Los Enemigos: “Nunca hemos estado adscritos a una moda y corriente, algo que ha jugado a nuestro favor”


Por: Javier González y Guillermo García Domingo. 
Fotos: Javier González.

Entre “Canciones Chulas” se mueve la actualidad más reciente de Los Enemigos, toda vez que ya están olvidados los problemas de salud que acuciaron a Josele Santiago allá por 2024, zanjando una etapa de las más complicados que haya tenido que enfrentar la banda, puesto que fueron conscientes de que dicho contratiempo bien podría haber supuesto el final de la aventura para la formación madrileña.

Por suerte, si algo nos han demostrado a lo largo de su singladura es que la suya es una carrera basada en el empeño. También honesta y firme, capaz de resistir contra viento y marea, ya fuera a los caprichosos dictados de las modas, a las que siempre se han mostrado impermeables, como a los propios vaivenes vitales que han pretendido golpearlos, pero que nunca han conseguido hacer hincar la rodilla a uno de los proyectos más queridos de nuestro panorama. 

Vuelven con discazo bajo el brazo, sumando a su habitual mezcla de rock callejero y R&B, un cuidadoso mimo a la hora de rematar unas canciones en cuyas letras aparece la firma del mejor Josele, quien afina sus plumas y pinceles para ofrecer otro catálogo mayúsculo que juega a dignificar el cancionero patrio, hasta el punto de opositar firmemente a disco del año en el ámbito nacional. 

Nos reciben de manera exclusiva en su centro neurálgico de trabajo, situado en los locales de ensayo que tienen por sede el número 25 de la madrileña calle Tablada, palabras mayores de la historia cultural española. Accedemos a tan ilustre recinto fascinados, sintiéndonos absolutamente pequeños. No perdemos detalle. Observamos sin disimulo y con mucha admiración las decenas de carteles que decoran sus carteles. Entre otros saludan nuestra presencia, Los Coyotes, Gabinete Caligari, Kaka de Luxe, Los Rodríguez y Lobos Negros, mientras, al otro lado de puerta, para completar tan fina estampa, la banda sonora corre a cargo de parte de las canciones más míticas del repertorio enemigo. 

La puerta se abre de forma imprevista y la cuarta pared se abre ante nosotros para que crucemos el umbral. Allí aparecen David Krahe, Chema “Animal”, Fino Oyonarte y Josele Santiago, sorprendidos ante nuestra silenciosa presencia e invitándonos a cruzar a la cueva mágica. Bromean y charlan distendidamente, recibiendo nuestra presencia como algo normal, prácticamente como si fuéramos parte de esa familia tan bien avenida. 

Están a gusto, satisfechos y relajados, quizás sea porque son una familia bien avenida, tal vez porque tengan la certeza de poseer una nueva carta ganadora entre manos. La misma, ya saben ustedes, se llama “Canciones Chulas” y en la charla que continúa conocerán todos sus pormenores. Nos lo cuentan los padres de la criatura: Los Enemigos, chulería madrileña. 

En octubre de 2024, la gira interminable que acompañó a “Bestieza” se frena en seco por problemas de salud, Josele. Mirando atrás con la perspectiva que da el tiempo. ¿Funcionó el parón forzoso como un abismo o acabó convirtiéndose en el espacio necesario para que nacieran estas “Canciones Chulas”? ¿Llegasteis a pensar que podría ser el canto de cisne de la banda? 

Josele: Sí, sí, llegué a pensarlo. Me asusté mucho. Has puesto dos alternativas buenas para reflejarlo que son el abismo y el principio de algo bueno. Este disco empezó a gestarse en ese abismo. 

Se nota una pulcritud y un mimo extremo en el acabado de este disco. ¿Cambió de alguna manera vuestra forma de trabajar en el estudio o vuestra rutina interna tras ese susto? ¿Se valora el oficio de otra manera? 

Josele: Creo que el mimo extremo está puesto antes de entrar al estudio. Empieza con Fino en su casa y yo en la mía, probando mucho con nuestras guitarras y el cuaderno de folios al lado, pasando por el local de ensayo y la puesta en común, y rematando en el estudio con el mimo extremo ya dado, porque las canciones iban vestidas de luces. La guinda la puso Carlos Hernández, que ha dejado todo como los faroles de la feria de Sevilla. (Risas) 

Fino: Creo que sí se valora. Nos hemos adaptado al momento. Había una prioridad que eran la salud y la estabilidad. A partir de ahí, cuando Josele nos dijo que íbamos para adelante, empezamos a trabajar, viéndonos cada cierto tiempo y quedando para preparar todo de puta madre en el local. No sabíamos cuándo íbamos a grabar ni nada, simplemente trabajamos hasta que vimos que todo estaba listo. 

Chema: Es verdad que “Bestieza” se trabajó más deprisa en el local y con “Canciones Chulas” hemos cuidado hasta el mínimo detalle, por lo que hemos tardado más. 

Josele: Pienso que la diferencia es que “Bestieza” se gestó en un estado de euforia, en la superficie del mundo, quizás hasta mucho más arriba, y este se ha gestado en un abismo después de una temporada en blanco y una serie de achaques de toda índole. 

David: Quizás las canciones de “Bestieza” puedan ser más homogéneas en el tratamiento del sonido y estas eran desde su nacimiento muy distintas unas de otras, requerían un trabajo más específico para cada una de ellas. 

Josele: En “Bestieza” había una urgencia anímica que se nota en el disco. Hay tres o cuatro medios tiempos que están tratados en un nivel de producción como todas la cañeras. No nos queríamos comer la cabeza y dijimos: “a tomar por culo”. 

Chema: Puede que si nos hemos puesto más meticulosos fuera porque “Bestieza” tenía un toque más visceral. Ahora queríamos dedicarle tiempo, aunque realmente siempre hemos sido meticulosos con las canciones. 

Josele: Las canciones van mandado y si te piden mimo extremo, toca dárselo. 

“Este disco empezó a gestarse en un abismo” 

Josele, en febrero de este año publicaste con la editorial Contra tus memorias, “Desde el Jergón”, un libro que a los fans nos ha puesto sobre aviso de los que nos íbamos a encontrar en “Canciones Chulas”. 

Josele: Claro, las canciones estaban grabadas y se suponía que iban a salir ambos con relativa cercanía. 

Fino: La mayoría de canciones estaban ya grabadas en octubre. Creo que el libro ha ayudado a presentar “Canciones Chulas”, aunque Josele lo había escrito con anterioridad. 

Josele: El libro está escrito sin ningún propósito ni expectativa. Estaba delante de una hoja en blanco y me sirvió para poner un poco de orden mis horas. Las canciones son las protagonistas del mismo, por lo que la estructura la tenía casi hecha. No va por capítulos, va por canciones. No es una autobiografía tampoco, ni una crónica social. Realmente es un poco ambas cosas, ya que al poner en contexto las canciones lo parece. Tirarte cuatro horas delante de un folio en blanco es bastante frustrante, finalmente salió este libro, pero ya te digo, sin ningún tipo de propósito. 

Fino, además de sostener el pulso de la banda, tienes una larguísima trayectoria como productor y una interesante carrera en solitario. “En Canciones Chulas” conviven el R&B cañero con pasajes muy delicados. ¿Cómo manejas esa dualidad desde el bajo para que el grupo suene contundente, pero con la “finura” que exige este nuevo repertorio? 

Fino:
De la labor de producción se ha encargado Carlos Hernández, en quien confiamos plenamente, además que es un gusto trabajar con él. Es cierto que cuando toca tomar una decisión lo hacemos entre los cuatro. Como bien dices, la faceta de producción siempre me ha gustado, pero en este disco he estado más relajado. He disfrutado de la parte de interpretación y también de escucharnos entre nosotros, mucho más que del hecho de estar en la parte detallista del asunto. 

Chema, se suele decir que una banda de rock es tan buena como lo sea su batería,  tu pegada es el auténtico motor de Los Enemigos. Tras más de seis años sin grabar material nuevo juntos, ¿cómo ha sido el reencuentro en el estudio? ¿Cómo se consigue que ese “vigor y músculo” del que habla la crítica siga sonando tan fresco y orgánico? 

Chema: Nos conocemos desde hace tantos años que al juntarnos es una especie de reencuentro entre colegas. Es como si juntaras a Frankenstein con todas sus piezas y volviera a la vida. Es estupendo. Además, me encanta cómo se dice tocar y actuar en inglés, que es “play”, igual que jugar. Aquí no se dice. Nosotros al tocar, jugamos, nos lo pasamos bien. Nos lo tomamos de esa forma y no sentimos estar esclavizados. Es fácil que nos salga con vigor. 

Fino: Ya sabes que Chema es batería y siempre dice las cosas con vigor. (Risas) 

David, tenemos que felicitarte por partida doble. No solamente por estas “Canciones Chulas”, sino también porque hace muy pocas semanas otros de tus proyectos, Corizonas, lanzó “Órdago”, un disco con un sonido tremendo que te va a convertir en la única persona del país que ha participado en dos de los mejores discos estatales del curso. Teniendo en cuenta la actividad de todos, ¿cómo influye el aire fresco de vuestros proyectos paralelos cuando os volvéis a juntar en el local de ensayo? ¿Se nota ese “rodaje” extra a la hora de trenzar las guitarras con Josele?

David: Son maneras de trabajar distintas. En Los Enemigos, normalmente, sigo el camino que ha trazado Josele. Analizo sus arreglos y manera de tocar, buscando cómo complementarme con él. Son muchos años tocando juntos, algo que te hace tener una compenetración extra y natural, pero no solamente eso. La primera vez que vi a Los Enemigos tenía 17 años y no había visto en mi vida a un grupo sobre el escenario a un grupo con esa ferocidad desaliñada y desparpajo semejante. Era la formación de “Ferpectamente”, recuerdo que los vi en el Agapo en el año 88. Me impactó la ferocidad estética, ten en cuenta que en esa época en Malasaña se cuidaba mucho lo del botín no sé qué y las gafitas no sé cuántos. Era un grupo que me marcó mucho desde chavalín. El conocimiento previo te ayuda a buscar tu espacio, conoces el repertorio y las disfrutas de una forma especial. A mí no se me olvidará en la vida el día que toqué el repertorio con ellos jamás se borrará de mi mente. Y no me pilló siendo un chavalín que te puede impresionar más. Son distintas formas de trabajar. Cuando toco con Los Coronas y Corizonas, trabajo de otra manera, marco la dirección desde el inicio. Ya sea porque la canción es mía o porque en la parte de guitarras viene mucho más desnuda. Al encontrarme con una canción de “Órdago”, me encuentro un campo por sembrar, más allá de la estructura que está consensuada. 

Fino: Creo que la aportación de David es fundamental desde “Bestieza”. Ha aportado algo especial, como la producción de Carlos, pienso que ha sido una evolución de Los Enemigos. 

Chema: Es una especie de aire fresco. 

Fino: Tiene un engranaje de orfebrería con Josele que parece muy sencillo, pero no lo es. Creo que van de la mano y pasean juntos. 

David: Ten en cuenta que Josele es un compositor, arreglista y guitarrista-solista. Hay grupos que parten de un compositor como The Pretenders con Chrissie Hynde, compositora, arreglista y guitarrista, pero no solista. Sujeta la canción de la hostia, pero no tiene que hacer el obligado y el riff. Josele tiene una mentalidad concreta, no tiene que tocar la guitarra solista siempre, pero tiene una forma de ver la canción muy concreta. Se preocupa del arreglo y del solo. Lo que compone viene con muchas variantes. 

Chema: Josele te marca. David: Te marca un camino muy claro. Luego hay veces que está cantando y tiene cosas en su cabeza y no las puede tocar mientras está cantando. Técnicamente es complicado, además, no sería justo. Tocar, letra y hacer el arreglo. Me fijo mucho en lo que propone porque curramos bastante los arreglos. A veces me dice: “este arreglo es importante y me encanta, pero no lo puedo tocar porque estoy cantando la melodía del estribillo y si lo hago, me iré”. Ahí aparezco yo para echar un cable, que para eso estoy liberado. 

Fino: David nos aporta elegancia y sutileza. 

“Canciones Chulas” es una especie de homenaje a todas esas composiciones que nos han gustado siempre, las que inspiran y emocionan” 

El título del álbum es casi una declaración de intenciones, directo y sin pretensiones, pero el contenido es complejísimo. ¿Es una reivindicación del formato de “canción” frente a la tiranía de los algoritmos y los singles de consumo rápido actuales? 

Fino: Tiene muchas lecturas. “Canciones Chulas” es una especie de homenaje a todas esas composiciones que nos han gustado siempre, las que inspiran y emocionan. 

Josele: Personalmente lo interpreto como una referencia a las canciones que nos han ido guiando por la vida a los que somos melómanos y nos gusta la música buena. Hay canciones claves que te van volando la cabeza. Funcionan como una especie de faros en nuestra vida. 

David: Dentro de las cosas menos importante de nuestras vidas, las canciones son lo más importantes. 

Chema: Las canciones buenas, las chulas. 

Josele: Ah, pues para mí no. Las canciones son de entre las cosas importantes la más importante. (Risas)

En “Miss Dinamarca” volvemos a encontrarnos con esa maestría tan vuestra para camuflar una tremenda carga de intimidad y sensibilidad bajo un barniz de humor corrosivo y retranca. ¿Cómo se consigue equilibrar la ternura y el colmillo afilado en un mismo personaje sin caer en la parodia? 

Josele: Es una canción extrapolable, aunque esté escrita en primera persona. Lo que intento plasmar es una situación caótica en la vida marcada por la pérdida y el frío, para luego encontrar el gustito con el amor que es muy calentito. Es algo que nos puede pasar a cualquier. Intento que algunas de mis canciones toquen fibras sensibles al oyente, luego que cada uno aporte su interpretación personal. 

“La educación es deliberadamente deficiente en nuestro sistema” 

Hay una canción extraordinaria en el disco, “El próximo Vals”, una suerte de esperpento musical con una fuerte carga política. Y formalmente la voz de Josele parece distinta, un ciego Max Estrella que lanza verdades incómodas mezcladas con perdigonazos de saliva. 

Josele:
Me ha encantado la definición. 

David: Es una mezcla entre “Luces de Bohemia” y el “Mein Kampf”. 

Josele: Hablo de unos tiempos que parecen cíclicos porque nos da la sensación de tenerlos superados, pero resulta que vuelven al siglo siguiente y da la impresión que no podemos librarnos de ellos. Pienso que ahora es peor, ya que el arma que se utiliza no es la afiliación, es la ignorancia, tener a la gente agilipollada en un Instagram. El arma es la ignorancia y con eso tienen todo ganado. Está la cosa realmente difícil. 

Fino: Es increíble que suceda con la cantidad de información que hay, además de la facilidad de acceso a la misma, pero hoy día hay más desinformación que nunca.

Josele: Creo que la educación es deliberadamente deficiente. Terminas bachillerato y la carrera, pero no tienes ni idea de nada. No te han enseñado a pensar, ser crítico ni cuestionar nada. Todo es sota, caballo y rey. Pienso que los chavales no tienen la culpa tampoco, pero están muy mal de cultura y de capacidad de comprensión. 

Chema: Existe la inteligencia artificial que está a la orden del día, pero lo que impera en la vida es la estulticia general. (Risas) 

Josele: No todo va a ser oscuridad, también hay Fanta y Coca Cola. (Más risas) 

“Carlos Hernández ha dejado las canciones como los faroles de la feria de Sevilla”

Fino, en “Rumbo al sol” te pones al frente de un medio tiempo con un aroma powerpopero delicioso que airea muchísimo el ecuador del álbum. ¿Estaba claro desde el principio en el local de ensayo que esta canción pedía tu voz y ese color melódico tan luminoso? 

Fino: No es que sea una canción optimista en sí, si acaso es esperanzadora, plantea cosas: puede hablar de amor, amistad, reencontrarse… tiene varias lecturas. Sí que es cierto que la parte musical tiene una sensación más vitalista y esperanzadora.

David: Sí, esperanzadora, pero sin ingenuidad. La esperanza a veces… toma un cariz cristiano que se torna en invento diabólico para conformarse con lo que hay, aunque sea realmente malo. 

Josele: Está la cosa que me cago en la hostia puta. 

Chema: Me recuerda al chiste de Eugenio: “me encanta jugar al póker y perder. ¿Y ganar? Ganar debe ser la hostia”. (Risas)

En un disco de guitarras musculosas, “Isla” destaca por ser un corte contenido, solemne y casi crepuscular al que Josele dota de uno de los tonos más poéticos de toda su extensa etapa como escritor de canciones. ¿Es este el tema donde más se trasluce esa “pulcritud” y madurez de la que hablábamos tras el parón forzoso de la banda? 

David: Me flipa todo lo que has dicho y además, el tratamiento de la voz en esa canción. 

Josele: En esa canción la música y melodía son de Fino mayormente y la letra es mía. 

Es que Fino, parece que no, pero toca bien… (Risas) 

Josele: Sí, si le sientas y tal y está quietecico, sí. (Más risas) 

Fino: Hay canciones que a veces se trabajan en el local de una manera concreta. Tú la puedes imaginar de una forma y sale de otra. Esta parecía que tendía hacia arriba, pero quedó muy reposada, algo en lo que incidió mucho Josele. Se desplegó como una cosa muy concreta. 

Josele: Al escribir la letra estaba pensando en plasmar de alguna manera el momento en que uno pierde el miedo a la soledad. Vale, estoy solo, que vengan olas y tempestades, me la trae floja. Abro la puerta a lo que pase porque mi cabeza es un adoquín. La isla es cualquiera de nosotros intentando superar el temor a la soledad, a no ser aceptado, a todos estos miedo que nos atacan. Soy una isla de roca dura y por aquí no pasa ni Dios. Eso era lo que quería plasmar, pero de una manera poética, no como lo he explicado ahora. (Muchas risas) 

Para el tramo final del disco, con “Puto blues” y “Mil condenas”, sacáis a pasear vuestra cara más áspera, mugrienta y taleguera, que nos devuelve de golpe a ese Madrid de callejones, derrotas y bares de toda la vida. Después de 40 años de carrera, ¿resulta que aquel era el Madrid que queríamos? 

Josele: Cuando era joven Madrid ya era una mierda. Ratas, suciedad y qué asco. Imagina ahora. 

Fino: Ya lo decían Leño. 

Josele: La canción “Puto Blues” es un ejercicio de estilo, siempre he querido hacer una canción sobre un vampiro venido a menos, al que se le está acabando el contrato. Anda comiendo ratas y también es un bluesman, así que está condenado a tocar siempre el mismo blues en el mismo garito todos los putos días de toda la puta eternidad. Esa mitología del blues y su marginalidad. Y “Mil Condenas” se refiere al hecho concreto de un preso que recibe una noticia estupenda como “mañana te sueltan”, pero resulta que si estamos ante un preso que lleva gran parte de su vida entre rejas, la noticia es pésima. Es una contradicción que siempre me ha llamado mucho la atención desde que vi una vez a un señor que le habían soltado portando una pancarta que decía “quiero volver dentro”, pobrecito. La reinserción es complicada para ellos. 

David: Hay gente que no se adapta después de tantos años viviendo dentro. 

Vuestro público es uno de los más fieles del rock español, una auténtica familia. ¿Qué se va a encontrar esa “revuelta enemiga” en los próximos directos? ¿Cómo vais a encajar este nuevo repertorio con los clásicos de siempre?

Josele: Es la historia de siempre. Cuando presentamos “Bestieza” hubo que prescindir de unas cuantas que hasta entonces parecían intocables y entraron composiciones nuevas por su propio peso. Pienso que estas nuevas van a entrar sin problemas en distintos puntos del concierto. Ahora mismo estamos haciendo cuatro y funcionan. Habrá que seguir sacrificando incunables. 

Fino: Va a ser complicado. Creo que este disco pide tocar casi todas, hay otros trabajos que se pueden quedar fuera, pero estas apetecen.

Josele: A mí me gustaría tener tres repertorios e ir cambiándolos. David: Me gustan tanto que estaría dispuesto a tocar hasta los silencios entre canción y canción. (Risas) Josele: Eso es lo que tienes que hacer. Eso es lo que tienes que hacer. (Más risas) David: Me los estoy preparando. Josele: Y los de dentro de la canción también. (Carcajadas) 

Hablar con Los Enemigos y hacerlo con 091, viendo vuestro estado actual de forma, nos lleva a pensar que estas bandas con tantos años a sus espaldas tienen muchas cosas que decir todavía. ¿Qué sentís vosotros desde dentro? 

Chema: Llevamos tanto tiempo que uno pestañea y ya sabemos qué va a pasar. Al tocar juntos es como si fuéramos un solo ente y todo sabe de forma natural. 

Josele: Ostras, citáis a 091, que están en un momento de forma maravilloso. Hay que mimar mucho las canciones, pero un buen tema aguanta con lo que sea… una guitarra acústica o un piano, eso por un lado. Y por otro, solo Los Enemigos suenan a Los Enemigos. Si la interpretamos nosotros va a sonar muy característicamente. Las canciones vienen muy trabajadas de casa y una vez rematadas suenan como nosotros. 

Fino: Hay una cosa real, cada uno emite tal y como es. La mezcla de nuestras formas de ser y tocar genera un sonido muy concreto, sin impostación. 

Chema: No forzamos para que suena a algo, sale de forma natural. 

Josele: Lo único que importa son las canciones por eso hemos durado tanto juntos. Siempre hemos procurado hacer “Canciones Chulas”, más allá de consideraciones estético-filosófico-modernistas. Nos ha importado hacer buenas canciones, que creo que es lo que nos importa a todos los músicos. Nunca hemos estado adscritos a una moda y corriente, algo que ha jugado a nuestro favor. No tenemos fotos de las que arrepentirnos.

Protomartyr: "Hotel Usona"


Por: J.J. Caballero. 

Desde la imagen del águila acechante que ilustra la portada hasta la culminación sonora de un disco conceptual, basado en revisar escrupulosa e incluso violentamente los penosos capítulos recientes protagonizados por el malhadado trumpismo, prácticamente todo en este “Hotel Usona” parece destinado a hacer historia. De la olvidable, nos tememos, porque la radiografía es tan clara y presenta síntomas tan evidentes que casi preferimos olvidarnos del diagnóstico apenas haber abandonado la sala. Eso de que cualquier acto cotidiano es básicamente un gesto político es una afirmación digna de ponerse en entredicho, pero sigue habiendo quien lo eleva casi a la categoría de dogma, y encima se pone a hacer canciones para demostrarlo. 

Joe Casey, erigido en líder antipático y lejos de cualquier forma de mesianismo, ejerce de maestro de ceremonias como si de un predicador iluminado se tratase, y arremete contra los agentes del infausto ICE en “Exalted eagles”, armándose de congas y repartiendo interrogantes altamente peligrosos, a la vez que enaltece el sentimiento antibelicista en “Sounds we cannot hear” poniendo en tela de juicio la autoridad concedida a los dementes que los gobiernan. No en vano su banda lleva ya siete discos debatiéndose entre el post punk más agresivo, el rock más minimalista y las proclamas de conciencia común. 

Protomartyr suenan ahora más compactos que nunca, exhibiendo venas jazzísticas, atmósferas propias del trip-hop, distorsión equilibrada y cuerdas cercanas a la música clásica. Todo ello sucede entre la rabia contenida de “The knife dream”, la salida de guión (con un inédito tono de vals) de “Third country” y el tránsito hacia una nueva situación vital y social de “Checking out”, explícito título a modo de epílogo inundado de cuerdas, percusiones y cuerda, algo que también sucede en “The old hotel”. Un clímax a medias, completado por la electrónica tímida de “Converts”, en la que se nos narra un hecho no por habitual menos lamentable: Cómo los intereses personales, por no decir puramente económicos, suele decantar la balanza de las ideologías. La pródiga batuta del ilustre Dave Fridmann pilota la nave en el estudio, secundado por su hijo Jon, encargado de la grabación de los arreglos de viento, y por lo que parece la asociación paterno-filial funciona a las mil maravillas.

La paleta de arengas también guarda estrofas para la desnaturalización urgente de la IA (“Feed the sewer” sitúa en la picota, de nuevo, el acoso de la tecnología) y la recuperación de una figura literaria tristemente perdida en las bibliotecas de principios del siglo XX. Patrick Hamilton, novelista y dramaturgo británico cuya obra se basaba en la compasión por las clases menos favorecidas por el capitalismo, alumbra algunas de las estrofas y eleva la media de unas letras demoledoras y profundamente radicadas en los desastres cotidianos que tienen –y tenemos- que contemplar día a día. Este disco es la crónica de sucesos de un mundo enfermo de ira, desapego e ignorancia supina. Un mundo en el que es un pequeño lujo contar con músicos como los de Protomartyr, y otro aún mayor saber que podremos refugiarnos en su discurso cada vez que queramos ser engullidos por nuestro pequeño trozo de tierra.

Dinosaur Jr. :”There Near”


Por: Àlex Guimerà. 

Apenas ha transcurrido un lustro desde el anterior "Sweep It Into Step" (2021) para que la formación clásica de los dinosaurios haya vuelto a la carga para robarnos los corazones por enésima vez. Pues esta banda simboliza todo lo que a uno le atrae del rock y de la música independiente en general, ya que lejos de buscar la comodidad en la nostalgia y en el fácil autoplagio, el decimotercer disco de estudio de los de Massachusetts vuelve a dar en el clavo ofreciéndonos una dosis de energía salvaje de rock alternativo. Para eso ha sido decisiva la obsesión de J Mascis en recuperar la mesa Boogie de los años setenta que utilizaron en la grabación de su álbum de debut allá hacia mitades de los ochenta. Así, en distintas y largas sesiones en los estudios "Bisquiteen", que el guitarrista tiene en su Amherst natal, se ha ido configurando un trabajo que han querido (y logrado) que sea espontaneo y fresco. 

De nuevo las nuevas canciones surfean entre el ruido más crudo y la melodía dando ese contraste tan encantador típico del combo. Algo que observamos desde el preciso momento en el que ponemos la aguja al vinilo (o apretamos el botón de spotify) para escuchar esa maravilla titulada "Several Got Away", en la que la frenética sección rítmica con la batería de Murph y el bajo de Lou Barlow dejan paso a los pegadizos riffs y a los solos melódicos del gran guitar hero del indie americano. Con "No Friends" volvemos directamente hacia finales de los ochenta y principios de los noventa y hacia la pasión de esos días en los que éramos jóvenes. Una melancolía que crece en "Walk Me Back", gracias a la melodía y a esa cálida voz de Mascis que nos tiene encandilados. Son los redobles sin descanso de las baterías, los solos de imposibles, la poesía cálida de las letras y ese sentimiento de libertad que teníamos con 20 años. ¿Y qué podemos decir de los rasgueos abrasivos de "Take Me With You" de las guitarras enmarañadas de "Gone Off" o de los cambios de esa pseudo-balada que es "Put It Down"? Simplemente que son sensacionales.

Con "Everything At One" se salen un poco del guión para meternos unos teclados de fondo a cargo de Ken Mauri que casan muy bien entre la distorsión guitarrera. Por su parte, Barlow aporta dos temas para dar ese perfecto contrapunto en la composición y en la voz con Mascis. Es la melódica "Blowin' Up" que parece robada del otro proyecto del bajista, Seabdoh, y que fue single de adelanto del disco. La otra es el medio tiempo acústico "No One's Ready" que cierra el paquete de forma campestre. 

"There Near" no nos descubre nada que no supiéramos, pero no podemos dejarlo de escuchar. Simplemente es una lección para las nuevas generaciones de lo que es el rock, un refugio ante tantos proyectos fallidos de otras bandas de su recorrido que nos confirman que los Dinosaur Jr. son un valor seguro por el cual apostar.

Susan Santos: "Un músico siempre está en constante aprendizaje"


Por: Kepa Arbizu.

Fotografías: Juan Pérez Fajardo.

Todos los caminos, estén escritos sobre el asfalto o alumbrados por la imaginación, comparten una condición común respecto a su significado existencial, pero del mismo modo, cada uno conserva sus rasgos particulares y expresión identificativa. Son esas carreteras que separan Estados Unidos y México las que han supuesto conceptualmente el mapa geográfico sobre el que ha desplegado sus dos últimos discos Susan Santos, dando continuidad con su actual "Camino diablo" al previo "Sonora". Un territorio con especial pedigrí y mística para el lenguaje del rock.

Instalada en esa confluencia de fronteras, la guitarrista y compositora extremeña firma un álbum, el séptimo de su carrera, que avanza poderoso y orgánico atravesando horizontes a lomos de un rotundo boogie sureño que igualmente se detiene en parajes protagonizados por el folk-country, los ritmos de Nueva Orleans o el soft rock. Un viaje, donde las bujías hierven entre riffs y las historias se debaten con su pasado, presente y futuro, al que asistimos como copilotos del talento y la energía de Susan Santos.

Tanto tu anterior disco, “Sonora”, como el actual, hacen mención a un espacio geográfico común, a ese territorio árido y desértico que separa EEUU y México, ¿qué tiene esa frontera que te atrae tanto? 

Susan Santos: Es verdad que para mí tiene una magia especial y siento una gran conexión con ese espacio, aunque este disco en concreto lo entiendo más como la banda sonora de un viaje en carretera. Se trata de algo parecido a una road movie personal, una travesía en la que cada kilómetro te transforma, donde las decisiones que tomas alteran el rumbo y el pasado va quedando atrás y lo miras desde el retrovisor, pensando en lo que está por venir. Ojalá este trabajo sea también esa banda sonora que acompañe a mucha gente en su propio camino y en muchos viajes. 

Aunque sonoramente domina el boogie sureño, es un disco abierto a géneros diferentes, ¿había una intención de que esta road movie fuera también un itinerario por las diversas estaciones de la música americana? 

Susan Santos: Primero escribí las canciones con la única idea de grabar un nuevo disco, pero sin ningún concepto claro preconcebido, solamente componer. Según fueron saliendo y fui seleccionando los temas que quería que formaran parte del disco surgió la idea del título y todo empezó a tener un sentido común: el título, las canciones escogidas de entre todas las compuestas… No pensé en ese sentido en darles un estilo u otro, simplemente compuse aquello que me apetecía en el momento y me quedé con las que me sentía más a gusto, descarté otras, y las grabé... 

Cada uno de tus discos suele adoptar una identidad propia, este suena orgánico y directo, ¿te sientes necesitada de cuando acabas un trabajo explorar un nuevo camino para el siguiente? 

Susan Santos: Sí, es como una necesidad personal, hacer canciones y contar de manera lo más honesta posible la música que quiero hacer en cada momento determinado. Un músico siempre está en constante aprendizaje, nunca lo puedes saber todo y siempre se aprende de otros estilos, escuchando nueva música, otros artistas. La música que yo hago está muy relacionada con el directo y me parece lo más real y sincero hacerlo de esa manera.. 

Y en este itinerario, ¿existió un primer paso que sirviera de desencadenante para el resto? 

Susan Santos: Cuando compuse "El camino" encontré la narrativa y el título perfecto para el álbum. A partir de ahí se fue convirtiendo en la banda sonora de esa road movie imaginaria que comentaba antes; todo el concepto de libertad, polvo y supervivencia nació de ahí. 

¿El tipo de sonido de una canción te condiciona a la hora de aquello que quieres contar?

Susan Santos: Para mí sí, depende hacia dónde se dirija la música, la letra puede variar en función de eso. También depende de la manera de componer, si hago primero esa parte instrumental y luego el texto, o si primero me surge la idea o la letra de lo que quiero contar. Las historias de este disco están contadas unas de forma más real, y otras más encubiertas a través de un personaje que narra la historia, y hay muchos de mis sentimientos y pensamientos personales en cada canción. Las canto en primera persona, y tras ella están muchas de mis propias historias y vivencias. 

El disco se abre con “El Camino” y se cierra con “El Diablo’s Goin’ On”, formando así el título del disco, ¿el orden de los temas buscaba dar un sentido concreto a este recorrido? 

Susan Santos: Eso es algo que surgió de manera improvisada, porque de hecho "El Diablo's goin on" la compuse la misma mañana antes de ir al estudio de grabación, la ensayamos allí y la grabamos sobre la marcha. Una vez añadida al disco, sí vi claro esa forma de ordenarlas, quería poner la primera “ El Camino” y la última “ El Diablo's goin' on”, el resto lo ordené poco tiempo antes de pasarle el texto al diseñador. 

Las carreteras también son una presencia común en tu vida, habiendo hecho giras por muchos lugares, ¿esos viajes y recorridos te aportan a nivel emocional y vital?

Susan Santos: Todas las experiencias de la vida nos influyen, y de todo se aprende, y por supuesto toda la gente que he conocido, todos los lugares que he visitado durante las giras y toda las personas que, de una manera u otra, forman parte de mi vida, me aportan algo cada día que pasa. 

Alguna vez te he leído declarar que incluso has llegado a dar más entrevistas para medios anglosajones que para españoles, ¿sientes que una mujer haciendo un sonido tan crudo y ligado a la tradición todavía hoy sigue siendo difícil?

Susan Santos: Supongo que en este caso concreto lo que menos ayuda es hacer una música como la que realizo, para minorías. No me muevo en estilos que vayas a escuchar en las radios o en los medios de comunicación donde suenan los artistas más de moda o vinculados a tendencias actuales.

River Shook: “River Shook”


Por: Héctor Neira. 

Admiro y mucho a aquellos/as músicos/as que deciden en un momento determinado de su carrera romper con su banda de siempre o abandonarla, y emprender un camino en solitario. Hay algo osado y valiente en esa decisión, un impulso innato por la aventura y el riesgo, y también un notable grado de confianza en tus propias capacidades. Ser parte de una banda te acota, pero eres parte de un colectivo que te arropa. Lanzarse en solitario eres tú solo ante el mundo, aunque ganando en libertad y autoafirmación. La ruptura de Sarah Shook & The Disarmers era algo que se venía venir años atrás. Se estaban deshaciendo cual azucarillo en un café. Nos han dejado varios discos que van permanecer en nuestra memoria y eso ahí quedará para siempre. Pero River Shook, haciendo gala de ese atrevimiento al que hacía referencia antes, ha dado este año el primer pequeño gran paso en su nueva andadura como solista. Y no han sido pocas personas a las que he recomendado entusiasmado el resultado.

Titulado inteligentemente como “River Shook”, estamos ante un disco cautivador, realizado por quien se conoce al dedillo todos los códigos del country-rock y que además ya cuenta con un bagaje a sus espaldas que la hace pisar fuerte, tirando la puerta, mostrándose abierta y ofreciendo al oyente un estado de las cosas de su propia vida sin caer en los clásicos convencionalismos del género y la música de autor. Su pareja, el talentoso Blake Tallent, le procura todo el armazón instrumental necesario para que nuestra protagonista pueda caminar firme y posar sus pies en terreno estable. El trabajo de Blake también en las labores de producción resulta intachable. 

La estupenda y acertada “Free At Last” abre la colección a modo de necesaria declaración de intenciones. River suelta un buen peso de su mochila y decide romper con los lazos que le unen a su pasado reciente. Con “Country Angel” entramos en terrenos más amables, nostálgicos, a lomos de una melodía irresistible con sabor a clásico instantáneo. Nada en este disco resulta baladí. Hay una intención clara de la autora de mostrarse más “desnuda” al oyente, aferrándose a su propias vivencias y a sus propios sueños. “Lost Without Your Love” insufla al disco un guiño tierno en forma de declaración de amor, de necesidad de cobijo hacia Blake. Caminar sólo esta bien pero si detrás está la persona correcta, aquella que debe amarte, cuidarte y protegerte, todo es más llevadero. “Venom & Gold” es a criterio personal una de las piezas claves de la colección. Intensa, sentida, de hermosa hondura a modo de última y dolorosa mirada al pasado. No todo ha sido un camino de rosas en la vida y trayectoria de River, y lo vuelve a plasmar en “Fading”, otra de las canciones favoritas para un servidor. Personal, imponente y de nuevo muy autoreferencial: “Nunca te hice daño. Yo no me dejaba pisotear, pero tampoco causaba mal a nadie. Sin embargo, ahora lloras como si yo fuera el arma humeante. Creo que te gustaba más cuando tenía una aguja en el braz , colocándome hasta el infinito”. Devastadora. “Blue Vervain” baja la pulsaciones en forma de cálido abrazo a su bien ganada libertad al lado de su pareja: “Eres sangre en mis venas, miel en mi lengua”.

“If We Got A Chance” rezuma clase por todos sus poros. La autora de Rochester, NY (aunque es la tierra de Carolina del Norte la que ha hecho de ella ser quien es) reflexiona sobre los sacrificios que implica ejercer el oficio de músico en la pieza con más clara orientación al rock clásico dentro del lote. “Beater Car” es otra composición de enorme calado emocional que te agarra y no te suelta. Contiene unas de sus confesiones más conmovedoras y sinceras al referirse a su hijo y su deuda para con él: “Mi orgullo y mi alegría, un regalo del cielo. ¿Cómo puedo perdonarme por no tener nada que ofrecerte?. He desperdiciado demasiado tiempo persiguiendo mi propio sueño.”. Hay dolor, arrepentimiento pero también una honesta necesidad de redención. Con “Running To Georgia” nos aproximamos al final en forma de clásica pieza estándar del género. El viaje, las carreteras infinitas, la aventura como escapismo y necesidad vital tan propia de la tradición americana. Si el inicio del disco era una mirada directa al pasado, con la canción que cierra el álbum, “Loving Me Is Like Rolling A Big Old Rock”, River observa el nuevo horizonte que se abre ante ella. Toca seguir remando, nadie regala nada a nadie. Es momento de olvidar el pasado para celebrar el futuro.

River Shook se ha convertido con los años en una de las puntas de lanza del country-rock alternativo. Y con este sensacional “debut” (sin olvidar la soberbia “Widlands” que incomprensiblemente no entró en el disco) ya vuela sola y está despegando. Debemos cuidarla y mimarla, porque talento le sobra y estoy convencido que nos seguirá entregando discos de semejante nivel en los próximos años. Discos de esos que acompañan y que no te abandonan. En especial a los que amamos el género. O mejor dicho, a todos aquellos que aman la buena música.

Fontaines D.C. en el momento perfecto


Movistar Arena, Madrid. Jueves 22 de octubre de 2026. 

Texto y fotos: Javier González.

El pasado jueves Fontaines D.C. demostraron sobre las tablas del madrileño Movistar Arena que son la banda del momento en lo que al panorama rock internacional se refiere. Su concierto resultó absolutamente rotundo en lo tocante a las canciones, sin regalar apenas momentos de tregua a un respetable que desde primera hora dejó claro que los irlandeses gozan de un predicamento que solamente los más grandes son capaces de arrastrar tras de sí. 

Y es que el público que sigue a la banda de Dublín es totalmente transversal en edad, estética y gustos aparentes, siendo el único elemento vertebrador entre aquellas personas que sigue su música la comunión mesiánica que comparten hacia la banda capitaneada por Grian Chatten, quienes parecen haber encontrado el secreto de alquimia poniendo la banda sonora ideal a un mundo decadente al que cantan con una síntesis que reúne un enorme poder de evocación, análisis crítico y una visceralidad repleta de poesía que cala bien hondo. 

El concierto que presenciamos anoche no fue perfecto, ni mucho menos, radicando en dicho aspecto parte de su radical belleza. De hecho, podríamos criticar tanto la duración, apenas hora y media, como el sonido, manifiestamente mejorable en ciertas fases, algo que no restó un ápice de emoción a la enorme catarsis que vivimos en cada uno de los temas que se interpretaron. 

Otro detalle mejorable podría haber sido la elección de unos teloneros distintos. Realmente, Chalk, el voluntarioso dueto procedente de Belfast que tuvo la fortuna de abrir la velada no llegó a calentar al personal con su post-punk electrónico, a ratos bailable y por momentos distorsiono, ni tan siquiera con la calidad de canciones interesantes como “Pain”, “Static” y “Longer”, con la que dieron por concluido su corto set-list. 

La espera hasta que las luces se desvanecieron para dar paso al plato principal se hizo relativamente larga, pero mereció la pena, vaya si lo mereció, puesto que el público respondió en cuanto los Fontaines arrancaron con los primeros acordes de “Tongue”, atacando la superficialidad de la sociedad actual con su teclado juguetón, antes de que el abrasivo riff inicial de “Here´s the Thing” pusiera a arder casi literalmente el viejo palacio de los deportes capitalino, a la que siguió la crudeza de “Nabokov”, los teclados etéreos y el bajo retumbón de la genial “Marianne”, con su innegable parentesco con algunas de las mejores piezas del “Disintegration” de The Cure, y la muy celebrada “Boys in the better land”, alejada sonoramente de su actual propuesta con la que, sin embargo, comenzó un pogo colectivo que nos quitó unos pocos años de encima de un plumazo. 

Siguieron sacando lustre a su discografía con la interpretación de “Jackie Down the Line”, enorme trallazo que sigue funcionando como la primera vez que la escuchamos, la opresiva belleza poética que encierra “You Miss Me” y “Roman Holiday”, momento en que ya teníamos la certeza de que la banda había adquirido un nuevo estatus. 

Ahora al observarlos se ve una mayor seguridad, marcada por una actitud en escena que les sienta como anillo al dedo. Con un Conor Curley a la guitarra parapetado tras sus gafas con gesto serio, respetando los cánones de cualquier rock-star que se precie, Connor Deegan III, al bajo, poniendo la nota exótica con su estética, Tom Coll, llevando el peso de la maquinaria a la batería, ajustado y sin alardes innecesarios, siempre efectivo; y un Carlos O´Connell, para quien siempre es un placer tocar en la ciudad que le vio nacer y al que los hijos del foro miramos con especial cariño al reconocerle uno de los nuestros, todos ellos al servicio de Grian Chatten, quien, haciendo gala de un furibundo orgullo irlandés a través de símbolos patrios como el trebol y la bandera tricolor que portaba en su micro, sabe arengar a las masas con unos pocos pero efectivos trucos, pese a encontrarse todavía a muchos kilómetros de distancia de grandes mitos y prestidigitadores escénicos como el chamánico Nick Cave. Tiempo al tiempo. 

“In the Modern World” sonó rotunda y mayúscula, robándonos el aliento a miles de personas mientras hacíamos nuestros los delicados coros que con tanto mimo regalaron Connor y Carlos, las maneras góticas del desamor patente en “Happy for You” nos rompieron por dentro, cerrando tan bien escogido tridente con el fascinante epílogo representado por “Big Shot” dotada de un ritmo arrastrado magnético. 

Convirtieron el enorme recinto capitalino en una auténtica pista de baile con la novedosa “Mimesis”, donde miran directamente a los ojos a propuestas tan reivindicables como The Lords of New Church y su “Dance With Me”, y con “Bug”, otra de las tonadas que no necesitan presentación alguna y cuyos fenomenales coros supusieron un karaoke colectivo, a la que siguió “Favourite”, dejando como última canción antes del bis a “Where is Gone?”, la oscura balada en la que colabora nuestra Rosalía, retrotrayendo inequívocamente a clásicos como Nancy Sinatra y Lee Hazlewood, lástima que no pudiéramos disfrutar de la presencia de la catalana, pese a lo cual la composición consiguió relucir con abrumadora grandeza. 

Excesiva se hizo la espera para que regresaran al escenario, compensada de sobra con los ambientes crepusculares y melancólicos de “Japan”, un bello anticipo de la no menos genial “I Love You”, de entre las favoritas del público, y un cierre un tanto desigual donde interpretaron la bestial “Starbuster” y “Six Shot Morning”, que probablemente hubiera lucido más en otro pasaje de la noche, con la que ahora sí dieron por concluida la actuación ante el clamor del público capitalino.

Pasará el tiempo y muy probablemente todas las personas que estuvimos presentes en el concierto del pasado jueves recordaremos haber visto a Fontaines D.C. justo en el momento perfecto que representaba dicha noche, cuando eran una máquina de facturar himnos que ponía banda sonora a nuestros días más inciertos. Aunque pensándolo bien, cabe la posibilidad de que la próxima vez toquen dos horas y cuarto, como se exige a la grupos de su categoría, incluyendo en el set-list otra buena tanda de hits que anoche se quedaron fuera del listado final. Sea así o no, muy probablemente la mayoría repitamos experiencia en su próxima visita, pero mucho nos tememos que serán en un recinto con aforo mayor, porque de lo que no cabe la menor duda es que Fontaines D.C. continuarán con su ascenso durante un tiempo más.

Una oda sentimental a The Strokes


Palau Sant Jordi, Barcelona. Martes, 20 de octubre del 2026. 

Texto: Elisenda Hernández Janés. 

Fotografía: Christian Bernard.

Mientras nos preparábamos para el concierto de The Strokes en el Palau Sant Jordi, mi pareja me confesó que le daba cierta pereza. No pude evitar picarme. Si no le hacía ilusión, podría haberse quedado en casa y nos habríamos ahorrado el canguro, dije, y ya en ese momento intuí que mi tono destemplado escondía algo más a lo que no supe poner nombre. Lo dejé correr: Yo misma había descuidado a los Strokes durante estos últimos años y si bien tenía muchas ganas de verlos, mi ilusión no era la misma de antes. Yo tampoco lo era: ya cumplidos los cuarenta, con la cabeza llena de preocupaciones domésticas, suponía menor el espacio mental disponible para el fervor de otros tiempos. ¡Me equivocaba! 

Llegó la hora y los de Nueva York tomaron posiciones en un escenario que se mantendría en brumosa penumbra durante toda la actuación, una decisión deliberada a la vista de la indefinición de las imágenes que proyectaban las pantallas. Sorprende el aspecto de Julian Casablancas: gabardina negra, gafas y guantes oscuros, la estrella del rock del crepúsculo, el rugido implacable al caer el sol. Una figura enigmática entre sus compañeros de atuendo más mundano: Fabrizio Moretti a la batería, Albert Hammond Jr tras su guitarra, también Steve Schiltz, en sustitución de Nick Valensi, que ha dejado el grupo por un tiempo. El toque de color lo daba el chubasquero fluorescente del que, paradójicamente, siempre ha sido el más discreto del grupo: el bajista Nikolai Fraiture.

Desde el arranque con "Tyrants of the Mellow Moon" ("Reality Awaits", 2026) se intuye, por la contundencia y precisión de la interpretación, que se avecina un conciertazo. Pero al margen de los méritos de ese último disco 一que los tiene y se multiplican a cada escucha一 son los temas antiguos los que palpitan más fuerte por dentro. Bailoteos, estribillos a voz en grito y, en mi caso, combustible que pone a funcionar a todo trapo la maquinaria de los recuerdos. Me dispongo a darle cancha, mis disculpas de antemano por ello. 

Las guitarras dialogantes de "Reptilia" me envían de cabeza a las sesiones de dj Amable en el Razzmatazz: algarabía, chaquetas de galones, Converse que se resisten a despegarse del suelo pringoso. "Automatic Stop" me devuelve una imagen muy concreta: la de mi hermana y yo con la mirada enterrada en el librito del CD de "Room on fire" (2003) aprendiéndonos de memoria la letra de esa canción como quien estudia para un examen. Corrían los tiempos de la guerra de Irak, los móviles sin internet; en mi caso, los primeros pasos por las aulas universitarias y los amplificadores en el comedor de casa tocando 12:51 (Yo la guitarra de Albert Hammond Jr, Ana la de Nick Valensi). Nos preparábamos para el concierto en la Vall d’Hebron en el que los veríamos poco después, con los teloneros de lujo British Sea Power, ante un público sorprendentemente apático entre el que nos esforzamos por mostrar nuestro alborozo. Queríamos que Julian nos viera y mi hermana asegura que así lo hizo, ¡bendita estupidez de juventud! 

Un año atrás, recién detonada la explosión del "Is this it" (2001), había intentado ir a verlos en su paso por Barcelona. No pudo ser: la amiga que se encargaba de comprar las entradas volvió de El Corte Inglés con el rabo entre las piernas. La cola era la misma que la de la gira de OT y daba la vuelta a la manzana. ¿Que por qué no las compramos en alguna tienda de la calle Tallers, en las que no habríamos tenido ese problema? Porque éramos unas pardillas de diecisiete años, imagino. De nada sirve lamentarse a estas alturas: los hits atemporales de su debut salieron al encuentro, tanto tiempo después. "Last nite", convertida en indiscutible himno generacional. "Take it or leave it 一And girls act too much, and boys act too tough, enough is enough!" 一 "New York City Cups", "Someday", con su bullicio de barra de bar y cigarrillos entre risas, como los del videoclip que siempre pasaban por la MTV2 y que yo veía al caer la noche en casa de mis padres. En una de esas veladas los descubrí: interpretaban en directo "Hard to explain", la primera canción que conocí de ellos y, tal vez por eso, mi favorita. Recuerdo el desconcierto ante ese bramido, el contraste entre los trajes chaqueta y la voz asalvajada. Poco después, mi amiga Karina me la grabaría en un recopilatorio 一¡qué buena, me encanta esta canción! 一 La cantaríamos con la letra equivocada 一"Listen Caroliiiiiiiiiiiina" 一porque eso era lo que creíamos que decían por entonces. 

Sonó "Juicebox" y recordé cuando estrenaron el videoclip en la televisión inglesa el año en que me fui de Erasmus. Lo anunciaron a bombo y platillo: ¡Esta noche emitimos lo último de The Strokes! Mi amiga María y yo lo contemplamos en silencio, con la atención devota de un feligrés en su iglesia. Nos sorprendieron todos esos cambios melódicos y la sordidez del videoclip, con gente medio follando. Comentamos la jugada, ¿Qué te ha parecido? Coincidimos en que era raro y nos fuimos a dormir, ya era tarde. Comprendo nuestra reacción: aquello era diferente a lo que habían hecho hasta ahora. Más crudo, menos accesible. Sonaba como una apisonadora y así lo hizo de nuevo la otra noche en el Palau, con la alfombra del bajo y la batería abriendo paso en una espera casi angustiosa, el alambre de la guitarras y el puente in crescendo tras el que Casablancas se despeña sin mirar atrás. Sonaron varias de ese otro gran disco que es "First impressions of earth" (2006) 一"Heart of cage" , "You only live once"一 lo pedí para reyes aquel año y me lo llevé de vuelta a Nottingham, paseaba por las calles lluviosas con el discman en el bolsillo del abrigo al ritmo de "If I can see the sunshine… I’ll be waiting for you baby".

Pasaron de largo por el disco "Angles" (2011), que la crítica dejó por los suelos pero que a mí siempre me gustó. En especial, por ese bombazo llamado "Taken for a fool", que no sonó en el Sant Jordi pero sí en el Primavera Sound del 2015, en el que Julian salió con pelos de macarra extraño y la camiseta de la segunda alineación del Barça. ¡Sigamos! Suena "One Way Trigger" ("Comedown machine", 2013) y sus agudos imposibles, que disfruté de lo lindo a pesar de no haberlo hecho cuando salió. ¿Pero qué es esto?, recuerdo comentar por entonces. ¡Es una mezcla de A-ha y "El muelle de San Blas"! "The adults are talking" me traslada a los tiempos de la pandemia en el que sacaron su estupendo "The New Abnormal" (2020). No hacía mucho que me había convertido en madre, pero me las arreglé para poder ir a verles al Primavera Sound del 2022, una edición especial que se dividió en dos fines de semana consecutivos. Su cancelación por un brote de covid fue un golpe doloroso, más aún que a los que teníamos abono de tres días no se nos permitiera asistir al concierto de la segunda ronda, que sí acogió a los que tenían abono de un día. Tremenda injusticia, pero no nos hagamos mala sangre. 

Las canciones siguen una tras otra, eternas y efímeras como todas las cosas buenas de la vida y me reencuentro con los Strokes y con la exaltada melomanía: conmigo misma, en definitiva. Entiendo ahora que mi malestar de hacía unas horas no tenía nada que ver con esa canguro que podíamos habernos ahorrado sino con el sentir menospreciado algo íntimo y valioso. Me giro con intención de decírselo a Joan, pero la expresión de satisfacción de su rostro, completamente entregado al abrazo de los de Nueva York, hace absurda cualquier aclaración. El concierto llega a su fin, ¡no, por favor! El primer bis es "Ode to the Mets": el domador de fieras contiene su propio rugido, que suena ahora a súplica y a partida. "Listen one time, it’s not the truth, It’s just a story I tell to you". Tampoco esta es la verdad de lo que sucedió la otra noche, tan solo la historia que yo viví y llevaré conmigo. A veces uno deja de reconocerse en las cosas que un día le hicieron feliz. Otras, basta con el empujón del reencuentro. Me remito de nuevo a Julian y a su lamento de despedida : "I needed you there, I needed you there, but I didn’t know, I didn’t know".