“Dejémoslo como estaba” de Alcalá Norte. La banda madrileña derrocha “ocio y escuela”


Por: Guillermo García Domingo. 

“Qué nadie entre sin saber geometría“. Esta era la advertencia inscrita en el frontispicio de la Academia platónica, y debería servir de aviso también, 24 siglos después, para los que tengan el acierto de acercarse al último disco de Alcalá Norte: “Dejémoslo como estaba“, publicado por Balaunka. La banda adoptó el nombre del centro comercial situado en el popular barrio madrileño de Ciudad Lineal. Un centro de ocio y comercio venido a menos, que haría bien en poner este disco en bucle si quiere atraer a miles de visitantes.

En las calles de su barrio, soñadas y delineadas por el demiurgo matemático de Arturo Soria, protagonista de este disco, que aparece encaramado al monolito que está delante del citado centro en la ilustración de Carle Naide para la portada, se fraguó el primer disco, que provocó un notable revuelo entre los aficionados. La maestría de este trabajo reciente demuestra que el origen del seísmo no era superficial sino mucho más profundo. 

El grupo madrileño (formado por Álvaro Rivas al micro y a la pluma, Barbosa en la batería, Carlos Elías a la guitarra, Laura de Diego a los teclados, y el bajista Pablo Prieto) ha escrito un capítulo más del mundo propio que han erigido en tan solo dos discos largos y que ellos mismos denominan “urbanismo mágico”. Es un universo en el que comparten sitio los guiños y la jerga de los colegas de barrio, junto a estrofas que parafrasean “Crimen y castigo”, la descomunal novela psicológica de Dostoyevski, un paseante que se parece mucho a Nietzsche, un músico que vende su alma al diablo, y que se parece en este caso a Paganini, la delgada Muerte merodea vestida “cota de malla”, y sobre todo un montón de extravagantes discípulos de Pitágoras, como Arturo Soria. Una panoplia fantástica compuesta de “ocio y escuela”. Cualquiera que haya presenciado su despliegue en directo coincidirá en que ellos mismos encarnan sin pretenderlo a personajes literarios/cinematográficos, Carlos y sus greñas de Gandalf, el inconmensurable Barbosa, el “heavy de instituto”, inseparable de su amigo, que no puede ser más distinto que él, Rivas, el empollón de turno. 

En lugar de rectificar, los Alcalá Norte insisten en el pecado original de su primer disco. Estos chavales de Ciudad Lineal van a lo suyo. Han decidido subirse a la balsa de sus extravagancias musicales e introducirse en las procelosas aguas del mundo musical y que la aventura continúe. Han desempolvado unos sintetizadores que nadie usaba desde hacía 40 años, mientras que Rivas ha compuesto las letras más dichosamente extrañas desde que Poch y Derribos Arias hicieran lo mismo. El sonido de los teclados de Laura de Diego define todos y cada uno de los temas de este álbum, sin menoscabo del alma heavy que encarnan la locomotora rítmica alimentada por el dúo maquinista formado por Barbosa/Prieto y la guitarra salvaje de Elías. En el directo la parte rítmica gana protagonismo debido al mando que asume Barbosa, un baterista directo, en absoluto diletante, de la escuela de Eric Jiménez (Lagartija Nick y Los Planetas). 

La otra escuela del disco son “Los llamados pitagóricos” de Crotona. Las anécdotas de los miembros de esta secta filosófica, dignas de las historias descacharrantes que reunió Diógenes Laercio sobre los primeros sabios de Grecia, que habitan la canción número 5, son más elocuentes de lo que parecen a simple vista. Pitágoras era un “ander theos”, un hombre divino, de ahí que anduvieran “endiosados”. El veganismo que adoptaron, “no visten de lana”, que a buen seguro será uno de los lemas de la próxima gira, remite a su teoría de la transmigración de las almas, y la doctrina dualista que tanto recorrido va a tener en el pensamiento occidental está resumida concisamente en el féretro que llevan a cuestas. Porque, tal y como afirma Platón en el Fedón, haciendo caso a los pitagóricos, el cuerpo (“soma”) es la tumba y la cárcel (“sema”) del alma. 

Dice la leyenda que Paganini, que se asemeja a “El hombre planeta” de la canción homónima incluida en el disco, hizo un pacto con el diablo. Los miembros de Alcalá Norte, ¿habrán seguido el ejemplo del violinista? En ese caso serían “Satánicos y de Ciudad Lineal (en lugar de Carabanchel)”. No es la maldad lo que define al ángel caído. Esa es la acusación que la apologética cristiana endosó al ángel rebelde que decidió no obedecer los dictados divinos. Y es que en todo el disco hay un afán prometeico, y no tanto satánico, en todos los personajes a los que aluden las canciones. Si no fuera así, el “endemoniao” Nietzsche no se habría quedado a vivir en esa canción/pensión, como aquellas en las que se alojaba el filósofo para aliviar su maltrecha salud.

El valor de las bromas literarias y filosóficas, la hilaridad es el santo y seña de este grupo de poderosa inteligencia colectiva, no está escindido del incuestionable valor musical de “Dejémoslo donde estaba”. Solamente le falta un tema más para convertirse en un dodecaedro perfecto. El disco es rotundo como una esfera, gracias a una producción que ha pulido su sonido y ha lijado cualquier imperfección. La ecualización al alza de los teclados ha realzado las canciones. Han bastado 11 canciones inspiradas de veras para liberar a los sintes de la maldición hortera que los tenía secuestrados.

Uno se pregunta si en la segunda cara serán capaces de mantener la intensidad del ciclo que hay entre “En Valmy” y “Los llamados pitagóricos”. En la primera como ya hicieran en el primer disco nos introducen sin pedir permiso en el barro de la batalla de Valmy, a finales del siglo XVIII, con la ayuda de uno de los más lúcidos testigos de otra carnicería, Ernst Jünger, que les presta alguna frase. Pero en el reverso del disco nos encontramos nada menos que con “El contador de muertes”. En nuestra revista nos gusta llevar la contraria como al ángel caído. Y si bien no dudamos de que “El hombre planeta” se convertirá en la nueva enseña del grupo, no podemos mostrar resistencia alguna ante el empuje de “El contador de muertes”, que alude al interés necrófilo y mórbido que despiertan las catástrofes entre las masas gracias al altavoz de los medios audiovisuales. Todo ello embadurnado de un humor más negro que la brea. “Campos de golf”, al igual que “Claudia” en la primera parte, es un destilado onírico, en el que el límite entre el sueño y la pesadilla se desdibuja. Los improperios terribles del atormentado Raskólnikov penden sobre la canción como si fueran su hacha homicida. Las canciones internacionales, “Icare”, versión de un tema de una banda francesa llamada también así, y la berlinesa “Oscar The Tiny One”, en inglés, funcionan tan bien que cualquiera diría que estos viejóvenes han experimentado las mejores canciones de una época que no vivieron. 

La biografía musical de Arturo Soria, deidad del urbanismo mágico, no podía faltar. Es él quien pende del monolito del centro comercial en la ilustración de la portada de Naide. El título del disco lleva el mismo nombre que una oscura aguada de Goya en la que aparece un monje, tal vez un inquisidor, que el ilustrador ha hecho acompañar de otros misteriosos monjes. Así que es muy pertinente que la última canción sea la transcripción musical de una estampa musical de Francisco de Goya. “La venta nueva” es el regreso al barrio de Ciudad Lineal, la génesis primordial del grupo y sus canciones. Todo lo que queda a un lado y a otro de la parte alta de la Calle Alcalá, albergaba hace doscientos años ventas y quintas donde coincidían los viajeros procedentes de Aragón y los lugareños. Alcalá Norte superpone los planos del tiempo de la Ciudad Lineal actual y la del dieciocho, las acémilas conviven con los coches en esta extraordinaria canción rebosante de épica de barrio, si existe algo así. Goya se sentiría fascinado por ella, y se sorprendería de que la vida popular no ha cambiado tanto desde entonces cuando él la retrató con una mirada compasiva, no exenta de amargura, y en ocasiones de espanto.

Cuando entrevistamos a Álvaro Rivas hace unos días admitió con admirable modestia que ansiaban grabar un nuevo disco para disponer de un repertorio más amplio que ofrecer a sus seguidores en los conciertos venideros. “Dejémoslo como estaba” supone mucho más que eso. La Academia fundada por Platón estuvo ochocientos años en funcionamiento. No sé si Alcalá Norte perdurará tanto tiempo, parece un objetivo inalcanzable, pero mientras esté abierta su “escuela” la felicidad exultante que transmite su doctrina musical está asegurada.

In-Edit clausura su 24 edición con el mejor cine musical


Por: Àlex Guimerà. 

Parece mentira que vayan ya 24 ediciones del festival de documentales musicales In-Edit, y la verdad es que el evento ha estado siempre allí puntual en pleno otoño barcelonés -aunque la expansión lo ha llevado a otras ciudades españolas e internacionales, para este año en Méjico, Brasil, Colombia,... - . Una edición que arrancó la noche del pasado día 29 de octubre tras larguísimas colas y entre invitaciones alcohólicas de los actuales patrocinadores (Campari Spritz y cerveza Moritz). Con el habitual maestro de ceremonias, Bruno Sokolowicz, la ceremonia inaugural dio entrada a la directora ejecutiva del festival, Astrid Rose, al fundador Uri Altell que exhibía el premio Aupa! ganado el día anterior en Bilbao y al director artístico Toni Querol quién repasó (chuleta en mano) las principales propuestas de la presente edición. Una edición nuevamente muy completa y variada que ha supuesto varios “sold out” y que confirma nuevamente el éxito de una propuesta cultural que es toda una institución. Por nuestra parte hemos podido gozar de algunos de los largometrajes del cartel, dejándonos muy gratas sensaciones. 

"Broken English", de Jane Pollard e Iain Forsyth (2025) (PREMIO INTERNACIONAL)

Marianne Faithfull es una de esas artistas con mayúsculas que ha tenido que luchar contra la etiqueta de "juguete roto", ex-novia de Mick Jagger y belleza de la swingin’ London de mediados de los sesenta. Pero la realidad es que fue una inquieta artista que siempre buscó la forma de expresarse, ya fuera a través de la poesía, de la música o incluso del cine. Afortunadamente la dupla de directores Iain Forsyth y Jane Pollard - conocidos por el también premiado “20.000 días en la Tierra”, el documental sobre Nick Cave de 2014 – han rescatado su figura justo antes de desvanecerse para rendirle un homenaje merecido. Y lo han hecho de modo experimental en esa fusión entre ficción y documental en la que tan bien se mueven. 

El punto de partida es el “Ministerio de la Memoria” encarnado por la actriz Tilda Swinton quién decide revisar la vida y los recuerdos de una débil Marianne quien va contestando a las preguntas mientras se intercalan imágenes y entrevistas de archivo y reinterpretaciones de sus canciones de la mano de músicos de la talla de Beth Orton, Sukie Waterhouse o Courtney Love. Así vemos su ascenso con 17 años gracias sobre todo a “As Tears Go By”, la relación tóxica con el entorno de los Rolling Stones, los tiempos oscuros con sus adicciones al alcohol y a las drogas, su renacimiento con la obra magna “Broken English” (1979) y la madurez artística de sus últimos años. Por desgracia, el virus del Covid-19 afectó a su salud dejándola frágil con importantes problemas respiratorios falleciendo en enero de 2025. Justo antes pudo terminar este documental que es su último testimonio y que se cierra con su última actuación pública en la que canta junto a Nick Cave y Warren Ellis, regalándonos el final mas emotivo posible. 

“Triana. El faro no cesa”, de Luís Miguel Fernández y y Javier Reboredo (2026)

Con motivo del 50 aniversario de su fundación, este corto documental de apenas 60 minutos de duración realiza un emotivo homenaje a la banda y al único miembro vivo en el momento del rodaje, Eduardo Rodríguez Rdoway (fallecido este pasado septiembre). Con Eduardo como hilo conductor recreando lugares esenciales en la historia de la banda mientras charla con invitados de lujo que reflexionan sobre la importancia de su banda. Así, vemos como Kiko Veneno le va acompañando por las calles sevillanas, pero también vemos como van apareciendo artistas de la talla de Annie B Sweet, Mercedes Ferrer, Nat Simons o los Derby Motoreta's Burrito Kachimba, entre muchos otros, interpretando el cancionero del legendario trío. No faltan tampoco voces relevantes de la música como Miguel Ríos, Bunbury o José Mercé quienes nos recuerdan la trascendencia de Triana en la música española y cómo fueron pioneros al fusionar el rock (Pink Floyd o King Crimson se encontraban entre sus principales influencias) con el flamenco de su tierra natal. Por si fuera poco aparecen Ramiro el hijo del genial Jesús de la Rosa (teclista y principal compositor de la banda), Maria la hija del batería Juan José Palacios "tele" y un lozano Antonio García De Diego, no miembro de la banda pero que aportó su guitarra en los seis discos. Un documental y una banda imprescindible que merecen un análisis aparte.

“Bowie: The Final Act”, de Jonathan Stiansy (2025) 

A lo largo de los últimos años ha habido muchos documentales sobre la figura de David Bowie, por lo que antes de ver el documental nos preguntábamos qué podía aportarnos este film. Pues, una vez visto, podemos afirmar que es original y que a pesar de tener cierto desorden su premisa casa bastante con el personaje y con el artista. Y es que lejos de hacer una revisión ordenada de su biografía la película va dando saltos por distintas etapas de su carrera con esas reinvenciones y cambios de registro que tanto y tan bien marcaron su carrera. Por eso me parece un acierto que se centre en una de las épocas que más se omiten de su gloriosa carrera, los años noventa. Una época en la que tras los agitados ochenta con su figura estancada como estrella indiscutible, Bowie decidió formar Tin Machine para ser uno mas en la banda. Un proyecto que apenas duró dos discos y fue linchado por la crítica pero que merece revisar. 

También nos muestra sus otros pasos por aquella década oscura para él como su incursión en la música electrónica y el drumb’ n bass de la mano de “Earthling” (1997) o la experiencia con la banda sonora para la serie “The Buddha Of Suburbia” (1993). Una década que daría paso a su resurrección artística con su presencia en el festival de Glastonbury del año 2.000 en la que recuperó sus canciones históricas y no solo reconectó con su pasado si no también con público y crítica. Aunque también hay vueltas por el pasado como el último concierto de la gira de Ziggy Stardust en julio de 1973 en el Hammersmith Odeon de Londres, o su etapa con el Plastic Soul, aunque si se omiten otras etapas cruciales como puede ser su época berlinesa. Quizás ese es el principal defecto del documental, el por qué se eligen unas etapas y no otras. En cambio si que vemos retratado ese “acto final” que da el título con un repaso emotivo de la grabación de su canto del cisne “Black Star” de 2016 con el que abandonó este mundo. Entre medio, las imágenes de sus actuaciones, de sus entrevistas, pero también de algunos de sus colaboradores mas relevantes como Toni Visconti o los guitarristas Earl Slik (de la gira Reality Tour) y Reeves Gabrels (compañero en Tin Machine), junto con otros nombres como Rick Wakeman, Moby, Goldie o su biógrafo Dylan Jones. Todos ellos nos ayudan a desgranar, en parte, una figura tan compleja como fundamental en la música de nuestro tiempo. 

Fugs Film!, de Chuck Smith (2025)

Interesante documental de esta banda bastante desconocida que navegó en la contracultura de los años sesenta enfrentándose a los poderes de los EEUU y la moral imperante del stablishment con altas dosis de humor, combatividad y originalidad. El documental llega cargado de imágenes oníricas, psicodelia e irreverencia para narrar la infrahistoria de esta formación a descubrir. Hablamos de los Fugs, una banda surgida de una librería del East Village neoyorquino con la vocación de dotar de contenido literario a la música rock (o eso nos dice Ed Sanders). A lo largo del metraje vemos como sus protagonistas narran la historia de primera voz, así las entrevistas con Ed Sanders, Ken Weather, Peter Stampfel y la bajista transgénero Jackie Anderson (para entonces se llamaba John) van recordando pasajes de sus intensas historias personales como de la historia de los Fugs . Hay presencia también de cortes de gente como Alan Ginsberg pero también de fans que recuerdan con emoción sus conciertos y su música.

Es la historia de una banda que logró interesar a los Steephenwolf, al mismísimo Paul McCartney cuando le pusieron su disco - llegando incluso en una ocasión a firmar a un fan como Tuli Kupfeberg, miembro y compositor de los Fugs-, o a Bob Dylan quien les elogió en una entrevista por la radio, siendo además influencia directa en la música de Patti Smith. Un interesante relato de una banda de culto y de su lucha para la liberación en contra la hipocresía a través de una música ecléctica llena de influencias y unas letras subversivas y provocativas que tanto podían denunciar la guerra del Vietnam y atacar a la CIA, como podían describir escenas escatológicas y sexuales, o abogar a favor del consumo de las drogas, o a la fin, hacer apología de lo políticamente incorrecto.

PREMIADOS DE LA 24ª EDICIÓN DEL FESTIVAL IN-EDIT BARCELONA: 

Mejor Largometraje Documental Musical Internacional: Broken English, de Jane Pollard e Iain Forsyth. 

Mención honorífica: Celtic Utopia, de Lars Lovén y Dennis Harvey. 

Mejor Largometraje Documental Musical Nacional: Kiro, de María Yáñez. 

Mejor Cortometraje Internacional: Is That All There Is?, de Kelli Miller. 

Mejor Cortometraje Nacional: El Perla, de Marta Busquets López. 

Premio APOLO al Mejor Vídeo Musical: Em torno boig (de Triquell), dirigido por Dardo Sedante.

El periodista musical J.F. León estrena el ambicioso proyecto audiovisual llamado "El Olimpo del Rock"


Detrás de algunos de los grandes discos y canciones de la historia del rock hay historias que merecen ser contadas. Amistades, rivalidades, accidentes, excesos, decisiones que cambiaron el rumbo de la música y episodios tan disparatados que cuesta creer que sucedieran de verdad. Historias que, además de entretener, nos ayudan a comprender mejor a sus protagonistas y la música que dejaron.

Con esa premisa ha nacido el 2 de noviembre "El Olimpo del Rock", el nuevo proyecto audiovisual del periodista musical J.F. León, con más de tres décadas de experiencia en prensa, radio y divulgación musical. Un canal de YouTube —con episodios de unos quince minutos— dedicado a recuperar momentos decisivos, anécdotas extraordinarias y personajes fundamentales de la historia del rock y de las músicas que lo hicieron posible. 

UN OLIMPO CON MUY POCA SOLEMNIDAD 

El nombre del canal no es casual. Su identidad visual recrea un particular templo inspirado en la Grecia clásica, con columnas, mármol y elementos arquitectónicos que proporcionan un marco reconocible a las historias. Pero que nadie espere una sucesión de bustos venerables acompañados de discursos solemnes. Precisamente para romper esa solemnidad aparece, intermitentemente, un personaje caricaturesco y animado (un trasunto del propio JF) que introduce y despide los episodios, aporta pequeñas dosis de humor y establece una complicidad directa con el espectador. 

El contraste entre la estética clásica y la irreverencia del personaje forma parte de una propuesta visual deliberadamente alejada de los formatos más convencionales (e impersonales) que dominan actualmente en la divulgación musical que podemos encontrar en YouTube. La intención es que cada episodio tenga personalidad propia sin perder una identidad común: una combinación de narración documental, fotografías históricas, material de archivo, recursos gráficos y animación, con especial atención al ritmo y a la reconstrucción de los acontecimientos. 

MENOS PROTAGONISMO PERSONAL, MÁS HISTORIAS 

Aunque J.F. León investiga, documenta y escribe los guiones, su intervención se limita a breves apariciones a través de su alter ego animado. El protagonismo corresponde a las historias y a sus personajes. La narración documental corre a cargo de Julie Thomasoro, locutora profesional bilingüe con una extensa trayectoria radiofónica, que aporta su voz y su interpretación a las versiones española e inglesa. Sin limitarse a una traducción automática, ambas versiones comparten el mismo planteamiento editorial y cuentan con una locución profesional destinada a conectar con públicos de diferentes países. 

En la producción participa también Carolina T., responsable del montaje documental, mientras que el diseño gráfico y la materialización de la identidad visual han contado con Antonio Latre y su equipo de By La Mamba Negra. El resultado es una producción de factura excepcional, inusual para una producción independiente, que busca combinar el rigor del periodismo musical con las posibilidades narrativas y visuales del lenguaje audiovisual contemporáneo. 

MUCHA HUMANIDAD EN TIEMPOS DE AUTOMATIZACIÓN 

En un momento en el que proliferan los contenidos audiovisuales generados de forma casi automatizada –con muchos canales íntegramente creados con IA–, El Olimpo del Rock apuesta por un modelo diferente. La tecnología, obviamente, forma parte de sus herramientas de producción, pero las decisiones editoriales, la selección de las historias, la investigación, la escritura, el montaje, y la interpretación narrativa responden a un trabajo humano. Detrás de cada episodio hay documentación, criterio periodístico, experiencia y una pasión por la música cultivada durante casi medio siglo.

«No queremos hacer una Wikipedia audiovisual ni limitarnos a encadenar datos que cualquiera puede encontrar en internet. Queremos contar historias. Y hacerlo con el conocimiento, la pasión y el sentido del humor de alguien que lleva prácticamente toda la vida escuchando música. Si al terminar un episodio el espectador siente curiosidad por escuchar un disco o descubrir a un artista, habremos conseguido algo importante», explica su creador.

De hecho, en la descripción de cada vídeo, el espectador podrá encontrar un enlace que le permitirá disfrutar de una playlist con canciones que van más allá del simple acompañamiento del vídeo. 

PARA QUIENES LO SABEN TODO… PERO TAMBIÉN PARA QUIENES ESTÁN EMPEZANDO A DESCUBRIRLO 

El Olimpo del Rock nace con una vocación divulgadora que pretende conectar con espectadores de distintas generaciones y niveles de conocimiento musical. Quienes llevan décadas escuchando rock encontrarán historias, conexiones inesperadas y quizá algún dato que desconocían, capaces de invitarles a revisitar discos conocidos desde otra perspectiva. Mientras que quienes se acerquen por primera vez a esos artistas podrán descubrirlos a través de relatos accesibles, entretenidos y contextualizados. El proyecto tampoco pretende quedarse exclusivamente en los grandes nombres. 

Aunque los primeros episodios sí abordan historias reconocibles, su línea editorial contempla también artistas de culto, escenas menos exploradas y episodios alejados de los lugares comunes de la historia musical. Además, cada vídeo se acompaña de información complementaria y una lista de reproducción especialmente preparada para ampliar la experiencia, recuperar las canciones mencionadas y descubrir otras que permiten profundizar en el relato. La idea es sencilla: que el documental no sea necesariamente el final de la historia, sino el principio de nuevas escuchas. 

UN PROYECTO INDEPENDIENTE CON VOCACIÓN INTERNACIONAL 

El lanzamiento de “El Olimpo del Rock” simultáneamente en español e inglés responde a la voluntad de construir una comunidad internacional de aficionados a la música. No se trata de competir en volumen con los grandes productores de contenido (casi siempre espoleados por el uso, o más bien abuso, de la IA), sino de desarrollar un catálogo de historias que conserven su interés con el paso del tiempo. Porque los grandes discos envejecen, pero las buenas historias que hay detrás de ellos siguen mereciendo ser contadas. Y en este particular Olimpo, además, los dioses del rock tienen permitido reírse de sí mismos. 

CUATRO EPISODIOS PARA ABRIR LAS PUERTAS DEL TEMPLO 

El lanzamiento se realizará con cuatro documentales (de unos 15 minutos de media) que permiten descubrir desde el primer día el planteamiento del canal. 

EPISODIO 1 — Layla: la historia de amor que creó un himno del rock 

Vídeo en español: https://youtu.be/KFQc2Xmp7ww 


EPISODIO 2 — Phil Spector: pistolas, Ramones, Lennon y una historia que dejó de tener gracia 

Vídeo en español: https://youtu.be/6YmeoupjTRE 


EPISODIO 3 — Gram Parsons: murió con 26 años… y entonces empezó la historia 

Vídeo en español: https://youtu.be/dba_rad0ewY

 Vídeo en inglés: https://youtu.be/iRE0_jQPe-w 

EPISODIO 4 — Gram Parsons: robaron su cadáver… y le prendieron fuego en el desierto 

Vídeo en español: https://youtu.be/_k1iY64LqcY 


 INFORMACIÓN Y ENLACES: EL OLIMPO DEL ROCK
 

English-language channel https://youtube.com/@TheOlympusOfRock

Malcolm Scarpa: "33 1/3 Microsillons – 30 Aniversario"


Por: Txema Mañeru. 

El amigo Luis González (Caballero Reynaldo) sigue haciendo todo lo posible para que la gente conozca la grandeza del desaparecido Malcolm Scarpa. Lo hemos constatado en El Giradiscos con todas y cada una de las cajas de 3 compactos o más que está editando en tiradas limitadas con motivo de los respectivos 30 Aniversario. Ahora, él mismo, Caballero Reynaldo, acaba de publicar su chulo “64” (Caballero Reynaldo Producciones Psicotrópicas). Sí, tiene 64 años y es su disco número 64, pero no cuenta los que grabó con el propio Malcolm Scarpa, Mar Otra Vez o Amor Sucio. ¡Vaya crack! El disco comienza con los Beatles y acaba con Frank Zappa, ambos en estrambóticas versiones instrumentales. Luego se atreve hasta con Quevedo y sorprende con buenos temas propios. Puedes conseguir sus discos y los de Malcolm en www.caballeroreynaldo.es. 

Pero vayamos a esta guapa nueva edición del “33 1/3 Microsillons – 30 Aniversario”. Vuelve a alcanzar las 3 horas de duración, ya que son 3 compactos y un total de 64 temas. El primer compacto trae el disco al completo remasterizado de las cintas DAT master, lo que implica un muy buen sonido. Luego añade 6 Outtakes y temas adicionales. El segundo compacto se titula “The Magic Demos Vol. 4” porque es el cuarto disco que han reeditado de esta guisa. El tercer compacto se acerca a los 80 minutos y se titula “En Directo – Valencia HOF Archivos Vol. 8” y trae un total de 27 temas. A esto hay que sumar el ya habitual y espléndido libreto de 24 páginas en formato libro. Te recordamos que en esta ocasión la tirada es tan sólo de 100 ejemplares por lo que debes moverte con celeridad, si te quieres hacer con alguna de ellas.

Fue injustamente desconocido para el gran público, pero bastante, y merecidamente, reconocido por la prensa especializada. Pero vayamos con el disco original. "Destination Wrong" era un acertado arranque de aires americanos con buenos coros y guitarras. Contaba con un estribillo pegadizo para corear de aires pop. "Hospitals" es puro pop Beatle con los excéntricos coros alucinados y risas de ultratumba que caracterizaban a Malcolm. Me encanta "Betrayed Beloved" con su parsimonia y su melodía cambiante con arreglos casi cercanos al rock progresivo, por momentos. Vacile gabacho en una divertida "A Tribute To La France" por la que pasan La Nouvelle Vague y hasta Eric Cantona. "Friends Everywhere" es una tierna balada con su voz, coros y acústica. "Heartbreak Ahead" es más viva, rock y eléctrica, mientras que "You Might Get Better" es optimista y tiene una exquisita melodía vocal. "Solitude Is A Magic Word" es una alegre tonada puro The Kinks music-hall, y "Blueprint For The Blues" brilla por su fina guitarra eléctrica y su dulce melodía. Siempre muy presentes The Beatles y The Kinks, regresa a los primeros, más dominados por Macca, con la animada "Gotta Get You Somehow". "Hotels" es tierna y hasta cuenta con teclados sonando como cuerdas y es muy crooner, aunque luego entra el piano y ese aire al music-hall de los Kinks que tanto le gusta. "My Little Alarm Clock" parece contar hasta con caja de ritmos y destellos de electrónica de bolsillo. "This Time (Malcolm’s Not My Name)" es rica en sonoridad y muy animada, aunque nos vacile con su nombre artístico. Buen final con "Der Traurige Kleine Mann", otra de sus excentricidades marca de la casa con breve narración en alemán y luego misteriosos teclados. Con dicha locura se va hasta los 5 minutos y medio.

Entre los bonus tracks de este primer disco destacan las versiones de The Beatles, "ObladiOblada" y, sobre todo, el "Twenty Small Cigars" de Frank Zappa. En el disco de las demos, además de la mayoría de temas del disco original, tenemos sorpresas como "I’m Sorry We Met" o "The Land Of My Broken Dreams". Entre los 27 temas del compacto en directo también tenemos muchas de este disco, pero están acompañadas de clásicos de sus comienzos como la siempre feliz "Do The Baccarola" o habituales blues como "I Got The Blues When It Rain". Entre las versiones se acuerda de su amigo Ñaco Goñi en "The Jitter Jive", se atreve con Elvis en "It’s Now Or Never", repite con su habitual "Jambalaya" de Hank Williams, aunque también la transformaron The Residents, y sorprende con el tema de Cookie, "I’m Gonna Give Me A Myself Party". ¡Qué siga la golosa y abundante fiesta anual de reediciones!

Arde Bogotá: “Manufacturas del Club de la Gente Sola (MCGS)”


Por: Javier Capapé. 

Demasiado "hype" nos impide ver con claridad. Arde Bogotá se enfrentaban con su tercer largo a su reto más exigente. Tras convertirse en la banda de rock más popular y laureada de nuestro país, con un ascenso meteórico que les hizo copar los más grandes escenarios por encima de cualquier otro rival de escena, tenían la difícil tarea de renovar su apuesta con unas canciones que les mantuviesen en lo más alto. Podrían haber apretado el piloto automático y dar lo que se esperaba de ellos. Podrían haber organizado la mayor gira por grandes recintos del país recreándose en sus éxitos. Podrían haber vuelto a recorrer la A3 sin salirse del guion. Pero afortunadamente no ha sido así. 

“Manufacturas del Club de la Gente Sola” o “MCGS”, que ahora están de moda los acrónimos, es su tercer disco. Parece mentira que tan solo con tres álbumes los cartageneros estén en boca de todos, pero así es y lo abrazamos con gusto. Todos estamos invitados a este club porque todos necesitamos sentirnos solos para construir algo sólido, para manufacturar algo grande que nos haga abrir el pecho y volver a vibrar. Este disco no es un manual de autoayuda, pero con él podemos volver a sentirnos vivos y unidos a ese colectivo que es su singular club de solitarios. Porque muchos solitarios hacen una comunidad y esa comunidad es la que nos une. Por ese camino se mueven estas canciones armadas como una secuencia emocional. El propio grupo, sin hablar de disco conceptual, ha admitido que han intentado recrear un camino que va del deseo a la tristeza, la culpa y, por último, la consolación. Así que será a través de esas coordenadas con las que trataremos de entender esta propuesta, sincera en lo lírico, con un discurso bien definido, y muy valiente en lo musical.

Por primera vez en su corta pero intensa carrera, las canciones que conforman el disco salen de su zona de confort. Se tiñen de aromas del sur, de aires fronterizos, de sonidos postindustriales y de baladas melancólicas. Hay una cosa que me llamó la atención desde la primera escucha, los de Cartagena suenan mucho más duros, porque, no nos engañemos, en la supuesta dureza de antes había mucho pop para todos los públicos. Suenan ásperos y crudos, pero entregan, a la vez, las canciones más sentidas de su discografía. La palabra que más se escucha en estos intensos cuarenta minutos es “pecho”, porque el disco busca sentirse desde dentro, vivirse con el corazón en un puño. Partían de la idea de construir un corazón que no sintiera, pero se dieron cuenta que desconectando de verdad el corazón y la sensibilidad terminabas aislado del resto y encontrabas la soledad, por lo que era necesario sentir para buscar esa comunicación. Por eso, este “MCGS”, aunque pueda parecer lo contrario, es más colectivo y abierto que solitario.

La banda se desplazó a los estudios East West de Los Ángeles para trabajar bajo la dirección de Joe Chiccarelli, que se encarga de una producción pesada, pero en la que apreciamos todo tipo de matices. Hay cierto sentimiento de asfixia u opresión en ellas (quizá por la oscuridad que les ha impreso el norteamericano), pero eso hace que las notemos más vivas. El cuarteto parece querer renovarse desde el primer minuto. Sonando a ellos mismos, pero aportando una nueva cara, nuevos arreglos que hace tan solo dos años no hubiéramos esperado nunca en ellos. Podemos sentir aires de pasodoble, amagos de copla y hasta flamenco. Han decidido abrir sus puertas a todo lo que les haga sumar. De hecho, una de las etiquetas que siempre les habían colgado, esa que comparaba la voz de Antonio García con la de Bunbury, queda ya muy lejos. Antonio canta con más ternura, menos engolado y con un mayor registro que en “La Noche” o “Cowboys de la A3”, que eran mucho más planos en este aspecto. Esta vez las comparaciones nos llevan más hacia las guitarras de Dani Sánchez con Juan Valdivia y ese sonido que destiló en su experiencia americana con Bob Ezrin en el crepuscular “Avalancha”.

Aquí hay mucho más que antes. Rock americano crudo, mezclado con una apuesta patria singular y muy personal. “MCGS” es su mejor disco. Sin duda. El más creíble. No suena a producto prefabricado. Tiene personalidad. Y es que quizá Arde Bogotá hayan encontrado en este mar de éxito que les aisló como individuos el buen caldo de cultivo desde el que partir para construir algo personal y muy valioso. Si hay que caer para encontrar tu sitio, si hay que sufrir y sentir el dolor en el pecho, bienvenido sea ese sufrimiento. Desde luego que en este caso les ha servido, y mucho, para hacerse con un disco que nos ha cautivado a los más descreídos.

El manual de instrucciones para este viaje en soledad se inicia con el ruido y la furia que arrojan con la correosa “Instrucciones” (sí, la canción de la “tractomula”). He de decir que no me dijo nada, más bien me sobró, al escucharla fuera de contexto, cuando la lanzaron como primer adelanto del disco, pero ahora, al entenderla en su conjunto, adquiere todo el sentido, y aunque su pesadez pueda atragantarse (al igual que sus “bam bam”), entendemos su motivación y la decisión de presentarla como la puerta de acceso a esta fábrica donde la necesidad de reconectar con uno mismo será la clave para volver a sentirnos vivos y dar valor a lo colectivo. Porque podemos sentirnos solos, pero desde ese estado construir algo que nos una. De hecho, la gira que emprenderán por grandes recintos este verano lleva este leitmotiv por bandera: “Cómo construir un recuerdo”, con el que la banda dará continuidad al universo creativo del disco, convirtiendo cada concierto en un recuerdo colectivo. Esa es la intención, pero antes que eso, lo que apremia son estas once canciones que, escucha tras escucha, se quedan grabadas a fuego en nuestro pecho. Y es que no conseguimos separarnos del disco. Su gancho es adictivo.

Tras la lectura de las “instrucciones” pertinentes comenzamos la construcción de este universo que nos lleva al sur entre palmas y una guitarra castiza, con la que Dani Sánchez nos recuerda más que nunca al toque a las seis cuerdas de Hugo Toscano, el que impusiera la personalidad más definitoria de los primeros Elefantes. “El Tesoro” es lo más singular que hemos escuchado del grupo hasta la fecha. Lo más imprevisible. Pero ahí no queda la cosa, porque basta esperar hasta la siguiente canción del lote para dejarnos llevar esta vez por la trompeta fronteriza de Juanito Rubio que transforma “Judas” en un híbrido entre Foals y Los Lobos. Habrá muchos de sus seguidores que no entiendan estos arreglos castizos a la primera, pero tras unas cuantas escuchas pasarán a formar parte de las coordenadas de Arde Bogotá como si siempre hubieran estado ahí. “Antifiesta” parece más familiar, aunque aquí son los coros de Chechu Rodríguez y Tonny Serrano los que redondean su coda. Una canción con dos partes, una primera más contenida y otra con más potencia y garra. Lo que reflejan aquí es una “fiesta que reúna todas sus tristezas”. Pocas alegrías y mucha crudeza (aunque con un punto de humor), pero ya advirtieron en su tema inicial que esto no sería un camino de rosas. Más bien lo contrario.

“A veces me imagino muerto y me ayuda a relajarme, a callar las palabras”. Con estos contundentes versos se inicia el tema más sentido de la colección. “Olivos” es pura poesía, emoción contenida, pegada a la tierra, como los olivos que se aferran a ella en tiempos crudos, secos y solitarios, pero que consiguen resistir desde su raíz. Azotados por el viento y la sequía, pero seguros, fuertes y firmes. Es difícil no derramar alguna lágrima cuando entendemos que ese estribillo está escrito directamente para todos esos corazones solitarios a los que vendrá a abrazar la primavera. Conozco bien la tierra cruda y seca, como la de los olivos solitarios que necesitan ese abrazo, y por eso no puedo evitar sentirme tan conectado a este tema, posiblemente el mejor que haya parido nunca esta banda.

Jota Mercader acelera el ritmo con el pecho roto en “Señor Herrero”, de nuevo con ese deje patrio que nos lleva esta vez hasta el rock andaluz. Dicen que esta fue la canción que hizo arrancar al resto. En ella aparece ese hilo entre la soledad y la idea de que ese herrero construya una máquina que pueda apagar los sentimientos. Tal vez podamos entenderla así, aunque también estará bien disfrutarla simple y llanamente por su afilada contundencia. Cuando pensábamos que con “Hervidero” estábamos ante una versión más reconocible de sus formas, aparecen esos coros funky de Selenia Rodríguez (¡qué calor, uh, uh, qué calor!), contrastando con ese riff tan marcado, que nos dejan K.O. Justo lo que necesitamos antes de una recta final apoteósica encabezada por “Bigger Splash”, donde la dicción de Antonio nos enamora a la vez que nos encoge el corazón. Está más contenido, suena más sedoso, y consigue sacar lo mejor de sí mismo en una apuesta que podría desbancar a “La Salvación” del trono de sus epopeyas épicas.

La canción titular es más plana, quizá más prescindible, con unas atmósferas creadas por Joe Chicarelli y Zac Rae a los teclados que la sostienen. Aporta el concepto, pero se pierde en su medio tiempo sin llegar a explotar, a pesar de contar con una línea de bajo de Pepe Esteban que engancha y las guitarras con más brillo del lote. Pero no hay que preocuparse, para emocionar está “Asidero”. El abismo de los treinta y la necesidad de aferrarse a la vida, ejemplificada en ese “vidrio del bueno” que todos podemos llegar a ser. Asideros de nuestro propio recomienzo o agarre del que tenemos cerca. La comunidad como entidad para hacernos fuertes. Una canción sencillamente perfecta, siendo además la más serena de todas las que el cuarteto ha compuesto. Un hito que hará tatuarse a más de uno eso de “No hay dolor, es pasajero”.

Y para terminar por todo lo alto, una manera de sacudir los males, aquello que pesa, de nuestro yo interno. “Sacude” cuenta con la voz de Celia Jiménez y los coros de José Antonio Chacón, que nos ponen la piel de gallina. Ese contraste sureño con la voz de barítono de Antonio es el mejor colofón a un viaje de la soledad a la aceptación y la redención que hace de este “Manufacturas del Club de la Gente Sola” un manual de autoconocimiento para encontrar en nosotros mismos el reinicio y el principio de la comunión real con el otro, una manera de dejar de sentirnos aislados en este mundo que peca de esa falsa apariencia de conexión, tan dañina en el fondo. Con el deje flamenco de “Sacude” culminan tratando de decirnos que hay algo vivo dentro de todos nosotros aunque nos empeñemos en apagarlo. Tocamos fondo para salir a flote y si “no duele” es porque aprendemos a sacudir aquello que debemos dejar atrás. En la valentía de estas letras está la redención y en el eclecticismo de la paleta sonora que los murcianos presentan en este disco está su manera de decir que están dispuestos a lo que haga falta, que les queda todo un universo por explorar. Han hecho el mejor disco que se podía esperar de ellos sin ser el disco que sus seguidores pensaban oír. Pero es el que necesitaban y el que mejor define su momento, ese que les espera con las puertas bien abiertas hacia lo más alto, mucho más allá de 571-/9A.

Rhiannon Giddens: “Hope Is The Thing With Feathers”


Por: Juanjo Frontera. 

En opinión de quien esto escribe, pocas músicas o músicos han sabido escarbar en las raíces profundas de la música americana de la forma que lo ha hecho Rhiannon Giddens. Desde los tiempos de su participación en aquél súper grupo que fue Carolina Chocolate Drops su faceta de cantautora folk ha sido trascendida, poco a poco, por la de arqueóloga. Eso sí, una arqueóloga en absoluto anclada en el pasado. Sus discos nunca suenan como sacados del baúl más mohoso del desván, sino como vigentes testimonios de una cultura que nunca morirá mientras guardianas valientes como ella sigan en la brecha. 

Tras discos tan mayúsculos como el totémico "Freedom Highway" (2017), proyectos en colaboración con su ex-pareja Francesco Turresi, o ese acercamiento al pop que fue "You’re The One" (2023), con canciones por primera vez enteramente de su puño y letra, su nuevo álbum, "Hope Is The Thing With Feathers", constituye un retorno a sus raíces más profundas, una carta de amor a sus orígenes en Carolina del Norte y un certificado de pureza que una ganadora del Grammy y del Pulitzer no necesitaba, pero que ella más que nadie está capacitada para emitir. 

Grabado en The Cypress House de Louisiana y coproducido entre Giddens y su habitual Dirk Powell, este trabajo es resultado de una búsqueda de la perfección en el lado más orgánico de un registro discográfico. Los músicos -entre los que se incluyen el mencionado Turrisi, el guitarrista congoleño Niwel Tsumbu, o la hermana de Rhiannon, Lalenja Harrington - tocan todos en directo en el estudio buscando la más absoluta comunión y el respeto absoluto a todo lo que ocurra ahí dentro, incluídas pisadas, respiraciones o conversaciones casuales, que se convierten en un miembro más de la banda. 

Un “ni trampa ni cartón” que hace que el álbum respire de una forma muy especial. Cada melodía, cada voz, cada pulsación de una cuerda de la guitarra, se siente como algo carnal, totalmente presente, como si uno estuviera ahí. Y eso no resta mérito técnico a la grabación, todo lo contrario: lograr esta “respiración” no es en absoluto fácil, hay que saber tenerlo todo en su sitio de una manera que sólo los auténticos maestros conocen. Y la de Greensboro puede considerarse ya toda una catedrática en esto de hacer música y transmitirla a los demás. 

Se nota en un trabajo que a nivel conceptual parte de un poema de Emily Dickinson que comienza con "The Hope is the thing with feathers / That perches in the soul" ("La esperanza es esa cosa con plumas / Que se posa en el alma"). Según ha explicado Giddens, se encontraba en una habitación de hotel reflexionando sobre el estado actual del mundo cuando la melodía para adaptar estos versos "se descargó en su cerebro". Inmediatamente le cantó la idea al guitarrista congoleño Niwel Tsumbu, quien terminó de pulir el movimiento armónico de la canción.

Ese fue el germen sobre el que creció un disco que alterna las composiciones propias con adaptaciones de temas ajenos o tradicionales, todos ellos viajando bajo ese concepto común del que hablaba el poema de Dickinson: encontrar en la esperanza un acto de resistencia contra la sinrazón. Al primer grupo pertenecen la apertura, “Angel fire rise”, escrita a cuatro manos entre Rhiannon y Dirk Powell, una excepcional puerta de entrada que aprovecha toda esa carnosidad de la grabación en directo para meter de lleno al oyente en esa vuelta a las raíces que nos propone. 

También están compuestas por Giddens -algunas junto a sus colaboradores- la cruda y potente “Step away blues”, la sentida “Wish in vain” o una de las mejores del lote, “Carolina rain”, que reivindica a los mejores The Band. Básicamente, toda la primera cara del vinilo son originales, mientras que las situadas en la cara B son adaptaciones de canciones compuestas mayoritariamente por mujeres, como el clásico “Freight train”, de Elizabeth Cotten, la imponente “High on a mountain”, de Olla Belle Reed o “Going home” de la artista nativa americana Pura Fé. Mientras que “Cluck old hen” y “Walk with me” son dos piezas ancestrales que dan plena muestra de esa arqueología de la que hablábamos y que es tan importante en la música de nuestra protagonista. Ambas dan cierre a un álbum en que Rhiannon Giddens recupera su lado más puro y a la vez más reivindicativo, haciendo protagonista al blues sobre otra serie de elementos también presentes y procedentes de todas las tradiciones -del color que sean- americanas, para cincelar otra pieza más del imponente mosaico que es ya la obra de esta absoluta gigante de la música. Una necesaria guardiana de la tradición que defiende con uñas y dientes la cultura que nos salvará de la barbarie.

Torpedo Party: Unión y reunión de una escena en llamas


Sala Ambigú Axerquía, Córdoba. Viernes 30 de octubre del 2026. 

Texto: J.J. Caballero. 
Fotografías: Mar Portal. 

La idea de dar cobertura escénica a las bandas y artistas recientes incorporados al catálogo de una discográfica, en este caso además de nuevo cuño, rondaba en la cabeza de los responsables de Magnetic Pie Records, el sello cordobés más arriesgado e implicado en los avatares de los grupos locales –abierto también a fichajes de las más diversas procedencias-, casi desde el comienzo. Implicados en la producción y promoción de los directos correspondientes, para esta Torpedo Party, un curioso pero ajustadísimo nombre de guerra para la fiesta de presentación en la sala Ambigú Axerquía, se asociaban con El Submarino, otra aventura de ojalá que brillante porvenir que prioriza la actitud independiente y la gestión con las instituciones en pos de un objetivo común para músicos, promotores, salas y medios: Dar cabida y difusión, en la mayoría de casos mucho más escasa de lo que debiera, a una serie de propuestas que están revitalizando la ciudad en los últimos tiempos, de momento con más ilusión que repercusión. Era una ocasión perfecta para celebrarlo y hacer de la puesta de largo oficial de ambos proyectos algo distinto y necesario. Vaya por delante el agradecimiento por hacernos partícipes de todo ello a los amigos y allegados que hacen posible que sigamos soñando con un futuro, y por qué no con un presente, mucho más despejado de obstáculos y libre de ataduras creativas. Al menos que no se diga que no lo estamos intentando.

Tony Tunait, un espécimen personalísimo y casi un universo en sí mismo, abrió la fiesta con la excusa de presentar “ReCreo”, un disco largo grabado con medios y conciencia del nicho que puede ocupar su música, más cerca de un Kiko Veneno de barrio que de las grandes expectativas que la nueva rumba puede cubrir en los tiempos que corren. A pelo, con voz, guitarra eléctrica, gafas de sol nocturno y sombrero fronterizo, fue apenas el entrante sonoro para un menú variado, corto en aditivos y salpimentado con especias de procedencia conocida y digno de ser degustado en pequeñas e intensas dosis. Tal era la intención del evento, y a ello se entregaron sus protagonistas.

El turno de Migue Pérez, alma mater de El Submarino, no podía ser sino al frente de una banda cada vez mejor armada y con más recursos para solidificar su directo. Volpina, con la consabida y efectiva fórmula de guitarras, bajo y batería, se escora en su nuevo vestido eléctrico hacia un power de musculosa base rítmica, en lo cual tiene mucho que ver el sonido de la Gibson y una nueva vuelta a las canciones que los sitúan en primera línea del pop local. La más reconocible, “Tampoco es para tanto lo nuestro”, fue secundada por las no menos icónicas “La reina del Ambigú” –con el guiño correspondiente a la casa que los acoge con más amor-, “San Miguel alto” y el consabido homenaje a sus dioses Teenage Fanclub con la habitual versión de “Sparsky’s dream” y la consiguiente alegría del oyente cercano. 

Todo ahora contribuye a la sensación de que los temas a punto de ver la luz los harán un poco más relevantes, y quienes ya apreciamos las virtudes de su debut “Lecciones de vuelo” no podremos estar más contentos con ello. Lo mismo que del extraordinario primer disco de Nine Fifty Seven (por si alguien no lo saben, justamente ese, el 957, es el prefijo telefónico de la provincia de Córdoba: Orgullo y clase), grupo encabezado por la voz y el pelazo de Jennifer Baena y la apuesta personal de Jordi Arranz, de quien podríamos decir que ha sido y es uno de los mejores guitarristas de la ciudad y parte del extrarradio. Su onda cercana al hard rock y el stoner de los noventa sitúa “Las apariencias”, su primer disco, en un lugar bastante diferente al del resto de los comparecientes. Combinan castellano e inglés y fluyen en un conglomerado no por sobradamente conocido menos atractivo. “Solo te pido” es seguramente uno de los grandes temas grabados por una banda local en este último trimestre de 2026, y aunque hay detalles por pulir, los escasos directos que aún les contemplan les proporcionan el suficiente aval para confiar en sus poderes durante bastante tiempo. Frescura e inspiración, la clave de muchas cosas.

Paul Barham tiene en The Varlets una banda de acompañamiento más que fiable. El británico más cordobés del mundo venía de la escena punk de sus dominios e intentó abrir el mismo melón hace unos años al frente de Aspidistras, pero el paso del tiempo y el propio bagaje le hicieron virar al rock orientado al blues o, dicho en términos más asequibles, a un pop rock de autor cuya esencia se ha convertido casi en marca. Temas de corte clásico como “The thing about Charles”, por citar sólo uno de los mejores, no definen un sonido más expandido de lo que parece, pero sí definen la base de una propuesta abierta a ambiciones mayores, que son las que merece un músico de recorrido tan amplio como su humildad.

Irene Espejo, o Mirror, como ella prefiere que llamen a su proyecto, sabe que el pop delicado de espectro limitado y sensaciones nada pasajeras, suele dejar poso en los apasionados de la música sin etiquetas ni prejuicios. Lo que hace no es música triste como puedan pensar algunos, sino un viaje ansioso por experimentar y fluir en temas de corte íntimo y brazos abiertos a la divagación instrumental. Entre guitarras y teclados, recorre un camino propio en el que enredarse con músicos de parámetros similares como los integrantes de Chitón, de nombre explícito debido a su condición puramente instrumental, amigos y compañeros de batallas, con quienes revisó unas “Perlas ensangrentadas” bañadas en pop atmosférico y sensualidad contenida, para luego convocar a la jam session a su (y nuestro) querido Mike Sun y meterse en las pantanosas aguas que suelen surcar Flaming Lips con su enorme “Yoshimi battles the pink robots”. 

Así, a base de combos improvisados y con el factor sorpresa como titular, se fueron sucediendo las asociaciones escénicas en las que cualquier cosa podía suceder. Y sucedió que los propios Chitón ejercieron de banda de acompañamiento del citado Barham en un viaje psicodélico al mismo centro del “Revolver” de los Beatles con una grandísima versión de “And your bird can sing”; pero también ocurrió que Jubilee, más exactamente su líder Pedro Cantudo, querían decirnos que acaban de publicar su retorno discográfico después de unas largas y nos consta que forzosas vacaciones, y una de las mejores formas de demostrarlo era pedirle al propio Mike Sun que se quedara con ellos en el escenario –el resto de la banda eran el grueso de los extintos, maravillosos y aún por reconocer Limousine, otro de los grandes nombres de la escena oculta- para atacar por la retaguardia el “Thirteen” de Big Star y moldearlo a sus formas, que no son para nada las mismas ni tienen por qué serlo.

Así concluyó, sin contar las vicisitudes de la fiesta de prolongación, otro encuentro que no era sino un reencuentro feliz con las gentes que hacen posible que esto funcione. Raras veces se podría dar en otro lugar o en cualquier circunstancia diferente un clima de concordia, unión y sentido de la colectividad como en estos eventos que afortunadamente empiezan a prodigarse en la apretada agenda de una ciudad en constante ebullición. A su conclusión, la Torpedo Party no hizo más que comenzar. Y nosotros iremos allá donde nos lo requieran sus responsables, la próxima vez y todas las demás.