Contra todo pronóstico, un nuevo Van Morrison


Jardines del Botánico, Madrid. Jueves, 30 de junio de 2026 

Texto y fotografías: Ricardo Virtanen.

El grandísimo Van Morrison (Belfast, 1945) visita de nuevo Madrid. Repite la fórmula del año pasado y ofrece dos conciertos en las veraniegas Noches del Botánico. Parece que al genio de Belfast no le seducen ya los macroconciertos del WizinkCenter (hoy Movistar Arena) de antaño (nos visitó en los años 2018 y 2022), y prefiere el recogimiento de un coqueto Jardín Botánico de Madrid, pese a que los emolumentos recibidos no se acerquen ni por asomo a los del Wizink. A sus ochenta años (a finales de agosto, 81), Sir George Van Morrison mantiene una vigorosa voz, aunque la edad le esté volviendo más delgado y enjuto. Viste como en sus últimas visitas a Madrid: impecable traje azul y sombrero blanco (a veces azul) y gafas de espejo. Interpreta saxo, guitarra y armónica. Esta vez el piano se quedó sin golpear, quizá por un cambio en setlist de última hora (se le vio molesto con algún músico en algún momento del concierto). Setlist que varió de un día a otro, pues el día 1 de julio sumó "Dweller On The Threshold", ausente el día 30, que ahora referimos.

Contra todo pronóstico, no tuvimos delante (esta vez, estaba yo bastante cercano al escenario) al músico arisco, gruñón y maleducado que todos recordamos de siempre. Esta vez, se mostró dicharachero (al recordar a su amigo Ray Charles o al dirigirse al público), dio las gracias en varias ocasiones (una vez en castellano), bromeó —y sonrió delicadamente— al hablar a una de sus coristas (la impecable y risueña Sumudu Jayatilaka), pero abroncó al batería en cierto momento, o no sabemos bien a quién, e hizo mutis por el foro a mitad de “Gloria” (como ha ocurrido en sus últimos conciertos). El concierto comenzó con la presentación de su reciente trabajo "Somebody Tried to Sell a Bridge", su 48 álbum de estudio, un homenaje explícito a los bluseros clásicos, con la inclusión de cuatro temas propios. Así encandenó dos temazos de blues, dos auténticos pepinazos que encendieron aún más el recinto, que a las 8:30 pm era un puro hervidero lleno de abanicos. Hablamos del clásico de John Lee Hooker “Deep Blue Sea” y de “Kidney Stew Blues”, un éxito de Eddie Vinson. La banda, en formación de cuarteto (guitarra, hammond, bajo y batería), más dos coristas (las mismas del año pasado): la excelente Sumudu Jayatilak y la jovencísima promesa de Belfast Jolene O’Hara, sonaba compacta. Morrison sopló con swing su armónica, si bien el baterista parecía acariciar su batería, volviéndose en ocasiones inaudible. Continuó el blues lento “Madame Butterfly Blues” (de Dave Lewis) (con solos de armónica y hammond) y la movida “Snatch it Back and Hold it” (de J. Wells y Buddy Guy). Aquí aparecieron los vientos, dos auténticos fenómenos que colaboran con Morrison desde los años noventa en discos y directos: Matt Holland (trompeta) y Richie Buckley (saxo). Para entonces, Davy Keary (guitarrista), John McCullough (teclista de Belfast) y la armónica de Van, más los vientos, habían encendido el recinto, arrastrando el concierto a una fiesta sin fin.

Tras el nuevo material, llegó la hora de introducir temas de su disco de 2025, la obra maestra "Remembering Now". Sonó el festivo “Down to Joy”, que abría el disco, menos intenso de ritmo con respecto al original. Después, “Back to Writing Love Songs”, donde Van ‘The Man’ agradeció al público su efusividad para con la banda, y la balada “The Only Love I Ever Need is Yours”, uno de mis temas favoritos del álbum, donde el genial Davy Keary (muy ovacionado por el público) nos brindó un espléndido solo de guitarra española. A estos temas se unió “Play the Honky Tonks” para cerrar las referencias al disco actual, un blues marcial de Marie Adams cuyo estribillo coreó el Botánico a pleno pulmón, con intensas improvisaciones de la banda. Para la sutil balada “When the Rains Came”, Morrison blandió su guitarra eléctrica, preludio del momento “Ray Charles’, amigo personal de Morrison. La banda interpretó entonces un cálido homenaje al autor de “Georgia in my Mind”, al tocar “If it Wasn’t for Ray”, muy coreado por el respetable, por su ritmo impecable, al que siguió otro éxito de Ray, el espléndido blues “I Believe to my Soul” (incluido en el mítico directo de Morrison "It’s To Late To Stop Now", 1974), que iniciaba con su saxo. El tema exigía un gran dominio vocal, que el de Belfast cumplió con nota, pese a sus ochenta años. Después se alternaron el saxo de Buckley y un imperial Holland. Si bien, fue McCullough quien con su hammond terminó de enfervorecer al público. Todo ello se complementó con el blues de Roosevelt Sykes “Night Time is the Right Time”, un éxito de Ray de 1958, con una frase en forma de letanía (tras cada verso): “Nigth and day”, coreada al unísono por vocalistas y público. En esta canción, la extraordinaria cantante S. Jayatilak ejerció quasi de solista, con talento y dominio vocal a raudales.

Al fin llegó la hora del primer gran éxito del norirlandés en la noche: “Real, Real Gone”. Para entonces, el público ya sabía que nos encaminábamos hacia el final del concierto (cinco largos minutos en que Morrison presentó a su banda). Tema mucho menos efusivo que otras pasadas interpretaciones, con un toque soul, y un Bob Rugiiero, excelente baterista, que continuaba acariciando su caja, sin perder de vista nunca al León de Belfast, que le custodiaba de reojo. Las pulsaciones del evento no se rebajaron tras los primeros acordes de “Ain’t Gonna Moan No More”, un clásico de sus conciertos desde que se publicara en su álbum reciente "The Prophet Speaks" (2018). Se trata de una canción dinámica, en la que se sucedieron sin descanso los inspirados solos de saxo, trompeta y hammond, sumando al propio Morrison al saxo. La deliciosa “Enlightenment” aconteció como un paréntesis, rebajando las pulsaciones del público. La canción homónima del disco "Enlightenment" (1990) adquirió tintes de folk con Morrison a la armónica, destacando un gran solo del bajista, David Hayes, que se mantenía sentado, con gorra blanca, sin mucha visibilidad desde nuestra posición entre público. Pero la tregua duró poco. Van ‘the Man’ se encaminaba hacia el final de su actuación con otros dos trallazos. El blues “Goin’ Down Geneva” abría su obra maestra "Back on Top" (1999). Compuesta por Morrison, siguió la estela blusera del repertorio, con el norirlandés a la armónica y McCullough esta vez al piano, siempre inconmensurable, más la participación, siempre lustrosa, de ambos vientos. Mientras “Early in the Mornin” reconvertía a su manera un blues clásico, grabado por Sonny Boy en 1937. Fue incluido en su álbum en directo grabado en el Ronnie Scott’s Club de Londres, junto a George Fame, en 1995 ("How Long Has This Been Going On"). Todos recordamos su participación con este tema en el disco BB King and Friends: 80 (2005). Sobresalió la guitarra eléctrica de Davy Keary y la voz modulante de Morrison, cuyo estribillo "And I ain't got nothing but the blues" fue coreado por un público muy participativo, con múltiples variantes vocales del cantante.


Para el fin de fiesta del Botánico de este año, Morrison eligió su éxito “Moondance” (que llevaba tiempo sin interpretarla en Madrid). Versión, cómo no, swingueada, con participación estelar de las vocalistas, Samada y Jolene, y solos del bajista David Hayes, un inspiradísimo Matt Holland y un magistral Richie Buckley al saxo, todos en clave de jazz. Sin corte alguno, y sin tiempo a reaccionar, el León de Belfast que había abandonado súbitamente el escenario, apareció entre bambalinas para entonar el inicio de “Gloria”, el antiguo tema de los Them de 1964, hoy todo un himno. Van Morrison sabe que es un ciclón para cerrar los eventos. Tras un breve desarrollo, y el intercambio con la cantante Samada, siempre inspiradísima, se fomenta el colaboracionismo vocal entre Morrison y público. Tras esto, Morrison desaparece, y la canción se estira ad infinitum. Van Morrison se encontraba a gusto. Eso era toda una evidencia en esta calurosa tarde/noche de junio. Como ha ocurrido en sus últimas actuaciones, se genera una improvisación detallada de todos los instrumentistas. A la guitarra de Keary y el moog de McCullough, se le sumaban el saxo de Buckley y el solo de fliscorno de Holland (en ambos casos con palmas acompasadas del público). Para finalizar el evento, el baterista Bob Ruggiero, quien se había mostrado en un discreto segundo plano en todo momento, desató el fervor del público con un solo espectacular.

En la tarde/noche del 30 de junio de 2026, Van ‘the Man’ ofreció, a sus ochenta años, todo un cursillo de interpretación de blues. Su pequeña orquesta Caledonia (seis músicos y dos coristas) funciona como un reloj suizo. Desde su poltrona central, George Ivan Morrison dirige el cotarro de manera impecable: apunta los solos de los músicos, alterna instrumentos (guitarra, armónica, saxo), sugiere finales y subraya matices musicales. A diferencia de otros clásicos del rock llegados a una edad, que te colocan un setlist de éxitos, el norirlandés va a la suya. Durante hora y media, tira hacia el swing, el blues, el soul o el rhythm & blues, y toca lo que le apetece, con apenas referencias a sus clásicos (hoy, exactamente tres). El año que viene, lo esperamos con ansia. Para su fiel público, haga lo que haga siempre estará bien hecho, y seguirá poniendo el vello de punta. Y no importará mucho, la verdad, si es el de hoy o el de siempre.

Death Cab for Cutie: “I Built You a Tower”


Por: Javier Capapé. 

Hay bandas imán. Hay algunas que, irremediablemente, te retrotraen a un momento concreto de tu vida. También las hay que te recuerdan inevitablemente a alguien. Death Cab for Cutie es así. En mi caso me llevan al otoño de 2011. No estaban en un gran momento de éxito, pero alguien los puso en mi camino. "Codes & Keys" fue mi puerta de entrada, y desde entonces, cada vez que escucho la voz de Ben Gibbard me atrapa como ese imán que no puedes soltar. Pero no solo es su voz, son sus atmósferas, sus ritmos que agitan la base, sus guitarras corrosivas junto a otras luminosas, su misticismo… Me generan una sensación de ingravidez de la que no puedo escapar. Siempre me pasa. He llorado con "Trasatlanticism" (¿quién no lo ha hecho alguna vez?), he vibrado con "Plans" y casi he rayado "Codes & Keys". ¡Hay tanto por descubrir en su música! 

Ahora regresan con “I Built You A Tower”, la continuación de su más que inspirado “Asphalt Meadows” (incluso llegó a tener una segunda versión acústica), que nos confirma que la banda está más que asentada en el magnetismo de Gibbard y ya no echan de menos a su antiguo guitarrista Chris Walla. Vuelven a contar con el productor John Congleton, que ya se encargó de su predecesor e imprime crudeza y urgencia a unas canciones que, sin llegar a adquirir un aura de relevancia excesiva, funcionan como catarsis emocional de su autor (Gibbard se ha visto tan afectado por su reciente divorcio como por el dolor revivido derivado de la emocional gira de aniversario de “Trasatlanticism”) compartida abiertamente con sus seguidores.

El álbum compuesto por once canciones (dos de ellas son distintas caras de una misma moneda) destila una sensación inquietante, como casi todo lo que rodea al quinteto de Washington. La idea de “construir una torre” para encerrar todo aquello que duele, para deshacerse de lo dañino, se vislumbra claramente en la letra de la canción que lleva este título. Canción doble que da sentido al mismo y en el que dejan espacio no solo al encapsulamiento de este dolor sino también a la redención, las emociones a flor de piel o la vulnerabilidad que se desprende de las decepciones íntimas. Aunque, por encima de todo, “I Built You A Tower” es un disco doloroso en el que prima la idea de soltar todo lo que nos frena para construir de cero. La torre no solo sirve de encierro de ese dolor sino también de punto de partida hacia lo nuevo. En ella Gibbard ha encontrado un lugar para enfrentar la pérdida y a la vez para reconstruirse de nuevo.

Éste es un disco urgente, por momentos áspero, grabado como un impulso, en un corto espacio de tiempo, de ahí que no todo esté tan pulido como en anteriores ocasiones, pero eso mismo le confiere un aroma de realismo que engancha. Ben Gibbard confesaba que “así es como somos, como sonamos, un sonido profundamente humano, sin retoques”. “Full of Stars” abre con una guitarra suave reforzando la idea del perdón desde su primera estrofa. En contraste con ella, encontramos su single “Punching the Flowers”, cuyo riff abrasivo nos deja exhaustos. Otro de sus singles, “Riptides”, se muestra abierto a explorar nuevos caminos para la banda, mientras que “Trap Door” nos remite a sus mejores formas, esas serenas que con un piano unido a la tierna y vulnerable voz de Gibbard sobrecoge y estrecha el corazón.

“Pep Talk” tiene una melodía muy agradable que entra fácil desde su primera escucha gracias a sus arreglos coloristas. Un perfecto single pop que puede parecer que choca con la más agresiva en sus estrofas “Envy the Birds”, pero esta última no deja de contener otra buena melodía en su estribillo más suave, dejando muy clara la capacidad de esta banda para hacer accesibles episodios más duros, en parte gracias a no abusar de las distorsiones y resaltar siempre en primer plano la dulce voz de Gibbard, algo que también ensalza “Stone over Water”, aunque sin llegar a resaltar en exceso sus aciertos, ya que puede adolecer de cierto continuismo que no le hace destacar.

Hay sitio para el rock industrial que recorre “How heavenly a State”, con un riff nervioso continuo, e incluso para los brillos que nos llevan hasta California en el estribillo de “The Flavor of Metal”, pero donde nos quedamos realmente atrapados es en su doble tema titular. El primero, de cadencia serena que desemboca en un puente vigoroso, y el segundo cargado de oscuridad, sucias guitarras y una atmósfera opresiva en contraste con el tono general del disco, pero igualmente logrado y muy inquietante, remitiendo al leit motiv que guía al disco, esa torre en la que guardar los males, dejarlos atrapados, y deshacernos así de ellos. Están ahí, podemos mirarlos, pero ya nos hemos liberado. De hecho, el propio Gibbard afirma: “estoy aprendiendo a vivir sin ti”. Y es precisamente a esa liberación a lo que suena el final desbocado de la colección, que deja agotado (“it makes me tired”), pero libre, al fin.

Kiko Veneno y los Gipsy Kings: Apoteosis rumbera en la noche estival de Madrid


Parque Enrique Tierno Galván, Madrid (Festival La Carbonería del Galván). Jueves, 2 de julio del 2026

Texto: Guillermo García Domingo. 
Fotografías: Carmen Valero y Marián Bujanda Bravo.

La primera vez que asistí a un concierto de Kiko Veneno fue en los años noventa durante la gira que protagonizaron el compositor, sevillano de adopción, catalán de cuna, como los abuelos de los Gipsy Kings que actuaron en la segunda parte, y Santiago Auserón/Juan Perro. En un pabellón de Coslada, la discreta asistencia no impidió que Kiko Veneno ofreciera un concierto inolvidable. Después de más de 30 años parece que nada ha cambiado. Desde aquel entonces Kiko Veneno ha cosechado muchas canciones extraordinarias a lo largo de varios álbumes de estudio, hasta el más reciente, “Hambre”. En unos meses saldrá a la luz el próximo disco. Kiko Veneno no ha dejado de buscar y caminar de forma independiente, haciendo gala de una coherencia basada en el gozo irrenunciable sobre el escenario, suscitado por un estado permanente de fiesta musical. 

Dentro de la programación del festival de la Carbonería del Galván, en el parque vallecano dedicado a Tierno Galván, el alcalde filósofo, Veneno desplegó toda su filosofía existencial y musical con un repertorio ecléctico situado entre el glorioso pasado y el excitante futuro próximo, porque abordó cuatro temas que ya conocíamos por el concierto acústico que grabó en Sevilla, y que, según parece, están incluidos en el disco novedoso ya mencionado. Las canciones “Helicrisum”, “Precisamente” y “Olivia” encandilaron a los asistentes, y son prometedores anticipos de lo que vendrá en otoño. 

Esta vez Kiko y los suyos actuaron con más contundencia eléctrica, sin perder un ápice de calidad, gracias al pulso de unos músicos sensacionales. Kiko ha encontrado a los perfectos acompañantes en Los notas del retumbe, banda formada por Wily Leal (voces y percusiones variadas), Anabel Pérez (a los teclados y los coros), Jimmy González (a la batería), Rafa García (a la percusión), José Torres (guitarra) y Alvaro Marabot (guitarra eléctrica), ambos son finísimos intérpretes de sus respectivos instrumentos de cuerda; y no podía faltar Juan Ramón Caramés (y el sostén de su bajo tan necesario en la fusión flamenca que ha asumido Kiko), el bajista es uno de los más fieles compañeros de Kiko desde la repercusión generada por “Échate un cantecito” (1992), un acontecimiento más importante que la Exposición Universal de Sevilla. Tanto es así que la vigencia de sus canciones no ha decaído como lo demuestra la acogida que cinco de las canciones de ese disco realizado en estado de gracia tuvieron entre el público el pasado jueves. ¡Y quién se acuerda, en cambio, de la Expo!

“Lobo López” llegó a la cita puntual, no hay mejor inicio, pese a que faltaba demasiada gente en el anfiteatro tan propicio de este parque, por culpa de la “cola” que se formó en la entrada del recinto debido a un acceso no del todo fluido. La energía magnética de Kiko veneno y Los notas del Retumbe, sin duda, atraían a los que llegaban con retraso hacia el escenario. No faltaron a la cita tampoco el himno de “Superhéroes de barrio”, “Te echo de menos”, y “En un mercedes blanco”, en una versión formidable, entre las mejores que hemos visto y oído en los últimos años, antecedida de una soleá a cargo de Willy Leal, que además actúa como director musical de la banda sobre el escenario. Incluso nos obsequió con “Joselito”, la penúltima, antes de que Kiko Veneno levantara hasta a los más renuentes en estos festivales asediados por la canícula veraniega con la universal “Volando voy”, de “La leyenda del tiempo” (1979). Si alguien merecía una rumba indeleble como ésta es Camarón de la Isla. Dos años antes, en 1977, Kiko se había reunido con los hermanos Amador, Raimundo y Rafael, este último recientemente fallecido, con el fin de grabar un disco de otro planeta, “Veneno”. Una de sus excéntricas canciones, “Los delincuentes” también formó parte del repertorio en el Tierno Galván. Del mismo modo que incluyeron otros “clásicos” de Kiko Veneno, que no deberían ser subestimados, la reciente “La higuera”, o la rumba extraordinaria de “Los tontos”, realizada junto a C. Tangana, el “Blues de Memphis” perteneciente a “Está muy bien eso del cariño”, un disco de 2001 que merecería un reconocimiento mayor del que recibe habitualmente. 

La noche estaba dedicada sin ningún género de dudas al flamenco rumbero, que en Cataluña dispuso de uno de sus mejores focos de irradiación, de donde provienen los ascendientes de los “reyes gitanos”, exiliados después en el sur de Francia. Nicolas Reyes es uno de los componentes originarios del grupo que en los ochenta y noventa del siglo pasado hicieron bailar a aquella generación con la renovación de canciones ajenas que transformaron con un acierto incuestionable en rumbas irresistibles. Hermanos y primos se han disgregado en varias bandas que tienen como denominador común el mismo legado de los Gipsy Kings. La que actuó en Madrid estaba liderada por el citado Nicolas Reyes. Su voz carismática abordó varios de los grandes éxitos del grupo: “Bamboleo”, “A ti, a ti”, “Djobi, Djoba”, “Un amor”, defendida en solitario por el propio cantante, “Hotel California” (de los Eagles), “A tu vera”, “Bem, Bem, Maria” y la que sirvió como despedida, el clásico mediterráneo, “Volare”. Y es que aunque estábamos en el centro de la península, los Gipsy Kings (y Kiko Veneno) trajeron consigo la brisa y las notas musicales del Mediterráneo occidental. Al mayor de la saga Reyes le acompaña una banda portadora de una energía descomunal, que a buen seguro podría haber seguido sin detenerse toda la madrugada si no fuera por las obligaciones horarias del concierto. Cuatro guitarras españolas tocando “a rebato” que llegan a desdoblarse en nada menos que seis, en algunos momentos, arropadas por una batería de casi 360 grados, un bajista eficaz, y un percusionista versátil que también tocó el teclado cuando así lo demandaban la canciones. De entre todos los enérgicos y generosos intérpretes, sobresalió el talento del joven guitarrista Nino Baliardo Miguel, que nos dejó sin palabras con sus arpegios tan precisos, sobre todo en las canciones instrumentales que insertaron entre los mejores temas de su cancionero. 

Hasta aquí la crónica de una noche doble y apoteósica de rumbas y guitarras desbocadas que recibió la debida respuesta de un público entregado al baile y a la alegría que esta música eterna provoca sin remisión desde hace varias décadas. Nunca dejaremos de pedir que pongan esa cinta otra vez, en una cara las canciones de Kiko y en la otra la de los Gipsy Kings. Cuando todo terminó, nos internamos satisfechos de madrugada en la ciudad con los “ojos brillantitos” por culpa de lo que habíamos presenciado.

Ilustres Principiantes: Muñeca Rusa



Muñeca Rusa publicó el pasado 19 de junio “Año Soviético”, su primer álbum y, si la primera impresión es la que cuenta, el grupo asturiano apunta maneras para estar en primera fila de la nueva ola indie nacional. Formado en Gijón a finales de 2023, el nombre del grupo y el título del disco juguetean con el origen ruso de Andrey Fomchenko, cantante, compositor, guitarrista e ideólogo principal. Avezado en mil batallas musicales, ha sabido construir en poco tiempo una identidad reconocible: guitarras al frente, pulso punk, estribillos inmediatos y una mirada irónica sobre las contradicciones de una generación marcada por la precariedad, la ansiedad, el ego, la frustración y la necesidad constante de aparentar que todo va bien.

Las doce canciones que componen “Año Soviético” combinan actitud punk y vocación pop, rabia y melodía, crítica y celebración. Esa dicotomía constante funciona como un retrato generacional, que muestra jóvenes que viven realidades que prometen bienestar, éxito y pertenencia; pero a menudo reciben cansancio, ruido y desencanto. La tesis de Muñeca Rusa no plantea respuestas cerradas, porque asumen que quizá no las hay, pero ofrecen las canciones como salida a través del baile, el jolgorio y el pensamiento crítico.

En el álbum conviven temas de impacto frontal como “El club de los hipócritas”, “SHOCK” o “MASIVO”, canciones tarareables como “Tu tema de pop” o “Qué pasaría”, y piezas con carga emocional como “Viernes sin ti”, “Vivir esperando” o “El día que vi llover”. Además, “Un buen momento” es la canción menos representativa del disco, porque suena un poco a Tigre y Diamante gracias a la colaboración de estos. Y no puede faltar tampoco la intervención del productor Igor Paskual, que pone su voz en “El último brindis del año” y también su autoría, pues se trata de una canción de su antiguo grupo, Babylon Chat.

“Año Soviético” suena como un cañón gracias a los buenos oficios de Igor Paskual como productor y de Sergio “Firu” Díaz como ingeniero de sonido, desde OVNI Estudio. El resultado es un debut que no lo parece: directo y con personalidad, maduro sin perder frescura y esa peculiar mezcla soviético-pop, indie rock y actitud punk que son la seña de identidad de Muñeca Rusa.

The Coral: "388"


Por: Àlex Guimerà. 

Una de las carreras más excitantes del pop británico y, al mismo tiempo, más desapercibidas para el gran público es la de los liverpulianos The Coral. Arrancaron como una especie de one-hit wonder gracias a esa maravilla llamada "Dreaming of You", pero lo cierto es que la banda ha sido capaz de manufacturar grandes discos en los que ha ido experimentando con todo tipo de sonoridades: desde la psicodelia de los sesenta hasta el folk, el soul, el sunshine pop, el surf o el spaghetti western. Una amalgama de colores con la que han ido confeccionando una discografía tan maravillosa como infravalorada.

Sin ir más lejos, en esta década se atrevieron con un disco conceptual sobre los pueblos costeros británicos, "Coral Island" (2021), un álbum plagado de melodías pop refrescantes que fue, sin duda, uno de los mejores de su año. Pero dos años después lanzaron dos discos el mismo día —"Sea of Mirrors" y "Holy Joe's Coral Island Medicine Show"—, en los que las guitarras de Ennio Morricone parecían dibujar unas canciones profundamente cinematográficas.

Y así llegamos a su decimotercer álbum, titulado "388", que ha caído sin previo aviso y con una sonoridad altamente sorprendente. El título rinde homenaje a las veteranas grabadoras Tascam 388, utilizadas durante los años ochenta y también en la grabación de este disco, que ha querido huir de la tecnología de producción moderna y de los retoques artificiales, en una clara mirada crítica hacia la IA.

El contenido del elepé también nos transporta al pasado, concretamente al rocksteady y al reggae, dos estilos que les han sentado a las mil maravillas. Nos encontramos, por tanto, ante un disco de género que rompe con toda la paleta de colores de sus trabajos anteriores para abrazar esa maravillosa música surgida en Jamaica y del ska, un estilo que fue evolucionando hasta enamorar a todo el planeta, con especial arraigo en el Reino Unido de los años setenta y principios de los ochenta, donde los inmigrantes encontraron una voz con la que combatir los abusos policiales y el racismo que sufrían en las calles. Ese ambiente que el director Steve McQueen reflejó tan bien en el maravilloso segundo episodio de la serie "Small Axe", titulado "Lovers Rock".

El efecto sorpresa de este álbum fue doble, ya que el disco apareció en formato vinilo en algunas tiendas independientes inglesas, sin promoción ni disponibilidad previa en plataformas de streaming. Como antaño, vamos, aunque tanto las plataformas como los medios tardaron algo más en recibirlo.

Lo primero que escuchamos al poner la aguja es una batería contenida, unos vientos y un bajo que construyen rítmicamente "Let the Music Play", que es precisamente lo que hacemos: dejarnos llevar por la música. La voz de James Skelly abraza los falsetes y la delicadeza para demostrar una vez más su enorme versatilidad. El viaje continúa con "Ride That Train", que se abre con un órgano y presenta también unos coros sensacionales.

Deliciosa es por su parte "Leave in the Past", digna de los mejores Bob Marley & The Wailers: pegadiza, carismática y cargada de sentimiento. La conexión con el soul llega de la mano de "You and Me (And the Beautiful Sea)", cantada prácticamente a capela, y también con "Here Comes the Tears", que nos recuerda a la primera época de la Tamla Motown. La guitarra juguetona de "Shame" sostiene un estribillo imposible de olvidar, mientras que en "Yellow Moon" la banda mira hacia el misterio y lo onírico. Más etérea resulta "Sad Girl", que juega con la melancolía gracias a unas voces secundarias envolventes.Para el cierre del álbum, puro rocksteady, esa música de transición entre el ska y el reggae, con la hipnótica "Spirit Catcher" y "Crossing the Sands", rematada por un formidable solo de órgano.

En estos tiempos modernos, en los que la inmediatez, el progreso y la competitividad tratan de imponerse, encontrar un álbum como "388", que reivindica la vuelta a lo básico, detenerse y disfrutar del momento sin más, se agradece enormemente y hace que nos enamoremos aún más de una banda que siempre ha apostado por seguir su propio camino.



Sacred Cowboys: “In The Manifesto”


Por: Txema Mañeru. 

El que me conozca un poco, o el que acostumbre a leerme, sabrá que el rock’n’roll australiano es una de mis mayores debilidades. Bueno, algo que debiera serlo para todos los que gustan de ese estilo en sus gamas más salvajes y afiladas. No es necesario soltar nombres ahora, pero seguro que surgirán cuando vayamos hablando de este inesperado regreso (al menos para mí) de los injustamente olvidados y relegados Sacred Cowboys.

Se formaron en los años 80 en Melbourne poco después de que hubieran nacido allí referentes claros para ellos como Boys Next Door/The Birhtday Party (Nick Cave), Crime & The City Solution o These Inmortal Souls. Liderados siempre por la recia voz de Garry Gray, pero muy bien secundado por el gran guitarrista Mark Ferrie, yo los conocí, gracias a Bang! Records, a comienzos de 2007 con el fabuloso “Cold Harvest”. Por esa época el sello de Santurtzi nos trajo también a otras grandes bandas australianas, con las que hicieron piña, como Kill Devil Hills, The Drones, Black Pony Express, Brian Henry Hooper, Bored! o The Bakelite Age. Por aquella época estaban en la formación el legendario Spencer P. Jones (Beasts Of Bourbon), Penny Ikinger (Kim Salmon) y Terry Doolan. En aquel trabajo nos acordamos de los aires pantanosos de los citados Beasts Of Bourbon, pero también de luminarias del rock clásico como Lou Reed, The Doors o The Stooges, en sus momentos más enrabietados. Además, dando otra nueva prueba de su buen gusto musical, se marcaron una excelente versión del "Bangkok" del gran Alex Chilton

Creo que poco después sacaron algún disco recopilatorio con grabaciones de sus comienzos, pero lo dejaron cuando estaban en su mejor momento. El caso es que ahora han regresado (al menos yo no he escuchado nada nuevo de ellos en estas casi dos décadas) y se han marcado este, más que disfrutable, “In The Manifesto” (Torn & Frayed / Beast Records). Al frente siguen Gray y Ferrie y esta vez se han rodeado de buenos músicos de prestigio (con especial mención para Timothy Deane, que ejerce de productor con junto al dúo fundador, y que toca montón de guitarras, diferentes teclados, como Hammond, Wurlitzer y Farfisa, y hasta mete logrados coros) y, además, han decidido girar este verano entre nosotros en unos conciertos que prometen ser inolvidables. Sobre todo para los amantes de ese loado rock’n’roll australiano. 

Una especie de “decíamos ayer” que se abre con una "Said The Spirit" que nos trae a la mente los mejores momentos de los Beasts Of Bourbon, pero también con aires clásicos a los mejores Rolling Stones. Un tema con gancho, estribillo atractivo y buenos punteos de Ferrie. Siguen con "Kool Aid On The Rocks" y esta vez nos sale mencionar a formaciones de su país como The Saints, Radio Birdman, y de nuevo esos riffs de guitarra se emparentan con el gancho del mismísimo Keith Richards. Me encantan los tonos country de "Piece Of Eight", algo que también bordaban los Beasts Of Bourbon, sobre todo en los ochenta. Todo regado de estupendos coros, una vez más, sobre todo en este tema por parte del destacado Damian FitzGerald que toca varios instrumentos incluido el saxo. "Failsafe" es un lento marca de la casa, un poco al estilo de los que hacían también sus paisanos de Kill Devil Hills. "Matador", por su parte, es un blues pausado, realmente matador y pantanoso con reminiscencias a los seminales The Gun Club (Jeffrey Lee Pierce), que alargan su herencia para acerrar la primera cara con un cenagoso lento titulado "Split".

La cara B vuelve a comenzar más “ligerita” con un "Ambient Brain" de nuevo al estilo de los más desenfadados Rolling Stones con mucha chulería y buen estribillo para corear, además del destacado piano de Timothy Deane. Se vuelven a poner muy australianos, eléctricos y desquiciados en una "Cosmic Circus Escapees" que hubieran podido firmar los Drones (ahora más salvajes como Tropical Fuck Storm). Con "Dream Catcher In The Rye" llegan al punto más álgido del disco. Se trata de otro genial lento marca de la casa con guapos diálogos entre la eléctrica y la slide guitar deudora del mejor Mick Taylor. Una preciosidad con trabajados coros, una vez más. Ahí llega el momento para un claro single como "The Psychedelic Shooter", en la que combinan momentos más relajados con otros repletos de garra eléctrica. A mí, en este caso me han venido a la mente otros paisanos suyos tan destacados como los injustamente olvidados Died Pretty y hasta Hugo Race (que estuvo un tiempo en los Bad Seeds de Nick Cave). En "Blast Radius Blues" destaca una cuidada guitarra acústica a la que luego se le suman momentos más tenebrosos y nuevos riffs afilados. Finalizan con la onírica "Zero Gravity", con más cuidadas guitarras acústicas y logrados coros que nos llevan a recordar a los primeros R.E.M. Eso también es algo nada fácil de lograr. 

Mucha atención también a las cuidadas letras de Gray presentes en el disco, y aunque de momento tienen fecha para presentarlo aquí en Montblanc (Tarragona) el 8 de agosto, están disponibles para sumar más citas, y estaría muy bien que alguna sala más se animara y contactara en www.soulblonding.com , ya que son unos grandes fans de las mejores bandas australianas de hoy y de siempre.

Leiva: Aullando toda la noche


Estadio Ibercaja. Zaragoza. Sábado, 27 de junio de 2026 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Habría que dejar claro que este año el verano en la ciudad del cierzo quedó inaugurado con el primer concierto del Fin de Gira “Gigante” de Leiva. Serán once los conciertos que resten tras el de Zaragoza hasta que el de Alameda de Osuna eche el cierre de la que ha sido su gira más exitosa. Y precisamente el sábado pasado, a orillas del Ebro, se plantó frente a casi veinticinco mil seguidores en el primer evento musical que acogió el Estadio Ibercaja tras una aciaga primera temporada para el equipo que tiene aquí su sede en estos momentos. Leiva confesó que era en Zaragoza donde, gracias a este concierto, había reunido al mayor número de asistentes en uno de sus shows fuera de Madrid. No sabemos si porque tiene familia maña o porque aquí se le quiere como en ningún otro sitio, pero el caso es que los miles de seguidores que llenaban el estadio se entregaron desde el primer momento, “como si fueran a morir mañana”.

Eran las diez y media en punto cuando la cuenta atrás del espectáculo terminó y los músicos empezaron a poblar el impoluto escenario vestidos de blanco. Leiva, en contraste con el resto, de negro y agarrado a su telecaster brillante acometió “Bajo Presión”, aunque al contrario que su título, no parecía que tuviera ninguna, todo lo contrario. Salió a disfrutar y encadenó una primera tanda de temas sin descanso que pasaron de la enérgica “La lluvia en los zapatos” a la confesional “Gigante”, con ese aroma a clásico que la define, además de la afilada “Lobos” o “Terriblemente Cruel”, primera explosión de esa entrega incondicional que siempre muestra su público.

Inmediatamente después de desplegar sus “Superpoderes”, el madrileño se dirigió a su público acordándose de su madre zaragozana, así como del primero que vio la posibilidad de hacerse grande en este estadio, el mismísimo Sergio Vinadé, de Tachenko, ahora también en el equipo del madrileño. Seguidamente enlazó ese western para todos los públicos llamado “Sincericidio” con la muy sabiniana “Ángulo Muerto”, una de las más inspiradas de su último álbum, donde su hermano Juancho se lució con gusto en el solo final mientras Leiva no podía evitar pedir una gran ovación para el alma de Sidecars. La épica de “El polvo de los días raros” se fundió con un derroche de efectos visuales en la pantalla semicircular del fondo del escenario, que fue casi tan protagonista como el resto de su banda, donde destacó su sección de vientos, César “Tuli” y “Gato” Charro, siempre presentes y dispuestos a incitar al público a corear o marcarse unos bailes.

El sentido del humor también estuvo presente cuando al tocar “Shock y Adrenalina” Leiva dijo con sorna que este tema se lo había copiado Lou Reed. Cierto es que hay todo tipo de referencias a los clásicos en sus canciones, no es la primera vez que le achacan que su música suena a la de otros, pero al menos demostró que lo toma con gracia y sin rencor aparente. Y si de comparaciones va la cosa, en la más discotequera “Flecha”, con un sonido propio de la Filadelfia de finales de los setenta, el flaco se marcó un solo que podríamos definir como un híbrido entre George Harrison y David Gilmour, demostrando que en bagaje y conocimiento del gremio pocos le hacen sombra.

Antes de la parte acústica de la velada arremetió con la acelerada “Cortar por la línea de puntos”, otra de las mejor acogidas de entre su más reciente colección, así como con la más cálida “Diazepam”, que por más inesperada fue de las que más cautivaron. Esta última contó con un gran trabajo a los coros de Mariana Mott, una multiinstrumentista, encargada también de la percusión, que lució sus dotes vocales en muchos otros momentos y aportó los matices justos que complementaron a la perfección la voz de Leiva y los también acertados coros de Juancho. Pero donde el madrileño consiguió verdaderamente que se nos erizase la piel fue en “Vis a Vis”. Es habitual en sus conciertos, pero esta vez se hizo más especial por la forma en la que deslizó sus dedos por el mástil de su acústica. Hizo magia, algo que también consiguió gracias a que el público, al menos durante esta canción, dejó los móviles y lucecitas a un lado y se centró, a petición del propio Leiva, sencillamente en escuchar. Si esto es lo verdaderamente mágico es porque la música sigue teniendo ese poder, por encima de redes y modas. Ojalá cada vez haya más momentos como éste en los grandes conciertos. Más música y menos distracciones. Si los artistas más consagrados lo están pidiendo en sus actuaciones será por algo. Y cierto es que son estos momentos, de tú a tú aunque estés con más de veinte mil personas a tu alrededor, los que merecen la pena.

Desde aquí y hasta el final se sucedieron muchas ocasiones para retrotraerse a los años compartidos junto a Rubén Pozo. Sonaron desde una temprana “Pienso en aquella tarde” hasta las más inspiradas, pero igualmente radiables, “Como lo tienes tú” (con ese conmovedor guiño al “Hey Jude” de los Fab Four) o “Estrella Polar”. Tampoco se olvidó de “Lady Madrid”, que en esta gira queda reservada para antes de salir de escena, previa a los bises. Una canción con la que toda la banda vibra como si fuera la primera vez que la tocasen (y eso que no hay otra más popular en su repertorio) y con la que Leiva nos dispara con su telecaster para dejarnos heridos hasta la siguiente tanda de riffs marca de la casa. 

La vuelta al escenario le hizo elevar las manos al cielo para acordarse de su querido Robe Iniesta interpretando otra de sus gemas, la obligada a pesar de su juventud “Caída Libre”. Una de las mejores postales para definir la depresión y buscar cobijo. Una canción terapia que no suena oportunista, simplemente necesaria. Que alguien como Leiva se atreviese a hacer canción un sentimiento tan escondido y a la vez tan universal no deja de ser un gesto de generosidad y valentía. Porque eso sí, Leiva podrá tener mucho éxito y ser ahora mismo uno de nuestros artistas más reconocidos, pero sabe buscar la palabra precisa y estar en su sitio, más allá de dimes y diretes.

Había ocurrido el día anterior, pero prometieron que aquí también pasaría. Iván Ferreiro salió a escena visiblemente emocionado y agradecido por compartir con su amigo esa pequeña joya que es “Breaking Bad”. La acometieron con levedad y desnudez, como había ocurrido en el concierto del gallego del día anterior, aunque no tardaron en salir a escena Amaro Ferreiro y la Leiband para hacer magia entre todos desde la playa vacía del vigués con esa “Turnedo” que ya es patrimonio del pop nacional. Se atrevieron incluso a mezclar algunos clásicos en su coda, sonando desde “It’s only Rock and Roll” de los Stones a “Inbetween Days” de los Cure, para terminar como no podía ser de otra forma, con todo el público en éxtasis entonando “Insurrección” de El Último de la Fila. Los que habíamos estado el día anterior en el concierto de Ferreiro pudimos ver algo distinto dentro de la evidente similitud. Un regalo que se convirtió en lo más memorable de ambas veladas. Los mejores artistas de nuestro pop-rock en un doblete para la historia. Así de sencillo.

La Leiband volvió a brillar consiguiendo ese toque arrebatador y más que inspirado en la necesaria “Como si fueras a morir mañana”. No nos olvidemos que esto es el concierto de una banda, no exactamente el de un artista solista. Porque en la Leiband todos suman, desde “Niño” Bruno a César Pop o Manolo Mejías, fieles escuderos de los hermanos Conejo Torres (algunos desde los últimos años de Pereza). En éxtasis, así consiguieron que nos sintiéramos los ocho músicos que habitaban las recién estrenadas tablas del prefabricado estadio zaragozano. Agradeciendo el cariño, acogimiento y respeto del público maño, con un agujero más en el cinturón y todo el rock a sus espaldas, Leiva volvió a hacernos flotar con la liviana, pero siempre efectiva, “Princesas”. Presentaba su álbum más maduro, pero a la vez tuvo más tiempo que en ninguna otra de sus giras anteriores para volver sobre los pasos de la joven banda que le hizo grande. El origen y el fruto de todo ello tras el paso de los años de la mano, en una velada en la que podrán trascender los números, pero por encima de todo lo harán las emociones, que nos hicieron aullar de placer toda la noche.