Andrés Ferreiro (Querido): “Escribir y exteriorizar lo que te pasa te puede ayudar a sanar”


Por: Javier Capapé. 
Fotografías: Pablo Tuche.

Querido llegó a nuestras vidas casi por accidente. Les descubrimos en el Náutico de San Vicente y desde el principio supimos que el magnetismo del gen Ferreiro nos iba a atrapar de forma irremediable. Dos años después de su debut y de ir ganando terreno en el “cajón de sastre” en el que se ha convertido el panorama del indie nacional han vuelto a la acción con un disco mucho más valiente que su puesta de largo. “¿Qué seré yo?” es una colección de canciones cargadas de preguntas que no siempre pretenden encontrar respuestas. Canciones que reflejan la angustia, el inconformismo o la desubicación de una generación, la de Andrés, Antón, Roque y Raúl, los jóvenes miembros de este combo vigués, que, contra todo pronóstico, parecen tener muy claro el camino a dibujar en su paleta cromática musical, mucho más cerca del pop, pero lejos de convencionalismos imperantes.

Con unos principios muy claros por bandera, la singular voz de Querido se puso en contacto con El Giradiscos para desvelarnos algunos de los matices más curiosos de su difícil segundo álbum (por aquello de ser la continuación de su interesante debut), aunque, a decir verdad, con él han acertado de lleno. Han conseguido aunar pop (bien ejemplificado en sendas colaboraciones con amigos artistas de lo más acertadas) con atmósferas y ambientes que increpan y seducen a partes iguales. En una charla de lo más interesante con Andrés Ferreiro hablamos de estas preguntas que plantean sus nuevas canciones, del hilo conductor que las une y, por supuesto, de la decisiva relación con su padre que, en lugar de tratar de enmascarar, la muestra sacando pecho y admitiendo lo mucho que les ha influido para dar forma a este grupo cada vez más sólido y arrollador. Porque estas canciones así nos los muestran, como una banda con una gran personalidad y todo aún por decir. Sí, Querido nos plantean muchas preguntas, pero para responder a la primera que da título a este disco basta con poner a girar el mismo y escuchar con atención. Las respuestas llegarán solas. 

Si te parece, vamos a comenzar hablando del título de vuestro álbum. Por si alguien todavía no os conoce, y haciendo referencia al título “¿Qué seré yo?”, quería preguntarte ¿quiénes sois vosotros? 

Andrés: Querido somos cuatro amigos de Vigo. Antón, que es el guitarrista, Raúl, el batería, Roque, el teclista y yo, que soy Andrés. Raúl, Antón y yo nos conocimos estudiando un ciclo superior de sonido. Entonces alguien propuso tener una banda y todos dijimos que sí. Roque y Antón se conocían de otras bandas y como necesitábamos un teclista, Antón dijo que tenía un amigo que podía hacerlo. Llamó a Roque y a partir de ahí nació Querido. 

Estáis ya con vuestro segundo disco. ¿Cómo está siendo la acogida? Precisamente venís de presentarlo en Madrid. ¿Cómo fue el concierto en el Café Berlín? 

Andrés: Muy bien, la verdad es que estamos contentísimos, tanto por nuestra sensación como por la de la gente que vino, que nos dijo que fue un concierto espectacular, de los mejores que hemos dado. Siempre gusta y se agradece que la gente que viene a verte te diga que estás reflejando el nivel que tienes encima del escenario, porque a veces igual tú crees que lo estás haciendo genial y la gente puede decirte que fue un desastre. Pero la verdad es que en Madrid fue todo muy bien. 

Han pasado dos años desde vuestro debut y también desde que tuvimos nuestra primera charla. ¿Cómo habéis vivido este tiempo de crecimiento? ¿Cuánto ha cambiado Querido o habéis visto crecer este proyecto? 

Andrés: Pues ha sido un poco montaña rusa. Creo que eso que se dice de que es muy difícil hacer un segundo disco es verdad, aunque pensáramos que era mentira. Éste es un disco que nos ha costado bastante hacer. Hemos tenido muchos altibajos. Y sí, podemos decir que Querido hemos cambiado mucho, principalmente en cómo trabajamos entre nosotros. El primer disco fue hecho mucho más en solitario, Antón en su casa y yo en la mía. En éste quisimos juntarnos más y que fuese un disco de banda, en el que participásemos los cuatro y que participase también mucho Sergio Martínez Puga, que es nuestro productor. La verdad es que han sido dos años de muchos cambios y de reordenar las piezas un poco para encajarlas donde todos estuviésemos más cómodos. Ha sido un tiempo de cambios y ahora está viendo sus frutos. 

Precisamente lo has dicho tú. Los segundos discos son siempre un reto porque se dice que se tiene toda la vida para hacer el primero y solo un poco de tiempo para su continuación. ¿Qué tiene este disco que lo diferencie o le lleve un paso más allá de “Una nueva esperanza”? 

Andrés: Creo que lo que tiene es un concepto. La mayor diferencia entre los dos discos es que el primero es como el batiburrillo de las primeras canciones de una banda. Eso se nota. Para algunos de nosotros era nuestra primera banda y nuestras primeras canciones, así que es un poco lo que te digo. En el primer disco las canciones que van saliendo van entrando. Sin embargo, este disco queríamos que fuese algo más conceptual, que las canciones tuviesen que ver entre sí y que todo tuviese un nexo que lo rodease. Es verdad que también, a nivel de producción, quisimos bajar un poco el nivel y la cantidad de instrumentos que había en el anterior. Decidimos bajar un poco a tierra, tanto en la producción como en los textos. “Una nueva esperanza” es el primer disco de unos chavales a los que se les va la olla y hablan de cualquier parida mental y meten muchísimas cosas en él. Y en éste dijimos: “vamos a ir con los cuatro o cinco instrumentos que queremos, que la voz tenga el espacio necesario y que las letras tengan justo lo que tengan que decir”. 

 “Queríamos que este disco fuese más conceptual, que las canciones tuviesen que ver entre sí y que todo tuviese un nexo que lo rodease” 

Ahora quería preguntarte por ese concepto. El disco gira en torno a unos audios que están insertados entre las canciones. Precisamente esos audios son los que llevan el título del disco, “¿Qué seré yo?”. No sé de dónde surge esta idea o qué recogen esos audios, porque en ellos hay un poco de todo. Hay amigos, familiares, estáis vosotros... Es un poco como un juego intentar encontrar todo lo que hay. ¿De dónde surge la idea y qué recogen los audios? 

Andrés: Lo de los audios viene un poco de escuchar discos y gente que lo hace por ahí también. Recuerdo ahora el último disco de Veintiuno, que se abre con un audio en el que alguien hace una introducción. También Mikel Izal llevaba audios en directo de su familia como para pasar de actos y cosas así. Me gustó mucho la idea y una mañana llegué al estudio y les dije a los demás: “me encantaría que el disco lo abriese como un audio de mis familiares o algo así”. Y de repente me vi allí con todos ellos y pensé que, en realidad, tendríamos que coger todos los audios que teníamos, mandarlos a un grupo de WhatsApp y ver qué podíamos hacer con eso. Porque al final si el disco es de todos, yo creo que no tiene que estar solo mi familia en los audios. Tendrían que estar todos. Y fueron como una o dos mañanas de agrupar audios que nos habían mandado a lo largo de los últimos años de familia, amigos, gente del trabajo… y recogerlos en una pista. Al principio, el audio iba a ir todo al comienzo del disco y enlazado con “¿Sólo quiero estar?”, pero llegamos a la conclusión de que era mejor dividirlo a lo largo del disco, porque si no igual era una intro un poco larga, un poco contundente. Así que creo que lo de dividirlo en “¿Qué”,”Seré” y “Yo?” es un poco la respuesta más cercana que tenemos a la propia pregunta. Al final, que la respuesta a “¿Qué seré yo?” sea toda la gente que haya a tu alrededor, tanto amistades como amores, familia o trabajo, funciona. Creo que hay pocas cosas que puedan responder tan bien a esa pregunta. El concepto nace un poco de ahí. 

Por lo tanto, podría decirse que todos los mensajes forman vuestro yo, de alguna forma. 

Andrés: Es lo que intentábamos transmitir, que toda la gente que nos manda un audio en algún momento forma parte de lo que somos cada uno de nosotros. 

Es curioso porque cada vez que escucho el disco encuentro algún episodio que no había oído dentro de esos audios, en los que hay muchas cosas. 

Andrés: Hay muchísimo, sí. Nos volvimos locos, la verdad (risas). 

Hay otra cosa muy curiosa en el disco y es que todas las canciones aparecen con interrogantes. ¿De dónde surge este hilo común? 

Andrés: Surge de la última canción, de “¿Qué va a pasar?”. Es la última canción del disco además de la última que compusimos. Me acuerdo el día que la hicimos. Yo tenía como un estribillo hecho. Llegué al estudio y nos gustaba mucho el estribillo y Sergio, nuestro productor, dijo: “vale, pues te hago una estrofa en un momento y así tú te la llevas y acabas la letra en casa y a partir de ahí trabajamos”. Me gustó tanto la estrofa que hizo Sergio en el momento que descarté mi estribillo e hice el tema entero con la estrofa que hizo él. Me puse a escribir la letra y cuando llegué al momento culmen del tema que es el “¿Qué seré yo, qué va a pasar?” me di cuenta, revisando el resto de canciones, que todas tenían una pregunta en el estribillo o generaban como una duda. Entonces, al día siguiente llegué con la letra y les dije: “creo que esta canción tiene que llamarse “¿Qué va a pasar?”, el disco tiene que ser “¿Qué seré yo?” y todo tiene que ir entre interrogaciones porque al final todas las preguntas siguen el nexo de la duda y de la interrogación en el propio estribillo”. A partir de ahí nació lo de las preguntas. 

Por lo tanto, estáis más instalados en la duda en este momento ¿Hay más preguntas que respuestas a vuestro alrededor? 

Andrés: Sí, creo que ahora mismo estamos en un momento en el que la mayoría son incógnitas, tanto a nivel laboral como a nivel personal y vital. Creo que también es un poco por la edad. Entre los 20 y los 30 es como la edad de hacerte las preguntas e intentar resolver las máximas posibles. Creo que estamos ahí. 

Sí, bueno, podéis estar ahí, pero también es valiente admitirlo porque, de alguna manera, ahora lo que prima es todo lo contrario. El ir diciendo “¡Qué bien estoy, cómo molo y aquí no pasa nada!”. Plantear dudas también es algo novedoso. 

Andrés: Sí, pero también es algo que nos planteamos entre nosotros. Siempre digo que éste es como un disco muy de estar un domingo en casa o de estar tomando algo con amigos. Nosotros, cuando estamos juntos, la mayoría de cosas que hacemos es hacernos preguntas. Unas pueden ser más banales y otras más trascendentales, pero hay pocas cosas más Querido que estar tomando algo y hacerte preguntas sobre la vida. Creo que es el punto en el que estamos. 

Estas canciones vuelven a destacar por un sonido casi atmosférico, más centrado en los teclados y en los sintes que en las guitarras. No sois un grupo que se decante por ese rock afilado que ahora mismo está por todos los lados, que predomina tanto. ¿Estáis más cómodos fuera de la corriente general? 

Andrés: Sí, no sé si más cómodos, porque es verdad que consumimos música que está en la corriente general, pero sí que creo que, sobre todo a nivel de composición, nos sentimos mucho más cómodos componiendo con un teclado que con una guitarra. Eso marca mucho hacia dónde van las canciones. Cuando compones con un teclado te sale una melodía mucho más fina y todo como mucho más armónico que con una guitarra, que es como más de golpe y con más fuerza, ¿no? Creo que podríamos hacer cualquiera de las dos cosas, la verdad, porque somos una banda que nos podríamos mover en esos dos ámbitos sin muchos problemas, pero sí que nos decantamos un poco más por el piano y los teclados o, como dices tú, por los ambientes y los sintes. Nos va un poco más a ese rollo ahora mismo. 

Ya no solo con los sintes, sino también con las duraciones de las canciones os salís un poco de la norma, porque creo que solo hay una o dos en el disco de tres minutos de duración, el resto se van todas. 

Andrés: Sí, es algo que llevamos comentándolo con discográficas y todo ese entorno. Nos dicen: “Joder, es que son temas bastante largos, ¿no?”. Siempre decimos lo mismo, que hacemos los temas que nos gusta escuchar, o sea, yo voy a mi plataforma digital y la mayoría de temas que escucho duran más de cuatro minutos y medio. A mí me parece muy difícil contar todo lo que tienes que contar en una canción de menos de tres minutos, la verdad. Admiro a la gente que es capaz de hacerlo, pero yo no sé. En nuestro caso, cada vez que estamos haciendo una maqueta, nos reímos porque ya la maqueta, sin desarrollarla, dura más de tres minutos y medio, así que la canción va a terminar siendo de cuatro y medio o cinco minutos, seguro. Sí, somos de temas largos. 

Has nombrado varias veces a Sergio Martínez Puga, que vuelve a los controles. ¿Podría decirse que es como un miembro más de Querido? ¿Qué os aporta en toda esta experiencia? 

Andrés: Sergio fue como la luz para un grupo de chavales que estaba empezando. Es el que aportó la experiencia y las tablas para decir: “entiendo las ideas, entiendo los conceptos, pero creo que debéis tirar por aquí”. De alguna forma es como el quinto miembro de Querido. Llevamos con él desde el primer disco y tiene mucha experiencia, ya no solo haciendo discos, sino también, con nosotros, tocando el bajo o la guitarra en directo. Es como esa persona que hace que todo esté muy tranquilo y también, en nuestro entorno, es el que estandariza lo que queremos ser. Cuando estás empezando en una banda, vas como un pollo sin cabeza, ¿no? Pues para nosotros él es el que nos para un poco y nos dice: “mira, no os llevéis diecisiete sintes, vamos a ir con estas dos cosas, que cada uno sepa lo que tiene que hacer y que todo esté englobado bajo el mismo concepto”. Eso es un poco lo que marca Sergio. 

Por lo que dices, Sergio ahora se encarga del bajo y antes era más bien de la guitarra. ¿Habéis cambiado un poco los papeles? 

Andrés: Sí, justo en estos dos años decidimos que Antón pasase un poco más a las guitarras y Sergio cogiese el bajo. 

“Las colaboraciones de este disco nacieron de la cercanía” 

Hemos dicho que los tiempos de vuestras canciones no son los habituales, que vuestro género también es algo diferente, sin embargo, lo que sí que hay en este disco son colaboraciones con artistas muy conocidos. De la colaboración con tu padre hablaremos después, pero también está David Ruiz, de La M.O.D.A, Diego Arroyo, de Veintiuno, y Merino. ¿Es esta una forma de daros a conocer al público de estos grupos? Cuando aparecen David o Diego en vuestras canciones es, más bien, ¿una forma de dar respuesta a la necesidad de compartir las ideas con estos colegas? 

Andrés: Sí, creo que las colaboraciones de este disco vinieron como de sopetón. La única colaboración que íbamos a tener en realidad era la de Merino. El resto de colaboraciones nacen a raíz de que para este disco firmamos con Universal y Miguel, que es nuestro AR, también es el AR de La M.O.D.A. Así que, cuando estaban haciendo promo de “San Felices”, Miguel estaba comiendo con David y le dijo: “Acabamos de fichar a Querido que están con su segundo disco”. Y David le dijo: “Pues a mí me encantó el primer disco y les fui a ver un par de veces, a Copérnico y al Sonorama”. A raíz de eso, Miguel me dijo que acababa de hablar con David y me propuso mandarle el disco por si hacíamos algo con él. Después hablé con David y nos dijo que cantaba lo que quisiéramos, que escogiéramos nosotros la canción, porque le encantaba el proyecto. Así que teníamos las colaboraciones de David Ruiz y de Merino y pensamos que no tenía sentido no hacer más colaboraciones porque no es que el disco las necesite, pero sí que las puede pedir. Son canciones como que desde el minuto uno pegan estas cosas. A raíz de sumarse Diego Arroyo o mi padre sentimos que estas colaboraciones eran más de cercanía. Están las personas con las que mejor me llevo dentro de la industria, con las que más tiempo hablo y más confianza tengo. Las colaboraciones nacieron un poco a raíz de ahí. Que luego nos ayudan también a nivel publicidad y demás, está claro, por supuesto, pero nacieron de la cercanía. 

Bueno, de la canción con tu padre hablaremos después, pero es verdad que a mí me llamó mucho la atención vuestra colaboración con Merino. Es un grupo desconocido para muchos a pesar de ser muy potente. Fue una gran sorpresa para mí porque vuestro espíritu casaba perfectamente con el de Merino. Además, me puse a revisar nuestra entrevista de hace un par de años y decíais que queríais colaborar con músicos que sumasen, no que fueran simplemente tendencia. ¿Qué ha sumado concretamente Merino a vuestro cancionero? Porque en “¿Cómo no conocía a vuestra madre?” está claro que hay una emoción y un empaste en vuestras voces que parece que estéis hechos para cantar juntos. 

Andrés: Ya te digo que era como la única colaboración que iba a ir en el disco y la tuvimos clara desde que hicimos la canción. Me acuerdo que cuando acabamos de maquetar la canción ya dije que tenía que ir una voz femenina seguro porque pegaba mucho con ese rollo que tiene el texto alrededor de la conversación. Desde el minuto uno, la opción de Sandra salió a la palestra y creo que estábamos todos bastante de acuerdo. A partir de ahí hablamos con ellos y les preguntamos si les apetecía cantarla, y desde que les mandamos el tema nos dijeron que les encantaba a los dos. Y también ocurre lo que tú dices, se nota mucho su trabajo. Nunca le había pedido a alguien que cantase una canción que había hecho yo y había llegado al estudio y la había adaptado tan bien a lo que necesitaba la canción por su parte. Nosotros nos quedamos flipando. Sandra adaptó su voz a la canción cambiando la melodía de la forma necesaria, haciendo el estribillo suyo, completamente suyo. Y luego está el empaste con las voces. Casi no hubo ni que ensayarlo. Fue hacerlo una vez y ya está porque lo tenían muy preparado de casa. Lo ensayamos una vez y directamente lo grabamos. No sé si nuestras voces están hechas para que canten juntas, pero sí que el empaste fue perfecto desde el minuto uno y en la canción se nota. 

También hay un guiño en la canción a tu padre por el título “¿Cómo no conocía a vuestra madre?”. A mí me despistó, pensé que era un error realmente lo que estaba leyendo, pero veo que no. 

Andrés: ¿Sabes lo que pasa? Como copio tanto a mi padre, pues metí el “no” del título para cambiarlo un poco, para que no me dijesen nada. Sí, yo llegué incluso a pensar, antes de escucharla, que era una versión (risas). 

Me gustaría hablar de la parte lírica e instrumental de las canciones. Empezáis con “¿Sólo quiero estar?”, donde os encuentro muy confesionales, como queriendo reflejar ese inconformismo o desubicación de vuestra generación. Es una canción que ni siquiera tiene estribillo, es muy repetitiva. ¿Es para buscar esa sensación de angustia generacional? 

Andrés: “¿Sólo quiero estar?” es curiosa porque es una canción que la escribí yo, pero no son frases mías. Son frases de alguien de mi alrededor que aún no sabe que son suyas. Una tarde quedé con esa persona y a lo largo de la misma fue diciendo cada una de las frases que aparecen en la canción. Yo me fui quedando con ellas un poco por lo que tú dices, por ese momento en el que estamos. Son frases muy llamativas y me acuerdo que cuando me puse en el piano e hice cuatro acordes, las repetí en bucle todo el rato y las fui ordenando, y así nació la canción. Sí que es verdad que queda como la canción más reflexiva del disco, y es curioso que sea con frases que no son mías, pero creo que sí que representa un poco eso que dices. Al final, hablar de la soledad, de las dudas, de no saber lo que quieres… es una buena representación de eso, sí. 

Hay una frase que dice “Sólo quiero estar en un mundo sin mentiras” que me lleva a pensar que estáis cansados de todo este postureo, de todo este sinsentido que tenemos alrededor y que nos tiene atrapados siempre. 

Andrés: Sí, creo que es una de las mayores críticas que tenemos. Refleja un poco todo el rollo este de las redes sociales, que ya somos más instagramers que músicos. Al final a nosotros nos cuesta mucho más porque tampoco consumimos muchas redes sociales. Yo en mi teléfono sólo tengo Twitter para enterarme de noticias y demás. No tengo Instagram, no tengo TikTok… Bueno, tengo que tenerlo un poco por trabajo. Así que sí, esa es la frase que marcaría nuestra crítica hacia eso que llevamos bastante mal, aunque intentemos llevarlo mejor cada día. 

Es verdad que yo a veces, cuando preparo entrevistas, busco en redes, pero curiosamente con vosotros no he buscado ni siquiera en las vuestras porque sí, ahora mismo que lo dices, claro que tenéis redes, pero así como en otros grupos parece que estén algo más presentes, en el vuestro no necesitáis recurrir tanto a ellas para buscar sentido a lo que hacéis. 

Andrés: Es lo que te digo, esto es parte del trabajo y tenemos que hacerlo, pero lo hemos llevado a un punto en el que nosotros estamos más cómodos y al menos lo pasamos bien haciéndolo y ya está.

“Nosotros no hemos huido del pop en ningún momento” 

Hay mucho pop en “¿El corazón?” y en “¿Y si puedo soportarlo?”. Sus formas son más compactas, hay melodías pegadizas y, además, las colaboraciones ayudan a que todo fluya. ¿Teníais intención de acortar distancias con el público para hacer este disco algo más accesible? 

Andrés: Sí, creo que era una de las premisas de este disco. Queríamos llevarlo, como dices tú, más hacia el pop. Nosotros no hemos huido del pop en ningún momento y si me preguntan yo diré que Querido es un grupo de pop. Y en esos dos temas creo que está claro, sobre todo en “¿El corazón?”, que es como la canción más popera del disco. Es como lo que te decía al principio. En estos años quisimos bajar un poco a tierra, que fuese todo algo más accesible, sin llegar a ser fácil porque no creo que sea fácil, pero sí que creo que hemos llegado al punto exacto donde queremos estar, entre la ida de olla del primer disco y la simpleza del pop de este segundo. Creo que estamos justo en el medio y estamos muy contentos de cómo ha quedado. 

Tampoco creo que vuestros dos discos sean extremos porque hay una continuidad claramente entre éste y el anterior. Evidentemente no son polos opuestos. Lo que sí que veo es que hay dos partes dentro de este disco. Una primera donde están esas colaboraciones de las que hemos hablado y una segunda donde se escucha menos pop y nos lleváis hasta formas más parecidas a vuestro primer disco. “¿Quizás es así?”, por ejemplo, tiene unos teclados más espaciales y también tiene partes en la letra muy personales. Dices eso de “cicatrizo de una forma extraña este dolor”. ¿Sigue funcionando la creación como una forma de curar heridas? 

Andrés: Sí, creo que “¿Quizás es así?” es el ejemplo más claro. Creo que es la primera letra que escribí para intentar sanar en un momento en el que no estaba bien. Y es la primera vez que me di cuenta de eso que dices, de que escribir te ayuda a sanar parte del malestar que tienes en ese momento. Lógicamente no te lo va a curar todo, para eso están los psicólogos que también me ayudaron mucho. Pero “¿Quizás es así?” es la canción que me ha hecho entender que escribir y exteriorizar lo que te pasa te puede ayudar a sanar en ciertos momentos. 

Después está “¿Capacidad?”, que es más electrónica. Incluso a partir del puente se descompone y me recuerda mucho a Iván Ferreiro en las formas que tiene. Pero más allá de la instrumentación, también habláis de la carencia de lo importante. ¿Qué es eso tan importante que os falta? 

Andrés: Ya no sé si es eso tan importante que nos falta a nosotros como el no entender cómo la gente tiene cosas tan importantes que para nosotros no lo son tanto. Creo que “¿Capacidad?” va un poco más en la línea de no entender la importancia que le dan a algunas cosas cierta gente. Es como lo que hablábamos de las redes sociales. Una de las frases que más les digo a mis amigos o a mi pareja es que a la gente le importan demasiado las redes sociales. “¡Me dio un like! o ¡Me dejó de seguir!”. Y pienso que nos estamos volviendo locos. Así que creo que la carencia de lo importante viene de ese concepto de decir: “¿en serio te importa tanto que te haya dado like la prima de la madre de tu ex mujer?”. No entiendo nada y creo que la canción viene a raíz de este tipo de pensamiento. 

“Siempre hemos tenido como clara referencia, en lo más alto, a Radiohead” 

“¿Ser un robot?” es una canción que me ha encantado. Tiene ese rollo futurista y de ciencia ficción que traíais del otro disco también, además de un toque muy elegante y un estribillo épico. Incluso citáis a Elton John como alguien que desearíais ser. ¿A qué músicos deseáis evocar o seguir su estela? 

Andrés: Nosotros siempre hemos tenido como clara referencia, en lo más alto, a Radiohead y si tuviese que decir un único nombre sería el de Tom Yorke, claramente. Pero luego sí que hay muchos que nos influyen, aunque igual no lo pensemos tanto, porque son gente de nuestro alrededor, pero que siempre hemos admirado. A mi padre, lógicamente, a Santi Balmes, Leiva, y también a gente que está un poco más en la sombra, como Ricky Fallner, Mole, Martí Perarnau… Son músicos que igual ya los tenemos como muy asumidos, porque tenemos la suerte de conocerlos y coincidir con ellos prácticamente todos los años, pero son aquellos a los que merece la pena intentar parecerse. Han hecho mucho por la música de nuestro país y es la música que consumimos nosotros. 

Y además de a lo que suena esta canción y a quien deseáis evocar, ¿os sentís realmente robots en alguna ocasión en este complejo mundo? 

Andrés: Nosotros no nos sentimos robots, pero sí sentimos que vemos demasiados robots alrededor. El otro día vi una entrevista a Gisme, de Ultraligera, en la que le decían que diese un consejo a alguien que está empezando y dijo: “la gente te va a decir que seas tú mismo, pero la realidad es que ahora mismo tienes que ver lo que está haciendo otro y hacerlo igual; tienes más posibilidades de que te vaya bien así que siendo tú mismo”. Creo que no hay mejor resumen de “¿Ser un robot?”. Eso es la canción para mí. 

De todas formas, yo tampoco veo que estéis copiando en exceso a nadie. 

Andrés: No, creo que vamos un poco por la onda contraria. Nosotros hacemos lo que nos gusta y si en algún momento copiamos a alguien es inconscientemente, porque nunca hemos visto algo y hemos dicho que queremos hacer exactamente eso. Creo que nos nutrimos de cosas y con eso que nos nutre nos nacen a nosotros las nuestras. 

Vamos, que de robots tenéis poco. 

Andrés: Poco, poco (risas). 

Ya te he dicho que íbamos a llegar a la canción “¿Qué va a pasar?”. El dúo junto a tu padre aparece incluso en los interludios del disco. Aparecen varias cosas, primero un audio de tu padre, luego alguien diciendo que os parecéis mucho al cantar… Quería preguntarte varias cosas. Primero ¿de dónde surge la idea?, algo que más o menos ya me has dicho antes. Y después, si es una forma de agradecimiento a todo lo aprendido alrededor de él, porque ya nos dijisteis que el grupo había nacido prácticamente en casa de tu padre, con sus cacharritos y demás. ¿De dónde sale la canción y a dónde queréis llegar con ella? 

Andrés: Es un poco como te dije antes. La canción sale cuando llegamos a la conclusión de que va a ser un disco con colaboraciones. En el momento en el que hicimos “¿Qué va a pasar?” siempre pensé que si alguien cantaba esta canción tenía que ser mi padre. También hay un poco de lo que decías sobre el concepto del disco, ya que abre con él en el primer audio. Y sobre todo, creo que a nivel de texto es una canción que tiene mucho sentido que cantemos los dos. Las frases que decimos cada uno tienen un sentido, no sé si generacional de alguna forma, pero sí creo que nace de la cercanía. En cuanto a su intención, creo que es que la canción suba el nivel. Al final me hizo mucha gracia cuando mi padre acabó de grabar la letra y la escuchamos, porque me dijo: “así se van a dar cuenta de que no cantamos tan parecido, ¿no?”. Así que, de alguna forma, también se convirtió en un símbolo de eso, de que no cantamos tan parecido. 

Tenéis vuestras diferencias, sí, por más que mucha gente se empeñe en decir lo contrario. De todas formas, viene todo esto a colación de lo que él dice en los audios, eso de dejar una entrevista conjunta que os habían propuesto. No sé, quizá algún día para el Giradiscos no estaría mal hacerla, ¿no? 

Andrés: Habrá que proponérselo (risas). 

“Para este disco necesitaba estar en casa, tranquilo y trabajando las letras a mi manera” 

También quería preguntarte cómo ha surgido la composición en este disco, ¿habéis necesitado, de alguna manera, un pequeño retiro o surgen las canciones de forma natural? ¿Cómo os repartís el trabajo? 

Andrés: Creo que eso es lo que más hemos cambiado en estos dos años. En el primer disco cada uno teníamos como un Power Point de clase. Yo hacía mi parte en mi casa, Antón hacía su parte en la suya y luego, en el estudio, lo juntábamos. Y en éste quisimos juntarnos todos más y hacer juntos todas las partes. Es verdad que fue un proceso muy difícil. Hubo un momento en el que había como dos canciones hechas, que eran “¿Sólo quiero estar?” y “¿Quizás es así?”, y luego tuvimos varios meses en los que no salía nada. Nos juntábamos y no salían maquetas, no nos convencía nada. Me acuerdo que este proceso lo desbloqueó un poco “¿Corazón?”. Estaba en un mal momento en mi vida a nivel anímico y emocional y escribir la melodía y el puente de “¿Corazón?”, llegar con eso al estudio y ver la cara de todos me hizo ver que eso era lo que tenía que ser el disco nuevo. De ahí era de dónde teníamos que tirar. Me acuerdo sobre todo de Roque y de Sergio, que son un poco los que se encargan de todo lo que es la parte musical, de los teclados, de dónde tiene que ir cada cosa, de las armonías y de todo eso que yo entiendo menos, y claramente “¿Corazón?” fue la que desbloqueó esa parte, y a partir de ahí dijimos: “vale, el disco tiene que ir por aquí, con estas directrices; vamos a quedar, vamos a vernos en el estudio, tomando algo, haciendo una churrascada, y desde ahí construir un poco lo que creemos que tiene que ser el disco”. En definitiva, “¿Qué seré yo?” nace de ahí. El disco lo hemos hecho casi todo juntos, sobre todo lo que es la parte musical. Sí que es verdad que los textos me los sigo llevando a casa, porque creo que es la parte más personal de las canciones. Sí que se puede hacer en conjunto, pero escribir tú solo en casa tiene como un aroma distinto a escribir en el estudio rodeado de gente. ¿Saldrá algo? Seguro, pero saldrá otra cosa, igual algo más divertido, más bailongo, porque estás rodeado de gente y tiene ese sentido, pero para este disco necesitaba estar en casa, tranquilo y trabajando las letras a mi manera. 

Hemos dicho al principio que venís de presentar el disco en Madrid y ya hemos visto que tenéis fechas cerradas. ¿Qué planteamiento de gira tenéis? ¿Haréis más festivales ahora u os vais más bien a las salas después del verano? 

Andrés: Este año lo hemos planteado de salas, sobre todo. Hemos decidido montar una gira parecida a la de “Una nueva esperanza”, pero también pasar por ciudades que no hayamos ido, que también nos apetece y nos hace ilusión. Lo que es el sur de España, que no hemos ido tanto. Vamos a ir a Málaga y a Sevilla, que la verdad es que por redes sociales siempre nos han pedido mucho que vayamos por allí. Y hemos planteado una gira de salas. Hemos hecho los dos conciertos de presentación y ahora vamos a Málaga y Sevilla, como te decía, y también a Valencia y Barcelona. Luego ya lo que son los festis lo planteamos un poco más para el año que viene. 

Es curioso porque ahora siempre parece que la prioridad sea esa, los festivales. Es valiente también por vuestra parte hacerlo al revés. Cuando miraba las fechas de la gira me llamó la atención, de alguna manera. 

Andrés: Sí, a ver, eso también lo marca un poco la industria, porque al final va todo muy acelerado. Lo estamos viviendo ahora con los Movistar Arena. Se están anunciando conciertos en Movistar Arena para 2027 con más de un año de antelación. Entonces, si no estás en la fecha exacta, en el momento exacto, igual te quedas fuera de todo. Como el disco salió tarde para lo que es la programación de verano, igual nos compensaba más decir: “vamos a apartar los festis, a organizar lo que es nuestra gira de salas, y a partir del año que viene, que las fechas nos cuadrarán más, hacemos los festis”. 

No obstante, aquí en Zaragoza, desde donde te hago la entrevista, también os esperamos, porque tenemos ganas de veros por aquí. 

Andrés: Estamos viendo si en enero o febrero podemos ir por ahí cerca. 

¿Creéis que después de estos dos años habéis conseguido desprenderos de esa etiqueta, la de ser el grupo del hijo de Iván Ferreiro? ¿Es algo que preferís dejar atrás o realmente ya, a estas alturas, más bien sacáis pecho de ello? 

Andrés: Seguimos en el punto de que a nosotros nos da bastante igual. Sabemos que es una etiqueta que está y la llevamos de una forma natural y orgánica. Pero si tenemos que posicionarnos en uno de los dos lados, creo que siempre lo hemos llevado con orgullo. Al final, la intención de la colaboración en el disco era para eso. Podría esconderme y no volver a decir el nombre de mi padre o cambiarme el apellido, pero creo que vamos a ser más felices abrazándolo y disfrutando de todo esto que nos pasa juntos. 

Ojalá también, ahora que está con la gira de los 35 años tu padre, podamos veros en alguna ocasión con él. 

Andrés: Pues sí, ojalá. Es algo que se irá viendo sobre la marcha, pero seguro que en alguno nos vemos. 

Muchas gracias por todo, Andrés. Enhorabuena por este disco, que creo que tiene mucho jugo. Yo lo he disfrutado mucho, y lo sigo disfrutando. Parece que ahora los discos, cuando consiguen pasar más de quince días y seguir en la brecha, es algo maravilloso, y eso es algo que me ha pasado con el vuestro. Transmite mi enhorabuena al resto del grupo y ojalá nos veamos pronto en directo. 

Andrés: Muchas gracias. Ha sido un placer. Nos vemos pronto.

Mexican Institute Of Sound / Meridian Brothers: "Ruido Tovar"


Por: Txema Mañeru. 

En el mundo en general no existen demasiado las casualidades. Tampoco en el mundillo musical, aunque en ambos lados se produzcan en algunas ocasiones. Este feliz encuentro musical entre la cumbia psicodélica mexicana de Mexican Institute Of Sound (MIS) y el futurismo tropical colombiano de Meridian Brothers no ha sido ninguna casualidad, sino un encuentro más que lógico con interesas comunes. A los del Instituto Mexicano del Sonido (por si no querías en inglés) los conocí hace más de una década de la mano de su sello aquí, a menudo, El Volcán Música. A los Meridian Brothers lo hice hará unos 6 años con el bailable y divertido “Cumbia Siglo XXI”. Hace un par de años me hicieron bailar y disfrutar aún más con “Mi Latinoamérica Sufre”, ya en su propio sello Ansonia Records. Eso sí, los de Eblis Álvarez y sus finas guitarras llevaban ya bastante años más creando original y bailable música. En ambos discos, al escucharles dije que eran recomendables para seguidores del Instituto Mexicano del Sonido (con el gran Camilo Lara al frente), entre otros nombres. Pues bien, ahora llega aquí esta colaboración nada forzada que encima tiene la unión de otro nombre tan especial y grande como es el de Beck. ¡Estamos todos invitados a la fiesta!

 Fiesta que comienza con el baile y la diversión electrónica entre Devo y The Silicon Teens con el guapo instrumental "Cumbia del Lobo". Sí, a ritmo de cumbia. Y hablando de ritmo (que aquí hay mucho), "Ritmo Babilonia" es la primera presencia para el gran Beck. Se mueve entre reggae y funk a lo Jamiroquai (cuando canta Beck) con una guitarra eléctrica sobre percusiones que es un puntazo. "Ira (IA)" es una deliciosa marcianada muy electrónica en la que nos cantan al estilo de Juan Luis Guerra con una estupenda melodía. "El Campeón (Bienes Funerarios)" es otra exquisitez electrónica con voces de rap y estribillo latino. La letra es una gozada anticapitalista. Siguen con la cumbia en la fantástica "Cumbia Fantasía" con mantra repetitivo pero con gancho y que es una buena fantasía para cerrar la cara A.

 Seguimos el vuelo musical subiéndonos a "El Concorde", otro jugoso recorrido por los ritmos latinos, pero electrónicos y con un estribillo para volar y pegadizos para-papás. Regresa Beck en la bien bautizada "Cumbia Beckiana" que puede ser un próximo single. Si, se atreven con su mítico "Loser" para filtrarlo por ritmos de cumbia y electrónicos. "Danzón 8’Bits" es lo que dice su título. Un danzón electrónico instrumental que es pura golosina y con una guitarra latina que es maravilla y que suena a mandolina y ukelele a la vez. Lógico single ha sido su "Cumbia de los Estudiantes". Al final, entre los ricos ritmos latinos, la cumbia es lo que más les gusta y lo que mejor hacen, tanto el MIS como los Meridian Brothers. En este caso fliparás con esas juguetonas voces, además de los increíbles teclados. Finalizan con "Perdí Mis Ojos" y te quedas con las ganas de que vuelvan a repetir colaboración. Precioso lento para “amarrar” pareja. Además del futurismo tropical y la cumbia comparten sus historias de vida en las interesantes letras. Por si fuera poco te comentamos que estarán aquí, dentro de su gira mundial, el 10 y el 11 de julio, en Madrid y Pontevedra, respectivamente. ¡Diversión y baile de principio a fin sin ningún tipo de prejuicios!

Contra todo pronóstico, un nuevo Van Morrison


Jardines del Botánico, Madrid. Martes, 30 de junio de 2026 

Texto y fotografías: Ricardo Virtanen.

El grandísimo Van Morrison (Belfast, 1945) visita de nuevo Madrid. Repite la fórmula del año pasado y ofrece dos conciertos en las veraniegas Noches del Botánico. Parece que al genio de Belfast no le seducen ya los macroconciertos del WizinkCenter (hoy Movistar Arena) de antaño (nos visitó en los años 2018 y 2022), y prefiere el recogimiento de un coqueto Jardín Botánico de Madrid, pese a que los emolumentos recibidos no se acerquen ni por asomo a los del Wizink. A sus ochenta años (a finales de agosto, 81), Sir George Van Morrison mantiene una vigorosa voz, aunque la edad le esté volviendo más delgado y enjuto. Viste como en sus últimas visitas a Madrid: impecable traje azul y sombrero blanco (a veces azul) y gafas de espejo. Interpreta saxo, guitarra y armónica. Esta vez el piano se quedó sin golpear, quizá por un cambio de setlist de última hora (se le vio molesto con algún músico en algún momento del concierto). Setlist que varió de un día a otro, pues el día 1 de julio sumó "Dweller On The Threshold", ausente el día 30, que ahora referimos.

Contra todo pronóstico, no tuvimos delante (esta vez, estaba yo bastante cercano al escenario) al músico arisco, gruñón y maleducado que todos recordamos de siempre. Morrison se mostró dicharachero (al recordar a su amigo Ray Charles o al dirigirse al público), dio las gracias en varias ocasiones (una vez en castellano), bromeó —y sonrió delicadamente— al hablar a una de sus coristas (la impecable y risueña Sumudu Jayatilaka), pero abroncó al batería en cierto momento, o no sabemos bien a quién, e hizo mutis por el foro a mitad de “Gloria” (como ha ocurrido en sus últimos conciertos). El recital comenzó con la presentación de su reciente trabajo "Somebody Tried to Sell a Bridge", su 48 álbum de estudio, un homenaje explícito a los bluseros clásicos, con la inclusión de cuatro temas propios. Así encandenó dos temazos de blues, dos auténticos pepinazos que encendieron aún más el recinto, que a las 8:30 pm era un puro hervidero lleno de abanicos. Hablamos del clásico de John Lee Hooker “Deep Blue Sea” y de “Kidney Stew Blues”, un éxito de Eddie Vinson. La banda, en formación de cuarteto (guitarra, hammond, bajo y batería), más dos coristas (las mismas del año pasado): la excelente Sumudu Jayatilak y la jovencísima promesa de Belfast Jolene O’Hara, sonaba compacta. Morrison sopló con swing su armónica, si bien el baterista parecía acariciar su batería, volviéndose en ocasiones inaudible. Continuó el blues lento “Madame Butterfly Blues” (de Dave Lewis) (con solos de armónica y hammond) y la movida “Snatch it Back and Hold it” (de J. Wells y Buddy Guy). Aquí aparecieron los vientos, dos auténticos fenómenos que colaboran con Morrison desde los años noventa en discos y directos: Matt Holland (trompeta) y Richie Buckley (saxo). Para entonces, Davy Keary (guitarrista), John McCullough (teclista de Belfast) y la armónica de Van, más los vientos, habían arrastrado el concierto a una fiesta sin fin.

Tras el nuevo material, llegó la hora de introducir temas de su disco de 2025, la obra maestra "Remembering Now". Sonó el festivo “Down to Joy”, que abría el disco, menos intenso de ritmo con respecto al original. Después, “Back to Writing Love Songs”, donde Van ‘The Man’ agradeció al público su efusividad para con la banda, y la balada “The Only Love I Ever Need is Yours”, uno de mis temas favoritos del álbum, donde el genial Davy Keary (muy ovacionado por el público) nos brindó un espléndido solo de guitarra española. A estos temas se unió “Play the Honky Tonks” para cerrar las referencias al disco actual, un blues marcial de Marie Adams cuyo estribillo coreó el Botánico a pleno pulmón, con intensas improvisaciones de la banda. Para la sutil balada “When the Rains Came”, Morrison blandió su guitarra eléctrica, preludio del momento “Ray Charles’, amigo personal de Morrison. La banda interpretó entonces un cálido homenaje al autor de “Georgia in my Mind”, al tocar “If it Wasn’t for Ray”, muy coreado por el respetable, por su ritmo impecable, al que siguió otro éxito de Ray, el espléndido blues “I Believe to my Soul” (incluido en el mítico directo de Morrison "It’s To Late To Stop Now", 1974), que iniciaba con su saxo. El tema exigía un gran dominio vocal, que el de Belfast cumplió con nota, pese a sus ochenta años. Después se alternaron el saxo de Buckley y un imperial Holland. Si bien, fue McCullough quien con su hammond terminó de enfervorecer al público. Todo ello se complementó con el blues de Roosevelt Sykes “Night Time is the Right Time”, un éxito de Ray de 1958, con una frase en forma de letanía (tras cada verso): “Nigth and day”, coreada al unísono por vocalistas y público. En esta canción, la extraordinaria cantante S. Jayatilak ejerció quasi de solista, con talento y dominio vocal a raudales.

Al fin llegó la hora del primer gran éxito del norirlandés en la noche: “Real, Real Gone”. Para entonces, el público ya sabía que nos encaminábamos hacia el final del concierto (cinco largos minutos en que Morrison presentó a su banda). Tema mucho menos efusivo que otras pasadas interpretaciones, con un toque soul, y un Bob Rugiiero, excelente baterista, que continuaba acariciando su caja, sin perder de vista nunca al León de Belfast, que le custodiaba de reojo. Las pulsaciones del evento no se rebajaron tras los primeros acordes de “Ain’t Gonna Moan No More”, un clásico de sus conciertos desde que se publicara en su álbum reciente "The Prophet Speaks" (2018). Se trata de una canción dinámica, en la que se sucedieron sin descanso los inspirados solos de saxo, trompeta y hammond, sumando al propio Morrison al saxo. La deliciosa “Enlightenment” aconteció como un paréntesis, rebajando las pulsaciones del público. La canción homónima del disco "Enlightenment" (1990) adquirió tintes de folk con Morrison a la armónica, destacando un gran solo del bajista, David Hayes, que se mantenía sentado, con gorra blanca, sin mucha visibilidad desde nuestra posición entre público. Pero la tregua duró poco. Van ‘the Man’ se encaminaba hacia el final de su actuación con otros dos trallazos. El blues “Goin’ Down Geneva” abría su obra maestra "Back on Top" (1999). Compuesta por Morrison, siguió la estela blusera del repertorio, con el norirlandés a la armónica y McCullough esta vez al piano, siempre inconmensurable, más la participación, siempre lustrosa, de ambos vientos. Mientras “Early in the Mornin” reconvertía a su manera un blues clásico, grabado por Sonny Boy en 1937. Fue incluido en su álbum en directo grabado en el Ronnie Scott’s Club de Londres, junto a George Fame, en 1995 ("How Long Has This Been Going On"). Todos recordamos su participación con este tema en el disco BB King and Friends: 80 (2005). Sobresalió la guitarra eléctrica de Davy Keary y la voz modulante de Morrison, cuyo estribillo "And I ain't got nothing but the blues" fue coreado por un público muy participativo, con múltiples variantes vocales del cantante.


Para el fin de fiesta del Botánico de este año, Morrison eligió su éxito “Moondance” (que llevaba tiempo sin interpretarla en Madrid). Versión, cómo no, swingueada, con participación estelar de las vocalistas, Samada y Jolene, y solos del bajista David Hayes, un inspiradísimo Matt Holland y un magistral Richie Buckley al saxo, todos en clave de jazz. Sin corte alguno, y sin tiempo a reaccionar, el León de Belfast que había abandonado súbitamente el escenario, apareció entre bambalinas para entonar el inicio de “Gloria”, el antiguo tema de los Them de 1964, hoy todo un himno. Van Morrison sabe que es un ciclón para cerrar los eventos. Tras un breve desarrollo, y el intercambio con la cantante Samada, siempre inspiradísima, se fomenta el colaboracionismo vocal entre Morrison y público. Tras esto, Morrison desaparece, y la canción se estira ad infinitum. Van Morrison se encontraba a gusto. Eso era toda una evidencia en esta calurosa tarde/noche de junio. Como ha ocurrido en sus últimas actuaciones, se genera una improvisación detallada de todos los instrumentistas. A la guitarra de Keary y el moog de McCullough, se le sumaban el saxo de Buckley y el solo de fliscorno de Holland (en ambos casos con palmas acompasadas del público). Para finalizar el evento, el baterista Bob Ruggiero, quien se había mostrado en un discreto segundo plano en todo momento, desató el fervor del público con un solo espectacular.

En la tarde/noche del 30 de junio de 2026, Van ‘the Man’ ofreció, a sus ochenta años, todo un cursillo de interpretación de blues. Su pequeña orquesta Caledonia (seis músicos y dos coristas) funciona como un reloj suizo. Desde su poltrona central, George Ivan Morrison dirige el cotarro de manera impecable: apunta los solos de los músicos, alterna instrumentos (guitarra, armónica, saxo), sugiere finales y subraya matices musicales. A diferencia de otros clásicos del rock llegados a una edad, que te colocan un setlist de éxitos, el norirlandés va a la suya. Durante hora y media, tira hacia el swing, el blues, el soul o el rhythm & blues, y toca lo que le apetece, con apenas referencias a sus clásicos (hoy, exactamente tres). El año que viene, lo esperamos con ansia. Para su fiel público, haga lo que haga siempre estará bien hecho, y seguirá poniendo el vello de punta. Y no importará mucho, la verdad, si es el de hoy o el de siempre.

Death Cab for Cutie: “I Built You a Tower”


Por: Javier Capapé. 

Hay bandas imán. Hay algunas que, irremediablemente, te retrotraen a un momento concreto de tu vida. También las hay que te recuerdan inevitablemente a alguien. Death Cab for Cutie es así. En mi caso me llevan al otoño de 2011. No estaban en un gran momento de éxito, pero alguien los puso en mi camino. "Codes & Keys" fue mi puerta de entrada, y desde entonces, cada vez que escucho la voz de Ben Gibbard me atrapa como ese imán que no puedes soltar. Pero no solo es su voz, son sus atmósferas, sus ritmos que agitan la base, sus guitarras corrosivas junto a otras luminosas, su misticismo… Me generan una sensación de ingravidez de la que no puedo escapar. Siempre me pasa. He llorado con "Trasatlanticism" (¿quién no lo ha hecho alguna vez?), he vibrado con "Plans" y casi he rayado "Codes & Keys". ¡Hay tanto por descubrir en su música! 

Ahora regresan con “I Built You A Tower”, la continuación de su más que inspirado “Asphalt Meadows” (incluso llegó a tener una segunda versión acústica), que nos confirma que la banda está más que asentada en el magnetismo de Gibbard y ya no echan de menos a su antiguo guitarrista Chris Walla. Vuelven a contar con el productor John Congleton, que ya se encargó de su predecesor e imprime crudeza y urgencia a unas canciones que, sin llegar a adquirir un aura de relevancia excesiva, funcionan como catarsis emocional de su autor (Gibbard se ha visto tan afectado por su reciente divorcio como por el dolor revivido derivado de la emocional gira de aniversario de “Trasatlanticism”) compartida abiertamente con sus seguidores.

El álbum compuesto por once canciones (dos de ellas son distintas caras de una misma moneda) destila una sensación inquietante, como casi todo lo que rodea al quinteto de Washington. La idea de “construir una torre” para encerrar todo aquello que duele, para deshacerse de lo dañino, se vislumbra claramente en la letra de la canción que lleva este título. Canción doble que da sentido al mismo y en el que dejan espacio no solo al encapsulamiento de este dolor sino también a la redención, las emociones a flor de piel o la vulnerabilidad que se desprende de las decepciones íntimas. Aunque, por encima de todo, “I Built You A Tower” es un disco doloroso en el que prima la idea de soltar todo lo que nos frena para construir de cero. La torre no solo sirve de encierro de ese dolor sino también de punto de partida hacia lo nuevo. En ella Gibbard ha encontrado un lugar para enfrentar la pérdida y a la vez para reconstruirse de nuevo.

Éste es un disco urgente, por momentos áspero, grabado como un impulso, en un corto espacio de tiempo, de ahí que no todo esté tan pulido como en anteriores ocasiones, pero eso mismo le confiere un aroma de realismo que engancha. Ben Gibbard confesaba que “así es como somos, como sonamos, un sonido profundamente humano, sin retoques”. “Full of Stars” abre con una guitarra suave reforzando la idea del perdón desde su primera estrofa. En contraste con ella, encontramos su single “Punching the Flowers”, cuyo riff abrasivo nos deja exhaustos. Otro de sus singles, “Riptides”, se muestra abierto a explorar nuevos caminos para la banda, mientras que “Trap Door” nos remite a sus mejores formas, esas serenas que con un piano unido a la tierna y vulnerable voz de Gibbard sobrecoge y estrecha el corazón.

“Pep Talk” tiene una melodía muy agradable que entra fácil desde su primera escucha gracias a sus arreglos coloristas. Un perfecto single pop que puede parecer que choca con la más agresiva en sus estrofas “Envy the Birds”, pero esta última no deja de contener otra buena melodía en su estribillo más suave, dejando muy clara la capacidad de esta banda para hacer accesibles episodios más duros, en parte gracias a no abusar de las distorsiones y resaltar siempre en primer plano la dulce voz de Gibbard, algo que también ensalza “Stone over Water”, aunque sin llegar a resaltar en exceso sus aciertos, ya que puede adolecer de cierto continuismo que no le hace destacar.

Hay sitio para el rock industrial que recorre “How heavenly a State”, con un riff nervioso continuo, e incluso para los brillos que nos llevan hasta California en el estribillo de “The Flavor of Metal”, pero donde nos quedamos realmente atrapados es en su doble tema titular. El primero, de cadencia serena que desemboca en un puente vigoroso, y el segundo cargado de oscuridad, sucias guitarras y una atmósfera opresiva en contraste con el tono general del disco, pero igualmente logrado y muy inquietante, remitiendo al leit motiv que guía al disco, esa torre en la que guardar los males, dejarlos atrapados, y deshacernos así de ellos. Están ahí, podemos mirarlos, pero ya nos hemos liberado. De hecho, el propio Gibbard afirma: “estoy aprendiendo a vivir sin ti”. Y es precisamente a esa liberación a lo que suena el final desbocado de la colección, que deja agotado (“it makes me tired”), pero libre, al fin.

Kiko Veneno y los Gipsy Kings: Apoteosis rumbera en la noche estival de Madrid


Parque Enrique Tierno Galván, Madrid (Festival La Carbonería del Galván). Jueves, 2 de julio del 2026

Texto: Guillermo García Domingo. 
Fotografías: Carmen Valero y Marián Bujanda Bravo.

La primera vez que asistí a un concierto de Kiko Veneno fue en los años noventa durante la gira que protagonizaron el compositor, sevillano de adopción, catalán de cuna, como los abuelos de los Gipsy Kings que actuaron en la segunda parte, y Santiago Auserón/Juan Perro. En un pabellón de Coslada, la discreta asistencia no impidió que Kiko Veneno ofreciera un concierto inolvidable. Después de más de 30 años parece que nada ha cambiado. Desde aquel entonces Kiko Veneno ha cosechado muchas canciones extraordinarias a lo largo de varios álbumes de estudio, hasta el más reciente, “Hambre”. En unos meses saldrá a la luz el próximo disco. Kiko Veneno no ha dejado de buscar y caminar de forma independiente, haciendo gala de una coherencia basada en el gozo irrenunciable sobre el escenario, suscitado por un estado permanente de fiesta musical. 

Dentro de la programación del festival de la Carbonería del Galván, en el parque vallecano dedicado a Tierno Galván, el alcalde filósofo, Veneno desplegó toda su filosofía existencial y musical con un repertorio ecléctico situado entre el glorioso pasado y el excitante futuro próximo, porque abordó cuatro temas que ya conocíamos por el concierto acústico que grabó en Sevilla, y que, según parece, están incluidos en el disco novedoso ya mencionado. Las canciones “Helicrisum”, “Precisamente” y “Olivia” encandilaron a los asistentes, y son prometedores anticipos de lo que vendrá en otoño. 

Esta vez Kiko y los suyos actuaron con más contundencia eléctrica, sin perder un ápice de calidad, gracias al pulso de unos músicos sensacionales. Kiko ha encontrado a los perfectos acompañantes en Los notas del retumbe, banda formada por Wily Leal (voces y percusiones variadas), Anabel Pérez (a los teclados y los coros), Jimmy González (a la batería), Rafa García (a la percusión), José Torres (guitarra) y Alvaro Marabot (guitarra eléctrica), ambos son finísimos intérpretes de sus respectivos instrumentos de cuerda; y no podía faltar Juan Ramón Caramés (y el sostén de su bajo tan necesario en la fusión flamenca que ha asumido Kiko), el bajista es uno de los más fieles compañeros de Kiko desde la repercusión generada por “Échate un cantecito” (1992), un acontecimiento más importante que la Exposición Universal de Sevilla. Tanto es así que la vigencia de sus canciones no ha decaído como lo demuestra la acogida que cinco de las canciones de ese disco realizado en estado de gracia tuvieron entre el público el pasado jueves. ¡Y quién se acuerda, en cambio, de la Expo!

“Lobo López” llegó a la cita puntual, no hay mejor inicio, pese a que faltaba demasiada gente en el anfiteatro tan propicio de este parque, por culpa de la “cola” que se formó en la entrada del recinto debido a un acceso no del todo fluido. La energía magnética de Kiko veneno y Los notas del Retumbe, sin duda, atraían a los que llegaban con retraso hacia el escenario. No faltaron a la cita tampoco el himno de “Superhéroes de barrio”, “Te echo de menos”, y “En un mercedes blanco”, en una versión formidable, entre las mejores que hemos visto y oído en los últimos años, antecedida de una soleá a cargo de Willy Leal, que además actúa como director musical de la banda sobre el escenario. Incluso nos obsequió con “Joselito”, la penúltima, antes de que Kiko Veneno levantara hasta a los más renuentes en estos festivales asediados por la canícula veraniega con la universal “Volando voy”, de “La leyenda del tiempo” (1979). Si alguien merecía una rumba indeleble como ésta es Camarón de la Isla. Dos años antes, en 1977, Kiko se había reunido con los hermanos Amador, Raimundo y Rafael, este último recientemente fallecido, con el fin de grabar un disco de otro planeta, “Veneno”. Una de sus excéntricas canciones, “Los delincuentes” también formó parte del repertorio en el Tierno Galván. Del mismo modo que incluyeron otros “clásicos” de Kiko Veneno, que no deberían ser subestimados, la reciente “La higuera”, o la rumba extraordinaria de “Los tontos”, realizada junto a C. Tangana, el “Blues de Memphis” perteneciente a “Está muy bien eso del cariño”, un disco de 2001 que merecería un reconocimiento mayor del que recibe habitualmente. 

La noche estaba dedicada sin ningún género de dudas al flamenco rumbero, que en Cataluña dispuso de uno de sus mejores focos de irradiación, de donde provienen los ascendientes de los “reyes gitanos”, exiliados después en el sur de Francia. Nicolas Reyes es uno de los componentes originarios del grupo que en los ochenta y noventa del siglo pasado hicieron bailar a aquella generación con la renovación de canciones ajenas que transformaron con un acierto incuestionable en rumbas irresistibles. Hermanos y primos se han disgregado en varias bandas que tienen como denominador común el mismo legado de los Gipsy Kings. La que actuó en Madrid estaba liderada por el citado Nicolas Reyes. Su voz carismática abordó varios de los grandes éxitos del grupo: “Bamboleo”, “A ti, a ti”, “Djobi, Djoba”, “Un amor”, defendida en solitario por el propio cantante, “Hotel California” (de los Eagles), “A tu vera”, “Bem, Bem, Maria” y la que sirvió como despedida, el clásico mediterráneo, “Volare”. Y es que aunque estábamos en el centro de la península, los Gipsy Kings (y Kiko Veneno) trajeron consigo la brisa y las notas musicales del Mediterráneo occidental. Al mayor de la saga Reyes le acompaña una banda portadora de una energía descomunal, que a buen seguro podría haber seguido sin detenerse toda la madrugada si no fuera por las obligaciones horarias del concierto. Cuatro guitarras españolas tocando “a rebato” que llegan a desdoblarse en nada menos que seis, en algunos momentos, arropadas por una batería de casi 360 grados, un bajista eficaz, y un percusionista versátil que también tocó el teclado cuando así lo demandaban la canciones. De entre todos los enérgicos y generosos intérpretes, sobresalió el talento del joven guitarrista Nino Baliardo Miguel, que nos dejó sin palabras con sus arpegios tan precisos, sobre todo en las canciones instrumentales que insertaron entre los mejores temas de su cancionero. 

Hasta aquí la crónica de una noche doble y apoteósica de rumbas y guitarras desbocadas que recibió la debida respuesta de un público entregado al baile y a la alegría que esta música eterna provoca sin remisión desde hace varias décadas. Nunca dejaremos de pedir que pongan esa cinta otra vez, en una cara las canciones de Kiko y en la otra la de los Gipsy Kings. Cuando todo terminó, nos internamos satisfechos de madrugada en la ciudad con los “ojos brillantitos” por culpa de lo que habíamos presenciado.

Ilustres Principiantes: Muñeca Rusa



Muñeca Rusa publicó el pasado 19 de junio “Año Soviético”, su primer álbum y, si la primera impresión es la que cuenta, el grupo asturiano apunta maneras para estar en primera fila de la nueva ola indie nacional. Formado en Gijón a finales de 2023, el nombre del grupo y el título del disco juguetean con el origen ruso de Andrey Fomchenko, cantante, compositor, guitarrista e ideólogo principal. Avezado en mil batallas musicales, ha sabido construir en poco tiempo una identidad reconocible: guitarras al frente, pulso punk, estribillos inmediatos y una mirada irónica sobre las contradicciones de una generación marcada por la precariedad, la ansiedad, el ego, la frustración y la necesidad constante de aparentar que todo va bien.

Las doce canciones que componen “Año Soviético” combinan actitud punk y vocación pop, rabia y melodía, crítica y celebración. Esa dicotomía constante funciona como un retrato generacional, que muestra jóvenes que viven realidades que prometen bienestar, éxito y pertenencia; pero a menudo reciben cansancio, ruido y desencanto. La tesis de Muñeca Rusa no plantea respuestas cerradas, porque asumen que quizá no las hay, pero ofrecen las canciones como salida a través del baile, el jolgorio y el pensamiento crítico.

En el álbum conviven temas de impacto frontal como “El club de los hipócritas”, “SHOCK” o “MASIVO”, canciones tarareables como “Tu tema de pop” o “Qué pasaría”, y piezas con carga emocional como “Viernes sin ti”, “Vivir esperando” o “El día que vi llover”. Además, “Un buen momento” es la canción menos representativa del disco, porque suena un poco a Tigre y Diamante gracias a la colaboración de estos. Y no puede faltar tampoco la intervención del productor Igor Paskual, que pone su voz en “El último brindis del año” y también su autoría, pues se trata de una canción de su antiguo grupo, Babylon Chat.

“Año Soviético” suena como un cañón gracias a los buenos oficios de Igor Paskual como productor y de Sergio “Firu” Díaz como ingeniero de sonido, desde OVNI Estudio. El resultado es un debut que no lo parece: directo y con personalidad, maduro sin perder frescura y esa peculiar mezcla soviético-pop, indie rock y actitud punk que son la seña de identidad de Muñeca Rusa.

The Coral: "388"


Por: Àlex Guimerà. 

Una de las carreras más excitantes del pop británico y, al mismo tiempo, más desapercibidas para el gran público es la de los liverpulianos The Coral. Arrancaron como una especie de one-hit wonder gracias a esa maravilla llamada "Dreaming of You", pero lo cierto es que la banda ha sido capaz de manufacturar grandes discos en los que ha ido experimentando con todo tipo de sonoridades: desde la psicodelia de los sesenta hasta el folk, el soul, el sunshine pop, el surf o el spaghetti western. Una amalgama de colores con la que han ido confeccionando una discografía tan maravillosa como infravalorada.

Sin ir más lejos, en esta década se atrevieron con un disco conceptual sobre los pueblos costeros británicos, "Coral Island" (2021), un álbum plagado de melodías pop refrescantes que fue, sin duda, uno de los mejores de su año. Pero dos años después lanzaron dos discos el mismo día —"Sea of Mirrors" y "Holy Joe's Coral Island Medicine Show"—, en los que las guitarras de Ennio Morricone parecían dibujar unas canciones profundamente cinematográficas.

Y así llegamos a su decimotercer álbum, titulado "388", que ha caído sin previo aviso y con una sonoridad altamente sorprendente. El título rinde homenaje a las veteranas grabadoras Tascam 388, utilizadas durante los años ochenta y también en la grabación de este disco, que ha querido huir de la tecnología de producción moderna y de los retoques artificiales, en una clara mirada crítica hacia la IA.

El contenido del elepé también nos transporta al pasado, concretamente al rocksteady y al reggae, dos estilos que les han sentado a las mil maravillas. Nos encontramos, por tanto, ante un disco de género que rompe con toda la paleta de colores de sus trabajos anteriores para abrazar esa maravillosa música surgida en Jamaica y del ska, un estilo que fue evolucionando hasta enamorar a todo el planeta, con especial arraigo en el Reino Unido de los años setenta y principios de los ochenta, donde los inmigrantes encontraron una voz con la que combatir los abusos policiales y el racismo que sufrían en las calles. Ese ambiente que el director Steve McQueen reflejó tan bien en el maravilloso segundo episodio de la serie "Small Axe", titulado "Lovers Rock".

El efecto sorpresa de este álbum fue doble, ya que el disco apareció en formato vinilo en algunas tiendas independientes inglesas, sin promoción ni disponibilidad previa en plataformas de streaming. Como antaño, vamos, aunque tanto las plataformas como los medios tardaron algo más en recibirlo.

Lo primero que escuchamos al poner la aguja es una batería contenida, unos vientos y un bajo que construyen rítmicamente "Let the Music Play", que es precisamente lo que hacemos: dejarnos llevar por la música. La voz de James Skelly abraza los falsetes y la delicadeza para demostrar una vez más su enorme versatilidad. El viaje continúa con "Ride That Train", que se abre con un órgano y presenta también unos coros sensacionales.

Deliciosa es por su parte "Leave in the Past", digna de los mejores Bob Marley & The Wailers: pegadiza, carismática y cargada de sentimiento. La conexión con el soul llega de la mano de "You and Me (And the Beautiful Sea)", cantada prácticamente a capela, y también con "Here Comes the Tears", que nos recuerda a la primera época de la Tamla Motown. La guitarra juguetona de "Shame" sostiene un estribillo imposible de olvidar, mientras que en "Yellow Moon" la banda mira hacia el misterio y lo onírico. Más etérea resulta "Sad Girl", que juega con la melancolía gracias a unas voces secundarias envolventes.Para el cierre del álbum, puro rocksteady, esa música de transición entre el ska y el reggae, con la hipnótica "Spirit Catcher" y "Crossing the Sands", rematada por un formidable solo de órgano.

En estos tiempos modernos, en los que la inmediatez, el progreso y la competitividad tratan de imponerse, encontrar un álbum como "388", que reivindica la vuelta a lo básico, detenerse y disfrutar del momento sin más, se agradece enormemente y hace que nos enamoremos aún más de una banda que siempre ha apostado por seguir su propio camino.