Aitor Ochoa & Mad Mule: “Off the Grid”


Por: Kepa Arbizu. 

Cada cual cuenta con su propia historia escrita durante ese impuesto aislamiento social consecuencia de las restrictivas medidas pandémicas. A pesar de su dramática singularidad, aquel “contagioso” tiempo en realidad significó la extrema manifestación de muchos fantasmas que ya rondaban latentes a nuestro alrededor. Aunque sus gélidos alientos habían pasado desapercibidos entre el ruido rutinario, probablemente su presencia siempre estuvo ahí, apostada y deseosa de servirse de una fisura en nuestras artificialmente ajetreadas vidas, en este caso encarnada en un grito de advertencia con carga vírica, para hacer su estruendoso acto de aparición. Pero también, y dando cuenta del pésimo sentido del humor que a veces le gusta demostrar al destino, esa aleatoria tirada de dados que dirime el futuro se confabuló en ocasiones para citar dicha incertidumbre global con una más personal, haciendo del paisaje solitario que se observaba más allá de los cristales una réplica del desastre mudo reflejado en la propia alcoba. Una confluencia de apocalipsis cotidianos que zarandearon, y desarmaron, la vida de Aitor Ochoa pero que en paralelo alentaron la creación de un álbum sublime, hijo por igual de ese desconcertante nuevo estado y de esa majestuosa inspiración que solo acude a la urgente llamada del profundo desamparo.

Pero la zozobra emocional contenido en este “Off the Grid”, y trasladado a través de un rock inyectado de visceralidad eléctrica, parecía no quedar satisfecha con anidar exclusivamente entre sus canciones, extendiendo sus vacilaciones también al mismo hecho de su publicación. Ha tenido que ser casi un año después de estar alojado en plataformas de streaming cuando FOLC Records, y tras truncarse otra acordada edición previa en formato físico, haya salido al rescate para evitar que un álbum de estas dimensiones artísticas quedara huérfano de su condición de tesoro tangible. Una mano tendida que nos permite ver girar sobre el plato un desfile de espectros (humanos) a los que se les concede el habla a través de esas privilegiadas guitarras capaces de ejercer como portavoces del desgarro más íntimo.

Si como dicta el cancionero popular, la salud, el dinero y el amor conforman los tres pilares esenciales sobre los que se sustenta una deseosa estabilidad, la desintegración -al menos parcialmente- de todos ellos en el ecosistema del músico cántabro, resultó lo suficientemente trascendente como para copar el sustento de unas composiciones que ya habían comenzado su recorrido antes de aquellas primeras toses que estremecieron al mundo. Con el habitual paso restringido impuesto durante aquellos años, estos temas fueron configurándose entre la artesanía individual y los ocasionales tomas de contacto grupales. A pesar de ese inevitable errático itinerario, el álbum iba tomando forma, como su propio nombre indica, sumando múltiples desconexiones hasta dar a luz a un repertorio sobresaliente, que en su forma y fondo estaba siendo testigo, y a su manera protagonista, del derrumbe -particular y global- de unos muros de carga existenciales que de una mañana a otra mutaron en afligidos recuerdos.

Aitor Ochoa, integrante de los ya extintos y geniales Soul Gestapo, firma el segundo disco de su actual proyecto, acompañando a su nombre del apellido Mad Mule, dando no solo continuidad a la arrebatadora inauguración que supuso “All These Words Will Die Before The Morning”, sino consiguiendo aunar de una manera más identificativa y personal todas esas influencias que han ido alimentando su carrera. Esa perfecta disposición queda rubricada en piezas como “Circles”, una sinfonía del derrumbe auspiciada por los Bevis Frond más orgánicos y menos dados al despliegue instrumental, pero igualmente heredera de la intensa melodía propia del jangle pop. Constantes que laten en esa última copa, que a la vez supone la inicial de un nuevo periplo, escanciada en la dinámica y pegadiza “The Best for the Last”. Revoluciones rítmicas que, dando por buena la conversión “cántabra” ejercida sobre los icónicos Crazy Horse para esta denominación grupal (Mad Mule), hacen que Neil Young conduzca con la aguja de la velocidad al límite en “So Young”, una estremecedora lápida escrita por el paso del tiempo a ilusiones y futuros pretendidamente compartidos.

Aunque casi todos los caminos trazados a lo largo de este disco conducen a una meta exenta de condecoraciones para vencedores, y sí un gesto cabizbajo y abatido para quienes han visto sus mundanas expectativas vapuleadas, el itinerario de cada uno de esos desfiladeros contiene su particular hoja de ruta. Si el medio tiempo aparentemente delicado de “Painted Skies” escuece con un hipnótico chirriar de sus guitarras, tensa calma identificativa de proyectos como Silver Jews, que deambula hasta la explosión de desconsuelo que imponen esas seis cuerdas, el power pop enérgico -ese que durante los noventa se tiñó de rugosa consistencia- de “Monkeys” hace de lenguaje propicio para una ácida fábula, casi como reverso de la más social “Apeman” de los Kinks, donde imaginarse como primates parece el único colofón que alberga esperanza. Un vigor que brota imperial con la majestuosa y cruda “Is that Love”, agitada convenientemente con la furia procedente de Australia, concretamente desde vástagos como Spencer P. Jones, y que actúa cual cilicio sacrificando la propia culpa.

Ese rito de la desolación que supone observar las fotografías donde residía una vida hoy desaparecida, se expresa en este repertorio a través de celebraciones lúgubres de distinto orden. El obituario amoroso impartida por “The Last Time”, recurriendo a los ancestros melódicos del folk-country atravesados con el paso afligido pero emocionante de Jason Molina, se complementa con “Big Black Shadow”, doloroso retrato de esa estrella negra que crece en las entrañas con ánimo de parasitar cualquier atisbo de esperanza, para desplegar un manto crepuscular hecho de (creativamente) hermosas cicatrices. Una sombra que se dilata poderosa en una parte final del disco que acoge los pasajes beodos y románticos típicos de Jacobites, en “The Man I Have Become”, y se despereza esplendorosa en la épica congoja de “Drunken Ghost”, una ebria figura que deja su huella en forma de desierto silencioso donde ya ni se escucha el eco de lo vivido.

Los tornados más peligrosos y devastadores son aquellos que se presentan sin previo aviso, siendo precisamente la falta de indicios lo que les hace tan temibles. Frente a ellos poco se puede hacer, salvo intentar mantenerse en pie sobre el desnudo paisaje originado por su deflagración. “Off the Grid” es la secuencia de un derrumbe personal, el balance de daños ocasionado por la disolución de unas certezas emocionales que dieron paso a un eclipse existencial detallado, previo aplicación de un desbordante talento compositivo, en este diario sonoro. Se trata por supuesto de un duelo particular, pero también, el diagnóstico universal de ese vértigo que acecha cuando nuestro soporte se convierte únicamente en cenizas y recuerdos.

“Coming Up”, de Suede, sostiene la apuesta 30 años después


Por: Guillermo García Domingo. 

Hace 30 años contra todo pronóstico Suede publicó un disco destinado a no desfallecer en la lucha (casi siempre perdida) contra el paso inexorable del tiempo, bajo el título “Coming Up”, igual que la formidable canción funky que grabó McCartney en 1980. La dimisión previa de Bernard Butler, miembro fundamental de la banda, no auguraba este resultado ni mucho menos. Ninguno de sus seguidores habría apostado por semejante éxito. Y es que la pauta siempre la define, para bien o para mal, el disco anterior, que en este caso, se trataba de “Dog Man Star”. El siguiente disco supuso un reto más difícil si cabe, ya que, además, el que abandonó la banda británica era uno de los principales responsables de caracterizar cada una de las canciones de aquel álbum oscuro, como las aguas turbias de un lago del norte de las islas. Brett Anderson, artista gatuno, poseedor de muchas vidas, encontró la tabla de salvación en este disco, gracias a la inesperada contribución de un chaval de 18 años, Richard Oakes que se presentó al casting para relevar al guitarrista principal. Había asumido el sonido de Suede como nadie. También se subió al plantel el teclista Neil Codling. Y ambos no lo hicieron como convidados de piedra, Oakes y el teclista aparecen como compositores de la mayoría de los temas, junto a Anderson. El bajo Mat Osman y el batería Simon Gilbert, que a día de hoy siguen siendo miembros originales de Suede, continuaron al lado del vocalista. 

La escucha actual de “Coming Up” depara muchas sorpresas; su relieve ha cambiado, los singles triunfales han atenuado su pujanza, aunque “Beautiful Ones”, “Trash” o “Lazy” continúan siendo temas pasionales, de una sensualidad irresistible, mientras que las canciones a priori secundarias han subido escalones. “Picnic in The Motorway”, “Saturday Night” o “By The Sea” se reivindican como temas tal vez menos intensos pero extraordinarios en los que la voz de Anderson, que alcanza las notas más altas, a veces de falsete, lleva de la mano a las guitarras en la misma dirección ascendente. Lo que no ha cambiado, tres décadas después, es la majestuosa altura de “Chemistry Between Us”, las nieves de su cumbre permanecen perpetuas como sucede en el Kilimanjaro (antes del advenimiento del calentamiento global). Los motivos de sus guitarras afiladas que aparecen y desaparecen a su antojo, la voz insinuante de Anderson, las cuerdas que concurren al final, en uno de sus muchos finales, porque la canción se resiste a terminar (su duración se extiende 7 minutos), son solamente algunas de las posibles razones de su valor inestimable.

La publicación de “Coming Up”, le permitió a Suede acuñar su idiosincrasia singular en una escena plagada de grandes propuestas a través de dos elementos en continua tensión, las vigorosas guitarras y la voz andrógina de Anderson. Todas las canciones gozan de inicios apabullantes, dispuestas a quedarse en la cabeza desde la primera nota, y producidas con indiscutible elegancia por Ed Buller, que, por cierto, volvió a repetir con ellos en el reciente “Antidepressants” que tan buena acogida mereció en 2025. Las aguas profundas y turbias de del anterior disco dieron paso a canciones más limpias, menos confusas, sin que ello suponga un demérito atribuible a "Dog Man Star", ni mucho menos.

La reedición de “Coming Up”, prevista para finales de mes, incluirá, al parecer, entre otras novedades, una nueva mezcla de los temas, supervisada por los miembros del grupo. Otro “misterio” discográfico, uno de tantos, difíciles de entender, pues no se me ocurre que esta colección de canciones puedan ser mejores de como fueron grabadas en 1996. Además, con el fin de apreciar las capacidades como vocalista de Anderson habrá ocasión de escuchar “Shipbuilding” de Elvis Costello/Langer/Robert Wyatt, que Suede grabó para ser incluida en el disco colectivo “Help” de 1995, gracias al cual se recaudaron fondos para ayudar a los refugiados y desplazados de la terrible guerra de los Balcanes. En esta grabación soberbia, Suede no pudo contar, al contrario que Costello, con la trompeta del desaparecido Chet Baker, sin embargo, esta versión es genuinamente hermosa. No es un aliciente menor para aquellos que aún no tengan y quieran agenciarse un disco imprescindible. En aquel otro disco solidario participaron la mayoría de los grupos y músicos que hicieron posible esa época dorada de la música británica. Discos de la brillantez de “Coming Up” ponen de manifiesto que Suede no era uno de los menos importantes sino todo lo contrario.

Dolly Parton: Su vida a través de diez canciones


Por: Àlex Guimerà.

En un verano muy duro con pérdidas de nombres para la música española y mundial, el último mazazo nos llegó la semana pasada con el fallecimiento de una de las leyendas de la música country mas icónicas como es Dolly Parton. Carismática y poderosa mujer, fue artífice de muchas victorias para la clase trabajadora y para el feminismo, demostrando que una mujer podía ser una de las mas prolíferas y exitosas compositoras de siempre y haciendo gala de una personalidad e independencia artística y humana que la hicieron única. Para recordarla hacemos un pequeño repaso a su vida y a su carrera a través de diez de sus canciones. 

1) "Just Because I' m A Woman" (1967) 

Una de sus primeras composiciones de Dolly Parton fue este medio tiempo con el que dejó huella de su personalidad. Pues la canción surgió del enfado de su marido Carl Thomas Dean cuando se enteró de que ella había tenido una relación antes de estar juntos. Ello le hizo querer denunciar el doble rasero que había en la época sobre cómo se entendía la vida sexual y amorosa de una mujer respecto a la de un hombre. Esa frase letal "mis errores no son peores que los tuyos solo porqué sea una mujer" lo dice todo. Una formidable reivindicación feminista o de como las mujeres deberían de ser tratadas, respetadas y valoradas. Ya desde sus inicios Dolly fue la mejor valedora de los derechos de las mujeres, lo que siempre tuvo muy presente a lo largo de su carrera.

 

2) "A Coat Of Many Colours" (1971) 

Esta canción es un símbolo en sí misma. Y lo es porque nació del recuerdo de infancia de Dolly cuando su madre le cosió cuando un abrigo hecho de retazos de otras prendas. La Reina del Country se crió en una familia pobre de 12 hijos que vivía en una cabaña de dos habitaciones en las montañas de Tennesse. Afortunadamente a la edad de nueve años comenzó a cantar, a acudir a las radios y a concursos hasta que poco a poco sus impresionantes dotes vocales captaron la atención de una industria musical que acabaría produciéndole el primero de los 58 discos de estudio que publicaría en vida, "Hello, I' M Dolly" (1967). Sin embargo no sería hasta 1969 cuando yendo de gira en autobús compusiera esta maravillosa "A Coat Of Many Colours" que acabaría publicándose en 1971 y titulando uno de sus mejores larga duraciones de su carrera. Un tierno homenaje a sus orígenes y a la pobreza.

 

3) "Jolene" (1973) 

En 1973 Dolly ya gozaba de una gran popularidad entre el público seguidor del Country gracias a sus apariciones en el programa "Porter Wagoner Show" y a sus duetos con aquel. Pero ello no era suficiente para la nueva estrella ya que veía como se estaba encasillado en la figura de cantante "consorte", cuando ella tenía ambición de ir por libre, ser compositora y triunfar en la televisión por sí misma. Básicamente quería ser la única dueña de su destino, ya que para entonces su carrera estaba en manos del propio Porter Wagoner. Antes decidió componer el que sería su primer número uno y para muchos su mejor canción de siempre "Jolene". Una pieza country que trata sobre la lucha entre dos mujeres y sobre los celos de una mujer casada al que otra mujer le quita su marido. Al parecer la cantante se inspiró en una empleada del banco pelirroja que coqueteaba con su marido dando la letra de una canción que dio título a un disco con el que llegaría su verdadero despegue como artista. Por cierto, Dolly y Carl Thomas se casaron en 1966 y permanecieron juntos hasta la muerte de aquel el año pasado.

             

4) "I Will Always Love You" (1973) 

Compuesta la misma tarde y grabada en la misma sesión de "Jolene", Parton se sacó de la chistera la balada "I Will Always Love You". Una canción que tras publicarse llamó la atención del mismísimo Elvis Presley quien la quería grabar, lo que finalmente no sucedió por culpa del maldito Coronel Parker quien quiso imponer que su compositora les cediera la mitad de los derechos de autor de la obra. Sin embargo esta acabaría arrasando en todo el planeta mucho mas tarde, en 1992, cantada por Whitney Houston como parte de la banda sonora de la película romántica "El Guardaespaldas". A pesar de que en la memoria colectiva se ha identificado como una balada romántica en realidad fue compuesta como un personal agradecimiento de Dolly a su mentor Wagoner antes de que sus caminos se separaran.

                             

5) "Here You Come Again" (1977) 

"Here You Come Again" fue su salto definitivo al pop, cosechando un éxito mayoritario que anteriormente se limitaba a los circuitos country. Buscando un nuevo y moderno sonido para la artista, su discográfica quiso que grabara esta pieza pop de Barry Mann y Cynthia Weil - autores de "You've Lost That Lovin' Feelin'" de The Righteous Brothers - a lo que ella aceptó siempre y cuando pudiera controlar una grabación y producción. El resultado supuso un enorme éxito entre el público consumidor de la música popular y la obtención de su primer premio Grammy a la vez que alcanzaba la cima de las listas de ventas del momento.

 

6) "9 to 5" (1980) 

Una de las grandes facetas al margen de la música de Dolly Parton fue el cine. Sin embargo no emprendió la carrera de actriz hasta 1980 cuando protagonizó junto con Jane Fonda y Lily Tomlin la comedia "9 to 5" (traducida al castellano "Cómo eliminar a tu jefe"), una película y una banda sonora que tuvo un gran éxito de ventas y taquillas en una América que supo apreciar en un film ligero su carga crítica contra el sistema laboral y el machismo. La canción que da título al largometraje fue nominada a los premios Oscar y se convirtió en un símbolo de las luchas de los sindicatos. De nuevo Dolly dando en el clavo e iniciando una carrera en el cine que cuenta con muchas películas e importantes colaboraciones con actores y actrices de la talla de Sylvester Stallone, Shyrley McLaine, Sally Field, Burt Reynolds o Julia Roberts .

 

7) "Islands In The Stream" (1983) 

Curioso que uno de los temas más reconocibles de la estrella del Country no fuera compuesta por ella y no se grabara para un disco suyo. Y es que "Islands In The Stream" fue escrita por los Bee Gees para ser grabada en dueto junto a Kenny Rogers en un disco de aquel. A pesar de que la pieza originalmente fue escrita en modo rythm' n blues para Diana Ross fue reelaborada como balada Country para la dupla de cantantes. El resultado fue un contundente número uno en las listas de éxitos y la confirmación de ambos artistas como auténticos líderes de un género, el Country, que en los ochenta gozó de una enorme popularidad en los EEUU. No cabe decir que toda la carrera de Dolly estuvo plagada de colaboraciones con importantes músicos de los que destacan los discos "Trio" (1987 y 1999) junto a las grandes Linda Ronstadt y Emmylou Harris o "Honky Tonk Angels" (1993) junto a otras primeras espadas como Loretta Lynn y Tammy Wynette, pero también en discos de Willie Nelson o de su ahijada Milley Cyrus. Fuera de su género encontramos el disco "Rock Star" de 2023, publicado justo después de haber sido incluida en el Salón de la Fama del Rock and Roll, con colaboraciones con Elton John, Sting, Joan Jett, Paul Mc Cartney, Ringo o Linda Perry de los 4 Non Blondes, entre muchos otros.

 

8) "Tennesse Homesick Blues" (1984) 

Lanzada como banda sonora de la película "Rhinestone", esta canción gozó de popularidad en su día recordando nuevamente los orígenes de su autora. Como ya hizo en la formidable "My Tennesse Mountain Home" (1973) o en muchas otras que la siguieron, la mirada se dirigía hacia su natal Tennesse de la que siempre estuvo muy orgullosa y comprometida con su pobreza. Con un ritmo y una luminosidad especial, en ella Dolly expresa su añoranza hacia su tierra debido a la ausencia por culpa de su carrera. Otras de esa época siguieron su estela como "Appalachian Memories" (1983), en la que rindió homenaje a las familias trabajadoras de las minas de la región de los Apalaches - que en Tennesse además es origen de la música country-, o el villancico "A Smoky Mountain Christmas" (1986) con la que evocó los paisajes montañosos del estado.

 

9) "Family" (1991) 

Preciosa balada que dedica a la familia, hablando de su complejidad, de sus disputas y secretos con esa frase que tan bien supo definirla " eliges a tus amantes, eliges a tus amigos, pero no a la familia en la que estás buena, mala o indiferente, sigue siendo la familia". Dolly nunca dio la espalda a su familia, dedicando canciones a sus padres Avie Lee y Robert Lee a los que admiraba por sus esfuerzos, pero también sabiendo rodearse siempre de sus hermanos a quienes nunca dejó de proteger y cuidar, involucrándolos en sus proyectos y trabajos a lo largo de toda su carrera. Dolly no tuvo hijos pero acogió a sus más de 14 sobrinos como si fuera su madre ganándose el apodo de "aunt granny".

 

10) "The Grass Is Blue" (1999) 

En una década de los noventa en la que parecía que la industria musical quería apartarla, Dolly de nuevo supo navegar contra viento y marea volviendo hacia sus raíces y hacia las de la música country, yendo a las montañas Apalaches para crear un álbum titulado como la canción en la que volvía al bluegrass, con instrumentos acústicos, ritmos acelerados y ausencia de baterías. El tema en cuestión trata sobre una superación amorosa y sobre el autoengaño, con frases como " el cielo es verde, los árboles rojos y la hierba azul". El mundo cambiaba a las puertas del nuevo milenio pero Dolly recuperaba su trono con un álbum con el que ganó otro Grammy.

 

BONUS TRACK: CANCIONES OCULTAS: 

"The Bridge" (1968) 

La capacidad compositiva de la diva quedó patente desde sus inicios con gemas como esta. Una canción misteriosa e inquietante con una tenue y testimonial instrumentación en donde su voz apasionada nos relata una historia de desamor melancólico en la que nos deja entrever un fatal desenlace. Y es que la capacidad narrativa siempre fue una de las fuertes de Parton cuando escribía canciones en un legado en el que nos ha hablado de amor, empoderamiento, pobreza, lucha de clases en un sinfín de personajes.

 

"A Better Place To Live" (1971) 

Dentro del álbum " A Coat Of Many Colours" encontramos esta maravilla de estribillo pegadizo y letra esperanzadora. Y es que la canción que cierra el legendario disco es un himno a la hermandad, a la paz y al poder de los pequeños gestos. Una canción que bebía del folk de la década anterior pero que la gran Dolly supo llevar hacia los terrenos musicales campestres, con unos vientos y violines sensacionales.

 

"My Place in History" (2046) 

La lista de sus mejores canciones resulta incompleta por el momento ya que en 2015 Dolly grabó en estricto secreto una canción titulada "My Place in History" que dejó resguardada bajo llave dentro de una caja de madera de castaño americano junto a un reproductor físico de música. Para escucharla tendremos que esperar hasta el 19 de enero de 2046, fecha del centenario de su nacimiento. Al parecer, durante los últimos años la propia cantante se mostró arrepentida del experimento, afirmando que la canción era muy buena y que le habría ido genial añadirla en alguno de sus recientes discos.

Canela Party 2026: Fistro y Jarl vuelven a brillar otro año más, trayendo a Torremolinos lo mejor de la música independiente.


Recinto ferial de Torremolinos. 27, 28 y 29 de agosto del 2026.

Jornadas de jueves y sábado: Pepe Martínez Carvajal 
Jornada de viernes: Javier González. 
Fotografía cabecera: José Andrés Albertos.
Fotografías: Javier Rosa.

Jueves: Geordie Greep y Friko se apoderan del festival 

Geordie Greep llegó respaldado por “The New Sound”, su debut en solitario tras la disolución de Black Midi, y el show dejó claro por qué es uno de los nombres más interesantes del momento. La fusión de géneros que propone el disco, prog rock, jazz, samba, artrock…cobró una dimensión especial en directo, con una banda que demostró virtuosismo en cada tema. El concierto se convirtió en mi favorito del día. 

Friko fueron la otra gran revelación de la noche. Llegaron a Torremolinos anunciando su show días antes del mismo por la caída del cartel de Unknown Mortal Orchestra. Friko lleva un año presentando su segundo disco “Something Worth Waiting For”, desplegó una energía desbocada que contrastó con los momentos más íntimos del set. Lo que más impactó fue la voz de Niko: prodigiosa, con esa capacidad de expresión y tensión sin perder nunca el control, que por momentos recordó a Jeff Buckley

Viernes: El duende de Ángeles Toledano y Rufus T. Firefly 

La jornada del sábado se desperezaba después de una jornada inicial repleta de emociones, anunciando un cartel con nombres importantes como los de Weird Nightmare, Manequinn Pussy o High Vis. Nosotros decidimos centrarnos en el producto nacional, donde la presencia de Ángeles Toledano, con su mezcla de tradición y modernidad, suponía una sorpresa en el cartel del Canela. Y fue una sorpresa más que positiva, tanto por la afluencia de gente como por la actitud del público que no solamente disfrutó de la jienense, sino que se animó a marcarse algún que otro bailecito ante los quejíos y cantes de la andaluza que derrochó duende. Algo parecido ocurrió con Rufus T. Firefly, apabullantes en su directo, como es costumbre, dejaron todo sobre las tablas y firmaron uno de los grandes conciertos de la edición, algo que ya esperábamos lo que sabemos de sus evoluciones en directo. 

Sábado: Circo, blackgaze y punk en Torremolinos 

Sandré, el grupo punk barcelonés, entregó su dosis de energía que ya tienen más que ensayado. Y cuando todo parecía ya redondo, subió al escenario Dandy Piraña, nada casual, dado que colaboró con ellos en su último disco “Paciencia Infinita”. 

Carolina Durante llegaron al “Fistro” con una propuesta escénica que marcó el tono desde el primer momento: el escenario convertido en una carpa de circo. El efecto funcionó y la banda nos dio el show por el que se les conoce, un rock que se recibió con entusiasmo desde el principio.

Deafheaven fue otra historia. El grupo de San Francisco lleva más de una década redefiniendo el blackgaze y en el Recinto Ferial de Torremolinos lo demostraron. Su disco de 2025, “Lonely People With Power” ha dado mucho de qué hablar y en directo no defraudaron, el sonido fue potente y envolvente, y lo más llamativo fue precisamente eso: cómo un grupo tan agresivo y denso logró cautivar a todo el recinto ferial. El set se pasó muy rápido, cuando me quise dar cuenta, quedaban 5 minutos de concierto. 

Tres noches que el Recinto Ferial de Torremolinos no va a olvidar y Canela Party ya tiene al público esperando una próxima edición.

Morrissey , la luz de una estrella que nunca se apagará


Movistar Arena, Madrid. Miércoles 29 de julio de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotos: Luis Beltrán y Estefanía Romero. 

Morrissey apareció con la camisa entreabierta y un ramillete de flores colgado en la cintura sobre el escenario con diez minutos de retraso respecto a la hora prevista. Lo hizo moviéndose entre la seguridad y una cierta arrogancia irónica, encabezando un pequeño séquito que completaban los miembros de banda que le acompaña. Se acercó al micro con paso firme y decidido, tirando de histrionismo para saludar al respetable con un “Madrid, Madrid, Madrid”, donde las erres se alargaban deliberadamente en un ejercicio cargado de flema británica marca de la casa, para a continuación dar paso a una enérgica interpretación de “Billy Bud” con la que abriría una noche que se fue tornando sobresaliente con el paso de los minutos.

Aunque verdaderamente la velada había comenzado mucho antes, justo en el momento en que la música ambiental arrancó y fue secundada por un vídeo que siempre es toda una declaración de intenciones, puesto que las canciones e imágenes de los referentes vitales del vocalista de Mánchester invitan a perderse en un viaje iniciático hacia el “universo Morrissey”, propio de un hijo de la cultura pop de la segunda mitad del siglo XX. Inevitables fueron las paradas en Ramones, The Runaways, David Bowie, Iggy Pop y New York Dolls, complementados en esta ocasión por la aparición en pantalla de una banda “más moderna” como Interpol, en una tónica que se iría repitiendo con el pasar de las canciones, donde los rostros de Oscar Wilde, Pier Paolo Pasolini o Briggite Bardot también tendrían cabida en una actuación en la que las canciones son la excusa perfecta para hacer un recorrido sentimental por los ídolos juveniles de Mozz

Continuó con una doble mirada a “The Ringleader of the Tormentors” parando en las impetuosas “I Just Want to see the boy Happy” y “The Youngest was the most loved”, lastradas por un sonido que por momentos, sobre todo en los primeros compases del bolo, pareció demasiado escaso para un recinto como el pabellón madrileño que presentaba un aforo cercano a los 7.000 espectadores con una pista en la que los huecos eran evidentes, elementos que poco importaron sobre todo por la presencia escénica del mito de inglés, quien se despachó a gusto con una interpretación majestuosa en la que no faltaron su habituales quiebros vocales, secundado siempre por una banda que sin estridencias ni alardes se bastó para demostrar su prestancia en cada uno de los temas que tocó. 

Tras ello llegó el primer vistazo al pasado más glorioso de su carrera, tirando del repertorio de The Smiths con una emocionante “Shoplifters of the World Unite”, celebrada por el respetable con ganas, sabedores de que con Morrissey el repertorio nunca será del todo complaciente, para qué, no lo necesita, eso se lo deja a las estrellas con pies de barro, enlazada a la perfección con una de sus glorias en solitario, “First of the gang to Die”, con las luces dibujando la bandera italiana y la pantalla dejando en un marco fijo la efigie de las New York Dolls, apelando a los pandilleros y al barrio, a los códigos de honor y a los canallas y delincuentes que nos roban el corazón parapetados tras un estribillo inmejorable lleno de melancolía y orgullo, rematando la jugada con la enorme “A Rush and a Push and the Land is Ours”, composición que abría el que sería el último disco de estudio de The Smiths, “Strangeways here we come”.

Mostró su lado más irónico antes de interpretar “Kerching, Kerching”, donde vino a decir que no “paraba de sonar en las radios”, una clara referencia a su eterna lucha con el FM, donde nunca fue un niño mimado, por suerte desde la independencia y el carácter combatiente de sangre irlandesa que le viene dado por ascendencia su presencia sigue siendo constante, lo quieran o no. Mostrando su grandeza en la oscuridad que desliza “How Soon is Now?”, otro clásico de la banda madre que sonó inmaculado en el recinto capitalino, más si cabe cuando tras ella llegó el turno de la mayúscula “Now my heart is Full”, una pieza dotada de delicadeza y melancolía, donde los guitarrazos de Carmen Vandenverg fueron colosales. 

A partir de aquí llegó la parte más plana del concierto, sobre todo pensando en el espectador medio, atacó “Zoom Zoom Litle Boy”, una poco habitual “Life is a Pigsty”, celebrada por los más fans, la titular de su último trabajo, “Make-up is a lie”, la irónica “Sure Enough, the Telephone Rings” y una habitual en sus visitas a nuestro país como “The Bullfigther Dies”, una proclama contra la tauromaquia que presentó diciendo que sería la próxima canción que nos representaría como país en Eurovisión

Repuntando con una tanda a la altura de muy pocos artistas que comenzó con la poética “I Know It´s Over”, donde bordó su interpretación vocal, rozando los corazones de los presentes que en algunos casos luchaban por no dejar escapar alguna lágrima, sensación que se acrecentó al sonar “Everyday is like Sunday”, sufriendo un pequeño “impass emocional” al acercarnos a “The Monsters of Pig Alley”, la mejor composición de su último disco, mermada en su recepción por el desconocimiento mayoritario del público, porque en sí misma es un temazo emotivo y evocador como los mejores que ha firmado en toda su espléndida trayectoria; suerte que una apabullante “Suedehead” acudió al rescate, complementada por el toque visceral y reivindicativo que siempre encierra “Irish Blood, English Heart”, convertida en una cuestión personal para el bueno de Morrissey, flema británica y sangre orgullosamente irlandesa recorren su alma y venas por lo que solamente él podría firmar este himno de puños cerrados y reivindicación de las glorias perdidas. 

El cierre en falso vino entre los tonos rojizos y el humo que inundó las primeras filas con la densa interpretación de “Jack the Ripper”, tras la cual tanto Mozz como sus lugartenientes abandonaron el escenario brevemente, tónica habitual en esta gira por otra parte, antes de acometer el ya consabido bis no sin antes dar permiso a los miembros de su banda para despedirse del público uno a uno, algo que hicieron Carmen Vandenberg, quien pesé a ser presentada como nacida italiana confesó sentirse emocionada al tocar por primera vez en “la ciudad en la que nació”, y Jesse Tobias, guitarras, Juan Galeano, bajista, Brendan Buckley, a la batería, y Camila Grey, encargada de los teclados, antes de  que Steven volviera a pie de micro para despedirse con una lenta, dramática e inspirada versión de “There is a light that never goes Out”, una de las más románticas, dolorosas y bellas canciones de la historia del pop-rock, con la que dio por concluida la velada después de cerrar el ceremonial de sus conciertos con el habitual lanzamiento de su camiseta al público. 

Más de doce años habían pasado desde su anterior visita a la capital, por lo que algunas personas abandonaron el recinto con lágrimas en los ojos y quizás la sensación de que bien podrían haber sido participes de la última visita a Madrid de Morrissey. De ser así, su despedida estaría marcada por su habitual marca personal, donde tienen cabida la crítica y la ironía, grandes dosis de sorna, autoparodia y un dramatismo exacerbado patente en sus letras, profundas y brillantes, a la altura de las de los más grandes, anoche redondeadas por una preciosa interpretación por su parte. 

Morrissey siempre será un divo excéntrico y dotado de manías, pero no es menos cierto que también es un genio y un mito de la cultura europea. Vive alejado de pleitesías comerciales, a ratos enfrentado hasta consigo mismo y en su contra siempre jugará el historial de declaraciones molestas que atesora, solamente a la altura de sus prodigiosos números de cancelaciones. Sin embargo, su actitud y sus canciones sobrevivirán a todos aquellos que le critican, algo que jode a más de uno. Del mismo modo que lo hará el amor incondicional de sus acólitos, quienes tenemos claro que “conocerle es amarle” y que noches como la de ayer bien valen algún que otro desplante por doloroso que sea. 

Sabemos que podría preparar giras con set-list repletos de hits, tocar treinta canciones por noche, elevar su caché y ver multiplicarse el aforo de sus recintos por diez. Ni quiere, ni le interesa. De lo contrario, lo haría. Y en un mundo de poses absurdas, amagos de artistas miméticos y docilidad lucrativa al servicio del algoritmo, él todavía resiste como un francotirador, inspirado y bocazas, estridente y romántico, pero único en su especie, tal y como pudieron comprobar ayer miles de personas en la capital. Desde aquí no nos ponemos de perfil y deseamos larga vida a Morrissey, porque cuando no esté, veremos que somos incapaces de buscar un doble a su altura y entonces seremos conscientes de la pérdida de la última estrella del firmamento rock, aunque mucho nos tememos que la eternidad le espera y que la suya es y será una estrella que nunca se apagará.

Glen Hansard (1970-2026): El alma musical de Irlanda


Por: Javier Capapé. 

Todavía estoy en shock. Como tantas veces me dejaban sus canciones. Se ha ido Glen Hansard y no puedo creerlo. Hace un mes presentaba al mundo la segunda parte de su testimonio en forma de directo que tanto ansiábamos sus seguidores. Su entrega siempre fue al límite. Nos lo dio todo, como bien demuestra el citado directo grabado en Berlín por su cincuenta y cinco cumpleaños. Precisamente por esa entrega era tan importante la publicación de este testimonio en vivo del artista irlandés. Y no estoy diciendo con esto que sus discos no dieran muestra de ello, ni mucho menos, pero escuchar su voz con la impronta que aporta el instante único e irrepetible no tenía parangón.

No quiero convertir este obituario en un recuento de su intensa carrera y sus hitos, pero lo que sí que me atrevería a decir, sin dar respuesta al inevitable impulso, es que en este momento Glen Hansard era el mejor testigo del alma musical de Irlanda. Había recogido el desgarro del soul y lo mejor de la tradición folk de su país natal y lo había mezclado como nadie con el rock y el pulso popular. Si bien es cierto que con The Frames no consiguió hacerse notar mucho más allá de su querida isla, cuando cayó en los brazos de John Carney y dio vida al protagonista de "Once" todo cambió. Su pasión se materializó en forma de explosivas canciones folk que junto a Marketa Irglová le hicieron ocupar el sitio que merecía. Después de clausurar The Swell Season, el dúo que amasó junto a Irglová, comenzó una carrera en solitario intachable, con discos que nunca bajaron del notable y en los que cabía siempre algo de experimentación que exigiera a su cada vez más numeroso público. "Didn't He Ramble", "Between two Shores", "This Wild Willing"... ¡hay tantas canciones en ellos que se han convertido en compañeras de camino!

Su imagen y su tremenda visceralidad me eran tan familiares que cuando descubrí que ya en The Commitments había formado parte, sin entonces saberlo, de mi imaginario musical, todavía le entendí mejor. Cuando comenzaba a escuchar su ajada acústica Takamine, apodada "The Horse", con su característico agujero en el cuerpo debido a la intensidad con la que la tocaba, sentía siempre un escalofrío, pero cuando comenzaba a cantar con su inconmensurable entrega ese escalofrío me recorría entero y conseguía paralizarme, centrarme exclusivamente en lo que importaba, en sus bellas canciones. Esa es justamente la palabra que buscaba: Belleza. Eso es, sencillamente, lo que mejor definía a su música.

Irlanda le había conseguido entender mejor que nadie y en el adiós de su paisano Shane MacGowan recogió su testigo. Su despedida se convirtió en un lamento que unía a toda la tradición musical de su isla y de medio mundo. Era la voz que podía enarbolar la pasión y la fe en las personas que, como él, darían todo hasta el final. Y así ha vivido. Glen Hansard se ha ido inesperadamente en la carretera, cuando todo estaba aún por decir. Pero se ha ido entregándose plenamente hasta el final, como ocurría en sus directos, donde no escatimaba ni un suspiro, donde no dejaba nada en el tintero, donde era él mismo y se hacía uno con su público.

No puedo imaginar todavía que no volveré a escuchar uno de esos nuevos discos suyos que tanto me sugerían, que tanto me emocionaban. Pero en sus canciones, en esas que nadie podrá robarme nunca, vivirá uno de los músicos mas trascendentales de las últimas décadas. El músico que "no divagó" ("Didn't He Ramble"), que nos lo dio todo sin medida. Ahora que el barco se hunde, como reza su oscarizado himno "Falling Slowly", dirígelo a casa ("Take this sinking boat and point it home"), que aún tenemos tiempo para hacernos eternos, como el joven bardo de mirada hipnótica, melena acaracolada y voz desgarrada que siempre nos llevó (y nos seguirá transportando) mucho más allá de nuestros sueños.

Angine de Poitrine, la parodia dadaísta microtonal


Por: Ricardo Virtanen. 

No cabe duda de que, traspasado el ecuador del verano, debemos reconocer que el dúo de Saguenay (Quebec) Angine de Poitrine (Angina de pecho, en francés) ha sido la gran sensación del año musical. El minigrupo está formado dos desconocidos músicos que atienden a los seudónimos de Khn de Poitrine (guitarras, bajo, looping y voces) y Klek de Poitrine (batería y voces), un dúo alienígena de 333 años, según comentó su mánager en una entrevista reciente. La banda se formó en 2019, si bien no ha sido hasta febrero de 2026 en que la propagación en las redes sociales de una de sus performances —en la plataforma gratuita KEXP, que se hizo viral en un santiamén, con millones de visualizaciones— les ha colocado en un primerísimo plano. En su actuación reciente en el Festival de Jazz de Montreux (junio de 2026) consiguieron el récord absoluto de asistentes a ese Festival: 70.000 almas. El grupo ha superado con creces el millón de oyentes mensuales en Spotify.

Angine de Poitrine no solamente ha tenido un impacto brutal en redes sociales por su música (basada en la escala microtonal), sino también por lo misterioso de su indumentaria: máscaras de grandes proporciones, túnicas y trajes largos con lunares (contraponiendo blanco y negro), y asimismo por el anonimato que confieren todos estos elementos: no sabemos ciertamente quiénes se hallan detrás de sus máscaras narigudas que, en el colmo de la simetría rítmica, el baterista la mueve perfectamente acompasada. Se sabe que comenzaron juntos a hacer música en la escuela (con 13 años), y que a partir del Covid iniciaron sus performances musicales en locales de música de Quebec. Pero esto no es nuevo. Todos recordamos otras bandas de rock que han usado el anonimato tras unos disfraces: Slipknot, Sleep Token o los futuristas Daft Punk. Aunque da la impresión de que uno de las mayores fuentes de inspiración es el guitarrista Buckethead.

La forma en que la crítica musical se ha referido a su paródico estilo musical es diversa y variopinta: música microtonal, dadaísta, math rock, electrónica, funk, experimental, progresivo, música disonante, acid jazz, música performativa o, simplemente, rock. Ellos mismos se han descrito como una orquesta "Mantra-Rock, Dada, Pythago-Cubista", por lo que convenimos que su música es absolutamente inclasificable. Varias figuras del rock actual les han abierto las puertas, destacando su estética, su puesta en escena, la concepción de su música y su técnica instrumental, entre otros, Dave Grohl, (Foo Fighters), Sean Lennon o Lars Ulrich (batería de Metallica). Hasta la fecha han completado dos discos de estudio: Vol. 1 (2024) y Vol. II (2026). Asimismo publicaron dos singles: “Fabienk” y “Mata Zyklek”. Ambos trabajos incluyen seis temas. Del Vol. 1, destacan los dos primeros: “Sherpa” y “Tohogd”; del Vol. II, los tres primeros: “Fabiennk”, “Mata Zyklek” y “Sarniezz”, a los que sumaríamos la espídica “Yor Zarad”. Dentro de todos estos estilos musicales a los que nos referíamos más arriba, sin duda el más coherente y certero es Math Rock (Rock Matemático), un subgénero del rock que usa compases (algunos de amalgama) como 5/4, 7/4 12/8, 11/8 o 13/8, generando un puzzle rítmico dentro de una desconcertante polirritmia. 

Grupos progresivos como Dream Theater, Tool, King Crimson, Rush o el Genesis de Peter Gabriel, todos pertenecientes al llamado rock progresivo, o más contemporáneos, como los japoneses Tricot, han mostrado un gran interés en estas polirritmias, y han usado estos compases desde los años 70 en algunas de sus canciones. Pero no solo es clave el ritmo en el Math Rock. También las estructuras armónicas y melódicas son extremadamente complejas (como observamos en el álbum "Discipline", de King Crimson). Sin embargo, el aspecto melódico y armónico es lo que diferencia a Angine de Poitrine de estas bandas de Math Rock clásicas, y no es raro que se les haya asemejado al gran Frank Zappa por la concepción experimental de su propuesta vanguardista, como observamos en otros grupos más actuales como Clown Core, Ozric Tentacles o La Poexe. 

Los de Quebec utilizan las escalas microtonales (rock microtonal). Este tipo de escala produce distancias de cuarto de tono, y para ello el guitarrista Khn ha modificado el mástil doble de su guitarra y bajo, sumándoles el doble de trastes para completar las distancias microtonales (menos de un semitono). Esto no es nuevo en el rock. Grupos como King Gizzard & the Lizard Wizard, Secret Chieffs, The Mercury Tree, Dollshot e, incluso, Radiohead en su canción “How to Desappear Completely” han utilizado en sus composiciones instrumentos y arreglos microtonales. Esto es, desarrollan los 24 TET (Tonal Equal Temperament). El adjetivo “pytago” (pitágotrico) refiere una música “matemática”, por cuanto profiere una proliferación de capas microtonales de una misma frase musical. ¿Cubista también? Quizá porque el movimiento creado por Picasso y Braque quería ofrecer todas las perspectivas de la realidad en un mismo plano, dentro de lo que llamaríamos “collage sonoro”, como escuchamos en la fantástica “Yor Zarad” ("Vol. II"), una absoluta explosión sonora (rítmica y melódica). Asimismo, también podemos escuchar el inicio de la canción “Sarniezz”. La melodía es una escala microtonal, usando microtonos ascendentes y descendentes, con progresivos loops que van añadiendo variaciones ad infinitum.

A todo esto sumamos en los Angine la performance como elemento diferenciador. Ellos mismos se relacionan con los movimientos Dadá y Cubista. Su estética se encamina hacia la performance (ellos lo llaman happenings) que Tristan Tzara y sus secuaces —Hugo Ball o Huelsenbeck entre otros— llevaban a cabo en Zúrich, en su famoso Cabaret Voltaire. No hay más que visualizar los capirotes de cartón que portaba Ball en su pantomima dadaísta para comprender mejor la estética del dúo de Quebec, en franca conexión con sus máscaras papier-mâché. A lo que sumamos el hecho de tocar descalzos, con los pies pintados con lunares. También las declamaciones de los dos miembros Poitrine, ininteligibles a todas luces, se hallan relacionadas con la poesía fonética de dadaístas y futuristas. Unas veces refieren un nombre —“Sebastien”— en la canción “Fabienk”; otras, aparece el título del tema, con algunas variaciones, como en “Mata Zyklek”: “Mata, zyklek ma / Ta zy, klek mata / Hey-ah / Klek”.

Por último, habría que referirse al modo en que se genera la música de Angine de Poitrine en el escenario. ¿Por qué llama la atención de nuestro cerebro una música profundamente disruptiva y, en parte disonante? Ello es debido a que el guitarrista produce una serie de riffs hipnóticos, repetitivos hasta la saciedad, superpuestos en capas por la técnica del looping. A esto le sumamos el groove de la batería, insuflando distintas dinámicas a la canción. De modo que no es raro que todas las canciones se hallen en torno a los seis minutos de duración. En este sentido, analicemos algunas canciones. “Sherpa” se inicia con un riff hipnótico sucesivo de Khn con la guitarra (un ostinato superpuesto) en 6/8, después en bajo. Seguidamente aparece otro nuevo riff (como loop) con apoyo percusivo de la batería marcando el compás de subdivisión ternaria de la canción, al que solapan el compás 4/4, con un explosivo groove de la batería en ritmo continuo. Se suma entonces la inclusión de una melodía exótica árabe, en modo frigio, habitual en sus temas. Otra de sus canciones fetiche es “Fabienk”, una especie de suite en dos partes. En este caso la guitarra de Khn se inicia con otros de sus riffs hipnóticos, exponiendo un estilo próximo a la música electrónica y funk. Inicialmente, la batería repite patrones rítmicos, si bien después desarrolla un complejo groove, que es lo que da alas al tema. En una segunda parte, Klek marca un ritmo binario, con loops progresivos hipnóticos, a lo que une un coro de voces con la palabra “Sebastein” (antes habían pronunciado “Fabien”), próximo esta vez a la música disco. En definitiva, electrónica, acid techno, disco, funk y experimental es lo que hallamos en esta canción, de las mejores de su repertorio. 

Da la impresión de que Angine de Poitrine sean un revulsivo contra la tan cacareada IA, cuya aportación al negocio musical está empezando a ser preocupante. Frente a la perfecta afinación de voces e instrumentos que genera la IA, los Angine producen música desafinada (microtonal), además de que son constantes sus performances en directo, lo que genera la exhibición virtuosa de su instrumentación (frente a la IA, que no puede ofrecer resultados en directo). Angine de Poitrine no han inventado nada: escala microtonal, polirritmias, disfraces y anonimato, looping, poesía fonética, uso del modo frigio, instrumentos no temperados…, todo existía ya. Pero la combinación de todo ello sí que le otorga novedad a su propuesta musical. Habrá que estar atentos a cómo evoluciona este dúo de Quebec. Hoy por hoy, podemos decir que ante las fórmulas gastadas del rock y su involución en las últimas décadas, hay motivo para la esperanza. Aquí hay futuro, y deslumbrante.