The Coral: "388"


Por: Àlex Guimerà. 

Una de las carreras más excitantes del pop británico y, al mismo tiempo, más desapercibidas para el gran público es la de los liverpulianos The Coral. Arrancaron como una especie de one-hit wonder gracias a esa maravilla llamada "Dreaming of You", pero lo cierto es que la banda ha sido capaz de manufacturar grandes discos en los que ha ido experimentando con todo tipo de sonoridades: desde la psicodelia de los sesenta hasta el folk, el soul, el sunshine pop, el surf o el spaghetti western. Una amalgama de colores con la que han ido confeccionando una discografía tan maravillosa como infravalorada.

Sin ir más lejos, en esta década se atrevieron con un disco conceptual sobre los pueblos costeros británicos, "Coral Island" (2021), un álbum plagado de melodías pop refrescantes que fue, sin duda, uno de los mejores de su año. Pero dos años después lanzaron dos discos el mismo día —"Sea of Mirrors" y "Holy Joe's Coral Island Medicine Show"—, en los que las guitarras de Ennio Morricone parecían dibujar unas canciones profundamente cinematográficas.

Y así llegamos a su decimotercer álbum, titulado "388", que ha caído sin previo aviso y con una sonoridad altamente sorprendente. El título rinde homenaje a las veteranas grabadoras Tascam 388, utilizadas durante los años ochenta y también en la grabación de este disco, que ha querido huir de la tecnología de producción moderna y de los retoques artificiales, en una clara mirada crítica hacia la IA.

El contenido del elepé también nos transporta al pasado, concretamente al rocksteady y al reggae, dos estilos que les han sentado a las mil maravillas. Nos encontramos, por tanto, ante un disco de género que rompe con toda la paleta de colores de sus trabajos anteriores para abrazar esa maravillosa música surgida en Jamaica y del ska, un estilo que fue evolucionando hasta enamorar a todo el planeta, con especial arraigo en el Reino Unido de los años setenta y principios de los ochenta, donde los inmigrantes encontraron una voz con la que combatir los abusos policiales y el racismo que sufrían en las calles. Ese ambiente que el director Steve McQueen reflejó tan bien en el maravilloso segundo episodio de la serie "Small Axe", titulado "Lovers Rock".

El efecto sorpresa de este álbum fue doble, ya que el disco apareció en formato vinilo en algunas tiendas independientes inglesas, sin promoción ni disponibilidad previa en plataformas de streaming. Como antaño, vamos, aunque tanto las plataformas como los medios tardaron algo más en recibirlo.

Lo primero que escuchamos al poner la aguja es una batería contenida, unos vientos y un bajo que construyen rítmicamente "Let the Music Play", que es precisamente lo que hacemos: dejarnos llevar por la música. La voz de James Skelly abraza los falsetes y la delicadeza para demostrar una vez más su enorme versatilidad. El viaje continúa con "Ride That Train", que se abre con un órgano y presenta también unos coros sensacionales.

Deliciosa es por su parte "Leave in the Past", digna de los mejores Bob Marley & The Wailers: pegadiza, carismática y cargada de sentimiento. La conexión con el soul llega de la mano de "You and Me (And the Beautiful Sea)", cantada prácticamente a capela, y también con "Here Comes the Tears", que nos recuerda a la primera época de la Tamla Motown. La guitarra juguetona de "Shame" sostiene un estribillo imposible de olvidar, mientras que en "Yellow Moon" la banda mira hacia el misterio y lo onírico. Más etérea resulta "Sad Girl", que juega con la melancolía gracias a unas voces secundarias envolventes.Para el cierre del álbum, puro rocksteady, esa música de transición entre el ska y el reggae, con la hipnótica "Spirit Catcher" y "Crossing the Sands", rematada por un formidable solo de órgano.

En estos tiempos modernos, en los que la inmediatez, el progreso y la competitividad tratan de imponerse, encontrar un álbum como "388", que reivindica la vuelta a lo básico, detenerse y disfrutar del momento sin más, se agradece enormemente y hace que nos enamoremos aún más de una banda que siempre ha apostado por seguir su propio camino.



Sacred Cowboys: “In The Manifesto”


Por: Txema Mañeru. 

El que me conozca un poco, o el que acostumbre a leerme, sabrá que el rock’n’roll australiano es una de mis mayores debilidades. Bueno, algo que debiera serlo para todos los que gustan de ese estilo en sus gamas más salvajes y afiladas. No es necesario soltar nombres ahora, pero seguro que surgirán cuando vayamos hablando de este inesperado regreso (al menos para mí) de los injustamente olvidados y relegados Sacred Cowboys.

Se formaron en los años 80 en Melbourne poco después de que hubieran nacido allí referentes claros para ellos como Boys Next Door/The Birhtday Party (Nick Cave), Crime & The City Solution o These Inmortal Souls. Liderados siempre por la recia voz de Garry Gray, pero muy bien secundado por el gran guitarrista Mark Ferrie, yo los conocí, gracias a Bang! Records, a comienzos de 2007 con el fabuloso “Cold Harvest”. Por esa época el sello de Santurtzi nos trajo también a otras grandes bandas australianas, con las que hicieron piña, como Kill Devil Hills, The Drones, Black Pony Express, Brian Henry Hooper, Bored! o The Bakelite Age. Por aquella época estaban en la formación el legendario Spencer P. Jones (Beasts Of Bourbon), Penny Ikinger (Kim Salmon) y Terry Doolan. En aquel trabajo nos acordamos de los aires pantanosos de los citados Beasts Of Bourbon, pero también de luminarias del rock clásico como Lou Reed, The Doors o The Stooges, en sus momentos más enrabietados. Además, dando otra nueva prueba de su buen gusto musical, se marcaron una excelente versión del "Bangkok" del gran Alex Chilton

Creo que poco después sacaron algún disco recopilatorio con grabaciones de sus comienzos, pero lo dejaron cuando estaban en su mejor momento. El caso es que ahora han regresado (al menos yo no he escuchado nada nuevo de ellos en estas casi dos décadas) y se han marcado este, más que disfrutable, “In The Manifesto” (Torn & Frayed / Beast Records). Al frente siguen Gray y Ferrie y esta vez se han rodeado de buenos músicos de prestigio (con especial mención para Timothy Deane, que ejerce de productor con junto al dúo fundador, y que toca montón de guitarras, diferentes teclados, como Hammond, Wurlitzer y Farfisa, y hasta mete logrados coros) y, además, han decidido girar este verano entre nosotros en unos conciertos que prometen ser inolvidables. Sobre todo para los amantes de ese loado rock’n’roll australiano. 

Una especie de “decíamos ayer” que se abre con una "Said The Spirit" que nos trae a la mente los mejores momentos de los Beasts Of Bourbon, pero también con aires clásicos a los mejores Rolling Stones. Un tema con gancho, estribillo atractivo y buenos punteos de Ferrie. Siguen con "Kool Aid On The Rocks" y esta vez nos sale mencionar a formaciones de su país como The Saints, Radio Birdman, y de nuevo esos riffs de guitarra se emparentan con el gancho del mismísimo Keith Richards. Me encantan los tonos country de "Piece Of Eight", algo que también bordaban los Beasts Of Bourbon, sobre todo en los ochenta. Todo regado de estupendos coros, una vez más, sobre todo en este tema por parte del destacado Damian FitzGerald que toca varios instrumentos incluido el saxo. "Failsafe" es un lento marca de la casa, un poco al estilo de los que hacían también sus paisanos de Kill Devil Hills. "Matador", por su parte, es un blues pausado, realmente matador y pantanoso con reminiscencias a los seminales The Gun Club (Jeffrey Lee Pierce), que alargan su herencia para acerrar la primera cara con un cenagoso lento titulado "Split".

La cara B vuelve a comenzar más “ligerita” con un "Ambient Brain" de nuevo al estilo de los más desenfadados Rolling Stones con mucha chulería y buen estribillo para corear, además del destacado piano de Timothy Deane. Se vuelven a poner muy australianos, eléctricos y desquiciados en una "Cosmic Circus Escapees" que hubieran podido firmar los Drones (ahora más salvajes como Tropical Fuck Storm). Con "Dream Catcher In The Rye" llegan al punto más álgido del disco. Se trata de otro genial lento marca de la casa con guapos diálogos entre la eléctrica y la slide guitar deudora del mejor Mick Taylor. Una preciosidad con trabajados coros, una vez más. Ahí llega el momento para un claro single como "The Psychedelic Shooter", en la que combinan momentos más relajados con otros repletos de garra eléctrica. A mí, en este caso me han venido a la mente otros paisanos suyos tan destacados como los injustamente olvidados Died Pretty y hasta Hugo Race (que estuvo un tiempo en los Bad Seeds de Nick Cave). En "Blast Radius Blues" destaca una cuidada guitarra acústica a la que luego se le suman momentos más tenebrosos y nuevos riffs afilados. Finalizan con la onírica "Zero Gravity", con más cuidadas guitarras acústicas y logrados coros que nos llevan a recordar a los primeros R.E.M. Eso también es algo nada fácil de lograr. 

Mucha atención también a las cuidadas letras de Gray presentes en el disco, y aunque de momento tienen fecha para presentarlo aquí en Montblanc (Tarragona) el 8 de agosto, están disponibles para sumar más citas, y estaría muy bien que alguna sala más se animara y contactara en www.soulblonding.com , ya que son unos grandes fans de las mejores bandas australianas de hoy y de siempre.

Leiva: Aullando toda la noche


Estadio Ibercaja. Zaragoza. Sábado, 27 de junio de 2026 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Habría que dejar claro que este año el verano en la ciudad del cierzo quedó inaugurado con el primer concierto del Fin de Gira “Gigante” de Leiva. Serán once los conciertos que resten tras el de Zaragoza hasta que el de Alameda de Osuna eche el cierre de la que ha sido su gira más exitosa. Y precisamente el sábado pasado, a orillas del Ebro, se plantó frente a casi veinticinco mil seguidores en el primer evento musical que acogió el Estadio Ibercaja tras una aciaga primera temporada para el equipo que tiene aquí su sede en estos momentos. Leiva confesó que era en Zaragoza donde, gracias a este concierto, había reunido al mayor número de asistentes en uno de sus shows fuera de Madrid. No sabemos si porque tiene familia maña o porque aquí se le quiere como en ningún otro sitio, pero el caso es que los miles de seguidores que llenaban el estadio se entregaron desde el primer momento, “como si fueran a morir mañana”.

Eran las diez y media en punto cuando la cuenta atrás del espectáculo terminó y los músicos empezaron a poblar el impoluto escenario vestidos de blanco. Leiva, en contraste con el resto, de negro y agarrado a su telecaster brillante acometió “Bajo Presión”, aunque al contrario que su título, no parecía que tuviera ninguna, todo lo contrario. Salió a disfrutar y encadenó una primera tanda de temas sin descanso que pasaron de la enérgica “La lluvia en los zapatos” a la confesional “Gigante”, con ese aroma a clásico que la define, además de la afilada “Lobos” o “Terriblemente Cruel”, primera explosión de esa entrega incondicional que siempre muestra su público.

Inmediatamente después de desplegar sus “Superpoderes”, el madrileño se dirigió a su público acordándose de su madre zaragozana, así como del primero que vio la posibilidad de hacerse grande en este estadio, el mismísimo Sergio Vinadé, de Tachenko, ahora también en el equipo del madrileño. Seguidamente enlazó ese western para todos los públicos llamado “Sincericidio” con la muy sabiniana “Ángulo Muerto”, una de las más inspiradas de su último álbum, donde su hermano Juancho se lució con gusto en el solo final mientras Leiva no podía evitar pedir una gran ovación para el alma de Sidecars. La épica de “El polvo de los días raros” se fundió con un derroche de efectos visuales en la pantalla semicircular del fondo del escenario, que fue casi tan protagonista como el resto de su banda, donde destacó su sección de vientos, César “Tuli” y “Gato” Charro, siempre presentes y dispuestos a incitar al público a corear o marcarse unos bailes.

El sentido del humor también estuvo presente cuando al tocar “Shock y Adrenalina” Leiva dijo con sorna que este tema se lo había copiado Lou Reed. Cierto es que hay todo tipo de referencias a los clásicos en sus canciones, no es la primera vez que le achacan que su música suena a la de otros, pero al menos demostró que lo toma con gracia y sin rencor aparente. Y si de comparaciones va la cosa, en la más discotequera “Flecha”, con un sonido propio de la Filadelfia de finales de los setenta, el flaco se marcó un solo que podríamos definir como un híbrido entre George Harrison y David Gilmour, demostrando que en bagaje y conocimiento del gremio pocos le hacen sombra.

Antes de la parte acústica de la velada arremetió con la acelerada “Cortar por la línea de puntos”, otra de las mejor acogidas de entre su más reciente colección, así como con la más cálida “Diazepam”, que por más inesperada fue de las que más cautivaron. Esta última contó con un gran trabajo a los coros de Mariana Mott, una multiinstrumentista, encargada también de la percusión, que lució sus dotes vocales en muchos otros momentos y aportó los matices justos que complementaron a la perfección la voz de Leiva y los también acertados coros de Juancho. Pero donde el madrileño consiguió verdaderamente que se nos erizase la piel fue en “Vis a Vis”. Es habitual en sus conciertos, pero esta vez se hizo más especial por la forma en la que deslizó sus dedos por el mástil de su acústica. Hizo magia, algo que también consiguió gracias a que el público, al menos durante esta canción, dejó los móviles y lucecitas a un lado y se centró, a petición del propio Leiva, sencillamente en escuchar. Si esto es lo verdaderamente mágico es porque la música sigue teniendo ese poder, por encima de redes y modas. Ojalá cada vez haya más momentos como éste en los grandes conciertos. Más música y menos distracciones. Si los artistas más consagrados lo están pidiendo en sus actuaciones será por algo. Y cierto es que son estos momentos, de tú a tú aunque estés con más de veinte mil personas a tu alrededor, los que merecen la pena.

Desde aquí y hasta el final se sucedieron muchas ocasiones para retrotraerse a los años compartidos junto a Rubén Pozo. Sonaron desde una temprana “Pienso en aquella tarde” hasta las más inspiradas, pero igualmente radiables, “Como lo tienes tú” (con ese conmovedor guiño al “Hey Jude” de los Fab Four) o “Estrella Polar”. Tampoco se olvidó de “Lady Madrid”, que en esta gira queda reservada para antes de salir de escena, previa a los bises. Una canción con la que toda la banda vibra como si fuera la primera vez que la tocasen (y eso que no hay otra más popular en su repertorio) y con la que Leiva nos dispara con su telecaster para dejarnos heridos hasta la siguiente tanda de riffs marca de la casa. 

La vuelta al escenario le hizo elevar las manos al cielo para acordarse de su querido Robe Iniesta interpretando otra de sus gemas, la obligada a pesar de su juventud “Caída Libre”. Una de las mejores postales para definir la depresión y buscar cobijo. Una canción terapia que no suena oportunista, simplemente necesaria. Que alguien como Leiva se atreviese a hacer canción un sentimiento tan escondido y a la vez tan universal no deja de ser un gesto de generosidad y valentía. Porque eso sí, Leiva podrá tener mucho éxito y ser ahora mismo uno de nuestros artistas más reconocidos, pero sabe buscar la palabra precisa y estar en su sitio, más allá de dimes y diretes.

Había ocurrido el día anterior, pero prometieron que aquí también pasaría. Iván Ferreiro salió a escena visiblemente emocionado y agradecido por compartir con su amigo esa pequeña joya que es “Breaking Bad”. La acometieron con levedad y desnudez, como había ocurrido en el concierto del gallego del día anterior, aunque no tardaron en salir a escena Amaro Ferreiro y la Leiband para hacer magia entre todos desde la playa vacía del vigués con esa “Turnedo” que ya es patrimonio del pop nacional. Se atrevieron incluso a mezclar algunos clásicos en su coda, sonando desde “It’s only Rock and Roll” de los Stones a “Inbetween Days” de los Cure, para terminar como no podía ser de otra forma, con todo el público en éxtasis entonando “Insurrección” de El Último de la Fila. Los que habíamos estado el día anterior en el concierto de Ferreiro pudimos ver algo distinto dentro de la evidente similitud. Un regalo que se convirtió en lo más memorable de ambas veladas. Los mejores artistas de nuestro pop-rock en un doblete para la historia. Así de sencillo.

La Leiband volvió a brillar consiguiendo ese toque arrebatador y más que inspirado en la necesaria “Como si fueras a morir mañana”. No nos olvidemos que esto es el concierto de una banda, no exactamente el de un artista solista. Porque en la Leiband todos suman, desde “Niño” Bruno a César Pop o Manolo Mejías, fieles escuderos de los hermanos Conejo Torres (algunos desde los últimos años de Pereza). En éxtasis, así consiguieron que nos sintiéramos los ocho músicos que habitaban las recién estrenadas tablas del prefabricado estadio zaragozano. Agradeciendo el cariño, acogimiento y respeto del público maño, con un agujero más en el cinturón y todo el rock a sus espaldas, Leiva volvió a hacernos flotar con la liviana, pero siempre efectiva, “Princesas”. Presentaba su álbum más maduro, pero a la vez tuvo más tiempo que en ninguna otra de sus giras anteriores para volver sobre los pasos de la joven banda que le hizo grande. El origen y el fruto de todo ello tras el paso de los años de la mano, en una velada en la que podrán trascender los números, pero por encima de todo lo harán las emociones, que nos hicieron aullar de placer toda la noche.

Juana Everett: "La caída de los mitos me ha ayudado a vivir mi camino en la música de forma más auténtica"


Por: Kepa Arbizu. 
Fotografías: Cristina Jul.

Nada hay más loable y satisfactorio que partir sin restricciones en busca de los sueños propios, una determinación que sin embargo también conlleva el riesgo de no hallar en ellos las respuestas esperadas a nuestras ilusiones. Una incertidumbre que no detuvo a esta compositora madrileña, que abandonó su establecida vida para tomar destino a Estados Unidos, cuna de todos aquellos sonidos que siempre habían conquistado sus gustos. De ese tránsito, repleto de satisfacción pero igualmente de la desazón que genera habitar un nuevo espacio que muestra una cara quizás no tan idílica, se alimenta un nuevo trabajo, “Past Lives in California”, que se expresa más directamente ligado a la tradición rítmica americana. Un territorio hecho de raíces ancestrales dispuestas sobre un suelo de regusto intrigante y ambientación paisajística, un lugar por el que también caminan Tift Merritt, Joana Serrat (con la que además ahora comparte sello, Great Canyon Records), Sierra Ferrell o Midlake, y sobre el que ahora deposita sus fascinantes huellas una Juana Everett con la que hablamos sobre este excelente nuevo disco.

Musicalmente este disco me parece más ligado al sonido clásico americano. Más allá del aporte emocional que te han proporcionado los años que llevas viviendo en Estados Unidos, ¿en cuánto a ese aspecto sonoro también has ido interiorizando más la propia naturaleza de sus ritmos? 

Juana Everett: Sin duda. En Los Angeles tuve la oportunidad de explorar varios géneros y distintos tipos de artistas, ya que la escena de allí es muy ecléctica y te permite escuchar propuestas de todo tipo, pero siempre he gravitado hacia las raíces y los sonidos más clásicos de la llamada Americana (Folk, Blues, Country…). Son estos con los que más me identifico de forma natural, y viviendo allí los he interiorizado a un nivel muy profundo. 

Y el hecho de trasladarte de Los Angeles a Nashville, donde has grabado el disco, ¿crees que ha influido también en darle ese tono más campestre? 

Juana Everett: Decidí ir a Nashville por motivos personales, ya tengo familia muy cerca, y porque siento mucha conexión con todo lo que artísticamente sale de allí. Quería empaparme de forma más cercana de todo ello. Era el paso más natural para mí, tanto a nivel personal como artístico; ¡y no me equivoqué! 

Estamos ante disco muy variado, hay western, rock, canciones desnudas a piano e incluso acercamientos más contemporáneos en “Under The Covers”, no parece que sea de tu interés realizar un ejercicio de estilo únicamente… 

Juana Everett: Para mí mandan las canciones por encima del estilo. El objetivo siempre ha sido la autenticidad, construir esos temas priorizando la emoción y lo que quiero contar a través de ellos. Me gusta la belleza de combinar estilos que se tocan y dialogan unos con otros. 

Teniendo en cuenta esa variedad de ambientes, y tomando como ejemplo un tema como “One Million Dollars”, donde la ensoñación de atracar un banco adopta ritmos de western, ¿has buscado conscientemente hacer de cada canción una postal identificativa que cuente con una banda sonora afín a su temática? 

Juana Everett: No fue una decisión consciente, pero sí creo que en los últimos años he comenzado a explorar otras identidades a través de la música, o quizás el propio concepto de identidad en sí mismo. He seguido componiendo mucho desde las experiencias personales, pero también me he dejado sentir de otras maneras, y he escrito mucho desde la empatía con historias y vidas que se han cruzado en mi camino y me han tocado de una manera u otra. Cuando empecé a mirar mi nuevo repertorio como un conjunto, vi que existía ese hilo conductor en el que cada canción parecía narrar una vida, real o imaginada, que de algún modo sentía mía. 

¿No son las historias de este disco tan autobiográficas como se podría suponer? 

Juana Everett: Aunque algunas historias no narran una realidad propia, la emoción sí que lo es. Por ejemplo, en “One Million Dollars”, lo cierto es que nunca me he visto al borde de cometer el crimen que describo (Risas), pero si he sentido esa desesperación, ese hartazgo con el mundo, esa rabia y esa necesidad de rebelión. Algunas de estas emociones no están socialmente aceptadas en las mujeres, pero necesitaba sacarlas, quizás desde otra versión de mí misma. 

El disco se abre con la nostálgica “Bring Me Back”, ¿se trata más de una añoranza sentimental o geográfica?

Juana Everett: Diría que es más sentimental, es una nostalgia por un tiempo en el que las cosas eran más sencillas, en el que sólo me ocupaba del presente y las pequeñas cosas me producían una satisfacción enorme. Hay mucha sabiduría en la infancia. “Bring Me Back” trata de reconectar con esa perspectiva de la vida, pero tiene esa gota de nostalgia, sabedora de que algunas cosas nunca vuelven.

Creo que por encima de todo este es un disco donde se refleja la obstinación por oponerse a los malos tragos y poner en primer término seguir el propio camino. ¿Es ese el ánimo que ha dominado a la hora de componer este trabajo? 

Juana Everett: Creo que ese es el ánimo que domina toda mi vida, (risas). He vivido muchos cambios, muchos capítulos inesperados y giros en el camino. Me he preguntado mil veces qué estoy haciendo, pero siempre trato de aferrarme a mi intuición, y a saber que esta vida es mía y he de vivirla como yo crea, aunque me equivoque. 

A lo largo de los temas también aludes a ciertos arquetipos sobre el imaginario estadounidense que desde fuera tenemos, ¿tu propia experiencia y estas canciones tienen algo también de esa desmitificación de determinados conceptos e ideas? 

Juana Everett: Absolutamente. Creo que una de las lecciones más valiosas de vivir en Los Angeles ha sido la caída de sus mitos. Darme de bruces con las ilusiones fabricadas y observar las cosas tal y como son me ha ayudado a aterrizar en el mundo de otra manera, y a vivir mi camino en la música de forma más auténtica, más verdadera y fiel a mi misma. Hay un dicho que dice “Don’t meet your heroes”, y yo digo “meet them!” Date cuenta de que son personas como tú, con sus más y sus menos, sus errores y sus golpes de suerte. Hay algo liberador en esa experiencia. 

El disco ha sido producido por Alex Muñoz, otro madrileño afincado en EEUU que como tú fue allí en busca de su sueño musical, ¿esa condición y la lógica cercanía emocional con tu experiencia ha influido en la decisión de contar con él o ha sido resultado exclusivamente de una cuestión musical? 

Juana Everett: Por supuesto que todo eso ha influido, cuando decides vivir tu vida, ésta te pone en el camino a quien debes encontrarte. Desde el principio sentí una gran conexión personal con Alex. Tuvimos infancias muy cercanas, y fuimos a conocernos muchos años más tarde a miles de kilómetros de nuestra ciudad natal. Fue en el lugar adecuado, en el momento adecuado. Desde el principio supe que tenía que trabajar con él, que él entendería a nivel profundo mis canciones. Y así fue. 

Cada uno de tus dos discos cuenta con un plantel de músicos distintos, ¿es consecuencia de la casualidad y las posibilidades surgidas en cada momento o refleja una preferencia por buscar un acompañamiento acorde con lo que te pide cada disco antes que tener una banda de apoyo fija?

Juana Everett: Siempre me ha parecido preciosa la idea de una banda fija, un grupo de amigos que son casi tu familia, pero cuando llevas una vida medio nómada como la mía, resulta bastante difícil. Cada momento y cada disco me ha llevado a rodearme de un equipo diferente, y me siento enormemente afortunada por todas y cada una de las personas que han puesto su granito de arena en mis canciones. Tengo la suerte de trabajar con gente a la que admiro mucho, y espero seguir haciéndolo, sean los mismos o vayan cambiando. La vida dirá. 

Del mismo modo, vuelves a contar con colaboraciones de renombre, en este caso Dylan LeBlanc y Nicki Bluhm, ¿qué pretendes obtener cuando piensas en algún nombre para que participe en alguno de tus temas? 

Juana Everett: Pretendo darle a cada canción todo lo que se merece, y por supuesto siempre trato de rodearme de talento al que admiro y del que quiero aprender. Creo que las colaboraciones de Dylan en “Whatever It Takes” y de Nicki en “What A Swell Party” son muy naturales, porque cada uno de ellos empatiza con la temática de cada canción. Lo vimos muy claro. Y para mí no hay nada tan satisfactorio como que músicos y profesionales a los que respeto profundamente quieran formar parte de mi trabajo. Contar con Dylan y Nicki ha sido un regalo enorme, y un gran chute de autoestima. 

Si tenemos en cuenta que el tema “What a Swell Party” comienza reflejando el cansancio de la gran ciudad y la necesidad de volver a la naturaleza, y que el disco tanto en forma como en fondo resulta muy visual, ¿son los paisajes un elemento tan importante para tu inspiración y para tu propia vida como parece desprenderse de este disco? 

Juana Everett: Desde luego que sí. Tengo una memoria muy visual y acudo mucho a paisajes, colores y elementos visuales para inspirarme. Con este disco me he dado cuenta más que nunca de esto, por eso he querido acompañar varios de los temas con videos que reflejan estos imaginarios. Siento que hay elementos muy cinematográficos en mis canciones y ha sido muy bonito poder recrear algunos de estos mundos. ¡Os animo a verlos en mi canal de YouTube! 

“Donde todo se queda” es la única canción interpretada en castellano, y también a piano, ¿utilizar tu idioma materno es sinónimo de que pretendes contar algo especialmente íntimo y trascendental? 

Juana Everett: No necesariamente. En mi casa siempre estuvo muy presente también el inglés y para mí es una lengua tan íntima como el castellano. Mi forma de escribir es muy íntima en general, y me siento más cómoda escribiendo en inglés porque es la lengua que mejor fluye en el género al que me dedico. A veces el castellano se abre paso en mis composiciones, pero no siempre funciona. En el caso de “Donde Todo Se Queda” fluye bien porque al ser un tema lento, se crea el espacio que creo las palabras necesitan. 

Teniendo en cuenta que has residido y desempeñado tu carrera musical tanto en España como en EEUU, ¿son muy diferentes las condiciones y la propia naturaleza de ese ámbito musical en ambos lugares ? Y ¿con cuál te quedarías? 

Juana Everett: La industria musical en general está más desarrollada en EEUU, eso es indudable. En España están avanzando muchas cosas, pero no existe mucha red y seriedad en las escenas más independientes. Creo que esto también tiene que ver con la cultura global de cada país. El americano está mucho más acostumbrado a la música en directo, a pagar 15 dólares una noche cualquiera por ver a un artista que no conoce, sólo por curiosidad. Hay un respeto más profundo hacia la profesión. Me da rabia decirlo, pero es así. En España gustan mucho los festivales y la fiesta, pero no hay tanta curiosidad por la labor del “cantautor”, de los contadores de historias en forma de canciones. No es una tradición cultural tan arraigada como en EEUU. Y en cuanto a los estilo a los que me dedico, hay muchísimas más propuestas allí, claro, por eso me fui. 

Hay un dicho popular que dice ten cuidado con lo que deseas porque podría hacerse realidad, según tu propia experiencia ¿qué le dirías a esa frase? 

Juana Everett: Le diría: mientras tengas claro lo que quieres, no tengas cuidado. Ve a por todas. Esta vida es tuya.

Iván Ferreiro: Marcharse y aguantar


Sala Multiusos del Auditorio de Zaragoza. Viernes, 26 de junio de 2026 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Cierro los ojos, pero lo veo todo claro. Un pensamiento circular me atrapa. Hoy todo está tan bien que nada lo puede estropear. Hoy toca celebrar con Iván Ferreiro treinta y cinco años encima de un escenario. Por eso Zaragoza se preparó para recibirle como nunca antes había hecho. La sala Multiusos se encontraba llena hasta la bandera y su temperatura subió de forma instantánea antes incluso de que se levantara el imponente telón de leds que encapsula el escenario. Tras ese telón en red que deja ver a la banda como si estuviera encerrada en su particular local de ensayo, los siete músicos que se reunieron en torno a estas canciones encararon el arranque con la revisión de "Hoy por Ayer", canción que además da nombre a esta gira irrepetible. 

Y digo irrepetible porque nunca hemos visto a Iván así antes. Es un músico al que siempre encontramos relajado encima del escenario, pero quizá esta vez se encuentre todavía más seguro. Moviéndose de lado a lado de las tablas sin tener que refugiarse detrás de sus cacharros, teclados y modulares. Está disfrutando de cada tema, pero sobre todo de aquellos que llevaba tanto tiempo sin tocar. Esos que quedaron detenidos en el tiempo tras echar el cierre a Piratas y que ahora los siente libres en su segunda vida. Sin ataduras ni rencores. Mejor que nunca. Por eso nos sorprende que no le ponga pegas a encarar rápidamente "Muertos", a mi gusto una de las más desgarradoras de aquel definitorio "Ultrasónica", o "Jugar con los coches", que de inesperada se torna más incisiva si cabe, ayudado por los juegos de guitarras del propio Emil Sáiz desde el extremo derecho del escenario. En el izquierdo se encuentra Amaro, más comedido que en otras ocasiones, pero controlando desde su serenidad que todo fluya. La mano derecha de su hermano, que es mucho más que el autor de "Turnedo", es el que imprime el carácter y la presencia en un escenario donde no falla nada ni nadie. Desde las luces a la precisión de cada músico. Gana enteros Sergio Martínez Puga, muy presente con la acústica o los teclados, y la contundente presencia de Ricky Falkner, que imprime a sus líneas de bajo algo más que carácter junto a la maquinaria bien comandada por la batería de Mole.

Hay otra voz discreta pero esencial en este cuerpo escénico. Hablo del imprescindible Pablo Novoa, historia de nuestra música, aunque ya podríamos decir que lleva más años al lado de los Ferreiro que junto al resto de destacadas bandas de las que ha formado parte. Tampoco se crece ni destaca, pero da lo que necesita cada canción, desde atrás, sin hacerse notar, pero haciendo todo mucho más grande. Esa es la magia de los músicos que acompañan a Iván, una banda que no es un grupo de acompañamiento, es una banda en sí misma. Una de las mejores y más consistentes de nuestra escena, aunque claro, con esta materia prima es difícil no destacar.

"Aunque creí que nunca más sería capaz de comenzar, la fantasía es una vía". Esta es nuestra fantasía, la que Iván nos ofrece a retales. De "Toda la Verdad" a "Casa", esa en la que se transformó la sala Multiusos donde estaban todos los que importan, con los que Ferreiro lo comparte todo. Y como él mismo advirtió desde el principio, había venido a dárnoslo todo y por eso prefería que las canciones hablasen solas e ir del tirón. Salvo esas palabras, apenas pronunció ninguna más en el resto del show, pero no importaba, hablaban las canciones, un compendio muy equilibrado entre su repertorio solista y el de Piratas. No olvidemos que ésta es una gira que conmemora toda su carrera hasta el momento, pero aún así tampoco creíamos que Piratas acaparase tanto protagonismo, desde la intensa brevedad de "Inerte" a la conmovedora "M" (ambas habituales en sus últimas giras), aunque lo sorprendente fue encontrarnos después de tanto tiempo con la sentida "Te echaré de menos" o con esa plegaria en forma de segunda oportunidad, la trascendente "Reiniciar". Con ella puse mis datos a cero, para volver a empezar, y sin darme cuenta ya estaba atrapado. No sabía si era sudor o lágrimas, o más bien intensa comunión y comunicación. Mis ojos seguían cerrados por momentos, como queriendo encapsular estos momentos o retrotraerme a aquellos en los que descubrí estas canciones, pero por muy cerrados que los tuviera solo encontraba luz. A veces es mejor cerrarlos para encontrarse con uno mismo y sentir con plenitud, y precisamente eso es lo que estaba viviendo. No hay nada mejor.

"Extrema pobreza" volvió a ser una muestra patente de la intensidad con la que se entrega Ferreiro cada noche. Todo parece brotarle de forma natural, pero no da puntada sin hilo. Y si ésta nos hace bajar, el contrapunto para subir lo encontramos en las más coloristas "El Dormilón" (un tratado de resiliencia y compenetración) o "Pájaro Azul". El seductor riff de "Fecha Caducada", de la mano de un desbordante Emil Sáiz, nos hace levitar, aunque flotamos realmente con su sensacional estribillo. Cantamos a pleno pulmón, soñando con esas noches en la Oasis en las que escuchamos por primera vez canciones como ésta y el mundo cambió para aquellos pocos afortunados que se convirtieron en fieles, no tanto de la banda viguesa en sí misma, sino de una forma de entender la música. Esa forma que conecta directamente con "Ciudadano A", que después de mucho tiempo volvió al setlist y nos dejó un abrazo entre Amaro e Iván para el recuerdo, de los que se sienten entre todos los presentes. Los dos hermanos como un todo, encontrando apoyo desde antes incluso de que Iván reiniciase tras los difíciles años de "Relax". Eso han sido siempre los dos, conectados y compenetrados, un monstruo de dos cabezas que exuda una infinita entrega del uno hacia el otro.

Es cierto, no puedo escuchar a Iván Ferreiro de forma objetiva. Forma parte de mí. Entré en su mundo hace mucho tiempo (hago recuento y son ya treinta años, demasiado como para no considerarlo familia) y no pretendo salir de él. Me atrapa su “pensamiento circular” y no puedo evitar volver. Esta vez compartió la magia de esta canción con otro de sus hermanos, un Leiva que apareció en el escenario no como sorpresa, pues muchos ya sabíamos que colaborarían juntos tanto en éste como en el concierto del madrileño del día siguiente, pero sí como apoyo sincero. Leiva se acomodó en la "casa" de Ferreiro y se lanzaron a compartir "Breaking Bad", así como una versión de "Promesas" más desnuda que, como todos sabíamos, iba a terminar en una "Insurrección" desbocada. Después de esta intensidad nos repusimos al calor de la ranchera "SPNB", aunque seguidamente subiríamos las revoluciones de nuevo con la explosividad de "Mi matadero clandestino" y con la frenética "El viaje de Chihiro". No faltaba nada. Apenas echábamos de menos canciones, pues el show fue un continuo sube y baja alternando lo más evidente con lo menos esperado. Un cóctel realmente certero.

No iba a haber bises, pero sí bajarían una vez más el telón de leds para desbordarnos con la impactante "Teching", que con su final programado y explosivo nos llevó hasta una de las canciones más confesionales del gallego, aunque a decir verdad, ¿cuál no lo es? "En el Alambre" volvió a encogernos el pecho y a coquetear con la entropía, aunque en este caso la dispersión de energía en la Multiusos fuera entendida como un acierto a compartir más que como la pérdida del orden y la llegada del caos. Con Ferreiro no existe ese caos, hace tiempo que lo suyo es el equilibrio y sí, quedó demostrado con creces que ese equilibrio es posible. Un equilibrio que se concretó de nuevo no sólo en la canción que lo lleva por título, sino también en otras como "Años 80", que enfiló la recta final y, como cada vez que la escucho, se convirtió en emblema. No podía estar la banda más arriba ni el público más entregado. Iván ha aprendido a amar esta canción casi tanto como su público, que la adora, porque tiene imán y volvió a demostrar su tremendo magnetismo, algo similar a lo que ocurrió antes de ver el fin con "Cómo conocí a vuestra madre", devolviéndonos las ganas de comernos el mundo, aunque a decir verdad, esa sensación no dejamos de tenerla ni un momento durante todo el concierto.

A estas alturas, tan agotados como dichosos, todos esperábamos "Turnedo", que como ya es costumbre, siempre viene de la mano de la primera estrofa de "Diecinueve" de Maga. Ambas se han hecho inseparables, siamesas, pero la magia del tema más redondo de la historia de nuestra música en lo que va de siglo se la debemos al bueno y discreto de Amaro Ferreiro. "Turnedo" nos deja ver la playa cada noche y nos recuerda que siempre podemos volver a empezar si dejamos que corra el aire. ¡Es tan necesario saber decir adiós! Marcharse y aguantar. Pero yo no quiero despedirme de Iván, ese cómplice que parece que sepa decir justo lo que necesitas en cada momento, ese prestidigitador de lo cotidiano, ese hermano que me aguarda en cada una de sus canciones, que de tanto escucharlas ya son casi más mías que suyas. Quizá sea ese el sino de su música, hacerse un hueco en nosotros, perder su autoría para ser de cada uno que verdaderamente las sienta. Y está claro que el último viernes del presente mes de junio varios miles de zaragozanos así lo hicimos. Cerramos los ojos y las sentimos. ¿Podrían haber sido otras? Sí, pudimos echar en falta algunas, pero éstas fueron las justas para llenar el concierto más generoso y personal que he visto del gallego.

“Mi coco me dice que hoy mi vida entera pasará ante mis ojos y pediré perdón”. No pedí perdón por emocionarme como nunca durante estas dos horas intensas (una emoción totalmente sincera que podrán corroborar fácilmente los que estaban conmigo), pero mi vida entera sí que pasó ante mis ojos, porque soy cada vez más consciente de que llevo toda la vida detrás de estas canciones; detrás de Iván y de su infinita playa. No toca “marcharse” por el momento, aunque vaya dejando atrás escenarios, pero ante semejante derroche de talento y verdad, solo queda “aguantar” hasta la próxima vez. Estaré esperando.

Pablo Carrascal: “Year of the Snake”


Por: Kepa Arbizu. 

Los mismos elementos simbólicos son utilizados por las diferentes culturas bajo significados muy dispares, incluso antagónicos, lo que delata la multiplicidad con la que los seres humanos son capaces de interpretar y codificar su realidad. Si la serpiente negra sobre la que cantaba el mítico bluesman Blind Lemon Jefferson se desplazaba amenazante cargando consigo angustiosos miedos y anhelos, dicho reptil -sin importar su color- para el imaginario chino ostenta un papel sagrado, encarnando en su figura virtudes como la sabiduría y la capacidad de adaptación. Aptitudes que le permiten alojarse en el horóscopo y por lo tanto ostentar el dominio de ciertas páginas del calendario, entre ellas, las del 2025, un año observado por esos inquietantes ojos que sin embargo bajo las costumbres del país asiático alojan una lúcida intuición. Teniendo en cuenta esos antecedentes, no parece osado intentar traducir el concepto vital que se esconde tras el título del nuevo disco de Pablo Carrascal, “Year of the Snake”, el que, más allá de servirse del almanaque oriental, otorga al viscoso desplazamiento reptiliano la representatividad de una época de cambio y sus consiguientes alteraciones en el ecosistema propio.

Fueron las calles de Córdoba -en el sentido estricto de la palabra- el escenario primigenio donde este compositor andaluz encontró su primer teatro de los sueños, un público ambulante al que ahora ha decidido escuchar en otro idioma expresar perplejidad ante su arte, trasladándose hasta Irlanda para hacer de sus barrios, esquinas y en definitiva de unas tablas sin techo, el renovado entorno donde hacer renacer, o reproducir, sus actuales pulsiones sonoras. Sea por una adicción al espíritu nómada, por las necesidades del momento o simplemente por abrir un nuevo vértice en su carrera, la única realidad es que ese desplazamiento ha traído en paralelo la publicación de un nuevo álbum, causa o consecuencia de ese acontecimiento, que anuncia sin complejos la existencia de un descomunal talento para hablar por boca de unos sonidos americanos ilustrados por una terrosa y emocionante tradición.

Mientras que se debutante trabajo, el EP “Come to Realize”, nos ofrecía a un hombre escoltado casi en exclusividad por su guitarra, manteniendo el clásico arquetipo de vagabundo intérprete, su continuación es un ensanchamiento de ese perfil, no solo en cuanto al número de temas grabados, de nuevo registrados en su refugio predilecto, los Magnetic Pie Records, y bajo la conducción de Alejandro Sánchez sino sobre todo en lo concerniente a un aporte instrumental que, sumado al habitual acompañamiento de Alfon Aguilera en la pedal steel , añade algunas exquisitas presencias, como la batería de Joaquín Portillo y especialmente la que responde al nombre de Raúl Bernal, genial e identificativa firma posada sobre las teclas. Un episodio que por lo tanto no es reflejo exclusivo de unos pasos errantes dictados en solitario, son también huellas compartidas que su estela, ampliada por el número de ellas, dibuja un plano de fronteras dilatadas. Geografía sonora y existencial destinada a esquivar cualquier domicilio fijo pero revelada bajo lo que es ya el surco identificativo adjudicado a la imponente y escalofriante personalidad de este peatón trashumante. 

La primera y exuberante sorpresa con la que se va a topar el oyente novato en el artista andaluz es su corpulenta y rasgada voz, que parece directamente donada por el más curtido y sobrecogedor songwriter, características muy lejanas a su verdadera fecha natalicia. Una condición interpretativa que ensalza todavía más el, asumido con absoluta naturalidad, papel de trovador campestre. Expresividad que a lo largo del álbum se va a debatir entre su formulación más despojada y una sustentada en un mayor poso instrumental, dualidad respetuosa en todo momento con la extrema sobriedad que caracteriza a un estilo donde, si sus profundas cuerdas vocales retumban, al igual que un teclado emergiendo desde lo más ancestral, no lo hacen menos las pulsadas sobre una guitarra que aparece prístina para convertir el paisaje irlandés en territorio casi mítico en “Deep Water”. Una canción que estrena y certifica como esencial referente, a la hora de buscar un reflejo en estas canciones, al crepuscular y colmado de emoción Johnny Cash de las American Recordings. Ceremonial y grandiosa figura que muta en la de otro forajido contemporáneo que responde al nombre de Malcolm Holcombe, quien parece tutelar el folk recitativo de la composición titular, y que como tal, acata los incontrolables caprichos solicitados por todo camino emprendido. 

En esa constante búsqueda de las raíces que representa la música de Pablo Carrascal, encontramos trayectos con domicilio común pero conducidos bajo matices diferenciadores, porque mientras el honky tonk de “Homesick”, vindicación del paso migratorio a la vez que sátira sobre los infortunios de la estabilidad, se presenta armado de su configuración clásica, la presente por ejemplo en las manos de Waylon Jennings, “Fivers and Tenners” asume ese imaginario a través de la única compañía ejercida por la guitarra; la misma que rasgará con vehemencia en “Lady Raw” para enfrentarse a los desmanes románticos. Aciagos encuentros amorosos expuestos sin embargo con vulnerabilidad en la desnuda “To be a Tree”, demostración de la constante alternancia de sentimientos que van anidando en cada canción, donde el intimismo, propio de otro joven genio como Colter Wall, que acompaña al doloroso retrato costumbrista de “Mary and the Moon” se teñirá de melancolía para “Missing Smile”. Pasajes anímicos que musicalmente tienen su vértice más roquero, un ambiente en el que se sentirían cómodos Gurf Morlix, John Hiatt o Otis Gibbs, en “Country Star”, donde su narrativa es observada desde la lente cinematográfica de John Ford. Y es que quizás sean esos cuatreros sucumbidos al paso del tiempo los más dignos protagonistas de este relato vital. 

Escuchando con perplejidad “Year of the Snake”, costaría, si no contásemos con información previa, asignarle un espacio temporal concreto, algo que para este tipo de música no es solo un elogio, también y principalmente la conquista eternamente anhelada. La portentosa voz de Pablo Carrascal se antoja casi como un atributo de origen desconocido otorgado a cambio del compromiso para ejercer como orador de sentimientos universales, un requisito asumido por otra parte de manera sobresaliente. Si a la postre monarcas en su género, como BB King, nacieron cual plebeyos tocando en las avenidas de Misisipi, no es atrevido afirmar que este músico andaluz podría ser lícito heredero de un recorrido similar. Quizás su reinado represente a una nación sonora más austera y anónima, pero eso no impide sentirla como una residencia a la que encomendarse constantemente.

Tedeschi Trucks Band: "Future Soul"


Por: Juanjo Frontera. 

Tras el titánico esfuerzo que para la banda capitaneada por el matrimonio formado por Susan Tedeschi y Derek Trucks supuso la inabarcable y casi mística odisea cuádruple de "I Am the Moon" (2022) se imponía hacer algo diferente. Y vaya si esto lo es: no hay más que ver la distópica (y no exenta de polémica) portada de "Future Soul", el disco que presentan este año, para darse cuenta de que ha habido una convulsión en la fuerza. 

Pero no se asusten, la TTB sigue siendo un regalo divino: la alianza perfecta (sentimental y profesional) de dos de los más líricos y excepcionales guitarristas que ha dado el blues rock -una de ellos armada de una voz de las que mueven montañas- con una caterva de músicos no menos superlativos y con los que ya hace años que han alcanzado la sinergia total sigue funcionando a pleno pulmón, solo que ahora tocaba darle un giro al timón para oxigenarse y no perder ese entusiasmo que es esencial para, precisamente, seguir siendo quien son.

Un giro de timón que tiene un nombre: Mike Elizondo, un tipo acostumbrado a trabajar con Dr. Dre y a producir éxitos pop modernos que poco o nada, en principio, tienen que ver con el sonido sureño, sudoroso y anclado en valores tradicionales que se espera del liderazgo de Susan y Derek. De modo que los mismos que se llevaban las manos a la cabeza al ver esa especie de recreación del apocalipsis salida de un cómic de Marvel que hay en la portada, al saber esto probablemente se tiren del puente más cercano. Pero de verdad, que no cunda el pánico, porque esta gente es plenamente de fiar. 

Lo que pasa es que toda esa mística y tendencia a la jam de la que quedaron saciados con su mastodóntica obra anterior ha abierto paso a una concreción, una búsqueda de la melodía y el gancho en su modo de entender el rock, que a la TTB le ha sentado fenomenal. El sonido recibe un brillo habitualmente aplicado a canciones muy diferentes, sí, pero el caso es que funciona a las mil maravillas. O a ver quién puede poner pegas a un trallazo tan adictivo como es “I got you”, uno de esos hits instantáneos que le alegran a uno la vida. 

Pero eso es solo un argumento y aquí hay mucho más para convencer: el inicial sonido sleazy y swamprockero de “Crazy cryin’” pronto deja paso a una sección de vientos y un estribillo infinito, casi de himno gospel, que arrebata al más escéptico. Suma y sigue: “Who am I”, coescrita con Gabe Dixon, es un exquisito y pastoral medio tiempo que completa una tripla inicial absolutamente espectacular. Pero es a partir de la mitad del disco cuando el concepto de este “soul del futuro” cobra realmente vida: el portentoso músculo rock de la canción titular demuestra que la banda sigue siendo capaz de morder suene como suene. Un verdadero directo al estómago que es seguido por la sutilmente funky “Under the knife”, en la que el diálogo de guitarras exhibe claramente la envergadura de nuestros protagonistas, algo que se hace todavía más plausible en el hipnótico blues de “Devil be gone”, con esos coros tan impresionantes que proyectan todo al infinito. 

Y es que al final, lo que convierte a este trabajo en uno de los hitos de la temporada es su absoluta falta de cinismo. En un panorama musical dominado por la ironía posmoderna y el desapego digital, la Tedeschi Trucks Band firma un refugio de fe en la música orgánica que perfectamente puede resonar en cualquier playlist actual. Canciones como "Shout Out" o el broche final con "Ride On" no aspiran a inventar un nuevo lenguaje, sino a recordarnos con pulso atemporal por qué nos enamoramos de esto en primer lugar: por el milagro de un grupo de seres humanos mirándose a los ojos en una habitación de Jacksonville y logrando que la madera, el bronce y las cuerdas rujan al unísono. Un disco monumental que no mira al futuro con miedo, sino con el alma bien armada.