Parque Enrique Tierno Galván, Madrid (Festival La Carbonería del Galván). Jueves, 2 de julio del 2026.
Texto: Guillermo García Domingo.
Fotografías: Carmen Valero y Marián Bujanda Bravo.
La primera vez que asistí a un concierto de Kiko Veneno fue en los años noventa durante la gira que protagonizaron el compositor, sevillano de adopción, catalán de cuna, como los abuelos de los Gipsy Kings que actuaron en la segunda parte, y Santiago Auserón/Juan Perro. En un pabellón de Coslada, la discreta asistencia no impidió que Kiko Veneno ofreciera un concierto inolvidable. Después de más de 30 años parece que nada ha cambiado. Desde aquel entonces Kiko Veneno ha cosechado muchas canciones extraordinarias a lo largo de varios álbumes de estudio, hasta el más reciente, “Hambre”. En unos meses saldrá a la luz el próximo disco. Kiko Veneno no ha dejado de buscar y caminar de forma independiente, haciendo gala de una coherencia basada en el gozo irrenunciable sobre el escenario, suscitado por un estado permanente de fiesta musical.
Dentro de la programación del festival de la Carbonería del Galván, en el parque vallecano dedicado a Tierno Galván, el alcalde filósofo, Veneno desplegó toda su filosofía existencial y musical con un repertorio ecléctico situado entre el glorioso pasado y el excitante futuro próximo, porque abordó cuatro temas que ya conocíamos por el concierto acústico que grabó en Sevilla, y que, según parece, están incluidos en el disco novedoso ya mencionado. Las canciones “Helicrisum”, “Precisamente” y “Olivia” encandilaron a los asistentes, y son prometedores anticipos de lo que vendrá en otoño.
Esta vez Kiko y los suyos actuaron con más contundencia eléctrica, sin perder un ápice de calidad, gracias al pulso de unos músicos sensacionales. Kiko ha encontrado a los perfectos acompañantes en Los notas del retumbe, banda formada por Wily Leal (voces y percusiones variadas), Anabel Pérez (a los teclados y los coros), Jimmy González (a la batería), Rafa García (a la percusión), José Torres (guitarra) y Alvaro Marabot (guitarra eléctrica), ambos son finísimos intérpretes de sus respectivos instrumentos de cuerda; y no podía faltar Juan Ramón Caramés (y el sostén de su bajo tan necesario en la fusión flamenca que ha asumido Kiko), el bajista es uno de los más fieles compañeros de Kiko desde la repercusión generada por “Échate un cantecito” (1992), un acontecimiento más importante que la Exposición Universal de Sevilla. Tanto es así que la vigencia de sus canciones no ha decaído como lo demuestra la acogida que cinco de las canciones de ese disco realizado en estado de gracia tuvieron entre el público el pasado jueves. ¡Y quién se acuerda, en cambio, de la Expo!
“Lobo López” llegó a la cita puntual, no hay mejor inicio, pese a que faltaba demasiada gente en el anfiteatro tan propicio de este parque, por culpa de la “cola” que se formó en la entrada del recinto debido a un acceso no del todo fluido. La energía magnética de Kiko veneno y Los notas del Retumbe, sin duda, atraían a los que llegaban con retraso hacia el escenario. No faltaron a la cita tampoco el himno de “Superhéroes de barrio”, “Te echo de menos”, y “En un mercedes blanco”, en una versión formidable, entre las mejores que hemos visto y oído en los últimos años, antecedida de una soleá a cargo de Willy Leal, que además actúa como director musical de la banda sobre el escenario. Incluso nos obsequió con “Joselito”, la penúltima, antes de que Kiko Veneno levantara hasta a los más renuentes en estos festivales asediados por la canícula veraniega con la universal “Volando voy”, de “La leyenda del tiempo” (1979). Si alguien merecía una rumba indeleble como ésta es Camarón de la Isla. Dos años antes, en 1977, Kiko se había reunido con los hermanos Amador, Raimundo y Rafael, este último recientemente fallecido, con el fin de grabar un disco de otro planeta, “Veneno”. Una de sus excéntricas canciones, “Los delincuentes” también formó parte del repertorio en el Tierno Galván. Del mismo modo que incluyeron otros “clásicos” de Kiko Veneno, que no deberían ser subestimados, la reciente “La higuera”, o la rumba extraordinaria de “Los tontos”, realizada junto a C. Tangana, el “Blues de Memphis” perteneciente a “Está muy bien eso del cariño”, un disco de 2001 que merecería un reconocimiento mayor del que recibe habitualmente.
La noche estaba dedicada sin ningún género de dudas al flamenco rumbero, que en Cataluña dispuso de uno de sus mejores focos de irradiación, de donde provienen los ascendientes de los “reyes gitanos”, exiliados después en el sur de Francia. Nicolas Reyes es uno de los componentes originarios del grupo que en los ochenta y noventa del siglo pasado hicieron bailar a aquella generación con la renovación de canciones ajenas que transformaron con un acierto incuestionable en rumbas irresistibles. Hermanos y primos se han disgregado en varias bandas que tienen como denominador común el mismo legado de los Gipsy Kings. La que actuó en Madrid estaba liderada por el citado Nicolas Reyes. Su voz carismática abordó varios de los grandes éxitos del grupo: “Bamboleo”, “A ti, a ti”, “Djobi, Djoba”, “Un amor”, defendida en solitario por el propio cantante, “Hotel California” (de los Eagles), “A tu vera”, “Bem, Bem, Maria” y la que sirvió como despedida, el clásico mediterráneo, “Volare”. Y es que aunque estábamos en el centro de la península, los Gipsy Kings (y Kiko Veneno) trajeron consigo la brisa y las notas musicales del Mediterráneo occidental. Al mayor de la saga Reyes le acompaña una banda portadora de una energía descomunal, que a buen seguro podría haber seguido sin detenerse toda la madrugada si no fuera por las obligaciones horarias del concierto. Cuatro guitarras españolas tocando “a rebato” que llegan a desdoblarse en nada menos que seis, en algunos momentos, arropadas por una batería de casi 360 grados, un bajista eficaz, y un percusionista versátil que también tocó el teclado cuando así lo demandaban la canciones. De entre todos los enérgicos y generosos intérpretes, sobresalió el talento del joven guitarrista Nino Baliardo Miguel, que nos dejó sin palabras con sus arpegios tan precisos, sobre todo en las canciones instrumentales que insertaron entre los mejores temas de su cancionero.
Hasta aquí la crónica de una noche doble y apoteósica de rumbas y guitarras desbocadas que recibió la debida respuesta de un público entregado al baile y a la alegría que esta música eterna provoca sin remisión desde hace varias décadas. Nunca dejaremos de pedir que pongan esa cinta otra vez, en una cara las canciones de Kiko y en la otra la de los Gipsy Kings. Cuando todo terminó, nos internamos satisfechos de madrugada en la ciudad con los “ojos brillantitos” por culpa de lo que habíamos presenciado.
















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