Beth Orton: “The Ground Above”


Por: Juanjo Frontera. 

Hay algo intangible, cristalino, frío como el acero, en la voz de Beth Orton. Algo que se le clava a uno como una daga en el corazón. Su voz ha ido madurando con los años. Desde aquél "Trailer Park" en el que mezcló de forma desinhibida folk y electrónica en un momento en que no lo hacía casi nadie, su voz y sus modos han ido madurando con el tiempo. Su último disco hasta la fecha, "Weather Alive" (2022), la vio renacer desde las cenizas de su ardua lucha contra problemas de salud mal diagnosticados. Un levantamiento vital y artístico que tiene ahora continuidad con este "The Ground Above". 

Un álbum con el que, una vez más, se demuestra que los trabajos de esta cantautora no solo se escuchan, sino que se queda uno a vivir en ellos una temporada. Hay algo litúrgico cuando uno se aproxima a ellos tímidamente, que pide más y más escuchas, que te cobija de una forma casi maternal y te obliga a centrar toda la atención. Con "The Ground Above", Orton no sólo da continuidad a la senda abierta con "Weather Alive", sino que completa un díptico sobre la reconstrucción personal que conviene calificar de magistral.

La misma artista que en los noventa fue capaz de maridar la madera de su guitarra acústica con la frialdad de los samplers y sintetizadores dando forma a la folktrónica, regresa ahora desde la madurez que le otorga haber rebasado el medio siglo de existencia en la tierra desprovista de aquella coraza, pero con las ideas muy claras respecto a cómo deben sonar sus canciones. 

Desde un punto de vista estructural, el álbum presenta dos caras contrapuestas: quietud y movimiento conviven livianos en un conjunto que sabe guardar en todo su minutaje la coherencia y resulta totalmente compacto, guardando firmemente ese halo a lección vital que desprende su escucha. Orton se toma su tiempo, permitiendo que las canciones respiren, se estiren y encuentren su propio pulso orgánico. Apoyada por una banda colosal que parece operar por telepatía jazzística -con baterías que arrastran el tempo con una elegancia perezosa y vientos que emergen como ráfagas de niebla-, la de Norfolk esculpe un sonido de una riqueza analógica abrumadora.

 Ese halo vital del que hablábamos se muestra con fuerza desde la apertura con"The Ground Above". La pieza titular es una travesía de más de ocho minutos que se erige, desde ya, como una de las cumbres de su cancionero. Sostenida sobre un obstinado e hipnótico groove de contrabajo y un Fender Rhodes crepuscular, la canción fluye libre y ajena a las estructuras clásicas, coronada por una trompeta que parece llorar en la distancia mientras la voz de Orton, maravillosamente resquebrajada y curtida, nos habla de la vulnerabilidad extrema que supone volver a amar. Es una miniatura progresiva de alta intensidad, un trayecto sin retorno que conecta la mística de John Martyn con la síncopa post rock de Talk Talk.

Sin embargo, frente al abismo oscuro de la melancolía, el álbum siempre encuentra luz. Cortes como "Waiting" o "Cigarette Curls" introducen un balanceo casi soul, un bálsamo reconfortante donde las guitarras acústicas trenzan melodías luminosas y espléndidas y la percusión está más presente, menos volátil. Es en este equilibrio donde reside el alma de "The Ground Above": Orton no huye del dolor, lo abraza y lo transforma en belleza. Incluso en la desoladora desnudez a piano de "Before I Knew", donde su interpretación vocal la muestra más quebradiza que nunca, se percibe cierta serenidad, la de quien ha comprendido que la herida es, precisamente, el lugar por donde entra la luz.

El viaje concluye con "Otherside", una letanía pastoral mecida por los arreglos instrumentales y vocales más complejos del disco. Es el broche de oro perfecto para un álbum soberbio que esquiva el cinismo contemporáneo con una honestidad desarmante. En un panorama musical a menudo obsesionado con la sobreproducción y la pirotecnia estéril, que una artista de la trayectoria de Beth Orton sea capaz de entregar a estas alturas una obra tan sólida, valiente y reconfortante es casi un milagro. Quédense a vivir en este disco; les aseguro que, al salir, el suelo bajo sus pies se sentirá mucho más firme.

Graham Coxon: “Castle Park”


Por: Àlex Guimerà. 

Graham Coxon es uno de esos músicos que merece ser reivindicado. Su peso en la carrera de Blur resulta tan importante como el de Damon Albarn. Si bien este último era la cabeza visible e imagen, el carisma, un enorme letrista e ingenioso músico que acabó vendiendo millones de discos con su otro proyecto Gorillaz. Sin embargo, Graham hay que reconocérsele grandes dotes para la melodía y un talento innato para abordar las guitarras rítmicas y para darles texturas post-punk o noise, llevando a liderar a los autores de "Parklife" hacia su huída del Brit Pop en la búsqueda de otros territorios más experimentales que en aquella época bordaban los gloriosos Pavement. Fue de ese modo como dieron forma los interesantes "Blur" (1997) y "13" (1999) y cómo su ausencia quedó patente en el flojo "Think Thank" (2003). Afortunadamente, su regreso a la banda ha permitido la resurrección del proyecto con conciertos legendarios como el que tuvo lugar en Wembley en julio de 2023 -que dio lugar a un documental y a un álbum en directo -, y a la publicación de su, hasta la fecha, último trabajo: el notable "The Ballad of Darren" (2003).

Pero la vida del guitarrista ha ido mas allá de su presencia en la formación que rivalizó con Oasis a mediados de los noventa, y es que Coxon ha publicado hasta ocho discos de estudio (algunos mientras estaba con Blur) y varios discos instrumentales y la banda sonora de la serie "The End of the F*ing World", sin contar con su proyecto vanguardista The Weave con quien fue su pareja Rose Dougal. Una trayectoria que ha pasado bastante desapercibida pero que contiene maravillas ocultas como "Hapiness In Magazines" (2004) y "Love Travels At Ilegal Speed" (2006), cargados de furia punk. Entre medio, en 2011, tuvo tiempo para componer y grabar las canciones que conforman este "Castle Park", en donde decidió aparcar las guitarras aguerridas que han dominado a lo largo de su carrera en solitario, y que a pesar de ser un paquete sensacional nunca hasta la fecha los había desempolvado para ofrecerlo al público.

Afortunadamente este año ha llegado la hora y podemos gozar de un trabajo de pop británico atemporal en el que aflora su desbordante sensibilidad melódica y se empareja con recientes gemas del pop británico de autor como "lechyd Da" (2024) de Billy-Ryder Jones - por cierto, Graham ha colaborado recientemente con el ex The Coral - o "The Fantasy Life Of Poetry & Crime" (2022) de Peter Doherthy . El viaje arranca con aromas a The Jam en "Billy Says" para cambiar radicalmente de tercio en "Alright", un corte luminoso que nos recuerda a los maestros del pop británico Pete Dello y Ray Davies. La nostalgia sesentera aparece con la versión de "When You Find Out" de las leyendas del power pop The Nerves, aunque la dirige mas bien hacia el beat clásico de The Hollies, Herman’s Hermits o The Searchers. Para "Isn't It Funny" nos envuelve de una atmósfera misteriosa que recuerda a The Coral (otra coincidencia con los de Liverpool). El ecuador del álbum lo marca "There's a Little House", una delicia que recupera los ritmos juguetones de "Coffee & TV" junto a una memorable voz femenina y un solo de guitarra marca de la casa.

La segunda mitad del álbum se abre con la calma acústica de "Easy", una pieza que demuestra la enorme capacidad de Coxon para las baladas y los medios tiempos. Sin abandonar la guitarra acústica, "Dripping Soul" se adentra en terrenos más oscuros con ritmos propios de Scott Walker (o The Last Shadow Puppets, que es lo mismo) pero también con guitarras medio flamencas. Tras ella, la dulzura sixtie de "Forget Today", una balada con baterías destensadas, arreglos de viento y un Hammond de fondo. Para el tramo final el barroquismo y el folk de orfebrería en la instrumental "Mélodie pour Christine" y la íntima "All The Rage" que parece haber sido escrita expresamente para ser cantada en falsete por el mismísimo Damon Albarn.

Sin desmerecer los trabajos anteriores del portador de las gafas más célebres del britpop, me atrevería a afirmar que "Castle Park" es el álbum más brillante de su discografía en solitario. Además, marca el punto de partida por donde debería discurrir su carrera en el futuro: quizás ha llegado la hora de rebajar la rabia y la electricidad para explotar al máximo sus capacidades melódicas. No os lo perdáis.

Jazz à Vienne es otra cosa. Vulfpeck es otra cosa. La comunión era inevitable.


Théâtre antique de Vienne, Isère. Sábado, 11 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: Arnau Pamiès. 

La IA dice que Vulfpeck es un grupo de nicho, lo que vendría a significar que lo siguen cuatro gatos, pero muy fieles. Yo estoy claramente metido en ese nicho desde hace una década, con sensaciones encontradas: por un lado el saberme poseedor de un tesoro secreto, por el otro la frustración de no poder compartirlo con nadie. 

La gran duda es: ¿por qué de nicho? Seguramente porque su principal estrella es Joe Dart, uno de los mejores bajistas del momento, y en su repertorio encontramos algún que otro tema con solo de bajo. Para mí es la única explicación posible, ya que por lo demás, es una enorme banda de soul y R&B, disfrutable para cualquiera con un mínimo de sensibilidad musical.

El pasado sábado, día 11 de julio, los del nicho nos encontramos en el Jazz à Vienne. Es un festival pequeño, en una ciudad pequeña al sur de Lyon, y muy alejado de lo que serían los festivales mayoritarios que conocemos por aquí: No hay casi extranjeros, nadie habla durante los conciertos y la gente va porque quiere estar, no porque haya que estar. El recinto principal es un antiguo teatro romano, una pasada, con una gran grada de piedra en la que sentarse y destrozarse el culamen, una putada. La relación entre el festival y el grupo empezó hace dos años, con un primer concierto que fue un exitazo (disponible en YouTube, íntegro y muy bien grabado) y en el que se produjo la magia, así que no era de extrañar que incluyesen la plaza en su minigira europea de 2026, de presentación del disco "Clarity of Cal". Por cierto, este reciente concierto también se grabó para su publicación.

La jornada empezó con la inevitable cola de entrada en el recinto, a las 18:30, en plena canícula (palabra de reciente adquisición pero ya sobradamente odiada). Todo estaba muy bien montado: Colas breves, bien organizadas, personal amable y abundante, agua fría gratuita y remojo constante para el público. Mis dieses. A las 20:30 era el turno del joven trío Ubaq, ganadores del concurso del propio festival, con una mezcla de jazz y post-punk que nos dejó buenos momentos, y otros no tanto, divagando por paisajes sin demasiado interés. 

A continuación le tocaba a The Fearless Flyers, uno de los muchos proyectos paralelos de los miembros de Vulfpeck, en este caso el formado por Joe Dart y Cory Wong, que junto al guitarrista Mark Lettieri y al baterista Nate Smith dieron un recital de virtuosismo instrumental y buen rollo, que es la propia esencia de Vulfpeck. Una hora de lucimiento muy disfrutable y que nos descubrió a un baterista de un talento descomunal.

Y llegaba el motivo por el que todos estábamos allí, una espera que se hizo más llevadera entre competiciones de aviones de papel, aplausos coordinados, intentos fallidos de hacer la ola y cánticos de nicho: 7.500 almas tarareando el solo de bajo de "Dean Town"; piel de gallina. Puntales, a las 23:15, salió la banda liderada como siempre por Jack Stratton, maestro de ceremonias y alma mater del proyecto. Muy a mi pesar el primer sentimiento no fue de alegría, sino de tristeza, pues como ya sabíamos el multiinstrumentista Theo Katzman abandonó el proyecto hace unos meses para centrarse en su carrera en solitario (no está claro si es un adiós definitivo). Su sustituto fue Louis Cato, una bestia que tanto te canta, como te acompaña con la guitarra o te hace un solo de kazoo mientras toca la batería (cosa que vivimos, atónitos). Musicalmente ninguna queja, pero la química con el resto de la banda, como es lógico, no es la misma.

A partir de aquí, a disfrutar. 1 hora 45 minutos de buen rollo, de comunión total y absoluta con el público. Hubo de todo. Lo que es Vulfpeck, lo que sus fans amamos y nos emociona, grandes músicos, grandes voces, grandes temas y gran entretenimiento, concepto este último muy mal visto por aquí, quizás por mal comprendido. Como no soy un crítico profesional, me puedo permitir el lujo de no hablar de setlists, de solos, de riders, de mejores momentos, ni cosas de estas. No tiene mucho sentido explicar lo que pasó allí cuando, espero que en breve, estará el vídeo enterito en YouTube. La cuestión es que todos los presentes nos lo pasamos muy bien cantando, bailando, picando de palmas y emocionándonos cuando tocaba. Lo que vendría a ser un concierto de toda la vida. 

El objetivo de toda esta parrafada no es otro que animar a la gente a que entre en el nicho y me haga compañía, porque les aseguro que aquí dentro se es más feliz. Vulfpeck no cambiará la historia de la música, no lo pretenden. Son "solo" músicos de primer nivel que en vez de poner el foco en su ego o sus ventas, lo ponen en divertirse haciendo música, y que el público se divierta con ellos. Sin más.

Glen Hansard: “Don't Settle (Vol. 1 & 2 - Transmissions East & West)”


Por: Javier Capapé. 

El pasado 2025 el músico irlandés Glen Hansard quiso celebrar su cincuenta y cinco cumpleaños donde él se siente más cómodo, encima de un escenario. Y decidió grabar los dos conciertos que ofreció en el Funkhaus de Berlín (un histórico estudio de radio de la Alemania Oriental) para reflejar de la mejor manera posible el poder de las canciones. Hansard ha dicho en más de una ocasión que una canción necesita testigos, que vive delante del público, y precisamente esto es lo que ha hecho al publicar este disco, dar testimonio de la vida de estas canciones gracias a su comunión con el público. Porque la entrega de Glen Hansard en directo es algo incuestionable y queda reflejado a la perfección en este “Don’t Settle”. Necesitábamos un disco en directo de este músico hace mucho tiempo, un disco que reflejase esa forma que tiene de transformar sus registros de estudio en intensas sacudidas en directo, tanto de crudeza como de emotividad, porque el arco emocional que abarcan sus interpretaciones en vivo va de lo más delicado a lo más desgarrador. Es un auténtico titán para enfrentarse a sus directos, aunque más que enfrentarse a ellos lo que hace es degustarlos como nadie. Es feliz en un escenario, llega a lo más alto compartiendo sus canciones con el público (sea en un teatro o en un pub) y nunca defrauda, por lo que este disco es la mejor muestra de la singularidad de su puesta en escena.

Para la ocasión, el bardo de Dublín se rodeó de una solvente banda para dar color a unas canciones inmensas en un escenario de lo más interesante, un estudio controlado donde se grabaron y filmaron dos pases en vivo junto a seiscientos invitados por noche. Ruth O’Mahony-Brady al piano y teclados (además de aportar unos preciosos coros), Rob Bochnik a la guitarra, Joseph Doyle al bajo, Graham Hopkins en la batería, Gareth Quinn Redmond al violín, junto a Michael Buckley y Ronan Dooney ocupándose de los metales. Todos ellos reunidos en torno al artífice de todo esto, el maestro de ceremonias Glen Hansard, que se ocupó de guitarras y piano en alguna ocasión, pero donde más destacó, como siempre, fue en su entrega vocal. El resultado: dos discos que seleccionan lo mejor del repertorio de esas dos noches. El primero de ellos publicado en abril, con el subtítulo de “Transmissions East”, y el segundo, “Trasmissions West”, a finales de junio. Un total de veinte temas que repasan toda su trayectoria, desde los ya lejanos y viscerales The Frames, a sus discos más recientes en solitario, pasando por esa experiencia tan rica y emotiva como fue aquel dúo junto a Markéta Irglová en The Swell Season que lo catapultó a lo más alto gracias al empuje de la película “Once”. De todas formas, a pesar de poder haber optado por recurrir a un disco de grandes éxitos, no se va por el camino fácil y rehuye alguno de sus clásicos de la etapa con Irglová, centrándose en otros más desgarrados, pero también de los más reveladores. “Didn’t He Ramble”, el disco que dedicó a su padre, y quizá también el más acertado de su carrera, es el mejor parado en la selección del repertorio. 

Entramos en esta montaña rusa emocional con el piano de “Don’t Settle”, canción que da título a la colección y que va creciendo hasta explotar como un ejercicio catártico en el que alcanzamos el clímax casi antes de empezar. Contiene las directrices que van a guiar todo el repertorio: cuerdas ligeras, vientos consistentes, guitarras punzantes, una base contundente y la entrega vocal de Hansard, que pone los pelos de punta desde que acomete el segundo estribillo. Esto es la excelencia. Pero es que no se queda ahí. El disco, así como la experiencia que debió de ser vivirlo en directo (es muy recomendable para comprobar esto deleitarse con el formato vídeo de estas canciones), sigue creciendo y rápidamente nos acorrala a golpe de guitarras galopantes con “Down on our Knees”. Hansard se muestra aquí más comedido, pero es que el peso lo lleva en este caso la rítmica, mientras en su intensidad vocal se respira cierto aire provocador. “Back Broke” nos golpea desde su vertiente más confesional y estremece, dejando un regusto casi místico con esa instrumentación comedida y casi celestial, algo que también ocurre con “Wreckless Heart”, que cierra el primer álbum de forma exquisita con serenidad y aires soul. Hasta llegar aquí apenas baja la intensidad del primer álbum, con algunas canciones rozando más bien la confesión, como “My Little Ruin”, y otras punzantes, de las que arañan, como el clásico de The Frames “Fitzcarraldo”. De hecho, sus compañeros de banda, Rob Bochnik y Joseph Doyle, le acompañan en la grabación y dan buena muestra de la garra que destilaban los irlandeses allá en los noventa tan bien mantenida hasta el día de hoy.


La interpretación de “Didn’t He Ramble” se muestra contundente y Hansard aporta una entrega desmedida en su épico estribillo, dejándose la piel, algo que también se deja ver en la tradicional “Carrickfergus”, pero mostrando la otra cara de esa entrega, la que hace desde la contención y el regusto clásico, transmitiendo igualmente pero con un toque mucho más sereno en su ejecución, apoyada exclusivamente en las delicadas teclas del piano. “Lowly Deserter” se emparenta, gracias a sus arreglos de vientos y cuerdas, con su gran referente Van Morrison, recordándonos que Hansard es ya un clásico, pertenece a esa estirpe de músicos irlandeses que nos dejan con un nudo en la garganta cada vez que los escuchamos, algo que sigo sin saber por qué consiguen con ese magnetismo tan especial los cantautores nacidos en esa brumosa isla del norte de Europa. Y son los ecos de esa particular isla, filtrados por la aspereza de las guitarras, los que destila también la mágica “The Feast of St. John”. 

Si no hemos tenido suficiente con la intensidad de “Transmissions East” nos quedan diez canciones más en su cara oeste complementaria, que nos lleva, para complementar el grato regusto de las ya citadas, desde la contundencia casi grunge de “Revelate”, a la gloria de “Her Mercy” o el reposo de “High Hope”. Otros diez capítulos donde la intensidad vuelve a ser protagonista y la entrega de toda la banda un hecho. Les sugiero que para esto pongan atención en la sedosa “What happens when the Heart just stops”, que congela el aliento, o en la más enérgica “The Gift”, que se convierte en una celebración de la vida en sí misma con ese crescendo interminable. Vida en forma de canción concretada en uno de los cortes más sorprendentes de todo el conjunto.

“When your mind’s made up”, vestida más elegantemente que en su versión original, sigue conservando ese aroma embriagador que tanto nos seduce, y así se constata en esa coda que protagonizan los asistentes a la velada con sus leves coros antes de que todo explote con la fuerza inusitada de los vientos. “Sure as the Rain” tiene ese aire de club que le sienta estupendamente a la interpretación más contenida de Hansard, mientras que “McCormacks’s Wall” se convierte en su complemento perfecto, pero sin dejar ese aire de cálida camaradería de taberna. Poco más que un piano y un violín para volar y convertirla en el enésimo truco de ilusionismo que esconde el músico bajo la manga. Magia desde los auriculares. Brillo en escena y épica en el acetato. Lo que ha hecho Glen Hansard con este doble disco en directo es único, la mejor manera de mostrar toda su furia escénica, como si estuviéramos realmente en el Funkhaus. Cuanto más lo escucho, más cerca me siento de estos ocho músicos, como si me rodearan en una especie de concierto exclusivo donde ellos son tan protagonistas como yo mismo. Insisto, esta es la definición de magia. Nada más que añadir.

Madonna: “Confessions II”


Por: Nuria Pastor Navarro 

Cuando Madonna se subió por sorpresa a los escenarios de Coachella durante la actuación de Sabrina Carpenter, sabíamos que se venía algo grande. Entre las reinterpretaciones de “Vogue” y “Like a Prayer”, las artistas colaron un adelanto de lo que sería el próximo álbum de la eterna Reina del Pop. Ante los ojos y oídos de miles de personas, “Bring Your Love” abrió las puertas de la nueva y reinventada era de Madonna.

Y es que poca presentación necesita este nombre; más de cuatro décadas de trayectoria musical ilustran mejor que cualquier palabra. Tras siete años sin ningún lanzamiento, la diva del pop regresa a la fantasía disco en la que ya nos introdujo allá en 2005 con “Confessions on a Dance Floor”. Sin embargo, “Confessions II” se presenta como una versión renovada, una segunda parte que condensa los cuatro lustros que separan ambos títulos en forma de color y novedad musical. Una especie de actualización que, aun así, se mantiene cercana a los orígenes.

A lo largo de las dieciséis pistas que conforman el álbum, el dance se entremezcla con variedad de pinceladas de otros géneros. Mucho de este colorido lo aportan las tan diferentes colaboraciones que podemos encontrar, como la ya mencionada Sabrina —una de las muchas herederas del gran bagaje artístico de Madonna—. Desde Feid, que deja su huella urbana en el tema oficial de la Copa Mundial “Read My Lips”, hasta Martin Garrix con su toque electrónico en “Bizarre”, pasando por la lengua francesa de Stromae en “My Sins Are My Savior” o el pop familiar de su hija, Lola Leon, en “The Test”.

Son pequeños toques, motas de brillo que mantienen tu oído en el complejo mundo que Madonna ha creado y que, además, consiguen diferenciar este trabajo de su primera parte, escapando de la monotonía y la repetición. Pero incluso en los temas en solitario, la artista demuestra que sigue en forma. Ya lo anuncia en la canción que abre el álbum: “I Feel So Free”, que nos introduce a los ritmos setenteros que tanto nos recuerdan a aquel “Hung Up” sonando fuerte en las discotecas. Y es que precisamente ese es uno de los ejes de este trabajo: la vida nocturna en los clubes.

Con el lanzamiento de “Confessions II: The Film” —un cortometraje musical que aúna las seis primeras canciones del álbum en una especie de historia audiovisual—, Madonna abrió el apetito para el disco sin dejar indiferente a nadie. Múltiples celebridades aparecen junto a la artista, ilustrando visualmente el concepto, sonido y aura de “Confessions II”. Las caras de Benedict Cumberbatch, Kate Moss o Debi Mazar se cruzan con Julia Garner, Lourdes Leon u Odessa A´zion vagando por clubes y discotecas. Una frenética fiesta de fama, brillo y música. Esta línea temática y estética queda clara en cada tema. “Love Sensation”, “Everything”, “One Step Away” o “Danceteria” —en el que vuelve a colar a grandes figuras como Basquiat o Keith Haring— te transportan directamente a una pista de baile eterna y ensordecedora. Un viaje en el tiempo, una anacronía, una pizca de la eternidad. Y sólo alguien como Madonna podría conseguir algo así. “Confessions II” es, en definitiva, una confesión, un secreto a voces. De amor, de fiesta. Pero, ante todo, una irrefutable prueba de la fuerza y magia que aún posee la Reina del Pop.

ZZ Top, la efectiva vieja receta


Poble Espanyol de Barcelona, Festival Barts. Domingo, 19 de julio de 2026.

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Una de las bandas que ha mantenido intacta su formación a pesar del transcurso del tiempo ha sido los ZZ Top. Desde 1969, Bill Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard han ido aguantando década tras década juntos y sin cambios hasta el fallecimiento de Dusty en 2021. Y lo que podía -y para algunos debería- haber sido el fin del combo, se encauzó incorporando al puesto de bajista al roadie de la banda, Elwood Francis. Gracias a esta reinvención, la maquinaria del blues rock no ha dejado de girar. Muestra de ello ha sido su reciente paso por nuestro país (con paradas en Pamplona, Barcelona, Madrid y Valencia), donde no quisimos perdernos su cita en el Poble Espanyol de Barcelona, en plena fiebre colectiva por la final del Mundial. Aunque a decir verdad, desde septiembre del año pasado, Frank también se encuentra fuera de la banda recuperándose de sus complicaciones físicas, por lo que en la gira viene siendo sustituido por un joven Michael Monahan, que después de ver el concierto hay que decir que que aporta energía y lozanía al sonido de la banda. Pero, claro está, sin dos de las tres patas del taburete, los actuales ZZ Top son mas bien la banda de Bill Gibbons en solitario, quien se aprovecha de la marca para seguir logrando llenos en sus conciertos.

Con una estética de escenario también rejuvenecida a base de grafitis y skates colgando, el trío tejano saltó a la palestra al son de aullidos de lobos. La descarga eléctrica dio comienzo con "Got Me Under Pressure", un trallazo de brillantina y ultraguitarreo que dejó claro que los años no pesan en los dedos de Billy Gibbons. Sin dar tregua, recurrieron al soul clásico con "I Thank You" (versión de Sam & Dave), encadenada a la perfección con la primera gran dupla de la noche: "Waitin' for the Bus" y "Jesus Just Left Chicago", del legendario disco "Tres Hombres" (1973), donde regalaron esas coreografías sincronizadas tan marca de la casa, desatando la locura en una Barcelona entregada desde comienzos de la velada.

Gibbons, maestro de ceremonias incombustible, se metió al público en el bolsillo con sus constantes efectos de guitarra y saludando en su particular castellano: "Tenemos este grupo en su casa para ustedes", idioma que usó también para presentar a su nuevo escudero al bajo, Elwood Francis, refiriéndose a él como "el gringo peligroso". Nos habría gustado mucho que hubiera tenido algún recuerdo a modo de homenaje al malogrado Dustin y también al convaleciente Frank.

Pero no nos quejemos que el directo de las barbas más famosas del rock cumplió a la perfección, a pesar de que nos colaron alguna que otra voz pregrabada en medio. Con Francis manteniendo el pulso rítmico a lo largo de todo el concierto -comenzó con el mítico bajo de 17 cuerdas- y Gibbons siempre muy entregado, el concierto ofreció lo que se podía esperar: mucho blues poderoso y rock sureño "made in Mississipi". Desde la tralla bluesy de "I'm Bad, I'm Nationwide", a los acordes densos y la voz ronca de Gibbons en "I Gotsta Get Paid", al blues pantanoso de "My Head's in Mississippi" con un grito de "¡Barcelooona!", a una excelsa "Brown Paper Bag" rescatada del repertorio en solitario de Billy y la siempre cañera "Cheap Sunglasses". Hasta que llegó uno de los momentos cumbres del bolo con "Just Got Paid" y su tremendo desarrollo instrumental en el que Gibbons se lució con el tubo slide y las distorsiones de guitarra.

Para el tramo final viajamos de nuevo hacia 1983 de la mano del legendario álbum "Eliminator a través de "Sharp Dressed Man", con sus riffs bailongos y el ya mítico vacile de Gibbons girando su guitarra para mostrar la palabra "Cerveza" pintada en el reverso, y con la épica "Legs" que tocaron con esas tremendas guitarras forradas de piel rosa que son historia viva de la MTV.

Tras cerrar el set, las ovaciones y el regreso de la banda con nuevas chaquetas con lentejuelas, y una vuelta al principio de su historia con el hipnótico blues "Brown Sugar", donde Gibbons intercaló acordes con los cánticos del público. Le siguió el boogie sudoroso "Tube Snake Boogie" y rock and roll implacable de "Thunderbird", a pesar de los amagos falsos de abandonar el escenario. Un final que si que llegó con uno de los acordes más legendarios de la historia del rock. Hablamos de la inmortal "La Grange", que sonó atronadora y que se alargó entre desarrollos instrumentales, bromas y unas burbujas que cayeron en el escenario antes de despedir entre agradecimientos a un banda que nos ha dado muchísimo a lo largo de los años y que se resiste a desaparecer.

Social Distortion: “Born to Kill”


Por: Ricardo Virtanen. 

Hay cosas que nunca cambian, o, al menos, no cambian del todo. Esto pasa muchas veces con los grupos de rock legendarios, y cuando uno ve que no hay salida, y los plomos están fundidos, ocurre el milagro. Todo ello sucede con el último y octavo trabajo de estudio de la banda californiana de punk rock Social Distortion, quienes no sacaban álbum desde hacía quince años. Esta vez, Mike Ness, quien ha pasado todo un vía crucis personal en las últimas décadas, entre ello, un cáncer de amígdalas, superado en 2024. Tras salir del cáncer, la banda decidió terminar un álbum que dejaron a medias por los problemas de salud de su líder. En este sentido, "Born to Kill" pone de nuevo a los Social Distortion en primer plano del punk rock (sui generis). Lo último había sido "Hard Times y Nursery Rhymes" (2011), un disco notable que había dejado muy alto el listón. Si bien, atrás quedaban los sobresalientes, por orden de importancia:"White Light, White Heat, White Trash" (1996), "Somewhere Between Heavem and Hell" (1992), "Social Distortion" (1990) y "Sex, Love and Rock’n’Roll" (2004).

Todas las canciones están hechas por el genio Mike Ness, salvo una versión de Chris Isaak: “Wicked Game”, la cual se interpreta con una reconocida contundencia de guitarras. Cierto es que no nos hace olvidar la sensualidad radiante del tema original de Isaak. Conocidos son otros covers publicados en estos últimos años, sin duda más redondos, en tanto su propuesta tiene la altura de los originales. Pienso en su éxito “Ring of Fire”, de Johhny Cash , o también en una conseguida “Under my Thumb”, de sus Satánicas Majestades. La banda que se ha consolidado estos últimas décadas está formada por los incombustibles Jonny “Two Bags” Wickersham (guitarra rítmica y solista) y Brent Harding (bajo), a los que se suma David Hidalgo, Jr. a la batería (desde 2010 en la banda), cuyo asiento ha sido el más transitado en estos cuarenta y cinco años de periplo (hasta en diez ocasiones). Además destaca una gran colaboración: Benmont Tench, al hammond y piano. 

El título ("Born to Kill") y la portada (la cara fiera de un tigre) denotan ante todo actitud desafiante y un carácter y espíritu callejeros. Parece una recapitulación final, un renacer tras 15 años de éxitos, parones y giras presentando un material nuevo que nunca salía en plástico. El cantante y guitarrista pretende con sus letras reivindicar el presente como manera de superar un conflictivo pasado (adicciones, enfermedades, desamores). Pero admitiendo, y ahora lo veremos, que estamos ante un conjunto de canciones sobresalientes, ¿qué ha cambiado en Social Distortion? Ahora escuchamos un sonido más setentero, con unas guitarras más envolventes en el uso de la distorsión, con una presencia menos precisa de batería y bajo, los cuáles han perdido (más las baterías) cierta efectividad, empuje y brillo pasados. "Born to Kill" es un álbum notable, pero repitiendo fórmulas que encumbraron al grupo desde los noventa, como ocurre con el magnífico medio tiempo “The Way Things Were”, tercer corte del disco. Fabricado con una comercialidad evidente, pasa desde tiempo a formar parte de los himnos en directo de este grupo (lo pudimos comprobar sus seguidores en el último Azkena Rock Festival), y que recuerda demasiado a otros títulos pretéritos de estructura (melódica y rítmica) similar. En la canción, Ness dispara todo un arsenal lírico, lleno de nostalgia y vuelta al pasado (“como eran las cosas”), para conformar una letra de muy altos vuelos, entre lo mejor del disco, en que escuchamos: “And we said goodbye to the way things were”. 

Sin duda, la apertura del álbum conforma dos auténticos cañonazos “made in Social Distortion”: el homónimo “Born to Kill” y “No way Out”. En ambas composiciones, Ness despliega todos los encantos de la banda de Orange County, California: guitarras contundentes y aceradas, actitud callejera y tiempos acelerados. Parece con ello el líder de Social D. significar algunas de sus máximas influencias en estos años: La Credence, Iggy Pop, Ramones o Bowie. “Born to Kill” lleva años en el repertorio de la banda, y con ello expresa Ness toda su rabia contenida, dentro de una espiral de rebeldía y restrospección. “No way Out” es un tema oscuro que nos recuerda mucho, por ejemplo a “Down on the World Again (de White Light White Heat…), aunque algo menos acelerado y algo más comercial. “Tonight” es otra las bazas destacadas del disco, esta vez lindando con el country, con una letra poderosa en torno a la soledad y una recapitulación interior en la noche, tras una pérdida amorosa (“I’m Singing Out this Song for You”). Me parece a mí “Partners in Crime” un corte más oscuro que el resto, que nos recuerda al Mike Ness en solitario (sacó dos discos en 1999), con una contundencia evidente, predilecta en su repertorio de siempre, y que relacionaría con el material de la cara B de "White Light White Heat White Trash" (1996), con versos como “Like a cold war nuclear bomb”, de alguien que se cree un superviviente, pese a todo. La alternancia de solos de guitarra al final, en modo crescendo, es una de las bazas del tema. El segundo, muy inspirado, seguramente realizado por Jonny.

Sin duda, la balada country “Crazy Dreamer” es uno de mis temas predilectos del disco, fomentando su lado más folk. Social Distortion bajan a las aguas del country, una de sus influencias clave en su trayectoria. Aquí aparece una de las colaboraciones estelares del álbum. Ni más ni menos que la cantante Lucinda Williams, quien realiza en todo momento los coros de la canción junto a Mike Ness. El resultado es un corte delicioso que rompe un poco con el sonido general del álbum, y que se posiciona en el lado de las letras que proponen la persecución de un sueño (muy Bruce Springsteen), con un sabor a Hank Williams. Quizá hubiera estado genial escuchar a la cantante de Lousiana entonando alguna estrofa en solitario. “Walk Away (Dont Look Back” es otro tema oscuro y enigmático de Ness, con la reconocida fisonomía contundente de la banda, con riffs contundentes al modo de AC/DC. Como en otros cortes, destacan sobremanera la voz de Ness y uno de sus solos arrolladores. Con “Never Goin´Back Again” se suma un corte mucho más comercial que los demás, y ciertamente más prescindible en el contexto del disco, con un estribillo de estructura predecible (IVº, Iº, Vº y Iº). En cierto modo, en la letra de Ness trata de redimirse, al cantar: “No time for cryin´, no time for dyin´”, y que nos habla a las claras del retrato de un superviviente que, no obstante, apuesta por su futuro, sin mirar atrás sin demasiada ira.

"Born to Kill" es asimismo un disco que indaga en las simas personales de su tótem. “Don’t Keep me Hangin’ on” es otra gran canción, un pequeño hit donde Ness explora las simas de su personalidad, en una onda similar a “Far Side of Nowhere” (de "Hard Times and Nursery Rhimes"). El amor, pues, surge como un archipiélago donde uno asirse, otro medio tiempo más, con instrumentación discreta (ritmo y solos de guitarra básicos y contundentes) y estribillo reincidente y pegadizo, muy Ramones. “Over You” cierra este brillante y esperado álbum —homenaje a los años ochenta—, donde solo queda esperanza de sobrevivir a un amor que se ha esfumado, pero que se resiste al olvido. Aquí la banda regresa a las guitarras punzantes y a un trabajo de voces brillante. Destaca el largo, punzante y efectivo solo final de Ness, que a veces nos recuerda al Neil Young de los ochenta.

El éxito de Social Distortion radica, sin duda, en su punk rock afilado, pero siempre aderezado con múltiples influencias: rock clásico, rock’n roll, country, rockabilly, hard rock… Born to Kill es un ejemplo notable de todo ello (por ejemplo, con el empleo menos efectista de batería y bajo, fusionándose de manera efectista en la evidente distorsión de guitarras). Desde mi punto de vista, Born to Kill no está a la altura de otros trabajos memorables de Social Distortion, pero sí aporta una evidente madurez y evolución sonora y compositiva. Veremos hacía dónde transita Ness y sus compinches en siguientes álbumes, si estos llegan, y no se hacen esperar demasiado tiempo. Lo cierto es que la banda de California es una de las cimas del punk rock internacional. Y se les nota tan en forma como siempre, pese al paso de las décadas. Pura actitud, puro rock’n roll, hasta que el maltrecho cuerpo aguante.