Eric Clapton: elegante grandeza atemporal
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*Palau Sant Jordi, Barcelona. Domingo, 10 de Mayo de 2026 *
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Tracey Thorn: "My Rock And Roll Friend"
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Nos quedan Paco Ibáñez y la palabra
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Eric Clapton en 10 discos
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Palau Sant Jordi, Barcelona. Domingo, 10 de Mayo de 2026
Texto y fotografías: Àlex Guimerà.
No era fácil competir contra el Clásico del fútbol español y un nuevo título de Liga para el Barça en Barcelona. Pero, de hecho, las entradas se habían vendido a un ritmo bastante rápido desde hacía meses, a un precio medio de 120 euros, y la expectación de ver el regreso a la ciudad de “Mano Lenta” después de más de 22 años era máxima. Aunque la llegada del rockero vino precedida por su “accidentado” paso por Madrid en el que por culpa de un insensato que le lanzó un vinilo desde el público el concierto terminó sin bises.
Como preámbulo del evento, el galés Andy Fairweather-Low & The Lowriders, que incluía un contrabajo y una sección de viento, nos ofreció una espera amenizada por un breve set blues soul que incluyó algunas versiones como “Peter Gunn” de Henry Manchini junto a temas propios del músico, como la fabulosa “Hymn 4 My Soul”.
Y pocos segundos antes de tocar las 21 h en los relojes, salió humildemente al escenario el guitar hero acompañado de una súper banda formada por Doyle Bramhall (guitarra), Nathan East (bajo), Sonny Emory (batería), Chris Stainton (teclados), Tim Carmon (órgano Hammond) y Sharon White y Katie Kisson (coros). Con tal formación la cosa no podía ir mal, lo que comprobamos pronto al escuchar la entrada con una pieza de Cream, “Badge”, que no es para mí la mas representativa de la época de la súper banda – sí lo serían otras como “Sunshine Of Your Love”, “Strange Brew” o “I Feel Free”- , pero que fue escrita por el propio Clapton junto a su amigo George Harrison.
Acto seguido “Slowhand” abordó los tremendos acordes Blues de “Key To The Highway”, a la que la siguió la majestuosa “I’ m Your Hochie Coochie Man”, del gran Willie Dixon, transportándonos a un garito cualquiera de Chicago. Y es que el concierto, en momentos, logró crear el clima de los bolos íntimos en sala, haciéndonos olvidar que nos encontrábamos en un Palau Sant Jordi junto a miles de personas. El set eléctrico lo acabó a modo de reggae con esa “I Shot The Sheriff” de Bob Marley que el inglés gravó en 1974 en Miami para su disco “461 Ocean Boulevard”.
La parte acústica arrancó del mejor modo imposible, con Clapton sentado solo con la guitarra y sin acompañamiento de la banda para demostrarnos que el Blues no necesita de grandes parafernalias y con una guitarra, la habilidad del fingerpicking y el espíritu adecuado, se puede llegar a su esencia. Cómo no, la pieza elegida fue del mito Robert Johnson, “Kind Hearted Woman Blues”. La siguió, esta vez junto a la banda, con otra versión clásica (en este caso de Jimi Coxy popularizada por Bessie Smith) como es “Nobody Knows You When You're Down and Out” y que se incluyó en “Layla and Other Assorted Love Songs”, de Dereck and The Dominos. La canción que titula ese álbum también apareció en este set, muy romántica, etérea y algo lánguida, pero bonita y melancólica a la vez. Fue uno de los momentos mas aclamados por el público, pues “Layla” es una de sus piezas más icónicas. Recordemos que Eric la compuso en 1970 pensando en la esposa de su íntimo amigo George Harrison, Patti Boyd, de quien estaba perdidamente enamorado.
La pincelada country llegó con la balada “Golden Ring”, del álbum “Recless” de 1978, con los teclados haciendo las veces de acordeón. Y el momento esperado llegó con el fervor del público con una de las más bellas canciones jamás compuestas, aunque surgida del dolor y la desgracia. Hablamos de “Tears In Heaven”, publicada como BSO pero popularizada con el álbum “Unplugged”. Aunque a decir verdad llegó algo descafeinada debido a las limitaciones vocales del músico, quien en los tonos altos y potentes lució bastante bien pero en los bajos y cálidos no acabó de funcionar.
Para la recta final, de nuevo Clapton abordando su Stratocaster para lucirse a lo máximo con el Blues. Fue en esta fase cuando pudimos gozar de su destreza a las seis cuerdas y el porqué a principios de los sesenta apareció esa pintada en Londres de “Clapton is God”. En esa fase sus músicos también se lucieron de lo lindo en largos solos de teclados, guitarra, batería e incluso bajo. Era la fiesta Blues que habíamos venido a disfrutar, con el fondo de muro de ladrillos, con un aroma musical humeante y nocturno, al son de otras piezas de Mr. Johnson (“Cross Road Blues” y “Little Queen Of Spades”) pintadas por uno de los reyes del blues blanco. Finalmente “Cocaine” de su amigo JJ Cale puso el colofón con todo el público ya del todo entregado a la causa.
Afortunadamente la banda pudo marcharse sin ningún percance por lo que volvió de nuevo con fuerza con “Before You Acuse Me” de Bo Diddley, cerrando un directo que apenas alcanzó la hora y media de duración pero que nos dejó un gran sabor de boca por haber gozado de uno de los grandes rockeros de todos los tiempos, quien a pesar de no tener que demostrar nada a sus 81 años, sigue dando muestras de grandeza y elegancia.
El coqueto condado de Norfolk, situado en la zona este del Reino Unido, dio cobijo como ocasional retiro vacacional a una Agatha Christie, condición curiosamente compartida con Arthur Conan Doyle, que durante mediados del siglo pasado estaba trazando lo que iba a ser la historia más ilustre de la novela detectivesca. Alojada en la mansión propiedad de unos jóvenes amigos médicos, y bajo su docta instrucción respecto a venenos y otras pócimas nocivas, el bucólico contexto de playas edénicas y vetustas calles ejercían como impasibles observadores en el nacimiento de truculentos argumentos. Muchas décadas después, el mismo paraje oficia también de impasible figurante respecto a la existencia de una banda, Brown Horse, “culpable” de haber firmado un estremecedor álbum, “Total Dive”, alimentado de un turbio espíritu delineado, y pese a a su procedencia inglesa, por el rock americano. De nuevo, aquellos parajes que arrullaron a la “dama del misterio”, hoy vuelven a ser el escenario para una colección de cadáveres anímicos.
Ser conscientes -y estar decididos a exprimirlo- del buen momento por el que transita una banda deriva de forma natural en la fecundidad creativa, un hecho avalada por la trayectoria de este cuarteto, que ha transformado sus tres años de biografía discográfica en la publicación del mismo número de trabajos, cifras que representan, sin ningún riesgo de equívoco en el diagnóstico, una evidente ebullición artística. Estajanovismo compositivo que, pese a la poca distancia temporal entre sus alumbramientos, es capaz de delatar una evolución que concierne, sobre todo, a este recién editado material, que hace de su manto crepuscular y herido un rasgo por un lado distintivo y por otro el matiz protagonista que parecía estar demandando su obra para alcanzar la excelencia. A pesar de que sus ritmos, enclavados en un imaginario clásico fortificado entre rasgos eléctricos, siempre se han enfrentado a ese suspiro trágico, al que lograban extirpar alguna media aparición luminosas, su producción más reciente capitula frente a cualquier escape optimista para dejarse embriagar por las sombras. Haciendo alusión a su título, más que una total inmersión, estamos ante un absoluto descenso hacia el ocaso, derrumbe que paradójicamente se yergue monumental en su aspiración musical.
Lejos de ese déficit colectivo que define la condición de muchas bandas, convertidas en una reunión de músicos entornos a la batuta rectora empuñada por un líder, Brown Horse encarna la opción opuesta y más ligada a la esencia de un concepto comunitario, siendo la rúbrica de los temas prácticamente un ejercicio desarrollado de forma alícuota por sus integrantes, del mismo modo que su estructura vocal no se puede entender sin el juego de tonalidades que representan Patrick Turner y el contrapunto femenino asumido por la colaboración de Neve Cariad. Ambos, desde diferentes coordenadas pero confluyentes en su ánimo, enuncian un repertorio que oficia de hogar para zorros muertos en la cuneta, solitarias máquinas expendedoras de alivio rápido o áreas de descanso que más bien parecen paradas de corazones vacíos. Presencias observadas por los focos de un automóvil que, en su ruta noctámbula, orienta sus pupilas metálicas hacia una pasarela de almas errantes. Un contexto, por supuesto enhebrado principalmente por el ámbito musical, pero que significa también la “internacionalización” del gótico sureño, convirtiendo el bucólico paisaje originario de la banda en tierra fecunda para la narrativa de Carson McCullers o Donald Ray Pollock. Escritura que recoge a su manera igualmente los fogonazos en blanco y negro emitidos por las instantáneas de Walker Evans o Dorothea Lange. Una demostración palmaria de que hay una población de espectros vivientes que se comunica con los diversos dialectos pertenecientes a un mismo lenguaje estepario.
“Total Dive” funciona como un dolorido relato en clave de rock dividido en capítulos transmisores de diversas temperaturas dramáticas. Tonalidades de incertidumbre inauguradas por la explosión de violencia contenida en “Sorrow Reigns”, que comparte su interpretación de afligida delicadeza con el quebrado llanto de unas rudas guitarras custodiadas por Jason Molina -uno de los puntales sobre los que se inspira el álbum- pero también por la virulencia de Come. Agitación eléctrica que implora clemencia, servida por otro de los estandartes de este repertorio como es Neil Young o el remanso desgarrador que caracteriza a Silver Jews, en “Comeback Loading”, una polaroid enmohecida por un paso del tiempo del que es imposible borrar la sombra del dolor. Un manto de incomodidad emocional que se transforma en la funerario nostalgia recitada en "Heart Of The Country", donde esos poemas guardados en una bandeja de galletas a los que se alude han fermentado hasta el punto de presentarse como un fantasma de andares tan inquietantes como majestuosos.
Teniendo a las guitarras, y sus amplificadores en forma de eco crepuscular, como prioritaria tutela instrumental, hay detalles que completan y aumentan la cavernosa profundidad de este paisaje, una labor adjudicada a unos teclados que, desde su aprente papel secundario, en “Wreck” o “Heavy” se desplazan bajo una insinuante fatalidad. Detalles que se suman a los momentos donde esa raíz country, que brota eludiendo la tierra más yerma y árida, aflora en “Twisters”, bajo el amparo tendido por bandas que van de Uncle Tupelo a Drive-By Truckers, o en un tema homónimo, donde se puede sumar a la ecuación incluso Lucero, que ejerce como panorámica de una fotografía de desheredados y vagabundos no necesariamente carentes de domicilio fijo. Una desdichado corte que invoca como única fuerza motriz la asepsia emocional, asumiendo la derrotista sentencia de donde no hay sentimientos es más difícil que crezca el dolor.
Brown Horse, con este disco, se sitúa en ese paraíso de exiliados que ponen sus artes creativas al servicio del lamento más profundo. La banda británica ha convertido la notable expresividad demostrada en pretéritas grabaciones en un monumento tallado sobre negro, un homenaje a los caídos cotidianas, a esos antihéroes que, paradójicamente, han alimentado infinidad de composiciones en la historia del rock, pero de las que solo unas pocas, como las integradas en este álbum, son capaces de bautizar al oyente como protagonista de esta legión de caminantes al filo del derrumbe, porque probablemente, cada cual a su manera, todos pertenecemos a ella.
Sala El Sol, Madrid y Rock & Blues, Zaragoza. Miércoles y jueves, 6 y 7 de mayo de 2026.
Texto y fotografías: Guillermo García Domingo y Javier Capapé.
Dentro de la minigira de siete fechas que está realizando en España el músico escocés Calum Beattie, su propuesta recaló en la sala El Sol de Madrid, así como en la incombustible Rock & Blues de Zaragoza, con una banda reducida, aunque sumamente capacitada, formada únicamente por un teclista y un batería. El telón de terciopelo rojo de la histórica sala El Sol, abierta desde 1979, arropó de la mejor manera posible al joven cantante y compositor, a pesar de contar con un público no demasiado numeroso. Por mucho que la ciudad madrileña apueste por conciertos masivos, y a nuestro juicio grandilocuentes, no hay nada como disfrutar de un concierto íntimo brindado por un artista auténtico. En Zaragoza el concepto fue el mismo, aunque nuestra sorpresa fue ver que la sala reunió a bastantes más seguidores del escocés, que no tuvieron reparo en corear muchas de sus potentes canciones.
La voz poderosísima de Callum está hecha para locales así, a los que está acostumbrado, pese a su juventud, ya que conoce el calor de los pubs y los pequeños recintos (como confesó en una reciente entrevista que concedió a nuestra revista), y se sintió como en casa en España, aunque aquí todavía no goce del éxito y reconocimiento que ya ha alcanzado en UK. Será cuestión de tiempo que ocurra en nuestro país si sigue entregando discos como “INDI”, publicado recientemente.
En los conciertos que presenciamos, más de la mitad de las canciones interpretadas pertenecían a este brillante disco, aunque el anterior, “Vandals”, tuvo similar protagonismo. Aunque esté mal comparar, la tremenda voz de Beattie recuerda a Bryan Adams, y también detenta esa fuerza creíble de Springsteen, pero es más versátil que la del estadounidense. Merece la pena, de veras, escucharla en vivo.
El trío parecía una legión de músicos con la irrupción de los primeros temas, exudando energía por todos los lados. Ayudaron las potentes programaciones que lanzaba el teclista Gus Harrower, que también destacó por sus enérgicos coros. “Two pretenders” abrió cada una de las noches, seguida de “War on the Streets” (con cierto aire a The Jam), “Let Me Fall” (más acelerada que en el estudio y el primero de los temas pensados para estadios que nos regaló) y “Pins and Needles”, himno convincente como esos que nos suelen ofrecer algunas bandas británicas. Algunos problemas técnicos con la guitarra de Callum permitieron que en Zaragoza escucháramos “Always Rains In Glasgow”, que brilló en su sentida interpretación a piano y voz. Sin embargo éste fue uno de los pocos momentos que bajaron la intensidad, ya que el resto de los shows se movieron con mucha más energía, apoyados en las programaciones mencionadas y el pulso de la batería de Nair Milne, al que Callum se refirió como el mayor fan de Ringo Starr.
“Eyes of you”, con sus tintes más pop aunque sin perder su rugido bronco, o “Fireproof”, una canción con arreglos orquestales en su versión de estudio, y quizá la más cercana a Springsteen en actitud, resultaron igual de excitantes, en contra de lo previsto, con versiones diferentes adaptadas a las circunstancias. “25 seconds” es un formidable tema rockero, que merece una mención aparte, aunque no dispusiera de las ráfagas de la guitarra eléctrica, porque Callum no se deshizo de la acústica en ningún momento del concierto. Concretamente fue en esta canción en la que quiso mencionar la historia detrás de Laura, la promotora que se empeñó con todo su esfuerzo en traerle de gira a España después de verlo en su Escocia natal.
La voz de Callum, en lugar de amilanarse se empoderó todavía más en la segunda parte de sus conciertos. “Sound of Sirens” (él mismo dijo que es lo más cerca que ha llegado a estar de Fleetwood Mac) o “Daddy's Eyes”, siguieron en la buena estela de las anteriores. “Red” una de nuestras favoritas del escocés, no decepcionó en el concierto. Es un medio tiempo, para el que Callum adoptó el estilo de Richard Hawley dejando de lado las bases programadas y yendo a la esencia. En ella, el baterista Nair Milne, tan joven y talentoso como el cantante, estuvo espléndido, emulando la cadencia militar de algunos temas de U2.
Sentimos que Beattie estaba realmente cómodo sobre las tablas cuando en Zaragoza se atrevió a interpretar “You Got It” de Roy Orbison y, a decir verdad, le sentó como un guante, desatando a la vez la interacción más cercana con su público. La balada “Something in My Eye” fue otro de los momentos destacables de ambas veladas, haciendo referencia a las campañas que emprendió en su país recaudando fondos para obras benéficas que dan sentido a su composición.00
El final del concierto lo protagonizaron “Salamander Street” y la energética, con apariencia de bis (tras la foto de marras para subir a las redes), “Heart Stops Beating”. Tras ella irrumpió una grata sorpresa para el público de Madrid, la canción folk “Caledonia”, que Callum Beattie hizo suya de forma inolvidable para regocijo del público escocés que, junto con el autóctono, disfrutó del concierto por igual. De hecho, el propio Callum la ofreció como un presente desde las bellísimas Tierras Altas escocesas. El contrapunto de “Caledonia” fue “Vandals”, canción con la que se despidió en ambos conciertos, idónea para terminar por todo lo alto.
¡Qué gran descubrimiento ha supuesto Callum Beattie en las últimas semanas! Y auguramos que dará mucho que hablar en los próximos meses y años. La culpa la tiene su padre, según nos contó. Se crió con él, y se pasaban las noches escuchando música de la buena. Aquellos momentos de relación paterno filial han dado sus frutos y han convertido a Callum Beattie en nuestro último flechazo. Hemos sido testigos, antes de que su fama crezca por estos lares (deseamos que así sea), de la versión más cercana del músico escocés. Ha sido un privilegio verle en las distancias cortas que nos ofrecen estas salas, algo que en su país ya es imposible (el pasado mes de noviembre llenó el enorme OVO Hydro en Glasgow) debido al incontenible crecimiento de su popularidad en las Islas Británicas. Ojalá podamos seguir viendo crecer su estela desde la más absoluta independencia adquirida con este “INDI” que servía de excusa para su gira española. Un disco tan impulsivo como adictivo que en directo nos reveló a la joven alternativa del pop-rock vibrante cargado de alma.
Todos sabemos que gran parte de las canciones de Vetusta Morla salen de la mente de Guille Galván. Ávido buscador de la lírica precisa, la más sugerente y acertada, junto a un gusto exquisito por la melodía, algo que se pone abiertamente de manifiesto desde el primer estribillo de su debut en solitario. “Nadie con ese nombre vive aquí” es la colección de canciones que firma bajo su propio nombre el madrileño, once dardos desprovistos de artificios innecesarios en los que se impone la crudeza junto a la pasión desmedida. Todo ello junto a una interpretación directa, sin excesos, y llena de matices, aunque lo que predomine sea la pureza de la guitarra y la voz, la base desde la que construir nuevas historias que revelan emociones que no saben de límites ni barreras. Podemos vislumbrar el aire introspectivo desde el primer momento, cuando al escuchar “La Botella” le descubrimos cercano a los tintes de “Nebraska”, cual trovador buscando su sitio con pocos adornos más que las seis cuerdas y una armónica que aporta justo lo necesario para acercarlo al Springsteen más auténtico. Algo escorada hacia el pop está “Los Motivos”, aunque sin perder el dominio de lo acústico, pero con más ritmo. Echamos en falta un mayor torrente vocal, pues Galván por momentos se nos muestra apagado, aunque tal vez nuestro error esté en querer encontrar a Pucho en estas canciones. Si dejamos estas ideas a un lado, definitivamente encontramos a un intérprete nuevo, con su carisma y personalidad propias. Más bronco o discreto, pero con suficiente gancho.
La carretera se vislumbra tras ese intenso riff acústico en “No me dejes quieto”. Una canción en movimiento (así lo expresa su letra) con una progresión ascendente y unas programaciones que se desbordan en el puente llegando a deconstruirla (parece que pudiéramos estar ante las producciones de blues-rock industrial de Ben Hillier). El camino como fórmula para librarnos del miedo. El movimiento como antídoto. Seguidamente, su voz se percibe mucho más cómoda en “Justo en el medio”, con una lírica de las que nos aprietan el pecho, tan características en su carrera como hábil compositor. Encontramos cada verso más inspirado que el anterior, destilando magia entre los arreglos de órgano, el bajo contundente y las cuerdas eléctricas.
“Pulso y belleza” busca esa belleza que sugiere su título desde la posición del cantautor, pero con arreglos programados que le alejan de su vena más clásica. En su estribillo se desnuda y muestra sus cartas boca arriba logrando conmovernos, aunque sus estrofas arrastradas puedan sonar por momentos incómodas o demasiado exigentes para el más purista, al igual que ocurre con ese desarrollo instrumental dominado por las cuerdas en su tramo final. En el extremo contrario, aunque sin salirse de los cauces generales de la colección, se encuentra “En qué momento dudé de ti” recurriendo a lo más básico. El que fuera adelanto del proyecto más personal de Galván se desviste por completo para entregarse cual trovador susurrante al oído a sus confidentes. Una canción que funciona como confesión desgarrada que necesita de lo mínimo para emocionarnos. Le sigue “Un Coche ardiendo”, con sutiles arreglos de piano que le dan un aire que puede separarla un poco del resto, pero no deja de mandar la acústica por encima de todo. Si tuviera que hacer un paralelismo con un músico de mi tierra lo emparentaría con Javier Almazán, alias Copiloto. Estas canciones tan desnudas me recuerdan a su último disco más introspectivo, “interior noche”. La verdad es que se respira una conexión liviana, pero muy interesante, como si les hubiese movido el mismo sentir para llegar a estas canciones.
“Huellas en el aire” es algo más ligera y juguetona, con algo más de ritmo, conduciéndonos a la más delicada “Túnel de la M-30”. Su lírica es nuevamente deslumbrante (“el tiempo es un ladrón con la cartera abierta”), y en ella se nota más que en ninguna otra que Galván lleva buena parte de la composición de Vetusta Morla. De hecho, esta canción podría encajar en uno de sus discos a la perfección, aunque nos falta Pucho. Si la llevaran al grupo sería definitoria, pero aquí encuentra también su sitio y eleva el tono del conjunto, con un final muy arriba sin la necesidad de aumentar su instrumentación. Magnífica. “Desenladrillando el cielo” es otro blues rocoso y acústico. Con ella confirma que éste es un disco para escuchar en la intimidad, deteniéndose en sus letras, las verdaderas protagonistas, que son las que le aportan más valor, porque instrumentalmente no hay grandes diferencias entre las canciones ni lucimientos excesivos, pero en la lírica Galván nos demuestra que sigue muy inspirado.
La épica contenida de “Canción muralla” cierra este debut con ese órgano que sostiene todo el tema como un lamento final o plegaria. Una despedida solemne, pero discreta a la vez, para un disco que parece pasar de puntillas, pero que nos deja huella. Sin quererlo ahonda en nosotros y nos marca, atrapados por sus versos o mecidos por el leve pulso de las cuerdas de una guitarra con las que el madrileño se entrega de manera desmedida. Porque “Nadie con ese nombre vive aquí” es valiente. Guille Galván se abre sin cortapisas. No se trata de su banda madre, aunque tampoco la busquen más allá de la habilidad para tejer historias de gran calibre con sus versos. Sin embargo, no cabe duda de que este disco es auténtico. Quizá nadie con ese nombre que nos sugiere su autor viva entre estos versos, pero estoy seguro de que nos quedaremos habitándolos por mucho tiempo.
Desde sus primeros pasos, Desarte ha funcionado como un organismo vivo, en transformación constante. La diversidad de influencias y trayectorias de sus integrantes ha sido clave para moldear un proyecto que no deja de evolucionar sin perder el foco: honestidad, riesgo y compromiso con su propio discurso. Ese recorrido, marcado por el directo y la experimentación, desemboca ahora en “Menos Café”, su primer EP.
Grabado en Moba Studios (Madrid) y producido por Nico Álvarez, guitarrista de Burning, “Menos Café” se presenta como una declaración de intenciones clara y sin rodeos. El trabajo captura la esencia más cruda de Desarte, trasladando al estudio la intensidad de su directo sin renunciar a una producción cuidada. Aquí no hay artificios innecesarios: hay nervio, hay pulso y hay una banda que suena a lo que es.
Concebido como carta de presentación tanto artística como profesional, el EP condensa la identidad del grupo en un conjunto de canciones que funcionan como punto de partida y, al mismo tiempo, como promesa. “Menos Café” no solo muestra quiénes son Desarte hoy, sino que deja entrever todo lo que está por venir. Porque si algo queda claro tras este lanzamiento es que la banda no ha venido a ocupar espacio, sino a agitarlo.
Desarte irrumpe en la escena madrileña con la urgencia de quien tiene algo que decir y ninguna intención de suavizarlo. Nacida en 2022 en la Comunidad de Madrid, la banda se mueve con naturalidad dentro del amplio territorio del rock and roll, sin ataduras estilísticas ni necesidad de etiquetas cerradas. Su propuesta bebe del hard rock, el pop y el rock más directo, pero lo hace desde una identidad propia que se construye a base de intuición, energía y una clara vocación de autenticidad.
En su sonido conviven guitarras afiladas y bajos en constante tensión, pianos con un pulso blusero que aportan matices inesperados y una base rítmica sólida que sostiene cada tema con contundencia. Todo ello al servicio de unas canciones que no se conforman con sonar bien: buscan provocar, remover y dejar huella. Las letras de Desarte se mueven entre la reivindicación de la locura como forma de resistencia, la exploración de la rebeldía sexual y una mirada crítica al contexto actual. Hay actitud, pero también hay intención.
Allí estaba yo hace treinta años, detrás de la barra del Candela, con la misma edad que ahora tiene mi hijo. Yo ponía la música, por suerte o casualidad. Todas las noches había un momento Camarón de la Isla, cuando todos los gitanos, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, se arrebataban no ya a cantar, sino a tocar unas palmas que siempre fueron el primer motivo y queja de nuestros sufridos vecinos a la hora de su habitual llamada a la policía.
"Omega" fue mi plan. El Maestro Enrique me lo traía en cajas y yo lo vendía. El disco que Su Majestad Enrique Morente regaló al mundo para dignificar el flamenco hacia galaxias que explotan ahora en "LUX". En pleno apogeo y con el máximo ánimo de romper esas palmas sin duende, le daba al stop -analógico todo- y se hacía una pausa silenciosa, manteniendo ese suspense que solo Hitchcock puede lograr. Es entonces cuando comenzaba a sonar esa guitarra eléctrica de los Lagartija Nick, que se juntaba con la voz de Enrique, y es cuando todos los gitanos y gitanas me querían asesinar. Hoy estoy vivo, aquí, sentado junto a mi hermano en el gallinero del Palacio de Deportes, para recibir esa luz histórica que define a los artistas de verdad. Rosalía es a "OMEGA" lo que Morente es a "LUX". El riesgo. El mismo que sentí yo detrás de la barra bajo el poder de la música, sintiéndome Picasso en su estudio bajo una perspectiva cubista que sólo el malagueño pudo ver en su solitario estudio creando a las “Señoritas de Aviñón”.
El pasado 1 de Abril en procesión de Semana Santa nos dirigíamos de camino hacia el cielo el mismo día que el hombre volvía a la Luna. Su cara oculta es en lo que se convirtió el Movistar Arena durante las dos horas en las que fuimos astronautas. El litúrgico silencio de una misa y la oscuridad que experimentaron en la Artemis lo sentimos las 17.000 personas que observamos ese escenario tapado por el armazón trasero de un gigantesco lienzo tímidamente iluminado. Igual que los 23 asientos bien dispuestos en una pista en cruz formada por los espectadores, privilegio que desde arriba, en el gallinero, es donde mi hermano y yo captamos enseguida el punto de fuga que siempre nos inculcó nuestro padre pintor.
“Hermano, he estado en este lugar desde que no tenía pelos en los huevos. Aquí perdí mi virginidad musical, en vivo con Kool & The Gang, con 15 años falsificando mi carnet de identidad”. Minucias comparadas con la única vez que asistí a este mítico recinto a la excelsa y exclusiva presencia de una orquesta sinfónica en recintos mal avenidos. Fue la Orquesta Egipsea, compuesta por músicos de El Cairo en 1995, quizá el mismo asiento que hoy ocupo bastante más arriba junto a mi hermano hoy, cuando las redes sociales no designaban tu butaca, sino tú mismo y tus circunstancias a la hora de adquirir tu entrada analógicamente. O sea, el ir y comprar. Décadas después es lo que hizo mi hermana a las 7 de la mañana para adquirir esa valiosa entrada con su número 5.548 en listas de esperas de redes sociales babilónicas. Led Zeppelin vi yo; Robert Plant y Jimmy Page por última vez juntos. 666 mi número de entrada. Violines con guitarras; voces con percusiones, ombligos al aire mientras suenan canciones propias, creadas desde el cero de su cabeza hasta llegar al cielo de la nuestra. Imperecederas.
Harto uno ya de defender causas perdidas en textos que tan solo a algunas personas llegarán, me abstendré de regirme por la típica y clásica reseña de un concierto que casi nadie leerá, ahondando en el momento vivido como si hubiera visto a Platón en su época o sido Sancho en la andanzas de Don Quijote, fuera de formalismos de la canción por canción que hoy en día te hace la IA. De nada sirve hoy que un analógico como yo, fuera de lugar en estos tiempos que mandan gentes de caras naranjas, te haga una reseña de un concierto que ya te ha escrito un advenedizo cualquiera con nombre ficticio que jamás se llamará como yo. El que estuvo ahí arriba con sus prismáticos delatores de pureta, atónito escuchando “Angel” de Jimi Hendrix y su guitarra al lado de una multitud de mujeres de todas las edades ataviadas con tocados de monja. Ahora allí, como yo hace 30 años haciendo mi sueño realidad con Led Zeppelin, mientras la orquesta se situaba en su posición histórico privilegiada, afinando sus cuerdas en presencia de una caja que contenía dentro a Rosalía.
Ese regalo perfectamente envuelto que una vez recibiste de El Corte Inglés, al que nuestra mundial Flamenca se pasó por el forro de su vagina cuando decidió que ella no iba a colgar su imagen al lado del anuncio de Tío Pepe en la Puerta del Sol, dándole la vuelta al marketing que ahora depende de ella y no de Babilonia. La que en “Motomami” se hizo la Reina del autotune y en "Lux" le ha dado la vuelta a su registro junto a Vivaldi o Bach. La que nadie entiende cuando canta, como lo que Bob Dylan nos quería decir en sus extensas charlas Nobel-musicales que nunca pudimos traducir, pero sí entender cuando la canción la hacíamos nuestra gracias al alma y corazón en estado de plenitud juvenil. Rosalía ha puesto subtítulos en sus conciertos en pantallas bien definidas, como lo ha hecho en sus discos, haciendo que un americano de Wisconsin o una africana de Mali griten al unísono: “Saoko papi, Saoko, Chica que dices!!!”. Extranjeros que tocan esas palmas desacompasadas, fuera de ritmo y de lugar, a destiempo y alejadas del duende flamencólico que tanto daño hicieron a los verdaderos creadores de antaño. Como Camarón y su “Leyenda del Tiempo” y Morente con su “OMEGA”, aquellos que detrás de una barra me hicieron defender lo que hoy, después de tres décadas, me hacen escribir esta diatriba para mi auténtica satisfacción. Estar vivo y sentir el arte. El arte de seguir vivo. Aunque no entienda lo que me dicen.
No, nosotros no nos vamos a poner en contacto con ella, pese a lo imperativo que pueda llegar a sonar eso de “Pregúntale a Sarah Connor”. Y no lo haremos porque se nos ocurre algo infinitamente más interesante que hablar con la heroína de ficción, por mucho que su nombre tome tintes verosímiles, sobre todo ahora que la realidad se torna en distopía, en una cruel obra firmada a medias por la IA con el beneplácito de ciertos líderes políticos que parecen empeñados en seguir enfangando un panorama ya de por sí desalentador.
Sinceramente, nos parece mucho mas potente citarnos con una mujer también valiente, pero de carne y hueso. Una felina de armas tomar que lleva tiempo apostando por sí misma, por sus canciones, para continuar dando pasos adelante en una carrera cada vez más firme, sustentada en el armazón que le dan una cada vez más creciente colección de disco, plagados de grandes composiciones, algo a lo que no es ajeno este “Pregúntale a Sarah Connor”, donde Nat Simons aprieta la mandíbula de pura rabia, firmando un álbum pleno de rock y actitud en el que los sentimientos y las heridas afloran sin temor en el que quizás sea su trabajo más crítico y visceral.
Tan amable y cercana como siempre nos atiende una vez más, demostrando que tras años de duro trabajo tiene claro cuál es el camino a seguir. Actitud, grandes canciones y una banda del carajo secundan su propuesta cierran un círculo cada vez más potente. Una de nuestras principales figuras rockeras femeninas que ya no pide reivindicar su lugar, básicamente porque se ha hecho con un estatus propio de alto calado de forma totalmente merecida. Os dejamos en compañía de una guerrera de armas tomar que tiene claro que éste es su momento.
Hace apenas unas semanas que vio la luz tu nuevo trabajo, “Pregúntale a Sarah Connor”. ¿Cómo son las sensaciones posteriores después de tanto esfuerzo y empeño como el que supone editar un nuevo trabajo?
Nat: Después de esperar año y medio para poder mostrar este disco al mundo, las sensaciones son muy buenas, sabía que iba a gustar, pero ha superado todas mis expectativas. Todo el mundo está diciendo que es mi mejor trabajo de largo y eso me hace muy feliz porque lo siento muy mío, muy autentico y personal. Creo que eso es buena señal.
Curiosamente es un trabajo que llega cuatro años y medio después de “Felina”, el último de tus álbumes de estudio que contenía material nuevo, al que han seguido “Felinas”, “7 Vidas en la Sala” y “7 Vidas y una Más”. Vayamos por partes, si te parece. ¿Cómo se fueron concatenando tres álbumes tan concretos como esos?
Nat: Han ido naciendo del camino, del proceso, de las giras, es lo bonito que una cosa llevaba a la otra. Para mi “Felina” es una trilogía, y eso es lo flipante, que no estaba pensado, no había nada premeditado. Es como un disco en muchas formas distintas, pero es más, los directos me los tomo como el cierre de una etapa: tocando también los dos anteriores, algunos temas de mis primeros trabajos, reinterpretados en vivo, para dar paso a una nueva etapa, que obviamente abre este nuevo artefacto.
Supongo que por el camino, entre giras y proyectos de toda índole, habrás ido componiendo estas nuevas composiciones. ¿Ha sido así?
Nat: Sí, este nuevo disco se ha compuesto durante toda la época de “Felinas” y a lo largo de esa gira, que también ha sido bastante larga, dos años. He pasado por muchos estados de ánimo y eso se nota mucho en las composiciones. También, como he dicho otras veces, me ha pillado en una época de reflexión de mi vida, que no una crisis existencial, sino más bien de pararme a pensar sobre qué es lo que he logrado, qué es lo que quería lograr y en qué punto también está la gente de mi al rededor, mis amigos, por eso es un disco tan generacional y crítico en algunos puntos.
Ahora que la música se ha convertido para el común de los mortales en un producto de uso y disfrute efímero. ¿En algún punto del camino sentiste vértigo por no mostrar nuevas canciones desde hace tanto tiempo?
Nat: No, porque no he parado. ''Felinas'' (2024) fue una reinterpretación de “Felina”, aunque hubiera algunas versiones y un tema nuevo que era ''Pequeña Guerrera Estelar''. Creo que “Felina” no terminó de llegar a la gente. Qué Víctor Cabezuelo cogiera ''Déjalo Ser'' y le diéramos esa nueva reinterpretación del tema, esa nueva producción tan acertada, fue como sacar un nuevo tema que de repente llegó a muchas personas y se convirtió en una especie de ''hit',' gracias también a Vega y cómo reaccionó su público y el mío. A día de hoy el tema más coreado en mis conciertos. ¿No tuvo “Felina” una producción adecuada para esas canciones? ¿Fue que no se sacó en el momento adecuado 2021? Podría ser... Nunca tuve miedo de no sacar canciones nuevas porque siempre había alguna novedad, no he parado de girar desde el 2023 y la gente me ha seguido de una manera muy bonita en todo lo que he ido haciendo. Lo que sí que me da miedo son los parones largos como pasó en pandemia.
“He pulido mi forma de escribir en estos últimos años, he encontrado mi personalidad”
A nivel musical el disco tiene una bonita mezcla, donde asoman una cuidada elegancia y una beligerancia guitarrera, dicotomía extensible al universo lírico donde se ve un componente nostálgico de quien sabe que ciertos buenos tiempos no volverán, y a la vez un espíritu guerrero y crítico con un mundo donde las ruinas son cada vez más visibles. A sabiendas que vienes expresando lo que ves y sientes con mucha rabia y tripas desde hace tiempo, ¿podemos considerar estas letras como un paso más en esa línea de soltar lastre?
Nat: Siempre he sido muy visceral y de soltar lastre en mis canciones, creo que ya se veía antes en temas como ''Macabro Plan'' o “Ley Animal”, pero en este probablemente se vea mucho más claro lo que quiero contar. Está hecho a propósito, con una intención para hacer pensar a la gente cómo me he parado a pensar en toda la situación, en lo que tenemos, en lo que podremos llegar a tener en un futuro y lo que perdimos. También he pulido mucho mi forma de escribir en estos últimos años, he encontrado mi personalidad.
Habría que destacar la presencia de varios nombres propios y la importancia del lugar de grabación, así que vamos de a poco, si te parece. En un principio quisiera hablar de la importancia que desde hace tiempo cobra Ánchel Solana en el proyecto. ¿Qué le aporta su bagaje a las canciones?
Nat: Con Ánchel he compuesto muchas canciones ya, del disco todas menos dos. Y la manera que tuvimos de hacer este álbum era él cogiendo la guitarra y partiendo de una rueda de acordes o de un riff, mientras iba construyendo una melodía, a veces había algo que me inspiraba y decía ''espera toca eso otra vez'' y entonces salía una canción. Algunos comienzos de canciones eran ideas previas mías y luego me ayudaba con ciertos acordes para encontrar la melodía apropiada en el estribillo. En otras ocasiones hacíamos la canción de cero. Aunque él lleve la guitarra, muchas veces también le guiaba: “vete ahora a un menor o que se abra en el estribillo”. Y otras veces él me guiaba diciendo: “no te vayas a tan agudo”, “sube en esta parte para que crezca la melodía”. En una inclusive sucedió que el instrumental era una vieja idea suya e hice toda una canción con eso. Soy muy exigente y hasta que no encuentro algo que creo que es bueno, que me emocione, le doy vueltas y vueltas. A veces he sido muy dura con él en el proceso, no debe de ser fácil componer conmigo (risas), la suerte es que la mayoría de canciones en este disco han salido bastante rápido. Creo que con él hay una chispa compositiva que partiendo de acordes me lleva a crear melodías inesperadas. Después, una vez tengo la melodía, escribo la letra.
Por otra parte, es imposible abstraerse del proceso de grabación y producción, el cual ha tenido lugar en Nashville, rodeada de un equipo de auténtico lujo, que, si te parece, dejo que cites tú misma. ¿Qué ha aportado el mismo al resultado final del minutaje?
Nat: Creo que la producción siempre es muy importante, como ya te he contado en entrevistas anteriores para hablar de otros discos. Tuve la suerte de que Álex Muñoz (Margo Price, John Hiatt, Nikki Lane…) pusiera a mi disposición un equipo de lujo con Jaquire King a la mezcla, productor de trabajos como “Only By the Night” de Kings of Leon, “Mule Variations” de Tom Waits, “The Fall” de Norah Jones o más recientemente Zach Bryan y Bruce Springsteen. Y músicos del calibre de Fred Eltringham (actual batería de Sheryl Crow, Lucinda Williams, Wallflowers o Gigolo Aunts), el multi instrumentista Joe Pisapia (Allison Russell, KD Lang), el percusionista Jaime Dick (Allison Russell), el saxo de Paul Thacker o los arreglos de cuerda de Billy Contretras... todo eso ha hecho que el disco suene como suena.
“No me imaginaba mi futuro viviendo de la música y viviendo un sueño”
Me pones complicado seleccionar solo unas pocas canciones para comentar, pero voy a intentarlo, empezando por el principio con la genial “Delorean”. ¿Qué le diría la Natalia adolescente a la Nat que ha escrito esta composición?
Nat: Pues voy a contradecir el posible mensaje de nostalgia diciéndote que la Nat pequeña diría: ''quiero dejar de ir al colegio para ser tú que te lo pasas muchísimo mejor, aunque con más responsabilidades y problemas, pero eres libre''. Creo que se sentiría orgullosa, porque no me imaginaba mi futuro así, viviendo de la música y viviendo un sueño. Me imaginaba una vida más convencional. (Risas)
“La canción “Alain Delon” describe a varias personas reales que me he ido encontrando en el mundo de la música”
Me ha encantado el vídeo que acompaña a “Alain Delon”, donde tomas una estética totalmente afrancesada, mientras resuenan guitarrazos con un innegable toque glam, esas referencias a Marc Bolan y al guapo entre los guapos que da título a la canción. ¿Puedes hablarme un poco del clip? La canción parece tener un destinatario claro, ¿es así? ¿Puede ser también un dardo a cierto tipo de crítica musical, no solamente a los machirulos?
Nat: El clip, aunque no te lo creas, se rodó en una hora, la que teníamos para no molestar a los clientes de Indreams (risas). Juan Fajardo es un crack, además muy eficiente a la hora de grabar. Tenía que ser algo directo y sencillo, así se hizo. “Alain Delon” describe a varias personas reales que me he ido encontrando en el mundo de la música, lo curioso es que va dedicado a dos personas relativamente jóvenes, aunque lo podría extrapolar a muchos más, que no necesariamente son músicos. Es un retrato que a todo el mundo le puede parecer familiar. Incluso tiene un poco de lo que llaman “cuñao”. (Risas)
“En el ambiente se nota el desencanto y mucho hastío”
Pocas veces me has sonado tan cañera y distópica como lo haces en “Alas de Dragón”, donde hablas de un mundo de “idiocracia y promesas de papel”, una de las frases más ocurrentes de nuestro rock en los últimos años, una temática de insatisfacción que también rozas en “Especie en Extinción”. ¿Hasta dónde llega tu hastío, Nat?
Nat: Supongo que llega donde llega el de mucha gente. Hablo de gente de mi generación y más jóvenes, fuimos nosotros los que nos comimos la primera crisis mundial del 2008, tras salir de la universidad. Y después vinieron otras cosas. Ahora la situación está incluso peor, sólo hay que ver los sueldos en relación al alquiler de pisos. He visto caer la calidad de vida en picado, eso me cabrea. Que mucha gente con 40 años no pueda permitirse tener su propia casa comprada, se vea compartiendo piso y ni de coña se plantee lo de tener hijos. ¿Cómo van a hacerlo si no pueden mantenerse ellos mismos? Y si hablamos de la música ya te puedes morir, pero bueno, no hace falta hablar de ello, todo el mundo lo sabe. Nadie hace nada. Hay desencanto se nota en el ambiente y mucho hastío.
En el disco hay un par de colaboraciones de lujo, la primera de ellas sería la de Jairo Zavala, Depedro, que te acompaña en “Nieve en el Desierto”. ¿Cómo surgió la oportunidad de colaborar?
Nat: Ya conocía a Depedro, también su música, claro está, pero el día que conocí personalmente a Jairo aluciné con la buena persona que es. Coincidimos en el concierto de Corizonas, estuvimos hablando, me dio muy buen rollo y muchos consejos. Además, me encanta su música y como canta es una delicia. Al volver de Estados Unidos le llamé para que colaborara en uno de los temas y aceptó encantado. De hecho, el tema lo eligió él, cosa que tiene más significado.
“Me parece un verdadero honor que Lapido haya querido trabajar conmigo”
Y la otra es la de un buen amigo que tenemos en común como el maestro José Ignacio Lapido, quien colabora en “Efímero” y “Tan Extraño para Mí”. ¿Qué podemos del “maestro” a estas alturas de la película?
Nat: Me parece un verdadero honor que haya querido trabajar conmigo, alguien que sé que no suele escribir con nadie y casi no colabora con otros músicos. Imagínate lo que significa para mí. Me siento tan identificada con su forma de componer y escribir. Todo ha ido como la seda. Es una verdadera maravilla contar con él. Aún estoy flotando.
Por cierto, pregunta para fan. ¿Qué te parece “Espejismo N9”, el nuevo disco de 091?
Nat: Pues me parece buenísimo, de lo mejor que han sacado desde hace mucho. Lo tiene todo, melodías, letras... la primera es una canción de amor preciosa. De los mejores discos del año sin duda.
“En “Quién lo impide” me inspiré en Rafael Berrio y Jonás Trueba”
Por suerte, también hay un ratito para la esperanza y el optimismo con la belleza que desprenden las querencias pop de “Haces que mi mundo sea Mejor” y con otro bombazo llamado “Quién lo Impide”, que para sí la hubiera firmado Luz Casal. ¿Cómo nacieron estas dos auténtica gemas?
Nat: Al final forma parte de mi personalidad también ser optimista (risas), me gusta serlo cuando todos a mi alrededor están siendo negativos. Hay que compensar, es lo que nos ayuda a sobrevivir. ''Haces que mi mundo sea mejor'', que probablemente sea mi canción favorita del disco, nació de una estrofa que tenía guardada de hace años, por fin, después de un concierto de The Jayhawks, Ánchel y yo dimos en el clavo para encontrar esa melodía del estribillo. Él lo vio claro: “tengo que ir a acordes menores”. Entonces, cuando tocó ese acorde, inmediatamente me salió esa melodía. Y la letra casi vino sola. La frase que da nombre al título es una cosa que quería meter en una canción y así hice. ''Quién lo impide'' fue un caso más peculiar aún. Ánchel tenía grabado un instrumental de hace años con su banda en Huesca, cuando lo escuché salió tan rápido la melodía entera de la canción que nos quedamos flipando. En un principio iba a escribir la letra en inglés para colaborar con Nicole Atkins, pero finalmente el plan se torció y acabé inspirándome en Rafael Berrio para esta letra y en la película de Jonás Trueba: “Quién lo impide”.
Y para cerrar el capítulo de canciones… solamente quiero felicitarte por temas más oscuros como “Los ojos del Peligro”, me encanta cuando te pones dramática y decididamente siniestra, una cara que espero sigas explorando. ¿Te animas?
Nat: Claro, a mi ese estilo de canción me gusta mucho, grupos como NIN, Queens of the Stone Age, bandas que hacen un tipo rock más duro, pero alternativo, en ocasiones oscuro, pero sexy. Me encanta. Creo que también es algo muy mío hacer ese tipo de canciones. Y la temática también es algo muy personal, habla del momento que pasé cuando tuve el periodo tan complicado con la ansiedad.
“Estar entre tantos mitos de la composición es un halago”
Hemos tenido la oportunidad de verte compartiendo escenario en gira con Aurora Beltrán y escuchar tu voz colaborando en el nuevo proyecto de Miguel Marco, Nueva Tragedia, donde cantas “Mitología Pop” y “Pretérito Imperfecto”, quien por cierto te hace hueco en su último libro, “Viaje a la Canción Perfecta”. ¿Qué han significado para ti estas dos colaboraciones? ¿Y el hecho de ver que tu nombre aparece en un libro donde hay tantos mitos relacionados con la composición de grandes canciones?
Nat: Colaborar con artistas aporta cosas buenas, siempre se aprende y en este caso ambas colaboraciones me han hecho aprender. Salir de mi zona de confort, tener experiencias muy bonitas en carretera o componiendo. A Miguel le ayudé a encontrar la melodía del estribillo en “Mitología Pop”, la verdad que salir tanto de mi estilo es bastante curioso y me gustó mucho hacerlo. Y con Aurora pues es toda una experiencia girar. Estar entre tantos mitos de la composición es un halago.
Hace unas semanas presentaste en sociedad el nuevo disco en un concierto muy chulo que tuvo lugar en Madrid. ¿Cómo fue la velada?
Nat: Creo que ha sido mi mejor concierto hasta la fecha, eso me han dicho. No sólo por la banda que llevaba, que era de lo mejor que he juntado en directo, si no por el repertorio, por el nuevo disco y porqué además de estar la sala llena, había una energía y un cariño por parte del público increíble. Llevar tres violinistas en directo y un saxofón, además del propio productor del disco tocando la guitarra y teclas… por no hablar de la banda base con un montón de armonías vocales. La gente me decía que sonó como el disco y eso es lo que más feliz me puede hacer. Y lo mejor es que personalmente estaba muy tranquila y eso se transmite.
¿Qué planes de gira tienes para los próximos meses?
Nat: Quiero girar mucho, ya si ves cómo empieza esta primavera te puedes hacer una idea de que no tiene mucha pinta de que la gira vaya a ser corta. Aún hay muchas fechas por cerrar. No paran de llamar desde festivales, fiestas de todo tipo y salas.
“Soy músico, cantante, compositora y empresaria”
Por cierto, ahora, que ya llevas años autogestionándote, delegando la promoción en una agencia de plena confianza como G-News the Pool, y trabajando con tu propio equipo. ¿Cómo valoras la experiencia? ¿Es el proyecto de Nat Simons totalmente rentable?
Nat: Rentable es, porque vivo de ello, además llevo una banda que cobra por venir conmigo. Es más, de la mayoría de los proyectos que tienen soy con la que más tocan, así que puedo decir que sí que es rentable y espero que todo vaya a mejor. Invierto bastante para que esto siga, eso hay que tenerlo en cuenta. Al fin y al cabo, soy músico, cantante, compositora y empresaria. Ahora ya tengo a Gloria en la comunicación y Calaverita como sello, creo que el equipo va a seguir creciendo.
La realidad se ha tornado tan peligrosa como anunciaba “Sarah Connor”. ¿Qué le diría Nat Simons a la mítica heroína moderna?
Nat: Si necesita una mano humana en el futuro, aquí me tiene para luchar contra las máquinas, o al menos para amenizar de manera orgánica y humana el futuro. ¡Que va hacer falta!