Por: Javier Capapé.
Hace algún tiempo que había dejado de esperar un disco de Lori Meyers. Instalados en su particular “Neverending Tour” los de Loja no parecían muy activos en cuanto a nuevas canciones se refería. Tras “Espacios Infinitos” tan solo nos habían regalado alguna colaboración y un villancico caprichoso. Pero el pasado abril se encendieron las alarmas con un single de portada minimalista y colorida junto a las coordenadas clásicas del trío. “En lo total” se presentó como el primer adelanto de su próximo álbum y, tras medio año de espera, aquí tenemos “Disonancia”, un disco rodeado de misterio, pues la información nos ha llegado esparcida y con cuentagotas, pero que definitivamente nos devuelve a unos Lori Meyers con muchas ganas de recorrer sus pasos primigenios. Hay menos experimentos en sus diez nuevas canciones que, a decir verdad, nos saben a poco después de tanta espera, pero solo por su carácter reconocible y festivo consiguen embaucarnos y sacarnos de nuevo un guiño de aprobación.
Su octavo disco se parece mucho más al primero que al último de los granadinos. Y no es por nostalgia sino por impulso. Así les han nacido estas canciones que tienen mucho de golpe directo, obedeciendo a lo que les pedía el cuerpo más que a ninguna estrategia o postureo comercial. Los Lori Meyers tienen mucha carretera y no necesitan nada de eso, tan solo estímulo y esencia. Y eso es precisamente “Disonancia”. Nada nuevo y todo al mismo tiempo.
Empiezan fuerte con “Dictadura”, una de sus canciones prototípicas con una estrofa contundente y un estribillo colorido y pop. Escuchamos de nuevo a Noni y se nos ilumina el rostro, igual que consiguen iluminar la escena sus canciones más frescas como ésta, que se queda con lo justo y necesario, aunque su mensaje sea muy contundente. Un gran arranque. Conciso, sólido y muy reconocible. Justo en la línea que seguirá el resto del disco, sin apenas desviarse de sus formas pop lo-fi que, en este caso, hacen que el sonido de la guitarra esté cerca de quebrarse en su solo. “Tus amigos” se lanzó como tercer single antes del lanzamiento definitivo del disco. Más ligera o con más aire, dejando espacio para unas percusiones sugerentes e imponiéndose esas melodías patrias de los sesenta que manejan muy bien, aunque algo más contenida y sin ese punch festivalero que les caracteriza.
Le dan garra a una descarada “Malafollá”, que es incisiva, pero se queda solo en un calentón, mientras que en “Qué más da”, un Noni más comedido y melódico le confiere un gusto elegante, donde el golpe del bajo y los colchones de teclados se llevan parte del mérito también. Es cierto que se manejan mejor en estas coordenadas más comedidas que con el descaro de otras ocasiones. Buscan la sutileza dentro de las formas pop, pero se agradece en un grupo que siempre se ha caracterizado más por su desenfado. En esto han tenido parte de culpa las líneas de bajo de Miguel de Lucas. Por momentos parece que estemos más bien en un disco de Rufus T. Firefly que en uno de Lori Meyers, pero esto suma siempre. Valor añadido. “Destino” vuelve a tener esa línea de groove que arrastra, pero acompañada de un riff de teclado a cargo de Álex Fernández más juguetón, junto a algo de rabia y distorsión en el estribillo. No sabría decir si es madurez o solo afán melódico, pero Noni se esfuerza claramente en sonar con más cuerpo y hondura, aún cuando sube la intensidad. Eso sí, esta vez Alejandro Méndez, que tenía ese papel más contenido en otros álbumes, no asume las riendas de la voz en ningún tema. Justo al final de “Destino”, las guitarras desbocadas y la repetición del coro (“no sé qué pasa si me pierdes”) nos remiten a su cara más festivalera, pero sin perder esos tintes melódicos comentados.
“En lo total” fue la primera, pero quizá no la más acertada para presentar el disco. En ella usan hasta el vocoder, pero sus guitarras siguen siendo inconfundibles. Desde el puente mejora y el estribillo poco a poco nos va enganchando, aunque no nos aporte nada nuevo. Poco más que un gancho. Pero la segunda cara de este álbum remonta con “Desilusión” y su ritmo pregrabado ochentero. Puede llevarnos nuevamente hasta el combo de Víctor Cabezuelo y Julia Martín-Maestro, sobre todo en su solo final, buscando esa cara más espacial o misteriosa, aunque a los granadinos les vaya mejor tratar con las guitarras que con los sintes que sostienen su estribillo.
En la siguiente parada, “Hasta que llegaste”, vuelven sus guitarras características y nos enganchan con esa sonoridad limpia que va sumando contundencia, pero dejando espacio y midiendo las fuerzas. El estribillo es casi perfecto, en su reconocible estilo, que es ya patrimonio de nuestro pop del nuevo milenio, mientras las guitarras se van endureciendo y en su tercio final se desatan. Es quizá la más interesante por aportar algo sutilmente nuevo, pero sin perder el Norte. Puede que no encontremos qué es eso que nos parece novedoso. Tal vez esté en la producción de Ferran Gisbert, guitarrista y colaborador habitual de Alizzz, que ha compartido muchas horas de estudio con Alfredo, Alejandro y Noni en lo que ellos mismos llaman su particular “Hostal Pimodan”, pero ciertamente nos atrapa, casi como ocurre con “Diamante”, nuevamente con un pie en los ochenta por esa forma de manejar el ritmo. Sus guitarras quieren desafinarse o incomodar, pero llega el estribillo y todo se reconduce, hasta que su solo de sintetizador le da el toque sofisticado que necesitaba. Solo nos queda “Viejo amanecer” para terminar este viaje, que se nos ha hecho demasiado corto. Cierran algo más suaves, pero también progresivos, con los bajos, una vez más, bien marcados y unas líneas de guitarra quebradizas. Su estribillo tiene su marca reconocible por todos los poros, como para constatar que Lori Meyers no dejan de dar lo que se espera de ellos, aunque tal vez más psicodélicos. El final se convierte en catarsis, la canción se rompe y todo cambia (“sin ti me sobra tu manera de reír”) terminando arriba, con esa nostalgia positiva que les caracteriza. Sí, son Lori Meyers. No busquéis otra cosa. Pero nos gustan así. Más melódicos o más experimentales, pero siempre ellos. Y este “Disonancia” nos lo recuerda una vez más. Su tragicomedia de melodías alegres vuelve a seducirnos y el carácter de los granadinos no se quiebra, más bien se reafirma.
Son muchos años haciéndonos partícipes de sus historias, que, como en otras muchas ocasiones a lo largo de sus casi treinta años de carrera, nos hablan de rupturas y son antídoto y cura. Esta “Disonancia” no es una excepción, sino más bien una constatación de los hechos. Tenemos Lori Meyers para rato, así que aquellos que dudaban si serían capaces de volver a sus mejores momentos de inspiración pueden estar tranquilos. No hay más que dejarse caer por estas diez canciones para ver la luz, esa que sigue brillando camino del Albaicín.










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