Torpedo Party: Unión y reunión de una escena en llamas


Sala Ambigú Axerquía, Córdoba. Viernes 30 de octubre del 2026. 

Texto: J.J. Caballero. 
Fotografías: Mar Portal. 

La idea de dar cobertura escénica a las bandas y artistas recientes incorporados al catálogo de una discográfica, en este caso además de nuevo cuño, rondaba en la cabeza de los responsables de Magnetic Pie Records, el sello cordobés más arriesgado e implicado en los avatares de los grupos locales –abierto también a fichajes de las más diversas procedencias-, casi desde el comienzo. Implicados en la producción y promoción de los directos correspondientes, para esta Torpedo Party, un curioso pero ajustadísimo nombre de guerra para la fiesta de presentación en la sala Ambigú Axerquía, se asociaban con El Submarino, otra aventura de ojalá que brillante porvenir que prioriza la actitud independiente y la gestión con las instituciones en pos de un objetivo común para músicos, promotores, salas y medios: Dar cabida y difusión, en la mayoría de casos mucho más escasa de lo que debiera, a una serie de propuestas que están revitalizando la ciudad en los últimos tiempos, de momento con más ilusión que repercusión. Era una ocasión perfecta para celebrarlo y hacer de la puesta de largo oficial de ambos proyectos algo distinto y necesario. Vaya por delante el agradecimiento por hacernos partícipes de todo ello a los amigos y allegados que hacen posible que sigamos soñando con un futuro, y por qué no con un presente, mucho más despejado de obstáculos y libre de ataduras creativas. Al menos que no se diga que no lo estamos intentando.

Tony Tunait, un espécimen personalísimo y casi un universo en sí mismo, abrió la fiesta con la excusa de presentar “ReCreo”, un disco largo grabado con medios y conciencia del nicho que puede ocupar su música, más cerca de un Kiko Veneno de barrio que de las grandes expectativas que la nueva rumba puede cubrir en los tiempos que corren. A pelo, con voz, guitarra eléctrica, gafas de sol nocturno y sombrero fronterizo, fue apenas el entrante sonoro para un menú variado, corto en aditivos y salpimentado con especias de procedencia conocida y digno de ser degustado en pequeñas e intensas dosis. Tal era la intención del evento, y a ello se entregaron sus protagonistas.

El turno de Migue Pérez, alma mater de El Submarino, no podía ser sino al frente de una banda cada vez mejor armada y con más recursos para solidificar su directo. Volpina, con la consabida y efectiva fórmula de guitarras, bajo y batería, se escora en su nuevo vestido eléctrico hacia un power de musculosa base rítmica, en lo cual tiene mucho que ver el sonido de la Gibson y una nueva vuelta a las canciones que los sitúan en primera línea del pop local. La más reconocible, “Tampoco es para tanto lo nuestro”, fue secundada por las no menos icónicas “La reina del Ambigú” –con el guiño correspondiente a la casa que los acoge con más amor-, “San Miguel alto” y el consabido homenaje a sus dioses Teenage Fanclub con la habitual versión de “Sparsky’s dream” y la consiguiente alegría del oyente cercano. 

Todo ahora contribuye a la sensación de que los temas a punto de ver la luz los harán un poco más relevantes, y quienes ya apreciamos las virtudes de su debut “Lecciones de vuelo” no podremos estar más contentos con ello. Lo mismo que del extraordinario primer disco de Nine Fifty Seven (por si alguien no lo saben, justamente ese, el 957, es el prefijo telefónico de la provincia de Córdoba: Orgullo y clase), grupo encabezado por la voz y el pelazo de Jennifer Baena y la apuesta personal de Jordi Arranz, de quien podríamos decir que ha sido y es uno de los mejores guitarristas de la ciudad y parte del extrarradio. Su onda cercana al hard rock y el stoner de los noventa sitúa “Las apariencias”, su primer disco, en un lugar bastante diferente al del resto de los comparecientes. Combinan castellano e inglés y fluyen en un conglomerado no por sobradamente conocido menos atractivo. “Solo te pido” es seguramente uno de los grandes temas grabados por una banda local en este último trimestre de 2026, y aunque hay detalles por pulir, los escasos directos que aún les contemplan les proporcionan el suficiente aval para confiar en sus poderes durante bastante tiempo. Frescura e inspiración, la clave de muchas cosas.

Paul Barham tiene en The Varlets una banda de acompañamiento más que fiable. El británico más cordobés del mundo venía de la escena punk de sus dominios e intentó abrir el mismo melón hace unos años al frente de Aspidistras, pero el paso del tiempo y el propio bagaje le hicieron virar al rock orientado al blues o, dicho en términos más asequibles, a un pop rock de autor cuya esencia se ha convertido casi en marca. Temas de corte clásico como “The thing about Charles”, por citar sólo uno de los mejores, no definen un sonido más expandido de lo que parece, pero sí definen la base de una propuesta abierta a ambiciones mayores, que son las que merece un músico de recorrido tan amplio como su humildad.

Irene Espejo, o Mirror, como ella prefiere que llamen a su proyecto, sabe que el pop delicado de espectro limitado y sensaciones nada pasajeras, suele dejar poso en los apasionados de la música sin etiquetas ni prejuicios. Lo que hace no es música triste como puedan pensar algunos, sino un viaje ansioso por experimentar y fluir en temas de corte íntimo y brazos abiertos a la divagación instrumental. Entre guitarras y teclados, recorre un camino propio en el que enredarse con músicos de parámetros similares como los integrantes de Chitón, de nombre explícito debido a su condición puramente instrumental, amigos y compañeros de batallas, con quienes revisó unas “Perlas ensangrentadas” bañadas en pop atmosférico y sensualidad contenida, para luego convocar a la jam session a su (y nuestro) querido Mike Sun y meterse en las pantanosas aguas que suelen surcar Flaming Lips con su enorme “Yoshimi battles the pink robots”. 

Así, a base de combos improvisados y con el factor sorpresa como titular, se fueron sucediendo las asociaciones escénicas en las que cualquier cosa podía suceder. Y sucedió que los propios Chitón ejercieron de banda de acompañamiento del citado Barham en un viaje psicodélico al mismo centro del “Revolver” de los Beatles con una grandísima versión de “And your bird can sing”; pero también ocurrió que Jubilee, más exactamente su líder Pedro Cantudo, querían decirnos que acaban de publicar su retorno discográfico después de unas largas y nos consta que forzosas vacaciones, y una de las mejores formas de demostrarlo era pedirle al propio Mike Sun que se quedara con ellos en el escenario –el resto de la banda eran el grueso de los extintos, maravillosos y aún por reconocer Limousine, otro de los grandes nombres de la escena oculta- para atacar por la retaguardia el “Thirteen” de Big Star y moldearlo a sus formas, que no son para nada las mismas ni tienen por qué serlo.

Así concluyó, sin contar las vicisitudes de la fiesta de prolongación, otro encuentro que no era sino un reencuentro feliz con las gentes que hacen posible que esto funcione. Raras veces se podría dar en otro lugar o en cualquier circunstancia diferente un clima de concordia, unión y sentido de la colectividad como en estos eventos que afortunadamente empiezan a prodigarse en la apretada agenda de una ciudad en constante ebullición. A su conclusión, la Torpedo Party no hizo más que comenzar. Y nosotros iremos allá donde nos lo requieran sus responsables, la próxima vez y todas las demás.

Montse Frisach: “Prince. El Alquimista Púrpura”


Por: Héctor Neira. 

Llevo siguiendo a Prince con pasión devota desde hace treinta y seis años. En ese recorrido he constatado – incluso en sus momentos de mayor relevancia comercial – que el más grande genio que ha dado la música popular (opinión personal), ha sido y es un artista conocido pero del que realmente se ha sabido muy poco. Incluso para sus fams (Prince a sus seguidores no los llamaba “fans”, sino fams, porque nos consideraba parte de su propia family), el genio de Minneapolis ha sido una incógnita en multitud de las facetas que marcaron su vida, su personalidad y su trayectoria. No digamos en la época pre-internet en que los discos, sus videos, películas, y los reportajes o entrevistas de revistas especializadas eran nuestras únicas vías de poder acercarnos al mito y a pocas de sus certezas.

Desde el fatídico 21 de Abril de 2016 – fecha que uno no olvidará jamás – se han incrementando considerablemente los ejercicios biográficos y ensayos sobre el genio. Algo que suele pasar siempre cuando un gigante de semejante dimensión nos deja. Resulta inevitable. Algunos de esos trabajos han sido elaborados sin alma alguna, en cambio muchos otros han cumplido excelentemente su papel, bien como obras biográficas al uso o como ejercicios minuciosos y enciclopédicos sobre su infinita producción musical. Incluso el propio Prince comenzó a elaborar su propia autobiografía (“The Beautigul Ones”) cuyo avance se vio truncado por la desgracia de su deceso.

“El Alquimista Púrpura” de Monste Frisach y de la mano de la editorial Silex, es uno de esos trabajos editoriales que ha llegado caído directamente del cielo y que los fams de la leyenda esperábamos con ansia poder degustar algún día. Y es que Prince se cuidó mucho a lo largo de su vida y trayectoria musical en salvaguardar con mimo todo el misterio que le rodeaba. Se exponía lo justo, era esquivo, misterioso, magnético, clarividente pero poco dado a dar muchas explicaciones de su vida y su obra.¿Cuántos Prince había? ¿Porqué el color púrpura es tan importante en su vida y obra? ¿Porque su imagen cambiaba constantemente cual camaleón? ¿Por qué el sexo estaba tan presente en muchas de sus canciones? ¿Por qué apoyaba (más que nadie en la historia) a tantas mujeres dentro del negocio musical? ¿Creía en Dios? ¿Por qué se hizo testigo de Jehová en un momento de su vida? ¿Qué supone Pasiley Park (su templo y refugio en la ciudad que lo vio nacer) en su vida? ¿De dónde sacaba esa faceta tan provocativa siendo un ser humano tan sensible como era? ¿Un genio nace o se hace? ¿Cómo era capaz de componer tanto material y de semejante calidad casi sin respiro?. 

Montse Frisach, reconocida seguidora de Prince en nuestro país, estudiosa y apasionada del protagonista, ha logrado dar respuesta a muchas de esas cuestiones en una obra sencillamente apasionante. Huyendo del formato manido de biografía al uso, Montse nos invita a un viaje de constantes idas y venidas por muchos de los aspectos y matices que han hecho de Prince no sólo el genio que fue sino el extraordinario ser humano de profundidad insondable que se escondía detrás del estrellato. La autora repasa la trayectoria vital del protagonista pero desde diferentes prismas, abordando las diversas dimensiones del personaje, dejándose la piel en un trabajo de investigación y documentación admirable. Todas las piezas del puzzle que conforman el complejísimo cosmos que creó Prince son puestas encima de la mesa y ordenadas meticulosamente en una narración adictiva, vibrante, sorprendente, rica, objetiva y muy reveladora. Monste, al ser fam del protagonista, aporta ese punto de pasión contenida tan necesario en un libro de alguien al que tanto admira, aportando experiencias personales, opiniones propias y material fotográfico inédito y muy suculento. La autora no cae en ningún momento en análisis superficiales, sino que explica, detalla, contextualiza cada etapa y faceta de la personalidad de Prince con un conocimiento y una solvencia casi quirúrgica. Orienta, coloca el foco de la narración en el encuadre correcto y agarra la mano del lector sin soltarle en ningún momento del recorrido.

Un artista tan poliédrico como el mito de Minneapolis merecía un ejercicio tan excelso como este. Su espiritualidad, su relación con Dios, sus tragedias personales, su ascenso al éxito, sus ambiciones, su generosidad, su compromiso político y con su raza, su lucha por la independencia creativa de los músicos (no exclusivamente la suya), su visión de la sexualidad (Monste la analiza desde varios puntos de vista, tanto masculina, femenina como homosexual), su intrínseca y decisiva relación con su ciudad, Minneapolis y su hogar de Paisley Park, la importancia de sus cambios de imagen casi en cada disco que entregaba, su implicación y su compromiso en todos y cada uno de los detalles con los que forjó su obra, su afán perfeccionista, su conocida y extraordinaria ética al trabajo o su pasión obsesiva por la música. Todo enlazado y contextualizado en muchas canciones de Prince que Monste rescata – algunas muy conocidas y otras más olvidadas -, en sus discos, en sus propuestas en vivo, en las portadas de sus álbumes y en su particular actitud ante la prensa y su propio público. En definitiva, una obra relevante, apasionante, rigurosa y sobre todo necesaria que aporta luces y mucha visibilidad al fam de siempre y que estoy seguro abrirá igualmente los ojos al aficionado casual. Un libro que perdurará y se convertirá en referencia ineludible en nuestro idioma y del que estoy seguro, allí en el cielo, Prince se sentirá orgulloso.

Willy Vijande, mítico bajista de Ilegales: “El mejor legado de Ilegales es que fuimos un grupo bastante autónomo y auténtico, autogestionarios e indies, cuando no se llevaba”


Por: Javier González. 

El pasado viernes llegó a nuestras estanterías la reedición de “Todos Están Muertos”, el disco más crudo y directo de Ilegales. Fiel reflejo de un país en llamas donde la delincuencia, el abuso de sustancias y las consecuencias de la reconversión industrial que afectó al norte de nuestra tierra, dejó un panorama que la banda asturiana supo trasladar fielmente a un conjunto de canciones urgentes y vibrantes, escritas desde la privilegiada posición que tenían como espectadores de lujo los miembros de la banda, quienes en la cresta de la ola de su poder de convocatoria, vivían una existencia a mitad de camino entre la cruda realidad de muchos de sus conocidos y los excesos propios implícitos al rock del período, algo que supieron llevar adelante sin volver jamás la cara ni a la realidad más próxima ni al peligro más extremo. 

Una reedición llevada adelante por petición expresa de Jorge Martínez antes de su triste fallecimiento hace ahora casi un año, por lo que las labores de control del proceso final han recaído en la figura de Willy Vijande, quien se ha encargado de seleccionar las tomas en directo que acompañan al disco complementario, las cuales muestran la fiereza y el carácter espídico que tenía la banda sobre las tablas, como atestiguan añadidos como el “Medley Borracho” incluido entre el material finalmente elegido.

Aprovechamos esta magnífica oportunidad que nos brinda la reedición para volver a contactar con Willy, a quien guardamos especial cariño por las veladas compartidas años atrás en su etapa como técnico de sonido de la sala “El Sol”. 

Allí nos lo encontrábamos cada noche, siempre serio, sin esbozar la más mínima sonrisa y parco en palabras. Fiel al mito que hablaba de él como un tipo poco accesible, chulo y lleno de actitud punk, pero al que podías acudir siempre con la seguridad de poder mantener una agradable charla que versara sobre pequeños detalles relacionados con el sonido y debatir sobre música de calidad. Alguien que en las fechas de mayor aforo no se hacía el interesante, ni miraba para otro lado, y si era necesario te invitaba sin vacilar a subir junto a él, a la zona de la mesa de mezclas, para enseñarte con orgullo un par de trucos maestros sobre cómo debía sonar toda buena sala que se preciara. Lo suyo eran los hechos, no las palabras. 

Hemos utilizado la oportunidad para hablar de “Todos Están Muertos”, también de su entrada en la banda y de los dorados y locos años ochenta. A ratos la pena ha aparecido y creo que no miento si digo que ha habido algún momento de silencio tan incómodo como duro. El golpe todavía nos duele y dudo que deje de hacerlo. Aún así, hemos entrado de lleno en su complicada relación a lo largo de los años con Jorge, recogiendo con fidelidad las palabras que con orgullo y admiración dedica a su hermano de mil batallas, prometiéndonos que más pronto que tarde nos volveremos a ver para abrazarnos por los viejos tiempos. Ojalá sea con la excusa de volver a verlo sobre las tablas. Sintiendo cómo nos perdona la vida una vez más, protegido tras unas Ray-Ban aviador negras, mientras aporrea el bajo con descaro y su pose más macarra. 

Quiero agradecerte mucho que nos concedas esta entrevista porque intuimos que los últimos meses no han debido ser fáciles para ti. Lo primero que quiero saber es ¿cómo te encuentras? ¿A qué has dedicado los últimos meses más allá de la preparación de esta reedición? 

Willy: La verdad es que la preparación de la reedición tuvo lugar en 2021, desde entonces no he hecho mucho más al respecto. Y desde que murió Jorge lo que he hecho ha sido vivir la vida. Estoy ubicado en un sitio donde me contratan para hacer pequeñas producciones de música, además mi pareja tiene un restaurante donde hecho una mano. Vivo bastante bien, la verdad. 

“En Ilegales todo era una especie de película, no paraban de pasar cosas raras y exóticas” 

Me gustaría hablar de “Todos Están Muertos”, pero no solamente como reedición, sino desde su génesis, cuando Ilegales tocaba el cielo después de la gira de presentación del primer disco y la edición y posterior gira de “Agotados de Esperar el fin”. ¿Qué recuerdos tienes de los días de vino y gloria? ¿De qué forma viviste todo aquello con la insultante juventud a cuestas? 

Willy: La verdad que es cierto lo que dices. Era entre seis y siete años más joven que David y Jorge cuando me incorporé a Ilegales. Ellos llevaban más tiempo tocando a nivel profesional, yo lo hacía, pero de una forma mucho más amateur. Entré a finales del 1983 y el 84 fue un año de mucho trabajo. Recuerdo que al empezar todavía íbamos nosotros con el equipo, teníamos que llegar a los recintos, montar y desmontar antes de salir para otro lado. La verdad es que ganamos mucha pasta. Al año siguiente, 1985, con la gira de “Agotados”, ya éramos más señoritos y no hacíamos nada, ya íbamos en la furgoneta con road-mánager y chofer. El equipo viajaba en un camión Capitoné con un montón de gente, debíamos ser como catorce o quince de gira. Recuerdos tengo de cosas concretas, pero vete a saber si tienen algo que ver con la realidad o estar distorsionados por los años. Todo era una especie de película, cuando te están pasando cosas raras y exóticas habitualmente te parece que es algo normal, hasta que no pasa el tiempo y lo piensas no te das cuenta que vivíamos en una auténtica película. 

“En “Todos Están Muertos” el mensaje es más consistente y coherente con el tipo de banda que éramos” 

¿Cómo se gestó el cambio del tipo de producción del disco anterior, “Agotados de Esperar el Fin” a “Todos Están Muertos”? 

Willy:
Ilegales nunca entró en el estudio con la idea de sonar como en directo, Jorge huía de aquello. Nos metíamos para experimentar las locuras que a él se le ocurrían fundamental, luego salía lo que salía. En “Agotados de Esperar el Fin”, salió una producción un tanto esquelética. Por fortuna en “Todos Están Muertos” la cosa es mucho más consistente y coherente con el mensaje y el tipo de banda, pero no se parece mucho a cómo sonábamos en directo. 

En los documentales se suele retratar la convivencia con Jorge Martínez como un equilibrio complejo de disciplina casi militar y paternalismo. ¿Cómo recuerdas tu dinámica personal con él a la hora de armar la base rítmica de los discos? 

Willy: Nosotros lo que hacíamos era ensayar muchísimo, nos gustaba. “Todos están Muertos” se gestó en la gira de presentación del disco anterior, piensa que por aquel entonces no había móviles que pudieran hacer spóiler, las canciones se podían tocar en pruebas de sonido y directo, las tocábamos para ver cómo funcionaban ante la gente. Al llegar al estudio, todo estaba muy masticado. En todas las canciones de mi primera etapa con la banda hasta “Chicos Pálidos para la Máquina”, teníamos claro que íbamos a hacer cada uno. Otra cosa es que luego a Jorge le apeteciera probar cosas y lo hacía sin tenerlo pensado, sin que formara parte de la canción. De igual modo que había una sola guitarra en directo, pero siempre se metían más durante la grabación. Los discos de Ilegales encierran la presentación de las canciones bajo el prisma de Jorge en el momento concreto, nunca intentamos plasmar lo que hacíamos en directo. 

“Creo que en “Todos están Muertos” está mucho más cerca del mundo en que vivíamos, nos movíamos y el ambiente que nos rodeaba” 

Veníais del éxito masivo de “Agotados de esperar el Fin”, pero al entrar a grabar “Todos están Muertos”, el sonido se volvió mucho más afilado y frío. Como bajista, ¿cómo se planteó la base rítmica junto a David Alonso para sostener canciones tan desasosegantes como “El norte está lleno de Frío” o tan frenéticas como “Bestia, Bestia”? 

Willy: Precisamente en este disco tuve mucho que ver con la base rítmica. Me llevaba bien con David y Jorge delegaba bastante durante este período. David es un tío muy práctico y veía claro hacía donde había que llevar la canción. Nunca había problemas de egos ni tonterías de ningún tipo con él. 

¿Qué recuerdas de la edición del disco? ¿Qué ocurrió una vez que ya estaba en la calle? 

Willy: A la gente le gustó, se vendió bastante. Este trabajo coincidió con la aparición del formato CD. Personalmente, tengo un problema, todo aquello en que he participado en mi vida como productor y músico siempre me ha parecido una mierda que te cagas. Tardo unas cuantas escuchas en reconciliarme y verlo con objetividad. Y si procede, lo disfruto. Recuerdo que al salir me parecía una basura, aquello sonaba como el culo, comparado con los discos internacionales de la época que sí tenían masterización. En España no se masterizaba, si acaso te lo pasaban por un compresor, algo que no ocurría habitualmente en los ochenta. El disco se ha masterizado ahora de cara a la reedición. 

Muchas de las composiciones que han formado parte del repertorio histórico de la banda aparecen en este trabajo: “El Norte está Lleno de Frío”, “Enamorados de Varsovia”, “Eres una puta”, “Ella Saltó por la Ventana”, “Bestia, Bestia”, “¡Qué mal huelen los Muertos!”, “Hacer Mucho Ruido” y “Todo lo que Digáis que Somos”. ¿A qué crees que se debió? ¿Crees que el mejor disco de la banda? 

Willy: A mí me lo parece, personalmente. Tiene una dura lucha también con “Ilegales” y “Agotados”, puesto que hay mucha gente a la que le gustan ambos. Pienso que “Ilegales” y “Todos están Muertos” está mucho más cerca del mundo en que vivíamos, nos movíamos y el ambiente que nos rodeaba. “Agotados de Esperar el Fin”, aunque no lo parezca, tiene canciones más antiguas que el primero y otras compuestas para la ocasión, pero “Todos están Muertos” tiene una composición más cercana y directa, además de contar con la posibilidad de rodarlas en vivo. Creo que es un trabajo con un discurso muy coherente con la banda, por eso le gusta más a la gente. Y por eso se ha defendido este repertorio mucho en directo. 

“Sonábamos bien porque invertíamos mucho en ensayar y tocábamos todos los fines de semana”

Quienes os vieron en esa gira aseguran que el grupo sonaba como una apisonadora. Escuchando las grabaciones que has restaurado, ¿cuál era el secreto de Ilegales para mantener esa precisión milimétrica en directo en mitad del caos que rodeaba al día a día de la banda? 

Willy: Respecto a la primera pregunta decirte que las sustancias nunca ayudan ni a sonar ni a hacer nada mejor. Sonábamos bien porque invertíamos mucho en ensayar y tocábamos todos los fines de semana. Y luego pasábamos tres o cuatro horas de lunes a jueves, tocando el repertorio y canciones nuevas. En los ochenta también invertimos dinero y teníamos nuestro propio equipo. Llegamos a tener un equipo Martin Modular que compramos a Víctor Manuel y que había sido anteriormente de Pink Floyd, venía rotulado todavía con su nombre, inclusive. Claro, todo eso te obliga a llevar un mantenimiento y gente que sea capaz de sacarlo rendimiento. Había una obsesión por sonar lo mejor posible, nos gustaba ir a conciertos y ver que sonaban bien, lo valorábamos. 

“Al repasar las cintas del 84-85, escuché las cosas que decía Jorge en directo en aquellos tiempos, pienso que hoy día nos hubieran supuesto ir a la cárcel en el mismo momento” 

¿Qué recuerdos tienes de aquel periódico tan etílico, químico y sexual que os llevaba a dar más de 80 conciertos al año tanto dentro como fuera de nuestras fronteras? 

Willy: El tema de los recuerdos es una cuestión onírica. Al repasar las cintas que llevaba sin escucharlas décadas y décadas, el mismo tiempo que ha pasado desde que las grabamos básicamente. Pues bien, al oír alguna me puse malo físicamente del mal rollo que me dio recordar los momentos tan salvajes por un lado y tan… no sé cómo decirte. Era un desbarajuste bastante serio aquello. Valía todo y nadie se enfadaba con lo que pasaba. Al repasar las cintas del 84-85, escuché las cosas que decía Jorge en directo en aquellos tiempos, pienso que hoy día nos hubieran supuesto ir a la cárcel en el mismo momento. Eran unos tiempos tan extraños y peculiares que parecen un sueño. Sinceramente, me alegro de que eso no vuelva a estar en mi vida. Ilegales venían inmersos en una dinámica de reeditar parte de su histórico legado. 

Tras el triste fallecimiento de Jorge, te has encargado personalmente de la selección, digitalización y restauración de las tomas en directo de la gira 1985-86 para el segundo CD y de supervisar que todo saliera conforme a lo que dejo escrito Jorge. ¿De qué manera has llevado a cabo todo? 

Willy: Las grabaciones en vivo las elegí todas. Jorge me nombró encargado y ya te digo, tuve que dedicar un montón de horas y me dio hasta algún mareo por escuchar aquello. El resto de lo que se ha metido no ha tenido que ver ha sido cosa de Jorge y Warner.

“En aquellos tiempos nos decían: “sois una puta mierda”, “un grupo basto que no tiene la sensibilidad de La Mode”” 

Hay algún que otro añadido con respecto al álbum original. De las canciones que se han incluido ahora como novedades. ¿Cuáles te hacen más gracia? 

Willy: Me hacía mucha gracia “Western”, la toqué con un bajo Fender de seis cuerdas. Me gustaba el rollo en aquel momento, pero Jorge no la supo encontrar letra hasta principios de los dos mil. También escuché el otro día “Melmoth” que me moló mogollón el rollo. Son canciones que se grabaron y salieron hace unos años con alguna reedición. 

De entre todas las canciones de Ilegales. ¿Cuál o cuáles se encuentran entre tus favoritas y por qué? Personalmente, de este trabajo me sigue emocionando como el primer día escuchar “Enamorados de Varsovia” y “Ella Saltó por la Ventana”.

Willy: Hay dos tipos de favoritas. Las favoritas que representan algo, las que me llevan a otro sitio como “Tiempos Nuevos, Tiempos Salvajes”, creo que está muy bien hecha y la letra me gusta mucho, me encanta. Y luego tengo otras como “Cara al Peligro” y “En el Pasado”, más frikis y psicodélicas que por eso me gustan bastante. Si te digo la verdad, me gustan todas, salvo las más pop. Me costaba vernos y escucharnos tocando canciones como “Me Gusta como Hueles”, no me hacía mucha gracia. “Enamorados de Varsovia” también es una de mis favoritas. Es una canción que mejoró a base de quitar notas, vas dejando lo que de verdad suena y es mucho más interesante. 

“Ilegales durante nuestra época de máxima gloria despertamos muchos recelos” 

Durante tu larga estancia en Ilegales, coescribiste himnos imperecederos junto a Jorge como “Soy un macarra” o “Dextroanfetamina”. ¿Erais conscientes en el estudio de que estabais componiendo la banda sonora de la cara más oscura y real de la España de los 80? 

Willy: No, en absoluto. Ilegales durante nuestra época de máxima gloria, desde el 83 al 86, despertamos muchos recelos. Nadie se fiaba de nosotros, ni las discográficas, que no se la querían jugar con nosotros, ni las empresas de management, que no querían saber nada de nosotros. Siempre sentimos una gran aversión, algo muy palpable. Era una especie de cruzada tonta, por un lado, y por otro, era hacer el gamberro. Jamás pensé que aquello pudiera tener la más mínima repercusión y mucho menos cantando “soy un macarra/soy un hortera”. Manda cojones. En aquellos tiempos nos decían lo contrario: “sois una puta mierda”, “un grupo basto que no tiene la sensibilidad de La Mode”. 

“Íbamos adelante en movidas en las que casi siempre salimos bien, pero podríamos haber acabado mal” 

¿Era la cosa tan salvaje como se ha contado? 

Willy: La banda era muy cruda. Éramos muy impredecibles. Habíamos aceptado que podía pasar cualquier cosa. Éramos bastante temerarios, la verdad. Íbamos adelante en movidas en las que casi siempre salimos bien, pero podríamos haber acabado mal. 

“En el año 85 me partieron la cabeza con una tubería en Zaragoza” 

En la época en que coincidíamos a diario en la sala “El Sol” recuerdo que una noche me hablaste de un par de peleas potentes con la gente de Fuerza Nueva. 

Willy: Una fue muy gorda, tuvo lugar en Zaragoza. Me partieron la cabeza con una tubería. Fue después de un concierto de la gira del 85, donde la gente se puso borde a mitad de concierto y nosotros más. De hecho, nos fuimos a los tres cuartas partes del bolo. Se quedaron calientes y mosqueados. Por la noche salimos de copas y fuimos a una discoteca donde tocaba Divine, aquel transexual rubio y gordo. Llegamos muy borrachos y pasados, armamos una que te cagas. Se corrió el rumor de que estaban Ilegales y la gente que nos tenía ganas se presentó. Venía alguna escuadra de Fuerza Nueva, ya no existían, pero llevaban las insignias y emblemas. A mí me dieron con una tubería en la cabeza por detrás, no recuerdo nada. Aquella noche hubo hostias y fue la única vez que salió medio mal en mi época de Ilegales. 

“Cuando me presentaron a Jorge lo hicieron como “el loco””

Y luego me hablaste de otra historia donde encañonaron a Jorge con un arma y finalmente los agresores acabaron corriendo. 

Willy:
Eso fue cuando Jorge estaba estudiando en la universidad en la facultad de Derecho de Oviedo, todavía tocaba en Madson. No sé quién pegó carteles encima de quién. Si Jorge a Fuerza Nueva o al revés. Tuvo un lío. A Jorge le encañonaron y le quitó la pistola y los persiguió, aquello fue bastante sonado. El día que me presentaron a Jorge me lo presentaron como “Jorge el loco”, imagina. 

“Me lo he pasado mejor yendo de técnico en gira que como músico” 

Mucha gente te asocia exclusivamente al escenario, pero durante décadas has sido el cerebro del sonido directo en la icónica Sala El Sol de Madrid y técnico de bandas como Los Ronaldos o Lagartija Nick. ¿Qué te daba la mesa de mezclas durante aquellos años que no te daba el bajo?

Willy: Toda la vida he pensado que no soy músico. Soy un rockero que aprendió a tocar el bajo porque era lo máximo a lo que podía aspirar un chaval como yo en aquellos tiempos. A mí me gustaba el ambiente musical. Siempre me gustó mucho el sonido. En Ilegales traté de aprender sobre ello. Y al reincorporarme a mi vida civil, cuando fui a Madrid, después de Ilegales, tuve la oportunidad de buscar y encontrar trabajo y lo desarrollé. Eché cara, dije que sabía, cosa que no era así, pero me fui fijando y aprendí. Llegué a estar de moda. En los veranos de 2006-2007-2008 tenía que ir pasando trabajo a los colegas. Me lo pasé mucho mejor yendo de técnico en gira que siendo músico. Estas fuera del foco y a tu rollo. En la última etapa de Ilegales decía que lo echaba de menos. El escenario una vez que has estado muchas veces se convierte en tu oficina. 

“La música es actitud y poca vergüenza” 

Si una banda de chavales de 20 años entrase hoy a un estudio queriendo sonar con la crudeza de “Todos están muertos”, ¿qué consejo técnico les darías? ¿Es una cuestión de equipo analógico o de actitud al tocar? 

Willy: Fundamentalmente es actitud. Hay que llevar a la música a tu propio rollo, aunque, la potencia sin control no tiene sentido, como decía aquello. Nosotros tocábamos nuestras líneas con la idea de llevar la canción donde queríamos. Hay que tener un poco de escuela, cierto, pero fundamentalmente es actitud y poca vergüenza. 

Como productor y técnico, ¿qué virtudes crees que faltan a las producciones de rock actuales en comparación con el sonido directo y analógico de tu época? 

Willy: No estoy al corriente de lo que hay. De lo nuevo, me llama más la atención los que recrean cosas del pasado. Ahora parece que se lleva el trap, que no lo considero como música artística, que sea un vehículo de expresión digno y para bailar y pasarlo bien, no lo discuto. A nivel de rock no sé lo que hay por ahí. Me gustan unas chavalas que se llaman Nova Twins, son muy cañeras. Con las producciones actuales, con tantas herramientas, todo el mundo consigue unos niveles estratosféricos, pero todo suena muy parecido. Para mí gusto la mejor época se dio en los años setenta, cuando el estudio era un auténtico animal. Lo de ahora me suena muy alto, brillante y muy parecido, la verdad. “Los últimos tiempos con Jorge e Ilegales fueron maravillosos” 

Willy tu relación con Jorge siempre estuvo marcada por una tensión interna que de vez en cuando florecía. De hecho, hubo muchos años en que no os dirigíais la palabra. Sin embargo, al fallecer Jandro, fuiste tú quien volvió a la banda. ¿Cómo fueron los últimos años juntos? Y sobre todo. ¿Qué sientes ahora que sabes que nunca más volverás a cruzarte con él? 

Willy: No ha sido cosa de un día para otro. Creo que estoy terminando el proceso y ya va casi un año. Los últimos tiempos fueron maravillosos, pese a que ya éramos más mayores, no teníamos ni la misma energía ni frescura, pero Ilegales seguía manteniendo las mismas intenciones y actitud. Jorge, sobre todo él, se había tomado en serio que esto era un trabajo. La gente paga un ticket y no podemos salir borrachos un día detrás de otro, aquellos tiempos pasaron y ya no haría gracia aquella actitud. Una vez que toda la maquinaria se puso a funcionar en la misma dirección, estaba encantado de la vida. Era lo que siempre quise, pero en los ochenta era imposible. Antes, Jorge y yo, habíamos tenido muchas luces y sombras. En fin. Estos últimos tiempos, desde el primer día nos pusimos de acuerdo que nos íbamos a respetar, cosa que así fue. Estuvimos cómodos y bien hasta el final. Fue divertido. Estaba metido en eso y me sentía orgulloso. Ahora, que ha pasado más tiempo, escucho a Ilegales y me suena distinto. Pienso “¡coño eso lo he tocado yo!”, antes me sonaba más mediocre. Ahora que sé que Ilegales no van a volver entiendo el grado de afición de los fans. Me ha costado. Decía “si Ilegales sale a insultar y cagarse en todo”. Ahora entiendo mucho mejor la fidelidad y aprecio del público. 

“Tener que escuchar a Jorge darme su diagnóstico por teléfono fue bastante duro” 

¿Tuviste la oportunidad de tener una última charla con Jorge? 

Willy: Sí, claro. Jorge me llamó un día en septiembre del año pasado. Me dijo lo que creía que no sabía, pero yo lo sabía. Estaba en contacto con la persona que lo cuidaba y su mánager constantemente. Me dijo: “me han detectado un cáncer en el páncreas de grado cuatro con metástasis en el hígado y otros órganos, no me dan para pasar el año”. Tener que escuchar a Jorge decirme eso por teléfono fue bastante duro. Toda una vida de sal y pimienta, altibajos, luces y sombras. En ese momento, todo lo malo desaparece. Te quedas con que la persona con que has compartido tantas cosas es evidente que se va a ir, pese a que todavía estaba. Fue una cosa bastante compleja. 

“Me da una pena enorme saber que nunca más tendré a Jorge a mi izquierda” 

Sigo yendo a conciertos, pero cada ciertas semanas siento una punzada en el corazón al saber que nunca más veré a Ilegales en directo, nos pasa a toda mi familia. ¿Cuál crees que es el legado más rotundo de Jorge Martínez e Ilegales para la posteridad de nuestra historia cultural? 

Willy: Te entiendo. A mí saber que nunca más tocaré “Tiempos Nuevos, Tiempos Salvajes”, “Enamorados de Varsovia” o “Chicos Pálidos para la Máquina” con Jorge, aquí a mi izquierda, es una cosa que me da una pena enorme. Me parece el colmo del desperdicio del talento no poder volver a hacerlo. Por eso me he negado en redondo cuando han venido con las milongas típicas de los homenajes que no me gustan nada. A mí ahora me das a elegir entre cualquier guitarrista, vivo o muerto, para salir a tocar a un escenario dos canciones de Ilegales y te diría que tocaría con Jorge. No te escojo a ninguno de mis héroes: Jimmy Page, Jimi Hendrix, Ritchie Blackmore. El mejor legado de Ilegales es que fuimos un grupo bastante autónomo y auténtico, también autogestionarios, indies, cuando no se llevaba. El legado es muy particular por la forma de Jorge de entender y reproducir la música. Creo que tiene un lugar único porque no hay nada cerca ni parecido. No hay muchos artistas que gocen de la capacidad de ser inimitables. Se pueden tocar versiones, pero no igualar. Pasa también con Jimi Hendrix, ¿quién puede seguir esa corriente? ¿Cuántos grupos pueden imitar su rollo? 

¿Podremos volver a verte sobre un escenario en el futuro? 

Willy: No he decidido retirarme, lo ha decidido la vida. Después de tocar en Ilegales es difícil. ¿Dónde voy ahora? No por mí, estaría encantado de tocar con alguien que pague bien, me trate bien y me guste medianamente y entienda su música. Pasan varias cosas, la primera es que me he retirado a un pueblo de la costa asturiana, donde vivo como un general. Me jubilo el año que viene, ya que tengo cotizado un montón de años. He tocado con una de las bandas con las que mejor me he podido pavonear y chulear encima de un escenario, que era lo que más me gustaba. Se ha cumplido una cosa que en su día no fue ni un sueño. Me gustaría seguir tocando y sentir el rugido de la batería y los instrumentos. Ahora mismo, prefiero ser práctico, que no conformista, y adaptarme a la vida que tengo. Para ir a Oviedo tengo que hacer cien kilómetros, cerca de aquí no hay músicos. Mi retiro tuvo lugar el 2 de agosto de 2025 en San José del Valle, el último concierto que hicimos Ilegales. Voy a estar pendiente, por si acaso, no lo descarto del todo. Si estoy haciendo entrevistas y mantengo el Instagram es por la posibilidad de que alguien piense en mí para salir de gira. No por otra cosa. 

“Espero poder estrenar mi nuevo bajo con alguien”

Muchas gracias por todo, Willy. Y tú sabes por qué te las doy. No me olvido de las noches muchas noches en “El Sol”. No fueron pocos los conciertos de “sold out” en los que no cabía un alfiler, donde me dejaste acompañarte junto a la mesa de mezclas. Y también muchas las conversaciones sobre música y vida que me han marcado. 

Willy: Hay que dar lo que se recibe. Ya he dicho que no quiero hacer más entrevistas. Si alguna vez quieres hacer una entrevista conmigo, estaré encantado de responderte cuando quieras. Me están haciendo un bajo, me lo están rematando, así que tengo un bajo que estrenar, espero poderlo hacerlo con alguien sobre el escenario. 

Un abrazo grande, Willy. Te queremos. Larga vida a Ilegales, historia eterna de nuestro rock. 

Willy: Un abrazo grande.

Neil Young & The Chrome Hearts: “Second Song”


Por: Àlex Guimerà.

Decía Neil Young en una ocasión que no entendía por qué Bob Dylan no alternaba su versión acústica con su faceta eléctrica, algo cuya respuesta parece clara y evidente para todos pues sabemos que el genio de Duluth va por libre y se rige por otros parámetros creativos. Un consejo que para el propio canadiense le ha funcionado muy bien a lo largo de toda su carrera cuando ha ido alternando obras electrizadas galopando junto a sus Crazy Horse con obras mas íntimas desenchufadas. En este último bloque nos vienen a la mente los discos clásicos "After The Gold Rush" (1970), "Harvest" (1972) o "Comes A Time" (1978), pero también los ha seguido haciendo a lo largo de su carrera como el aclamado "Harvest Moon" (1992) o su reciente "Before And After", con el que hace tres años revisaba temas pasados con la acústica y la harmónica. Pero aquellos eran temas que ya conocíamos de su cancionero. 

No es que todas las canciones de este álbum las haya compuesto Neil expresamente para el nuevo trabajo, pues de las siete que encontramos cinco son nuevas y dos, aunque inéditas, son rescatadas de los años 1964-1965. Para grabarlo, el octogenario no quiso que le acompañaran sus Crazy Horse ni los Promise Of The Real y formó la banda The Chrome Hearts a base de algunos de sus habituales colaboradores como el hijo de Willie Nelson, Micah (guitarra), un peso pesado de los teclados como Spooner Oldham, Anthony LoGerfo (batería ) y Corey McCormick (bajo). Con ellos se metió en el estudio de Rick Rubin en Malibú ,Shangri-La, aunque la producción fue a cargo de Lou Adler y Niko Bolas junto al autor del disco. El resultado es un trabajo corto en cuanto a número de canciones pero no tanto en cuanto a desarrollo (42 minutos dura en total), complejidad instrumental y en el que el bardo reflexiona sobre la vejez y sobre el paso del tiempo, manteniendo su cuota para el amor y para el ecologismo. 

Sus lamentos se inician con "The Foggy Edge Of Time", que trata sobre la pérdida de la memoria, con un piano que marca el ritmo y esa estrofa "alcohol, alcohol...". Mas larga es "Day After Day" en la que acepta la monotonía de la vejez al son de unas guitarras que vienen de los mencionados discos clásicos de los setenta. La dulce intro de piano de "Earth Girl" nos mete de lleno a una balada de amor naif, dedicada seguramente a la que es su esposa: la actriz y activista Daryn Hanna. Más compleja es la que titula el disco ya que en sus más de once minutos de duración discurre a la deriva musicalmente que es precisamente lo que quiere expresar su letra: el dejarse llevar por su actual momento vital a diferencia de la juventud. Como si se tratar de una especie de rendición vital ante el destino en un momento en el que la muerte se le acerca.

En "Casting Me Away From You" adopta su versión country-rock en una de las reliquias de mediados de los sesenta, que es una canción de desamor adolescente cantada por un tipo que lo ha vivido casi todo. Lo mismo que "I'll Love You Forever" que compuso con apenas 18 años para su novia del instituto y que aparece publicada muchas décadas después tierna y frágil cantada por un tipo que ha hecho bandera a lo largo de su carrera del amor mas pasional. Un buen cierre para el paquete. No nos olvidamos de "Soon I Might Be Going" un corte incómodo de nueve minutos, para la que el autor de "Zuma" nos mete una guitarra eléctrica y nos expresa sus angustias vitales sobre la situación del planeta a la vez que acepta su mortalidad.

Un disco melancólico, angustioso a la vez que cálido, hecho desde la mirada que evoca la vejez de un tipo que ya lo ha dicho todo en su vida y poco o nada tiene que demostrar. Hay voces que dicen que Neil Young es demasiado prolífero en publicar discos nuevos de estudio, discos en directo o discos de rescates. Pero la verdad es que uno piensa que tipos como él a estas alturas de la película que hagan lo que les dé la gana, que sigan trabajando, componiendo, grabando y yéndose de gira hasta que el cuerpo les aguante, si es lo que desean. Por nuestra parte nos quedará gozar de un mundo en el que aún podemos ir a la tienda de discos y comprarnos su disco número cincuenta de su carrera. Un privilegio.

Richard Thompson: “Hippies, Thugs and Heroes”


Por: Kepa Arbizu. 

Cualquiera que haya habitado, aunque sea de manera esporádica, alguno de los múltiples senderos que componen el ámbito artístico, es conocedor en primera persona de la ingratitud, salvo para unos cuantos privilegiados, con que tiene la costumbre de comportarse dicho ecosistema, sobre todo si se pretende cuantificar el aspecto creativo en términos de resonancia popular. Un agujero negro de condición democrática a la hora de silenciar por igual a anónimos recién llegados como a luminarias encargadas de definir épocas y generaciones. Un segundo grupo sobre el que resulta más oneroso si cabe ese desplazamiento de los focos, coligiéndose de él un injusto olvido patrocinado por un paso del tiempo demasiado ocupado en mimar emergentes incorporaciones de chispeante, pero limitado, recorrido. Aceptando la media verdad que supone la inviolabilidad de los gustos personales, por el contrario existen los suficientes elementos objetivables como para dar fe de manera irrebatible sobre ciertas capacidades y talentos musicales, los cuales tienden a ser evaporados con demasiada facilidad por un ruido mediático fascinado por bonitos envoltorios -delimitados por un canon mercantil- sin sustancia.

Estas miserias, o por lo menos así visibilizadas en nuestro territorio, son las que lleva décadas padeciendo un nombre, el Richard Thompson, al que ni escribir algunas de las páginas más brillantes de la historia, ni por supuesto mantener una extensa y casi inmaculada carrera, le han servido para merecer ser catalogado como uno de los tesoros supervivientes de la época dorada del rock. El bajo palio con que son paseados, con total merecimiento, nombres de la talla de Bob Dylan o Neil Young, permanece restringido para Richard Thompson, y eso a pesar de que la media de su discografía reciente supera en cuanto a interés a la producida por los dos mencionados. Una consideración que con la publicación de su nuevo trabajo, el magistral, “Hippies, Thugs and Heroes”, se convierte en una abrumadora certeza.

Quien en su momento fuera pieza indispensable para entender el folk-rock británico de los años setenta, ya sea la través de la banda Fairport Convention o en dúo con su en aquel momento pareja, Linda Thompson, un vínculo tan turbador en lo emocional como productivo en lo artístico, su actual residencia en los Estados Unidos no ha supuesto limar, ni por supuesto extirpar, esa flema británica que se cuela ya sea en sus textos como incluso en la misma tarea musical, ambos aspectos en los que resplandece especialmente. Una labor, la instrumental, sostenida desde hace tiempo ya por una banda perfectamente acompasada en el reto de seguir, y comprender, sus virtudes compositivas, una formación en la que cabe destacar unas bases rítmicas, en manos de Taras Prodaniuk al bajo y Michael Jerome a la batería, que aportan un balanceo swing muy peculiar e identificativo a cualquiera que sea el ritmo o el tono escogido. Un bamboleo que se ha convertido en danza armónica para los refugios intimistas con la misma solvencia que oficiando de acompañante del bramido eléctrico.

Sin ánimo de caer en el panegírico, aunque sobran los motivos para hacerlo, no se puede obviar que una de las grandes virtudes del británico está representada por el idioma con el que ha enseñado a hablar a su guitarra, que pasa por ser uno de las más originales y admirables existentes, por mucho que la fascinación colectiva por las filigranas y el onanismo entre trastes haga rimar de nuevo esa misma historia que conduce a esconder su nombre cuando de alabar a los mesías de las seis cuerdas se trata. La falta de debilidades en ninguno de los ingredientes que confluyen en el hecho compositivo, hace que los resultados en la obra Richard Thompson, quedando fuera de toda duda ninguna supuesta infalibilidad ajena a la condición humana, aumenten sustancialmente las probabilidades de éxito. Contrastadas y reiteradas escenificaciones de sus virtudes que sin embargo no impiden, y sería una pena asumir como cotidiana su excelencia, caer rendidos ante la que probablemente sea una de las cimas, al menos en solitario, de su trayectoria.

La enumeración con que se titula este nuevo disco, resulta claramente orientativa de un contenido donde se agolpan personajes anónimos, fruto de las experiencias acumuladas a lo largo de los años por el autor, suspendidos por una incertidumbre que desdibuja las fronteras entre víctima y verdugo, porque todos ellos, a su manera, son únicamente culpables de ver cómo se desmoronan sus paraísos idealistas. Un retablo de personalidades que toman vida gracias a la excelente escritura de Richard Thompson, un particular estilo nutrido por igual de la melancolía, el romanticismo y un verbo de agria ironía que en no pocas ocasiones desemboca en una estremecedora amargura. Un trágico elemento especialmente visible en unos textos actuales que se regodean en su lamento, incluso cuando éste se manifiesta afilado contra aquellos gurús que tan bien conoció en sus experiencias espirituales y a los que desenmascara, a ellos y a cualquiera que ponga su libro sagrado bajo el mandato de sus egoístas pretensiones, a través del rock saltarín de "Sorcerer’s Apprentice" sellado por su inseparable deje folkie, al que suma las armonías vocales de su su mujer, Zara Phillips, una presencia repetida con trascendente asiduidad a lo largo del álbum. El carácter musicalmente más rugoso y eléctrico hará acto de aparición en "Cocaine Walking, Booze Talking", sustentada en poderosos riffs de ascendencia blues y una trémula entonación con la que desvestirá las fábulas sobre príncipes azules hasta conducirlas a los riscos que dibuja la realidad.

Pero si algo caracteriza a Richard Thomson es una condición de trovador que incluso mantiene cuando alude a los ágiles ritmos funk de "Unsung Hero", dando la sensación de que la música afroamericana se descubrió en verdes parajes boscosos para homenajear, como así hace en dicho tema, a esos héroes sin vitola mítica pero sin los que la historia, en mayúsculas, jamás podría haber sido escrita. Sin abandonar esa frondoso territorio, "She Burns It All" se transforma, apoyada en repetitivos arpegios de fuerza hipnótica, entre marmitas y pociones mágicas en un sortilegio entonado por una confabulación de brujos y chamanes. Un espíritu inquietante que late también sigiloso pero perceptible incluso en una intimista y delicada "Pauper’s Grave", que acoge entre su formulación sutil la desgarradora fuerza que proviene del trágico destino, el mismo que oficia de epitafio trasladado por sonido de violines y raíz celta en una "The Big Smoke" con morfología de canción de cuna que se despierta sobresaltada, al poner nombres y apellidos en "Stringer", alrededor de una tormenta eléctrica como membrete a una fábula de sanguinarios asesinos. Relatos novelados, o realistas, o quizás ambas cosas, que se cuelan en los huesos a través de una voz que no puede disimular haber vivido, y traducido, en primera persona los múltiples rostros, algunos dignos de terror, con que se expresa el ser humano. 

Que el compositor británico es un estilo en sí mismo, inimitable pero referencial para quien busque en la música la belleza de la melancolía, queda ratificado cuando escuchar "The Soul In Me" , y su folk de épica nostalgia, supone vincular este tema con toda una discografía repleta de análogas melodías tan características en sus manos, ya que pocos músicos son capaces de escribir lápidas sentimentales con la pureza dramática que describe su firma. Descenso a los infiernos emocionales que alterna bajo absoluta naturalidad con el evocador medio tiempo "Make Believe You Don’t Know Me", repleto de detalles instrumentales, algunos tan poco habituales que no se veían desde su ya lejano "I Want to See the Bright Lights Tonight", o el bucolismo campestre, digno del más estilizado Gram Parsons, que anida en "Pipe Dreams" o "Everybody’s Stealing". Placidez melódica que, sin embargo en este esta segundo título, rima con un agrio contenido donde sitúa al individuo como sujeto pasivo en ese constante latrocinio al que es sometido, una narrativa heredada de generación en generación protagonizada por la reiterada usurpación colectiva donde ladrones y gendarmes ofician el mismo trabajo.

Acudiendo a sus recuerdos y servidos como tesis universal, Richard Thompson da forma a una obra maestra que no es la primera, ni mucho menos, pero sí que sorprende al llegar en pleno crepúsculo de su carrera, por una cuestión meramente numérica. En este retablo, a modo de jardín de las delicias realista donde monstruos y trileros ocupan el mismo espacio que soñadores y amantes, se encuentra la esencia, lírica y musical, de un creador al que difícilmente puede equipararse nadie, una conclusión que puede sonar atrevida pero que se sustenta, sin ir más lejos, en este "Hippies, Thugs and Heroes". No hace falta volver a los años setenta, o a ninguna época autoproclamada dorada de la música, para recoger sus frutos más jugosos. Estas canciones se presentan como una cima creativa fechada en la actualidad y por las que respira esa herida existencial que nos postra reiteradamente ante los ruinas de nuestros sueños. Pero como canta en su canción final, la desnuda y emocionante "Siren", “hay miel en la trampa”, por lo que merecerá la pena acabar malogrados tantas veces como sean necesarias en el intento de degustar ese néctar que da sentido al camino.

Juanjo Ordás: “Bunbury: canciones desde El Puerto 2006-2011”


Por: Javier González. 

La relación de Juanjo Ordás y Enrique Bunbury va mucho más allá de lo que uno puede esperar a simple vista del binomio periodista-artista, algo que intuíamos a tenor de la publicación de los ensayos “Bunbury Experimental” y “Bunbury. El mundo sobre el trapecio”, firmados con dedicación y profundidad por el periodista madrileño, los cuales tenían ya al músico aragonés como protagonista. 

Sin embargo, gracias a “Bunbury: canciones desde El Puerto 2006-2011”, dicha percepción ha demostrado quedarse radicalmente empequeñecida, puesto que estamos ante una obra que solamente puede llevarse a cabo cuando entre las dos partes implicadas hay algo que va mucho más allá de una relación profesional. Y es que este nuevo volumen es un proyecto en el que se estuvo trabajando desde hace más de una década, hasta el punto de llegar a culminarse en un momento y forma que no convencieron del todo al propio Bunbury, quien, tras comunicárselo a Juanjo, prefirió dejar el texto guardado en un cajón que parecía destinado a un olvido del que sorpresivamente ha salido ahora con distinto envoltorio y totalmente reescrito. 

La obra gira principalmente en torno a un período vibrante de la trayectoria de Bunbury, donde grabó álbumes de estudio que se movía en torno a la amplia etiqueta del rock americano más heterodoxo y fronterizo, hablamos de trabajos como “Hellville de Luxe”, “Las Consecuencias” o “Licenciado Cantinas”; también directos del calado de “Gran Rex” y proyectos comunes como “El Tiempo de las Cerezas”, donde mantuvo un pulso firme de canciones con Nacho Vegas, encontrando hueco a lo largo de esta etapa para volver por última vez con Héroes del Silencio en su aclamado “Tour 2007”. 

Serán los citados trabajos los que ocupen el grueso de las preguntas y respuestas que nos acercarán al proceso compositivo y las vivencias del artista, pero también a los estudios de grabación y a las colaboraciones efectuadas a lo largo de los años; también a sus referencias y a la gestación de algunas canciones concretas, donde en ocasiones se afina hasta el punto de recordar cómo surgió un riff u otros arreglos, algo que hará las delicias de los fans más acérrimos, como seguro lo hará la presencia de pequeños “flashback” que nos harán volver a la Zaragoza de los años ochenta y a la ya citada gira de reunión de Héroes del Silencio, pasajes en los que salen a relucir confesiones y citas más que reveladoras que llenan la lectura de momentos muy emocionantes.

La importancia de ciudades como Zaragoza, Los Ángeles, Madrid y El Puerto de Santa María en la vida de Bunbury, las confesiones más íntimas sobre lo que debe ser una gira de conciertos, donde jamás se debe cometer el error de pasar más de dos meses fuera de casa o el buen tino y esforzada tarea de manejar un repertorio de casi sesenta canciones para evitar la monotonía sobre las tablas; la necesidad de contar con una banda que funcione como una santa hermandad o la trascendencia de controlar la integridad del proceso creativo sin que tu compañía de toda la vida se convierta en un manicomio y tu mánager en parte del problema. 

Un fantástico tira y afloja, literal por momentos, donde dos tipos que se conocen al milímetro “divagan” sobre la carrera de uno de los nombres fundamentales del rock en español de los últimos cuarenta años, haciéndolo con la suficiencia perspectiva y madurez como para legarnos un manual sobre lo que es el proceso creativo y la posterior puesta en escena del resultado final en formato canciones frente a un público que normalmente no suele tener las mismas necesidades expresivas, ni el mismo enfoque que el artista al que idolatra y acude a ver en directo. 

Cada página rezuma experiencia pura y dura, cada línea vale su peso en oro. De lo mejor que un servidor ha leído en los últimos tiempos. Palabra.

Sienna: “LINCE”


Por: Javier Capapé. 

Por si alguien todavía no lo sabe, Alejandro Ruiz es Sienna. Un artista valenciano que, tras casi diez años a bordo de este proyecto, nos presenta ahora su cuarto largo: “LINCE”. Detrás del nombre de Sienna se esconde un proyecto de música pop escorada hacia la electrónica y lo alternativo que se hizo valer tras el reconocimiento de su disco “Trance”, un trabajo experimental y temático que giraba alrededor del concepto de la enajenación. Ahora, con “LINCE”, en mayúsculas, como queriendo gritar cada título del mismo, se inspira en la figura de este animal como símbolo de instinto y de la capacidad de encontrar luz en la oscuridad. No sé si Alejandro Ruiz se identifica con estos animales, pero lo cierto es que en este disco ha conseguido obedecer ciegamente a su instinto para presentar una colección de canciones muy inspirada y llena de luz. Hay dolor en el mismo, y rabia también, pero se supera tras el “trance” por el que pasamos al escuchar estas doce canciones. 

Con estas composiciones, Sienna ha evolucionado hacia un sonido más contemporáneo, electrónico quizá, pero sin perder sus hechuras pop. Si con “Trance” había conseguido una mayor presencia en los escenarios y un reconocimiento más amplio (de hecho su canción “Esto no es el cielo” formó parte de la cabecera de una popular serie televisiva), con “LINCE” apuesta por ese salto definitivo gracias a contar con el respaldo de Universal Music y Pink House Management, pero sobre todo por saber que cuenta con una colección más que solvente de temas que no van a dejar indiferente a nadie.

Hay un nombre que me viene a la cabeza muchas veces cuando escucho estas canciones. Es el de Carlos Ares. Y no me viene de forma peyorativa, sino todo lo contrario. Las líneas de convergencia entre ambos hacen sumar enteros a las canciones del valenciano, sin lugar a dudas. Ha recogido algunos de los tics del gallego y los ha remozado con su particular estilo. Hay menos folk en Sienna, lo suyo es el pop, pero sabe empaparse de lo que le rodea para presentar un producto propio realmente sugerente.

Desde “Valor” ya notamos que este disco tiene un espíritu diferente. Que está hecho para acompañarnos por mucho tiempo. Una canción atemporal y de mensaje universal que va de la pureza acústica del principio a la potencia eléctrica desde el segundo estribillo. Hay quiebros directos y mensajes lanzados como dardos. Una buena muestra de lo que nos espera en este viaje que, inmediatamente, se va hacia un rock más acelerado e incisivo con “Afilado”. En ésta, la voz de Alejandro se clava, suena muy cortante e incisiva, y en su forma de modularla podría llevarnos hasta León Larregui, de Zoé.

Estas doce canciones, que se degustan en un suspiro, no dejan ese punto medio entre la electrónica y lo más acústico. Así nos encontramos con “Cemento”, que tiene un toque más experimental pero sin perder su suavidad. También arranca suave “Esto mata a cualquiera”, pero se torna hacia al pop más desgarrado desde su estribillo, recordándonos a las producciones del baezano Alis.

El equipo con el que ha contado Sienna para dar estos matices más contemporáneos a sus canciones está compuesto por Lagu, mano derecha del valenciano y responsable de guitarras, bajos y baterías en muchas canciones, además de Sean Marholm y Liam Garner. Los tres asumen tareas de producción además de programar los temas y tocar multitud de instrumentos para darles el necesario toque orgánico. Eso es algo que se percibe muy claramente en “X los siglos de los siglos”, muy sutil al principio para entrar con secuencias que acompañan a las acústicas desde la segunda mitad. Quizá al final quede algo saturada, pero el intento de sonar más cercano y real está presente, algo que encontramos con más acierto si cabe en “Loco”, una de las mejores de la colección. Aquí Sienna saca su vena de cantautor melódico sosteniéndose con lo justo. Hay que decir que desprovisto de efectos, que están muy presentes en muchas canciones, suena increíble, por lo que se constata que sobreproducir no siempre es lo que mejor puede sentar a las canciones, algo que le pasa a “Bendice” y que le hace perder atractivo. Ésta es más pesada y con un groove muy potente. Sienna canta con garra y claramente se sale de las formas del resto por su dureza, pero se queda en un experimento sobreproducido que ni encaja en los ochenta ni en la deriva de este siglo.

Todo suena mucho mejor cuando apuesta por compartir protagonismo con voces femeninas. Alba Morena le acompaña en “A.P.D.L.P.” (“A pesar de la pena”) y La María hace lo propio con “València”, una canción en la que desaparece la rabia, aunque instrumentalmente es muy intensa, y se podría percibir como un homenaje a su hogar. La María aporta su deje, emparentado con la mismísima Rosalía, en valenciano. Una canción con la que el disco cierra y en la que se mezcla lo heredado con lo nuevo.

Pero no pensemos que Sienna prefiere la contención, porque entre estas canciones se esconde también la fiera que llevamos dentro, como ocurre con la canción titular, donde nos atrapa un arpegio limpio de eléctrica mientras va sumando cuerpo con la rítmica, o “Garra”, más sucia y garagera y con una guitarra eléctrica muy en consonancia con el título. Se sale de la tónica pop predominante, aunque conserva formas contenidas a pesar de querer ser más dura, algo que también se percibe en “Te veo venir”, con un riff muy interesante, menos pop, aunque su fuerza sea ligera en el fondo, llevándonos a las formas mainstream de Dani Fernández. El despecho es la base, pero con cierto toque edulcorado.

A pesar de algunos pasajes mejorables, “LINCE” nos deja muchas más alegrías que sinsabores. Su autor tiene claro que éste es su momento y sabe aprovecharlo. Refresca el pop de raíz y lo envuelve con una pátina entre rock y vanguardia que le hace sumar. Estoy seguro de que con este disco tendremos cada vez más presente a Sienna. Su propuesta es fácil de abrazar, pero a la vez exige oídos bien abiertos y sin prejuicios. Esta vez ha cantado a esa capacidad de sobreponernos tras la dureza del camino que todos podemos encontrar en ese animal que llevamos dentro. Él desde luego que sabemos que lo ha encontrado en ese lince, único y enigmático, una fiera que, lejos de amilanarse, resplandece e incita a levantarse tras cada golpe.