Barcelona, Sala Paral-lel 62. 28 de marzo del 2025 y Teatro Coliseum, Madrid. 31 de marzo del 2025.
Por: Álex Fraile y Àlex Guimerà.
A mediados de noviembre, Houston Party lanzaba la bomba. Sin preaviso. Sin apenas tiempo de reacción. “Ryan Adams y su Heartbreaker’ 25 World Tour, a finales de marzo en Barcelona, A Coruña y Madrid”. Por fin, un promotor con cabeza apostaba por traer de gira por España a uno de los genios de la "americana". No sería necesario hacer las maletas e ir al extranjero cono no tuvimos más remedio que hacer en octubre, en el marco de su gira Solo 2024. Bueno, lo de hacer las maletas estaría por ver. Quedaba lo más difícil. Conseguir una de las codiciadas entradas. Tirando de preventa, de ahorros y haciendo gala de una absoluta falta de sentido común compramos un par de billetes. Uno para Barcelona y otro para Madrid. ¿Vicio? ¿Nostalgia por viajar?
No parece demasiado sensato ver al mismo artista, en dos ciudades distintas, con apenas un par de días de diferencia. Cierto es que ningún concierto de Ryan Adams resulta igual, ni tan siquiera parecido. De poco importa – más con el formato de esta gira de aniversario – que se repitan algunas canciones. Ryan Adams lleva tiempo empeñado en convertirse en una suerte de Dylan. Encadenando giras, reconstruyendo y moldeando sus propias canciones. Siempre de forma honesta, sin renunciar a su excelsa y prolífica hoja de ruta. Bajo estas premisas no quedaba otra que encomendarse al enfant terrible del rock americano para – tal como rezaba el comunicado de la gira – pasar “una tarde con Ryan Adams celebrando el 25º aniversario de Heartbreaker”.
De un tiempo a esta parte, acudir a un concierto de Ryan Adams resulta agotador y placentero por igual. Como si se tratase de una sesión de terapia, Ryan se acomoda en su particular diván para abrirse en canal y compartir sus filias y fobias con un público que no sabe si ejerce de terapeuta o de paciente. Por momentos, parece que él es el que necesita hablar sin corsé o cantar a corazón abierto. De repente, y de manera sutil, el espectador se convierte en paciente. Intentando encontrar sentido a un sinfín de sentimientos: alegría, tristeza, perplejidad, compasión, vergüenza, amor, miedo, tranquilidad… y ante todo empatía. Empatía ante un ser narcisista pero vulnerable como pocos. Un artista inescrutable que goza y sufre sin disimulos ante teatros repletos de fervientes devotos.
“Esta gira está acabando conmigo”. “Voy a morir solo”. “No creo en el amor”. “Tengo cincuenta años, todo me da igual”. “Echo muchísimo de menos a mi hermano”.” He probado todo tipo de drogas”. “De poco importa que sea yo él que esté encima del escenario, todos somos uno”. Estas y muchas otras frases salieron sin titubeo de la boca de Ryan. Un artista dispuesto a abrirse en canal cada noche sabedor que domina la escena como pocos. Tan pronto encuentra refugio abrazando sus distintas guitarras o junto al piano como de repente pasea despreocupado por el escenario o se sienta a pie del público simplemente para dejar pasar un minuto y disfrutar del momento e incluso contempla feliz una petición de mano. Todo ello sin dejar de ser él mismo. “Por favor, no hagáis fotos. Me molesta mucho el reflejo”. La paciencia de Ryan fluctúa de forma imprevisible y uno asiste a sus conciertos vigilante, envuelto en una calma tensa. Consciente de que todo puede explosionar en cualquier instante. Pocos espectáculos exigen tanto a ambas partes. A fin de cuentas, acudir a su encuentro representa un acto de fe. El espectador controla lo controlable, aunque tal como señaló en Madrid basta con seguir sus consejos: “Por favor confiad en mí, tengo preparado un espectáculo que os va encantar”. Mejor no tentar a la suerte y dejarse de llevar por la magia. Una magia que rebosa cada vez que deja de actuar – imposible distinguir la realidad de la ficción – y se limita a cantar. En ocasiones desespera, incluso desquicia, pero basta confiar en él y esperar que, con ese gesto suyo tan característico, atrape las musas con su mano para situarla en el corazón de todo aquel que se preste a escucharle.
El efecto es lisérgico, irresistible, adictivo. Una pena que de tanto en tanto interrumpiese sus propios temas o no dejase correr la inspiración de seguido, dedicándose a interactuar con el público. Casi siempre con una sonrisa picarona o con buen humor. No es poca cosa. Si bien acaba de cumplir los cincuenta, aparece sobre las tablas ataviado como un escritor de corte clásico o quizás un psicólogo conductista a punto de jubilarse. Acompañado de un bastón, vestido con traje de tres piezas y portando una pajarita su presencia destaca bajo un decorado austero iluminado por unas tenues lámparas. La consulta del maestro Adams resulta acogedora. Unas cuantas guitarras, un piano de cola, y una batería jazzística dan sentido al espacio.
Tanto en Barcelona como en Madrid, la sesión siguió la estructura habitual durante esta gira europea. Ya lo dijo nada más empezar su concierto en la Ciudad Condal. “En esta primera parte, voy tocar todo el Heartbreaker”. Un disco grabado con apenas veinticinco años en Nashville – con la ayuda de la pareja de moda hoy en día de la americana: David Rawlings y Gillian Welch – y que se convirtió en su primera aventura en solitario tras Whiskeytown. Un álbum excelso, una oda a la tristeza y al desamor que supuso su salvavidas y el trampolín para su carrera. Un Adams que, cuarto de siglo después, sigue sorprendido al comprobar noche tras noche que ese trabajo guste tanto al público. ¿Ingenuidad? ¿Falsa modestia? Posiblemente, ni una cosa ni la otra. El disco destila honestidad e irradia belleza. Una belleza que desafía el paso del tiempo y que en vivo resulta cristalina.
La primera parte de estos dos conciertos consistió en una relectura deconstruida del álbum. Arrancó con "To Be Young (Is to Be Sad, Is to Be High)" que en directo se desprende de ese toque dylaniano para sonar más bluesy y cruda que nunca. Tras escuchar "My Winding Wheel" y "Amy" da la sensación de que todo va en orden, siguiendo las pautas del disco. Nada más lejos de la realidad. Adams no entiende de reglas y después de la vibrante "Shakedown on 9th Street" ya no caben dudas. Los temas cobran forman a su antojo destacando sus sentidas interpretaciones de "Oh My Sweet Carolina" – dedicada a su añorado hermano Chris – y la estremecedora "In My Time of Need" al piano acompañado de su técnico preferido a la batería. Se detiene el tiempo y nada más parece existir. En eso consiste la vida, en disfrutar el momento. A ciencia cierta que cuando canta Adams todo resulta posible.
Ryan Adams alterna las guitarras acústicas, buscando el acorde preciso e incluso en "Bartering Lines" se electrifica invitando a parte de su equipo al escenario para que le acompañe a la batería y al bajo e improvisar al más puro estilo Neil Young. Aunque en ocasiones divague más de la cuenta, domina los tempos a la perfección. En Madrid incluso ejerció de casamentero e invitó al escenario a una pareja mientras les regalaba una versión de "To Be the One" que difícilmente olvidarán. La primera parte del show finalizó en Barcelona con una emotiva "Why Do They Leave?" mientras que en Madrid reinó la improvisación transformando un piropo en una canción sobre la marcha. Una vez más Ryan demostró que se rige por sus propias reglas.
A diferencia de la anterior gira en solitario, en esta ocasión se toma un respiro para descansar y de paso para que el público – cada cual a su manera – asimile lo vivido. Se encienden las luces de la sala y por arte de magia suena la voz descarnada de Jimmy Reed. ¿Casualidad o querencia por el blues?
A tenor por el inicio de la segunda parte de su concierto madrileño, Adams no entiende de suertes. Al regresar a las tablas regaló una de las gemas de la noche, el "Shame, Shame, Shame" del mismísimo Reed. En este bloque la única regla “escrita” es que finalizaría por el principio, rescatando esa oda atemporal que ya es"‘Come Pick Me Up".
Algunos – sobre todo en Barcelona – pecaron de ingenuos porque a pesar de las promesas casi siempre hace lo correcto. Lo que le da la realísima gana. La democracia está sobrevalorada. Sentarse frente a Adams debería ser un ejercicio de fe. Lo sensato sería liberarse de deseos personales y esperar que atrape la musa. A fin de cuentas, como dicen los puristas: “Lo que tendrá que ser, será”.
Las segundas partes estos conciertos permitieron comprobar las muchas caras de un artista sin límites. Tan pronto resulta capaz de rescatar perlas como "Gimme Something Good" o de echar mano de "Gold", otro de sus discos referenciales. Especial mención a dos joyas como "Nobody’s Girl" y "New York, New York" que tocó en Barcelona y Madrid respectivamente. Otra de las obsesiones de Adams es la de versionar a sus artistas preferidos. Sus gustos resultan inabarcables, aunque en esta ocasión se decantó por interpretar clásicos de The Miracles, del mencionado Reed, de la Velvet o de Dylan. Sin duda uno de los momentos de su concierto en el teatro Coliseum de Madrid fue esa escalofriante versión al piano del "Not Dark Yet" de su idolatrado Bob.
Así entre peticiones – admitidas y desestimadas – transcurrieron dos noches conceptualmente iguales pero distintas. ¿Acaso existen noches similares? ¿Puede cantar una mariposa? Pues eso, existen preguntas que no merecen respuesta. De nada sirve buscar sentido a su obra. A la postre, como dijo la revista Pitchfork a propósito del Heartbreaker: “No es música para descifrar. Es música para sentir”. Sintiendo y escuchando ‘Come Pick Me Up’ finalizaron estas dos sesiones introspectivas que no dejaron indiferentes a nadie.
Cada cual tendrá su propia vara de medir, pero no todos los días se puede convivir sin máscaras con un artista excesivo y único como Adams. Para lo bueno y para lo malo.