, convencidos de volver a pisar terreno conocido, pero descubriendo unas canciones tremendas que, en sus propias palabras, son capaces de arroparte, entenderte y formar para siempre parte de tu vida. Desde luego que “50town” ha venido para acompañarnos, no con resignación por el paso del tiempo, sino con toda la energía y vitalidad que dan los años bien exprimidos, porque mientras quede cuerda no hay nada mejor que seguir rodando.

Han pasado unas semanas desde que lanzaste “50town” y quería saber cómo te encuentras y cuál es tu primera impresión tras ver la reacción de la gente. ¿Cómo está funcionando el disco hasta ahora? 

Rubén Pozo: Estoy muy contento. La gente está recibiendo el disco muy bien, con mucho cariño. Parece que les están gustando las canciones. La verdad es que estoy “en palmitas”. He entrado en listas, algo que no estaba en mis expectativas. Las listas a día de hoy dan un poco igual, pero a mí me ha hecho ilusión entrar en listas oficiales, concretamente en el número siete de vinilos vendidos y en el diez de descargas online. No contaba con ello, la verdad. Pero sobre todo la gente, de forma individual y anónima, me está dando un feedback muy guay. Llevamos un par de conciertos de la gira y han sido la hostia. El público está cantando las canciones de “50town” como si hubieran salido hace diez años.

Vienes de un disco mucho más acústico e introspectivo como fue “Vampiro” y en éste vuelves a mostrar tu cara más rock y stoniana. ¿Necesitabas volver al redil?

Rubén Pozo: “Vampiro” lo hice porque tenía que hacerlo y era un disco muy nocturno, como muestra su título. El vampiro es un animal nocturno que se desintegra con la luz del sol, pero esta vez el cuerpo me pedía abrir las ventanas un sábado por la mañana y poner la música a todo trapo, celebrando la vida en la tierra, un día más con sol, luminoso. Eso ha sido el espíritu de “50town”. Me he juntado con una banda que me apasiona. Loza a la batería, Sergio Valdehita con los teclados, Ricky Falkner con el bajo y la producción, más la mezcla de Jordi Mora. Estuvimos seis días maravillosos en Casa Murada y salió todo a pedir de boca. En seis días estaba grabado absolutamente todo. No sé si es lo que necesitaba, pero es lo que ha salido. Un disco muy “de primeras”, con un equipo que ha entendido a la perfección las canciones y ha trabajado por ellas. A toro pasado digo que esto es lo que necesitaba, pero antes no lo sabía, aunque al final compruebo que sí, que éste es el disco que necesitaba hacer.

Da gusto que me cuentes tanto, aunque ya te has comido tres o cuatro preguntas que te iba a hacer (risas). Precisamente te quería preguntar por tu banda, por “Los Chicos de la Curva” con los que ahora te presentas en directo. ¿Son los mismos músicos que han grabado el disco con los que te embarcas ahora en la gira?

Rubén Pozo: Está Loza a la batería, pero los otros dos, Charly Echeverri a la guitarra y Ángel Herranz al bajo no estuvieron en la grabación. Evidentemente Ricky, que ha tocado el bajo en el disco, produce y toca con mucha gente y está siempre muy liado, así que era imposible, pero los músicos que me acompañan también han entendido perfectamente el proyecto y les gustan las canciones. El batería, que es como la piedra angular de una banda, sí que es el mismo, Roberto Lozano “Loza”, que es un músico con el que siempre he querido tocar. Desde los noventa que le vi con Sobrinos pensé que sería afortunado si llegaba a hacer un disco con él y es algo que he logrado con “50town”. Además, él está encantado también con las canciones. “Los Chicos de la Curva” son una banda en directo increíble. Estoy encantado con ellos y el público también se da cuenta de que estoy con una bandaza. Me lo dicen entre canción y canción y opino lo mismo que ellos. Soy un afortunado.

También está contigo Ricky Falkner. En la grabación ha sido clave con su producción, que se nota muy pulida. ¿Qué es lo que te ha aportado la grabación con Ricky?

Rubén Pozo: Ricky me ha aportado confianza. Me dijo: “Tienes unos temas de la hostia, así que déjame ordenar los sonidos en el estudio para que todo eso quede enlatado y la gente lo pueda escuchar lo mejor posible tanto en Spotify como en un vinilo”. Tuve una confianza ciega en él. Grabamos en directo toda la música y después me quedé yo con las voces más algún recording puntual, pero básicamente me he fiado plenamente de él. Me dijo que confiara para que él ordenase toda la música que tenía en mi cabeza y así ha sido. Le tengo que dar la razón porque todo ha salido genial. Siento que tomé la decisión correcta. Ricky ha sido la piedra angular de “50town”. Sin él no hubiera sido posible y le estoy súper agradecido.

“El disco está muy equilibrado, cubre todos los palos de lo que yo hago”

Se nota ese entendimiento y en el disco vemos un equilibrio casi perfecto entre ese espíritu canalla que siempre te ha caracterizado y la calma que pueden darte los años. ¿Cómo brota un disco tan ecléctico y a la par tan anclado al rock de base?

Rubén Pozo: Cuando abro la boca sale rock. Bien es cierto que tengo canciones más pop, pero sobre todo rock, unas veces más reposadas y otras más duras. De alguna manera creo que ese equilibrio lo he logrado gracias a Ricky. Principalmente por la elección de canciones que hemos hecho para el disco, porque tenía como cuarenta canciones para elegir y junto con Ricky he tratado de hacer un disco compensado, que tuviera de todo. Desde una balada a una canción de amor, un rock descarnado como el de “El puto amo”, algo más enérgico pero con guitarras españolas como “Los que ya no están” o un rock pesado como “Efímero”. Por eso creo que el disco está muy equilibrado, cubre todos los palos de lo que yo hago. A veces más pop, otras más rock, pero en “50town” está todo. Un resumen de todos los tipos de canciones con las que trabajo desde hace años.

¿Podría decirse que “50town” es una reivindicación de lo bueno que nos da la experiencia una vez entrados en los cincuenta?

Rubén Pozo: No sé qué es lo bueno de los cincuenta. Yo me sigo equivocando en un montón de cosas. No sé muy bien qué he aprendido, pero tenía una buena colección de canciones y eso ha sido lo primero sorprendente para mí, que con cincuenta años he podido sacar diez canciones que me encantan y apasionan, al nivel de las primeras que hice o las primeras que me gustaron. Y además he tenido la suerte de poder trabajarlas con un equipo de diez, en el que todo el mundo ha aportado el cien por cien y lo ha dado todo por ellas. Así que no lo sé muy bien, pero me siento afortunado por tener cincuenta años y estar sacando un disco a mi edad. Poder tener una gira con una banda que me apasiona, que haya gente en cada ciudad que compra entradas para vernos, que ha comprado el vinilo y ha hecho entrar el disco en listas. Son regalos de la vida que no me esperaba. Lo celebro, lo agradezco y ojalá siga así por muchos años más. Me siento afortunado, de verdad.

Se te nota al hablar, por cómo lo expresas, y es que quizá este “50town” nos haga ver el paso del tiempo como algo positivo.

Rubén Pozo: Sí, bueno, y por qué no hay otra (risas). ¡Es lo que hay! El tiempo pasa, pero aquí sigo. No he cambiado. Sigo haciendo lo que hacía hace treinta años, que son canciones en mi casa, con las que luego trabajo en un local de ensayo, las armo con una banda, grabo un disco y me voy de gira. Sigo haciendo lo mismo, que es lo que he querido hacer toda mi vida. Ojalá pueda seguir muchos más años haciendo esto, pero estoy en el presente, tengo cincuenta años, tengo un disco nuevo que me apasiona, con canciones que me gustan, en las que creo muchísimo, una banda increíble… Algo bueno debí hacer en mi vida anterior porque ahora los dioses me han dado este regalo.

“Creo que la vida me ha tratado bien y no puedo más que estarle agradecido”

Muchos consideramos que tu autenticidad es a prueba de balas, que llevas mucho tiempo bregando con todo porque también has vivido momentos duros, pero quizá con estas canciones quieres decirnos que vale la pena todo lo vivido. ¿De todo has sacado un aprendizaje?

Rubén Pozo: Vida dura la de todo el mundo. Yo he tenido una vida con momentos felices y momentos duros, como la vida de cualquier persona. Eso se plasma en estas canciones, porque cuando compones, aunque no quieras, parte de tu vida se queda reflejada en esas canciones. Echo la vista atrás y considero que he tenido una vida cojonuda, una vida de individuo del primer mundo. No he nacido en una aldea de Kenia sin agua potable, ni he tenido que atravesar lugares donde hay coyotes que te pueden comer. Si hubiera nacido en otro sitio, mis padres lo hubieran tenido más difícil, pero yo, dentro de mi vida de primer mundo, he tenido mis altibajos como en la vida de cualquiera. La vida se mueve y cuanto antes lo asumas mejor. Aquí hay movimiento, no hay nada fijo. Hoy estás aquí y mañana quién sabe. A pesar de todo lo que haya podido vivir, creo que la vida me ha tratado bien y no puedo más que estarle agradecido.

Esto mismo se ve en la portada del disco, que es preciosa, con ese horizonte que se me antoja cálido, con todo por descubrir. ¿Puede hacernos pensar que cualquier tiempo pasado no tiene por qué ser mejor, que en el horizonte queda todavía muchísimo por delante?

Rubén Pozo: A día de hoy, con todo el culto que hay a la juventud, parece que cuando ya has pasado los treinta lo mejor es que te tiren a la basura porque ya no vales. Yo tampoco quiero reivindicar nada, pero yo todavía sigo vivo y sigo teniendo muchas alegrías, muchas decepciones, muchos picos para arriba y para abajo, y eso me hace pensar que cada día tengo que crear mi vida. Y como yo, millones de personas de mi quinta, de mi edad. Pero vamos, yo no he hecho un disco para gente de cincuenta años. He hecho un disco para todo el mundo, para el que se quiera acercar. Bien es cierto que “50town” es una canción que hice por la crisis de los cincuenta. Eso de que me fuera a convertir en “cincuentón” me asustaba. La palabra me sonaba súper fea. Y es cierto que la canción sí que habla de cumplir años, aunque cualquiera que pase de treinta lo va a entender. Pero después está el resto del disco, que son canciones que no tienen edad. Son para cualquiera.

“Este disco ha sido el de atreverme a hacer cosas que nunca había hecho”

Si te parece, vamos a hablar de algunas de estas canciones, empezando por “Efímero”, que es la que más contrasta con tu disco anterior. Ésta es casi una canción de rock duro. ¿Es una manera de llamarnos la atención con ese viraje tan grande con respecto a lo que venías haciendo?

Rubén Pozo: “Efímero” es un riff duro que se repite prácticamente durante toda la canción y encima yo estoy casi rapeando, en una tesitura muy grave, en la que nunca he trabajado. Este disco ha sido el de atreverme a hacer cosas que nunca había hecho. “Efímero” ha quedado como un riff de rock duro sobrevolado por una voz que va rapeando en tonos graves, casi como si fuera Leonard Cohen. No sé muy bien qué estilo es. Es algo nuevo para mí. Yo no he escuchado una canción parecida en el rock o pop español, pero me da igual, no sé lo que he hecho. Cuando Elvis inventó el rock and roll con “It’s Alright, mama” tampoco se preocuparon en ponerle nombre, simplemente le sonaba bien y eso era más que suficiente, así que en este caso es parecido. A mí “Efímero” me suena muy bien aunque no sepa cuál es su estilo. Eso ya que lo digan los demás, pero ¡qué más da!

Tus canciones también han tenido siempre un estilo vocal muy propio, una manera muy natural de cantar. Buena muestra de ello es la canción que se llama precisamente “Cantar”. ¿Es ésta una manera de ver el sentido que le das a tu vida? ¿Mientras haya algo que cantar tenemos a Rubén Pozo enganchado?

Rubén Pozo: “Cantar” es una canción que hice cuando pasé un poco de crisis con mi voz. Hubo un tiempo en que no me encontraba vocalmente y fui a clases de voz con una amiga que se llama Marta Dávila. Ella me dio clases de canto. No sabía lo que iba a aprender, pero ella me dio claves muy buenas que me han servido mucho para mi forma de cantar. Lo primero que me dijo es: “Elige una canción o hazla explicando un poco por qué estás viniendo a clases conmigo”. Así que hice esta canción: “Se me ha olvidado cantar, por eso vengo aquí. Que me recuerdes cómo era ser feliz y cantar, cantar, cantar y no pensar en nada más”. Se la canté a ella y le encantó, así que salió de allí. Poco a poco se fue abriendo camino en el repertorio y de hecho es una de las preferidas de Ricky. Sus preferidas son en las que ha hecho coros y en “Cantar” ha hecho coros (risas). A mí me gusta mucho porque es muy fresca, no está repensada, muy natural. Nació de una primera bocanada. A mí me gustan las canciones que salen de corrido.

“Garabato” es una de mis favoritas. Por su sinceridad y lo que conmueve. ¿Cómo surge una letra tan romántica y a la vez tan pegada a la cotidianeidad?

Rubén Pozo: Es una canción que se la hice a mi chica. Mis mejores discos tienen una canción para mi chica y coincide que son los discos impares. Este es mi quinto disco en solitario, disco impar, y tiene canción para Lauri. “Garabato” es una sucesión de los mismos cuatro acordes todo el rato. Se llama así porque no tienen estribillo, son más bien todo estrofas seguidas. Si alguien me dice que una canción del disco le parece una mierda me jode, pero si lo dice de “Garabato” me da igual porque solo me importaba que le gustara a mi chica y a ella le ha gustado, así que ya puede venir quien quiera a decir que es una mierda porque no es para él (risas).

“No me he cortado porque cada vez tengo menos pudor a la hora de hacer canciones”

En “El puto amo” vuelves a la ironía que tanto nos gusta en ti. ¿Cuánto de necesaria es la ironía en tu vida?

Rubén Pozo: Pues no es ironía. En “El puto amo” pongo lo peor de mí, mi megalomanía y demás. Es un ejercicio de hip hop también. En ese estilo se hacen canciones que dicen “Yo soy el puto amo y tú eres una mierda”. Así que pensé qué es lo que pasaría si hiciera una letra de esas características, pero en lugar de con una base de Mc haciendo un rock y diciendo más o menos lo mismo. Y eso es lo que hice, una canción que es puro ego asqueroso, mi peor ego y mi peor versión. En ella me glorifico todo el rato, pero no me he cortado porque cada vez tengo menos pudor a la hora de hacer canciones y yo quería hacer una canción muy de hiphopero en una batalla de gallos. Eso es “El puto amo” y he tenido la poca vergüenza de grabarla y publicarla.

Mucho más directa que irónica, entonces.

Rubén Pozo: Eso es. Ironía cero. Yo lo digo todo muy en serio. También es verdad que desde el otro lado, desde el que escucha mis canciones, cada uno interpreta lo que quiere, pero de verdad que yo hago todas las canciones muy en serio.

“Los que ya no están” me lleva a agarrarnos a lo que verdaderamente importa. ¿Duele la pérdida o haces de ella una fortaleza?

Rubén Pozo: En las entrevistas estoy mintiendo todo el rato porque digo en todas que “Los que ya no están” está dedicada a los guitarristas que me han gustado en la historia que ya no están y han dejado sus grabaciones para que yo las disfrute. Hay una parte de verdad en eso, pero aunque no lo estaba contando, os lo voy a decir a vosotros. En realidad estoy pensando en mi padre, que falleció. Él es el responsable de que yo, desde muy chaval, escuchara mucha música porque él tenía muchos discos y siempre sonó mucha música en mi casa. Mi padre no era músico, pero sí un gran melómano. En “Los que ya no están” pienso en todos esos discos que me acercaron a la música e hicieron que fuera una pasión para mí, que me volvieran loco las canciones y la guitarra. Y todo eso se lo agradezco a mi padre porque sin él no hubiera tenido esta pasión.

Gracias Rubén. Me encanta que nos hayas contado esto porque le da una visión mucho más especial a la canción.

“Yo hago las canciones sin querer”

El primer single del disco me puso a cien desde la primera vez que lo escuché. “Estamos como queremos” me lleva a los Stones. Me encantó volverte a ver en esa tesitura. ¿Buscas sacar a la luz con ella tu suerte, ese estado mental que nombras para hacer de la vida un ensueño? ¿Es esta canción una manera de decir que hay que disfrutar de lo que tenemos de verdad?

Rubén Pozo: Yo hago las canciones sin querer, pero traté de hacer esta canción como si fuera un directo, con un estribillo muy potente y marcado. Quise encapsular la sensación que te da que estés en un concierto muy masivo y que el grupo toque tu canción preferida. Traté de hacer eso. El resto de canciones ya te digo que las hago sin un plan. Empiezo a hacerlas y sin querer salen, pero en ésta sí que pensé en hacer algo muy enérgico y directo, con un gran estribillo y que hable de lo que es estar en un concierto y que suene la canción que te apasiona. Al final salió de primer single porque para vender una gira enérgica con una banda como la que tengo, tenía más sentido hacerlo con ésta que con “50town”, que a mí me parece, sinceramente, el tema estrella del disco, pero “Estamos como queremos” tenía buenos atributos y sobre todo mucha energía, ideal para vender esa gira que hemos arrancado con “Los Chicos de la Curva”, con los que estoy como realmente quiero.

“La última canción” cierra el disco con esa contención con la que ya disfrutamos en tu anterior trabajo. En ella nos pides que “dejemos rodar al amor”. ¿Siempre encontramos segundas oportunidades? ¿Hay que dejar atrás los lamentos y apostar por esas oportunidades?

Rubén Pozo: Hay que aprender a soltar en la vida, de lo malo y también de lo bueno, porque lo bueno se agota también. Hay veces que piensas que ha llegado el momento de pasar a otra fase porque de algo no puedes tirar más. Hay veces que para poder abrazar lo nuevo tienes que soltar lo viejo. Si tienes las manos ocupadas en lo viejo no vas a poder abrazar lo nuevo. “La última canción” es una reflexión sobre ello, sobre dejarlo rodar y ya está. Y así vamos a estar hasta el día que nos muramos, tratando de echar a rodar nuestra vida hasta que la rueda ya no ruede porque ha llegado al mar y ya no es posible. Entonces empezará otra cosa que no conozco. Si me dejan hacer una canción sobre el más allá la haré, pero es algo que no conozco (risas).


Es muy Fito Páez este verso de “dejarlo rodar”, como sacado de “A rodar la vida”.

Rubén Pozo: “A rodar, a rodar, a rodar y a rodar mi vida…”. No lo pensé cuando la estaba haciendo porque no conocía la canción, pero después me lo han dicho un par de colegas. Está guay, aunque creo que las canciones no hablan de lo mismo. Eso de “a rodar” se lo voy a conceder a Fito Páez, la verdad es que hizo un gran estribillo, pero en mi descargo diré que no conocía la canción.

Hablando de referencias, a pesar de que tú tengas un estilo muy bien definido, en “Fuera de quicio” hay cierto toque castizo muy cerca de Los Rodríguez. Y después tu uso de la guitarra española, que cada vez la veo más presente en tus discos, por ejemplo en “Garabato”, que me lleva a Kiko Veneno. 

Rubén Pozo: Totalmente. A Kiko Veneno. No me pega nada, pero lo escucho tanto y me parece tan maestro que algo se pega. Yo tengo más influencia de Kiko Veneno que de Los Rodríguez, pero de alguna manera, como vengo de Pereza y me gusta todo ese rollo de las gafas de sol y demás, me lo dicen a menudo. Me encantan Los Rodríguez, pero bebo los vientos por Kiko Veneno.

¿Cuánto de ellos hay en tus canciones? De todo ese imaginario musical de los que ya son clásicos y que podríamos decir que tú también estás dentro de ellos.

Rubén Pozo: Me inspiran. Escucho sus discos. Los de Kiko los escucho con devoción. Encuentro textos que siento que me pueden estar hablando a mí. En cuanto a “Fuera de Quicio”, por ejemplo, en la entrada estaba intentando copiar el riff de “Edie (Ciao Baby)” de The Cult, pero me salía demasiado parecido y lo cambié para que no fuera un plagio, aunque trataba de reproducir eso. Esa es la única canción del disco que he cogido del baúl. La tenía hecha desde hace diez años y la había dejado maquetada en el ordenador, así que escuchando cosas di con esa, la empecé a enseñar y a todo el mundo le gustaba, así que pensé en meter este descarte de algo pasado. Y eso es “Fuera de Quicio”.

“Trato de escribir sobre algo grande, pero partiendo de cosas chiquititas de la cotidianeidad”

Son cinco discos ya en solitario, más ese al alimón con Lichis, además de tu carrera con Pereza y Buenas Noches Rose. Pero, sobre todo, en tus discos en solitario desde 2012, nos has dejado ese espíritu tuyo tan canalla y personal que tanto nos engancha, con esas imágenes tan cotidianas. ¿Cuánto nos queda por conocer de este Rubén que, gracias a esta personalidad tuya tan cercana, es ya casi como un hermano, también para El Giradiscos?

Rubén Pozo: Para empezar, gracias por el piropazo que me acabas de hacer. No lo sé, pero yo trato de huir de las grandes palabras, de poner, por ejemplo, el “olvido” o el “dolor” en una canción. Trato de expresar esas mismas cosas, pero de una manera más cotidiana porque, a fin de cuentas, la cotidianeidad es donde pasamos la mayor parte de nuestra vida, aunque luego nos pongamos estupendos y demás. Trato de huir de todos esos grandes conceptos como el universo, el dolor o la pérdida. Más bien trato de escribir sobre algo grande, pero partiendo de cosas chiquititas de la cotidianeidad. A veces lo consigo y otras no, pero ese es mi faro y mi guía. Trato de hacer eso, de escribir de conceptos grandes, pero sin que lo parezca, aunque en realidad esté hablando de algo grande como el dolor, la pérdida, las expectativas, las esperanzas o de los fracasos, aunque eso lo disfrace en versos en los que digo que estoy yendo a comprar el pan, por ejemplo.

Por eso hay tanta magia en versos como “ni toda la lluvia es un caladón”. Son maravillosos.

Rubén Pozo: ¡Qué guay! Pues sí, trato de hacer eso, esa es mi intención. Si hay a gente que le llega de ese modo y alguna canción mía le acompaña en su vida, yo me siento más que pagado por ello. Es mi única ilusión y con eso me puedo morir tranquilo.

Ya nos has hablado de la gira, de lo que tienes por delante, del formato que llevas… Además reivindicas la cercanía del local y la conexión con el público. Vas a la esencia del “garito”, que es algo que necesitamos mucho ahora, ese contacto cercano con el artista. ¿Se podría decir que tú eres un músico de “garito”?

Rubén Pozo: Yo he empezado en garitos y me gustan mucho, pero he tocado en todo tipo de sitios, más grandes y más pequeños también. El “garito” me parece que es el mejor sitio para escuchar esto que hago. El pop y el rock son músicas de “garito”, de las once de la noche y para escuchar con dos cervezas en el cuerpo. Es una música para olvidarse del desgaste del día a día y de los problemas de la semana, para soñar durante dos horas y olvidarte de quién eres por un rato. El “garito” me parece perfecto porque no tienes que ir a un sitio muy grande, ni necesitas pantallas led, ni máquinas de humo, ni guitarras que tiren fuego por el mástil. Solo necesitas una banda competente, unas canciones consistentes y un público delante que esté dispuesto a vivir la experiencia de dos horas de canciones y rock and roll. Pasarlo bien por un rato y olvidarnos de lo ardua que ha sido la semana.

Nos has contado sobre tu banda, pero también sabemos que tu hijo Leo está dando conciertos encargándose de una guitarra bastante agresiva. No sé si lo tendremos en alguno de tus conciertos, ya que sabemos que ha hecho algunos coros en el disco.

Rubén Pozo: Sí, Leo ha hecho coros en el disco, al igual que Angie Sánchez. Leo vino a la segunda parte de la grabación, los tres últimos días, cuando hice las voces, y me apoyó mucho. Me encantó que viniera y como él también canta y había que hacer coros hizo algunos. Se metía Angie a la pecera o Leo, o Angie con Ricky… todos hicieron coros. Leo al final ha cantado en las canciones que le gustan. Por ejemplo, en “Cantar”, después de mucho insistirle, no quiso hacer coros porque me dijo que le parecía un pastel (risas). Me encantó que dijera eso porque él está en un momento muy heavy metal. No va a estar en la gira, aunque imagino que cuando toquemos en Madrid se vendrá, pero él está haciendo su camino. Tiene un talento increíble y me da veinte mil vueltas. Está empezando ahora a escribir canciones y pienso: “Ojalá yo hubiera hecho canciones tan chulas con su edad”. Además de lo bien que toca la batería y la guitarra. Se me cae la baba.

Hay esperanza en los jóvenes con el rock, entonces.

Rubén Pozo: Creo que sí. Tanto Leo como sus colegas son gente con mucha cultura musical. Beben de lo antiguo y lo nuevo. Al final lo que les gusta es la gente que hace buenas canciones con sus instrumentos. Da igual si escribes con papel y boli o apuntas todo en una nota de voz, a los jóvenes que les gusta la música les sigue moviendo lo mismo, como me pasa a mí, que lo que busco de una canción es que me emocione. Da igual si lo ha hecho un tipo dándole a un botón en un ordenador. Si me emociona, ¡pa ‘lante!

Para terminar, decirte que el disco me ha interpelado mucho a nivel personal, y no solo por la temática de los cincuenta, aunque es evidente que también ha sucedido esto por mi cercanía en edad contigo. Me gustaría que, más allá de esta apreciación, nos describieras con tus palabras las bondades de este nuevo estado físico y mental, que es esta edad que tiene canas, pero también maravillas.

Rubén Pozo: Tengo que decir que “50town” no es solo un disco para gente de cincuenta años. Es media hora de música, diez canciones, que podría ser tu media hora en el coche para ir a currar o para ir a estudiar, en la que esas diez canciones te entienden, te arropan, te cuidan, te dan calorcito y son parte de tu vida. Que estas diez canciones sean como una isla en medio de un océano. Que “50town” sea esa isla que te encuentras con palmeras mientras tú vas como un náufrago en una balsa hecha de cocos. Una isla donde puedas pisar tierra firme. Con eso me conformo.

Un placer, Rubén. He disfrutado mucho de tu conversación y de lo mucho que te has abierto para contarnos todo lo que traes en estas canciones. Deseo que esas buenas noticias que comentabas al principio de cifras y listas se conviertan en una muy buena acogida también en los escenarios.

Rubén Pozo: En esta casa somos más de letras que de números, pero un diez y un siete son números que me gustan. Un diez en descargas online y un siete de venta de discos me encantan.

Nos quedamos con esas fantásticas cifras.

Rubén Pozo: Un placer y un abrazo, compañero.

Montana Stomp: "The Horse And the Hill"


Por: Kepa Arbizu.

Muchas son las “razas” de caballos que han dejado su huella en diferentes episodios de la historia del rock; desde aquellos desclasados sin nombre al furioso relincho exhalado por locos especímenes o por supuesto cediendo su nombre genérico al título de obras icónicas. Un listado de equinos al que ahora hay que añadir, por una cuestión de merecimiento artístico, el utilizado por la banda Montana Stomp para bautizar a su segundo disco, continuación del debut homónimo, “The Horse And the Hill”, ilustrado además de manera preciosa por Héctor Castañón, de Ossobuko Studio, para decorar la portada. Una imagen que sucede al furioso toro salvaje que asomaba desafiante en su predecesor, animal convertido ahora en un esbelto corcel que, si bien puede ser temido en estampida, su trote majestuoso también es digno de ser admirado. Una analogía perfectamente aplicable al despliegue sonoro de la banda en cada uno de sus dos álbumes, siempre afincado en la rotundidad del hard rock sureño pero explayado en estas nuevas composiciones bajo un paisaje más rico, ya no hecho exclusivamente de pétreas estructuras rocosas, sino poblado de rica vegetación.

La formación zaragozana, más un punto de encuentro geográfico que el origen común de sus integrantes, se presenta como alumnado, dotado de admirables calificaciones, de aquellas bandas que en plena década de los setenta destilaron el blues clásico entre los alambiques de su tiempo. Y la mejor manera de preservar esa esencia es precisamente dar continuidad a dicha fórmula pero conjugada por medio del propio idioma. Una singularidad que, sin en absoluto menoscabar unas aptitudes musicales inmunes a cualquier cuestionamiento, recae en el propio concepto de la banda, tan respetuoso con la tradición sonora como determinados a encarnar una propia identidad, que lejos de optar por reproducir un imaginario lírico ajeno en el que sentirse huérfanos de representatividad, han tomado una decisión mucha más digna, creativamente hablando, como es construir su particular enunciación de la realidad. Eso significa que las pisadas del grupo pueden ser realizadas con un tipo de calzado similar al que otros maestros del género han usado, pero a poco detenimiento con que nos fijemos, el rastro que dejan a su paso, sobre todo gracias a este segundo trabajo, resulta singular, tanto como para poder decir sin miedo a equivocarnos que por aquí ha pasado Montana Stomp.

Ni mucho menos el solemne caballo negro, lógica pigmentación teniendo en cuenta que la rasgada y portentosa voz de Susana Colt bien podría pertenecer al catálogo de ilustres intérpretes afroamericanas, que avista retador esas colinas que llegar a surcar es la única simbología escondida entre el contenido del álbum. Al contrario los elementos metafóricos brotan a lo largo de las canciones, un ecosistema que desvela la línea argumental de un repertorio dispuesto a atravesar baches y obstáculos, profesionales y personales, con el fin último de conquistar esas montañas que, no por casualidad, lindan con un resplandeciente sol. Puede que sea una utopía o un recorrido en constante construcción que nunca alcanza su destino, pero embarcarse en él, y hacerlo entre una banda sonora imponente y sobrecogedora como ésta, seguramente sea lo más parecido a encontrarse con ese horizonte soñado.

Asumiendo, y de qué manera, que nada mejor para abrir un disco de estas características que prendiendo la mecha hasta generar un incendio de abrumadora envergadura, "Rock And Roll Wheels", un motor activado por igual entre The Bellrays y Tina Turner, lo que da una medida de su poder adrenalítico, descorcha un engranaje, espoleado por un verbo desgañitado, con el que alterar las revoluciones al máximo ya desde su inauguración. Una tensión rítmica que en “Big Blind Special” se flexibiliza ágil por medio de una cadencia funk mientras que “Bad Choices” embiste, apelando a los registros hercúleos de combos clásicos como Led Zeppelin o Deep Purple, inyectada de soul. Una interpretación que en su propia morfología, con esa tono rasgado que parece predestinado a quebrarse pero que siempre acaba erguido de manera imperial, condensa la esencia de un relato argumental sostenido por unas ruedas que, aunque inevitablemente estén llamadas a tambalearse, se presentan decididas a avanzar.

El gran valor, o por lo menos el añadido necesario para sublimar su resultado, de este disco es la aplicación perfecta de la máxima que contradice la ecuación donde la intensidad está ligada exclusivamente a la fuerza bruta. Montana Stomp es capaz de invocar al huracán desde espacios más relajados, momentos también en los que, por ejemplo, los teclados, responsabilidad de Josete Meléndez, menos acogotados por la tormenta eléctrica, desvelan un diccionario de matices que incrementa el sentir melancólico de una “Maybe That Day”, medio tiempo propicio para destacar la influencia de Beth Hart, que expresa su vulnerabilidad hasta hacer derramar lágrimas a las cuerdas de su guitarra. Una congoja controlada que transforma el llanto en la resiliente épica de una “Unbroken” a la que cualquier palabra que osara  describir su contenido emocional quedaría en evidencia. Demostradas las capacidades para llevar el blues-rock más descarnado hasta cimas emotivas, “Bourbon Call” escoge un camino mucho más sutil, por donde habitan Carole King, o el honky tonk de Dolly Parton, pero igualmente efectivo, y el elegante tema homónimo, a su vez demostración de que las bases rítmicas, en manos de Beto Foronda y Adrián Garcés, que sostienen al combo conocen igual los secretos del ímpetu como del paso esbelto, sienta cátedra desde la contención. Un tema titular, que dada su condición, resulta una sinopsis perfecta de este itinerario en busca de la cima por donde se cruzan héroes, villanos y, la mayoría de las veces, simples caminantes supeditados al temblor existencial.

Fue el escritor francés André Malraux quien sentenció que los hombres se parecen a su dolor, y dado que "The Horse And the Hill" es a su manera una cartografía herida de la banda, resulta por lo tanto también el reflejo más puro de su naturaleza, humana y musical. Montana Stomp ha firmado de esta manera un colosal trabajo que funciona a modo de testamento íntimo, porque sus canciones, a veces por medio de cauces desbordados y otras servidas en medidos pero intensos sorbos, logran trasladar el escalofría de quienes saben que les va la vida en ellas. Puede que, como la energía, las fracturas emocionales estén en un continuo proceso de transformación y el gran reto suponga impedir que esas llagas maniaten por completo nuestras aspiraciones. Con este disco, la formación maña recorre las ruinas sobre las que han tenido que construirse, un paisaje doloroso pero de una rugiente belleza, espejo de ese mapa de cicatrices que toda identidad esconde.

The Molotovs: “Instamos a los jóvenes a rechazar la apatía y a generar un cambio positivo desde la base”


Por: Javier González. 

Los aficionados a las sonoridades mod y punk tienen una cita ineludible en nuestro país en las próximas semanas con The Molotovs, la banda capitaneada por los hermanos Matt e Issey Cartlidge; el dúo londinense desembarcará por primera vez en el marco de una gira que tendrá parada en algunas de nuestras principales ciudades y en la que también tendrán tiempo de dejarse ver en el marco del siempre estiloso Purple Weekend, que en la edición de este año volverá a presentar un cartel inmaculado. 

Después de haber tenido la oportunidad de escuchar en primicia el que será su álbum de debut que verá la luz en apenas unos meses, “Wasted on Youth”, un huracanado compendio de rock acelerado, musculoso y elegante, repleto de pegada, no quedó más remedio que ponernos en contacto con la banda a la par que arrancamos las hojas del calendario mientras esperamos impacientes la oportunidad de ver en directo a estos dignos y talentosos herederos de la generación punk del 77. 

Debemos admitir que no conocíamos a la banda hasta hace algunas semanas y nos ha encantado la fuerza y actitud que demostráis en vuestras canciones. ¿Dónde, cómo y cuándo surge una banda como The Molotovs? 

Issey: La banda nació prácticamente al mismo tiempo que nosotros. Matt y yo somos hermanos, así que desde que nacimos hemos estado muy unidos, para nuestra desgracia. Crecimos con influencias literarias, musicales y culturales similares, el mismo humor y las mismas peculiaridades. Fue el confinamiento lo que finalmente nos impulsó a juntarnos. Como no había salas de conciertos abiertas, empezamos a tocar en las calles de Londres, nuestra ciudad natal. Fue una auténtica prueba de fuego. En cuanto terminó el confinamiento, arrancamos con fuerza, dando conciertos de tres a cuatro veces por semana. Cualquier sala de conciertos londinense, por muy sucia y sudorosa que fuera, parecía un lujo comparado con el asfalto helado al que estábamos acostumbrados. Ya casi llegamos a nuestro concierto número 600 como grupo. Seguimos priorizando las actuaciones en directo por encima de todo. 

“Tomamos mucho de la escena punk británica del 77” 

Hemos leído que no os gustan mucho las etiquetas, pero lo que está claro es que la banda mezcla la actitud del punk, la elegancia del movimiento mod y lo contundencia del mejor rock and roll. ¿Os parece una buena definición para vuestra música? 

Issey: Lo has clavado. Tenemos una larga tradición artística británica de la que nutrirnos, así que somos como urracas culturales, robando lo mejor de cada época. Tomamos mucho de la escena punk británica del 77: la actitud segura de sí misma, la audacia, la producción sin filtros; todo eso se refleja en nuestras incendiarias actuaciones en directo y en nuestros discos. La agudeza y el innegable estilo mod se perciben en cierta medida en nuestra moda y música, aunque nos desmarcamos de la estética “revivalista”. Todas esas influencias se fusionan y ahí tienes a The Molotovs. Además, interpretamos el mundo que nos rodea, lo que lo hace inherentemente moderno. 

Sois insultantemente jóvenes, pero parece claro que habéis dedicado mucho tiempos a escuchar a las grandes bandas del pop, rock y punk británico. ¿De qué manera os ha influido la música para haber querido dedicaros a este mundo? 

Issey:
Somos fanáticos de la música, así que era natural que imitáramos a nuestros ídolos. Al desarrollar una pasión desbordante por las bandas británicas de guitarra, creamos la nuestra. Sex Pistols, The Libertines, The Jam, Blondie, Elvis Costello: toda nuestra admiración por estas bandas y otras se refleja en nuestro propio grupo. Ahora no nos imaginamos dedicando nuestro tiempo a otra cosa. Elegimos esta vida y no hacemos las cosas a medias; seguiremos adelante hasta el final. Tomando el ejemplo de nuestros ídolos. 

“Los jóvenes deben rechazar los valores inhumanos que proyectan las redes sociales” 

Estamos seguros que vuestra adolescencia ha debido ser realmente apasionante, algo que contrasta con la sensación que vemos en muchos adolescentes de nuestro país, al borde de la depresión por un mundo cada vez más complicado. ¿Estamos en lo cierto? ¿Hasta dónde llega el poder de la música? 

Issey: Existe una clara sensación de ansiedad y pesimismo en nuestra generación, una premonición de que todos viviremos en un mundo peor que el que heredaron nuestros padres. Sin embargo, esto no debe servir de excusa para rendirnos y sucumbir a estos tiempos tan inquietantes. Instamos a los jóvenes a rechazar la apatía y a generar un cambio positivo desde la base, a rechazar los valores inhumanos que proyectan las redes sociales y a estar presentes y conscientes de lo que realmente nos brinda alegría, comunidad y esperanza. 

Entre las grandes bandas británicas. ¿Cuáles han sido vuestra principal referencia a nivel musical? Y a nivel de letras. ¿Qué grandes autores están entre vuestros favoritos? 

Matt: Paul Weller ha sido una constante en mi vida; lo conocí gracias a mi padre. Y por supuesto, también a The Jam y The Style Council. Mis influencias vienen de todo lo que sonaba en el estéreo del coche cuando éramos jóvenes: Squeeze, The Undertones, Small Faces, Rod Stewart, Stiff Little Fingers, The Buzzcocks, The Kinks, Martha & The Muffins... bueno, en realidad solo Echo Beach. 

En apenas unos meses llegará a las tiendas vuestro disco de debut, “Wasted on Youth”. ¿Qué sentís ante el próximo lanzamiento? ¿Nervios, muchas ganas, expectación por ver qué opina el público? 

Matt: La verdad es que estoy muy emocionado. Espero que las cosas se disparen cuando lo lancemos, pero ya veremos, ¿no? 

Vuestras canciones muestran una fuerza muy potente y una actitud a prueba de bombas. ¿Qué es lo que suele motivaros a la hora de escribir una canción? ¿Hasta qué punto este mundo en conflicto es vuestro principal referente? 

Matt: Mi motivación para escribir canciones viene de dentro, ¿sabes? Es lo que hago, cómo me expreso y lo que mejor sé hacer. Todo lo que escribo tiene que ver con el medio que nos rodea; es lo que veo, ya sean personas, política o situaciones en las que me encuentro. Por eso no me verás escribiendo sobre el espacio o la quinta dimensión en un futuro próximo. 

“Somos la nueva generación, vamos a impulsar el cambio y a mejorar las cosas” 

“Today´s Gonna Be Our Day” es un auténtico rompepistas. ¿Cómo surgió este auténtico himno? 

Matt: La escribí hace unos años y es un himno contra la apatía. En aquel entonces, pensaba que la gente con la que me juntaba no era tan apasionada ni estaba tan al tanto de lo que sucedía a su alrededor como yo, y si lo estaban, no les interesaba cuando les afectaba directamente. En esencia, dice: somos la nueva generación, vamos a impulsar el cambio y mejorar las cosas, pero no podemos hacerlo solos. La unidad también es fundamental en la canción. Interroga a mi generación preguntándose: "¿Somos suficientes?" Y afirma que somos tan culpables del cambio climático y otros problemas como las generaciones anteriores, así que unámonos y solucionémoslo. 

Habéis compartido escenario con Sex Pistols, The Libertines y Blondie; también habéis recibido elogios por parte de Green Day o Paul Weller. ¿Cómo vivís todo esto dentro del grupo?

Issey: Siempre es reconfortante escuchar elogios de personas tan exitosas; es una confirmación constante de que lo que hacemos conecta con el público. Hemos sido teloneros de The Libertines, The Sex Pistols, Iggy Pop, The Damned, Blondie y muchos otros; nos inspiramos en su música y, sin duda, nuestra energía los revitaliza. Ha sido una experiencia fantástica tocar junto a estos íconos. 

“La filosofía mod siempre mira hacia el futuro y sirve de guía para la superación personal y el respeto propio” 

Nos ha gustado especialmente la estética de la banda, pura herencia de la estética mod, siempre cuidada y elegante. ¿Hasta qué punto estáis vinculados con el espíritu mod? 

Matt: Me gusta mucho la filosofía mod, que siempre mira hacia el futuro y sirve de guía para la superación personal y el respeto propio. Creo que por eso los trajes son tan representativos del movimiento mod, porque lo simbolizan. 

¿Qué bandas del actual panorama británico underground nos recomendáis no perdernos? 

Issey: Organizo una noche en el Soho londinense llamada «Incendiary!», donde tocan bandas de la escena underground de la música de guitarras británica. Hay muchas más, pero las que me vienen a la mente son: The Forty Fours, Safe At Any Speed, The Paris Match, The Lotts, The Sukis, Soaked y Altermoderns. ¡Hay opciones geniales para que te entretengas! 

En apenas unas semanas estaréis girando por nuestro país, tanto en festivales como el Purple Weekend de León como en salas tan míticas como “El Sol” en Madrid. ¿Qué esperáis de esta próxima visita? ¿Qué os han contado del público español? 

Issey: Los españoles tienen una historia cultural y musical tan rica que sé que tendrán un gusto exquisito. Estamos deseando viajar a España por primera vez; vamos a aprovechar cada momento al máximo. He oído que los valencianos son especialmente excéntricos… ¿es cierto? 

Cuando dentro de unos meses volvamos a hablar con el disco ya en el marco. ¿Qué os gustaría poder contarnos al respecto? 

Matt: No lo sé porque aún no ha salido. (Risas)