50 años del debut de los Ramones


Por: Guillermo García Domingo. 

Hace un par de meses nuestra revista entrevistó a Chencho Fernández, el magistral músico sevillano, quien, no sin cierto enojo, defendió que el punk no nació en la Inglaterra del descontento, sino en Nueva York (que como todo el mundo sabe no está en EE.UU.) Incluso se podría concretar aún más, y situar el epicentro del terremoto punk en el barrio de Queens, de donde eran este grupo de chavales inadaptados que se hicieron llamar los Ramones, haciendo un guiño más o menos manifiesto a los Beatles. No obstante, habría que evitar subestimar el papel que desempeñaron otros grupos norteamericanos a la hora de generar la situación propicia para la aparición disruptiva del punk, en su doble expresión, como actitud existencial y como movimiento musical.

Para aquilatar su firme punto de vista, Chencho recurrió, naturalmente, al mejor oráculo (blasfemo) que existe, la biblia de “Por favor, mátame”, la historia oral del punk reunida por McNeil & McCain. Además de este libro, he consultado el cómic francés “One Two Three Four Ramones” de Cadène/Bétancourt y Cartier (dibujante). 

La decepción social de los jóvenes con la generación de la posguerra que les precedió, y sus valores cada vez más mercantilistas y conservadores, no era un fenómeno exclusivamente británico o europeo, en Norteamérica también existía, y fue uno de los elementos desencadenantes de la contracultura. De la que los Ramones fueron una expresión salvaje y directa. Un “ataque relámpago” como el de la sempiterna canción inicial del álbum (“Blitzkrieg Bop”). Dee Dee, Joey, Tommy y Johnny, especialmente el primero y el último, provenían de la marginalidad. Cada uno de ellos gozaba de una personalidad carismática, muy diferente a la de los restantes miembros, lo que conduce a pensar que fue algo milagroso el hecho de que convergieran con el fin de realizar este disco y que siguieran tocando más adelante, pese a las disensiones que siempre caracterizaron la convivencia dentro de la banda. Su álbum de debut contiene temas dedicados al malvivir de yonquis, así como alusiones a la prostitución masculina y a la violencia callejera. Debido a esta “honestidad brutal”, los Ramones representan, sin duda alguna, la iconoclastia juvenil más descarnada y auténtica. Resulta tan desconcertante como hermoso que esta panda de jóvenes inadaptados disfrutara de tanto éxito.

Y para conseguirlo les bastó media hora. El resultado de apenas dos días de grabación. Ninguno de los catorce temas se extendía más de dos minutos y medio. Se trataba de “salir y tocar”, según Danny Fields. Ese fue el consejo que les ofrecieron a los miembros de The Clash, antes de que los británicos se constituyeran como banda, durante su gira británica, unos meses después de la publicación en abril de este disco homónimo. Aunque la música de los Ramones ha nacido para ser interpretada y experimentada en vivo, esta grabación es intachable, y transmite esa naturalidad y esa ausencia de sofisticación impostada que los Ramones hicieron suyas.

Perdura demasiado la engañosa impresión de que los Ramones eran unos músicos aficionados, pero, con el paso de los años resulta incuestionable que tomaron decisiones acertadísimas: que Tommy se pusiera a la batería, aunque después fue el primer Ramone en largarse, el logotipo inolvidable que diseñó Arturo Vega, un tipo fascinante, sin el cual no se puede entender a los Ramones, su vestimenta que quedó para siempre retratada en la fotografía de la portada, realizada para la revista Punk por Roberta Bayley, y por encima de todo ese rasgueo continuo, a una velocidad vertiginosa, de las cuerdas de la guitarra, como si la mano fuera la dinamo que sostenía el funcionamiento de aquella, y no la electricidad a la estaban enchufados los instrumentos. También es verdad que cuesta creer que, en esa “cueva infame”, alguien describió así este local del Bowery, pagaran religiosamente la factura de la luz. Ellos patentaron para siempre esta forma de tocar. Conviene decir que los Ramones renovaron el legado de los Beatles, de los Eagles y sus armonías vocales, ¡y la pasión por el surf!, y también está en deuda con otros grupos y artistas precursores del rock de principios de los sesenta. Sabían lo que hacían más de lo que piensan algunos resabiados.

Hay que agradecerles a Los Ramones que no se lo pensaran dos veces, que salieran y tocaran. Desde el momento que lo hicieron se quedaron en nuestras vidas. Han transcurrido 50 años, y todavía siguen ahí, sobre el escenario, eternamente jóvenes, dispuestos a no hacer caso a nadie.

David Gray: "Nightjar"


Por: Javier Capapé. 

Hace veinticinco años el, a menudo, traicionero éxito (propiciado por el reconocimiento ante su enorme trabajo "White Ladder"), junto a la muerte de su padre, sumieron a uno de los artistas jóvenes más prometedores del momento en el Reino Unido en la introspección y el recogimiento, dando como resultado el alumbramiento de un disco absolutamente imprescindible y desgarrador. Me estoy refiriendo a "Life in Slow Motion" de David Gray, que acaba de cumplir veinte años. Aquel disco pudo ser el de su madurez, pero definido así o no, fue un gran hito en su carrera, plagado de canciones atemporales e intensas, aunque pudieran ser demasiado profundas para llegar a trascender como singles de éxito (salvo "Hospital Food" y "The One I Love"). Cuando hoy echamos la vista atrás "Life in Slow Motion" sigue siendo de lo más granado en la carrera del británico. Un disco que liga todas sus canciones con un cariz sobrecogedor y que mide su pulso de forma pausada y grave. Esencial y lleno de bella pureza que desborda pasión en cada surco. No sé si su cota más alta, pero sí una de ellas. 

Lo que no sabíamos entonces es que ese disco había dejado tras de sí muchos descartes que bien podrían haber formado otro con entidad propia o quizá un álbum doble. Cierto es que con diez canciones "Life in Slow Motion" quedó redondo, sin fisuras, pero David Gray grabó muchas otras en ese periodo comprendido entre 2002 y 2005 que ahora han visto la luz en este "Nightjar". Podría ser un disco de descartes, y por momentos flota en él ese aroma a demos menos trabajadas, pero en sí mismo también es un álbum con suficiente entidad. Con el mismo aroma o atmósfera del disco que dio origen a estas composiciones, pero con pequeñas derivaciones. Si despojamos a "Nightjar" de su condición de compilación de "caras B" tenemos ante nosotros un disco por momentos atrevido y valiente, pero, por encima de todo, repleto de grandes ideas e intenciones.

La nocturnidad y el cabaret están presentes en el tema inicial "When I fall in love". Un single de libro, por lo que ya para empezar se nos hace raro pensar que esto sea un disco con temas que Gray desechó en los albores de los años 2000. De hecho, ya había publicado "Lost Songs" tras el éxito de "White Ladder". Ese era claramente un disco que recopilaba canciones menores, pero en "Nightjar" es más difícil tener esa sensación al escuchar sus temas, sobre todo si lo hacemos por separado, porque encajan muchos de ellos como eficaces cartas de presentación de cualquier álbum que hubiera publicado el británico. "Money" es intrigante, principalmente por el uso de ese contrabajo que lo domina todo, siguiendo una línea sonora continuista con la anterior, aunque con algo más de oscuridad. "The easy way out" es otro medio tiempo, y es que en casi todas estas canciones nos movemos en estas coordenadas, es cierto. Quizá eso sea lo único que puede pesar en su contra, pero "The easy way out" es mágica principalmente por los aportes del pedal steel y esa batería sedosa que se amolda perfectamente con sus escobillas al pulso del piano. 

La producción de estas canciones lleva muchos nombres asociados, tantos como aquellos con los que David Gray se rodeó en estos años previos a lanzar "Life in Slow Motion". Por delante de todos está Marius de Vries, que fue el principal artífice de aquel disco y se encarga de muchos de los cacharritos que se dejan oír, pero también su inseparable Craig McClune (que se hace cargo como siempre de la percusión) y el programador Iestyn Polson. También acredita en la producción a Rob Malone, aunque con lo que más nos cautiva este músico es con los bajos y contrabajos que suenan en la mayoría de los temas. En las diferentes miradas de estos productores y colaboradores están algunos de los matices que hacen especiales a estas canciones, como ese perfil enigmático que recorre el tema titular o la querencia indie-rock que puede llevarnos a mover de más los pies en "Green Light", aunque apreciando en ella un toque menos pulido, más parecido a una demo que faltase por desarrollar, algo que también le ocurre a "Mr. Bennett" (lo mejor son sus guitarras jazzys que van de la mano del elegante contrabajo) y "Long Gone Now", una de esas canciones que tan bien domina su autor que nos mecen mientras van creciendo despacio con la base muy marcada, pero que se queda a medias (podemos escuchar su versión definitiva en la edición deluxe del disco original de 2005).

Antes de que empecemos a pensar que el disco está mostrando peores costuras, nos reconduce a su mejor parte, ya que las canciones más acertadas del lote se encuentran en el corazón del mismo, en su parte central, consiguiendo emocionarnos casi tanto como en su día hicieran "Ain't no Love" o "Disappearing World". Porque empezamos con "Everybody's leaving town", como a mitad del disco, y ya no dejamos de subir. Una canción que nos sumerge en un ambiente como de cajita de música industrial, al estilo de Sigur Ros, que se desliza con una delicada preciosidad y melancolía. 

"Alive" es otra joya, con una de esas entregas vocales tan características de David y ese ambiente de piano-bar que le sienta tan bien. De nuevo un contrabajo arropa al piano de forma muy elegante hasta que las escobillas de la batería dan el ritmo que necesita el estribillo. "Poor John" parece sacada de los R.E.M. iniciales, con es "Fire" entonado en el estribillo que recuerda al "The One I Love" de los de Athens. Una canción como asentada en los setenta, con las acústicas y el apoyo del acordeón dándole el aire campestre que necesita. Aunque justo a continuación es cuando tocamos verdaderamente el cielo con la soledad del piano y la entrega de David en "Wave". No se necesita nada más para ponernos los pelos de punta. Este bloque central tan inspirado lo cierra "Sacred ground", también en una línea acústica con guitarras y sutiles percusiones. Si digo que algo cambia después es porque la que sigue, "The golden Ray", es más bien un interludio, con David cantando desde la lejanía entre la acústica y el harmonium.

No es que el final sea malo. Para nada. Pero es que el nivel de estas últimas era muy alto. Merecedoras de un disco en su día. Quizá por eso mismo su autor no haya querido incluir en este "Nightjar" ningún subtitulo haciendo referencia a los orígenes de las canciones (tan solo puede encontrarse esa conexión en las portadas que comparten paisajes glaciares), porque precisamente éste es su disco. Aunque tarde, era momento de darles su merecido espacio como obras mayores. También hay que decir que si hemos llegado hasta este punto en estos tiempos de canciones concisas y consumo rápido es porque nos gusta lo suficiente David Gray, porque un disco de más de setenta minutos es una auténtica rareza hoy en día, así que dejemos que sigan tomando su espacio las canciones, que son las que nos han traído hasta aquí, y continuemos con "Far from here", otro cuarteto de piano-bar magistral con cadencia lenta y ese fraseo de guitarra sutil para empezar y conducir las estrofas que te atrapa con facilidad. "A model life / My Angel now" es en realidad una canción doble unida (de ahí sus más de siete minutos) a guitarra y voz, mostrando al trovador que siempre ha sido Gray, ese que nos engatusó como nadie con su iniciática y soberbia "Shine".

"Madder rain" cautiva por su intro. ¡Qué maravilla! Es casi un experimento con un intermedio ruidoso y esa armónica tan bien utilizada. Difícil de describir, pero fantástica, en definitiva. La primitiva versión de "Laughing gas" (aparecida más tarde en "Skellig") está reducida casi a la mínima expresión del piano y la guitarra, contrastando con la más rítmica (palmas incluidas) "Side effects (May also include)", aunque su larga intro instrumental en cada estrofa nos permite ver por qué se quedó fuera de las seleccionadas como más convencionales. No es una canción fácil, pero aún así merece su sitio. Finalmente, todo se cierra con "The final order", en la que se imponen los vientos, que sostienen toda la canción en exclusiva, lo que la convierte en destacada desde la diferencia. Sigue la línea introspectiva de todo el conjunto, pero sin buscar experimentar más allá de apostar por la instrumentación comentada. Muy interesante y con una sensación muy placentera, ideal para cerrar un disco definitivamente diferente, pero igualmente magistral.

"Nightjar" no es un álbum menor aunque sepamos el germen de sus canciones. Puede formar parte de algunos de nuestros discos de cabecera, esos especialmente seleccionados, pues méritos y emoción a flor de piel no le faltan. Pero es cierto que aquellos que conocemos bien a David Gray encontraremos en estas canciones referencias estilísticas, y ante todo emocionales, con aquel fantástico disco que se movía a cámara lenta con el que está irremediablemente unido, como sentimientos congelados mientras contemplamos el retroceso de los imponentes glaciares.

 

Los Romeos, 35 años de romántico punk-pop


Sala Chango, Madrid. Viernes, 24 de abril del 2026.

Texto: Roboo (linktr.ee/roboomusic
Fotografías: J.L. Gelezeta.

He de decir que soy superfán de Los Romeos desde niño y tenía las expectativas altas. La banda salió puntual con el aire exótico de “Arañas mi piel”. Patrizia Escoín salió alegre y juguetona; los demás integrantes, correctos, aunque se notaba una inquietud totalmente justificada por el bolo que se presentaba. Lo primero que me sorprendió fue el contundente y compacto sonido: el bajo y sobre todo el batería, con una pegada importante, tuvo que ser asistido varias veces para colocar su instrumento. Guitarras afiladas y la voz de Pat, inmortal.

Le siguieron “Dulces sueños” y la maravillosa versión de Raphael “Cuando llega mi amor”, alternando temas procedentes de sus dos primeros trabajos: “Sangre caliente”, “Por qué, por qué”, “Lejos, muy lejos”, hasta llegar a “Nada”, de su disco menos conocido. Aquí retomaron con fuerza, y es donde para mí más brilló la actuación: tres enérgicas y brillantes piezas que yo esperaba con ansia — “Un poquito de amor” y, sobre todo, “¿Dónde estás?” y “El demonio está dentro de mí”, que disfruté desenfadadamente. A partir de ahí volvimos al álbum “Sangre caliente” con “Palmo a palmo” y “Lágrimas”. Bajamos de intensidad, pero correctos con “Me comeré tu corazón” y “Déjame caer”, para retornar con la picante y esperada “Muérdeme” (cantada con su compañero Tommy Ramos de su otro proyecto EXfan, y que le dio un toque guapisimo), y seguir con la genial versión de “Sunday Girl” de Blondie que ellos titularon “El mundo a tus pies”, para por fin llegar a “Mi vida rosa” con el público desatado. Tras salir un minuto, decidieron cerrar con “Emocióname” y la preciosa “El final”, en un tono emotivo que caló en más de uno.

La actuación fue correcta aunque ya le es difícil a Pat llegar a algunos tonos, y la decisión de cantarlas diferente fue acertada, porque daba un toque más punk-rock que a mí personalmente me encanta. La banda estuvo muy potente y en concreto el guitarrista, con un toque de psicodelia fabuloso.

Pero... ahora vienen los peros. A muchos no les convenció el concierto, y en mi opinión no fue tanto por las expectativas del nostálgico sonido perfecto de los discos, ni mucho menos por la técnica de la banda. El show tuvo muchos fallos de sonido que no acertaron en la primera parte del concierto ni durante muchos momentos, con un micrófono de voz bajísimo al igual que la guitarra y una mezcla mediocre. La sala tampoco ayudó para nada: mucho calor en algunos puntos y un frío polar en otros. El público también falló; se notaba que muchos de ellos no eran carne de concierto o hacía mucho que no iban a uno, y sobre todo la falta de educación recriminando que no se escuchaba cuando Pat hablaba, en vez de rogar silencio y respeto por los artistas y los fans que acompañábamos.

De todas maneras, creo que son fallos que se subsanarán en próximos shows, ajustando el sonido correctamente y seguramente cambiando de sala y de público. Los Romeos y sus fans —entre los que me encuentro— tendremos lo que nos merecemos para disfrutar de esta banda que para algunos es tan especial.

Fernando Alfaro: “Tejido de Felicidad tiene un sentido de autoafirmación”


Por: Javier González. 

El Record Store Day siempre nos prepara algún que otro caramelito repleto de sabor que llevarnos a la boca. En este caso una de las piezas suculentas que ha visto la luz y que podemos adquirir desde el pasado fin de semana es la reedición en vinilo de “Tejido de Felicidad”, el fenomenal trabajo de Chucho, la banda capitaneada por el siempre personal y brillante Fernando Alfaro, editado en una preciosa edición para buenos coleccionistas desde Warner

Un disco mítico dentro del undeground estatal de finales de los años noventa, impregnado por un aire fresco y un innegable foco resplandeciente, pleno de vitalidad, fruto de las circunstancias que rodeaban el día a día de Fernando en aquellas semanas de grabación, que sin embargo no logran ocultar del todo ciertas sombras, siempre presentes en la azarosa trayectoria del albaceteño, que asomaban amenazantes, dotando de un fenomenal contraste a un trabajo colosal, al que el paso del tiempo no ha hecho más que reafirmar su condición de álbum mítico. 

Descolgamos el teléfono para mantener una larga y agradable charla con el bueno de Fernando. Nos le encontramos como la última vez que tuvimos la fortuna de hablar con él. Locuaz y torrencial en el habla, rememora con precisión cada detalle y disfruta comentándonos anécdotas. Nos alegra encontrarlo en el mismo punto vital que le dejamos. Satisfecho y feliz, con una buena noticias paras sus fans: hay canciones grabadas. Las mismas verán la luz en un nuevo trabajo, firmado bajo su nombre, que se editará después del verano, algo que ya estamos deseando que suceda. 

Tras la intensidad y el final abrupto de Surfin' Bichos, arrancaste tu aventura como Chucho, primero con el Ep homónimo del año 98, más tarde con “78”, ambos bajo el sello Limbo Starr, al que sigue el trabajo que hoy nos ocupa. ¿Qué recuerdas del proceso de preparación de este cancionero? ¿Y de la grabación? 

Fernando: Habría que hacer dos puntualizaciones previas. Chucho es el grupo que formé con Juan Carlos Rodríguez y Daniel Fernández, algo que ha dado pie a muchas confusiones. En ciertas ocasiones, profesionalmente hablando, se han dirigido a mí personalmente como Chucho. Luego está el asunto de Limbo Starr, la marca que cree y que fue la encargada de editar el primer Ep. Después vio la luz “78”, que salió con Limbo Starr como subsello, pero en realidad era Virgin con todas las de la ley, ya que contábamos con sus AR y toda la gente de su equipo de promoción. Una relación que continúa en “Tejido de Felicidad” y “Los Diarios del Petróleo”, que estuvieron editados dentro del sello Chewaka, un subsello de Javier Liñán que estaba dentro de Virgin y cuyas oficinas, en un sótano de la calle Hortaleza, estaban dentro de la sede de Virgin España. Posteriormente entré en contacto con David López, que era amigo mío y unimos voluntades profesionales. Yo tenía la marca Limbo Starr, que era un mero nombre, pero empezamos a editar discos como los de Nacho Vegas. Como digo, el álbum “78” fue ya editado con Virgin y “Tejido de Felicidad” era su continuación, el segundo álbum, pero para entonces nosotros ya teníamos un montón de material y canciones, además de haber editado el Ep y “78”. Este último ha sido reeditado hace poco en vinilo, puesto que en esa época no se hacían vinilos, era algo del pasado. No era algo que buscara el ahorro, es que directamente Virgin ni se planteaba editar vinilos, sacaban casetes y cds. 

“Estábamos viviendo una auténtica fiebre creativa” 

Estamos ante un trabajo que demuestra el gran estado de forma que tenía la banda, ya que nos paráis de componer canciones. 

Fernando: Cuando grabamos las canciones del disco, ya habíamos producido una gran cantidad de canciones, recogidas ahora en la edición del álbum de rarezas “Prehistoria, demos y demonios”. Recuerdo que estábamos en plena fiebre creativa y queríamos grabar un nuevo álbum, empezamos a pensar en el disco, reunimos las canciones y completamos el total de las que aparecen. Cabe puntualizar que a raíz de “78”, hubo una canción, “El Detonador EMX-3”, que fue elegida por Alejando Amenábar para una de sus películas, “Abre los Ojos”, algo que es realmente importante, básicamente porque él compone sus películas junto a Mariano Marín habitualmente. 

“Algunas canciones fueron compuestas a partir de sampleados de la BSO de “Abre los Ojos”, compuesta por Amenabar” 

¿Qué ocurrió a raíz de aquello?

Fernando: Nacho Sáez de Tejada, que en paz descanse, que era nuestro AR de entonces junto a Quique Gallego, ambos pidieron que nos planteáramos componer algo utilizando sampleados de la banda sonora orquestal, compuesta por Amenábar. Lo que hice fue componer canciones a partir de samplers y cambios de tonalidad, a veces me plagaba más a las estructuras y otras menos. Finalmente acabaron saliendo dos canciones: “Mi vida con Fiebre” y “Aguacero al Infinito”. Teníamos otras ocho más para completar un álbum específico, pero finalmente no salió adelante el proyecto, sin embargo, esas dos las tocábamos en el repertorio, interpretando con nuestros instrumentos encima de las orquestaciones sampleadas, haciendo algo propio nuestro rollo. Decidimos que formaran parte del álbum, ya que estaban dentro del repertorio. Lo digo para poner en contexto porqué están esas dos canciones incluidas. Había más composiciones que veníamos tocando en directo desde el 95, “Alicia Rompecuellos”, “Erección del Alma” y “Perruzo”, cuya demo está incluida también en el álbum de rarezas. 

“Decir cosas profundas y complicadas con un lenguaje sencillo es un reto increíble” 

Pese a todo era un segundo álbum, que no sé hasta qué punto suponía una mayor presión para la banda. ¿Fue así? 

Fernando: Muchas veces es lo que pasa con los segundos discos de un grupo, son trabajos de autoformación. “Fotógrafo del Cielo” de Surfin´ Bichos es un caso similar que viene después del experimento de producción del primer disco, un trabajo más urgente y explosivo, pero el segundo refleja el sonido de la banda en ese momento, algo que va más allá de la suma de las partes. “Tejido de Felicidad” es un caso similar, pese a ser otro momento nuestro vital y otra banda, pero tiene ese sentido de autoafirmación. No me gusta decir madurez, pero sí serenidad que te lleva a ampliar un poco el campo para llegar hasta el final de las cosas. Decidimos utilizar más arreglos orquestales, contando para ello con una pequeña orquesta que participa en varias canciones como “Magic”, “Revolución”, “El Mundo en un Segundo” y “Una nueva vida”, con arreglos de cuerda y viento. Había que extender los tentáculos. 

“Cuando se graba un disco, uno siempre tiene la sensación de estar grabando el álbum más importante del mundo” 

Como decimos, venías de dos trabajos de distinta duración que bien pudieron ayudar a que el proyecto y el concepto fueran tomando forma. ¿Sentiste en aquel momento que “Tejido de Felicidad” fue el disco que finalmente te podía permitir asentar tu siempre particular discurso en un nuevo contexto.? ¿Había una sensación de estar grabando un álbum clave? 

Fernando: Voy a dejarte una frase lapidaria, pero uno cuando graba, siempre tiene la sensación de estar grabando el disco más importante del mundo. No es ninguna sobrada, es lo que sientes. Te metes tan dentro que parece que estás dentro de un país que ha cerrado, no te planteas la trascendencia que va a tener o no. Es lo más importante que has hecho en tu vida. Hay una fe ciega. Es algo que suele pasar en casi todos los discos. Luego, por una series de circunstancias que no están a tu alcance, el resultado final llega a más o menos gente. Claro que sentíamos que hacíamos algo importante, sí, pero es que es algo normal. 

Háblame del proceso de preparación de “Tejido de Felicidad” y de las sesiones de grabación, ¿dónde tuvieron lugar? 

Fernando: Ya te he comentado que habíamos trabajado mucho en la construcción de canciones y en la base orquestal, pero el resto fue el trabajo habitual de juntarnos con las composiciones que teníamos puesta. Así es como he funcionado con todos mis grupos, probando en el local de ensayo y haciendo demos, algo muy de andar por casa. Sobre las demos, construyes y das paso adelante. Lo que sí es remarcable es el estudio donde grabamos, el estudio de Ángel González Cantarain, cuyos apellidos sonarán a mucha gente. Un estudio genial, que estaba en lo alto de un caserío, en la parte más alta de la montaña en la sierra de Aralar, en Navarra, ya pegando a Guipúzcoa. Lo recuerdo con las montañas nevadas, como una cosa paradisiaca. El estudio era un caserío acondicionado, con una estructura que nunca había visto. Me parecía muy especial la forma que tenía: el control, la sala, los niveles… todo súper guay. Era un entorno que te llevaba en volandas. Cuando fui a conocer el estudio, me acerqué con nuestro entonces mánager, Paco López, el gran Paco Attraction, al que quiero mucho. Fuimos allí en mi coche a hablar con Kaki Arkarazo, el ahora productor, que no tenía su estudio propio aún, donde grabamos “Los Diarios del Petróleo”. Estaban allí mezclando La Buena Vida, que fue cuando los conocí. Aquel era un entorno un poco místico, todo muy luminoso. Me acuerdo de estar en el intermedio, porque paramos en Navidades. Interrumpimos la grabación para ver a nuestras familias. A la vuelta, venía con Isabel León, mi pareja de entonces, que había hecho coros en mis últimos discos, teníamos ya a Natalia, cuyo nombre artístico es hoy Lea Leone, que tenía cinco/seis meses. Fuimos allí en coche. Había caído una nevada brutal. Recuerdo que pasamos Somosierra con una nevada inmensa, escuchando el “Moon Safari” el primer discos de Air, el grupo francés. Había caído una gran nevada en Aralar, tremenda, no llevaba cadenas en el coche, pero llegamos al caserío, y finalmente nos quedamos aislados dentro del estudio, cosa que aprovechamos para grabar. Menos mal que había víveres. Nuestro cocinero era Mikel Abrego, el batería de Negu Gorriak. Me acuerdo estar con mi hija pequeña, gateando en el estudio y disponiendo de un apartamento adyacente. De hecho, en el último corte del disco se oye una voz de bebé. Esa es mi hija cuando tenía seis meses. 

“En Chucho hay canciones luminosas desde el primer disco” 

Este es un trabajo un tanto peculiar en toda tu andadura, Muchos fans ven este disco como la “luz” tras la “sombra” de tu etapa anterior, quizás fruto del nacimiento de tu hija y de otros factores tanto externos e internos, pese a que esto es algo que admite matizaciones, puesto que la segunda parte del disco tiene fantasmas que todavía te acechan. ¿Te sentías cómodo siendo, por primera vez, un autor predominantemente optimista y feliz? 

Fernando:
Si es que ya en Surfin´ hay canciones muy luminosas, también en Chucho, desde el primer disco. Y en este trabajo se incluyen canciones como “Perruzo” y “Aguacero hacia el Infinito”, porque uno nunca acaba de librarse de las sombras. Obviamente, hay un reflejo del momento vital, tanto mío como del grupo. Hay mucha gente involucrada y todo afecta al resultado final. En otros trabajos también convivíamos para grabar, pero no era este entorno que hemos comentado. Eso también se refleja. Mi momento vital también tiene aquí su reflejo. 

“En este trabajo se incluyen canciones como “Perruzo” y “Aguacero hacia el Infinito”, uno nunca acaba de librarse de las sombras” 

Aquí encontramos canciones míticas como “Magic”, “El Mundo en un segundo” y “Revolución”, que nos muestran a un autor que, aunque toque temáticas universales, sigue dando una vuelta de tuerca a las letras de lo más personal. 

Fernando: Sí, la vuelta que creo que tienen y que todos tenemos. Muchas veces tendemos a un acuerdo de mínimos para transmitir determinados conceptos. Decir cosas profundas y complicadas con un lenguaje sencillo es un reto increíble. El tema es que la perversión de todo eso es una repetición de tópicos y lugares comunes que abundan en el pop. Hay bandas como The Smiths que con muy poco, decían muchísimo. Personalmente, he dicho muchas cosas, pero siempre he aspirado a tratar de decirlas de una manera más sencilla con el paso de los años. 

“Me interesan los artistas que van de una forma un poco suicida, hay que ser un poco kamikaze para no quedarse en la superficie a la hora de componer” 

Cortes que conviven con temáticas obsesivas como “Alicia Rompecuellos” y “Mare Nostrum”, letras que hay que ser muy valiente para poner al alcance del público. 

Fernando: Creo que digo las mismas cosas que sentimos y pensamos, pero no todo el mundo se atreve a decirlas del mismo modo. Hay que ser un poco kamikaze para no quedarse en la superficie a la hora de componer. A mí también me interesan los artistas que van de una forma un poco suicida, que se atreven a comunicar como una conexión de huesos entre humanos. Por eso nos emocionan. Es una constante del arte. 

“En “Tejido de Felicidad” los rincones oscuros se destacan menos que las ventanas abiertas y la luz” 

Y otras donde las sombras que te acechaban son totalmente visibles como “Aguacero al Infinito” o “Mi vida con Fiebre”, dos temas que me parecen de los mejor de tu factoría musical a los que acudo con frecuencia. 

Fernando: Sí, por eso se incluyeron en el disco, no porque fueran de Amenábar. De hecho, no hubo acciones promocionales. Ni por la productora de Alejandro, ni por parte de nuestro propio sello hubo acciones de marketing. A pesar de que el origen era buscar una mayor repercusión, sea sinceros. El AR de Virgin era una gran persona y me propuso hacer canciones con la BSO. Además, Alejandro Amenábar era compañero de piso de un amigo nuestro, Agustín González, uno de los guionistas de cine. ¿Recuerdas la polémica con el libro de Carmen Mola? Una supuesta escritora tras las que estaban detrás tres hombres, pues uno era él. Así surgió todo. No hubo nada de marketing. Lo sabía. Estaba de acuerdo. Nosotros las incorporamos de forma honesta. Como decía, eran samplers distintos, tomando loops y variando el tempo. En los créditos de la SGAE dichas canciones aparecen compuestas a medias con Amenábar en el apartado musical, pero realmente son tan mías como cualquier otra. Es otro de los rincones oscuros junto a “Perruzo”, pero se destaca menos que las ventanas abiertas y la luz del disco. Ese ímpetu infantil de un bebé gateando que sale en el disco. Sin embargo, hay una zona oscura, que no se impone a las canciones más alegres. Tú sabes que la historia de “Magic” es para intentar poner feliz a un amigo que se moría de SIDA. Mi amigo Ricardo. Le hice la canción para animarle. Una especie de grito desesperado. Era feliz porque celebra los segundos que le quedaban por delante. 

“La canción “Magic” está hecha para intentar poner feliz a un amigo que se moría de SIDA” 

“Perruzo”, tremendo temazo también. 

Fernando: Totalmente. “Perruzo” es anterior a todas estas. Grabada en el año 95, aparece en versión maqueta en el disco de rarezas. Creo que está fechada en el 95. Es un momento más punki, habla de adicciones y de sexo, tardé muchos años de librarme de aquello. No creas que la sierra y el aire puro de Aralar me limpiaron para siempre. 

 “Conozco mis discos al milímetro” 

Esta nueva reedición de “Tejido de Felicidad” vio la luz con motivo del pasado Record Store Day. ¿Has tenido la oportunidad de redescubrir algún matiz del mismo que tuvieras olvidado? 

Fernando: No. Me sé de memoria todos mis discos. Cuando grabo mis discos, me meto de una forma obsesiva hasta el último detalle. Conozco todo al milímetro. Y para terminar de asumirlo, como cuando conoces a alguien que quieres mucho, conoces también íntimamente sus defectos. Veía los defectos de mis canciones y los escuchaba a saco. Luego ya nunca más lo hago. Rara vez. Hay una cosa que no aguanto y la gente que me conoce no la hace nunca que es entrar a un garito y que pongan una canción mía. Hay gente a la que le gusta. Me salen sarpullidos. No necesito escucharlas para redescubrir. Los conozco al dedillo. Y en privado, si los escucho es porque lo necesito cada cuatro o cinco años, básicamente para mirar alguna canción que pueda interpretar en directo. 

“Ahora mismo te diría que el mejor disco es el último, lo estoy terminando de mezclar” 

¿Crees que estamos ante la obra cumbre de toda tu discografía? 

Fernando: Me cuesta mucho verla así. No tengo un ranking, nunca lo he podido tener. Sí que estaría entre los cuatro/cinco mejores. Probablemente estaría el primero, pero no lo sé. Aparece en muchas clasificaciones, así que será verdad. Conozco mis discos como si fueran mis hermanos, padres e hijos, conozco sus defectos y virtudes, contexto e historia, pero no puedo establecer clasificaciones. A lo mejor hay gente que pierde de vista otros discos, quizás no tan señalados, que no están en esos relatos mediáticos, por estar fuera del radar, pero para mí pueden estar a una altura similar. No te puedo decir exactamente qué clasificación tiene. Ahora mismo te diría que el mejor es el último, lo estoy terminando de mezclar. Lo estoy escuchando obsesivamente. Saldrá bajo mi propio nombre. Ahora vivo solo, no tengo que molestar a nadie al ponerlo mil veces. Solo doy guerra a los vecinos a los que tendré hasta los huevos. 

¿Estás en Albacete viviendo ahora mismo? 

Fernando: Actualmente estoy en Madrid, pero he estado mes y medio en Córdoba, grabando con Fernando Vacas. El disco saldrá después del verano. 

“Me emociono escuchando las grabaciones de mis discos” 

¿Qué consejo le daría el Fernando Alfaro actual al que estaba grabando esta colosal colección de canciones? 

Fernando: No creo que le diera ninguno. Aquel Fernando no escuchaba a nadie. Además, de verdad, soy el de consejos vendo que para mí no tengo. Intentaría decirle lo mismo que me digo a mí mismo ahora: intenta no sufrir en el proceso. Me emociono mucho. Me lo tomo muy en serio. Los directos también, pero son otro entorno y mecanismo. Me emociono escuchando cosas y lloro, sobre todo si son otros músicos que amablemente participan en las grabaciones de mis canciones. Me hacen llorar. Y me mola un montón. 

“El nuevo álbum es una especie de orfebrería pop con recovecos de chanson oscura” 

Venga, vamos a poner los dientes largos al persona. ¿Qué aspecto tienen esas nuevas composiciones? 

Fernando: No sabría definirlo. Es una especie de orfebrería pop con recovecos de chanson oscura y llena de fogonazos. También hay canciones…que me cuesta clasificar. Tiene como rincones, muchas historias y ventanas que se abren. Canciones a lo Bowie y chanspn, algún swing, temas orquestales, pulso eléctrico y toques de rock de autor. Es difícil de definir. Estoy dentro de ese país de fronteras canceladas muy metido. Estoy muy metido dentro para definirlo. 

¿Con quién editarás el nuevo trabajo? 

Fernando: Estoy en ello, primero queríamos grabarlo. 

Por mi parte es todo. La verdad es que tengo ganas de verte y que podamos charlar un rato. 

Fernando: Es verdad. Siempre hacemos las entrevistas por teléfono. Menos mal que nos salen bien, pero siempre es mejor el contacto visual. Lo bueno que tengo es que no te dejo preguntar. Me pongo a hablar y hablar, seguro que piensas: “que se calle este hombre”. Para nada. 

Es un placer hablar contigo siempre. Además, me lo pones muy fácil, casi no tengo que preparar el cuestionario. 

Fernando: Gracias por todo. Un abrazo.

Ilustres Principiantes: Portosanto


Fotografía: Marta Alborés.

Portosanto presentan "Ten que haber un sitio para nós", su primer LP bajo este nombre. Editado por Ernie Records, el disco -formado por diez canciones- supone el punto de partida de una nueva etapa para una banda integrada por Anaís, Andrés, Nuno, Simón y Xoel, los mismos miembros que años atrás dieron vida a Oh! Ayatollah. Lejos de funcionar como una continuidad, el álbum plantea un comienzo consciente: una forma de recoger lo vivido y transformarlo en una propuesta más directa, emocional y afinada.

Los adelantos, el tema homónimo "Ten que haber un sitio para nós" y "Vinte de agosto", ya dejaban entrever las coordenadas del disco: por un lado, la necesidad de encontrar un lugar propio; por otro, el peso de la memoria y de las escenas que, sin saberlo, acaban definiendo quiénes somos. Dos líneas que atraviesan el álbum de principio a fin y que se desarrollan a lo largo de sus diez canciones desde distintas perspectivas, siempre con una mirada honesta y sin artificios.

Musicalmente, "Ten que haber un sitio para nós" se mueve en un pop rock de guitarras luminosas y afiladas, con nervio melódico y una intensidad que crece desde la contención. Las canciones se construyen sobre riffs reconocibles, bases rítmicas firmes y una clara vocación de banda, donde cada elemento ocupa su espacio sin perder el conjunto. Hay ecos evidentes -The Homens o Blur-, pero el disco no busca la referencia, sino la identidad: una forma propia de entender el formato canción desde la cercanía y la emoción.

Grabado en Casa Talisio bajo la producción de Jacobo Naya, el álbum apuesta por una sonoridad clara y directa, en la que las guitarras ocupan el primer plano y la voz se mueve entre la vulnerabilidad y la determinación. No hay exceso ni ornamento innecesario: el trabajo se centra en dejar que las canciones respiren y avancen, construyendo una tensión que se resuelve más por la insistencia que por el estallido.

En el plano lírico, el disco profundiza en una idea recurrente: la de crecer y asumir que las certezas prometidas no llegan. Frente a ello, Portosanto no proponen respuestas, sino preguntas compartidas. Sus canciones hablan de recuerdos que regresan, de momentos aparentemente menores que adquieren un nuevo significado con el paso del tiempo, y de esa necesidad persistente de encontrar un lugar -físico o simbólico- al que pertenecer.

Portosanto tienen ya confirmadas varias fechas en directo, con conciertos en Pontevedra, Ourense, Vigo y A Coruña, y las entradas ya están disponibles. Algunas de ellas de hecho, como las de Ourense, están ya agotadas. La banda anunciará próximamente nuevas fechas. 

"Ten que haber un sitio para nós" no ofrece soluciones cerradas ni respuestas definitivas. Lo que propone es un espacio común: un lugar donde la duda, la memoria y el deseo de avanzar conviven sin contradicción. Diez canciones que, más que explicar, acompañan. Porque, a veces, la única certeza posible es esa: seguir buscando.

Tiemersma, Reynaldo & Granota: "Trombos Factory"


Por: Txema Mañeru. 

Luis González (Caballero Reynaldo) cuenta con más de 80 discos bajo su nombre y tirando por lo bajo. Además de mucho material con mayoría de temas propios, siempre le ha gustado mucho jugar con los de otros artistas a los que admira y procedentes de palos bien distintos. En este aspecto se lleva la palma la gran multitud de discos que tiene con temas y discos de Frank Zappa. Pero es que si pasas por www.caballeroreynaldo.es, para conocerle y conseguir sus discos, comprobarás que tiene otros íntegros dedicados a Yes, King Crimson, The Beatles, Motörhead, Depeche Mode o Ringo Starr. ¡Toma eclecticismo… y valentía! No faltan tampoco otras bandas y otras versiones distintas a lo largo de su ingente discografía con predominio de material propio.

Hace 2 o 3 años cambiaron de nombre a su sello para pasar a llamarse Caballero Reynaldo Producciones Psicotrópicas. De los primeros discos que publicaron con ese logotipo fue el debut de Tiemersma, Reynaldo & Granota, “Le Grande Pastèque”. Se definieron como trío punk folk y unieron en él sus 4 comuniones. Canciones divertidas como "Ven", el punk siniestro de "Climaterio" o los aires Vainica Doble de "El Teatro de Manolita Chen".

Ahora se marcan otra genial y divertida vuelta de tuerca con este “Trombos Factory” (Caballero Reynaldo Producciones Psicotrópicas) con genial portada inspirada (con mucho humor) en el “Cosmo’s Factory” de la Creedence Clearwater Revival. Se picaron Tiemersma y Reynaldo para hacer un disco de la Creedence en modo electrónico y aquí está. Reynaldo aisló los esqueletos de estas legendarias canciones y les montó músculos y ligamentos nuevos, haciendo alarde de múltiples habilidades en el campo de estar zumbadísimo. Una locura que se disfruta de principio a fin y en la que se nota que ellos se lo pasaron en grande y nosotros también. 

Diez versiones extremas que arrancan con una "Intro" con "Proud Mary", un flipada hindú electrónica irreconocible. Transformación y experimentación total de nuevo con "Born On The Bayou" y su sonido ambiental casi acercándose a los Portishead, pero con algunas guitarras crispadas. Country galáctico es lo que nos encontraremos en "Looking Out My Back Door" mientras que el trance espiritual domina "Fortunate Son" para dar paso a la maravilla lenta, con más coros y ambientes envolventes, de "Bad Moon Rising". Al escuchar "Up Around The Bend" podemos acordarnos de Devo, The Silicon Teens o The B-52’s, mientras que nos harán bailar al ritmo de la mejor Donna Summer de mitades de los 70 en "Suzie Q". Una fiesta de baile pegadizo que persiste eb una "Down On The Corner" con Reynaldo como solista, pero con sonido de pajaritos en el ambiente. Atmosférica, pero respetando algo ese mágico estribillo. El "Outro" es para otra irreconocible y alocada "Lodi". Un álbum que ellos mismos dicen que lo han hecho con respeto, admiración, creatividad y retranca. Nosotros lo atestiguamos. ¿Qué locura será la próxima? Estaremos al tanto.

Carolina Otero & The Someone Elses: “Lilith lo sabe”


Por: Kepa Arbizu. 

El territorio delineado por los mitos y leyendas es también, como cualquier otro, un campo propicio para ejercer la lucha ideológica. Más allá del poder simbólico desplegado por el relato hegemónico portado por sus fábulas, su carácter alegórico acaba permeando en el imaginario colectivo y por extensión floreciendo en el hábitat cotidiano, de ahí que disputar la supremacía a esos textos significa en paralelo alterar, y en última y más importante instancia revertir, su naturaleza impositiva. Una batalla nunca desoída por Carolina Otero, sea en su faceta literaria o musical, ambas sustentadas por un gran talento, pero que en su más reciente álbum adopta un idioma especialmente combativo, respetando eso sí una particular e ingeniosa lírica. En consonancia con esa actitud retadora y tajante, el título de su trabajo, “Lilith lo sabe”, alude directamente a un nombre femenino que desde las ruinas mesopotámicas, encarnado en demonio por su persecución de los instintos, hasta la cultura judía, fustigado con los versos bíblicos por ser la pareja no sumisa de Adán, ha servido para maldecir la condición autónoma y empoderada de la mujer. Un continuo histórico, estirado hasta nuestros días a través de metáforas vampíricas y maneras de femme fatale, en el que irrumpe la autora valenciana, haciéndole protagonista inspiracional de un cancionero dispuesto a envestir contra unos muros dispuestos para proteger ese paraíso terrenal construido por el poder masculino.

Dado que cualquier disciplina artística tiene la posibilidad de tender un vínculo que comunique de manera natural la forma y el fondo, el airado concepto de este álbum requiere la presencia de una sonoridad eléctrica y contundente, que si no es en absoluto ajena al ideario de la compositora, su inmediato antecesor, “Popalina”, aludía a una tradición más melódica y delicada. Un cambio de paradigma que sin embargo mantiene -y que además parece definir a la idiosincrasia del proyecto- lo que podríamos calificar como la utilización de un juego de equívocos o falsas apariencias. Porque si en aquel trabajo pretérito su condición en principio romántica cargaba con una mancha trágica, sus presentes temas rastrean y encuentran un idioma donde la ironía, o la cáustica comicidad, se siente copartícipe de un disco que, aunque fiero, sabe escabullirse por momentos tras una sonrisa que, eso sí, muestra unos afilados colmillos.

Una misión que no asume la valenciana en solitario, tanto en lo que concierne a su expresión artística, donde mantiene su “apellido” grupal, que señala a su banda Someone Elses, como a un concepto que actúa de correa de transmisión de toda una reclamación previa que a lo largo de las décadas ha ido acumulando su propio ejército de voces femeninas disidentes, un ejercicio en el que toma mayor sentido la versión interpretada de “Wuthering Heights”, logrando aunar las figuras de Kate Bush y Emily Brontë. Si Karl Marx alertaba sobre ese fantasma que recorría Europa, este trabajo perfectamente puede ser una postal escrita en el presente pero que recoge un movimiento que se ha desplazado a lo largo de los siglos enfundado en camisetas moradas. Un testigo de esa insubordinación que arrebata, que no solicita, el altavoz para su reclamación, siempre dispuesta a ser minusvalorada por quienes pretenden mantener a resguardo su posición privilegiada. De ahí que esa “Llorona de Europa” con lo que empieza el disco sea falsamente introducida por una voz dulce y virginal que, a modo de ensamblaje con su anterior disco del que se desprende, casi instantáneamente busca alojamiento en una maraña eléctrica pronto convertida en columna vertebral sonora del álbum. El rugir de guitarras, y de bajos borboteantes, que bandas como Breeders, Veruca Salt o Pavement convirtieron en acompañantes de pegadizas melodías, son también aquí el atril sobre el que se suspende un alegato que pretende romper un impuesto cordón umbilical que lejos de alimentar, exclusivamente sojuzga. 

Un sometimiento encarnado en múltiples tentáculos, casi todos conjugados desde la cotidianidad, y que por supuesto también penetran en los contextos artísticos, y dado que la autora del disco convive en el literario y musical, ambos tienen en este repertorio su espacio y los dos son el espejo de ese mansplaining destinado a convertir a la mujer en un verso falto de cualquier trascendencia, realidad que en la muy noventera “Cara flan” dibuja la mirada jerárquica de los “grandes” de las letras, y “Bla Bla Man”, que se revuelve entre un paisaje casi post punk, redunda en esa condescendencia, sinónimo de minimizar los logros del otro género, que deja a su paso ese “charco de hombre” que actúa como un pantano denso y viscoso decidido a intentar borrar e invisibilizar las huellas femeninas.

Instantáneas de un paisaje costumbrista, ubicado geográficamente de forma local en un mapa de carreteras que en “Jesús Pobre” se transforma en un vigoroso desierto propio del stoner rock, que amplía su radar hacia un contexto más amplio y expansivo, demostrando que lo “micro” existe como pequeños, que no menos graves, vástagos de unas estructuras globales. Un salto desde el zoom pormenorizado a una fotografía colectiva donde, por supuesto, el amor romántico, tomado como imposición histórica y no como decisión particular, se expresa en “Sierva de amor”, de manera muy sagaz, a través de un medio tiempo abrazado sin embargo por un aguijón eléctrico que ejerce de sentido arácnido decidido a escapar de esa ensoñación en blanco y negro. Una huida de esa cárcel opresiva y alienante, anhelada en una recitativa -al estilo Lula- “Lilith” que sirve como enumeración de pioneras que van desde Madonna a Simone de Beauvoir pasando por Anaïs Nin, y a la que dedicará una rabiosa despedida con vestimenta punk en “Adiós, hermanito”. Furia que se vuelve cólera a través de la potente, extremadamente explicita y noctámbula “Corredora de fondo”, sepultura para esos jueces que dictan sentencias reproduciendo roles de dominación, los mismos a los que Rosalía de Castro condenaba en unos versos, hermandados con los de la valenciana, tintados de desamparo al expresar que “de mí se burlaron, me vendió la justicia”. Un terror ancestral, donde el verdugo y los magistrados comparten universo tiránico, exorcizado en una canción y un disco que, más allá de su valor artístico, ostenta una llamada de urgencia en clave de rock. 

El resultado de “Lilith lo sabe” sería digno de elogio simplemente por la naturaleza subversiva que plantea, pero además de eso, hay en su interior unas composiciones que, valiéndose de esa atractiva mezcla entre melodía y crudeza, ostentan un calado musical sobresaliente. Un repertorio que funciona como cartografía del agravio patriarcal al que es sometida, desde múltiples esferas, la población femenina. Parafraseando el conocido poema de Alejandra Pizarnik, donde describe su condición como “Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea”, Carolina Otero Y Someone Elses han construido su particular refugio de sororidad, uno en el que ofrece cobijo y ternura para esa mitad del planeta maniatada por la dictadura masculina, pero que principalmente emite un sonoro rugido con el que incorporarse a ese coro de voces que persiguen alterar la historia, dejando atrás el silencio y poniendo rumbo hacia un destino que despierte de esa pesadilla de testosterona y privilegios otorgados por una arbitrariedad en forma de cromosomas.