Sick Buzos emergen gracias a un nuevo disco homónimo de otro mundo


Por: Guillermo García Domingo. 

Las profundidades abisales del agua permanecen como el único lugar inexplorado del planeta. Solamente la poderosa imaginación de Jules Verne se ha atrevido a aventurarse en ellas. Aunque después de escuchar el último disco de Sick Buzos uno llega a dudarlo.

No hay nada, por extravagante o inusitado que sea, que no haya sucedido en Sevilla. Esta ciudad andaluza es el mundo entero en miniatura. Hace casi treinta años, cuatro buzos salieron de las profundidades (¿del Guadalquivir?) con un disco que depositaron en tierra firme. Muchos se acercaron a escuchar esa rareza salida de las aguas que además no se entendía del todo bien, y no solo porque los temas estuvieran en otro idioma, la extrañeza de “Introducción en blanco y negro” no dejó indiferente. Sin embargo, los buzos volvieron a ocultarse, al menos, como banda, ya que todos ellos por separado han seguido estimulando el underground sevillano, en la música y en otras disciplinas, porque debajo de la escafandra se encuentran las personalidades de nada menos que Javier Neria y Chencho Fernández. Ante este último, con permiso de Neria, instrumentista extraordinario, y de la Macarena, esta revista acostumbra a prosternarse. Los “chenchistas” salimos en procesión cada vez que Chencho se manifiesta. No somos de hostias, ni de darlas, ni de recibirlas, pero sus canciones son sacramentos para nosotros; cada uno de los tres discos son el antiguo, el medio y el nuevo testamento respectivamente. Dicho esto, Sick Buzos, como este disco pone de manifiesto, tiene entidad propia y ha firmado uno de los mejores discos del año, que casi nos perdemos por culpa del inoportuno verano infernal y la discreción del grupo. En esto también demuestran que pertenecen a otro mundo, alejados de la parafernalia grandilocuente que se gastan otros que después no tienen nada que ofrecer.

A lo largo de los años estos buzos se han dejado ver de vez en cuando y siempre sin avisar. Ahora, en cambio, han emergido en serio, de cuerpo entero con las aletas incluidas, aunque sin la presencia de la bajista y fotógrafa Concha Laverán que no forma parte del grupo desde finales de 2024, y protagonizan “un nuevo debut”, tal y como sostiene con razón la primera canción de este genial disco publicado en mayo. Han reunido material grabado de los noventa y temas compuestos para esta feliz ocasión; la mayoría están escritas y cantadas en el español de Chencho, ya que su “fraseo” habría que catalogarlo como una lengua aparte. También hay tres canciones en inglés. 

El disco no podía empezar de otra manera: las notas inquietantes de “Un nuevo debut” ensombrecen el aire de la canción. Las señales de colapso que el mundo envía nos obligan a pensar que no está lejos la hora de comenzar de nuevo; la voz de Chencho viene de muy lejos para comunicarnos la aciaga noticia y explica a su manera, además, por qué los buzos han decidido regresar del mundo acuático al que pertenecen. Y de paso advertimos que no son los de antaño, han adquirido saberes arcanos sobre el oficio musical allí donde los rayos de la luz no alcanzan.

Si el glam rock pudiera reencarnarse en algún sitio, elegiría Sevilla y se encapricharía singularmente de los Sick Buzos. Aunque los protagonistas de los temas y sus movidas son autóctonos, no acontecen en las callejones de Nueva York o en los rincones más sórdidos del CBGB, ni falta que hace. “Antoñito” vive (y muere) en una barriada sevillana, y “Fani”, por mucho que viaje de aquí y para allá solamente puede pertenecer a esas calles, las de la Alameda sin ir más lejos.

“Un miércoles absurdo” es, indudablemente, de la escuela de Chencho. Demuestra que en la mesa de una tasca sevillana un tipo puede albergar pensamientos existencialistas como lo haría un filósofo sentado en Deux Magots de París. “Eh, tú” y “Fani” son la artillería pesada para convencer a los indecisos. Chencho ha nacido para componer e interpretar estas canciones, como ha demostrado con creces en su trayectoria en solitario. “Eh, tú” lleva dentro la herencia de “Una buena noche”, con esto está dicho todo. Ambas son mellizas, no llegan a ser gemelas. En la primera, la guitarra de Neira siempre va a la zaga de Chencho, haciendo un pespunte impecable. “Fani” y su contemporánea odisea habrían sido muy bien recibidas en el repertorio eterno de Burning. Es deliciosamente extensa, porque ya deseaba Cavafis que el viaje fuera largo. 

“Criatura” es hermosa hasta rabiar y está dedicada a un pequeño ser humano que empieza su camino, aunque todavía de la mano de sus progenitores, a quien le tocará crear algo nuevo, sus propias criaturas, ese es nuestro destino. Lou Reed no parece muy predispuesto a este tipo de concesiones. Bob Dylan, tan hosco, tampoco lo parece y compuso “Forever Young”, sea como sea, apuesto a que el príncipe oscuro de New York (y a continuación cada uno de los miembros de la Velvet) les darían un beso en la frente a los creadores de esta composición tan afín a ellos. 

Entre las primeras canciones y las últimas hay un parteaguas instrumental que deja sin aliento. “No sé” es un corte propio de la década de los noventa, los años que vieron nacer el primer trabajo de Sick Buzos. La banda empuja y levanta una ola de sonido infranqueable, las guitarras y los demás instrumentos regurgitan el sonido de mil gaitas que se han tragado previamente. La elegante “Lamborghini girl” tampoco resultará extraña para aquellos que alucinaron con “Introducción en blanco y negro” (1997).

Las últimas canciones en inglés son las que de forma congruente adoptan un tono más psicodélico, y en el que comparecen sonidos sesenteros reconocibles, asumidos con una naturalidad asombrosa. En la larguísima, o corta, según se mire, si tenemos en cuenta lo formidable que es, “Icy, I love you”, Chencho, cual chamán, nos guía hasta el desierto para que seamos testigos de la ceremonia iniciática de Javier Neira y su guitarra. Un desierto que podría ser el que recorrió Jonathan Wilson en su ópera prima, “Gentle Spirit” (2011). Salvo excepciones este es el modus operandi del disco. La voz de Chencho, que cuando la canción lo requiere llega a musitar o murmurar, siguiendo el ejemplo de los trovadores franceses a los que el cantante sevillano admira devotamente, con ese estilo hacia adentro que patentaron Pepe Risi o Urquijo, hace que te concentres totalmente en ella y en la historia que te cuenta, mientras las guitarras de Neira mueven el péndulo de un lado a otro, siempre con idéntica cadencia, hasta que estás a su merced y ya no eres dueño de tu voluntad, dejándote llevar. En resumidas cuentas, son sesiones de hipnosis, no hay, en absoluto, giros efectistas, ni impostados solos de instrumentos. 

Al parecer, las ondas de presión, que, en definitiva, hacen posible que oigamos el sonido, se transmiten mejor y a mayor velocidad debajo del agua. De veras que este disco contiene, a tenor de lo bien que suena, música grabada en esas condiciones submarinas, aunque todos sepamos que la grabación se hizo en Dos Hermanas y los culpables son los dos productores y músicos originales de la banda, y el técnico o mago, Fernando Zambruno, sin olvidar a los demás “buzos” imprescindibles, Jaime Neria (batería), Álvaro Joya (bajo), Pedro Domínguez (órganos y piano), Alberot Pielfort (viola). El resto corrió a cargo de Happy Place Records.

Los Sick Buzos, en contra de lo que dice su nombre, están en un estado de salud musical inmejorable. Nos hacemos cargo de que viven entre dos mundos de modo que seguramente volverán a sumergirse. Lo que importa es que regresen acompañados de una colección de canciones como ésta que hemos reseñado.

Phoebe Bridgers: “Lost Weekend”


Por: Juanjo Frontera. 

A veces utilizamos demasiado a la ligera la palabra “silencio” al referirnos a períodos largos de tiempo transcurridos entre un disco y otro de un determinado artista. En el caso de Phoebe Bridgers, una de las más importantes figuras surgidas en entre el nuevo folk, esa palabra es a todas luces inservible, puesto que los seis años transcurridos entre su anterior -y enormemente celebrado- trabajo, "Punisher" (2020), y este "Lost Weekend" que nos ocupa, han sido de lo más ruidosos. 

Durante ese tiempo la californiana ha participado en una celebérrima súper banda -boygenius, juntoa a Lucy Dacus y Julien Baker-, girado incansablemente a lo largo y ancho del mundo, recibido cuatro Grammys (tres junto a boygenius y otro por su colaboración con SZA en “Ghost in the machine”), colaborando con Taylor Swift, a la cual también teloneó durante su The Eras Tour, iniciando su carrera como actriz en la película "Primetime" (Lance Oppenheim, 2026) y, ya en lo personal, ha tenido que lamentar el fallecimiento de su padre y una ruptura sentimental con el actor Paul Mescal de la que ha sobrevivido a través de un sonado noviazgo con el cómico Bo Burnham

Como verán, el título de "Lost Weekend" (fin de semana perdido) suena poco menos que irónico ante tan frenética actividad, pero lo cierto es que Bridgers también encontró espacio durante todo ese tiempo para la introspección, para buscar dentro de sí la sanación de todo el follón que había entorno a ella. De hecho, “The outside”, el tema inicial -en el que aprovecha para distanciarse notablemente de su sonido anterior, empleando vocoder- habla de cómo sintió que su mente dejaba su cuerpo y contemplaba “desde fuera” a su yo corpóreo haciendo crowd-surfing en un concierto en Ohio

Toda esa fama y reconocimiento de la noche a la mañana, la pérdida de su padre y el duro final de su relación con su anterior pareja, parecen ser los ejes sobre los que pivota este nuevo repertorio de canciones de una autora que parece tocada con la varita del éxito. El disco debuta en el número 1 en UK y en el 2 en EEUU, con unas críticas que lo sitúan ya entre los discos del año. Ya sabemos que todo esto se sobredimensiona mucho, pero si convence tanto y de forma tan inmediata, algo tendrá que estar haciendo bien esta mujer que con tan sólo 31 años ya ha visto la cima del mundo. De hecho, podría decirse que este es el disco que ha hecho para que la acompañe al descenso a tierra firme. Como decíamos, un ejercicio de catarsis personal, de introspección, que pivota en torno a los tres ejes vitales que antes hemos mencionado: la pérdida de su padre, a quien está dedicado este disco y canciones como las brumosas y desarmantes “Still standing” o “Lost weekend”; por otro lado, su separación de Paul Mescal, al que dedica “The governor’s waltz”; y, por último, el esperanzador inicio de su relación con Bo Burnham, al que menciona específicamente en el tema “Kill me”.

Pero sobre todo eso pivota, inevitablemente, todo ese proceso de asimilación de la fama, del inevitable ruido ensordecedor que provoca todo lo que conlleva y de la necesidad de abrazar el silencio para encontrar equilibrio en el caos. Por eso este es un trabajo tan bien calibrado y cuidado al máximo. En su creación ha contado tanto con colaboradores habituales, como Tony Berg, Ethan Gruska, Christian Lee Hutson y Marshall Vore, como con sus compañeras de banda Lucy Dacus y Julien Baker, así como otros amigos músicos como Connor Oberst y Blake Mills, pero también con nuevos nombres de mucha relevancia: los últimamente omnipresentes Alex G y Jack Antonoff, el primero co-produciendo varias pistas y el segundo haciendo las veces de ingeniero y programador. 

El sonido resultante es muy tendente a la atmósfera intimista y misteriosa, en una clara invitación a la intimidad, pero aún así Bridgers es lo suficientemente inteligente como para no dejar de lado opciones de gancho comercial como la estupenda “Lost boys”, colocada sabiamente como segunda canción. La misma función cumplen “Bobby”, “I can’t wait” o “Never going back!” que disipan algo la bruma que impera en un conjunto que de esta forma resulta mucho más cohesionado y digerible. 

Los inicios en el folk de Bridgers han dado, a lo largo de este “fin de semana perdido”, un claro giro hacia la experimentación. Las guitarras acústicas, dobros y banjos cohabitan de esta forma con programaciones electrónicas, vocoder, samples y unos arreglos imaginativos y sutiles, pero muy bien desplegados que hacen de este un disco especialmente cohesionado y, digámoslo ya, brillante. Un regreso por todo lo alto y uno de los álbumes, de paso, más estremecedoramente sinceros de lo que va de año, que se dice pronto.

The Strokes: “Reality Awaits”


Por: Nuria Pastor Navarro. 

Te levantas, vas a trabajar, te acuestas. Te levantas, vas a trabajar, te acuestas. Te levantas y repites una y otra vez lo mismo; los mismos pasos, los mismos “tic-tac” en la maquinaria mecánica y pesada que se ha vuelto la sociedad. Injusticias, contradicciones, absurdeces. La obediencia se premia, y lo demás… Ya lo sabemos. Vivimos como un caballo desbocado que lleva a su jinete hacia lo desconocido. ¿Huye o se dirige deseoso hacia algo particular? Los Strokes han vuelto, y dejan la respuesta a esta pregunta en nuestras manos.

Desde su debut allá en 2001 con “Is This It” estos chicos han dado que hablar. Salidos de un pequeño apartamento de Nueva York con la voz de Julian Casablancas como bandera, pronto empezaron a atraer miradas. Temas como “Last Nite” o “Someday” fueron aclamados, celebrados y escuchados como la nueva gran revolución del rock indie. Para entonces, todas las bandas querían ser como los Strokes. La fiebre fue bajando a medida que lanzaban nuevos discos a lo largo de los años, hasta que volvió a subir en plena pandemia. “The New Abnormal”, lanzado en 2020, se vivió como una especie de resurrección épica. Un regreso que quizá nadie esperaba así y que pronto quedó marcado en los grandes hitos de la banda. Un disco difícil de superar, con canciones como “The Adults Are Talking”, cuyas guitarras parlantes y confusión de juventud cautivaron a público y crítica a partes iguales.

Quizá esta sea la razón por la que su séptimo álbum, “Reality Awaits”, haya sido tan difícil de encajar para algunos seguidores. La expectación había crecido como una burbuja, destinada a estallar sin dejar rastro con el lanzamiento de los dos primeros sencillos, acusados de abusar del auto-tune. Y sí, es cierto que “Going Shopping” y “Falling out of Love” recuerdan bastante a aquel Casablancas cantando para Daft Punk en “Instant Crush”, o a su proyecto paralelo The Voizd, pero probablemente hayan sido vapuleados en exceso. Si bien no suenan como mucha gente se esperaba, tras la primera oída y un poco de reflexión no son malas canciones.

Con más o menos decepción por parte del público, el álbum comienza con “Psycho Shit”, uno de estos temas que escalan poco a poco hasta reventar. Inquietante, algo oscuro, pero directo a lo que quizá sea el quid de la cuestión para los autores. “Only my beloved songs will define me / Can you be more than what you say?”. Entre tétricas críticas sociales y las clásicas ironías del grupo, los Strokes plantan una semilla que crece a lo largo del álbum. Y es que puede que eso sea todo: estas son mis canciones, las hago como quiero; mi música cambia cuando yo también cambio. Y eso no está mal.

Tras la obertura de “Psycho Shit” se suceden otros ocho temas que hacen del disco un viaje compacto, no muy extenso, que explora cuestiones como la decadencia moderna, la libertad o la propia historia de la banda. “Dine N´Dash” toma el testigo, mostrando también texturas tétricas —con algo menos de auto-tune esta vez— y acercándose más a esa “esencia Stroke” que quizá esperaba escuchar el público mayoritario.

La lista sigue con “Lonely in the Future”, canción que desde el comienzo reivindica el pequeño gran hueco de la banda en el panorama musical. “Ya hice eso hace años, cuando era un niño”, declara Casablancas, aludiendo a todos aquellos que tomaron referencia del grupo sin, al parecer, acreditarlos correctamente. Una llamada de atención, un “hey, nosotros inventamos aquello que tanto os gusta”, un vistazo a la historia de los Strokes con puya al crítico Anthony Fantano incluida. Y puede que uno de los mejores temas del álbum. Continúan la apedreada “Falling out of Love”, melancólica y retocada, y “Going to Babble On”, algo más animada. Después podemos escuchar “Going Shopping”, single que encendió la mecha de la duda entre aquellos primeros fans que dieron al play hace algunos meses. Y sí, voz e instrumental están bastante tratados, pero si logras escuchar más allá de eso encuentras un tema que, en realidad, no es tan malo. Es pegadizo, colorido y desde luego nada desagradable para los oídos de aquellos que consiguen olvidarse del dichoso “debate auto-tune”.

El ritmo baja con “Liar´s Remorse”, de nuevo oscuro, pausado y sobrio. La reflexión sobre el conformismo, la obediencia y los tiempos actuales no suena mal en manos de estos chicos, aunque sí que es cierto que el tema se acaba haciendo algo repetitivo a lo largo de los casi cinco minutos que dura.

“The Fruits of Conquest” va anunciando el cierre, con ritmo y voz más fuertes, algún que otro falsete y un aire más atrevido. Y llegamos finalmente a la pista número nueve: “Tyrants of the Mellow Moon”. Esta suena a despedida, siendo la carta y quizá explicación (¿por qué tendrían que dar ninguna?) hacia fans, crítica y quién sabe qué más. “Here we are for the final time / And I hope you say that I made you laugh / Oh, I tried to make things right / Though it´s hard maybe I can, for just one night”. Poco más se puede decir.

Y entre sonidos tétricos y palabras algo crípticas, el álbum termina. Desde luego, “Reality Awaits” es un viaje curioso. Un resultado que puede que no fuera el deseado o esperado por muchos seguidores, pero que tampoco es tan terrible como se le ha pintado. Los Strokes han elegido este estilo para su trabajo, ¿y qué? Más allá de voces o guitarras robóticas podemos disfrutar de buenos temas y reflexiones interesantes. La realidad espera. ¿Huyes o la persigues? ¿Amenaza o esperanza? Está en tus manos. En definitiva, quizá hagan falta más discos como este. Que descuadren, que se salgan de lo esperado. Que interrumpan la corriente y se sepan exponer a críticas. Sin ser blanco ni negro, y solamente ser. Esperar un eterno statu quo es un poco absurdo. Los artistas cambian, y su arte cambia con ellos.

Brandon Flowers: "Thrasher"


Por: Javier Capapé. 

No es que The Killers hayan estado en un segundo plano en el último año. Para nada. Ellos mismos fueron los encargados de actuar en la final de la Champions el pasado mes de mayo (al estilo del intermedio de la Super Bowl del que también han sido barajados como protagonistas), y antes de ello habían pasado por multitud de festivales americanos. Sin embargo, en el verano su actividad cesó por un tiempo para dejar que su vocalista tomase todo el protagonismo, aunque no hay que negar que él es el responsable último de que su grupo se mantenga en pie a estas alturas. Probablemente sin el empeño de Flowers, The Killers ya no existirían. Su actividad principal son las giras (discos nuevos no lanzan desde 2021) y el engranaje resiste por la popularidad de su frontman, ya que del resto no se prodigan demasiado sus bondades. Pero Flowers ha querido desmarcarse de lo que produce para su grupo y se ha aventurado a lanzar un nuevo disco en solitario que se acerca a la raíz de su extenso país. Demasiado purista para The Killers quizá, por eso mismo ha preferido hacerlo bajo su propio nombre ya que, sin duda, se desmarca del estilo de su banda madre.

“Thrasher” es un disco de country. Así de claro. Un western en forma de canciones que no rehuye de ninguno de sus tópicos. Más bien los abraza y refuerza. Por momentos parece que Flowers quiera acercarse al “Nebraska” de su admirado Springsteen, pero lo que consigue es aproximarse a su manera de retratar la sociedad estadounidense, pero algo falto de credibilidad (no está tan cerca de esa clase media que tan bien reflejaba el de New Jersey) y con un sonido en el que la crudeza deja paso a la querencia pop teñida de su particular barniz country. Es transversal a toda su carrera con The Killers, porque en sus ramalazos pop rock nunca olvidaron de dónde venían, y por eso mismo suena convincente, pero no es un disco de “americana” que destile la mezcla justa de hondura y frescura que pudiera pretender. Sería más acertado decir que es un apañado juego de estilo que se recrea en demasiados clichés que en boca del natural de Las Vegas no terminan de creerse “a pies juntillas”.

Algo de este espíritu ya estaba en “Pressure Machine”, sobre todo en lo que a historias de personajes del medio oeste americano se refiere, pero en “Thrasher” hay mucha más crudeza y, si se quiere entender así, un toque mucho más purista. La voz e intención de Flowers suena como en sus mejores momentos, ahora con un plus de hondura que atrae, aunque en su intento de no salirse de los cánones del country quizá se exceda. Ese es su hándicap, no permitir que se salga de ese patrón tan concreto, y en esa obsesión que gira en torno a estas diez canciones termina patinando en algunos, aunque contados, momentos.

La apertura con “Does it ever cross your mind?” nos ofrece las coordenadas imperantes para todo el viaje. Guiado con la producción de Shawn Everett y Jonathan Rado ningún detalle se les escapa. Desde el fantástico pedal steel de Bruce Bouton, que no dejará de escucharse durante todo el largo, a la armónica de Charly McCoy, que destila profesionalidad y estilo. Esta canción es puro country con deje clásico, algo que ocurre también con “One of us”, donde parece que Flowers nos haya convidado a una pinta en un prototípico bar del medio oeste, resaltando, en este caso, el sonido de la mandolina.

“Miss America” o “Angel” destacan por ajustarse al canon country con lo mínimo, aunque pueden llegar a resultar algo largas. En ellas se mezclan las historias de perdedores del estilo de Springsteen con la pureza de lo básico del country. La primera es más del estilo de “Nebraska”, como ya señalaba antes. No necesita apenas nada más allá de unos arreglos mínimos de pedal steel. En la segunda, sin embargo, destaca el violín de Maxwell Karmazyn y la armónica de McCoy, y desde la segunda estrofa la anima levemente la contundencia de una de las baterías más potentes del lote, que le hace remontar y sonar más incisiva e incluso le permite que entre hasta un solo de eléctrica. Puede que “Angel” sea la más redonda en espíritu e intención, definiendo bien todo el disco, aunque para esto también encontramos “Tiger's Blood”, una balada sugerente que casa mejor con el currículum de Flowers, pues mezcla el western con el pop cercano a la épica de su banda.

El que fuera su primer adelanto, “Plans”, suena redondo, aunque sin salirse del molde general de este “Thrasher”, demasiado contenida, algo que la asemeja con “In a Heartbeat”, con Flowers casi recitando, sereno, pero con un estribillo intenso y un pedal steel conmovedor, como si la hubieran parido en el mismo Nashville. En contraste podemos quedarnos con “Paradise”, donde su característico riff acústico le hace empezar con muy buen pie, convirtiéndose en la más enérgica o desenfadada del conjunto. Si pensamos que nada podía salirse por la tangente, aún podemos encontrar alguna sorpresa como “The Red Ground”, un corrido singular donde Los Camperos de Jesús Chuy Guzmán le dan el aire mariachi para unir Estados Unidos con México, otorgando una singularidad al tema que nos hará agudizar la atención.

Solo nos queda concluir con “An American Dream”, donde el armonio le da empaque desde el comienzo y el piano honky tonk anima su segunda mitad, poniendo el toque de distinción la batería de Ronnie Vanucci, que irrumpe al final para cerrar con épica (ayudado por los coros y las cuerdas) y poner el broche a este ejercicio de estilo con el que se ha atrevido Flowers. 

La nómina de colaboradores para hacer de este “Thrasher” un disco cien por cien “americana” es extensa y excelsa. Desde los citados productores Shawn Everett y Jonathan Rado (también al bajo) a los coros de Kiley Phillips, Margo Price, Maureen Murphy, Jake Blanton y Jed Jones, junto a los citados Bruce Bouton al pedal steel y Charly McCoy a la armónica. Las guitarras que definen el carisma principal del conjunto (generalmente acústicas) corren a cargo de Dave Rawlings, Todd Lombardo, Taylor Goldsmith, Laur Joamets y Jeremías Fetzer, mientras que las teclas del piano y órgano se las reparten entre Bobby Ogdin y Steve Nathan. De la batería y percusiones se encargan Griffin Goldsmith y Sam Bacco respectivamente, poniendo el toque refinado las cuerdas a cargo de los hermanos Karmazyn. Muchos de ellos son nombres de sobra conocidos en la escena country de Norteamérica y, sin duda, han hecho de este disco un trabajo auténtico, pero lo que todavía nos sorprende es que Brandon Flowers haya llevado al extremo esa obsesión por sus raíces, que haya prescindido del pop (aún sabiendo que es lo que realmente domina) para rendir un homenaje a la música más profunda de su extenso país.

Todos sabemos que de la unión del country y el blues nació el rock and roll, que de Estados Unidos hemos mamado la música que más nos mueve en el viejo continente reimaginada por los músicos británicos de los sesenta como los Beatles y los Rolling Stones, pero lo que ha hecho el eterno líder de los Killers ha sido ir un paso más atrás, buscar entre el polvo del desierto y la emoción de los personajes hastiados de la crudeza de ese inmenso y enigmático paisaje de la América profunda. Y desde allí, desde el lejano country de raíz, ha intentado acercarse a la música popular que siempre le ha definido. Eso ya de por sí es un logro. Conseguido o no con este “Thrasher”, bien vale nuestra atención más allá de la curiosidad y la crítica fácil. Brandon Flowers ha sido valiente y ha necesitado publicar este disco al margen de los Killers, algo que no había igual con sus anteriores incursiones en solitario, pero que ahora cobra todo el sentido.

Pablo und Destruktion: “El futuro está en las minorías”


Por: Javier González. 
Fotografía interior: Pablo Trenor Allen.

Pablo und Destruktion vuelve a vestirse de actualidad para seguir agitando las conciencias más acomodadas. Y lo hace por partida doble, puesto que esta vez la propuesta no llega solo a través de los altavoces, sino también desde las páginas impresas. 

El ácrata asturiano dobla apuesta en su defensa de la faceta creativa. De un lado con el lanzamiento de su último libro, “Música de carne. Pop, seducción y sacrificio”, un ensayo que expande su particular universo, analizando la mutación de la canción desde su génesis y primera función como búsqueda del éxtasis místico ancestral hasta la victoria de los oscuros mecanismos digitales actuales, en un sesudo desarrollo que no dejará indiferente a posibles lectores no por lo agudo de sus planteamientos ni por el exhaustivo nivel de investigación que muestra.

A ello debemos añadir un paso más en su compromiso artístico, tan profundo y arriesgado que le sitúa en la primera línea del frente de batalla, puesto que el artista ha decidido ahora tomar el control total de la narrativa, fundando su propio sello musical, “Trovadoro”, con el que pretende abrir un espacio de resistencia desde el que promete seguir editando trabajos, sin filtros ni intermediarios. 

Hablamos con él sobre la gestación de este nuevo artefacto literario y los desafíos de levantar un proyecto para creadores libres e independientes en los tiempos de la dictadura del algoritmo. Acompáñanos en esta charla donde el ruido, lo sagrado, la palabra y la independencia más feroz se dan la mano. Vamos, seamos hermanos y herejes, tú y yo.

Hace unos meses editaste “Música de carne, pop, seducción y sacrificio”, tu segunda referencia en el mercado. ¿Cuándo y por qué comenzaste a escribir este libro? ¿De qué forma surgió la oportunidad de editarlo con la gente de “Liburuak”? 

Pablo:
Fue un encargo que me hicieron en verano de 2025. Alfonso Santiago de Last Tour, que cobija Liburuak, me pidió un ensayo de temática libre sobre pensamiento crítico. Le conozco desde hace años y nos llevamos bien precisamente porque somos muy diferentes y muy cabezones, cada uno con lo suyo. Hemos discutido bastante sobre temas más industriales o políticos y supongo que él creía que el ensayo iría por ahí, pero mi interés realmente estaba en estos temas y sobre eso ha ido.

“Internet supone la sustitución técnica de la dimensión espiritual” 

En el mismo planteas que el pop digital funciona actualmente como una herramienta de control masivo. ¿En qué momento de la historia dejó la música de ser vista como una conexión espiritual para convertirse en un sedante tecnológico? 

Pablo: Pues es un proceso que lleva siglos, por eso hago un repaso cronológico en el libro, pero evidentemente la creación de medios de comunicación de masas y especialmente de Internet, que en gran medida sustituye a Dios dadas sus cualidades: omnipresencia, omnisciencia y vínculo de vínculos. En concreto sustituye a una noción de lo divino que se ha llamado durante milenios pneuma universal, mi hipótesis es que Internet es la sustitución técnica de esa dimensión espiritual. 

¿Qué ha perdido el hombre al dejar de considerar la música como algo elevado, que casi nos conectaba con la deidad, en virtud de una escuchas sin emoción, ni conexión emocional y puramente de consumo? 

Pablo: La capacidad de asumir la existencia de lo divino, tanto fuera como dentro de uno y, sobre todo, los designios de la Providencia. 

“El mundo se devora a sí mismo para mantenerse con vida” 

En la era de “lo instantáneo” y “el streaming”. ¿Quién se está sacrificando realmente en la industria: el artista, el público o la propia música? 

Pablo: El artista se sube al altar sacrificial, por eso adquiere poder, y hace el juego de ser sacrificado. Y muchas veces, en espíritu, lo es. En general el mundo se devora a sí mismo para mantenerse con vida, por eso en mi defensa del apocalipsis hay cierto optimismo: “show must go on, caiga quien caiga”. 

¿Crees que hay alguna forma de volver a encauzar a la música con su estado original? 

Pablo: Creo que siempre se ha mantenido ese estado original, pero cada vez es más minoritario. La cultura de masas no casa con la música como acto de unión con lo divino, hay demasiadas anclas a tierra. El futuro está en las minorías. 

“Corremos el riesgo de hacer las canciones desde la hoja de subvenciones de turno o de la tendencia algorítmica” 

Desde el punto de vista del creador real, aquel que sigue creyendo en el poder transformador de las canciones. ¿Cómo afecta la deshumanización a la hora de componer canciones de amor o protesta? 

Pablo: Se dirigen desde el poder esos amores y esas protestas. Y se corre el peligro de no hacer las canciones desde el corazón, sino desde la hoja de subvenciones de turno o de la tendencia algorítmica que toque. 

“Queremos que “Trovadoro” sea una pequeña orden de caballería para cantores sentimentales” 


Has fundado el sello “Trovadoro” como una plataforma libre de autoedición. ¿Es éste el único camino para mantener no solamente la libertad, sino también la dignidad? 

Pablo: Me editaré, pero editaremos a otros artistas y cuento con la ayuda de varias personas para la tarea. Queremos que el sello funcione a nivel comercial, pero sobre todo que sea algo así como una pequeña orden de caballería para cantores sentimentales, que no se pierdan las canciones conmovedoras, algo que en el underground no abunda, ya que hay una fascinación por la tecnología ruidosa que no lo facilita, y en el mainstream se pervierte con melodramas inverosímiles. Queremos hacer un sello bueno, bello y verdadero. 

El nombre es una alusión clara a la figura del trovador clásico. ¿Cuál es la principal función social y política de un músico que se define a sí mismo de esa manera en el siglo XXI? 

Pablo: Tender un puente entre los corazones y las cabezas de su audiencia, básicamente. 

“En las pequeñas audiencias está nuestro oficio y libertad” 

¿De qué forma se puede hacer sostenible económicamente un proyecto artístico basado en la autoedición y el cooperativismo local sin pasar por los aros de la gran industria del patrocinio de marcas? 

Pablo: Con mucho oficio, que no nos falta. Esa pregunta ya la tenía los viejos trovadores libres cuando veían a los bufones de corte untados gracias a su falsa disidencia. Y tiraban para adelante confiando en la Providencia. Eso haremos, y tocar todos los fines de semana en cada pueblo de España y parte del extranjero sin despreciar a las pequeñas audiencias, ahí está nuestro oficio y nuestra libertad. 

¿Cuáles serían los mandamientos bajo los que va a operar “Trovadoro”? 

Pablo: Se resumen en uno: encontrar (trovar) el oro. El de verdad. 

¿Qué referencias podremos encontrar próximamente bajo el amparo del mismo? 

Pablo: Pues en octubre sacaremos dos discos: uno de Tarik Rahim, trovador gijonés de padres brasileños y abuelos libaneses que lleva 5 años en Nueva Zelanda y al fin vuelve a casa; y otro de Álvaro Lacalle, jovencísmo trovero ovetense que lleva desde antes de pegar el estirón pateándose escenarios y que rescata el estilo y la percha de Berrio y otros faros. Ambos me acompañarán en la Sala El Sol el 27 de noviembre. 

Durante estos meses ha llevado adelante la gira “Villas, Aldeas y Caleyas”. ¿Qué te aporta el público de una villa vecinal o un pequeño pueblo asturiano que no te ofrezcan las salas de grandes ciudades? 

Pablo: Humanidad, que aunque a veces sude mucho, es agradable y generosa. 

¿Habrá oportunidad de escuchar “Herejes” en tu próximo concierto en Madrid? ¿Qué otras sorpresas nos tienes preparadas para la cita de la sala “El Sol”? 

Pablo: No lo había pensado, pero lo apunto. Nunca preparo las sorpresas, ya lo hacen ellas solas. 

Aquellos que vamos a tus conciertos podemos dar fe de que se tratan de experiencias potentes, cercanas a lo ritual y casi místicas. En tiempos de música de usar y tirar, ¿cómo logras mantener viva esa atmósfera de ceremonia en tus directos? 

Pablo: Dirigiendo mi atención hacia eso, considerándolo valioso y tratando de atravesar los custodios de ese tesoro, que son unos cuantos. Hay mucho poder en esas ceremonias y se agradece poder seguir haciéndolas. El directo es lo mío. Sin duda.

“Debemos concienciar al alumnado de que no se dejen pisar y defiendan lo suyo” 

Como profesores que ambos somos. ¿De qué debemos concienciar a nuestro alumnado por encima de todo? ¿Qué peligros les acechan? 

Pablo: De que no se dejen pisar y defiendan lo suyo, su luz y su tesoro. Hay mucho vampiro acechando. 

No quiero meterte en problemas, pero visto lo acontecido en Ceuta. ¿Te da más vergüenza la actitud de nuestro gobierno o por el contrario te quedas con el oportunismo de la derecha? ¿Quién se lleva el título de “vende patrias” de manera más vergonzosa y rotunda? 

Pablo: Lo que más vergüenza me da, y no es salirme por peteneras, es la actitud del gobierno marroquí y de los forofos de su ultranacionalismo. 

“Marciano Durruti es un personaje misterioso y grandioso, me gustaría escribir sobre él desde lo más poético, la política es una trampa” 

Vamos a cerrar de forma cíclica, volviendo a tu faceta como escritor. Sabemos que en la cabeza tienes otros proyectos literarios de lo más interesantes, donde se funda parte de la historia de tu familia con algún que otro personaje olvidado e incorrecto de nuestra siempre gloriosa historia. ¿Puedes contarnos algo al respecto de cómo va dicha obra?

Pablo: Te refieres a un proyecto de novela sobre Marciano Durruti. Es un personaje tan misterioso y grandioso que, como ves, estoy pidiendo ayuda al Altísimo para poder escribir sobre él. Creo que se tiene que hacer desde lo más poético, la política es una trampa.

Interpol: “This Mirror Weighs a Ton”


Por: Javier González. 

Ante el vacío existencial y la ruina actual de un mundo a la deriva, conviene más que nunca volver la mirada al octavo disco de Interpol, “This Mirror Weight a Ton”, donde la banda capitaneada por Paul Banks sube el nivel mostrado en sus últimos trabajos de forma exponencial, regalando una colección de canciones que sabe recordar a los mejores álbumes de su carrera, pero que tampoco vuelve la cara a una cierta expansión en sus postulados, dando como resultado una referencia más que notable capaz de acercase mucho a los momentos más brillantes de su ya dilatada existencia, algo que debemos celebrar encarecidamente. 

Doce canciones que funden elegante decadencia, oscuridad y sentimiento atormentado, revestidas de intensidad, cuidados arreglos y ramalazos guitarreros sustentadas en unas letras que reflexionan sobre un mundo en ruinas donde el hombre camina en soledad, retrotrayendo con semejante acertada mezcla a aquellos inicios de siglo donde muchos veíamos que su propuesta tenía muchas más enjundia que la de otros compañeros de generación que gozaron de un mayor favor y pleitesías por parte de prensa y público. 

Abren con la titular “This Mirror Weighs a Ton”, cadenciosa y casi confesional, tratada con una habilidosa ambientación entre la que la melodía y voz parece simplemente flotar, recuperan el pulso familiar con “See Out Loud”, mostrando su eterna pegada, acercándose a discos como “Antics”, especialmente reseñable en la base rítmica con unas palmas que resuenan de fondo a las mil maravillas, antes de reflejar la soledad neoyorkina en “Iron City”, perfectamente cerrada con ese teclado absolutamente evocador. 

Sorprendente suena “Wounded Soldier”, capaz de incitar al baile de no ser por su aire sosegada y contenido, elementos que no restan un ápice de belleza a este salmo donde Paul Banks parece interpretar con una carga de emotividad que se traspasa al oyente, contrapuesta con “Wings of Fire”, donde firman otra tonada notable, algo que también ocurre con “Ever the Actor”, ideal para escucharse a toda tralla por los cascos mientras nos dejamos seducir por las pequeñas trampas que esconde. 

Encontramos una buena muestra de que han decidido jugar sin red de seguridad en “So Rides the Reindeer”, de apertura con bases, sostenida en primer lugar por lo que parecería ser una acústica y en otra soberbia interpretación vocal que consigue emocionar; tampoco se queda atrás “Darling Thoughts” con esa guitarra serpenteante, capaz de aparecer y desaparecer en función del peso de los sintetizadores, ni mucho menos lo hace “Wake Up”, donde se dejan abrazar por un ritmos absolutamente bailables más cercanos a otras latitudes pop que a lo se presupone para los norteamericanos.

El final del álbum viene marcado por una relativa vuelta a la oscuridad y ciertos acercamientos innegables a referentes mayúsculos, quizás el más evidente pueda ser “Enemy”, donde la apertura de piano y los coros podrían hacernos pensar en los trabajos entregados más recientemente por Nick Cave & the Bad Seeds, la acertada “Bird and the Serpent”, otra muestra de la que fábrica de temazos de Interpol sigue a pleno rendimiento, en cuyos postreros segundos asoma la patita la herencia de las bandas sonoras originales de las películas de John Carpenter, y el bello epílogo que representa “Sudden”. 

Escuchar “This Mirror Weighs a Ton” supone una inmensa alegría para todos aquellos que nos confesamos seguidores de Interpol, puesto que nos han entregado un trabajo que encierra una belleza crepuscular, capaz de arroparnos y darnos cobijo, demostrando que la banda ha sido capaz de nadar y guardar la ropa con sumo acierto, ya que sin renunciar a sus postulados no han titubeado a la hora de perderse por nuevas sendas sonoras, facturando un álbum capaz de mirar de tú a tú a sus más grandes obras, saliendo victoriosos del envite y recordándonos que son una de las grandes bandas reales que nos regaló este desolador siglo XXI.

Steve Cradock (Ocean Colour Scene): ""Moseley Shoals" todavía suena como un disco underground"



Texto: Àlex Guimerà.
Fotografías: Brian Sweeney.

Una de las mejores bandas surgidas en el Reino Unido en los noventa es sin duda los Ocean Colour Scene, una formación que ha continuado a lo largo de los años y que la fortuna ha querido que este mes de septiembre los tengamos por nuestro país recuperando íntegramente el que es su mejor álbum "Moseley Shoals" para conmemorar su 30 aniversario. Nos atiende un calmado Steve Cradock con el que conversamos para repasar la historia de su banda, haciendo patente una elegancia y una humildad no propia de alguien con sus galones. 

Fechas y Ciudades de la Gira española de 2026: Valencia: 25 de septiembre en La Marina Norte / (VISOR FEST) Madrid: 26 de septiembre en La Riviera (con The Gulps) / Santander: 27 de septiembre en Escenario Santander (con The Gulps) / Málaga: 29 de septiembre en el Teatro Cervantes Sevilla / 30 de septiembre en la Sala Custom. Gijón / 2 de Octubre en Teatro Albéniz y 3 de octubre Concertos do Marisco en O Grove.

Los amantes del pop británico de los noventa no pueden perderse el Visor Fest que tendrá lugar en Valencia los días 25 y 26 de septiembre y que a parte de nuestros protagonistas tienen en su cartel, entre otros, a Manic Street Preachers, Gene, New Model Army, Ride y las leyendas del punk The Damned

Han pasado 30 años desde el álbum os cambió la vida "Moseley Shoals". Cuando estabais grabando el riff de "The Riverboat Song" en los estudios de Birmingham, ¿os podíais imaginar que ese sonido definiría a una generación? 

Steve Cradock: No, no, eso es imposible. Pensábamos que "The Riverboat Song" era una especie de jam session underground de blues, ¿sabes?, así que realmente no pensábamos que fuera a ser comercialmente viable. Pensábamos que encajaba con la música que nos gustaba, como "Green Onions", de Booker T. & the M.G.'s, o, ya sabes, ese tipo de sonido swampy y underground; además, ni siquiera es una canción que puedas bailar porque está en un compás de 6/8. Jamás habríamos pensado algo así, pero supongo que el hecho de que saliera en lo de TFI Friday, el programa de televisión de Chris Evans, donde usaban ese riff de guitarra cuando entraban los invitados, hizo que se convirtiera en algo más grande de lo que realmente es. 

¿Y cómo ha cambiado tu relación con estas canciones después de tres décadas tocándolas? ¿Hay detalles en temas como The Circle, The Day We Caught the Train o One for the Road que hayas descubierto recientemente? 

Steve Cradock: Ah, bueno, afortunadamente nunca nos cansamos de tocarlas. Creo que es porque el público siempre parece acoger esas canciones con mucho cariño. Así que eso lo mantiene todo muy fresco, y tenemos mucha suerte de que sea así. 

El álbum suena atemporal, muy fresco y con una producción muy clásica. ¿Es ese el secreto del álbum y la razón por la que ha envejecido tan bien en comparación con otros de los 90 con producciones más complejas? 

Steve Cradock: Este disco ha envejecido muy, muy bien. Sí. Te diré lo que pasó: grabamos gran parte del disco nosotros mismos en un estudio muy básico. Y creo que eso le da su carácter, porque no sabíamos lo que hacíamos. Éramos aficionados a la hora de grabar. Luego Max Hayes y Brendan Lynch, que eran el productor y el ingeniero de Paul Weller, vinieron a Birmingham y ellos son los responsables, obviamente, de cómo suena el disco, en el que hay bastantes reverbs psicodélicas. Y supongo que otras bandas de la época iban a esos estudios del centro de Londres donde pagaban mil libras al día. Y todo acababa teniendo un sonido genérico, ¿sabes? Aunque las bandas fueran diferentes, todo sonaba igual y siempre estaba producido por un productor de renombre. Creo que lo que intento decir es que "Mosley Shoals" todavía suena como un disco underground. Todavía puedes notar que no es perfecto. Y eso es lo que le da su carácter. 

Como fan de los Beatles desde la infancia, os descubrí un poco tarde, en el año 97 con vuestro tercer álbum, "Marchin' Already". Y me quedé alucinado porque sonabais y os vestíais como las bandas de los 60 que me encantaban: Beatles, The Byrds, Small Faces...Para mí, erais la banda de Britpop —esa etiqueta que usaban para vuestro movimiento— que mejor conectaba con el pasado del rock. ¿Estás de acuerdo? 

Steve Cradock: Sí, tal vez. Creo que todas las bandas están influenciadas y cogen cosas del pasado. Me refiero a que Oasis ciertamente lo hizo. Pero supongo que esa es probablemente la razón por la que no le gustábamos a la prensa británica, tal vez porque éramos retro en cierto modo. No éramos vanguardistas, obviamente. Pero no nos avergonzábamos de ello. Éramos una banda de rock de cuatro piezas y no estábamos inventando la rueda ni nada por el estilo. Solo tocábamos las canciones que escribía Simon y las tocábamos bien. Era un gran grupo y pienso que aún lo seguimos siendo. Y ¿por qué intentar ocultar tus influencias? Creo que es importante reivindicar a todos esos grupos increíbles de los 60, como The Kinks, Small Faces, The Who. Y luego tienes a los Beatles y a los Stones, ya sabes, The Zombies, The Yardbirds. Pienso que sería una pena ni siquiera mencionarlos.

Aparte de los dos álbumes mencionados, "Marchin' Already" y "Mosley Shoals", tenéis canciones increíbles que son auténticos himnos: "Mechanical Wonder", "So Low", "Profit in Peace", "Up on the Downside"... ¿Cuál era el proceso de composición en Ocean Colour Scene? 

Steve Cradock: Bueno, había dos formas, supongo. Simon venía con una canción y nosotros tocábamos sobre ella. Hacíamos una jam hasta que le cogíamos el punto. La otra forma es cuando de entrada construíamos la canción instrumentalmente en el estudio, que es lo que pasó con temas como "The Riverboat Song", "Hundred Mile High City" o "You've Got It Bad", donde era más un proceso de improvisación. Y luego Simon conectaba con eso y escribía la letra. 

Y tenéis otro álbum que considero una joya oculta en vuestra discografía, al menos para mí, "North Atlantic Drift", que me parece perfecto de principio a fin. ¿Qué piensas de ese álbum? 

Steve Cradock: Creo que está bien. Aunque no creo que sea genial. En esa época empezábamos a estar cansados. Además ya no estábamos en nuestro estudio por aquel entonces. Estábamos grabando en Londres, y creo que ese fue el último álbum de Damon, que se estaba volviendo infeliz en el grupo. Así que no es uno de mis favoritos, para ser sincero. Si que pienso que hay un par de canciones buenas. 

Ya que hablas de la marcha de Damon y que Simon, Oscar y tú seguís juntos después de 30 años. ¿Cuál es el secreto para manteneros juntos a través de giras, éxitos y cambios en la industria musical? 

Steve Cradock: Simplemente llevarnos bien, ser amigos de verdad, tener mucha historia juntos. Y a todos nos sigue encantando tocar juntos. Y cuando nos enchufamos y tocamos, simplemente se convierte en el sonido de Ocean Colour Scene. Sé que es algo obvio, pero eso es de lo que se trata entre nosotros tres. Y, me hace gracia cuando ocurre. Porque toco con otros músicos y siempre es algo diferente, pero tan pronto como Simon, Oscar y yo nos sentamos a tocar juntos, volvemos a conectar con ese sonido. 

No puedo resistirme a hacer esta pregunta. Desde el año 2013 con el álbum "Painting", Ocean Colour Scene no ha sacado un nuevo álbum de estudio. ¿Existen planes de entrar al estudio para un nuevo álbum pronto? 

Steve Cradock: Sí, sí, estamos en ese proceso. Después de los conciertos en tu país, vamos a hacer una gira por el Reino Unido en noviembre y diciembre de este año, y vamos a vender un sencillo de siete pulgadas con dos canciones nuevas. Y con suerte, tal vez saquemos un par de sencillos el año que viene y luego hagamos el álbum. O sea que si que va a pasar. 

¡Muy buenas noticias! En los últimos años, también has estado de gira con Traveller's Tunes en un formato acústico e íntimo, tocando canciones de tus álbumes de estudio y temas de Ocean Colour Scene. ¿Qué significa esta experiencia para ti? 

Steve Cradock: Hice 45 fechas por Inglaterra e Irlanda y fue algo familiar. Así que mi mujer cantaba y tocaba la percusión, mi hijo Cass tocaba la guitarra, la flauta y los teclados, el piano, y mi hija vendía el merchandising. Y viajamos por el país en una especie de autocaravana. Fue un asunto familiar y fue todo un logro. Ya sabes, a la gente le encantó. Fue bastante emotivo. Fue genial. Hace unos años os vi en Barcelona en el Hard Rock Café en dúo con Simon. Y antes de salir con Simon tocaste con tu mujer vuestras propias canciones, una música muy bonita y una actuación muy buena. Sí, no recuerdo qué año fue. Creo que en el año 2009 o 2010, tal vez. Sí, lo recuerdo. Sí, fue divertido. 

En esa época también os vi con la banda completa en Dublín, un concierto muy bonito e intenso. No recuerdo el nombre de la sala...

Steve Cradock: Creo que en el Olympia, lo recuerdo. 

Sí, exactamente. 

Steve Cradock: Sí, es un recinto fantástico. Sí, muy concurrido. 

Recientemente has publicado tu libro, "Traveller's Tune". ¿Puedes hablarnos de qué se trata?

Steve Cradock: Bueno, en realidad no es un libro de memorias. No quería hacer eso. La idea de músicos escribiendo minuciosamente sobre su vida no me interesa en absoluto. Pero lo que hice fue expandir sobre eso. Solo fue para divertirme un poco, en realidad. No es algo muy serio, es bastante desenfadado y está lleno de grandes fotos de Tony Briggs y Lawrence Watson. Así que es un paquete, el libro en si, es muy bonito. 

Durante décadas has estado tocando con "The Modfather", uno de los mejores ejemplos, uno de los otros mitos de la música británica y uno de los mejores ejemplos de madurez artística. Paul Weller sigue sacando grandes álbumes casi todos los años. Y tú estás trabajando con él en estos álbumes, álbumes muy, muy buenos. ¿Cuál es la mayor lección que te ha enseñado Paul? 

(se toma su tiempo para pensar) Steve Cradock:  Escuchar. Sí, simplemente escuchar. Escuchar lo que pasa. Escucharlo todo. Es bastante simple. 

Eres uno de los mejores guitarristas británicos de los últimos 30 años y muchos han visto en tu forma de tocar una conexión con la elegancia de George Harrison, el toque de Steve Marriott y la sensibilidad de Peter Green. ¿Es este tu mayor legado en la música? 

Steve Cradock: Bueno, si tú lo dices... No lo sé si es mi legado, tal vez. A mí lo que me interesa son los discos. Soy un fan de los discos y me gusta hacer discos. Produje el álbum de P.P. Arnold que salió en 2019 llamado "The New Adventures of P.P. Arnold" y los últimos discos de Paul Weller, "66" y "Finding El Dorado". Así que hacer eso a lo mejor es mi legado, no lo sé. No me importa mucho en realidad pensar en si dejo un legado. Solo sé que eso es lo que me gusta hacer. 

Sabemos que tienes una buena colección de guitarras ¿cuáles son tus favoritas? 

Steve Cradock: Sí, tengo algunas guitarras buenas. Me encantan mis Gibson 335, de las cuales tengo dos, y la Les Paul Goldtop. Tengo la Rickenbacker de The Jam que Paul me regaló por mi 30 cumpleaños. Esa es muy especial para mí. 

La Rickenbacker fue una guitarra muy importante para los Beatles y para The Byrds y transformó el sonido; tú conectaste con esta transformación del sonido rock en los 60, cuando los Beatles crecieron y The Byrds transformaron la música de Bob Dylan y esa forma de tocar la Rickenbacker, la escucho en tu música. 

Steve Cradock: Es una guitarra formidable y me gusta su sonido. 

Y mirando hacia atrás ¿cuál ha sido el momento cumbre de tu carrera? 

Steve Cradock: No lo sé. Supongo que "Mosley Shoals" fue un disco importante y luego "Marchin' Already". Esos dos discos, en el 96 y el 97. Ese fue el punto álgido para nosotros, creo. Así que, no sé, tal vez eso. No sé la respuesta a esa pregunta. 

Bueno, muchas gracias por tu tiempo y esperemos poder ir a vuestros conciertos en septiembre y tal vez el año que viene para la presentación del nuevo disco. Os escuché en Barcelona tocando entero el "Mosley Shoals" hace diez años y fue fabuloso. 

Steve Cradock: Gracias, un placer conoceros.