Fabián D. Cuesta: “Lo revolucionario hoy es escuchar”


Texto: Javier Capapé.
Fotografías: Marigorta/La Viejita.

Como un artista en el alambre, haciendo piruetas imposibles, cual atrevido funambulista, pero dentro de su hogar, en medio del estudio de grabación. Así se nos presenta Fabián D. Cuesta en la portada de “Estar Fuera”, su regreso tras siete años alejado de los focos. Este disco es, como siempre que volvemos sobre los pasos del músico leonés, un abrazo cálido, un suculento manjar que paladeamos unos pocos afortunados, esos pájaros errantes que, como él, encontramos en la sutileza y la palabra precisa el lugar al que siempre volver. Un artesano de la emoción, un cancionista más que un cantautor, que da siempre mucho más de lo que espera a todo aquel que se acerca a su órbita. 

Así, en comunión con estas diez canciones que son diez retazos de una vida que se nos ofrece sin cortapisas, encontramos a Fabián en esta entrevista que, aún con la distancia de por medio, se nos muestra tan cercano como si estuviéramos compartiendo mesa juntos. Ese encuentro cara a cara llegará, seguro, pero mientras tanto, esta familia de El Giradiscos que tanto le aprecia saboreó al calor de sus sinceras palabras un emocionante recorrido por el espíritu que recorre este delicado álbum que, con sus familiares armonías y su cercanía al pop, sin alejarse del paisaje característico del folk que siempre le ha acompañado, ha encontrado un merecido hueco dentro de nuestras vidas para llenar de eternidad cada instante. 

Teníamos muchas ganas de hacerte esta entrevista desde hace mucho tiempo. Por mi parte siempre has sido un referente y tu música me ha acompañado en momentos vitales muy importantes, pero no quiero hablar de mí, quiero empezar preguntándote por cómo te sientes después de estos años de más recogimiento desde que lanzaste tu último álbum. 

Fabián: Muchas gracias. Me alegro mucho de que mis canciones te hagan, por lo menos, algo de compañía.

Estos años han sido extraños. He pasado momentos complicados en lo personal; lo cuento un poquito en la carta que acompaña la descarga del disco. Esta vez me costó algo más retomar las ganas de volver a grabar; aunque suene ya muy lejano, creo que la pospandemia contribuyó bastante, y hasta hace relativamente poco no he logrado estabilizar ciertas cosas. Ahora me encuentro bastante mejor. 

Si echamos la vista atrás son más de veinte años de carrera. ¿Qué balance haces de los mismos? 

Fabián: Yo empecé a tocar y a grabar discos porque me hacía feliz, y durante muchos años, lo he sido haciendo esto. Siete discos de los que me puedo sentir orgulloso son un buen balance de todo este tiempo. Otra cosa es el negocio, la gente que lo lleva y se nutre de él, ver cómo funciona realmente y cómo produce un público totalmente orientado hacia otro sitio.

Ha habido cosas buenas y cosas malas, pero, afortunadamente, todo lo que tiene que ver con mis canciones es positivo. 

“Siete discos de los que me puedo sentir orgulloso son un buen balance de todo este tiempo”

Volviendo al tiempo de espera querría preguntarte por el proyecto “#ExplicarLosPájaros”. Nos quedamos con ganas de que se materializara en un disco o que hubiera habido más colaboraciones para ver crecer tu carrera. ¿Cuál era el principal motivo del proyecto? ¿Realmente quedó truncado o su concepción pasaba por lo que finalmente fue? 

Fabián: La cosa era realmente esa, hacer un single por cada disco editado hasta el momento junto con algún compañero o compañera ilustre de profesión. Barruntamos la posibilidad de fabricar un vinilo y hacer una pequeña tirada con aquellas canciones, pero se quedó en los singles digitales. Aquello fue en plena pandemia; una forma de seguir haciendo cosas en un momento en el que no se podía tocar y tenías que ir al estudio de grabación (cuando se podía), con una mascarilla. 

Las canciones funcionaron bien en las redes, y le agradezco de corazón a mis compañeros y compañeras que se prestasen a hacerlo. 

Tu nuevo disco se llama “Estar Fuera”, muy en la línea de ese retiro en el que se han convertido estos años en los que no te hemos visto tan activo. ¿Responde a este motivo? 

Fabián: Sí, totalmente. El mundo de la industria nunca me ha pertenecido, y ahora mucho menos. Yo soy un señor al que le cuesta hacer los discos deprisa. Me tomo mi tiempo para terminar las canciones, reflexionar sobre ellas, y ofrecer un disco que me haga sentir seguro y orgulloso cuando tenga que cantarlo o me lo encuentre sonando por ahí. Todo este tema de la inmediatez, no es que lo lleve mal, es que no lo llevo. Para mí estar fuera es lo normal. De vez en cuando me encuentro con gente que no lo entiende, que intenta darme consejos así como para petarlo, para “ser más famoso”. Supongo que es difícil de entender, pero no estoy en esa lucha. 

¿Cómo has pasado este tiempo de espera y en qué momento decides volver a poner encima de la mesa nuevas canciones y compartirlas en forma de disco? 

Fabián: Al principio seguí grabando cositas y produciendo temas de otros músicos, la mayoría de las veces en los Estudios Tripolares de Juan Marigorta, en León. Cada vez que terminábamos una sesión, él me insistía para volver a grabar canciones nuestras. De hecho, hay muchas cosas que se han quedado en el disco de una primera fase de grabación, de hace por lo menos tres años, que dejamos colgada porque yo no lo veía. Todo tenía que ver con mi estado de ánimo; hubo un momento en el que ni siquiera escuchaba música ni me apetecía hablar sobre ella, que es una de las cosas que normalmente más me gusta hacer. Las pelis, los discos y los libros a mí me salvan la vida; me encantan las historias, las palabras… y llegué a huir de todo eso, en especial de las canciones.

Poco a poco fui retomando las ganas, a agarrar la guitarra, a grabar en mi casa para después seguir en el estudio… y al final me encontré con unas cuantas canciones que me emociona escuchar, y más sabiendo todo lo que ha costado registrarlas. 

“Hubo un momento en el que ni siquiera escuchaba música ni me apetecía hablar sobre ella” 

En cuanto a la canción con la que lo abres, “¿Por qué tantos pájaros, Fabián?” te conviertes en narrador y protagonista de una colección de escenas que… ¿podrían ser tu particular forma de ver el mundo? En ella llaman la atención frases como “Todo lo he visto con los ojos de un pájaro errante”. ¿Has experimentado todo esto que narras en la canción de apertura o es solo una llamada de atención, una enumeración de lo que dejamos a nuestro paso? 

Fabián: Sí, de hecho hay alguna autorreferencia, como lo de “el brillo después del incendio”. Cada verso está escrito desde la perspectiva de un observador, en este caso de ese pájaro errante con el que me identifico. Son escenas que cada oyente puede tomar como suyas, pero que he escrito mirándome desde fuera, como en una película, imaginándome observando cada momento. 

 En la canción que da título al disco cuestionas públicamente si creemos que te gusta estar fuera de este sistema. ¿Estás cansado de esperar una respuesta, un reconocimiento mayor? 

Fabián: He llegado a la conclusión de que en este país y siendo como soy yo, es prácticamente imposible. Hay un montón de prejuicios por parte de un gran público (y de bastantes profesionales) del mundo alternativo, que solo con ver un nombre o la etiqueta “cantautor español” te descarta por completo. Y lo mismo pasa con el indie, que en realidad es el pop comercial ahora mismo. Yo me muevo en un terreno de nadie, con más matices, que quizá te lleve un poco más de trabajo desentrañar, pero creo que es más interesante. Afortunadamente, y durante todos estos años, he conseguido construir una comunidad de gente a la que le gusta mi forma de hacer las cosas, y cuando saco un trabajo puedo contar con que están ahí apoyando y deseando escuchar lo que tengo que decirles. Creo que ese es el logro más grande al que he llegado, y me siento muy agradecido por ello. 

En estas nuevas diez canciones se reconoce tu inconfundible estilo, cada vez más cerca del pop que de la canción de autor con la que te diste a conocer, pero sin perder tus coordenadas. De todas formas, a mí me gusta reivindicar el pop como la grandeza de lo popular. ¿Qué es lo que podría definir mejor, a nivel sonoro, el conjunto de estas canciones? 

Fabián: Pues no sabría decirte. Es un poco lo que te comentaba antes… si una canción funciona mejor solo a guitarra y voz, no voy a complicarla a nivel de producción. Y lo mismo me pasa con los temas más trabajados a nivel de banda; si me imagino un montón de guitarras y una batería potente y creo que eso es lo que mejor le va a funcionar, es así como la voy a grabar. En definitiva, es la canción la que manda siempre. Un término con el que estoy más a gusto que con el de cantautor (aunque no tengo ningún problema con él), es el de cancionista. Hace años tuve la suerte de hacer una pequeña gira por Colombia, y la gente de por allí lo utilizaba bastante. Parece que ahora es un término que también se usa aquí, y ya te digo, creo que es donde mejor podría encajar yo. 

“Es la canción la que manda siempre” 

Cuentas con una banda muy cercana (Pepe López y David Nieto), además de con tu inseparable Juan Marigorta en la producción. Con él te repartes también la mayoría de los instrumentos. ¿Cómo ha sido, una vez más, trabajar en casa, desde La Viejita y Estudios Tripolares, y junto a tu mano derecha? 

Fabián: Sí, y Alfredo González, que esta vez solo pudo grabar unos coros en una canción, pero que es una parte muy importante de mi banda en directo.

Como el proceso de grabación fue tan extenso, no me planteé ir a ningún otro sitio. De hecho, muchas de las cosas que hay en el disco las grabé en mi casa. Un montón de guitarras y pianos, “Ser cualquier otra cosa” con Alfredo… Luego las llevaba al estudio y las mezclábamos, seguíamos grabando… lo que fuera. Mi ánimo no daba para mucho más en aquellos momentos, y encontraba en las sesiones de grabación un espacio seguro que podía controlar y que me alejaba de pensamientos raros. Todo quedó en casa, porque además, es que Juan vive literalmente en el portal de al lado, y el estudio está a unos diez minutos andando desde nuestras casas. Es algo que necesitaba hacer así. 

¿Crees que la cercanía de grabar desde León y de afrontar tu carrera lejos de Madrid le da más sentido a tu independencia? ¿Has pensado alguna vez salir de esa zona de confort? 

Fabián: No sé si le da más sentido, pero es la realidad. Yo soy de León y hago canciones. Es cierto que el hecho de vivir a 350 kilómetros de una industria te resta posibilidades de destacar en ella, pero es que yo estoy fuera, y siento que es donde debo estar. 

“Yo estoy fuera, y siento que es donde debo estar” 

Todo en tus producciones es muy artesanal, cuidando todos los detalles y dedicando tiempo a aquellos que se acercan a ti. ¿Ha sido esta la intención para decidirte a lanzar el disco fuera de las plataformas habituales? 

Fabián: En parte sí. Siempre me he considerado más un artesano que un artista, y esa es la diferencia clave en estos tiempos de inteligencia artificial, de productos vacíos. Yo ofrezco a mi público una colección de canciones cada cierto tiempo; el “producto” siempre ha estado ahí, lo que ha cambiado es la forma de acceder a él. Recuerdo hacer tiradas de mil cedés y venderlos todos en pocos meses aun en los albores del streaming, del todo gratis. Luego nos dijeron que nuestro trabajo encontraría mejor acomodo y distribución en plataformas de libre acceso, argumentando que valdría la pena por la repercusión y la difusión que iban a tener nuestras canciones, pero lo cierto es que para lo único que ha valido ha sido para devaluarlas, para degradarlas a “contenido”. 

En tiempos de consumo rápido y donde los discos parecen pasar más desapercibidos, ¿qué sentido le das a la obra en conjunto? 

Fabián: Bueno, cada uno es hijo de su tiempo. Sí, es verdad que todos hemos crecido escuchando singles en la radio, pero sabías que ahí había algo más, que era el adelanto de algo grande. Entonces, te arriesgabas e ibas a la tienda de discos a por tu ejemplar, y era en ese momento cuando descubrías la obra al completo, cuando te sumergías en todo aquel mundo que te ofrecía alguien que había hecho el esfuerzo de construirlo.

Con mi manera de editar este último disco, quise retomar de verdad aquella forma de hacer las cosas. Lancé un single en streaming, y la gente que quiso comprar el disco pudo hacerlo desde el primer día. En este momento, un mes y medio después, doscientas personas han comprado el disco y solo hay dos canciones liberadas en plataformas. A la gente que no conoce el negocio le puede parecer poco, pero es una buena cifra (prácticamente no se venden discos físicos), sobre todo teniendo en cuenta la nula promoción y la escasa exposición mediática. Yo creo que ha sido todo un éxito. 

En “El rayo que atraviesa la tarde” cantas: “Todo lo que debo decir es todo lo que acabo guardándome”. ¿Guardas mucho más de lo que muestras en tus canciones? Porque con ellas podríamos pensar que te muestras entero, pero ¿quizá sugieres más de lo que pueda parecer en un primer momento? 

Fabián: En las canciones suelo vaciarme; más bien, hablo de todas las cosas que deberíamos decir, o decirnos, y que nunca tenemos el valor de compartir. También pasa que, en las propias canciones, sugieres cosas o trasladas ideas que no son literalmente lo que estás diciendo. Ese es el poder mágico de la música, creo yo. 

En la canción citada, así como en “Estibadores en Baltimore” o “La noche es nuestra” encontramos ese estilo tan personal tuyo, marcado por la suavidad instrumental junto a unas letras intimistas y tu voz cálida, que siempre deja espacio para conmovernos. ¿Son los mejores ejemplos en este disco del costumbrismo folk pasado por el filtro popular que, en este momento, nos recuerda más que nunca al mismísimo Tom Petty? 

Fabián: Creo que sí, que el poso folk americano siempre está ahí, y en el momento en el que meto unos sintetizadores, guitarras saturadas y una batería potente, entramos en un plano más popero, rockero, o como lo quieras llamar. Tom Petty era maravilloso, así que muchas gracias por el cumplido. 

Exploras también la vertiente brasilera en “Lo mismo que yo”. ¿Qué música te ha inspirado para añadir esto en tu coctelera? 

Fabián: Pues esa canción en concreto nació de un riff de guitarra, jugando con ritmos sincopados y acordes de jazz. Es una cosa que me gusta mucho, tocar la guitarra simplemente para pasar el rato. Lo que quería hacer, una vez que la tuve maquetada, era pasarla por ese filtro pop del que me hablabas antes, y al final salió una canción muy elegante, como de otra época, a medio camino entre Brasil y el pop europeo que me gusta mucho. 

No olvidas tu vena más íntima y directa en canciones como “Tienes que bailar” o “Ser cualquier otra cosa”. ¿Son una manera de no olvidar nunca de dónde vienes? 

Fabián: Las canciones nacen así; normalmente con una guitarra acústica, con un piano y con la voz. Las hay que, cuanto más las vistes, peor quedan. Estas dos me daban esa vibra, funcionaban mejor con poquitas cosas, aunque “Tienes que bailar” también engaña un poco en ese sentido, porque tiene acústicas, piano, sintetizadores, bajo y coros. Es un juego de sutilezas, también. 

“En cuanto a las canciones, no hay límites; son ellas las que me los marcan, en caso de que existan” 

A pesar de todo esto, no nos olvidamos de la experimentación que se respira en “¿Por qué tantos pájaros, Fabián?” o la electricidad que transforma “Desde las entrañas” en su parte final. Desde luego, no eres alguien que se acomode, a pesar de que algunos puedan pensar en ti simplemente como un músico de la escena del cantautor tradicional. ¿Qué es lo que más te mueve para seguir en la brecha, la emoción primigenia o la experimentación con la que dar rienda suelta a todo lo que puedes llevar en tu cabeza? ¿Te pones algún límite o barrera? 

Fabián: La gente que piensa eso, probablemente no ha escuchado mis discos; es un poco de lo que hablábamos antes. Ves un nombre en la portada, y ya tienes la etiqueta puesta.00 En cuanto a las canciones, no hay límites; son ellas las que me los marcan, en caso de que existan. Cuando me planteo grabar un tema, simplemente quiero que funcione. Todo esto es subjetivo, claro; que funcione para mí, para mi equipo y para mi banda. 

En tus redes estuviste también algo escondido. No mostrando en estos años nada más allá de alguna nueva versión o la presentación del libro que recopilaba las letras de tus canciones. ¿Son estas letras lo que verdaderamente quieres que perdure, lo que queda por encima de todo lo superfluo? 

Fabián: Bueno, mi trabajo en general. Todo lo demás, a nivel de redes, no tiene demasiado sentido para mí, la verdad. Estoy en ellas porque es la única manera de relacionarme con mi público, y me encanta compartir con ellos las canciones o cualquier cosa relacionada con ellas, pero no sé hasta qué punto es interesante que comparta cualquier otra faceta de mi vida. Cuando tengo más actividad profesional, publico un montón de cosas, pero si no tengo un nuevo disco o conciertos, mis redes están algo paradas, y claro, eso el algoritmo no lo perdona. 

Quizá por esa menor presencia tuya en la exposición pública, ¿crees que las redes nos despistan más que promover el chispazo y lo verdaderamente emocional que persigues como artista? 

Fabián: Sí, creo que sí. Yo estoy encantado de responder a todo el mundo, y la gente que me escribe preguntándome dudas acerca de las canciones sabe que es así, pero no sé… a mí saber lo que desayuna Jeff Tweedy me da un poco igual, y creo que desvirtuaría el rol que quiero que tenga esa persona que admiro como escritor de canciones. Sin ser yo un flipado de la vida, y sin creer que estoy por encima de nada, creo que es bueno conservar cierta mística. 

¿Tienes preparada una gira para presentar este trabajo por nuestra geografía? 

Fabián: No tengo preparada una gira como tal, pero sí habrá conciertos. Solo voy a tocar en lugares donde me sienta realmente a gusto, donde traten bien al músico y al sonido, y donde no te cobren por tocar. Es complicado, pero todavía quedan sitios así. 

Con el contacto con tu público en los conciertos, ¿conseguirás estar más dentro que fuera, a pesar de salir de tu hogar? O quizá, como decía Antonio Vega, ¿tu lugar está en cualquier sitio? Siempre y cuando te lleven tus canciones… 

Fabián: Lo dijo el maestro Antonio y tenía razón. Hay veces que la conexión con la gente que te va a ver es tan bonita que te sientes como en casa. 

¿Tendremos formato banda en alguna de tus presentaciones en vivo? 

Fabián: Por lo menos en León sí tocaremos todos juntos. Más allá de eso, es bastante complicado, incluso vendiendo tickets, salir a la carretera con todo el equipo. Ojalá se dé en más sitios, pero así está la cosa en nuestro país. Quizá por eso tantos grupos tiran de festivales, aunque, en su mayoría, tampoco compensa. 

¿Qué es lo que más valora un músico como tú, que se mueve más cerca del romanticismo que del placer efímero que nos proporciona un FAV en redes? 

Fabián: Yo valoro que la gente escuche. Cuando alguien se toma un poco de tiempo para escuchar, para dejar que las canciones entren, normalmente, esa persona se compra un disco, o viene a un concierto, o, por lo menos, guarda esas canciones en un lugar especial de su memoria. Lo revolucionario hoy es escuchar. 

Hemos hablado mucho de esa sensación de retiro, de desconexión, de “estar fuera”, pero gracias a ello nos has vuelto a regalar unas canciones llenas de vida y experiencias que brotan de veras en la comunión con el público. Nos encanta tenerte de vuelta y volver a sentirnos interpelados por tus canciones, así que para concluir esta pequeña charla, nos gustaría que nos dijeras qué es lo que más valoras de tu tiempo “fuera” y qué es lo que más te emociona de volver a estar “dentro”. 

Fabián: Pues muchas gracias, de corazón. 

De este tiempo fuera me quedo con, quizá, haber aprendido a mirar las cosas desde un lugar distinto, a convivir un poco mejor con la incertidumbre. Siempre quieres tener el control, intentar tener certezas para poder escribir desde la verdad, pero eso casi nunca ocurre. Y de volver a compartir canciones, me emociona comprobar que todavía encuentran gente al otro lado. Después de tantos años me parece un milagro, y una prueba de que, quizá, ellos y yo hemos hecho las cosas bien.

The Red Clay Strays: “Grateful”


Por: Kepa Arbizu. 

De manera recurrente, en el ámbito artístico, se presenta la interrogante sobre el modo de afrontar ese paso encargado de suceder a la consecución de una obra maestra. Asumiendo que no hay un límite objetivo a la hora de desplegar la imaginación creativa, y que por lo tanto la excelencia es una entelequia en constante e infinita búsqueda, no es menos cierto que existen determinados caminos que conducen a un destino al que pocas exigencias más se le pueden solicitar. Éste es el contexto, o al menos así se percibe desde fuera, que ha rodeado a The Red Clay Strays a la hora de publicar su nuevo disco, “Grateful”, encargado de dar continuidad a un sobresaliente álbum predecesor, “Made by These Moments”, fechado en el 2024 y señalado y alabado casi sin excepción por la población vinculada a los sonidos de raíces. Si alcanzar la cumbre es un mérito del que pueden presumir muy pocos, más difícil incluso se intuye la tarea de bajar hasta tierra firme con el fin de intentar conquistar nuevamente ese éxito. Porque al complicado intento que supondría salir en busca de las huellas dejadas, ya que nunca somos la misma persona aunque pasemos por el mismo recorrido, se añade la, quizás injusta, pérdida del factor sorpresa, ya que al vigente campeón no solo se le exige ganar, también hacerlo de manera original. Frente a este -por otra parte bienvenido- dilema, el sexteto ha optado por tomar dirección hacia esa misma cima pero escogiendo un sendero paralelo a su directo antecesor, no lejano en coordenadas pero sí diferenciado en el tipo de calzado rítmico necesitado para atravesar el trayecto. 

Resulta extraño, y hay quien lo podrá ver como la confirmación de que ese “sueño americano” no siempre acaba en pesadilla y puede mudar en realidad, hablar de laureles victoriosos y conjugar verbos que riman con el reconocimiento popular para referirnos a unos individuos que todavía en la época de la pandemia buscaban pequeños y poco lustrosos trabajos en Mobile, Alabama, su lugar de procedencia, con el único fin de aglutinar un sustento digno que les permitiera alcanzar la quimera de poder formar una familia. Un escenario, perfectamente envidiado por el guionista más orgullosamente devoto del coraje emanado de las “barras y estrellas”, que se ha podido formular gracias en parte a una disposición musical exquisita, un carácter artístico volcado y amalgamado en grado máximo en el magistral citado trabajo pretérito. Pero todavía queda un giro de argumento más para cincelar este relato impoluto engendrado por el “american way of life”, y es que dicho logro, como admiten sus autores, es consecuencia directa de aparecer entre los puntos de un plan trazado, cómo no, por el mismísimo Dios

Más que evidencias, encontramos un mapa perfectamente detallado por The Red Clay Strays de lo que significa pertenecer y rendir pleitesía al acervo sureño, por supuesto en su aspecto musical, pero incluso más llamativo en todo un híbrido de rasgos personales, generando esa particular construcción humana de ascendencia proletaria y recias creencias bíblicas. Dos factores decisivos para comprender la trayectoria de la banda y especialmente para descifrar su nuevo álbum, un agradecimiento que, obviamente, yergue su cuello hacia el cielo pero también transita por el barro de la precariedad. Porque si el rock and roll ha construido su propia iglesia sobre un baile de excesos y nubladas conciencias, en paralelo ha desarrollado también una salida de emergencia para aquellos dispuestos a intercambiar el calendario pecaminoso por una inamovible foto familiar acomodada en la cartera. Precisamente es ese trayecto el que loa un disco que, quizás por ese rasgo más espiritual, ha escogido desprenderse de la compacta corporeidad para suspenderse sobre el etéreo poder del alma. 

Resguardados de nuevo bajo los mandos de Dave Cobb, un nombre acostumbrado ya de manera recurrente a incorporar su rúbrica a lo más ilustre del ecosistema “americano”, la condición eclesiástica y meditativa de los textos de este cancionero es también la identidad con la que tintan su rock sureño, en el que la portentosa voz de Brandon Coleman, con ese grueso arraigo a predicador, ejerce de sumo sacerdote. Tan importante e identificativa resulta dicha naturaleza que es la encargada de tutelar el profundo inicio con “Demons In Your Choir”, todo un llamado a abandonar las malas compañías e incorporarse a la beata grey, como de servir de colofón encomendado al tema titular, ajeno a cualquier metáfora para rendirse y ofrendar al pastor divino la capacidad para ilustrar sus composiciones, siendo concretamente ésta donde más destaca un valor épico derivado de la transición delineada entre la desnudez sonora y un acento mucho más celebrativo. Un recorrido rítmico en el que anida el propio concepto mollar del álbum, encargado de reflejar ese haz luminoso que se manifiesta allí donde el paso se vuelve quebrado y dubitativo.

Entre esos dos vértices discurre un disco que actúa como recolección de escenas costumbristas donde se escenifica esa disputa entre instintos. Una colección de estampas que de manera inteligente busca la banda sonora idónea para acompañar a cada retrato, es por eso que la muy narrativa “Don't Wanna Know”, ubicada entre irrespetuosos episodios maritales, se viste de afilado y etílico boogie, abriendo la puerta a referencias clásicas como Allman Brothers, mientras que la acérrima y orgullosa defensa de su idiosincrasia sureña se cita bajo la camaradería de Lynyrd Skynyrd para una exultante “Down South”. Incluso cuando el muy predominante tono soul se encarama al repertorio para entonar su latido, éste es capaz de desarrollarse, a veces con métrica de Stapleton y otras de ese continuo que va desde Black Crowes a Blackberry Smoke, de manera emotiva y romántica en la materialización de la divinidad en nombre de mujer que acoge “f I Didn't Know You”, o de discurrir sinuoso y imponente en “Can't Fix You”, aviso del siempre solicito ofrecimiento de una mano tendida a quienes pretenden alejarse del rebaño pecaminoso y ansían el poder de la cruz. Especialmente pantanosa y encorajinada va a asumir su palabra el sonido sureño cuando, a través de “People Hatin'”, se trata de maldecir la polarización política y el odio enquistado en la actividad cotidiana, un paisaje del que huyen entonando su propia concepción de la humanidad, hecha de seres hermanados por un destino compartido.

“Grateful” supone una emocionante carta de agradecimiento escrita y remitida a aquellos estímulos, sean divinos o humanos, que sostienen y dan sentido pleno al relato existencial propio. Una misiva que, al margen de las coordenadas que cada oyente escoja como destinatarias, contiene una envergadura universal. En el plano musical, este trabajo solo encuentra -paradójicamente- como único escollo a su grabación predecesora, colmada de una excelencia que no logra repetir , aunque tampoco se queda lejos, un trabajo actual que, sin embargo, no debe impedir señalar a The Red Clay Strays como uno de los más talentosos y significativos puntales del actual sonido americano, lo que sigue convirtiendo sus versículos sonoros en tierra sagrada.

The Black Keys: "Peaches!"


Por: Àlex Guimerà.

A pesar de que el año pasado publicaron “No Rain, No Flowers”, no fue un buen año para los integrantes de The Black Keys. Primero porque el disco recibió malas críticas por falta de riesgo y autenticidad y por tener un sonido que no poseía la crudeza de sus mejores trabajos; pero también sufrieron la cancelación de los conciertos de su gira latinoamericana por la previa pobre venta de entradas. Por si fuera poco, la vida personal de Dan Auerbach se vio afectada por la enfermedad, el cuidado y el fallecimiento de su padre. Fue en este contexto turbulento que el propio músico decidió romper con todo y volver a las raíces de la música que él y su compañero de fatigas, Patrick Carney, llevan dentro: el Blues. 

Es precisamente por ello que los Black Keys son una banda a reivindicar, con un valor incalculable en el panorama actual del rock, al haber expandido el blues-rock en el nuevo milenio, y en especial por haberlo trasladado al -a menudo- cuadriculado mundo indie en paralelo a otra gran dupla como fueron los White Stripes. Con, hasta la fecha, 13 álbumes publicados, y algunas obras maestras (pienso sobre todo en "Brothers" de 2010 y en "El Camino" de 2011), sus canciones han tomado muchísimo de la tradición del blues regándolas de una sonoridad y una producción muy actual y atractiva .

Y aquí encaja perfectamente este "Peaches!", con portada a cargo de Michael, hermano de Patrick, para el que el dúo de Akron seleccionaron de su colección de vinilos hasta 10 clásicos del Blues que grabaron en directo junto a sus habituales colaboradores e invitados de peso como Jimbo Mathus o Kenny Brown, buscando revivir los conciertos de los clubs de Chicago de los años cincuenta y sesenta. 

La tormenta sónica arranca con "Where There's Smoke, There's Fire", de Willie Griffin -también versionada el año pasado por Paul Weller en "Find El Dorado"-, con esa cadencia rítmica incansable y esa sensación de descontrol de las guitarras. Los compases y las escalas se repiten en "Stop Arguing Over Me" en donde aparecen las primeras notas de órgano. Aunque destacaría más el Hammond de "Who's Been Foolin' You" a cargo de Jimbo, que resulta digno de los primeros Deep Purple. Y justo cuando echábamos de menos la harmónica aparece en la desgarradora "It' s A Dream". El riff de guitarra de "Tomorrow Night" nos retrotrae al Eric Clapton de los sesenta, mientras que "You Got To Loose" es puro Rythm'n'Blues salvaje. 

En los setenta los Dr. Feelgood renovaron los votos con el Blues gracias a piezas como "She Does It Right", que ahora el dueto ha querido recuperar y llevarla a su terreno. Especialmente cruda es "Fireman Ring The Bell" con esas guitarras sucias y esa voz que se lamenta con frases como "Don't you let nobody tear my playpen down". El cierre perfecto llega de noche, con mucho humo y whisky, en la triste "Nobody But You Baby", que se alarga hasta pasados los siete minutos y nos deja sometidos ante el poder de un género musical que sigue siendo el mejor refugio para quienes aún creen que una guitarra, una armónica y una voz rota bastan para detener el tiempo.

The Brass Buttons: “Last War Lullaby”’


Por: Txema Mañeru. 

La unión y admiración mutua entre los andaluces The Brass Buttons y Adam Levy (líder de los legendarios The Honeydogs) viene ya de años atrás. De hecho ya pasó por estas páginas de El Giradiscos hace 6 años el buen disco en directo “Live At The University Of Cádiz”, firmado de forma compartida. Ahora The Brass Buttons han querido hacer un homenaje ampliado a una magnífica suite de canciones de más de 8 minutos titulada “Last War Lullaby”. Obra que estuvo incluida en su aclamado álbum conceptual distópico "10.000 Years", de hace más de 20 años. Como ellos mismos dicen está hecho con admiración y gratitud para un Adam que cuenta con una carrera en solitario pero especialmente destacada con The Honeydogs e incluso al frente de The Professors. 

 Así han creado su propia suite de más de 30 minutos que amplía la historia del tema anterior y pone su punto de mira en el protagonista de la historia, Vadikyn. Se trata pues de una única pieza, aunque esté compuesta de diferentes y mutantes pasajes que requieren una atención esmerada y la audición del disco al completo para comprender mejor el trasfondo de la historia, así como su rica música. A los 5 músicos de la banda su suman 4 más como importantes colaboradores. La música y letra original de Adam ha contado con la suma de más letras y música a cargo de la banda para crear una obra de rock orquestal.

El trabajo consta de 3 capítulos y el primero lleva el título de “El Colapso”. Comienzan angelicales y muy Costa Oeste de los años sesenta en la psicodélica y preciosa "The Barrios Of El Dorado", en la que parecen una combinación entre Judy Collins y los America de "Con Tu Pelo Tan Dorado". ¡Será por el título! "Killjoy Was Here" suena muy Beatles, pero con ese órgano delicioso y unas guitarras que crujen, por momentos. La tierna melodía vocal es una gozada y culmina con un soleado estribillo repitiendo el título. Más trepidante y, casi con aromas Nueva Ola, suenan en "Calling Mayday", casi con aromas a Blondie en los momentos más eléctricos.

El Capítulo II se titula “El Peregrinaje”. Comienzan más ácidos en guitarras y órgano en el arranque de "They Poisoned All The Water" que luego torna en acelerado ritmo country-rock que más que envenenarte, te regenera por dentro. Buenos coros a dos voces sobre guitarras poderosas y un órgano abrasivo. La psicodélica y casi parte hard-rock final a lo Vanilla Fudge es una gozada. "Road To Karakum" comienza como balada con piano y voz, pero luego se desvía por otros territorios más experimentales. Los coros femeninos a portan unos momentos realmente emocionantes y casi aires progresivos en las posteriores variaciones de sonido que hacen ver más de dos temas en uno. "Typhoid Mary" es una sorpresa absoluta fusionando flamenco puro en castellano con piano y percusiones, con otros momentos progresivos, aunque melódicos. Parece un sentido homenaje a los Triana, aunque gustará también a los seguidores de los Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. Este tema es el que se lleva la palma con las colaboraciones, pues tenemos en la voz principal a Celia López, Antonio Macías en la guitarra flamenca y José Carlos Losada en las ricas percusiones. En este y otros temas ayudan el piano y teclados varios de Alberto Barea. 

El Capítulo III se titula “El Eterno Retorno” y comienza con "White Hooded Hydra", otra maravilla densa con esas crudas guitarras, sobre un piano melódico y, nuevamente, destellos psych-prog. ¡Qué sabrosa locura! Emocionante final con la estupenda melodía vocal de "Dead Stars (Reprise)", con sus aires entre Beatles y The Doors. A esto último ayuda la presencia de ese órgano abrasador que se alza por encima de la afilada guitarra y la potente sección de ritmo. Aunque al final tenemos también un poderoso solo de guitarra por encima del apoteósico y casi épico final. ¡Gran colofón para un gran y muy evolucionado trabajo!

Paul McCartney: “The Boys of Dungeon Lane”


Por: Javier Capapé. 

Juzgar un libro por su portada vendría a ser lo mismo que un disco por la firma de su autor. Tener ante nosotros el nombre de Paul McCartney, a sus 84 años recién cumplidos, impone respeto y puede hacernos caer en el error de valorar su más reciente disco por el peso de su magnánima obra. Pero Macca nunca ha dejado de lanzar discos notables, quizá no todos gocen de gran cohesión, pero estamos hablando de un músico al que no podemos cuestionar ni un ápice de su valía. Y no por ser el más disciplinado de los Beatles, pues en su larguísima carrera en solitario (desisto en intentar hacer la cuenta de nuevo) ha despachado discos de los que merecen un monumento. Sin ir más lejos, su último lanzamiento con canciones nuevas, “McCartney III”, gestado en los meses de pandemia, dejó bien claro que la edad no era impedimento para volver a dar en el clavo. Aunque su carrera está llena de momentos envidiables. Del pop colorista de “Flowers in the Dirt” a la introspección de “Flaming Pie”. De la magia costumbrista de “Chaos and Creation in the Backyard” al preciosismo de “Tug of War” (sin olvidarnos de la revolución lisérgica de los Wings del “Band on the Run”). De todas formas, es inevitable que nos planteemos la necesidad de este disco en el 2026, pero “The Boys of Dungeon Lane” no responde a ninguna estrategia, es simplemente la respuesta a la urgencia vital de su autor, que nunca se ha conformado ni ha vivido de rentas. 

Puede que en sus conciertos sí que abuse del rédito de sus éxitos con los Fab Four, pero sus discos han seguido siendo una constante que obedece únicamente a la defensa del arte y la creación por encima de todo. Así debemos recibir esta obra, como la necesidad de su autor de reconectar con su pasado creando, que es lo que siempre ha sabido hacer mejor. La nostalgia se convierte por tanto en protagonista, pero una nostalgia bien entendida y enérgica, nada autocompasiva. De esa manera, las intensas vivencias con John Lennon, la infancia compartida junto a George Harrison, la camaradería con Ringo Starr o la relación con sus progenitores son el hilo conductor de estas canciones, tal y como se muestra desde su título, referido al nombre de la calle que le vio crecer.

Paul McCartney se ha juntado en esta ocasión con Andrew Wyatt, un productor en boga que recientemente ayudó a firmar el mejor disco de los Rolling Stones en mucho tiempo. No es que con McCartney haya repetido la fórmula (sería muy atrevido hacer la misma afirmación en este caso), pero ha conseguido entregar otro disco de los que perduran, uno en el que vale la pena detenerse. Ha sabido aunar la tradición y la mirada de Paul hacia los mejores momentos de su carrera con un pie puesto en la actualidad al mismo tiempo. Suena contemporáneo, pero sin perder su aroma clásico. Esos aires cargados de actualidad se pueden encontrar desde los primeros compases de “As you Lie There”, que no tiene pudor en acercarse a la nueva hornada de músicos de rock cuando se pone más agresivo en el estribillo. Lo que también se aprecia desde este primer corte es que Macca no está tan fuerte vocalmente. Cierta aspereza se apodera de sus cuerdas vocales, pero provoca más empatía que rechazo, pues el músico no quiere ocultar el momento que vive, no quiere parecer más joven de lo que es, no esconde sus arrugas ni desgaste, y eso mismo lo hace más grande. No ha pretendido que la producción de Watt le aleje de su esencia o momento vital, que encubra sus asperezas, lo que no hace más que sumar puntos a la generosa colección, que se extiende hasta los catorce cortes. Algunos más acertados que otros, es evidente, pues si el clásico pop rock de “Lost Horizon” no aporta demasiado a pesar de su buena factura, “Life can be Hard” nos lleva a reconocer en McCartney a un músico siempre un punto más allá de la media gracias a su compleja estructura rítmica y sus apropiados arreglos de cuerda.

Hay casi de todo en estas canciones, pero no, no es el “Álbum Blanco”. Sostenido en su base de pop rock que podría llevarnos a la época del “Off the Ground”, McCartney se marca una lección de buen gusto cuando apuesta por temas más clásicos de aromas folk sustentados con lo mínimo, como fue su carta de presentación, la magnífica y nostálgica balada “Days We Left Behind”, o “Down South”, que sin mostrarnos nada diferente, nos engancha entre paisajes de sobra conocidos. Acierta con la desprejuiciada “Ripples in a Pond” e incluso se marca un revival tipo Wings en “Mountain Top”, que no desentona nada con ese espíritu ya comentado que impregna la mayoría del metraje. El uso del reverse, explotado en los sesenta por los Beatles desde ”Ticket to Ride”, se convierte en un curioso recurso en temas como la pasajera “We Two” o “Never Know”. Esta última no consigue enganchar lo suficiente a pesar de su estribillo cercano y popular, pero lo mejor está en sus arreglos y detalles. Del mentado “reverse beatle” a la flauta, que nos lleva a sus cotas más altas. También con vientos se mueve “Salesman Saint”, aunque esta vez guiados por la trompeta, una tonada que se asienta en un recitado que evoca al cabaret de los años treinta y en la que el Liverpool de posguerra convierte a sus padres en protagonistas. Casi tanta evocación y alegre añoranza como la que contiene el dúo junto a Ringo Starr “Home to Us”, que cuenta con un estribillo glorioso y unas estrofas llenas de vitalidad.

El propio Paul se ha encargado de casi la totalidad de los instrumentos del disco. Es de sobras conocida su versatilidad instrumental, pues domina guitarras, bajo, pianos e incluso batería, como bien se muestra en estas canciones, que por encima de todo brillan cuando asoma el rock directo, ese que se muestra a las claras en “Come Inside”. Una canción fresca y guitarrera que no parece que haya hecho un señor octogenario, y que nos demuestra por enésima vez su energía y credibilidad. Algo que también ocurre al moverse con soltura en “First Star of the Night”, que nos presenta una de las líneas de bajo más logradas del conjunto para que no olvidemos de dónde viene nuestro sempiterno bajista encarado a un precioso Höfner.

Y tras todo este derroche de actitud, solo nos queda arroparnos por el drama de “Momma Gets By”, que cierra el LP retratando la crudeza de las familias inglesas en los arduos años cuarenta, con un toque clásico que conmueve gracias a las cuerdas y a un estribillo cargado de magia, al más puro estilo de las baladas de mediados del siglo pasado. Además, se adorna con una guitarra española doliente y unos vientos suaves que encajan a la perfección con las cuerdas, buena muestra de la talla de este creador eterno, que cierra uno de sus álbumes más personales y emotivos con una partitura de inmensa elegancia. Así es Paul McCartney, un verdadero genio que todavía no se plantea el retiro, que disfruta entregándose y teniendo aún algo que decir cuando todo lo ha dicho ya.

Hace no demasiado tiempo, nuestro querido Enrique Bunbury dejaba una pregunta en el aire sobre qué artistas trascenderían realmente para la historia de la humanidad de todo el siglo XX, quién sería realmente recordado dentro de doscientos años. Esta obra desde luego que no es eterna, ni lo pretende, pero McCartney, sin duda, ya lo es. Ha trascendido. Es la música del siglo XX, y “The Boys of Dungeon Lane”, un disco que por todas sus costuras encajaría más fácilmente en ese siglo, es un digno testigo de ello.

Ilustres Principiantes: Los Galgos



Los Galgos debutan con un primer y homónimo LP enérgico y atrevido. La banda madrileña sorprende con un álbum que refleja una sociedad esperpéntica tintada de humor. Grabado con Iñigo Bregel de Los Estanques, el largo fue terminado en tan solo 5 días de duro trabajo. “Está lleno de primeras tomas, no hay golpes movidos ni edición”, una propuesta cruda y honesta. El track “Consumir o Consumar” es una única toma en directo de bajo y batería: “Notamos una conexión increíble en esta primera toma, los bombos y el bajo casaban mágicamente a pesar de los desplazamientos”. En el último track del disco, “Chico Florero”, se puede escuchar a Samuel Terroso hablar antes de hacer la primera y única toma a guitarra y voz.

Y es que sus componentes no son sino todo lo contrario a novatos en la escena. Samuel Terroso (batería en estudio, guitarra y voz), Carlos Alfaya (guitarra) y Víctor Torrecilla (bajo) componen una superbanda tras años de gira como músicos de otros artistas coomo Miguel Ríos, Carlangas, Nat Simons, Gara Durán, Hey Kid, Barry B, Hipergéminis, Pol314, Grex, Alejo Stivel, Juan Azul, Maximiliano Calvo, Naked Family, Lucas Curotto, Fontán, Drugos, Lucas Colman… y un largo etcétera.. A este hermanado trío se añade Carlos Calatayud como gran descubrimiento baterístico en la escena madrileña.

Se trata de una propuesta rompedora de letras ingeniosas y melodías pegadizas arropadas por una instrumentalidad y directo arrolladores. Un álbum bebe de bandas como Nirvana, Pixies, QOTSA, Viejas Locas, Hendrix, Santana… y acerca estas influencias de forma inteligente y cuidada al castellano. Algo que demuestra ya “Pelis de Amor, Pelis de Hostias”, la canción que da inicio al primer LP de Los Galgos. Una canción que te adentra en el álbum jugando con diferentes atmósferas, desde lo íntimo a lo épico, desvelando cuidadosamente el sonido de este largo. Curiosamente, este track inicial resulta ser, paradójicamente, la última composición de la banda contenida en el mismo. Por ello podemos apreciar en él una mayor riqueza y madurez tanto instrumental como emocional. Una canción que habla de amor, pero no desde la habitual idea de que todo es perfecto, ya que nada lo es en la vida real.

Un inicio íntimo al que poco a poco se van sumando y presentando de manera cuidadosa los diferentes instrumentos, superponiendo melodías y alcanzando un clímax final. Una forma de crear una expectativa continua que en tan solo unos minutos te sumerge de lleno en un álbum ameno y sustancial.

Manolo Tarancón: “The Dark Side Of The Moon. La Revolución Sónica de Pink Floyd”


Por: Txema Mañeru. 

La estupenda “Colección Elepé” de la editorial Efe Eme sigue sumando títulos de discos emblemáticos de bandas y solistas realmente históricos. ¡Y es que acaban de llegar el número 20! Si te pasas por www.editorial.efeeme.com, comprobarás que la colección comenzó con artistas y discos españoles, pero es que en la última decena y, sobre todo, en los últimos títulos, tenemos a clásicos absolutos como Bruce Springsteen, The Clash, Elvis Presley, The Who, Bob Dylan o Fleetwood Mac. La mayoría con discos clave tales como “London Calling”, “From Elvis To Memphis”, “Quadrophenia” o “Rumours”. Pero Bruce y Dylan con sorpresas en forma de títulos como “Darkness of the Edge Of Town” o “Slow Train Coming”.

Ahora vuelven a coincidir ambos hechos. Grupo histórico y su disco más representativo, aunque yo sea de los que prefiere el “Wish You Were Here” a “The Dark Side Of The Moon”. Pero este disco emblemático y su icónica portada bien merecían entrar en este selecto club. Además, con la firma del escritor y músico Manolo Tarancón. Yo le conocí antes como músico con discos tan importantes y recomendables como “Imperfectos” o “Historias Mínimas”. Ha sido también programador de conciertos y ha ideado interesantes ciclos musicales. Actualmente escribe regularmente en los siempre recomendables “Cuadernos Efe Eme”, además de en la página web de la editorial. También tiene un libro en la editorial como es “Conversaciones con Xoel López” de dicha colección en forma de entrevistas.

Lo curioso de este caso es que Pink Floyd no parecían, a priori, uno de los artistas clave para haber formado su background musical, que está más cercano, por ejemplo, a nombres como Bob Dylan, Neil Young, Tom Waits, Nacho Vegas o Quique González. Pero cuando leas estas 200 páginas, sobre todo si eres fan de los Floyd, comprobarás que controla perfectamente y ama la música de la banda. Su “Breve Introducción” no lo es tanto y ya marca las claves de lo que es la banda, el disco y su historia y trascendencia hasta la actualidad. El ve la génesis de este disco en el disco anterior, “Meddle” y en su legendario extenso tema, "Echoes".

En otros capítulos deja constancia de la importancia del estudio a la hora de grabar el disco y de su ingeniero de sonido, Alan Parsons. En otro destaca la creatividad de sus letras, extendiéndose con la temática de las mismas. Temática en la que entraba el tiempo, el dinero, la política, la muerte o la locura, hablándonos, incluso, de esa mítica visita por el estudio de Syd Barrett. Buena interpretación personal del disco y también valiente al analizar las referencias que tuvieron para crear el disco, entre ellas Bob Dylan y, sobre todo, The Beatles. Por supuesto que se analiza también la importancia visual del disco, así como la experiencia lumínica de sus conciertos. Por cierto, que en esta ocasión tenemos, incluso, mayor número de fotografías a lo largo de las páginas del libro. Manolo analiza también los “números” del disco y hasta se atreve a hablar del legendario concierto de Pompeya. Entra en las valoraciones de la prensa y repasa las más interesantes y completas reediciones ampliadas de la obra, además del disco original. No falta un repaso a lo que vendría después hablando del ya citado y loado “Wish You Were Here” o del también histórico y doble “The Wall”. 

Definitivamente estamos ante una inmersión completa en esta obra capital que marcó un antes y un después, no solo en su propia trayectoria, sino en la de la música rock en general. 45 millones de discos vendidos no son tampoco un dato sin importancia. La cantidad de bandas tributo sobre la banda es gigantesca y la mayoría tocan o han tocado este disco al completo. ¡Bienvenidos a la cara oculta de la luna y a sus particulares vistas!