Redd Kross´+ Gemeniss: La diversión como única ley
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*Sala Upload, Barcelona. Miércoles, 20 de Mayo de 2026. *
*Texto y fotografías: Àlex Guimerà. *
Poco tiempo había pasado desde su última visita a *la Sal...
Parquesvr: “Estamos ante nuestro mejor trabajo”
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*Por: Javier González. *
Pasan los años y *Parquesvr *no afloja en lo que a su capacidad para
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Fabián D. Cuesta: "Estar fuera"
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Por: Javier Capapé.
Oímos cantar a los pájaros y sabemos que vuelve a flotar en el aire la
música del leonés.* Fabián D. Cuesta *ha estado mucho tiempo ...
La naturaleza del ser humano se sostiene sobre un territorio enunciado por relatos distantes, lo que lejos de resultar un desequilibrio insalvable revela una condición escrita más allá de la dictadura de la línea recta, un paisaje de huellas que extiende las lindes del camino principal. Las formas de acercarse al ámbito musical funcionan de una manera prácticamente análoga, conteniendo espacios absolutamente recurrentes por su función acogedora, pero igualmente alentando el llamado para sucumbir al riesgo de orientar nuestra brújula hacia terrenos ignotos, incógnitas que solo tras su conquista se dictaminará el futuro que les espera. The Lemon Twigs, pese a la juventud ostentada por los hermanos Brian y Michael D'Addario, encargados del sustento de este proyecto, encarna ese lugar sonoro que ha declinado ser tutelado por su origen cronológico, instalándose entre unos ritmos melódicos y de belleza armónica que durante aquellas décadas ilustres conjugaron con maestría el lenguaje pop.
Desoyendo el constante y reiterado murmullo que les conmina a ser más osados para evitar caer maniatados por su propia e identificativa personalidad, la formación opta en su nuevo trabajo por dar continuidad a un imaginario heredado también de la figura de un progenitor, Ronnie D'Addario, que pese a su falta de respaldo popular firmó una carrera más que destacable. Un ejercicio de reafirmación que además aspira a aglutinar en su expresión todos los vértices de su sonido, recalando en estas composiciones su aspecto ornamental, el orgánico y un vigor que cuando asaltan los escenarios se transforma en vertiginosa intensidad. Aunque es cierto que esa línea imaginaria que distingue a la poca estimulante descolorida imitación del pastiche construido sobre el talento, el grupo estadounidense ha logrado con sus dos álbumes predecesores, "Everything Harmony" (2023) y "A Dream Is All We Know" (2024), ahuyentar cualquier atisbo de transformase en unos púberes carpetovetónicos consumidos por la nostalgia para enarbolar una admirable síntesis y dicción clásica.
Convertido su pequeño estudio de grabación ubicado en Brooklyn en santuario propio donde conjurar -a través de sortilegios siempre vinculados a una maquinaria analógica- su alquimia sonora, en este ocasión ese pequeño pero mágico cubículo ha sido el hacinado hogar para una más amplia lista de integrantes. Porque a la entente familiar, encargada como siempre de las labore de producción, esta vez se han incorporado sus músicos de acompañamiento en directo, ocupando la batería y el bajo Reza Matin y Danny Ayala, respectivamente. Un concepto de banda más sustancial y que, más allá de la significación colectiva y emocional que pueda alcanzar, revierte sobre todo en el resultado creativo de un cancionero especialmente ágil y diverso, una colorista mirada a ese particular microuniverso hecho de acordes luminosos y emotivas melodías propiedad en perpetuidad de los hermanos D'Addario.
La historia nos ha enseñado, y demostrado, que este tipo de sonoridades riman especialmente bien con baladas sentimentales, porque nada mejor para homenajear ese día de sol, o revolcarse en la desdicha lluviosa, generado por nuestra otra parte sentimental, que ser bautizada por un excelso dibujo armónico. Y si bien este disco mantiene esa ligazón, tomando destino estas canciones a lo más profundo del corazón, también hacen una escala muy importante, no en vano solo hay que ver el título del álbum, en la propia conciencia, siendo este emplazamiento un complemento para desvelar y traducir aquello que palpita en nuestro interior. Estamos pues no solo ante una enumeración de postales pintadas en rosa, sino en un ejercicio de (auto)evaluación sobre la manera en que se pretenden vivir y sentir. Si el inicio del álbum con el tema homónimo, excelente confluencia entre Beatles, Byrds o The Zombies, lo que denota también su leve espolvoreado psicodélico, despeja el paisaje de cualquier atrezo insustancial para encontrarnos con nosotros mismos y ser consecuentes examinadores, el tema final, "Your True Enemy", aupado por ese muro de carga que significan los Beach Boys para este proyecto, nos alerta de que, al margen de lo impredecible que reside en la naturaleza romántica, en última instancia somos nosotros mismos los únicos responsables de que ese corazón pintado en una pared cada vez se distinga con menos nitidez.
Alrededor de esos dos puntos cardinales, que anuncia principio y fin del repertorio respectivamente, de raíz trascendente se despliegan, ahora sí, escenas de amoríos a los que acompaña su propia banda sonora. Un relato musical en el que por supuesto mucho tiene ver en su dictado la influencia de los “playeros” hermanos Wilson, que se manifiestan con absoluta claridad, tanto en sus juegos vocales como en su ornamentación instrumental, en "Mean to Me" o en la melancólica épica que ilustra una instantánea, "2 or 3", donde la diferencia cultural se presenta como escollo a la hora de unir suspiros comunes. Pero ni el diccionario de pasiones ni su traslación al pentagrama se exhibe de manera monocorde, ya que las punzantes guitarras eléctricas prestadas por The Searchers, o cualquier destacado miembro de la escena Merseybeat, en "I Just Can't Get Over Losing You" hacen de su rotundidad una herramienta para la flagelación del error propio, y el tono de sedoso vodevil de los Kinks en "Gather Round" sirve como armazón frente a las adversidades. Como si de dos caras antagónicas se tratase, aunque en realidad supuran el mismo traspiés existencial, el repunte más rockandrollero de "Bring You Down", inspirado por ejemplo en Badfinger, expresado bajo el rudo lenguaje propio blues a la hora de reflejar el rastro que deja la dura jornada laboral en el hecho romántico, representa la antítesis de la sublimación del pop más azucarado, como si unos Herman’s Hermits hubieran nacido en pleno siglo XXI, que ilustra en "I Hurt You" cómo el paso del tiempo, o las incapacidades para afrentarlo, puede llegar a deteriorar lo que en algún momento fue un idilio sin mácula.
“Look for Your Mind!” vuelve a ser otro excelente ejercicio de conversión del pop, y sus derivaciones, en un suspiro de belleza, lo que traducido a la trayectoria de sus autores representa la entronización, si es que no lo estuviera ya, de su firma. Tan ajenos a modas como a intentar contradecir a ese eco que en cada nuevo capítulo les sentencia como espíritus miméticos de aquella época dorada compositiva, la talentosa hermandad solo necesita recurrir a un argumento que, sin embargo, resulta demoledor en su delicadeza: las canciones. Son ellas las que hacen de únicas portavoces válidas, y no tienen reparo en declarar que, efectivamente, no hay signo en ellas de innovación sustancial alguna, renunciando a cualquier oposición a ser guiadas por un rumbo ya plenamente (re)conocido. Es verdad que estas nuevas composiciones pueden sonar repetitivas, pero casi tanto como ese mismo abrazo al que constantemente recurrimos y al que estaríamos encadenados toda la vida.
Liverpool no es singularmente conocida como una ciudad de tradición soul, sino más bien, como no hace falta ni mencionar, por ser cuna del pop tal como hoy lo entendemos. Pero eso no quiere decir que puedan surgir de allí hoy en día, en tiempos en que todo está globalizado, alguien capaz de interpretar la música eminentemente afroamericana como si hubiera nacido en Memphis. Ese podría ser el caso de Michael Thomas Jones, un joven natural de la ciudad cuyo debut, este "Joy" del que vamos a hablar, es una de las grandes sorpresas del año en términos de soul.
Nacido en Ellesmere Port, pero formado en la ciudad de los "Fab Four", MT fue un chaval prodigio: comenzó a tocar el piano con 8 años, a componer con 13 y con algo más de edad entró en el prestigioso LIPA (Liverpool Institute Of Performing Arts), donde recibió una instrucción musical que le permitió desde bien temprano ejercer como músico de sesión y aspirante a compositor en Londres, a la par que iba enamorándose perdidamente de la música afroamericana. Gente como Ray Charles, Bill Withers o Curtis Mayfield, empezaron a llenar su cabeza.
Quizás por ello decidió embarcarse en la gira mundial de su gran amigo, el americano afincado en UK Jalen Ngonda, seguramente el principal talento retro-soul de hoy en día, como bajista y sideman. Con él aprendió -y se nota en estas canciones que pueblan su debut- a utilizar el corazón y el instinto antes que el cerebro o lo aprendido académicamente, para que esta música funcione como debe.
Pronto empezó a situarse como talento incipiente: en 2022 llegaba un single en clave deep soul titulado “I won’t ever say goodbye”, que junto a un primer EP autotitulado que llegó en 2024 y contenía maravillas como “Wasting my time” o “All I do”, situó a nuestro protagonista como una de las promesas a seguir dentro de un ámbito, el del soul hecho a la manera tradicional, que cada vez cuenta con más seguidores a nivel internacional.
Tal vez por esa alianza que formó junto a Jalen Ngonda durante un tiempo, su sonido guarda bastantes similitudes con el que el Maryland desplegó en su celebrado debut "Come Around And Love Me" (2023). Sin duda ambos tienen una visión de cómo deben ser las cosas muy parecida, con un tratamiento orgánico y no necesariamente mimético de los clásicos que es el que parece refulgir sobre todas las cosas en "Joy".
El álbum, se nota, es producto de una reflexión madura y muy prolongada. Poco o nada se ha dejado al azar en un conjunto de canciones que es, en su totalidad, brillante. Desde la exuberancia modern soul (ya saben: aquella especie de sucedáneo del northern soul que tiende a ser mucho más reposado) de la inaugural “I don’t understand”, una pletórica celebración del amor que invita a bailar y anda en perfecta comunión con el título del álbum (disfrute), todo va dirigido a hacer diana en tu corazón.
Cocinado en los míticos estudios RAK de Londres que inaugurara el productor Mickie Most en los setenta, Jones ha contado además con la ayuda, tanto en la producción como en la instrumentación, del reputado Jonathan Quarmby, junto al que ha intentado por todos los medios encontrar un sonido que respete la tradición, pero a la vez suene moderno, orgánico y cálido.
Una de las tácticas para conseguirlo ha sido algo que no suele fallar: tocar todos los músicos implicados en las sesiones juntos en la misma habitación, prácticamente en directo. De esta forma canciones tan carnales como “Why I cry” o “Gentle reminder” recuperan el espíritu de grabaciones míticas como What’s Going On, Just As I Am o Curtis, pero sin desatender el presente ni parecer un simple intento de facsímil. Y es que, retro-soul es una cosa, pero de ahí al término “revival” u “homenaje” hay un trecho que algunos no están dispuestos a recorrer.
Por eso este álbum suena como suena, pletórico, inspirador y sobre todo, lleno a rebosar de buenísimas canciones. MT se considera a sí mismo como un cantautor soul y es un concepto que encuadra perfectamente con la concepción de canciones como “Easy” o “Tastes like you”, con una base en guitarra de palo que entronca con aquél celebrado debut de Kiwanuka y que marca la diferencia.
Hay una tensión en su contención que realmente logra comunicar mucho, igual que cuando nos pasea con sensualidad por la pista de baile (“You don’t love me now”, “So lost”) demuestra una personal capacidad para la melodía que es quizás lo que marca la diferencia (al final, lo de ser de Liverpool tendrá su aquél) en un disco que ofrece exactamente lo que prometía: una brillantez y maestría fuera de órbita. Sin duda, una de las brisas más refrescantes que acariciarán tu cara este verano. No lo dudes: éste es el mejor ventilador de todos.
El viaje musical de Antonio Arias parece no tener fin. Es el granadino un tipo inquieto, valiente y dotado de un cierto afán aventurero, siempre dispuesto a afrontar la búsqueda de “otros” caminos sonoros, capaces de abrir nuevas puertas y derribar fronteras con arrojo, una constante que ha demostrado en su andadura con Lagartija Nick y también en su carrera solista, como acredita una vez más en “Mawlid-Mapa del Trance” (Montgri 2026).
Un trabajo donde partiendo del estudio del guembri se ha dejado arrastrar por el sendero del conocimiento, llegando con su interés hasta la música gnawa, un estilo propio del África subsahariana tan cercano a nuestras fronteras como desconocido por parte del gran público, que encierra tras de sí un componente mántrico y experimental, cercano a la magia y en el que los distintos estados del trance cobran especial relevancia. Siendo reflejado aquí en nueve canciones que apuestan por el respeto a la tradición, pero que se presentan dotadas con una innegable querencia pop, haciendo de la experiencia de escucha algo altamente disfrutable.
Con suma humildad, sabedores de que pisamos un terreno totalmente desconocido, nos ponemos en contacto con Antonio Arias, quien ejerciendo de maestro abre las puertas de nuestra percepción en un nuevo viaje de lo más apasionante.
La eterna búsqueda musical y vital que es tu carrera te ha traído hasta aquí con “Mawlid-Mapa del Trance”, un trabajo lleno de belleza de cuya génesis inicial me gustaría que me hablaras. ¿De qué forma y en qué momento surge el germen de este proyecto?
Antonio: Todos nuestros proyectos se simultanean, superponen, compaginan y dan codazos entre ellos. Vengo desarrollando a través del estudio instrumento guembri un acercamiento a la música gnawa, la cual posee vínculos con los esclavos subsaharianos, la cultura marroquí y argelina, etc. Un día entré en contacto con dicha música a través de Hassan, director de cooperación de la fundación de estudios euro-árabe, quien dejó con toda la intención del mundo un guembri en casa. Paralelamente nosotros con el proyecto “Mawlid” andábamos ya en esa búsqueda desde un enfoque más andalusí, pero a través del guembri y su estudio, hemos llegado a una música africana como la gnawa que abre el camino a otras música de África en general. Además, el guembri es un antepasado del bajo, tiene tres cuerdas, hechas con tripas y piel de camello para el tambor, tiene una magia que te atrae como músico. Además, por sí mismo te lleva a un viaje a las puertas de la historia de la música, por lo que es un viaje que merece la pena. No seré quien descubra que la música gnawa es la base del blues, por lo tanto, del rock and roll. Es decir, de todo lo que nos gusta y que tan bien conocemos. Si la vida te ofrece un instrumento nuevo que te lleva al origen de tu propia música, crea atracción. Es como el que descubre un nuevo mundo, siempre cree haberlo visto primero. Es con esa voluntad con la que salgo, siempre acompañado por Moncho Rodríguez a la mandola y laud. El equipo “Mawlid” se ha ido metiendo en un sonido más simplificado, pero siempre de búsqueda.
“Observamos ciertas referencias musicales con una mirada colonial y subida, buscando donde ni nos ven ni les interesamos, que sería en el mundo sajón y en los modelos de mercado actuales”
Este trabajo es una mirada totalmente novedosa en tu carrera, cruzas el Estrecho de Gibraltar y te enfocas en la música gnawa marroquí.
Antonio: Es verdad que no siendo gnawa, ya conocía a Bachir Attar y The Master Musicians of Jajouka desde el año 1995, lo cual ya es un punto de conexión. También es importante resaltar que en mis diarios de “Omega” había dejado escrito mi voluntad de incluir esos sonidos en “Ciudad sin Sueño”. Había un run-run sin mucho sentido dentro de mí, buscando la conexión en la música marroquí. Sin embargo, no es lo mismo que la música andalusí, más conocida, ya que tiene herencia de poesía granadina y andaluza. Lo gnawa te lleva al hueso, muestra el camino más certero de la música, entras en un mundo que tiene una puesta en escena, magia negra y magia blanca. Siento que existía una deuda con la música marroquí de nuestros vecinos. De lo gnawa conocía cosas de ahora como Bab L´Bluz, que utilizan el guembri en busca de esa sonoridad. El empezar el camino hacia el origen, despojado de instrumentos, que coincidiera con el desarrollo de Lagartija, hizo que me volviera loco. En cuanto apareció el instrumento todo detonó, conectas con la base de la música y necesitas conocer, que te orienten en la búsqueda. Merece la pena, creo que es un paso que nos va a llevar al sonido del futuro. Como apuntas, una cosa va llevando a otra. De “Omega” nos metimos en el rollo flamenco a fondo; después con “Mawlid” a la música tradicional, más tarde a la música andalusí y ahora al gnawa, que será de las cosas más importantes que hagamos, porque te lleva a comprender la música africana, una asignatura pendiente para todos. Observamos estas referencias con una mirada colonial y subida, buscando donde ni nos ven ni les interesamos, que sería la música sajona y los modelos de mercado actuales. Aquí sí, sí nos ven y hay un trabajo importante por hacer, un camino por recorrer.
Antes te has referido a ello de pasada, pero pensando en todas aquellas personas que no tengan conocimientos sobre la música gnawa. ¿A qué estilos ha influenciado? ¿Con cuáles se ha mezclado?
Antonio: Brian Jones viajó en el año 1965 con The Rolling Stones a la zona, prestando atención a la sonoridad, aunque no fue hasta más tarde, en 1967, cuando vuelve y graba a Master Musicians of Jajouka. Su amigo, Mino Scala, representante y agente de artistas, tiene constancia de las grabaciones que había realizado Brian, volviendo en los años 70 con el percusionista de Traffic para regrabar a los músicos gnawi de Tánger. Todo el mundo conoce el interés por esta música por parte de William Burroughs, al igual que Paul Bowles, que por lo visto fue el que hospedó y dirigió a Brian Jones en las búsqueda de lo jajoukas. Brian Jones y el resto de Rolling Stones están tras la moda psicodélica, basada en Marruecos. La conexión intelectual de toda esta escena de los sesenta y setenta es muy potente. El hecho de haber podido trabajar con gnawis del norte y del sur te hace acercarte al carácter sagrado de la misma, sobre todo en lugares donde no hay médicos relacionados con problemas de la cabeza. Ellos están en la búsqueda del trance, buscando algo sagrado. No sé qué me atrae más de toda esta aventura, si la puesta en escena o el baile. Quizás el hecho de que es una música de gente pobre que están protegidos por maalen, maestros y curanderos. Me conecta con todo lo que me gusta de la música: psicodelia, blues y rock. Además, me abre un mundo que me conecta con todo lo que me falta.
“Crear caminos nuevos a través de la música es una constante en mi carrera”
El disco se mueve a mitad de camino entre la instrumentación más lo-fi y una rica cantidad de elementos tradicionales con los que jugáis.
Antonio: Hemos simplificado todo a través de la percusión, la mandola de Moncho y el guembri, los tres instrumentos bases sobre los que se basa la producción, aunque hay algún arreglo de laud. También se han añadido algunas castañuelas metálicas y tambores gnawa. La producción se basaba en quitar instrumentos, buscábamos que solo con tres y las voces todo fuera especial, resaltando la riqueza armónica y melódica. El lema del disco es que queríamos que lo que sonara fuera gnawa, ten en cuenta que desarrollamos más canciones que tocamos en una gira por Marruecos el año pasado. Hay una cosa que has comentado muy importante y es que en este estilo hay una búsqueda del trance, cada canción puede durar quince minutos hasta que logra su objetivo. El disco tiene un guiño pop, tratamos de guiar al oyente hacia esa experiencia en nueve canciones. Con tres instrumentos hemos abierto un mundo que dará más frutos en la experimentación con banda. Hemos ido a conocer la base para crear un camino nuevo en la música que en mi caso es una constante.
“Este disco es una manera de traer música para las personas”
El elenco de músicos que te acompaña es bastante interesante, ¿puedes hablarnos un poco más de cada uno de ellos?
Antonio: El año pasado, en plena época de Ramadán, tuvimos la oportunidad de hacer una gira con el Instituto Cervantes por cinco ciudades de Marruecos. Pensamos que era la oportunidad de trabajar con diferentes maalen. En el norte hemos trabajado Arafa Chaara y su grupo, aunque la búsqueda continuará en el futuro con idea de trabajar con grandes nombres, ahora hemos buscado gente joven que entendiese las ganas de compartir esa música con el resto el mundo. En el sur hemos colaborado con Khalid Sansi y su banda, que te meten en el trance a hostias. Dentro del disco colaboran en “Manos que me Guían” y “Río de Luz”, son la experiencia punki Gnawa. También tenemos a Miguel Ríos echando una mano, la canción “Boabdil el Chico” quedaba muy bien, cuando empezaba a experimentar con el instrumento acudía a ella porque sonaba bonita. Hace catorce años ya la hicimos Miguel Ríos y Lagartija Nick un par de veces en Granada, se me quedó en el cabezón. Hablé con Miguel y le dije que había un tema que quedaba bien en gnawa, me dijo que le flipaba esa música. Era una manera de traerle, utilizar a nuestro particular chamán que desde Granada nos despedía antes del viaje iniciático. Tarwan N Tiniri, que está en “La Peregrina”, representa la parte más al sur de Marruecos. Ahora hay un movimiento internacional muy potente llamado “blues del desierto” con una afinación abierta donde buscan experimentar. Y luego poder cerrar con Bachir Attar fue un sueño, lo tenía puesto en los diarios del año 95 sobre “Omega”, donde ya había apuntes donde decía que quería que tocara. Ha sido un elenco fantástico. Se nos ha quedado por el camino colaborar con mujeres jóvenes muy importantes dentro del movimiento gnawa, pero entendíamos que para abrir el camino era más sencillo acudir a esta gente. Piensa que en “Mawlid” también colaborábamos con Carmen Linares. El elenco que se ha formado tiene una magia cercana a “Omega”. Nos hemos arrojado y en algún momento se acabará. El disco nos lo dirá o la gente nos lo dirá. Cuando me juntaba con los gnawi les decía que estaba aprendiendo, no quería faltarles, ni insultarles. Imagina que un japonés o un chino hubiera venido a enseñar a tocar a Paco de Lucía la guitarra flamenca. También llevé un bajo a Marruecos, por si no querían que tocara el guembri. Al revés, me decían: “ven, que te vamos a dar una paliza que te vas a enterar para el resto de tu vida”. Íbamos a la ciudad, nos presentábamos, rompíamos el ayuno, al instante todo era ensayar y tocar, sin conocernos de antes. Después de “Omega” estoy preparado para cualquier viaje intermusical. Se ha conformado un elenco que da mucho aliento a un disco en solitario, bastantes compartido, como los mejores discos en solitario, que son donde más gente participa.
“La idea era que le dieran por culo a la estructura y a la afinación”
Me ha gustado mucho la canción “Bermasouyé”, me parece un temazo con una letra que es pura finura.
Antonio: Es una canción que tuve la suerte de conocer al empezar a tocar el instrumento con un maalen en Granada. A regañadientes me dio clase, piensa que para ellos es demasiado enseñar gnawa a un infiel. Me enseñó ciertas canciones antes de bajar a Marruecos, las que más me podían ayudar en la gira. Al sacar “Bermasouyé”, no podía aprender árabe tan rápido con idea de cantarla, por lo que para completarla y recordarla utilizamos una canción de Cobitos, un cantaor de Jérez que vivió gran parte de su vida en Granada. Enrique era fanático de Cobitos. Trabajó en las cuevas principalmente, los discos los sacó siendo mayor. Su letra es una llamada a la ancestralidad africana, “souyé” viene a significar “soy yo”. Tienen canciones con letras en español que me han ido enseñando. Es una llamada a los dioses, hay una búsqueda del trance, del ritmo que cura y una alabanza típica a Mahoma al final. Lo juntamos con “te quiero más que a mi madre”, algo que todavía me estremece cuando lo canto. Era una manera de traer un poco del flamenco. Si te das cuenta, también cambio al acento andaluz, cosa que pega muy bien, como lo hacen en “Manos que me Guían”. “Mapa del Trance”, por ejemplo, es una forma de contar la experiencia, pero no lo hago de una forma tan andaluza. Me he dejado llevar por cosas que no tienen realmente explicación, pero me surgía y salían sin más.
“Hay tal procesamiento de la música actual que no me extrañaría que lo que oímos fuera cancerígeno”
“Río de Luz”, “Oh Amazig” o “Matar al Jaguar” parecen canciones casi mántricas. ¿Cuánto hay de espiritualidad en un trabajo como éste?
Antonio: Muchas de esas canciones son puro soul. La idea era que le dieran por culo a la estructura y a la afinación, en general a todo lo que está dominando los mercados. El guembri es un palo, no hay trastes, para que te hagas una idea es como tocar un violín. No hay forma de dar el tono con precisión, te mueves en desafinaciones, pero, sin embargo, la voz se coloca en un sitio puro. Hay que quitarte la obsesión, los estándares de la música que suena en la radio. Hay una obsesión absurda por la afinación, ¿cómo no van a meter autotune hoy día? El modelo de mercado es absurdo, la manera de entender la música así no existe. No somos robots. Esta es una manera de traer música para las personas. Hay tal procesamiento de la música actual que no me extrañaría que lo que oímos fuera cancerígeno, no puede ser bueno para el organismo ni la salud. Es imposible.
Al escuchar “Matar al Jaguar”, que acaba casi en un krautrock me ha dado por pensar que perfectamente podía ser un homenaje a tu hermano Jesús, en recuerdo de aquellos días escuchando discos extraños para ti por aquel entonces en la barbería de tu padre en el barrio de la Chana.
Antonio: Todo son guiños a mi hermano. De hecho, tuvo hasta una novia en Tetuán. Fue gracias a él, que ya sabes que era periodista, que conocí a los Masters of Jajua, pudimos entrar a los camerinos del Womad. Mi hermano siempre está presente, muy mucho. Una de las composiciones que ha quedado fuera es “El Hermano Loco”, que colabora Javi de Lima Negra. Ya buscaremos la excusa para meterla. Mi hermano, al igual que Enrique, estaban más orientados a la música andalusí, con violines y armónica. Personalmente, tiro más por el desafine. No sé si lo que hago lo hago por mí o porque me ha llegado por él. Tengo en casa dos o tres Coranes suyos.
“Tenía la sensación de que “Ciudad sin Sueño” quedó sin terminar”
“Ciudad sin Sueño” vuelve a aparecer en este trabajo. ¿Por qué?
Antonio: Sí, el hecho de que… por ejemplo al acabar la gira de Marruecos, estábamos tomando algo en Tánger. Nos encontramos con Bachir y en la conversación de reencuentro, le comentamos de hacer algo. Y dijimos “¿Qué hacemos?”. Hablamos de los Jajouka y las fotos que tenía con Jesús. También de los ya mencionados diarios de “Omega”, donde aparecía “Ciudad sin Sueño”, que vivió muchos sabotajes durante la grabación. Es una canción que creo que quedó sin terminar, supongo que no soy el único autor que piensa así de algunos de sus temas. Para mí tenía que acabarse con una percusión en la intro. Había tantas cosas que hacer, entre ellas bajar a Lorca a Marruecos. Quería escuchar su fuerza desde allí, esa fuerza que sigue impulsándome en la música. Tiene mucho significado. Incorporamos cosas de maneras intuitivas, como el canto lastimero antes de los versos de “Ciudad sin Sueño”. Para mí representa la búsqueda que nunca termina. Hay caminos que se abren y otros caminos que quedarán sin terminar. Representa eso. Hagas lo que hagas, nunca acabarás de encontrar el camino. Iba a ser una canción para vídeo, pero la hemos metido en el disco. Es tan simbólica. No queremos desprendernos de las motivaciones más grandes que nos tienen en activo.
¿De qué forma os vais a plantear la gira de presentación del álbum?
Antonio: El disco sale ahora, pero la gira se hace en septiembre. Queremos que la gente vea lo que vivimos en Marruecos. Llevamos meses negociando la venida y estancia de Arafa Chaara y su grupo, que ni te imaginas cómo los putean para llegar aquí. Vamos a tocar en Barcelona, Madrid, Granada y Valencia. Tocaremos las dos formaciones, algo que ya hicimos en Marruecos. Las veces que lo hemos hecho, pese a ser un repertorio nuevo para todos, intérpretes y público, la gente se volvía loca. El otro día estuvimos en Linares, Moncho, Suhaíl, un percusionista marroquí que vive en Granada y yo en una actuación que teníamos comprometida, pues bien, el público disfrutó un montón. Creo que hay una magia, una sonoridad propia del instrumento, algo que no controlamos, pero que empatiza. A la gente le va a cambiar la vida cuando vea el espectáculo. La lástima son las trabas burocráticas que les ponen a músicos profesionales, teniendo que dar garantías sobre todo lo que van a hacer y dónde, que no es otra cosa que trabajar. Este disco es una invitación a la comunicación de mundos y un canto contra la música sobreprogramada. La gente va a flipar cuando nos vea.
“La gente cree que “Omega” fue un éxito desde que salió”
Y en paralelo asoma de manera inminente la nueva gira de “Omega 30 aniversario”. ¿Qué os ha impulsado a lanzaros de nuevo a la aventura?
Antonio: Esto sí que es un “Multiverso”. La gente no lo sabe, pero el año pasado, mientras estábamos con la gira de Lagartija Nick, anda subiendo y bajando a Marruecos. Todo se simultaneaba. Y ahora estamos con los ensayos de la gira “Omega 30 aniversario”. Desde hace tiempo me vienen ofreciendo cada año que hagamos algo relacionado con “Omega”. Este año ante una propuesta concreta pensamos: “¿qué hacemos?”, fue Kiki el que me dijo: “estamos vivos, vamos a celebrarlo”. Realmente fue la frase que me convenció. Es lo que estamos haciendo, dentro del acojone que da todo esto. Lo haremos desde una perspectiva de revisar el concierto desde el disco. En la época en que andábamos con Enrique se estableció empezar con la parte del flamenco para luego continuar con el desarrollo conjunto. Aquí vamos a sumergirnos en el disco de primeras, remover las cosas que hay, reinterpretar canciones y tocar otras como “Vals en las ramas”. El anhelo de involucrarnos en el álbum con otra visión, aportando lo que da Kiki con su juventud. Acojona, igual que anima y motiva. Ahora en un rato vendrán a ensayar Juan y el resto. Estamos repasando estructuras. Afrontamos el directo sabiendo que es importante, pero con la alegría de lo que vivimos con Enrique. A quién le cuentas que en su día fue ignorado por la prensa musical, absolutamente saboteado, no se lo cree. La gente no tiene ese concepto. Ahora lo ven distinto. Creen que fue un éxito desde que salió.
Ya sabes que en aquel momento “El Giradiscos” no existía. De lo contrario, nos hubieras tenido dando la tabarra como nos tienes en este nuevo proyecto y nos has tenido en “Multiverso”.
Antonio: A mí me dolerá siempre que no solo no se criticara, sino que no diera ni para una entrevista. Es más, pienso que cuando se lo cuento a alguien le estoy aburriendo. Es como si ahora McCartney dijera que “Sgt. Pepper´s” le costó muchísimo. Fuera dramas. Vamos a disfrutar con la gente. Es un punto de riesgo, otra vez. Tengo voces en contra de la gira. Esto será lo menos nuevo, ya nos pasó hace tiempo a lo gordo. Vamos a salir a muerte. Creo que se puede hacer algo especial tras la experiencia de “Mawlid” en temas como “Ciudad sin Sueño”.
Qué te voy a decir, Antonio. Ya sabes que opino que eres un genio y que tu grado de compromiso y riesgo con la cultura y el arte no está a la altura de nadie en nuestro panorama rockero. Gracias por tanto riesgo y acierto, para nosotros estás dentro de la categoría de genio. Mil gracias por este rato tan bueno de charla.
Antonio: Muchas gracias a vosotros y un beso muy grande.
Mayo de 2026 no es un mes cualquiera para València. Hace exactamente diez años, más concretamente el 6 de mayo de 2016, abría sus puertas un pequeño bar que, con el paso del tiempo, acabaría convirtiéndose en uno de los grandes refugios del rock en la ciudad: el George Best Rock Club. O simplemente “el George”, para quienes lo sienten ya como su segunda casa.
Con los ecos todavía recientes de aquel concierto de Luis Brea, arrancaba la aventura de un local que nació con una idea muy clara: recuperar el espíritu de aquellos bares de los años 90 donde uno podía entrar solo y acabar la noche rodeado de gente. Un lugar donde la música era importante, sí, pero donde lo verdaderamente esencial era encontrarse.
Diez años después, el George Best sigue siendo exactamente eso: un punto de encuentro entre generaciones distintas unidas por la misma necesidad de compartir canciones, conversaciones y noches memorables. Un espacio donde han convivido el punk y el power pop, el brit pop y el glam, el post punk, la electrónica o el indie rock; donde se han celebrado conciertos, fiestas, aniversarios, actividades culturales y algunas de las mejores post-parties que ha vivido la ciudad.
Pero llegar hasta aquí no ha sido sencillo. Estos diez años también han sido años de resistencia. El George ha sobrevivido a una de las épocas más duras que ha atravesado el sector de la hostelería y la música en directo: la pandemia del Covid. Cuando muchos locales históricos bajaron la persiana, el George resistió gracias a una comunidad fiel que entendió siempre que este bar era mucho más que un sitio donde tomar algo. Era —y sigue siendo— un refugio para quienes todavía creen en la cultura de bar, en la conversación cara a cara y en la música sonando fuerte hasta altas horas de la noche.
Por ahora llevan casi 1.700 noches con las puertas abiertas y el rock and roll como bandera. 1.700 oportunidades para descubrir grupos, reencontrarse con amigos o conocer a alguien nuevo en la barra. Porque si algo define al George Best es precisamente eso: la sensación de pertenecer a un lugar que siempre te recibe como si ya formaras parte de él.
Y si hay una imagen que resume perfectamente el espíritu del George Best, es la de su cierre cada madrugada. Desde hace años, el bar despide a su clientela disparando burbujas mientras suena la última canción de la noche. Un pequeño ritual convertido ya en seña de identidad y en uno de esos momentos mágicos que solo ocurren cuando un local tiene alma propia. Una despedida poética, festiva y emocionante que resume muy bien la manera de entender las noches en el George: celebrar hasta el último minuto.
Y un aniversario así merecía celebrarse a lo grande
Durante todo el mes de mayo, el George Best Rock Club ha estado organizando distintas post-parties y eventos especiales vinculados a conciertos de artistas como Victorias, Shego o Viva Belgrado, además de las actuaciones de Luis Brea, Gilbertástico plays Franco Battiato y Whitestone Connection, además del plato fuerte con Fernando Alfaro, que será la culminación de los fastos de aniversario el próximo 29 de mayo. No podemos olvidarnos de todos los amigos y colaboradores que han hecho del local el emblema del ambiente alternativo en pleno centro de Valencia.
La gran fiesta de aniversario, celebrada hace unas semanas, tuvo continuidad en la sala 16 Toneladas, desde las 03:00 hasta las 06:30 de la mañana. Por una noche, la Nave Roja aterrizó en el escenario del 16 Toneladas para emprender un viaje hacia el fin de la noche. Un trayecto colectivo hacia esos mundos paralelos que el George Best lleva diez años construyendo madrugada tras madrugada; un lugar donde todavía existe el planeta Resistencia, donde la música suena más fuerte que el ruido de fuera y donde el amor por las canciones, la amistad y la noche sigue siendo la verdadera bandera.
Hoy, cada noche, siguen sonando los himnos que han acompañado durante una década las madrugadas del George: Canciones de esas que unen generaciones, que se bailan abrazados y que convierten cualquier pista en una celebración compartida. Y al mando de la expedición estuvieron muchos de los DJs de la casa –incluidos los amigos y casi hermanos del Tridente Sonoro, la conexión cordobesa de la que hablaremos más abajo-, auténticos pilotos habituales de la Nave Roja y responsables de poner banda sonora a tantas noches inolvidables. Fueron los encargados de hacer bailar hasta el amanecer en una fiesta que reunió a habituales, amigos procedentes de casi todos los puntos geográficos nacionales, y supervivientes de la noche para celebrar que el George Best sigue más vivo que nunca. Y gran culpa de ello la tiene Alfonso Cantador, el hombre al frente de la nave, el piloto que mueve los hilos para que cada semana, entre el jueves y el sábado, en su nave roja, que es la nuestra y la de todos, se viva un ambiente de pura hermandad mientras se escuchan las canciones que una vez nos hicieron soñar, inmersos en una burbuja espacio-temporal de la que, cuando flotan en el aire las esperadas burbujas, se hace difícil escapar. No en vano el currículo del jefazo se fraguó en las noches eternas de la movida cordobesa de los noventa, entre las paredes de algunos templos de recuerdo inmarchitable como La Comuna (aún en activo, aunque ya lejos del esplendor de aquella época) o el mítico Surfer Rosa. Alguien que no olvida sus raíces, con las que mantiene una continua comunicación familiar y a las que no renuncia volver.
Diez años después, el George Best Rock Club continúa encendiendo sus luces rojas cada noche. Y eso, en los tiempos que corren, ya es algo digno de celebrar.
Sala Upload, Barcelona. Miércoles, 20 de Mayo de 2026.
Texto y fotografías: Àlex Guimerà.
Poco tiempo había pasado desde su última visita a la Sala Apolo (6 de noviembre de 2024), y, a pesar de que en la gira no presentaban disco ni promocionaban nada, no había motivo para perdernos a los Redd Kross. Máxime en una sala tan pequeña como acogedora para el rock’ n roll como es la Sala Upload, situada en el corazón del Poble Español. Pero antes, con la sala repleta, había que ver qué nos ofrecía esa banda nacional llamada Geminiss, que es la banda personal de Olaia Bloom tras su paso por otros proyectos como Las Culebras o Los Ácidos. Y como ella nos dijo, está formada por tres chicas de Pamplona, Donosti y Bilbao. Con una estética glam y su buena puesta en escena, nos llevó a encontrar ciertos paralelismos con Suzie Quatro y a celebrar ver chicas dando caña encima del escenario en un mundo tan masculinizado como el del rock. El repertorio, muy bien acogido por el público, ofreció sus potentes piezas punk-rock, que rubricaron con una versión en castellano de los Dictators, que realmente bordaron.
Así de calentitos llegamos al concierto de los hermanos McDonald, que arrancó con esa energía abrasadora que parece ser que no tienen intención de perder a pesar de los años que llevan encima del escenario. Hablamos de tipos que están tocando desde los ochenta y aún así continúan dándolo todo en sus bolos, divirtiendo al espectador y contagiando su efervescencia. Con ese estilo complicado de catalogar y que bebe de fuentes tan diferentes como las de sus adorados Beatles o de sus primeros mentores Black Flag, es lógico que se hayan convertido en una banda de culto capaz de enamorar a gente tan dispar como los amantes del grunge, los seguidores del power pop noventero, los viejos rockeros, o los seguidores del indie o del hard-rock mas atemporal.
Muy pronto nos hicieron vibrar con gemas como “Stay Away From Your Downtown” de su disco de regreso (“Resarching The Blues” de 2012), del que también tocaron “Uglier”, o esa “Stunt Queen” de su última y homónima entrega. Piezas electrizantes que abordaron con un sonido de los amplis de la sala a todo trapo y en las que los guitarrazos, los martillazos a la batería del también miembro de los Melvins Dale Crover, y los aspavientos de Steve y Jeff encendieron al público. Y siempre nos queda la sensación que el cuarteto haya salido de un hospital psiquiátrico, ya desde la vestimenta blanca manchada de colores (que es su uniforme en los directos), a las caras de enajenados que ponen cuando interpretan las canciones hasta esa sensación del descontrol constante. Los Redd Kross nacieron para divertirnos, encendernos y para entretenernos, y no parece que dejen de hacerlo viendo sus últimos y sensacionales conciertos, en los que el sentido del humor y la fuerza escénica se unen con una musicalidad esplendorosa. Una musicalidad construida a base de melodías y armonías vocales que aúnan con el rock mas duro e inmediato posible.
Maravillosamente sonaron “Lady In Front Row” o “Mess Around” que escuchamos con esos acordes tan beatleianos o la grunge “Candy Colored Catastrophe”, también la irresistible “Neurotica”, rescatadas de sus discos de los noventa. Entremedio los saltos de Steve y sus acercamientos a las primeras filas del público, los solos de Jason Shapiro que en lugar de empuñar una guitarra parece que empuñe una sierra eléctrica en plan psicópata. Y Jeff que con toda su teatralidad se escondió tras un colorido pañuelo para cantar la mítica “Annie’s Gone”. Y para los amantes de las versiones -seguro que tienen muy en cuenta el disco "Teen Babes from Monsanto" de 1984 y reeditado recientemente- tocaron una versión punk de “It Want Belong” de los Beatles, y para los bises una “Crazy Horses” de The Osmonds de la que Jeff dijo que había aprendido a tocar con 12 años, y una “Deuce” de los Kiss que puso el cierre.
Estos tíos parece que se resisten al paso del tiempo, como si las leyes de la ciencia no vayan con ellos, pues siguen siendo capaces de ofrecer auténticos desmadres rockanrolleros como si fueran adolescentes, lo que hacen con un carisma esplendoroso y un catálogo de canciones envidiables, que cuesta de aceptar que no hayan alcanzado mayores cotas de éxito. Mejor, así nos los quedaremos para nosotros.
Hay discos que parecen escritos contra el ruido del mundo y otros que directamente lo absorben, lo metabolizan y lo devuelven convertido en una tormenta emocional. "In Times of Dragons", el nuevo trabajo de Tori Amos, pertenece inequívocamente a la segunda categoría: un álbum excesivo, barroco y atravesado por la sensación de vivir una época moralmente exhausta.
No es casual que Amos recurra a la figura del dragón como eje simbólico. El monstruo aquí no remite tanto a la fantasía medieval como a una forma contemporánea del poder: voraz, narcisista y destructiva. La compositora estadounidense lleva décadas escribiendo canciones como quien abre grietas en el discurso dominante, pero pocas veces había sonado tan frontalmente desencantada. Incluso cuando el piano acaricia melodías luminosas, siempre aparece una sombra al fondo de la habitación.
Musicalmente, el disco dialoga con varias etapas de su trayectoria. Hay ecos de la intensidad confesional de "Little Earthquakes", de la teatralidad casi litúrgica de "Boys for Pele" y del impulso narrativo de "Scarlet’s Walk". Pero lo interesante es que Amos no parece interesada en la nostalgia. Más bien utiliza esos códigos para hablar desde otro lugar: el de quien contempla el derrumbe sin renunciar del todo a la belleza.
Las canciones se despliegan como pequeños relatos de resistencia íntima. “Shush” emerge con una tensión soterrada que recuerda a sus composiciones más inquietantes, mientras “Provincetown” introduce una melancolía crepuscular que termina convirtiéndose en una de las piezas más logradas del conjunto. Amos canta desde registros más graves, menos cristalinos que en los noventa, pero quizá por eso mismo más humanos. Ya no busca la perfección expresiva; busca la verdad emocional.
El principal problema del álbum es, paradójicamente, el mismo que lo hace fascinante: su ambición desmedida. Con una duración generosa y una densidad conceptual constante, In Times of Dragons puede resultar agotador. Algunas letras subrayan, con acierto pero intensamente, sus intenciones políticas y el simbolismo termina rozando lo enfático. Pero incluso en esos momentos hay algo admirable en la negativa de Amos a simplificarse, a reducir su discurso a consignas fácilmente consumibles.
En tiempos donde gran parte del pop parece diseñado para desaparecer a la velocidad del algoritmo, Tori Amos insiste en construir obras incómodas, llenas de pliegues, contradicciones y zonas oscuras. Y quizá esa sea hoy una forma de radicalidad y belleza.
Tras cuatro adelantos, Claudia Zuazo se desmarca de sus proyectos grupales y profundiza en un sonido más melódico y reposado con “De Mí”, su primer LP. Con delicadeza e inspirada por el muro de sonido, la alicantina se nutre de una década pasada en la que Carole King, James Taylor y otros de su generación formaban escena, sin caer en la nostalgia o el tributo.
Claudia lleva 5 años trabajándolo lentamente en paralelo a Niña Polaca, Vez Era y Muro María y es ahora cuando, tras haberla podido madurar lo suficiente, presenta esta historia de amor y desamor narrada en 7 canciones e inspirada, además, por Neil Young, Mac Demarco y con guiños a Christina Rosenvinge.
“De Mí” es la forma más pura de la expresión musical de Claudia, con una fuerte carga instrumental sobre la que abundan cambios armónicos y donde la voz es el elemento vertebral. En ella busca hacer música lo más atemporal posible, con ese espíritu emocional de las canciones estadounidenses de los sesenta y setenta, pero con carácter actual.
Rescata el sonido de banda con tintes pop y folk con garra; primando las canciones con un desarrollo más largo y un ritmo más pausado frente a la inmediatez. Claudia lleva años trabajándolo lentamente en paralelo y es ahora cuando, tras haberla podido madurar lo suficiente, se embarca en su carrera en solitario.
“De Mí” es álbum autoproducido, grabado entre Madrid (Invernaderos con RUVENRUVEN) y Valencia (Millenia Estudios con Erick Marin del grupo Defensa Eslava) y mezclado y masterizado enteramente en los estudios de Álamo Shock (Guiem Rigo y Guillermo Mostaza). Un trabajo centrado en el relato cotidiano de las emociones de la artista en el contexto de una relación sentimental.
Inspirada en un ritmo pausado y detalles que podrían recordar a Mac Demarco, "Casiopea" es la canción que abre el LP y fue la última en componerse dentro del conjunto. Abre paso al resto a modo de portal, introduciendo un concepto presente en el resto del LP: “podré mover toda la oscuridad y hacerle un hueco a lo bueno que viene detrás”.
Le sigue “De Mí” junto a Anouck The Band, que parte de esa autoterapia post ruptura y diálogo interno que recoge el resto del trabajo y refleja contradicciones que se plantea Claudia durante el proceso. “La Línea” es el tercer corte, y fue el primer adelanto del disco. Cuenta la historia en primera persona de un desamor y la frustración ante sentimientos encontrados hacia esa persona que ya no está. Tras ella, “Mejor” continúa la narrativa, siendo la canción con más cambios o más “compleja” de las que forman “De Mí” y abanderando el claro hilo conductor de todo el disco: el duelo y la aceptación.
Con tono optimista, pero manteniendo las dudas con las que comenzó el viaje, “Christina” presenta la segunda mitad del álbum. Una canción que parte de un punto diferente en la relación de los protagonistas pues se compuso un momento dulce y siempre sorprendente de la relación que conecta el LP. En su letra hace referencia a los cinco años de relación que se han recorrido con la persona a la que Claudia le canta durante todo el álbum y representa muy bien el proceso mental que le representa a la alicantina: la duda, el querer respuestas pero no estar segura, a su vez, de quererlas… El lanzarse a la piscina una vez más, no queriendo ponerle nombre o etiqueta a esa relación por la que estoy siempre dispuesta a luchar. Musicalmente, bebe directamente del disco “La Joven Dolores” de Christina Rosenvinge, gran inspiración para Claudia, y del universo sonoro de bandas como Big Thief.
Ya en la recta final, “Ahora que estás” da un giro de 180 grados, la perspectiva cambia y es su pareja quien le dedica la canción y le hace mirar hacia el futuro tras haber superado los obstáculos conocidos en las canciones previas. Por primera vez, el autor de la letra es Carlos M. Negrete, guitarra solista de su banda en directo y pareja de Claudia, que recita sus palabras. La canción rompe con el folk pop conocido desde sus sintetizadores del minuto uno y apuesta por una estética algo más futurista y misteriosa. Y cierra el álbum “Yo solo miento”, la menos vestida del conjunto. Una canción que toma inspiración del “Harvest Moon”, de Neil Young. Sigue la narrativa de todo el disco, esta vez desde la derrota y la incapacidad de no saber qué hacer. También es algo sarcástica y paradójicamente fue la primera compuesta, allá por 2021, más de un año antes que las demás.